Forastera

Forastera


Primera parte. Inverness, 1945 » 3. El hombre del bosque

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—¡Está herido! —exclamé—. ¿Se ha abierto la herida del hombro o es una nueva? Siéntese y déjeme ver. —Lo empujé hacia un montón de piedras y repasé mentalmente los procedimientos de primeros auxilios. No tenía vendajes a mano, excepto mi ropa.

Cuando estaba a punto de arrancar lo que quedaba de mi enagua para detener la hemorragia, Jamie rió.

—No, no se inquiete. No es sangre mía. Al menos no la mayor parte —añadió al tiempo que despegaba la tela empapada de su piel.

Tragué con dificultad y me sentí algo mareada.

—Ah —dije con voz trémula.

—Dougal y los demás nos esperan cerca del camino. Vamos. —Me cogió del brazo. No fue un gesto galante sino una forma práctica de obligarme a acompañarlo. Decidí arriesgarme y me planté donde estaba.

—¡No! ¡No iré!

Se detuvo, sorprendido por mi negativa.

—Sí, sí lo hará. —No parecía molesto sino más bien divertido por la idea de que yo tuviera alguna objeción a que me secuestraran otra vez.

—¿Y si me niego? ¿Me cortará el cuello? —insistí para presionarlo. Jamie sopesó las alternativas y respondió con calma.

—Claro que no. No debe de pesar mucho. Si no camina, la alzaré y la cargaré al hombro. ¿Acaso quiere que lo haga? —Dio un paso hacia mí. Retrocedí deprisa. Estaba segura de que lo haría, con o sin herida.

—¡No! No puede hacerlo; se lastimará el hombro otra vez.

No podía ver su rostro en la oscuridad, pero la luz de la luna brilló en sus dientes cuando sonrió.

—Bueno, entonces, ya que no quiere que vuelva a lastimarme, supongo que vendrá conmigo. —Traté de encontrar una respuesta, pero no se me ocurrió nada a tiempo. Volvió a tomarme del brazo con firmeza y nos pusimos en marcha hacia el camino.

Jamie me sujetaba con fuerza y me sostenía cuando trastabillaba con las piedras y plantas. Él caminaba como si la hierba estuviera asfaltada y fuera de día. «Es como un gato —pensé—; por eso se apareció en la oscuridad sin que lo oyera».

Como había dicho Jamie, los demás hombres nos esperaban con los caballos, no muy lejos. Aparentemente, no había habido bajas ni heridos, ya que estaban todos presentes. Con un movimiento muy poco digno, trepé a la montura otra vez. Golpeé sin querer el hombro de Jamie con la cabeza y lo oí contener el aliento con los dientes apretados.

Intenté disimular mi resentimiento por estar de nuevo cautiva y mi remordimiento por haberlo lastimado con aire de déspota insufrible.

—Se lo merece por andar merodeando por el campo y saltando entre arbustos y rocas. Le dije que no moviera la articulación. Ahora seguro que tiene desgarro muscular además de heridas externas.

Mi reprimenda pareció divertirlo.

—Bueno, no tenía alternativa. Si no hubiera movido el hombro, no habría movido nada nunca más. Soy capaz de reducir a un casaca roja con una sola mano… tal vez a dos, pero no a tres —explicó, algo engreído—. Además —agregó y me obligó a apoyarme en la camisa manchada de sangre—, puede curarme otra vez cuando lleguemos.

—Eso es lo que usted se cree —repliqué con frialdad al tiempo que me apartaba de la tela pegajosa. Jamie chasqueó la lengua y emprendimos la marcha nuevamente. Los hombres estaban de excelente humor después de la lucha y hacían bromas y reían con ganas. Mi parte en desbaratar la emboscada recibió muchas alabanzas y todos bebieron de las cantimploras en mi honor.

Me ofrecieron una; al principio me negué con la excusa de que ya me resultaba bastante difícil sostenerme en la montura estando sobria. Por los comentarios de los hombres, llegué a la conclusión de que se había tratado de una pequeña patrulla de alrededor de diez soldados ingleses, armados con mosquetes y sables.

Alguien pasó una cantimplora a Jamie y sentí el olor del licor ardiente cuando bebió. No tenía sed, pero el suave aroma de la miel me recordó que no comía desde hacía rato. Mi estómago emitió un sonoro y humillante gruñido, quejándose de mi negligencia.

—¡Epa, Jamie! ¿Así que tienes hambre, muchacho? ¿O acaso llevas una gaita contigo? —gritó Rupert al confundir el origen del ruido.

—No, pero me comería una gaita de buena gana —respondió Jamie sin corregirlo, en un acto de caballerosidad. Un instante después, una mano volvió a ofrecerme la cantimplora.

