Forastera
Primera parte. Inverness, 1945 » 3. El hombre del bosque
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El hombre del bosque
Los hombres estaban a cierta distancia cuando los vi. Eran dos o tres, vestidos con falda escocesa, y corrían como diablos a través del pequeño claro. Se oía un golpeteo lejano que, algo aturdida aún, identifiqué como disparos.
Estaba bastante segura de estar sufriendo alucinaciones cuando al sonido de los disparos siguió la aparición de cinco o seis hombres con casacas rojas, pantalones hasta la rodilla y empuñando mosquetones. Parpadeé y clavé la mirada. Puse la mano delante de mis ojos y levanté dos dedos. Vi dos dedos: todo iba bien. No tenía visión borrosa. Olfateé el aire con cuidado. El fuerte aroma de los árboles en primavera y un suave perfume de tréboles que provenía de una mata a mis pies. No sufría de pérdida de olfato.
Me toqué la cabeza. No había dolor. Por lo tanto, podía descartar las contusiones. El pulso era algo rápido pero estable.
El griterío a lo lejos cambió abruptamente. Se oyó un estruendo de cascos y varios caballos aparecieron delante de mí. Los jinetes vestían falda escocesa y vociferaban en gaélico. Me hice a un lado con una agilidad que pareció probar que no tenía daño físico alguno, a pesar de mi estado mental.
Entonces, cuando uno de los hombres con casaca roja, derribado por uno de los escoceses montados, se levantó y sacudió el puño en dirección a los caballos con gesto teatral, comprendí la situación. Por supuesto. ¡Una película! Meneé la cabeza ante mi propia lentitud. Estaban filmando una película de época; eso era todo. Seguramente se trataba de una de esas historias de príncipes y doncellas.
Bueno. Más allá del mérito artístico, los técnicos de la filmación no me darían las gracias por introducir una nota de falsedad histórica en la escena. Volví al bosque con la intención de rodear el claro y salir al camino donde había dejado el coche. La marcha resultó más difícil de lo que había pensado. El bosque era muy joven y los numerosos arbustos me enganchaban la ropa. Tuve que avanzar con cuidado a través de los delgados árboles y desenredar la falda de las ramas quebradizas.
Si hubiera sido una serpiente, lo habría pisado. Estaba parado entre los troncos, tan quieto que podía confundirse con uno de ellos. No lo vi hasta que una mano se extendió y me cogió el brazo.
La otra mano me tapó la boca mientras me arrastraba hasta los robles. Presa del pánico, sacudí los brazos y las piernas. Mi captor, quienquiera que fuera, no parecía mucho más alto que yo, pero tenía brazos muy fuertes. Percibí una leve esencia floral, como agua de lavanda, y un aroma más picante, mezclados con el olor fuerte del sudor masculino. Pero cuando las hojas se reacomodaron después de darnos paso, noté algo familiar en la mano y el antebrazo que me sujetaban la cintura.
Agité la cabeza para liberarme de la mordaza que me cubría la boca.
—¡Frank! —exclamé—. ¿Qué estás haciendo? —Me debatía entre el alivio de encontrarlo allí y el fastidio por su juego ridículo. Después de la experiencia en el círculo de piedras, no estaba de humor para juguetear en el bosque.
Las manos me soltaron, pero al volverme presentí algo extraño. No era sólo la colonia desconocida, sino algo más sutil. Me quedé paralizada y se me puso la piel de gallina.
—Usted no es Frank —susurré.
—No —convino al tiempo que me estudiaba con considerable interés—, aunque tengo un primo que se llama así. Dudo, sin embargo, que sea él con quien me ha confundido, señora. No nos parecemos mucho.
Más allá de cómo fuera su primo, este hombre podría haber sido el hermano de Frank. Compartían la constitución elástica y delgada y los huesos finos; las mismas facciones marcadas; las cejas parejas y los grandes ojos pardos; y el mismo cabello oscuro que se curvaba con suavidad sobre la frente.
No obstante, el cabello de este hombre era largo y estaba atado en la nuca con una cinta de cuero. Y la piel cetrina lucía un profundo bronceado de meses, no, años de exposición a la intemperie, diferente del tostado dorado que Frank había obtenido durante nuestras vacaciones escocesas.
—¿Quién es usted? —exigí saber, ya muy inquieta. Si bien Frank tenía muchos parientes, yo creía conocer toda la rama británica de la familia. Y por cierto, no había ningún miembro como aquél. Además, estaba segura de que Frank me habría mencionado a cualquier pariente cercano que viviera en Escocia. No sólo lo habría mencionado, sino que habría insistido en visitarlo, armado de la habitual colección de árboles genealógicos y cuadernos, ansioso por encontrar algún dato nuevo sobre la historia familiar y el famoso Jack Randall el Negro.
El extraño enarcó las cejas ante mi pregunta.
—¿Quién soy yo? Debería hacerle la misma pregunta, señora, y con mucha mayor razón. —Su mirada me recorrió de pies a cabeza: una insolente evaluación de mi delgado vestido de algodón. Se detuvo, con expresión divertida, en mis piernas. No comprendí el significado de la mirada, pero me puso nerviosa y retrocedí uno o dos pasos hasta chocar con un árbol.
Por fin, el hombre apartó la vista y se hizo a un lado. Fue como si me hubiera soltado después de sujetarme con fuerza. Respiré aliviada, sin darme cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
Se había dado la vuelta para coger su casaca, que estaba colgada en la rama más baja de un roble. Sacudió algunas hojas y comenzó a ponérsela.
Debí de emitir algún sonido porque levantó la vista hacia mí otra vez. La casaca era de color rojo oscuro, con faldones y sin solapas. Los puños de piel de ante ocupaban unos quince centímetros de la manga y una cinta de hilo dorado brillaba en una charretera. Era la casaca de un dragón, de un oficial. Entonces comprendí: ¡claro!, era actor, de la misma compañía con la que me había topado al otro lado del bosque. Sin embargo, la corta espada que procedió a colocar en el cinto parecía mucho más real que cualquiera de los accesorios que yo había visto en representaciones similares.
