Forastera
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Conversaciones con un abogado
Atravesamos los portones del castillo Leoch dos días más tarde, justo antes del amanecer. En grupos de dos, tres y cuatro, acompañados por los gritos de despedida y los chillidos de los gansos salvajes del lago, los caballos caminaron con cuidado por el puente de piedra. Miré hacia atrás varias veces hasta que la masa del castillo desapareció por fin detrás de una cortina de trémula neblina. La idea de que jamás volvería a ver aquel triste montón de piedras ni a sus habitantes me llenó de una extraña tristeza.
El ruido de los cascos de los caballos parecía amortiguado por la bruma. Las voces se arrastraban a través del aire húmedo de modo que los gritos de un extremo de la larga fila se oían con facilidad en el otro, mientras que los sonidos de las conversaciones cercanas se perdían en murmullos entrecortados. Era como cabalgar en una nube de vapor poblada de fantasmas. Las voces espectrales flotaban en el aire, lejanas un momento, casi vecinas un instante después.
Mi lugar estaba en el medio del grupo, entre un jinete armado cuyo nombre ignoraba y Ned Gowan, el pequeño escribiente que había visto trabajar durante la audiencia de Colum. Era más que un escribiente, como descubrí al conversar con él en el camino.
Ned Gowan era abogado. Nacido, criado y educado en Edimburgo, tenía todo el aspecto de su profesión. Era un hombrecillo de edad avanzada, con costumbres meticulosas y rutinarias. Llevaba una casaca de paño fino, medias de lana, una camisa de hilo con corbatín de encaje y calzones que combinaban muy bien la comodidad necesaria para el viaje con la elegancia propia de su posición. Unos pequeños anteojos enmarcados en oro, una discreta cinta en el cabello y un bicornio de felpa azul completaban el conjunto. Era una imagen tan perfecta de un hombre de leyes que no podía mirarlo sin sonreír.
Cabalgaba a mi lado en una yegua tranquila, cargada con dos enormes bolsas de cuero desgastado. Me explicó que en una llevaba las herramientas de su oficio: tintero, plumas y papeles.
—¿Y para qué es la otra? —pregunté. Si bien la primera tenía aspecto de estar llena, la segunda parecía casi vacía.
—Es para los alquileres de su señoría —respondió el abogado y dio unas palmadas a la bolsa vacía.
—Debe de esperar una buena recaudación, entonces —sugerí. El señor Gowan se encogió de hombros.
—No tanto, querida. Pero la mayor parte será en peniques y otras monedas pequeñas. Y ésas, por desgracia, ocupan más sitio que las grandes. —Esbozó una sonrisa que fue sólo una ligera curva en los finos labios resecos—. En realidad, una pesada carga de cobre y plata es más fácil de transportar que los ingresos de su señoría.
Se volvió para clavar la mirada por encima del hombro en los dos carros tirados por mulas que acompañaban al grupo.
—Las bolsas de granos y nabos por lo menos tienen la ventaja de la falta de movimiento. Las aves, si están bien atadas y enjauladas, no me molestan. Tampoco las cabras, a pesar de que presentan algunos inconvenientes con sus hábitos omnívoros. Una me comió un pañuelo el año pasado, aunque debo admitir que la culpa fue mía por dejar que la tela asomara por el bolsillo de la casaca. —Los delgados labios formaron una línea definida—. Sin embargo, este año he dado instrucciones precisas. No aceptaremos cerdos vivos.
Supuse que la necesidad de proteger las alforjas del señor Gowan y los dos carros explicaban la presencia de los cerca de veinte hombres que conformaban el grupo. Todos iban armados y montados. Había también bastantes animales de carga que llevaban lo que pensé que serían provisiones para el grupo. La señora Fitz, en medio de sus despedidas y recomendaciones, me había dicho que los alojamientos serían primitivos o inexistentes, ya que pasaríamos muchas noches en campamentos junto al camino.
Sentía curiosidad por saber qué había llevado a un hombre con la evidente educación del señor Gowan a aceptar un trabajo en las remotas tierras altas escocesas, lejos de las comodidades de la civilización a las que debía de estar acostumbrado.
—Bueno, en cuanto a eso —dijo en respuesta a mis preguntas—, cuando era joven tenía un pequeño despacho en Edimburgo. Con cortinas de encaje en la ventana y una brillante placa de bronce con mi nombre en la puerta. Pero me cansé de redactar testamentos y escrituras y de ver los mismos rostros en la calle todos los días. Así que me marché —concluyó con simpleza.
Había comprado un caballo y algunas provisiones y se fue sin saber adónde ni qué haría una vez llegara.
—Verá, debo confesar —prosiguió y se tocó ligeramente la nariz con un pañuelo que llevaba su monograma— cierta afición por… la aventura. No obstante, ni mi situación social ni mis antecedentes familiares me permitían convertirme en bandido o navegante, las ocupaciones más emocionantes que imaginaba en aquellos días. Por lo tanto, decidí que mi mejor alternativa era dirigirme al norte, hacia las tierras altas. Pensé que tal vez, con el tiempo, lograría convencer a algún jefe de clan para, bueno, utilizar mis servicios de alguna manera.
Y en el curso de sus viajes, había encontrado a ese jefe de clan.
—Jacob MacKenzie —pronunció con una sonrisa amable y nostálgica—. Era un viejo bribón pelirrojo y pícaro. —El señor Gowan asintió en dirección a la cabecera de la fila, donde el cabello brillante de Jamie MacTavish destacaba en la neblina—. Su nieto se le parece mucho. Nos conocimos a punta de pistola, Jacob y yo, cuando me asaltó. Le entregué mi caballo y mis bolsas de buen modo, ya que no tenía alternativa. Pero creo que se sorprendió un poco cuando insistí en acompañarlo, a pie si era necesario.
—Jacob MacKenzie. ¿El padre de Colum y Dougal? —pregunté.
El anciano abogado asintió.