—Será mejor que beba un sorbo —me susurró Jamie—. No le llenará la barriga, pero le hará olvidar el hambre.

«Espero que otras cosas también», pensé. Levanté la cantimplora y tragué.

Mi acompañante tenía razón; el whisky encendió un reconfortante fuego en mi estómago y sofocó los retortijones de hambre. Recorrimos varios kilómetros sin novedad. Nos turnábamos para llevar las riendas y sostener la cantimplora. Sin embargo, al llegar a una cabaña en ruinas, la respiración de Jamie se convirtió en un áspero siseo. Nuestro precario equilibrio, hasta ese momento un bamboleo permanente, pasó a ser de pronto mucho más irregular. No lo comprendía. Si yo no estaba borracha, no podía creer que él lo estuviera.

—¡Deténganse! ¡Ayúdenme! —chillé—. ¡Se está cayendo! —Recordé mi reciente descenso forzoso y la posibilidad de repetirlo no me agradó.

Las siluetas oscuras se dieron la vuelta y nos rodearon entre confusos susurros. Jamie se deslizó cabeza abajo para caer, por fortuna, en los brazos de alguien. El resto de los hombres había bajado de los caballos y cuando desmonté ya lo habían tumbado en el suelo.

—Respira —dijo alguien.

—Bueno, qué gran ayuda —le espeté mientras buscaba el pulso de Jamie en la negrura. Por fin lo hallé, acelerado, pero fuerte. Al colocarle la mano en el pecho y el oído en la boca, percibí un movimiento regular, con menos silbido. Me enderecé—. Creo que sólo se ha desmayado —dije—. Pónganle una alforja bajo los pies y si tienen agua, tráiganme un poco.

Me sorprendí al descubrir que obedecían mis órdenes de inmediato. Por lo visto, el joven era importante para ellos. Jamie abrió los ojos, dos pozos negros a la luz de las estrellas. En la penumbra, su rostro parecía una calavera con la piel blanca estirada sobre las facciones angulosas.

—Estoy bien —murmuró al tiempo que intentaba sentarse—. Algo mareado, nada más.

Apoyé la mano en su pecho y lo empujé hacia abajo.

—Quédese quieto —le ordené. Realicé un rápido examen con las manos, luego me arrodillé y me volví hacia una silueta grande, que deduje debía de ser el jefe, Dougal—. La herida de bala ha comenzado a sangrar otra vez y además, el idiota se ha dejado clavar un cuchillo. Creo que no es serio, aunque ha perdido bastante sangre. La camisa está empapada, pero no sé si es toda suya. Necesita descansar. Deberíamos acampar y esperar por lo menos hasta la mañana. —La sombra hizo un gesto negativo.

—No. Estamos lejos de las patrullas, pero debemos tener cuidado con la Guardia. Todavía nos quedan unos veinticuatro kilómetros por delante. —La cabeza sin rostro se echó hacia atrás para observar las estrellas—. Cinco horas, por lo menos. Siete, lo más probable. Podemos quedarnos aquí un rato hasta que detenga la hemorragia y vuelva a vendarlo, pero nada más.

Me puse a trabajar sin dejar de protestar entre dientes en tanto Dougal, en voz baja, mandó a una de las otras siluetas a cuidar los caballos junto al camino. Los demás hombres descansaron y bebieron de sus cantimploras mientras conversaban en susurros. Murtagh, el de la cara de comadreja, me ayudó cortando trozos de lienzo, buscando agua y levantando a Jamie para colocarle el vendaje, ya que el paciente tenía prohibido moverse, a pesar de que no cesaba de repetir que estaba bien.

—No está bien y no me sorprende —le regañé, dando rienda suelta a mi miedo—. ¿Qué clase de idiota recibe una cuchillada y ni siquiera se detiene a curarla? ¿Acaso no se dio cuenta de que sangraba mucho? Tiene suerte de no estar muerto después de galopar toda la noche, luchar y tirarse del caballo… Quédese quieto, imbécil.

La tela con la que estaba trabajando era muy resbaladiza en la oscuridad. Las tiras se me escapaban de las manos, como peces escurriéndose velozmente en las profundidades con un destello burlón de sus cuerpos blancos. A pesar del frío, el sudor me comenzó a correr por el cuello. Por fin, logré atar un extremo y busqué el otro, que insistía en deslizarse por la espalda de Jamie.

—Vuelve aquí… ¡Mierda! —El paciente se movió y el primer extremo se soltó.

Hubo un momento de perplejo silencio.

—¡Cielo santo! —manifestó el hombre gordo que se llamaba Rupert—. Jamás oí a una mujer hablar así.

—Entonces no conoces a mi tía Grisel —respondió otra voz y todos rieron.