Me apoyé con fuerza en la corteza del árbol que tenía detrás y descubrí, con alivio, que era sólida. Me crucé de brazos en un intento por protegerme.
—¿Quién demonios es usted? —repetí. Esta vez, la pregunta brotó con una voz ronca que incluso a mí me sonó aterrada.
Como si no me hubiera escuchado, el hombre ignoró la pregunta y se tomó su tiempo para abrocharse los botones de la casaca. Cuando hubo terminado, volvió a prestarme su atención. Se inclinó en una reverencia burlona y se llevó una mano al corazón.
—Yo, señora, soy Jonathan Randall, capitán del Octavo Regimiento de Su Majestad. Para servirla, señora.
Eché a correr. Me dolía el pecho mientras atravesaba la espesura de arbustos y robles, ajena a las zarzas, ortigas, piedras y troncos caídos. Oí un grito a mis espaldas, pero estaba demasiado asustada como para determinar su procedencia.
Huía cegada por el pánico. Las ramas me arañaban la cara y los brazos. Se me torcían los tobillos al pisar hoyos y tropezar con rocas. No había lugar en mi mente para un pensamiento racional; sólo quería escapar de aquel hombre.
Algo muy pesado me golpeó la espalda y caí hacia delante con tanta fuerza que me quedé sin aliento. Unas manos rudas me dieron la vuelta. El capitán Jonathan Randall se alzaba sobre mí. Respiraba agitado y había perdido la espada en la persecución. Se le veía desaliñado, sucio y completamente enfadado.
—¿Por qué demonios salió corriendo de esa manera? —inquirió. Un grueso mechón de cabello castaño oscuro le cruzaba la frente, lo cual acentuaba aún más el parecido con Frank.
Se agachó y me cogió los brazos. Todavía sin aliento, luché por liberarme, pero sólo logré echármelo encima.
Perdió el equilibrio y cayó sobre mí, aplastándome otra vez. Para mi sorpresa, noté que su ira desaparecía al instante.
—¿Conque eso es lo que quieres? —dijo con una carcajada—. Bueno, me encantaría complacerte, preciosa, pero ocurre que has elegido un momento inoportuno. —Con su peso, presionó mis caderas contra el suelo y una pequeña roca se me clavó en la espalda. Me moví para apartarla. Él apretó las caderas con fuerza contra mí y me atenazó los hombros con las manos. Abrí la boca con indignación.
—¿Qué…? —comencé, pero bajó la cabeza y me besó para ahogar la queja. Su lengua exploró mi boca con descarada confianza. Luego, tan imprevistamente como había empezado, se apartó.
Me acarició la mejilla.
—Muy agradable, preciosa. Tal vez más tarde, cuando tenga tiempo de atenderte como corresponde.
Ya había recuperado el aliento y me dispuse a utilizarlo. Le grité con fuerza en el oído. Se sobresaltó como si lo hubiera atravesado con un hierro candente. Aproveché la oportunidad para levantar la rodilla y hundírsela en el costado. Cayó en el colchón de hojas.
Logré ponerme en pie con torpeza. Él rodó y se detuvo junto a mí. Desesperada, miré a mi alrededor en busca de una salida, pero estábamos pegados a la base de una de esas grandes protuberancias de granito que plagan el suelo escocés. Me había atrapado en un punto en que la pared de granito se quebraba hacia adentro para formar una caja poco profunda. Bloqueó la entrada de la hendidura con los brazos extendidos sobre los muros de piedra. Había una expresión de ira y curiosidad en su rostro oscuro y apuesto.
—¿Con quién estabas? —quiso saber—. ¿Con ese Frank no se cuántos? No tengo ningún hombre con ese nombre en mi compañía. ¿Acaso se trata de alguien que vive por aquí? —Sonrió con desprecio—. No hueles a estiércol, así que no has estado con ningún jornalero. De todos modos, pareces demasiado cara para los campesinos locales.
Cerré con fuerza los puños y levanté la barbilla. Sus bromas no me hacían ninguna gracia.
—¡No tengo ni la menor idea de qué está hablando y le agradecería que me dejara pasar de inmediato! —pronuncié en mi mejor tono de jefa de enfermeras. Por lo general, este recurso solía dar buenos resultados con enfermeros recalcitrantes y jóvenes residentes, pero sólo divirtió al capitán Randall. Decidida, reprimí el temor y la confusión que aleteaban bajo mis costillas como gallinas asustadas.
Meneó la cabeza lentamente y me observó con más detalle.
—Todavía no, preciosa. Me pregunto —añadió en tono desenfadado— por qué una ramera en ropa interior lleva sus zapatos puestos. Zapatos finos, además —precisó al tiempo que echaba un vistazo a mis sencillos mocasines marrones.
—¿Una qué? —exclamé.
Me ignoró por completo. Su mirada volvió a posarse en mi cara. De pronto, dio un paso adelante y me alzó el rostro cogiéndome de la barbilla. Le cogí la muñeca y tiré de ella.
—¡Suélteme! —Sus dedos parecían de acero. Sin prestar ninguna atención a mis esfuerzos por liberarme, me movió el rostro de un lado a otro, de modo que la vaga luz del atardecer lo iluminara.
—La piel de una dama, lo juraría —murmuró. Se acercó un poco más y me olió—. Y perfume francés en el cabello. —Me soltó. Indignada, me pasé la mano por la mandíbula, como queriendo borrar su huella de mi piel.
—El resto se puede conseguir con el dinero de algún cliente —comentó—. Aunque hablas como un dama.
—¡Muchas gracias! —estallé—. Quítese de mi camino. Mi marido me está esperando y si no regreso en diez minutos, vendrá a buscarme.
