Forastera
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La boda se celebra
Cuando desperté, había un techo bajo con vigas encima de mí y una manta gruesa que me cubría hasta la barbilla. Me pareció que sólo tenía puesta la enagua. Comencé a incorporarme para buscar la ropa, pero cambié de idea a mitad de camino. Volví a descender despacio, cerré los ojos y me sujeté la cabeza para evitar que cayera de la almohada al suelo.
Me volví a despertar un poco más tarde, cuando alguien entró en la habitación. Abrí un ojo con cautela. Una silueta borrosa se delineó hasta convertirse en el cuerpo de Murtagh, que me miraba con desaprobación desde los pies de la cama. Cerré el ojo. Oí un ruido escocés apagado que probablemente indicaba disgusto y asombro, pero cuando volví a abrir los ojos, el hombre ya se había marchado.
Estaba adormilándome otra vez cuando la puerta volvió a abrirse. Esta vez apareció una mujer de mediana edad que supuse sería la mujer del posadero. Traía una jarra y un tazón. Entró en el cuarto con gran algarabía y abrió los postigos con un estruendo que retumbó en mi cabeza como un choque de trenes. Avanzó hacia la cama como un batallón de tanques de guerra, arrancó la manta de mis débiles manos y la apartó a un lado para dejarme expuesta y temblorosa.
—Vamos, querida —me urgió—. Tenemos que prepararla. —Pasó su rollizo antebrazo por debajo de mis hombros y me incorporó hasta sentarme. Me sostuve la cabeza con una mano y el estómago con la otra.
—¿Prepararme? —repetí con la boca seca.
La mujer comenzó a lavarme la cara.
—Ajá —explicó—. No querrá perderse su propia boda, ¿no?
—Sí —respondí, pero me ignoró y me quitó la enagua con brusquedad. Me dejó en el centro del cuarto para proceder a lavar el resto del cuerpo.
Poco más tarde me sentaba en la cama, vestida, algo mareada y belicosa pero, gracias a la copa de oporto que me sirvió la mujer, capaz de funcionar como un ser humano. Bebí otro sorbo mientras la mujer me pasaba un peine por el cabello.
Di un salto y volqué el oporto cuando la puerta volvió a abrirse de un golpe. Una detrás de la otra, pensé con fastidio. Ahora se trataba de una doble visita. Murtagh y Ned Gowan entraron en la habitación con expresión de reproche. Miré a Ned mientras Murtagh caminaba alrededor de la cama para observarme desde todos los ángulos. Se volvió hacia Ned y masculló algo en voz baja que no llegué a oír. Con una última mirada de desesperanza hacia mí, cerró la puerta detrás de ambos.
Por fin, la mujer se sintió satisfecha con mi cabello, peinado hacia atrás y recogido en un rodete en la coronilla. Había soltado algunos bucles para que cayeran hacia atrás y delante de mis orejas. Sentía que me iba a saltar el cráneo por la tensión del pelo, pero el efecto en el espejo que me dio la mujer era realmente favorecedor. Ya me sentía más humana y hasta llegué a agradecerle sus esfuerzos. Me dejó el espejo y se marchó luego de comentar qué afortunada era al casarme en verano cuando había tantas flores para llevar en el cabello.
—Nosotros, los que estamos a punto de morir —dije a mi imagen en el espejo a modo de saludo. Me desplomé sobre la cama, me cubrí la cara con un paño húmedo y volví a dormirme.
Tenía un sueño muy bonito, algo relacionado con un campo cubierto de flores silvestres, cuando me di cuenta de que lo que creía una brisa juguetona eran, en realidad, dos manos que me tiraban de las mangas sin gentileza alguna. Me senté de un salto.
Cuando abrí los ojos mi alcoba parecía una estación de tren. Allí estaban Ned Gowan, Murtagh, el posadero, su mujer y un joven delgado que resultó ser el hijo del posadero. El muchacho tenía los brazos cargados con una gran variedad de flores, que explicaban el aroma de mi sueño. También había una mujer joven con una canasta de mimbre redonda. Su amable sonrisa revelaba la falta de algunos dientes de importancia.
