Forastera
Séptima parte. El santuario » 39. La redención del alma de un hombre
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La luz del día se colaba por la ventana sin cortinas y revelaba el alcance total del desastre que sólo había percibido débilmente la noche anterior. Muebles y loza rotos aparecían diseminados por el cuarto y el imponente par de candeleros yacían como troncos caídos en medio de un revoltijo de colgaduras rasgadas y sábanas y mantas desparramadas. A juzgar por el diseño de muescas que se imprimía dolorosamente en mi espalda, deduje que estaba acostada sobre el tapiz de San Sebastián, el Alfiletero Humano.
De ser así, no significaría una gran pérdida para el monasterio.
El hermano William permaneció inmóvil en la puerta, jarra y palangana en mano. Con gran precisión, fijó la vista en la ceja izquierda de Jamie y preguntó:
—¿Cómo se siente esta mañana?
Hubo una pausa bastante larga durante la cual Jamie no se movió y, de esa manera, me mantuvo tapada. Por fin, con el tono ronco de alguien a quien se le ha concedido una revelación, replicó:
—Hambriento.
—Ah, qué bien —contestó el hermano William sin quitarle los ojos de la ceja—. Iré a decírselo al hermano Josef. —La puerta se cerró en silencio detrás de él.
—Has sido muy considerado no moviéndote —comenté—. No me gustaría ser responsable de provocar pensamientos impuros en el hermano William.
Ojos azules intensos me miraron.
—Ah, bueno —respondió con sensatez—, ver mi trasero no corromperá las sagradas órdenes de nadie; no en su condición actual. El tuyo, sin embargo… —Se interrumpió y carraspeó.
—¿Qué tiene de malo el mío? —protesté.
La cabeza brillante se inclinó despacio para plantar un beso en mi hombro.
—El tuyo —dijo— comprometería la reputación de un obispo.
—Mmmfm. —Sentí que me estaba especializando bastante en sonidos escoceses—. Sea como sea, tal vez debas moverte ahora. Supongo que el tacto del hermano William no es infinito.
Jamie agachó la cabeza junto a la mía con cuidado y la apoyó en un pliegue del tapiz. Me observó de soslayo.
—No sé hasta dónde soñé lo de anoche y hasta dónde fue real. —Su mano se deslizó involuntariamente hasta la herida del pecho—. Pero si de veras ocurrió la mitad de lo que creo que sucedió, debería estar muerto.
—No lo estás. —Con cierta vacilación, aventuré—: ¿Quieres estarlo?
Esbozó una ancha sonrisa con los ojos entornados.
—No, Sassenach, no lo deseo. —Su cara estaba demacrada y ensombrecida por la enfermedad y la fatiga, pero en paz. Las líneas alrededor de la boca eran suaves y los ojos azules, claros—. Pero lo quiera o no, estoy muy cerca de estarlo. El único motivo por el que creo que no me estoy muriendo ahora es que tengo hambre. No estaría hambriento si estuviera a punto de morir, ¿verdad? Sería un desperdicio. —Cerró un ojo del todo, pero el otro permaneció semiabierto y fijo en mi rostro con curiosidad.
—¿No puedes levantarte?
Reflexionó un instante.
—Si mi vida dependiera de eso, quizá podría volver a levantar la cabeza. ¿Pero levantar todo el cuerpo y tenerme en pie? No.
Salí de debajo de él con un suspiro y coloqué la cama en su sitio antes de intentar colocarlo en posición vertical. Logró mantenerse en pie algunos segundos antes de poner los ojos en blanco y desplomarse sobre la cama. Busqué con desesperación el pulso en su cuello y lo encontré. Era lento y fuerte, justo debajo de la cicatriz de tres picos en la base de la garganta. Simple agotamiento. Después de un mes de prisión y una semana de intensa tensión física y mental, hambre, heridas y fiebre alta, incluso ese cuerpo vigoroso había agotado sus recursos.
—El corazón de un león —pronuncié y sacudí la cabeza— y la cabeza de una mula. Es una lástima que no tengas el pellejo de un rinoceronte. —Toqué un cardenal en el hombro manchado con sangre fresca.
Abrió un ojo.
—¿Qué es un rinoceronte?
—¡Creí que estabas inconsciente!
—Lo estaba. Lo estoy. La cabeza me da vueltas como una peonza.
Lo cubrí con una manta.
—Necesitas comer y descansar.
—Y lo que tú necesitas —replicó— es ropa.
Cerró el ojo otra vez y se durmió enseguida.