—¿Tu marido? —La expresión de peyorativa admiración se disipó en parte, pero no desapareció del todo—. ¿Cómo se llama tu marido, pues? ¿Dónde está? ¿Y por qué permite que su esposa ande sola por los bosques desiertos casi desnuda?
Había sofocado la parte de mi cerebro que luchaba por entender lo ocurrido. En aquel instante, logró surgir lo bastante para indicarme que más allá de lo absurdo que me parecieran sus conjeturas, darle el nombre de Frank o el mío propio a ese hombre sólo podría acarrearme más problemas. Por lo tanto, descarté la posibilidad de contestarle y traté de empujarlo para pasar. Me bloqueó la salida con un brazo musculoso y extendió la otra mano hacia mí. Hubo un repentino y fuerte silbido proveniente de arriba, seguido de algo borroso y un ruido seco. El capitán Randall estaba en el suelo, a mis pies, debajo de una jadeante masa de harapos escoceses. Un puño oscuro emergió de la masa y descendió con bastante fuerza para estrellarse contra alguna protuberancia ósea, a juzgar por el sonido resultante. Las piernas inquietas del capitán, enfundadas en las brillantes botas marrones, se aflojaron de repente.
Me encontré frente a un par de agudos ojos negros. La poderosa mano que me había librado de las indeseables atenciones del capitán Randall me sujetaba el brazo como unas tenazas.
—¿Y quién demonios es usted? —pregunté, atónita. Mi salvador, si es que podía llamarlo así, era unos centímetros más bajo que yo y delgado. Sin embargo, los brazos desnudos que salían de la camisa rota y su cuerpo parecían hechos de un material resistente, como los resortes de una cama. Tampoco era muy apuesto; tenía la piel marcada por la viruela, la frente angosta y la mandíbula pequeña.
—Por aquí. —Tiró de mi brazo. Estupefacta por los vertiginosos sucesos recientes, lo seguí, obediente.
Mi nuevo compañero se abrió camino con rapidez por los arbustos, dobló de pronto detrás de una enorme roca y halló un sendero. Cubierto de tojos y brezos, tan zigzagueante que era imposible ver más allá de dos metros por delante, era, a pesar de todo, un sendero que conducía a la cresta de una colina.
Cuando bajábamos con cuidado por el otro lado de la colina, logré recuperarme lo suficiente como para preguntar adónde nos dirigíamos. Al no recibir respuesta, repetí «¿Adónde diablos vamos?» en un tono más alto.
Para mi sorpresa, el hombre se volvió hacia mí con el rostro enfurecido y me empujó fuera del sendero. Abrí la boca para protestar, pero me la tapó con una mano, me arrastró al suelo y se me echó encima.
¿Otra vez?, pensé. Me retorcí para liberarme cuando escuché lo que él había oído y me quedé quieta. Eran voces que gritaban, acompañadas de pisadas y chapoteos. Se trataba, sin duda, de voces inglesas. Luché con desesperación por liberar mi boca. Le clavé los dientes en la mano y llegué a darme cuenta de que el hombre había comido arenque en escabeche con los dedos antes de que algo me golpeara en la nuca y la oscuridad me envolviera.
La cabaña de piedra apareció de pronto en la bruma del rocío nocturno. Los postigos estaban cerrados y no se veía sino un hilo de luz. Como no sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, no podía calcular la distancia entre aquel lugar y la colina de Craigh na Dun o el pueblo de Inverness. Íbamos a caballo. Yo iba delante de mi captor, con las manos atadas a la silla de la montura, pero no había ningún camino y avanzábamos muy despacio.
Deduje que no había perdido el conocimiento por mucho tiempo; no presentaba síntomas de contusión ni malestar alguno por el golpe, excepto un dolor en la nuca. Mi captor, un hombre de pocas palabras, había contestado a mis preguntas, exigencias y comentarios ácidos con el sonido escocés que puede definirse fonéticamente como «Mmmmfm». Si hubiera tenido alguna duda sobre su nacionalidad, ese único sonido me hubiera bastado para identificarlo.
Mis ojos se habían adaptado de forma gradual a la penumbra mientras el caballo trastabillaba con las piedras y tojos del bosque. Por esa razón, me deslumbró la resplandeciente claridad de la cabaña. Al recobrar la visión, descubrí sin embargo que la estancia estaba iluminada sólo por una lumbre, varios candelabros y una lámpara de aceite de aspecto antiguo y peligroso.
—¿Qué traes ahí, Murtagh?
El hombre con cara de comadreja me cogió del brazo y me obligó a acercarme, parpadeante, al fuego.
—Una mujer inglesa, Dougal, por cómo habla. —Había varios hombres en la habitación y todos me miraban, algunos con curiosidad, otros con inconfundible lujuria. Mi vestido se había rajado en varias partes durante los sucesos de la tarde y enseguida evalué los daños. Bajé la vista y vislumbré la curva de un seno a través de un corte. Estaba segura de que los hombres allí reunidos también lo veían. Decidí que hacer un esfuerzo por unir las partes rotas sólo atraería una mayor atención. En cambio, elegí un rostro al azar y le clavé la mirada con descaro, en un intento por distraer al hombre o a mí misma.
—Inglesa o no, es bonita —respondió el hombre, un tipo gordo y grasiento sentado junto al fuego. Tenía un trozo de pan en la mano y no se molestó en dejarlo antes de levantarse y dirigirse hacia mí. Me levantó la barbilla con el dorso de la mano y me apartó el cabello. Algunas migas cayeron por el escote de mi vestido. Los demás hombres se acercaron más, un enjambre de ropa escocesa y patillas, con un fuerte aroma a alcohol y sudor. Entonces me di cuenta de que todos llevaban faldas, algo extraño incluso en este sector de Escocia. ¿Acaso había caído en la reunión de un clan o de un regimiento?