Descubrí que aquella mujer era la costurera del pueblo, reclutada para remediar las deficiencias de mi guardarropa y adaptar un vestido que habían obtenido de algún conocido del posadero. Ned traía el vestido colgando de uno de sus brazos como si fuera un animal muerto. Al estirarlo sobre la cama, resultó ser un traje de satén color crema, bastante escotado. El corpiño se abrochaba con decenas de minúsculos botones forrados en satén y con una flor de lis dorada bordada en cada uno. El escote y las mangas acampanadas estaban adornados con encaje, al igual que la sobrefalda de terciopelo marrón oscuro. El posadero estaba casi oculto detrás del montón de enaguas que acarreaba. Sólo sus patillas asomaban detrás de las capas de tul.
Observé la mancha de oporto en mi falda de sarga gris y la vanidad ganó la batalla. Ya que iba a casarme, no quería parecer la harapienta del pueblo.
Al cabo de un breve rapto de frenética actividad en el que desempeñé el papel de maniquí mientras los demás corrían de un lado a otro con encargos, críticas y tropiezos, el producto final quedó terminado; el último toque lo dieron las margaritas blancas y rosas amarillas en el pelo y los latidos de mi corazón resonando con fuerza debajo del corpiño. El vestido no me quedaba perfecto y estaba impregnado del olor de su dueña anterior, pero el satén era pesado y caía con elegancia alrededor de mis pies, encima de las capas de enaguas. Me sentía principesca y muy guapa.
—No pueden obligarme a hacerlo —siseé, amenazante, a la espalda de Murtagh mientras lo seguía escaleras abajo. Pero ambos sabíamos que mis palabras no eran más que una bravata. Si en algún momento había tenido la fuerza de carácter necesaria para desafiar a Dougal, el whisky se había encargado de disiparla.
Dougal, Ned y el resto estaban en el salón principal. Bebían y conversaban con algunos parroquianos que, por lo visto, no tenían nada mejor que hacer esa tarde.
Dougal me vio descender los peldaños y calló de pronto. Los demás enmudecieron también y bajé en medio de una gratificante nube de reverente admiración. Los penetrantes ojos de Dougal me recorrieron despacio, de la cabeza a los pies, y volvieron a posarse en mi rostro mientras asentía en señal de sincera aprobación.
Hacía tiempo que ningún hombre me miraba de ese modo. Incliné la cabeza a manera de agradecimiento.
Tras el primer silencio, el resto de los presentes comenzó a verbalizar su admiración e incluso Murtagh se permitió una leve sonrisa, satisfecho ante los resultados de sus esfuerzos. ¿Y quién te nombró a ti encargado del vestuario?, pensé de mal humor. Aun así, tenía que admitir que él era el responsable de que no me casara con mi vestido de sarga gris.
Casarme. ¡Dios mío! Mareada por el oporto y el encaje color crema, había logrado ignorar por un rato la importancia de la ocasión. Me aferré a la baranda cuando la realidad me golpeó como un puñetazo en el estómago.
Al observar el grupo allí reunido noté una significativa ausencia. El novio no estaba en ninguna parte. Fortalecida por la idea de que tal vez había logrado escapar por una ventana y de que ya estaría a kilómetros de distancia, acepté una copa de vino que me ofreció el posadero antes de seguir a Dougal fuera.
Ned y Rupert fueron a buscar los caballos. Murtagh había desaparecido, quizás en busca de Jamie.
Dougal me cogió de un brazo, supuestamente para evitar que trastabillara con los zapatos de satén, pero en realidad, para impedir que huyera en el último minuto.
Era un «cálido» día escocés, lo cual quería decir que la bruma no era tan intensa como para considerarla llovizna. De repente, la puerta de la posada se abrió y apareció el sol en la persona de Jamie. Si yo era una novia radiante, el novio estaba resplandeciente. Abrí la boca, estupefacta.
Un escocés vestido de gala es impresionante, aunque se trate de un escocés viejo, feo y ceñudo. Un joven escocés alto, erguido y apuesto, a quemarropa, deja sin aliento a cualquiera. El espeso cabello de color rojizo estaba bien peinado y brillaba sobre el cuello de una fina camisa de pechera, mangas acampanadas y puños de encaje que combinaban con la chorrera almidonada y adornada con un broche de rubí.
La capa escocesa roja y negra destacaba entre el tartán verde y blanco más sobrio de los MacKenzie. La tela de lana, prendida con un broche circular de plata, le caía del hombro derecho con elegancia y pasaba junto al cinto tachonado de plata antes de continuar hasta las pantorrillas enfundadas en medias de lana y detenerse poco antes de las botas negras con hebillas de plata. La espada, la daga y el morral de tejón completaban el conjunto.