—Sí. Por supuesto, todavía no era Señor. Eso ocurrió unos años después… con un poco de ayuda por mi parte —añadió con modestia—. En aquella época… la vida era menos civilizada —dijo con nostalgia.
—¿De veras? —comenté con cortesía—. ¿Y usted fue parte de la herencia de Colum, por así decirlo?
—Algo por el estilo —respondió el señor Gowan—. Hubo algo de confusión cuando Jacob murió, ¿sabe? Colum era el heredero de Leoch, claro, pero… —El abogado hizo una pausa y miró hacia delante y atrás para cerciorarse de que nadie estuviera lo bastante cerca para escuchar. El jinete armado se había adelantado para reunirse con algunos de sus compañeros y unos cuatro cuerpos nos separaban del conductor del carro que nos seguía.
—Colum fue un hombre entero hasta los dieciocho años —prosiguió su historia— y prometía convertirse en un buen líder. Tomó a Letitia por esposa como parte de una alianza con los Cameron. Yo redacté el contrato matrimonial —agregó a modo de comentario aparte—. Pero poco tiempo después del casamiento, Colum sufrió una terrible caída durante una incursión. Se rompió el hueso largo del muslo y soldó mal.
Asentí. No era de extrañar.
—Y entonces —continuó el señor Gowan con un suspiro—, se levantó demasiado pronto de la cama y se cayó por las escaleras. Se rompió la otra pierna. Pasó casi un año en cama, pero pronto quedó claro que el daño era permanente. Fue entonces cuando Jacob murió, por desgracia.
El hombrecillo se interrumpió para organizar sus pensamientos. Luego, volvió a mirar hacia delante, como si buscara a alguien. Al no encontrarlo, se acomodó de nuevo en la montura.
—Fue la época en que hubo tanta agitación por el casamiento de la hermana, también —dijo—. Y Dougal… bueno, me temo que Dougal no actuó muy bien en aquel asunto. De lo contrario, lo hubieran nombrado jefe, pero se pensaba que aún no tenía el juicio necesario. —Meneó la cabeza—. Hubo un gran revuelo. Vinieron primos y tíos y arrendatarios y se llevó a cabo una gran Reunión para decidir el asunto.
—Pero después de todo, eligieron a Colum, ¿verdad? —intervine. Una vez más, me maravilló la personalidad de Colum MacKenzie. Y mirando de reojo al hombrecillo arrugado que cabalgaba a mi lado, pensé que Colum también había tenido suerte al elegir a sus aliados.
—Así fue, pero sólo porque los hermanos permanecieron firmemente unidos. No había duda alguna sobre el valor de Colum ni sobre su mente, sólo sobre su cuerpo. Era evidente que jamás podría volver a conducir a sus hombres en una batalla. Pero allí estaba Dougal, fuerte y entero, aunque algo impredecible e impulsivo. Se puso detrás de la silla de su hermano y juró obedecer las órdenes de Colum y ser sus piernas y su brazo armado en el campo de batalla. Entonces, se sugirió que Colum fuera nombrado Señor, como debía ser, y Dougal, jefe militar, para liderar el clan en tiempos de guerra. Existían precedentes de ese tipo de situación —añadió.
La modestia con que había dicho «se sugirió» dejaba en claro quién había sugerido la alternativa.
—¿Y usted es hombre de quién? ¿De Colum o de Dougal? —pregunté.
—Mis intereses deben ser los del clan en general —respondió el señor Gowan, circunspecto—. Desde el punto de vista formal, presté juramento a Colum.
Y desde el informal también, pensé. Había visto la ceremonia de juramento, aunque no recordaba específicamente la silueta del abogado entre tantos hombres. Nadie podría haber presenciado aquel acto y permanecer impávido, ni siquiera un hombre de leyes. Y el hombrecillo de la yegua baya, a pesar de su edad y su devoción por la ley, tenía, según su propio testimonio, el alma de un romántico.
—Usted debe de ser una gran ayuda para él —apunté con diplomacia.
—Bueno, le aconsejo de vez en cuando —confesó—. Al igual que a otros. Si llega a necesitar un consejo, querida —agregó con expresión radiante—, no dude en recurrir a mí. Le aseguro que puede confiar en mi absoluta discreción. —Hizo una semirreverencia en la montura.
—¿Tanto como en su lealtad a Colum MacKenzie? —inquirí con las cejas enarcadas. Los pequeños ojos oscuros sostuvieron mi mirada y reconocí el ingenio y la agudeza en las opacas pupilas.
—Ah, bueno —expresó sin disculparse—. Valía la pena intentarlo.
—Supongo que sí —convine, más divertida que molesta—. Pero puedo asegurarle, señor Gowan, que no necesito de su discreción, por lo menos en este momento.
Era contagioso, pensé al escucharme. Hablaba igual que él.
—Soy una dama inglesa —añadí con firmeza—. Nada más. Colum pierde su tiempo… y el de usted… al tratar de sonsacarme secretos que no existen. —O que existen, pero no se pueden contar, pensé. Era posible que la discreción del señor Gowan fuera ilimitada, pero no su creencia—. ¿Acaso le envió para que me obligara a revelarle secretos? —aventuré al ocurrírseme de pronto la posibilidad.
—Oh, no. —La idea arrancó una risita al señor Gowan—. Claro que no, querida. Cumplo una función esencial en estos viajes. Llevo los registros y los recibos para Dougal y satisfago los pequeños requerimientos legales que puedan tener los miembros del clan en las zonas más alejadas. Y me temo que a pesar de mi avanzada edad, no he superado aún la avidez por la aventura. Ahora las cosas son mucho más tranquilas que antes. —Suspiró con algo de pesar—. Sin embargo, siempre existe la posibilidad de un asalto en el camino o un ataque cerca de la frontera. —Palmeó la segunda alforja en su montura—. Esta bolsa no está del todo vacía, ¿sabe? —Levantó la tapa lo suficiente para que yo viera las brillantes culatas ornamentadas de un par de pistolas, ingeniosamente colocadas en bolsillos gemelos para mantenerlas a mano.
