Forastera
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Revelaciones en la alcoba nupcial
En la posada, se había organizado un modesto banquete de bodas que incluía vino, pan fresco y carne asada.
Dougal me tomó del brazo cuando me dirigía hacia las escaleras para refrescarme antes de cenar.
—Quiero que este matrimonio se consume —me instruyó en voz baja y resuelta—. No debe existir ninguna duda en cuanto a su legalidad ni puede estar expuesto a la anulación o nos veremos en un grave peligro.
—Tengo la impresión de que ya lo estamos —comenté con seriedad—. En especial yo.
Dougal me palmeó el trasero.
—No se preocupe por eso. Haga su parte.
Me examinó con aire crítico, como evaluando mi capacidad para desempeñar mi papel adecuadamente.
—Conocí al padre de Jamie. Si el muchacho es como él, no tendrá problema. ¡Ah, Jamie! —Se apresuró a través de la habitación. Jamie acababa de entrar después de dejar los caballos en el establo. Por la expresión de su cara, él también estaba recibiendo órdenes.
¿Cómo diablos ha podido ocurrir?, me pregunté un momento después. Seis semanas atrás, recogía flores inocentemente en una colina escocesa para llevárselas a mi esposo. Ahora me encontraba en un cuarto de una posada rural, esperando a un esposo completamente diferente, a quien apenas conocía, con órdenes de consumar un matrimonio forzado a riesgo de perder mi vida y mi libertad. Me senté en la cama, tensa y aterrada con mi atuendo prestado. Hubo un débil sonido cuando se abrió la pesada puerta del dormitorio. Luego se cerró.
Jamie se apoyó contra la puerta y me observó. La turbación entre ambos se acentuó. Por fin, él quebró el silencio.
—No debes tenerme miedo —susurró—. No me abalanzaré sobre ti.
No pude evitar reírme.
—Bueno, no pensaba que lo fueras a hacer. —De hecho, estaba segura de que no me tocaría hasta que yo lo invitara a hacerlo. Y la realidad era que tendría que invitarlo a mucho más que eso. Y pronto.
Lo observé con inseguridad. Suponía que sería más difícil si él no me atrajera. Y me atraía. Sin embargo, hacía ocho años que no dormía con otro hombre que no fuera Frank. No sólo eso. Este joven había admitido no tener experiencia alguna y yo nunca había desvirgado a nadie. Incluso descartando mis objeciones a todo el asunto y considerando las cosas desde un punto de vista práctico, ¿cómo demonios teníamos que empezar? A este paso, dentro de tres o cuatro días seguiríamos de pie, mirándonos.
Me aclaré la garganta y golpeé la cama junto a mí.
—Ah, ¿quieres sentarte?
—Sí. —Atravesó la habitación, moviéndose como un gato grande. Sin embargo, en vez de sentarse a mi lado, acercó un taburete y se acomodó frente a mí. Alargó las manos con cierta vacilación y tomó las mías. Eran grandes, con dedos ásperos y muy cálidos y los dorsos cubiertos de vello rojo. Me estremecí un poco cuando me tocó. Recordé un pasaje del Antiguo Testamento: «La piel de Jacob era suave mientras que su hermano Esaú era un hombre velludo». Las manos de Frank eran largas y delgadas, casi lampiñas y de aspecto aristocrático. Siempre me había fascinado observarlas.
—Háblame de tu esposo —dijo Jamie como si hubiera leído mi mente. Me sobresalté tanto que estuve a punto de retirar las manos.
—¿Qué?
—Escucha, jovencita. Pasaremos tres o cuatro días juntos en este lugar. No pretendo saberlo todo pero he vivido bastante en una granja y a menos que las personas sean muy diferentes de otros animales, no nos llevará mucho tiempo hacer lo que debemos hacer. Tenemos tiempo para conversar y dejar de sentir miedo el uno por el otro. —El análisis directo de la situación me relajó un poco.
—¿Tienes miedo de mí? —No lo parecía. Aunque tal vez estuviera nervioso. Si bien no era un muchacho tímido de dieciséis años, era su primera vez. Me miró a los ojos y sonrió.
—Sí. Más que tú, supongo. Por eso te he cogido las manos; para evitar que tiemblen las mías. —No le creí, pero le apreté con fuerza.
—Es una buena idea. Es más fácil hablar así. ¿Pero, por qué me preguntas sobre mi esposo? —Tuve la ocurrencia descabellada que quizá deseaba que le hablara sobre mi vida sexual con Frank para de ese modo averiguar qué esperaba yo de él.
—Bueno, sé que debes de estar pensando en él. Es lógico, dadas las circunstancias. No quiero que jamás sientas que no puedes hablarme de él. Aunque ahora soy tu esposo… me resulta extraño decirlo…, no está bien que te olvides de él, o que intentes hacerlo. Si le amaste, debió de ser un buen hombre.
—Sí… lo era. —Me tembló la voz. Jamie me acarició el dorso de las manos con los pulgares.
—Entonces, en honor a su espíritu, daré lo mejor de mí a su esposa. —Levantó mis manos y las besó con formalidad.
Carraspeé.
—Ha sido una frase muy galante, Jamie.
Sonrió de repente.
—Sí. La preparé mientras Dougal invitaba a un brindis abajo.
Respiré hondo.
—Tengo preguntas —declaré.
Jamie bajó la cabeza, ocultando una sonrisa.