Más de un metro ochenta de alto, fornido y atractivo, no se parecía en mucho al desaliñado jinete al que estaba acostumbrada… y él lo sabía. Hizo una breve reverencia con impecable gracia a modo de saludo y murmuró:
—A sus órdenes, señora. —Sus ojos brillaban, traviesos.
—Oh —susurré.
Jamás había visto al taciturno Dougal quedarse sin palabras. Con el entrecejo fruncido, parecía tan impresionado por la apariencia de Jamie como yo.
—¿Estás loco? —dijo, por fin—. ¿Y si te ve alguien?
Jamie enarcó una ceja burlona.
—Vamos, tío —respondió—. No querrás insultarme el día de mi boda, ¿verdad? No desearás que avergüence a mi esposa, ¿no? Además —añadió con malicia—, no sería legal si no me casara con mi verdadero nombre. Y tú quieres que sea todo legal, ¿no es cierto?
Con visible esfuerzo, Dougal recuperó la calma.
—Si has terminado, Jamie, seguiremos adelante —dijo.
Al parecer, Jamie no había terminado aún. Ignoró el fastidio de Dougal y extrajo un pequeño collar de perlas de su morral. Dio un paso adelante y lo colocó alrededor de mi cuello. Bajé la vista y vi que era una sarta de perlas barrocas, las irregulares cuentas que producen las ostras de agua dulce, separadas por diminutos redondeles de oro. Algunas perlas más pequeñas colgaban de las cuentas de oro.
—Son sólo perlas escocesas —explicó a modo de disculpa—, pero se ven muy bonitas en ti. —Sus dedos se detuvieron un instante en mi cuello.
—¡Son las perlas de tu madre! —exclamó Dougal con furia y la vista clavada en el collar.
—Sí —respondió Jamie con absoluta calma—, y ahora son de mi esposa. ¿Vamos?
Dondequiera que fuéramos, quedaba a cierta distancia del pueblo. Formábamos un cortejo algo displicente. Los novios avanzaban como convictos camino de una lejana prisión. La única conversación fue una simple disculpa de Jamie por llegar tarde. Explicó que había sido difícil encontrar una camisa limpia y una casaca que le quedara bien.
—Creo que ésta pertenece al hijo del principal hacendado local —aclaró y tocó la chorrera de encaje—. Elegante, ¿no?
Desmontamos y dejamos los caballos al pie de una pequeña colina. Un sendero conducía a la cima por entre el brezal.
—¿Han hecho los arreglos necesarios? —escuché que Dougal murmuraba a Rupert mientras ataban los animales.
—Oh, sí. —Un destello de dientes asomó entre la barba negra—. Fue un poco difícil convencer al padre, pero le enseñamos la dispensa especial. —Dio un golpecito al morral, que emitió un tintineo metálico. Enseguida adiviné la naturaleza de tal dispensa.
A través de la niebla y la llovizna, vi la capilla que sobresalía entre la vegetación. Con profunda incredulidad, reconocí el techo redondeado y las pequeñas ventanas de vidrio recortado que había visto por última vez en la soleada mañana de mi boda con Frank Randall.
—¡No! —exclamé—. ¡Aquí no! ¡No puedo!
—Shh, shh. No se preocupe, muchacha, no se preocupe. Todo va a salir bien. —Dougal apoyó su manaza en mi hombro y trató de calmarme con sonidos escoceses como si yo fuera un caballo asustadizo—. Es natural que esté nerviosa —agregó. Una mano firme en la espalda me instó a subir por el sendero. Mis zapatos se hundían en la capa húmeda de hojas muertas.
Jamie y Dougal me flanqueaban, evitando toda posibilidad de escape. Sus imponentes figuras escocesas me intranquilizaban y sentí que estaba al borde de la histeria. Doscientos años más tarde, más o menos, me había casado en esta misma capilla, fascinada por su pintoresca antigüedad. Ahora la capilla era nueva; todavía no había adquirido su posterior encanto, y yo estaba a punto de casarme con un escocés católico de veintitrés años, virgen, buscado por el ejército inglés y cuyo…
Me volví hacia Jamie, presa de un pánico repentino.
—¡No puedo casarme contigo! ¡Ni siquiera sé tu apellido!
Me miró y enarcó una ceja.
—Oh. Fraser. James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser. —Lo pronunció con formalidad y lentitud.