—Acérquese, mujer. —Un hombre alto con barba oscura me llamó desde donde estaba sentado, junto a la mesa. Por su aire de autoridad, parecía el jefe del grupo. Murtagh me condujo hacia la mesa al tiempo que los hombres se apartaban con evidente desgana, como respetando su derecho de captor.
El hombre moreno me estudió atentamente con expresión inmutable. Era apuesto, pensé, y no me miraba con odio. Tenía el entrecejo fruncido y no era un rostro al que nadie quisiera provocar.
—¿Cómo se llama? —inquirió con una voz suave para un hombre de su tamaño. No era el tono grave que yo suponía emergería de aquel pecho fuerte.
—Claire… Claire Beauchamp —balbuceé con la decisión repentina de utilizar mi nombre de soltera. Si deseaban pedir rescate, no quería ayudarlos con un nombre que los condujera a Frank. Además, no estaba segura de querer que aquellos hombres supieran quién era yo antes de averiguar quiénes eran ellos—. ¿Y qué cree que…? —El hombre moreno me ignoró, estableciendo ya un patrón de comportamiento del que iba a cansarme enseguida.
—¿Beauchamp? —Las espesas cejas se enarcaron y el grupo demostró sorpresa—. Apellido francés, ¿verdad? —De hecho, el hombre había pronunciado el nombre con perfecto acento francés, aunque yo le había dado una versión deformada por la pronunciación inglesa.
—Sí, es cierto —contesté, algo perpleja.
—¿Dónde has encontrado a esta mujer? —preguntó Dougal a Murtagh, que estaba bebiendo de una cantimplora de cuero.
El hombrecillo cetrino se encogió de hombros.
—Al pie de Craigh na Dun. Estaba cruzando unas palabras con un capitán de dragones con quien tuve un breve encuentro —añadió y levantó las cejas en gesto elocuente—. Aparentemente, la cuestión era si la dama era o no una ramera.
Dougal me observó con cuidado una vez más, tomando nota de los detalles del vestido de algodón y los zapatos.
—Comprendo. ¿Y cuál era la posición de la dama en esta discusión? —inquirió con un sarcástico énfasis en la palabra «dama» que no me gustó nada. Advertí que si bien su acento escocés no era tan marcado como el del hombre llamado Murtagh, era bastante perceptible.
Murtagh parecía divertido. Al menos, sus labios finos esbozaron una sonrisa torcida.
—Dijo que no lo era. El capitán no estaba muy convencido, pero sí dispuesto a poner a prueba su teoría.
—Podríamos hacer lo mismo, ya que estamos. —El hombre gordo de barba oscura se me acercó con una sonrisa burlona. Apoyó las manos en su cinturón. Me alejé cuanto pude, que no fue mucho dado el tamaño de la cabaña.
—Ya basta, Rupert. —Dougal aún me miraba, ceñudo, pero su voz estaba cargada de autoridad. Rupert desistió de su intento y adoptó una cómica expresión de desilusión.
—No me gustan las violaciones y de todos modos, no tenemos tiempo. —Me alegró escuchar este pronunciamiento, si bien su contenido moral era escaso. No obstante, los rostros lujuriosos todavía me ponían nerviosa. Experimentaba la ridícula sensación de haber aparecido en público en ropa interior. Aunque no tenía ni idea de quiénes eran ni qué querían estos bandidos escoceses, parecían muy peligrosos. Me mordí la lengua para reprimir una serie de comentarios no muy juiciosos que pugnaban por salir a la superficie.
—¿Qué te parece, Murtagh? —preguntó Dougal a mi captor—. Por lo menos ya sabemos que no le gusta Rupert.
—No es prueba suficiente —objetó un hombrecillo calvo—. No le ofreció nada. Ninguna mujer aceptaría a alguien como Rupert sin un pago substancial… por adelantado —agregó, provocando la hilaridad en sus compañeros. Dougal calmó el barullo con un gesto brusco y señaló la puerta con la cabeza. El hombre calvo, todavía sonriente, obedeció y se perdió en la oscuridad.
Murtagh, que no había participado de la algarabía general, tenía el entrecejo fruncido mientras me observaba. Meneó la cabeza y el lacio flequillo que le cruzaba la frente se alborotó.
—No —decretó en tono determinante—. No sé qué o quién será, pero apostaría mi mejor camisa a que no es una ramera. —Recé para que su mejor camisa no fuera la que llevaba puesta, la cual no valía la pena apostar.
—Bueno, si tú lo dices. Las conoces muy bien —terció Rupert, pero Dougal lo hizo callar.
—Lo resolveremos luego —afirmó Dougal con brusquedad—. Tenemos un largo camino por delante esta noche y primero debemos hacer algo con Jamie. No puede montar así.
Me retraje en las sombras cerca de la chimenea con la esperanza de pasar inadvertida. El hombre llamado Murtagh me había desatado las manos antes de que entráramos en la cabaña. Tal vez pudiera escapar mientras estaban ocupados en otra cosa. La atención de los hombres se centraba ahora en un joven agazapado en un banco en un rincón. Apenas había levantado la vista durante mi aparición e interrogatorio. Había mantenido la cabeza agachada mientras se sujetaba con una mano el hombro contrario, meciéndose de dolor.
Con suavidad, Dougal apartó la mano que cubría el hombro. Uno de los hombres retiró el manto del joven para dejar expuesta una camisa de hilo sucia y manchada de sangre. Un hombre pequeño con un bigote espeso se acercó por detrás con un cuchillo. Sujetó la camisa por el cuello y la cortó a lo largo de la manga para descubrir el hombro.
Me quedé sin aliento, al igual que varios de los hombres. Un surco profundo y desgarrado cruzaba la parte superior del hombro y la sangre corría por el pecho del joven. Pero lo más impresionante era la articulación. Un bulto se elevaba en el lugar del hombro y el brazo colgaba en un ángulo imposible.
Dougal emitió un gruñido.