Su mirada penetrante observó cada detalle de mi atuendo y apariencia.
—Debería ir armada, querida —precisó en un tono de suave reproche—. Aunque supongo que Dougal ha debido de pensar que no era conveniente… todavía. Le hablaré al respecto —prometió.
Pasamos el resto del día conversando sobre sus recuerdos del añorado pasado, cuando los hombres eran hombres y la huella perniciosa de la civilización no se había difundido aún sobre la hermosa faz agreste de las tierras altas de Escocia. Al caer la noche, acampamos en un claro junto al camino. Tenía una manta enrollada y atada detrás de mi montura. Con ella, me dispuse a pasar mi primera noche de libertad fuera del castillo. No obstante, cuando me alejé del fuego y me dirigí a un sitio detrás de los árboles, sentí las miradas que me seguían. Incluso al aire libre, parecía que la libertad tenía sus límites definidos.
Llegamos a la primera parada casi al mediodía del segundo día. No era más que un grupo de tres o cuatro cabañas, situadas a cierta distancia del camino, al pie de un pequeño valle. De una de ellas se trajo un banco para Dougal. Luego se armó una mesa con tres tablones para que el señor Gowan tuviera un lugar donde escribir.
El abogado extrajo un enorme paño de hilo almidonado de uno de los bolsillos de su casaca y lo apoyó cuidadosamente sobre un tocón que obviamente solía utilizarse de tajadero. Se sentó allí y comenzó a desplegar el tintero, libros y recibos con el mismo esmero que si estuviera detrás de sus cortinas de encaje de Edimburgo.
Uno por uno, los hombres de las granjas vecinas aparecieron para llevar a cabo su encuentro anual con el representante del feudo. Se trataba de una reunión informal, con mucho menos protocolo que la Audiencia del castillo Leoch. Los colonos llegaban de los campos o las cabañas, acercaban un banco desocupado y se sentaban junto a Dougal, con aparente confianza, a explicar, quejarse o, simplemente, a conversar.
Algunos iban acompañados de uno o dos hijos robustos, cargados con bolsas de granos o lana. Al término de cada conversación, el infatigable Ned Gowan escribía el recibo de pago de la renta anual, registraba la transacción en su libro mayor y hacía un gesto con la mano para que uno de los ganaderos cargara el pago en un carro. En ocasiones menos frecuentes, un pequeño montón de monedas desaparecía con un suave tintineo en las profundidades de su alforja de cuero. Mientras tanto, los jinetes armados descansaban bajo los árboles o se internaban en la orilla boscosa… para cazar, supuse.
La misma escena, con algunas variaciones, se repitió durante los días siguientes. De tanto en tanto, me invitaban a alguna cabaña a beber sidra o leche y las mujeres se aglomeraban en la única y estrecha habitación para hablar conmigo. En ciertos casos, el grupo de rústicas cabañas era lo bastante grande como para justificar la existencia de una taberna o posada, que se convertía, entonces, en el centro de operaciones de Dougal.
En algunas ocasiones, las rentas incluían un caballo, una oveja o algún otro animal vivo. Por lo general, las bestias se cambiaban a alguien del vecindario por algo portátil, o si Jamie declaraba que el caballo en cuestión era apto para formar parte de los establos del castillo, se añadía al grupo.
La inclusión de Jamie en la partida me intrigaba. Era cierto que el joven sabía de caballos, pero los demás hombres también, incluido Dougal. Además, los caballos constituían una forma de pago poco habitual y no solían ser nada especial en términos de calidad. Me preguntaba, entonces, por qué se habría juzgado necesario traer a un experto. Una semana después de iniciado el viaje, en una aldea de nombre impronunciable, descubrí la verdadera razón por la cual Dougal había querido traer a Jamie.
La aldea, aunque pequeña, era lo suficientemente grande como para contar con una taberna con dos o tres mesas y varios bancos destartalados. Dougal llevó a cabo la audiencia y cobró las rentas. Después de un indigesto almuerzo de carne salada y nabos, entretuvo a su corte. Invitó a cerveza a los arrendatarios y colonos que se habían quedado después de sus transacciones y a algunos aldeanos que pasaban por la taberna al terminar sus tareas para mirar boquiabiertos a los forasteros y escuchar las noticias que traíamos.
Estaba sentada en un banquillo en un rincón, bebiendo cerveza amarga y aprovechando la pausa en la cabalgata. No prestaba mucha atención a Dougal, que hablaba, parte en gaélico y parte en inglés, sobre las granjas; contaba chismes, lo que parecían ser bromas obscenas y relatos interminables.
Me preguntaba cuánto tiempo tardaríamos, a este paso, en llegar al Fuerte William. Y una vez allí, cómo haría para separarme de los escoceses del castillo Leoch sin caer en manos de los soldados ingleses. Perdida en mis pensamientos, no noté que Dougal hablaba solo, en una especie de discurso. Su audiencia lo escuchaba absorta, con esporádicas exclamaciones e interjecciones. Al volver lentamente a tomar conciencia de mi entorno, me di cuenta de que Dougal, con gran maestría, estaba arengando a sus espectadores en contra de algo.
Eché un vistazo a mi alrededor. El gordo Rupert y el diminuto abogado, Ned Gowan, estaban sentados detrás de Dougal. Habían olvidado sus jarras de cerveza en el banco mientras escuchaban con atención. Jamie, con el entrecejo fruncido y la mirada clavada en su jarra, tenía los codos apoyados en la mesa. No parecía importarle mucho el discurso de Dougal.
De improviso, Dougal se puso en pie, cogió el cuello de la camisa de Jamie y tiró de él. La vieja camisa se rasgó de arriba abajo. Sorprendido, Jamie se quedó tieso. Entrecerró los ojos y vi que apretaba la mandíbula, pero no se movió cuando Dougal separó la tela rota para exponer su espalda a los parroquianos.