—Claire Elizabeth Beauchamp —declaré, completamente turbada, y extendí la mano con expresión estúpida. Al parecer, Jamie interpretó el gesto como una petición de apoyo. Tomó mi mano y la colocó con firmeza en la curva de su codo. Así, sin posibilidad alguna de huir, subí por el sendero hacia mi boda.
Rupert y Murtagh nos aguardaban en la capilla, custodiando al clérigo cautivo, un joven sacerdote larguirucho de nariz roja y aspecto aterrorizado. Rupert estaba cortando una rama de sauce con su cuchillo y aunque había dejado las pistolas al entrar en la capilla, éstas permanecían a mano en el borde de la pila bautismal.
Los demás hombres también dejaron sus armas, como correspondía al entrar en la casa de Dios, y un montón impresionante ocupaba el último banco. Sólo Jamie conservó la espada y la daga, componentes intrínsecos de su atavío ceremonial.
Nos arrodillamos frente al altar de madera y Murtagh y Dougal ocuparon su lugar como testigos. La ceremonia comenzó.
El rito del matrimonio católico no ha cambiado mucho en varios siglos y las palabras que me estaban uniendo al desconocido joven pelirrojo eran casi las mismas que habían consagrado mi boda con Frank. Me sentía fría y vacía. Las palabras titubeantes del joven sacerdote reverberaban en la boca de mi estómago.
Cuando llegó el momento de los votos, me puse de pie como una autómata. Fascinada y aturdida, observé cómo mis dedos helados desaparecían en la enorme mano de mi novio. Los de Jamie estaban tan fríos como los míos. Por primera vez, se me ocurrió que pese a su aparente tranquilidad exterior, quizás estuviera tan nervioso como yo.
Hasta entonces, había evitado mirarlo. Ahora, levanté la vista y lo encontré mirándome. Tenía el rostro pálido y carente de expresión, igual que cuando le había vendado la herida del hombro. Intenté sonreírle, pero mis labios sólo se curvaron, trémulos. La presión de sus dedos aumentó. Tuve la sensación de que nos estábamos sosteniendo mutuamente. Si alguno de los dos se soltaba o desviaba la mirada, ambos caeríamos al suelo. Cosa curiosa, el pensamiento me resultó reconfortante. Pasara lo que pasara, al menos éramos dos.
—Yo te tomo, Claire, por esposa… —No le temblaba la voz, pero la mano, sí. Apreté mis dedos. Nuestras manos parecían pinzas—. Para amarte, respetarte y protegerte… en la prosperidad y en la adversidad… —Las palabras me llegaban desde muy lejos. Sentí que la sangre ya no fluía en mi cabeza. El corpiño era muy ceñido y a pesar del frío, el sudor me corría por debajo del satén. Esperaba no desmayarme.
Había un pequeño vitral en lo alto de la pared lateral del santuario. Era una imagen de Juan el Bautista con piel de oso. Sombras verdes y azules caían sobre mi manga, lo que me recordó el salón de la taberna. Anhelé beber una copa.
Mi turno. Me enfurecí al tartamudear un poco.
—Yo t-te tomo, James… —Enderecé la espalda. Jamie había dicho su parte con entereza. Intentaría hacerlo igual—… como esposo desde este día… —mi voz era más fuerte ahora—… hasta que la muerte nos separe. —Las palabras retumbaron en la silenciosa capilla con implacable finalidad. Nada se movía, como si el tiempo se hubiera detenido. El sacerdote pidió el anillo.
Hubo una cierta agitación y avisté el rostro afligido de Murtagh. Me di cuenta de que habían olvidado traer el anillo. Jamie me soltó un instante para quitarse el suyo.
Yo todavía llevaba el anillo de Frank en la mano izquierda. Los dedos de mi mano derecha parecían congelados, pálidos y rígidos en el resplandor azul mientras la argolla de metal se deslizaba en el anular. Me quedaba grande y se habría caído si Jamie no me hubiera cerrado los dedos con su mano.
El sacerdote masculló algo más y Jamie se inclinó para besarme. Era evidente que sólo pensaba rozarme los labios para cumplir con la ceremonia, pero su boca era suave y cálida y me volví hacia él instintivamente. Tuve una vaga conciencia de ruidos y gritos escoceses de entusiasmo y aliento, pero en realidad sólo percibí la cálida solidez que nos envolvía. El santuario.