—Mmfm. Se le ha salido el hombro, pobre muchacho. —El joven levantó la cara por primera vez.
A pesar de la tensión del dolor y de la incipiente barba roja, era un rostro fuerte y apacible.
—Caí con la mano extendida cuando la bala del mosquete me tiró del caballo. Todo el peso cayó en la mano y ¡paf!, así quedó.
—Claro. —El hombre del bigote, un escocés educado, a juzgar por el acento, examinó el hombro y el joven hizo un gesto de dolor—. La herida está bien, es limpia. La bala salió por el otro lado. Y la sangre fluye bien. —El hombre tomó un trozo de lienzo sucio de la mesa y lo utilizó para detener la hemorragia—. Pero no sé qué hacer con la articulación. Necesitaremos un cirujano para devolver el brazo a su lugar. No puedes montar así, ¿verdad, Jamie?
¿Bala de mosquete? Mi mente estaba en blanco. ¿Cirujano?
El muchacho meneó la cabeza, pálido.
—Me duele mucho sentado. No podría montar a caballo. —Cerró los ojos y se mordió con fuerza el labio inferior.
Murtagh habló en tono impaciente.
—Bueno, no podemos dejarlo, ¿no? Los casacas rojas no son gran cosa para rastrear en la noche, pero tarde o temprano van a encontrar este lugar, con o sin postigos. Y Jamie no pasará por un inocente campesino con ese agujero que tiene.
—No te preocupes —terció Dougal—. No pienso dejarlo.
El hombre del bigote suspiró:
—No hay alternativa, entonces. Tendremos que tratar de encajarle el hombro por la fuerza. Murtagh, tú y Rupert sujetadlo. Voy a intentarlo.
Observé con compasión cómo cogía el brazo del joven por la muñeca y el codo y comenzaba a forzarlo hacia arriba. El ángulo no era correcto. Debía de estar causándole un dolor insoportable. El sudor bañaba el rostro del joven, pero permaneció en silencio, excepto por un leve gemido. De pronto, cayó pesadamente hacia delante. No llegó al suelo gracias a los brazos de los hombres que lo sostenían.
Uno de ellos destapó una cantimplora de cuero y la acercó a los labios del muchacho. El olor del licor llegó hasta donde yo estaba. El joven tosió y se atragantó, pero bebió de todos modos. El líquido color ámbar se derramó por los restos de su camisa.
—¿Listo para otro intento, muchacho? —preguntó el hombre calvo—. Tal vez debería probar Rupert —sugirió y se volvió hacia el rufián de barba negra.
Rupert flexionó las manos como si estuviera a punto de lanzar un tronco y tomó la muñeca del joven con la clara intención de encajar la articulación por la fuerza. Era obvio que tal operación sólo haría que el brazo se quebrara como un palo de escoba.
—¡Ni se le ocurra hacerlo! —Toda idea de escapar cedió ante la furia profesional que me embargaba. Avancé, indiferente a las miradas perplejas de los hombres.
—¿De qué habla? —exclamó el hombre calvo, irritado por mi intromisión.
—Así le romperá el brazo —repliqué—. Quítese del medio, por favor. —Aparté a Rupert con el codo y tomé la muñeca del paciente. El joven parecía tan sorprendido como el resto, pero no se resistió. Tenía la piel ardiendo, pero no por la fiebre.
—Primero hay que colocar el hueso del antebrazo en el ángulo correcto —expliqué mientras levantaba la muñeca y empujaba el codo. El joven era corpulento y su brazo pesaba como el plomo—. Ésta es la peor parte —le advertí. Coloqué la palma de la mano en el codo, lista para tirar hacia arriba y adentro.
El joven torció la boca sin llegar a esbozar una sonrisa.
—No puede doler mucho más. Adelante. —Ahora el sudor cubría mi rostro también. Encajar un hombro es una ardua tarea en el mejor de los casos. Intentarlo con un hombre grande, horas después de la dislocación, con los músculos hinchados que tiraban de la articulación, era una operación que requería de todas mis fuerzas. El fuego estaba demasiado cerca y recé para que el tirón no nos hiciera caer en las llamas.
De pronto, el hombro emitió un suave sonido y la articulación volvió a su lugar. El paciente estaba atónito. Se pasó la mano para examinar la zona.
—¡Ya no me duele! —Una ancha sonrisa de alivio iluminó su rostro y los hombres estallaron en aplausos y exclamaciones.
—Volverá a doler. —Sudaba por el esfuerzo, pero me sentía satisfecha con el resultado—. Se sentirá débil durante varios días. No debe extender el brazo en dos o tres días. Cuando vuelva a utilizarlo, hágalo con cuidado al principio. Si le duele, déjelo. Aplíquele compresas calientes diariamente.
En mitad de mis recomendaciones, me di cuenta de que mientras el paciente me escuchaba con respeto, los demás hombres me escudriñaban con expresiones que iban desde el asombro hasta la sospecha.
—Soy enfermera —expliqué, a la defensiva.
Los ojos de Dougal y los de Rupert bajaron hasta mis pechos y allí se detuvieron con morbosa fascinación. Se miraron y luego Dougal clavó la vista en mi rostro.
—Como usted diga —dijo y enarcó las cejas—. ¿Puede curarle la herida para que pueda ir a caballo?
—Puedo vendarlo, sí —respondí con considerable aspereza—, si tienen con qué hacerlo. Pero ¿por qué supone que quiero ayudarles?
Dougal me ignoró y se volvió. Habló en una lengua que reconocí como gaélico a una mujer acurrucada en un rincón. Rodeada por aquella masa de hombres, no la había visto antes. Me pareció que vestía de forma curiosa. Llevaba una falda larga y harapienta y una blusa de mangas largas, cubierta en parte por una especie de chaqueta o canesú. Todo su aspecto, incluyendo el rostro, era bastante sucio. Al mirar a mi alrededor, descubrí que la cabaña no sólo carecía de electricidad sino también de fontanería. Tal vez ésa fuera la razón de la suciedad.