La audiencia reaccionó con sobresalto e indignación al ver la espalda del joven cubierta de cicatrices. Abrí la boca para protestar, pero oí la palabra «Sassenach» pronunciada con rencor, y la volví a cerrar.
Jamie, con el rostro pétreo, se levantó y dio un paso atrás para apartarse de la pequeña aglomeración que lo rodeaba. Con cuidado, se quitó los restos de la camisa e hizo una pelota con ella. Una pequeña anciana, que apenas le llegaba al codo, meneaba la cabeza y le palmeaba la espalda con ternura al tiempo que trataba, por lo que pude apreciar, de consolarlo en gaélico. Si ésa era su intención, sus palabras no estaban logrando el efecto deseado.
Jamie respondió, lacónico, a algunas preguntas de los hombres presentes. Las dos o tres muchachas que habían llegado para comprar cerveza para las cenas familiares se agruparon contra la pared del otro lado del salón y comenzaron a murmurar entre sí mientras observaban la escena con ojos como platos.
Jamie dirigió una mirada a Dougal que debió de dejarlo helado y arrojó los despojos de su camisa a un rincón de la chimenea. Abandonó el lugar con tres zancadas, sin prestar atención a los susurros compasivos de la gente.
Concluido el espectáculo, los presentes se volvieron hacia Dougal. No entendí los comentarios, a pesar de que las pocas palabras que capté parecían referirse a los ingleses con muy poca simpatía. Me debatía entre seguir a Jamie y quedarme donde estaba. Supuse que no querría compañía, por lo que me encogí en el banco y mantuve la cabeza agachada en tanto contemplaba mi borroso y pálido reflejo en la superficie de la jarra de cerveza.
El tintineo de metal me hizo levantar la mirada. Uno de los hombres, un colono robusto vestido con calzones de cuero, había tirado unas monedas sobre la mesa frente a Dougal y comenzado su propio discurso. Dio un paso atrás, con los pulgares metidos en el cinto, como si desafiara al resto a hacer algo. Al cabo de una pausa llena de incertidumbre, uno o dos audaces más lo imitaron y luego otros más, extrayendo monedas de cobre de sus bolsas y morrales. Dougal les dio las gracias calurosamente e hizo una señal al tabernero para invitar a una ronda de cerveza. Advertí que el abogado Ned Gowan guardaba las nuevas contribuciones en una bolsa distinta de la utilizada para almacenar las rentas destinadas a las arcas de Colum. Entonces comprendí el propósito de la pequeña actuación de Dougal.
Las rebeliones, al igual que otros negocios comerciales, requieren capital. La formación y el aprovisionamiento de un ejército cuesta oro, así como el mantenimiento de sus cabecillas. Y por lo poco que recordaba del príncipe Carlos, el joven pretendiente al trono, parte de su apoyo había provenido de Francia, pero otra parte del financiamiento de su infructuoso levantamiento había surgido de los bolsillos casi vacíos del pueblo que se proponía gobernar. O sea que Colum o Dougal, o ambos, eran jacobitas, seguidores del joven pretendiente, opositores del ocupante legal del trono de Inglaterra, Jorge II.
Por fin, los últimos colonos y arrendatarios se fueron a cenar. Dougal se puso en pie y se desperezó con aire satisfecho, como un gato que a falta de crema, ha bebido un tazón de leche. Sopesó la bolsa y se la arrojó de vuelta a Ned Gowan para que la guardara.
—Bastante bien —comentó—. No se puede esperar gran cosa de un sitio tan pequeño. Pero si seguimos así, juntaremos una suma respetable.
—Yo no diría «respetable» —lo corregí con aire estirado mientras surgía de mi escondite.
Dougal se volvió como si me viera por primera vez.
—¿No? —inquirió con una mueca divertida—. ¿Por qué no? ¿Acaso le molesta que los súbditos leales contribuyan para apoyar a su soberano?
—De ninguna manera —repliqué sin apartarle la mirada—. No importa de qué soberano se trate. Lo que no me gusta es su método de recaudación.
Me observó con cuidado, como si mis facciones pudieran revelarle algo.
—¿No importa de qué soberano se trate? —repitió con suavidad—. Creí que no hablaba gaélico.
—No lo hablo —respondí, cortante—. Pero tengo una cabeza y dos orejas que funcionan bien. Y aunque no sé cómo se dice «a la salud del rey Jorge» en gaélico, dudo mucho que se parezca a «Bragh Stuart».
Echó atrás la cabeza y rió.
—Es verdad —convino—. Le diría la palabra gaélica que corresponde a su soberano, pero no es lenguaje apropiado para una dama, ni siquiera para una Sassenach.
Se agachó, recogió la camisa enrollada de entre las cenizas y la sacudió para quitarle el polvo.
—Ya que no aprueba mis métodos, tal vez desee remediarlos —sugirió y me entregó la camisa rota—. Pídale una aguja a la dueña de la casa y cósala.
—Cósala usted. —Se la tiré a la cara y me di media vuelta para marcharme.
—Como quiera —repuso Dougal sin molestarse—. Jamie coserá su propia camisa ya que usted no está dispuesta a ayudar.
Me detuve. Luego giré con la mano extendida.
—De acuerdo —comencé, pero una enorme mano me interrumpió al pasar por encima de mi hombro para arrancar la camisa de las manos de Dougal. Con mirada sombría, que dirigió a ambos con igual intensidad, Jamie colocó la camisa debajo del brazo y se marchó tan silenciosamente como había entrado.
Nos dieron alojamiento en la cabaña de un granjero. En realidad, me lo dieron a mí. Los hombres durmieron fuera, apoyados en varios fardos de heno, carros y hierba. Por deferencia a mi sexo o a mi condición de casi prisionera, me concedieron un jergón en el suelo de la cabaña, junto a la chimenea.