—Su marido debería domarla, mujer —comentó una voz austera desde la negrura de un árbol—. San Pablo dice: «Dejad que una mujer guarde silencio y…».

—Métase en sus asuntos —gruñí mientras las gotas de sudor rodaban detrás de mis orejas—. Y San Pablo también. —Me sequé la frente con el antebrazo—. Dele la vuelta hacia la izquierda. Y si mueve un solo músculo —le advertí a mi paciente—, le hago trizas.

—Sí, señora —contestó con voz dócil.

Tiré con demasiada fuerza de la última venda y el vendaje entero se desarmó.

—¡Joder! —estallé y golpeé el suelo con la mano en total frustración. Hubo otro silencio y, mientras buscaba los extremos del vendaje en la oscuridad, los hombres volvieron a comentar mi lenguaje tan poco femenino.

—Tal vez deberíamos enviarla a Santa Ana, Dougal —sugirió una de las siluetas difusas—. No he oído a Jamie decir una sola palabrota desde que dejamos la costa y solía hablar peor que un marinero. Cuatro meses en un monasterio han debido de dar resultado. Ya ni siquiera blasfemas, ¿verdad, muchacho?

—Tú tampoco lo harías si te hubieran castigado por eso obligándote a permanecer tirado en el suelo de piedra de una capilla tres horas en mitad de la noche. En pleno febrero y sin nada excepto la camisa —respondió mi paciente. Los hombres rieron y Jamie prosiguió—: El castigo sólo duraba dos horas, pero tardaba una hora más en levantarme. Pensaba que se me habían congelado… eh… las piernas, pero sólo estaba entumecido.

Por lo visto, se sentía mejor. Sonreí casi sin darme cuenta. Sin embargo, le hablé con firmeza.

—Estése quieto o le haré daño. —Rozó el vendaje y le di una palmada en la mano para que la retirara.

—¿Acaso es una amenaza? —preguntó con descaro—. ¡Encima que la he invitado a beber!

La cantimplora había recorrido el grupo de hombres. Dougal se arrodilló a mi lado y la puso en los labios de Jamie para que bebiera. El fuerte y caliente aroma del whisky llegó hasta mí. Levanté la mano para coger la cantimplora.

—No más alcohol —ordené—. Necesita té o en el peor de los casos, agua. Pero no alcohol.

Dougal apartó la cantimplora con brusquedad y me ignoró por completo. Volcó una generosa cantidad de licor ardiente en la boca de mi paciente, que comenzó a toser. Luego esperó a que recuperara el aliento y volvió a verterle líquido entre los labios.

—¡Ya basta! —Me estiré para intentar agarrar la cantimplora otra vez—. ¿Quiere que esté tan borracho que no se pueda poner en pie?

Dougal me apartó de un codazo.

—Una mujercita con carácter, ¿verdad? —indicó mi paciente, divertido.

—Ocúpese de su trabajo, mujer —sentenció Dougal—. Todavía tenemos un largo viaje por delante. Necesitará toda la fuerza que el licor pueda darle.

En el instante en que el vendaje estuvo terminado, Jamie intentó sentarse. Lo empujé hacia abajo y apoyé una rodilla en su pecho para mantenerlo allí.

—No debe moverse —siseé con fiereza. Tiré de la falda de Dougal para instarlo a arrodillarse de nuevo junto a mí—. Mire esto —precisé con tono de enfermera de hospital. Coloqué la camisa empapada con sangre en la mano del jefe. Dougal la dejó caer con un gesto de asco. Después le cogí la mano y la apoyé en el hombro del paciente—. Y esto. Algo como la hoja de una espada le atravesó el músculo trapecio.

—Una bayoneta —aclaró el paciente.

—¡Una bayoneta! —exclamé—. ¿Por qué no me lo dijo?

Se encogió de hombros y el movimiento le hizo gruñir de dolor.

—La sentí entrar, pero no sabía lo grave que era. No me dolía tanto.

—¿Ahora le duele?

—Sí —respondió, lacónico.

—Me alegro —repliqué con fastidio—. Se lo merece. Tal vez le sirva de escarmiento para no andar por el campo secuestrando mujeres y ma… matando gente y… —Sentí que estaba al borde de las lágrimas y me detuve para recuperar el control de mí misma.

Dougal perdió la paciencia.

—Bueno, ¿puedes sentarte en la montura, muchacho?

—¡No puede ir a ninguna parte! —protesté, indignada—. Debería estar en un hospital. De hecho, no puede…

Mis quejas, como siempre, cayeron en saco roto.

—¿Puedes montar a caballo? —repitió Dougal.

—Sí, si me quitan a la chica de encima y me traen una camisa limpia.

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