La mujer hizo una leve reverencia y pasó rápidamente junto a Rupert y Murtagh. Comenzó a revolver en una cómoda de madera pintada junto al hogar. Por fin encontró un montón de harapos.
—No, no sirven —objeté mientras los tocaba con las puntas de los dedos—. Es necesario desinfectar la herida primero. Luego hay que vendarla con un lienzo limpio, si es que no hay gasa esterilizada.
Todos enarcaron las cejas.
—¿Desinfectar? —repitió el hombrecillo, despacio.
—Sí, claro —aseveré. A pesar de su acento educado, me pareció un poco tonto—. Hay que quitar todo el polvo de la herida y tratarla con un compuesto que elimine gérmenes y facilite la cicatrización.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, yodo —dije. Al ver las expresiones desconcertadas a mi alrededor, volví a intentarlo—. ¿Mertiolate? ¿Carbólico diluido? —sugerí—. ¿O quizás alcohol? —Expresiones de alivio. Por fin había encontrado una palabra que reconocían. Murtagh me entregó la cantimplora de cuero. Suspiré con impaciencia. Sabía que el interior de Escocia era primitivo, pero esto era casi increíble.
—Miren —dije en un intento por ser paciente—, ¿por qué no lo llevan al pueblo? No debe de quedar muy lejos y estoy segura de que allí habrá un doctor que pueda atenderlo.
La mujer me miró, confundida.
—¿Qué pueblo?
El hombre llamado Dougal no prestaba ninguna atención a esta discusión. Escudriñaba la oscuridad por el borde de la cortina. La dejó caer en su sitio y caminó hacia la puerta. Los hombres callaron al verlo desaparecer en la noche.
Regresó en un momento junto con el hombre calvo y el aroma de pinos. Meneó la cabeza en respuesta a las miradas inquisitivas de los hombres.
—No, no hay nadie en las cercanías. Nos iremos de inmediato. Es más seguro.
Al verme, se detuvo un instante para pensar. De pronto, asintió. Había tomado una decisión.
—Vendrá con nosotros —anunció. Hurgó en el montón de harapos y encontró un trapo andrajoso. Parecía un pañuelo de cuello que había conocido tiempos mejores.
El hombre de bigotes no quería llevarme, dondequiera que fueran.
—¿Por qué no la dejamos aquí?
Dougal le dirigió una mirada impaciente, pero dejó que Murtagh explicara.
—No importa dónde estén los casacas rojas ahora, llegarán aquí al amanecer, para lo cual no falta tanto. Si esta mujer es una espía inglesa, no podemos arriesgarnos a dejarla aquí para que les diga hacia dónde marchamos. Y si no estuviera en buenos términos con ellos —añadió y me miró con expresión dudosa—, no podemos dejar a una mujer sola aquí. —Se le iluminó el rostro y rozó la tela de mi vestido—. Tal vez podamos pedir rescate por ella. Lo poco que lleva puesto es de buena calidad.
—Además —terció Dougal—, puede resultar útil en el camino. Sabe bastante de medicina. Pero ahora no tenemos tiempo. Me temo que no será posible «desinfectarte», Jamie —comentó al tiempo que palmeaba la espalda del joven—. ¿Puedes montar con una sola mano?
—Sí.
—Buen chico. Aquí tiene —dijo y me entregó el trapo—. Véndele la herida, rápido. Nos iremos enseguida. Vosotros dos, preparad los caballos —ordenó al hombre con cara de comadreja y al gordo que se llamaba Rupert.
Miré el trapo con desagrado.
—No puedo usar esto —protesté—. Está sucio.
Sin ver que se moviera, noté que el hombre alto me apretaba el hombro y me clavaba los ojos oscuros.
—Hágalo —pronunció.
Me soltó con un empujón, se dirigió a la puerta y desapareció detrás de sus secuaces. Algo más que aturdida, me aboqué a la tarea de vendar la herida de bala lo mejor posible. Mi formación médica no me permitía siquiera considerar la idea de utilizar aquel trapo inmundo. Intenté ahogar mi confusión y miedo en la búsqueda de algo más apropiado. Luego de un inútil y rápido examen del montón de harapos, me decidí por unas tiras de rayón que se habían soltado del borde de mi enagua. Aunque no estaban esterilizadas, era lo más limpio que había por allí.
El hilo de la camisa de mi paciente estaba viejo y gastado, pero era muy resistente. Con algo de esfuerzo, arranqué el resto de la manga y la usé para improvisar un cabestrillo. Di un paso atrás para apreciar el resultado de mi trabajo y choqué con el hombre alto, quien había regresado sigilosamente.
Observó con aprobación el vendaje.
—Buen trabajo, joven. Vamos. Ya estamos listos.
Dougal dio una moneda a la mujer y me condujo fuera. Jamie nos siguió con lentitud, algo pálido aún. Al levantarse del banco, mi paciente resultó ser bastante alto. Sobrepasaba por unos centímetros a Dougal.
Rupert, el de la barba negra, y Murtagh sujetaban seis caballos mientras les murmuraban suaves palabras gaélicas en la oscuridad. Era una noche sin luna, pero el resplandor de las estrellas se reflejaba en las partes metálicas de las monturas. Levanté la vista con asombro. El cielo nocturno estaba plagado de estrellas como no lo había visto jamás. Recorrí con la mirada el bosque circundante y entonces comprendí. Al no haber una ciudad cerca que empañara el cielo con sus luces, las estrellas ejercían un indiscutible dominio sobre la noche.
Me paralicé. Sentí mucho más frío del que en realidad hacía. No había luces de ciudad. «¿Qué pueblo?», había preguntado la mujer en la cabaña. Estaba acostumbrada a los apagones de emergencia de la guerra. Por esa razón, la falta de luces no me había extrañado en un principio. Pero la guerra había terminado y las luces de Inverness deberían verse a kilómetros de distancia.