Nos separamos, ambos algo más tranquilos, y sonreímos nerviosos. Vi que Dougal desenvainaba la daga de Jamie y me pregunté por qué. Sin dejar de mirarme, Jamie extendió la mano derecha con la palma hacia arriba. Me sobresalté cuando se clavó la punta del puñal en la muñeca, dejando una oscura línea de sangre. No tuve tiempo de reaccionar antes de que me cogieran la mía. Sentí el ardiente contacto del filo de la daga. Dougal se apresuró a apretar mi muñeca contra la de Jamie y las ató con un trozo de paño blanco.
Debí de balancearme un poco porque Jamie me cogió del codo con la mano libre.
—Ánimo, muchacha —me alentó en voz baja—. Ya falta poco. Repite las palabras después de mí. —Era un trozo en gaélico, dos o tres frases. Las palabras no significaban nada para mí, pero las repetí después de Jamie, con alguna dificultad en las vocales. Desataron el paño, nos secaron las heridas y la boda concluyó.
El camino de regreso estuvo marcado por una sensación general de alivio y alegría. Podía tratarse de una boda corriente, bien que pequeña en cuanto a invitados, todos hombres excepto la novia.
Casi habíamos llegado al pie de la colina cuando el hambre, la resaca y los nervios de la jornada pudieron conmigo. Cuando volví en mí, estaba recostada en las hojas húmedas, con la cabeza apoyada en el regazo de mi flamante esposo. Jamie apartó el paño húmedo con el que había estado refrescándome el rostro.
—¿Fue tan terrible? —Me sonrió, pero en sus ojos había una expresión incierta que me conmovió, a pesar de todo. Le devolví la sonrisa, algo vacilante.
—No es por ti —le aseguré—. Es sólo que… No he comido nada desde el desayuno de ayer. Y me temo que he bebido mucho.
Hizo una mueca.
—Eso me han dicho. Bueno, podemos remediarlo. No tengo mucho que ofrecerle a una esposa, como te dije, pero te prometo que te mantendré bien alimentada. —Volvió a sonreír y apartó con timidez un rizo de mi rostro.
Fui a sentarme y sentí un ardor en la muñeca. Ya había olvidado la última parte de la ceremonia. La herida se había abierto, sin duda debido a la caída que había sufrido. Cogí el paño que me ofreció Jamie y me la vendé.
—Pensé que te habías desmayado por eso —comentó—. Debí haberte avisado. No me di cuenta de que no lo sabías hasta que vi tu rostro.
—¿De qué se trata? —pregunté al tiempo que trataba de anudar el paño.
—Es algo pagano, pero además de la ceremonia matrimonial corriente, es costumbre hacer un juramento de sangre. Algunos sacerdotes no lo permiten, pero supongo que éste no estaba en condiciones de presentar objeción alguna. Estaba tan asustado como yo —añadió, sonriente.
—¿Un juramento de sangre? ¿Qué significan las palabras en gaélico?
Jamie me tomó la mano derecha y aseguró el último extremo del improvisado vendaje.
—No rima en inglés. Dice:
Eres sangre de mi sangre y huesos de mis huesos.
Te doy mi cuerpo para que los dos seamos uno.
Te doy mi espíritu para que los dos seamos uno.
Se encogió de hombros.
—Es muy parecido a los votos de la ceremonia; sólo que un poco más…, eh, primitivo.
Me miré la muñeca vendada.
—¡Sí, ya lo creo!
Eché un vistazo a nuestro alrededor. Estábamos solos en el sendero, debajo de un álamo. Las redondas hojas muertas yacían en el suelo, brillantes como monedas oxidadas. Todo era silencio, excepto por las ocasionales gotas que caían de los árboles.
—¿Dónde están los demás? ¿Han vuelto a la posada?
Jamie hizo una mueca.
—No. Hice que se marcharan para atenderte, pero nos esperan aquí cerca. —Señaló con la barbilla, como los hombres de campo—. No nos dejarán solos hasta que sea oficial.
—¿No lo es ya? —inquirí sin comprender—. Estamos casados, ¿no?
Parecía avergonzado. Se volvió y empezó a quitarse las hojas muertas de la falda.
—Mmmfm. Sí, estamos casados, es cierto. Pero no será una unión legal hasta que se haya consumado. —Un rubor lento y feroz le subió por el cuello.
—Mmfmm —dije—. Vayamos a comer algo.