Si bien mi jergón resultó harto preferible al único camastro en el que dormía toda la familia, compuesta por seis miembros, comencé a envidiar a los hombres por sus aposentos al aire libre. El fuego no estaba apagado, sólo sofocado para pasar la noche. Hacía calor dentro de la cabaña y el ambiente estaba cargado de aromas y sonidos procedentes de sus moradores inquietos, gruñones, roncadores, sudados y malolientes.
Después de un rato, abandoné la idea de dormir en aquella habitación enrarecida. Me levanté, cogí una frazada y salí. El aire del exterior era tan fresco en comparación con la atmósfera pesada de la cabaña que me apoyé en la pared de piedra para dejar que el refrescante oxígeno entrara a bocanadas en mis pulmones.
Un hombre que hacía guardia, sentado en silencio bajo un árbol junto al sendero, se limitó a observarme. Debió de llegar a la conclusión de que no iría muy lejos en camiseta y continuó tallando un pequeño objeto. La luna brillaba y la hoja de la pequeña daga destellaba entre las sombras de las hojas de los árboles.
Caminé alrededor de la cabaña y trepé un poco por la colina que había detrás, siempre con cuidado de no tropezar con las siluetas dormidas. Encontré un lugar agradable e íntimo entre dos grandes rocas y me arreglé un cómodo nido con un montón de hierbas y mi frazada. Acostada en el suelo, observé la luna llena en su lento viaje por el cielo.
Así había visto salir la luna desde la ventana del castillo Leoch la primera noche de mi estancia como invitada involuntaria de Colum. Un mes atrás… un mes desde mi calamitoso pasaje por el círculo de rocas. Al menos, ahora creía saber por qué las piedras habían sido colocadas allí.
Lo más probable era que las piedras en sí no tuvieran importancia. Eran indicadores. Al igual que un cartel al pie de un precipicio advierte sobre el peligro de desprendimientos, las rocas erectas señalaban un lugar de peligro. Un lugar donde… ¿qué? ¿Donde la corteza del tiempo era delgada? ¿Donde algún tipo de puerta permanecía entornada? Las personas que habían diseñado el círculo no sabían lo que señalaban con él. Para ellos, aquel sitio era un gran misterio, un lugar de magia poderosa donde la gente desaparecía sin aviso. O aparecía, tal vez, de la nada.
Vaya pensamiento. ¿Qué hubiera ocurrido, me pregunté, si hubiera habido alguien en la colina de Craigh na Dun cuando aparecí allí, de pronto? Supuse que debía depender de la época en la que uno entraba. Aquí, si un campesino se hubiera topado conmigo en aquellas circunstancias, me habría considerado una especie de bruja o hada. Dada la reputación de aquella colina en particular, más probablemente un hada.
Y quizá de allí proviniera su reputación, pensé. Si durante años la gente había aparecido y desaparecido de repente en un lugar, era lógico que el sitio tuviera fama de estar encantado.
Asomé un pie por debajo de la manta y moví los dedos largos bajo la luz de la luna. Muy impropio de un hada, decidí. Con mi metro setenta de estatura, era una mujer alta para esta época, tanto como muchos hombres. Ya que a duras penas podía pasar como un miembro del clan de los duendes, sin duda me habrían tomado por una bruja o algún espíritu maligno. Por lo poco que sabía de los métodos utilizados en este siglo para manejar este tipo de fenómenos, sólo podía alegrarme de que nadie me hubiera visto aparecer.
Traté de imaginar qué sucedería si fuera a la inversa. ¿Qué pasaría si alguien de esta época apareciera en la mía? Después de todo, era exactamente lo que planeaba hacer, si es que encontraba la forma. ¿Cómo reaccionaría un escocés actual, como la señora Buchanan, la encargada del correo, si alguien como Murtagh, por ejemplo, de pronto surgiera de la tierra bajo sus pies?
La reacción más probable sería salir corriendo, llamar a la policía o tal vez, no hacer nada salvo contar a amigos y vecinos el curioso suceso acontecido días atrás…
¿Y el visitante? Bueno, con algo de suerte y cuidado, quizá lograra adaptarse a la nueva época sin atraer demasiado la atención. De hecho, hasta ahora yo había logrado pasar bastante bien como una habitante de esta época y lugar, a pesar de que mi apariencia y mi manera de hablar habían generado sospechas.
¿Y si la persona fuera demasiado diferente o decidiera proclamar lo que le había ocurrido? Si el aterrizaje fuera en una época primitiva, lo más probable era que mataran al extraño sin preámbulos. En épocas más avanzadas, lo considerarían un loco y lo confinarían en alguna institución, si no cerraba la boca.
Este tipo de fenómenos debían de estar ocurriendo desde que el mundo era mundo. Aun en el caso de que se produjeran delante de testigos, no habría pistas, nada que explicara lo acontecido, porque la única persona que lo supiera habría desaparecido. En cuanto a los desaparecidos, lo más probable era que mantuvieran la boca cerrada al otro lado.
Sumergida en mis pensamientos, no había notado el lejano murmullo de voces ni las pisadas en la hierba. Me sobresalté al oír una voz a escasa distancia.
—Que el diablo te lleve, Dougal MacKenzie —dijo la voz—. Aunque seas mi pariente, no te debo nada. —La voz hablaba bajo, tensa por la ira.
—¿Conque no? —respondió otra voz, ligeramente divertida—. Me parece recordar un juramento de obediencia. «En tanto mis pies descansen en tierras del clan MacKenzie», creo que dijiste. —Se sintió un golpe sordo, como si un pie pateara el suelo—. Estamos en tierras de los MacKenzie, muchacho.
—Di mi palabra a Colum, no a ti. —Así que se trataba del joven Jamie MacTavish. Era fácil adivinar por qué estaba enfadado.
—Es lo mismo, hombre, y lo sabes. —Hubo un ruido como de una bofetada ligera—. Has jurado obedecer al jefe del clan y fuera de Leoch, soy la cabeza, piernas, brazos y manos de Colum.