Los hombres eran siluetas confusas en la oscuridad. Pensé en escabullirme entre los árboles, pero Dougal, como si hubiera adivinado mi pensamiento, me cogió del codo y me llevó hacia los caballos.
—Sube, Jamie —exclamó—. La muchacha irá contigo. —Me apretó el codo—. Llevará las riendas si Jamie no puede manejarlas con una sola mano, pero tenga cuidado de no alejarse. Si intenta algo raro, le cortaré el cuello. ¿Está claro?
Asentí con la cabeza. Tenía la garganta demasiado seca para hablar. El tono de Dougal no era amenazante, pero le creí. Además, no iba a intentar nada porque no sabía qué intentar. Ignoraba dónde estaba, quiénes eran mis acompañantes, por qué nos marchábamos con tanta urgencia y adónde nos dirigíamos. Sin embargo, no tenía alternativa mejor que ir con ellos. Estaba preocupada por Frank, que debía de estar buscándome desde hacía rato. No obstante, no parecía momento propicio para mencionarlo.
Dougal debió de notar la inclinación de mi cabeza porque me soltó y se agachó junto a mí. Permanecí quieta, mirándolo como una estúpida, hasta que siseó:
—El pie, muchacha. Deme el pie. ¡El pie izquierdo! —agregó con disgusto. Me apresuré a retirar mi pie derecho de su mano y levanté el izquierdo. Con un leve gruñido, me alzó para depositarme en la montura delante de Jamie, que me rodeó con el brazo sano.
A pesar de lo extraño de la situación, me sentí agradecida por el cuerpo cálido del joven escocés. Tenía un fuerte olor a leña quemada, sangre y sudor, pero el frío de la noche me calaba el vestido y me reconfortó apoyarme en él.
Con un leve chasquido de riendas, emprendimos la marcha en la noche estrellada. Los hombres no conversaban, se limitaban a mantenerse alertas y cautelosos. Los caballos comenzaron a trotar cuando llegamos al camino. El traqueteo me incomodaba demasiado para desear hablar, aunque tampoco había nadie dispuesto a escucharme.
A pesar de no poder utilizar la mano derecha, mi compañero daba la impresión de no necesitarla. Sentía sus muslos detrás de los míos y percibía sus movimientos y apretones para guiar al caballo. Me afirmé en la montura. Había montado a caballo antes, pero no era tan buen jinete como Jamie.
Al poco rato, llegamos a un cruce de caminos donde nos detuvimos un instante mientras el hombre calvo conferenciaba con el jefe en voz baja. Jamie soltó las riendas y dejó que el caballo fuera hasta el borde para comer hierba. Entonces, comenzó a moverse y darse la vuelta a mis espaldas.
—¡Cuidado! —le advertí—. ¡No se mueva así porque se le va a salir el vendaje! ¿Qué trata de hacer?
—Quiero desabrochar mi capa para taparla —contestó—. Está usted temblando. Pero no puedo hacerlo con una sola mano. ¿Alcanza el broche?
Después de mucho estirar y retorcerme, logramos soltar la capa. Con un movimiento rápido y eficaz, Jamie la estiró y la dejó caer sobre sus hombros. Luego la pasó por los míos y la sujetó debajo de la montura, de modo que ambos quedamos cubiertos.
—¡Listo! —exclamó—. No queremos que se congele antes de llegar.
—Gracias —contesté, agradecida por el abrigo—. Pero ¿adónde vamos?
No podía ver su rostro, detrás y encima de mí, pero hizo una pausa antes de responder.
Por fin, emitió una risita.
—Si he de serle franco, no lo sé. Supongo que lo averiguaremos cuando lleguemos, ¿no?
Había algo familiar en el paisaje que cruzábamos. Conocía la gran formación rocosa que había un poco más adelante, la que se asemejaba a la cola de un gallo.
—¡El peñón de Cocknammon! —exclamé.
—Sí, claro —repuso mi acompañante, nada emocionado por mi descubrimiento.
—¿No la usaban los ingleses para sus emboscadas? —pregunté mientras intentaba recordar los detalles lúgubres de la historia local que Frank había insistido en relatarme durante la semana anterior—. Si hay una patrulla inglesa en la zona… —Vacilé. Si había una patrulla inglesa en la zona, tal vez me equivocaba al delatarla. Aunque en caso de una emboscada, sin duda me confundirían con mi compañero debajo de una misma manta. Volví a pensar en el capitán Jonathan Randall y me estremecí. Todo lo que había visto desde que atravesé la roca partida confirmaba la irracional conclusión de que el hombre que había encontrado en el bosque era, en efecto, el ta-ta-ra-tatarabuelo de Frank. Obcecada, luché contra esta conclusión, pero no logré formular ninguna otra teoría que encajara con los hechos.
Al principio, creí que se trataba de un sueño más vívido que los de costumbre. Pero el beso de Randall, casi familiar y totalmente físico, disipó tal impresión. Tampoco fue un sueño el golpe en la cabeza de Murtagh. El dolor de la nuca comenzaba a equipararse con el ardor en la cara interna de los muslos por el roce con la montura, ambos muy reales. Y la sangre. Sí, era verdad que había tenido suficiente contacto con la sangre como para haber soñado con ella antes. Pero jamás había soñado con el olor de la sangre, ese aroma cálido, similar al cobre, que aún percibía en el hombre detrás de mí.
Jamie azuzó el caballo para acercarlo al del jefe y conversó en gaélico con la sombra corpulenta del hombre. Los caballos aminoraron la marcha.
Ante una señal del jefe, Jamie, Murtagh y el hombrecillo calvo quedaron atrás mientras los otros dos galopaban hacia el peñón, distante unos cuatrocientos metros a la derecha. Una media luna había aparecido en el cielo y la luz era suficiente para vislumbrar las hojas de las malvas que crecían junto al camino. Pero las sombras en las grietas del Peñón podían ocultar cualquier cosa.
En el instante en que las siluetas galopantes pasaron junto al peñón, el resplandor de disparos de mosquetes surgió de un hueco. Oí un grito espeluznante a mis espaldas y el caballo se lanzó hacia adelante como si le hubieran pegado con una vara. De pronto, avanzábamos a toda carrera hacia el peñón. Murtagh y el otro hombre iban a nuestro lado y los gritos y chillidos resonaban en la noche.
Me sujeté a la montura con todas mis fuerzas. Entonces, Jamie tiró de las riendas cerca de un arbusto grande, me rodeó la cintura con el brazo y sin preámbulo, me arrojó al suelo. El caballo giró y volvió a salir a todo galope para rodear el Peñón por el lado sur. Alcancé a ver al jinete agazapado en la montura en tanto el caballo se desvanecía en las sombras. Cuando reapareció, todavía al galope, la montura estaba vacía.
La superficie del peñón estaba envuelta en sombras. Sentía gritos y disparos ocasionales de mosquetes, pero no podía definir si los movimientos que divisaba eran de los hombres o sólo las sombras de las ramas de los robles emergiendo de las grietas de la piedra.
Logré salir del arbusto con alguna dificultad y sacudí las ortigas que se me habían adherido al cabello y la falda. Me pasé la lengua por una raspadura en la mano mientras me preguntaba qué debía hacer. Podía esperar a que se decidiera la batalla. Si los escoceses ganaban, o sobrevivían al menos, suponía que volverían a buscarme. De lo contrario, podía abordar a los ingleses, quienes sin duda pensarían que dado que viajaba con los escoceses, estaba aliada con ellos. Aliada para qué, no lo sabía, pero por el comportamiento de los hombres en la cabaña, era evidente que planeaban algo que esperaban disgustara mucho a los ingleses.
Tal vez lo mejor sería evitar ambos bandos del conflicto. Después de todo, ya sabía dónde estaba y tenía cierta posibilidad de llegar a algún pueblo o aldea conocido, aunque tuviera que caminar todo el trayecto. Decidida, enfilé hacia el camino, tropezando con innumerables protuberancias de granito, hijas bastardas del peñón de Cocknammon.
La luz de la luna dificultaba la caminata. Si bien podía ver los detalles del suelo, no tenía idea de dónde estaba el fondo. Las plantas chatas y las piedras salientes parecían de la misma altura, por lo que levantaba los pies sobre obstáculos inexistentes o tropezaba con rocas prominentes. Caminaba tan rápido como podía y me mantenía alerta para oír cualquier sonido a mis espaldas que significara persecución.
Los ruidos de la batalla habían cesado cuando llegué al camino. Me di cuenta de que resultaba demasiado visible en el camino, pero necesitaba seguirlo, si deseaba llegar a algún pueblo. Carecía de sentido de la orientación en la oscuridad y jamás había aprendido de Frank su habilidad para guiarse por las estrellas. Pensar en Frank me dio ganas de llorar, por lo que intenté distraerme repasando los acontecimientos de aquella tarde.
Parecía inconcebible, pero todos los hechos indicaban que me encontraba en algún lugar donde las costumbres y la política de finales del siglo dieciocho aún tenían vigencia. De no haber sido por las heridas del joven llamado Jamie, habría creído que se trataba de algún tipo de festival tradicional. Esa herida había sido causada por algo muy similar a una bala de mosquete, a juzgar por las evidencias. El comportamiento de los hombres en la cabaña tampoco correspondía a una obra teatral. Eran hombres serios, y sus dagas y espadas eran reales.
¿Se trataría, quizá, de alguna región apartada donde los pobladores revivían parte de su historia de tanto en tanto? Había oído que algo así ocurría en Alemania, pero jamás en Escocia. «Tampoco has oído que los actores se dispararan con mosquetes, ¿verdad?», se burló la parte racional de mi mente.
Miré hacia atrás en dirección al peñón para calcular mi posición. Luego me volví. La sangre se me heló en las venas. No había nada allí excepto las copas emplumadas de los pinos, negras e impenetrables contra el tapiz de estrellas. ¿Dónde estaban las luces de Inverness? Si el peñón de Cocknammon estaba detrás de mí, y sabía que así era, Inverness debía estar a menos de cinco kilómetros al sudeste. A esa distancia, debería ver el resplandor de la ciudad contra el cielo. Si es que estaba allí.
Me sacudí con irritación y me cogí los codos para protegerme del frío. Aunque admitiera por un instante la imposible idea de que me encontraba en otra época, Inverness llevaba más de seiscientos años en el mismo lugar. Estaba allí. Pero por lo visto, no tenía luces. Dadas las circunstancias, este hecho sugería de forma contundente que no había electricidad. Otra prueba más. Pero ¿qué probaba exactamente?
Una silueta emergió de la oscuridad ante mí, tan cerca que casi choqué contra ella. Sofoqué un grito y me volví para echar a correr, pero una mano grande me cogió del brazo para evitarlo.
—No se preocupe. Soy yo.
—Me lo temía —dije de mal humor, aunque en realidad, sentí alivio al saber que era Jamie. No me asustaba tanto como los demás hombres, a pesar de que parecía igual de peligroso. Sin embargo, era joven, incluso más joven que yo, calculé. Además, me resultaba difícil tenerle miedo a alguien a quien había atendido recientemente.
—Espero que no haya movido el hombro —le amonesté con el tono de jefa de enfermeras. Si era capaz de mostrar suficiente autoridad, tal vez lograra convencerlo de que me dejara ir.
—Todo ese lío no le hizo bien —admitió al tiempo que se masajeaba el hombro con la mano sana.
Se movió un poco y a la luz de la luna vi una enorme mancha de sangre en la camisa. Hemorragia arterial, pensé de inmediato; pero ¿por qué continuaba de pie?