—Y jamás he visto un mejor ejemplo de aquello de que la mano derecha no sabe lo que trama la izquierda —fue la rápida réplica. A pesar de la amargura en la voz, se notaba que su mente disfrutaba con este enfrentamiento—. ¿Qué crees que dirá la derecha cuando se entere de que la izquierda junta oro para los Estuardo?
Hubo una breve pausa antes de que Dougal contestara.
—Los MacKenzie, los MacBeolain y los MacVinich son todos hombres libres. Nadie puede obligarlos a colaborar contra su voluntad y nadie puede detenerlos tampoco. ¿Y quién sabe? Quizá Colum termine dándole más al príncipe Carlos Eduardo que todos los demás juntos.
—Quizá —convino la voz más grave—. También es posible que mañana llueva de abajo para arriba. Eso no quiere decir que vaya a esperar al rellano de la escalera con un balde al revés.
—¿No? Tienes más que ganar que yo si los Estuardo recuperan el trono, muchacho. Y nada de los ingleses, excepto la horca. Si no te importa tu propio cuello…
—Mi cuello es problema mío —lo interrumpió Jamie, furioso—. Y mi espalda también.
—No mientras viajes conmigo, muchachito —precisó la voz burlona de su tío—. Si quieres oír lo que Horrocks quiera decirte, harás lo que te manden. Será mejor así; eres bueno con la aguja, pero tienes una única camisa limpia.
Hubo un movimiento, como si alguien se incorporara de una roca, y luego el ruido suave de pisadas en el césped. Aunque era sólo el de un par de pies, advertí. Me senté sin hacer ruido y espié con cuidado por el borde de una de las rocas que me ocultaban.
Jamie estaba todavía allí, sentado en una piedra a corta distancia. Tenía los codos apoyados en las rodillas y la barbilla hundida en las manos entrelazadas. Me daba la espalda. Comencé a retroceder, pues no deseaba molestarlo, cuando habló.
—Sé que estás ahí —dijo—. Ven si lo deseas. —Por el tono de su voz supe que le daba igual. Me puse en pie dispuesta a acercarme, cuando me di cuenta de que estaba en camiseta. Después de decidir que él ya tenía suficiente de qué preocuparse sin tener que avergonzarse por mi apariencia, me envolví en la manta y salí de mi escondite.
Me senté cerca de él y me apoyé en una roca mientras lo observaba. Salvo por un leve movimiento de cabeza a manera de saludo, me ignoró, absorto por completo en pensamientos no muy agradables, a juzgar por la expresión sombría de su rostro. Con un pie golpeaba, inquieto, la roca en la que estaba sentado. Se retorcía los dedos, los apretaba y los estiraba con tanta fuerza que hacía sonar los nudillos con un ruido sordo.
El ruido de los nudillos me recordó al capitán Manson, oficial de suministros del hospital de campaña donde yo había trabajado; el capitán Manson sufría por las carencias, entregas postergadas y demás infinitas idioteces de la burocracia militar como si se trataran de heridas personales. Si bien solía ser un hombre moderado y agradable, cuando las frustraciones lo agobiaban, se retiraba un instante a su oficina privada y golpeaba la pared con todas sus fuerzas. Los visitantes que aguardaban en la recepción observaban fascinados cómo el delgado tabique temblaba bajo el impacto de los golpes. Unos minutos después, el capitán Manson salía de su despacho, con los nudillos lastimados pero con la calma necesaria para lidiar con la crisis del momento. Cuando lo transfirieron a otra unidad, la pared de su oficina estaba marcada con las huellas de sus puños.
Contemplar al joven sentado en la roca tratando de dislocarse los dedos era como observar al capitán frente a un imposible problema de aprovisionamiento.
—Necesitas golpear algo —dije.
—¿Cómo? —Levantó la cabeza sorprendido. Por lo visto, había olvidado que yo estaba allí.
—Golpea algo —le aconsejé—. Te sentirás mejor.
Movió los labios como para decir algo, pero en cambio, se levantó y se dirigió a un cerezo de aspecto robusto. Le asestó un fuerte puñetazo. Al parecer, le resultó reconfortante, porque golpeó el tambaleante tronco varias veces más. Una lluvia de pétalos rosados cayó sobre su cabeza.
Un instante después, regresó a la roca chupándose los nudillos lastimados.
—Gracias —manifestó con una leve sonrisa—. Tal vez sí pueda dormir esta noche.
—¿Te has hecho alguna herida en la mano? —Me incorporé para examinarla, pero sacudió la cabeza al tiempo que se frotaba los nudillos con la palma de la otra.
—No, no es nada.
Permanecimos allí de pie en medio de un silencio incómodo. No quería hablar de la escena que había escuchado ni de los sucesos de la tarde. Por fin, aventuré:
—No sabía que fueras zurdo.
—Sí, siempre lo he sido. El maestro solía atarme la mano izquierda detrás de la espalda para obligarme a escribir con la otra.
—¿Puedes hacerlo? Quiero decir, ¿puedes escribir con la derecha?
Asintió y volvió a llevarse la mano herida a la boca.
—Sí, pero me da dolor de cabeza.
—¿Eres zurdo para pelear también? —pregunté para distraerlo—. ¿Con la espada? —No llevaba armas en aquel momento, excepto su daga. Pero durante el día, siempre llevaba espada y pistolas, como la mayoría de los hombres de la partida.
—No, manejo la espada con ambas manos. Un espadachín zurdo está en desventaja porque pelea con el lado izquierdo vuelto hacia el oponente. Y el corazón está en ese lado, ¿comprendes?
Demasiado nervioso como para quedarse quieto, había comenzado a caminar por el claro y a hacer gestos ilustrativos con una espada imaginaria.
—No tiene gran importancia con una espada grande —explicó. Extendió los brazos y unió las manos para realizar un elegante arco en el aire—. Por lo general se utilizan ambas manos —prosiguió—. O, si se está lo suficientemente cerca para usar una sola, da lo mismo cuál sea, porque se baja y atraviesa al hombre a la altura del hombro. No de la cabeza —aclaró—. Si se da en el lugar correcto —añadió y pegó con el canto de la mano en la unión del cuello y el hombro—, lo mata. Y si no es un corte preciso, de todos modos el hombre no volverá a pelear ese día… Lo más probable es que no vuelva a hacerlo jamás —concluyó.
Bajó la mano izquierda al cinturón y extrajo la daga con un movimiento similar al del agua al caer de un vaso.
—Ahora bien, para luchar con espada y daga a la vez —continuó—, si no se tiene escudo para proteger la mano de la daga, hay que privilegiar el lado derecho con la espada en esa mano, y sacar la daga desde abajo cuando se pelea de cerca. Pero si la mano de la daga está bien protegida, se puede atacar de cualquiera de los dos lados y doblar el cuerpo. —Se agachó y viró para ilustrar el ejemplo—. De ese modo, se mantiene la espada del enemigo a distancia. Sólo se utiliza la daga si se pierde la espada o el uso del brazo que sostiene la espada.
Se inclinó y levantó el puñal con una estocada rápida y mortal que se detuvo a dos centímetros de mi pecho. Retrocedí involuntariamente. Jamie se enderezó de inmediato y guardó la daga con una sonrisa avergonzada.
—Lo lamento. Sólo alardeaba. No tenía intención de asustarte.
—Eres muy hábil —comenté con sinceridad—. ¿Quién te enseñó a pelear? Supongo que otro zurdo.
—Sí, fue un luchador zurdo. El mejor que he visto. —Sonrió, pero la sonrisa, carente de humor, desapareció enseguida—. Dougal MacKenzie.
La mayoría de las flores del cerezo ya habían caído de su cabeza; sólo unos pocos pétalos rosados colgaban de sus hombros. Estiré la mano para quitarlos. La costura de la camisa estaba bien remendada, aunque no se tratara de un trabajo artístico. Incluso un trozo pequeño de tela rasgada estaba unida con una costura.
—¿Lo hará otra vez? —pregunté de pronto, sin poder contenerme.
Hizo una pausa antes de responder, pero no intentó fingir que no sabía a qué me refería.
—Oh, sí —contestó por fin—. Le sirve para lograr lo que quiere, ¿comprendes?
—¿Dejarás que lo haga? ¿Dejarás que te utilice de esa manera?
Miró a lo lejos, hacia la taberna, donde todavía se veía una luz por entre las grietas de las maderas. Tenía la cara tan lisa como una pared.
—Por ahora.
Continuamos nuestro recorrido sin avanzar más que unos kilómetros por día. Con frecuencia, nos deteníamos para que Dougal atendiera sus negocios en un cruce de caminos o una cabaña, donde varios arrendatarios se reunían con sus bolsas de grano y su escaso dinero. La rápida pluma de Ned Gowan registraba todo en los libros y el abogado dispensaba los recibos necesarios que extraía de su bolsa de papeles.
Y cuando llegábamos a un caserío o pueblo con suficientes habitantes como para tener una posada o taberna, Dougal volvía a llevar a cabo su espectáculo. Invitaba a todos a cerveza, contaba historias, daba discursos y, si consideraba que las posibilidades eran buenas, obligaba a Jamie a enseñar sus cicatrices. Así, algunas monedas más se agregaban a la segunda bolsa, destinada a Francia y a la corte del joven pretendiente.
Yo trataba de anticiparme a los hechos y me marchaba antes del suceso central. La crucifixión pública jamás ha sido de mi gusto. Si bien la reacción inicial ante la espalda de Jamie era de horrorizada compasión, seguida de exclamaciones de odio hacia el ejército inglés y el rey Jorge, solía haber un dejo de desprecio que hasta yo podía detectar. En una ocasión, escuché a un hombre susurrar en inglés a un amigo:
—Horrible, ¿no? Por Dios, me ahogaría en mi propia sangre antes de dejar que un Sassenach me utilizara de esa manera.
Enfadado y triste, el estado de ánimo de Jamie empeoraba con el paso de los días. Se ponía la camisa en cuanto podía, evitaba las preguntas y muestras de conmiseración y buscaba una excusa para abandonar la reunión. Y nadie lo veía hasta que volvíamos a montar al día siguiente.
El punto límite tuvo lugar unos días más tarde, en una pequeña aldea llamada Tunnaig. Esta vez, Dougal seguía arengando a la multitud con una mano apoyada en el hombro desnudo de Jamie, cuando uno de los espectadores, un joven de pelo oscuro, largo y sucio, hizo un comentario personal a Jamie. No pude entender lo que dijo, pero el efecto fue instantáneo. Jamie se liberó de la mano de Dougal y golpeó al muchacho en el estómago y lo tiró al suelo.
Yo estaba aprendiendo algunas palabras en gaélico, aunque aún no comprendía el idioma. Sin embargo, había descubierto que aunque no entendiera las palabras, podía averiguar lo que decían por la actitud del orador.
«¡Levántate y repite lo que has dicho!» suena igual en cualquier colegio, taberna o callejón del mundo.
Lo mismo ocurre con «¡Claro, amigo!» y «¡A él, muchachos!».
Jamie desapareció bajo una avalancha de ropa harapienta cuando la mesa con las rentas sucumbió bajo el peso del muchacho del pelo sucio y dos de sus amigos.
Los inocentes espectadores se apoyaron en las paredes de la taberna y se prepararon para disfrutar de la pelea. Me acerqué a Ned y a Murtagh y miré con ansiedad la montaña de miembros. De cuando en cuando, un solitario destello pelirrojo asomaba entre el mar de piernas y brazos.
—¿No deberían ayudarle? —murmuré a Murtagh. La idea pareció sorprenderlo.
—No, ¿por qué?
—Pedirá auxilio si lo necesita —interpuso Ned Gowan mientras observaba la escena con tranquilidad.
—Si usted lo dice —cedí, no muy convencida.
No estaba nada segura de que Jamie pidiera auxilio en caso de necesitarlo. En aquel momento, un robusto muchacho vestido de verde le estaba sacudiendo. Mi opinión personal era que Dougal pronto se quedaría sin la estrella de su espectáculo, pero él no parecía preocupado. De hecho, nadie parecía molesto por el pandemónium que se había organizado a nuestros pies. Se hicieron algunas apuestas, pero la actitud general era de tranquila diversión.
Me alegró ver que Rupert, con aire distraído, se cruzaba en el camino de un par de hombres al parecer dispuestos a entrar en acción. Cuando dieron un paso hacia la pelea, Rupert se limitó a pararse delante de ellos con la mano apoyada en la daga. Los hombres retrocedieron, decidiendo dejar las cosas como estaban.
Por lo visto, para la mayoría de los presentes, una pelea de tres contra uno no era una lucha desigual. Dado que ese uno era bastante grande, un luchador preparado y, obviamente, presa de una ira frenética, tal vez fuera cierto.
La riña comenzó a definirse con la abrupta retirada del combatiente de verde, quien se alejó con la nariz chorreando sangre, producto de un certero codazo.
Continuó unos minutos más, pero el resultado era cada vez más evidente, en especial cuando otro oponente cayó de costado y rodó bajo una mesa, gimiendo y agarrándose la entrepierna. Jamie y su contrincante inicial seguían golpeándose con entusiasmo en medio del suelo. No obstante, los seguidores de Jamie ya estaban recolectando sus ganancias. Gracias a un puñetazo en el pecho, seguido de un recio golpe en los riñones, el joven del pelo sucio decidió que no valía la pena correr riesgos innecesarios.
Agregué una traducción mental de «¡Basta, me rindo!» a mi lista creciente de palabras en gaélico.
Jamie se levantó despacio del cuerpo de su último oponente y la multitud lo ovacionó. Sin aliento, asintió en agradecimiento y se dejó caer en uno de los pocos bancos que seguían en pie. Bañado en sudor y sangre, aceptó una jarra de cerveza que le ofreció el tabernero. Se la bebió de un sorbo y la dejó sobre el banco. Se echó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, y trató de recuperar el aire. Las desnudas cicatrices de la espalda parecían desafiar a los presentes.
En esta ocasión, no tenía prisa por ponerse la camisa. A pesar del frío que hacía en la taberna, permaneció medio desnudo. Sólo se vistió para salir cuando llegó el momento de buscar alojamiento para pasar la noche. Se marchó en medio de un coro de respetuosos saludos. Estaba tranquilo, pese al dolor de las heridas y contusiones.
—Una pantorrilla lastimada, una ceja cortada, el labio partido, la nariz sangrante, seis nudillos hinchados, un pulgar torcido y dos dientes flojos. Además de innumerables cardenales. —Terminé mi inventario con un suspiro—. ¿Cómo te sientes? —Estábamos solos en el pequeño cobertizo al que lo había llevado para curarlo.
—Bien —contestó con una sonrisa. Intentó ponerse en pie, pero se detuvo con una mueca de dolor—. Bueno, las costillas me duelen un poco.
—Pues claro que te duelen. Estás azul y negro… otra vez. ¿Por qué haces esto? ¿De qué crees que estás hecho? ¿De hierro? —inquirí de mal humor.
Esbozó una sonrisa traviesa y se tocó la nariz hinchada.
—No, ojalá fuera así.
Suspiré otra vez y le toqué el tórax con suavidad.
—Creo que no están rotas. Son sólo cardenales. De todos modos, voy a vendarte. Ponte derecho, súbete la camisa y levanta los brazos. —Comencé a cortar tiras de una vieja pañoleta que me había dado la esposa del tabernero. Mientras protestaba entre dientes por la falta de esparadrapo y otras ventajas de la vida moderna, improvisé un vendaje. Lo apreté y lo sujeté con el broche de la capa escocesa de Jamie.
—No puedo respirar —se quejó.
—Si respiras, te dolerá. No te muevas. ¿Dónde aprendiste a pelear de esa manera? ¿Con Dougal, también?
—No. —Intentó apartarse del vinagre que le estaba colocando en la ceja cortada—. Me enseñó mi padre.
—¿De veras? ¿Quién era tu padre? ¿El campeón local de boxeo?
—¿Qué es boxeo? No, tenía una granja. Y además criaba caballos. —Respiró hondo cuando le puse vinagre en la pantorrilla herida.
—Cuando tenía nueve o diez años, me dijo que pensaba que yo iba a ser grande como la familia de mi madre y que tendría que aprender a pelear.
Ya respiraba mejor. Extendió la mano para permitirme que le pusiera aceite de caléndula en los nudillos.
—Me dijo: «Si eres un tipo grande, la mitad de los hombres que conozcas te temerán y la otra mitad querrán probarte. Derrumba a uno y los demás te dejarán en paz. Pero aprende a hacerlo rápido y bien o te pasarás la vida peleando». Así que solía llevarme al granero y tirarme sobre la paja de un puñetazo hasta que aprendí a devolver el golpe. ¡Ay! Quema.
—Los rasguños son heridas traicioneras —expliqué mientras le curaba el cuello—. En especial si el que rasguña no se baña con frecuencia. Y dudo que ese muchacho del pelo grasiento se bañe una vez al año. Yo no describiría lo que has hecho esta noche como «rápido y bien», pero fue impresionante. Tu padre estaría orgulloso de ti.
Lo dije con sarcasmo y me sorprendí al ver que su rostro se ensombrecía de pronto.
—Mi padre está muerto —declaró de manera rotunda.
—Lo siento. —Terminé de curar sus heridas y agregué con suavidad—: Pero hablaba en serio. Estaría orgulloso de ti.
No respondió. Se limitó a esbozar una leve sonrisa. De repente, pareció muy joven y me pregunté qué edad tendría. Estaba a punto de preguntárselo cuando el sonido de una tos áspera anunció que alguien había entrado en el cobertizo.