—Lo imaginaba. En vista de la situación, supongo que tienes derecho a sentir curiosidad. ¿Qué deseas saber? —Alzó la cabeza con brusquedad. Los ojos azules brillaban con picardía bajo la luz de la lámpara—. ¿Por qué todavía soy virgen?
—Eh…, creo que eso es asunto tuyo —murmuré. De pronto sentí calor y aparté una mano para buscar un pañuelo. Al hacerlo, toqué algo duro en el bolsillo de la falda.
—¡Oh, lo había olvidado! Aún tengo tu anillo. —Lo saqué y se lo di. Era una pesada alianza de oro con un rubí engastado. Jamie no se lo puso en el dedo. Abrió su morral para guardarlo.
—Era el anillo de bodas de mi padre —explicó—. No suelo usarlo pero…, bueno, quise honrarte hoy luciendo mis mejores galas. —Se sonrojó un poco y se concentró en cerrar el morral.
—Me honraste —aseveré y sonreí a mi pesar. Agregar un anillo de rubí al esplendor deslumbrante de su atuendo era totalmente innecesario, pero el gesto me conmovió.
—En cuanto pueda, conseguiré uno que te quede bien —prometió.
—No te preocupes —respondí, incómoda. Después de todo, pensaba marcharme pronto.
—Eh, tengo una pregunta importante —aventuré, llamando al orden a la reunión—. Si es que quieres contestarla. ¿Por qué has aceptado casarte conmigo?
—Ah. —Me soltó las manos y se reclinó. Hizo una pausa antes de responder mientras se alisaba los calzones de lana en los muslos. Podía ver la larga línea de músculo tenso debajo del pliegue de la pesada tela.
—Bueno, para empezar, habría echado de menos nuestras conversaciones —dijo con una sonrisa.
—No, de veras —insistí—. ¿Por qué?
Se puso serio.
—Antes de decírtelo, Claire, hay algo importante que debo pedirte —manifestó con lentitud.
—¿Qué?
—Honestidad.
Debí de agitarme nerviosa, puesto que se inclinó hacia delante con ansiedad y las manos sobre las rodillas.
—Sé que hay cosas que no quieres contarme, Claire. Que quizá no puedas contarme. —No te imaginas cuánta razón tienes, pensé—. Tampoco voy a presionarte, nunca, ni a insistir en saber lo que no es de mi incumbencia —dijo con seriedad.
Se miró las manos, ahora apretadas, palma contra palma.
—También hay cosas que yo no puedo contarte a ti, al menos no todavía. Y no te exigiré nada que no puedas darme. Pero sí te pediré que cuando me cuentes algo, que sea la verdad. Y prometo hacer lo mismo. No existe nada entre nosotros ahora… salvo, tal vez, respeto. Y creo que en ese respeto caben los secretos, pero no las mentiras. ¿Estás de acuerdo? —Extendió las manos con las palmas hacia arriba, invitándome. Podía ver la línea oscura del juramento de sangre a través de la muñeca. Apoyé mis manos en las suyas.
—Sí, de acuerdo. Te daré honestidad. —Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
—Y yo haré igual. Ahora —añadió y respiró profundamente—, me has preguntado por qué me he casado contigo.
—Siento algo de curiosidad por saberlo —admití.
Sonrió. La boca ancha recogió el humor latente en sus ojos.
—Bueno, no puedo culparte. Hay varias razones. Y de hecho, hay una, quizá dos, que todavía no puedo revelarte. Aunque lo haré cuando llegue el momento. Sin embargo, el principal motivo es el mismo por el que tú te has casado conmigo, supongo. Para mantenerte a salvo de las manos de Jack Randall.
El recuerdo del capitán me produjo un escalofrío. Las manos de Jamie apretaron las mías.
—Estás a salvo —me aseguró—. Tienes mi nombre y a mi familia, mi clan y, de ser necesario, la protección de mi cuerpo. Mientras yo viva, ese hombre no volverá a ponerte las manos encima.
—Gracias —contesté. Contemplé el rostro joven, decidido y fuerte, con pómulos anchos y mentón firme. Por primera vez, sentí que el absurdo plan de Dougal no lo era tanto.
«La protección de mi cuerpo». La frase era impactante, sobre todo al mirarlo…, la firme configuración de los hombros anchos y el recuerdo de su agilidad, «presumiendo» con la espada bajo la luz de la luna. Hablaba en serio. Y aunque era joven, tenía conciencia de sus palabras. Y cicatrices que lo confirmaban. No tenía más edad que muchos de los pilotos y soldados de infantería que yo había atendido y conocía tan bien como ellos el precio del compromiso. No me había hecho un juramento romántico, sino la promesa de velar por mi seguridad a riesgo de su vida. Esperaba poder ofrecerle algo a cambio.
—Eso es muy galante por tu parte —dije con toda franqueza—. ¿Pero valía la pena, eh, valía la pena casarse?
—Sí —asintió. Sonrió de nuevo, esta vez con aire sombrío—. Conozco bien a ese hombre. Si pudiera evitarlo, no dejaría un perro en sus manos y mucho menos a una mujer indefensa.
—Qué halagador —comenté con ironía. Jamie rió. Se puso de pie y fue hasta la mesa.
Alguien —tal vez la dueña— había colocado un ramo de flores silvestres dentro de un vaso de whisky con agua. Detrás, había dos vasos de vino y una botella. Jamie llenó los vasos y regresó. Me dio uno y volvió a sentarse.
—No es tan bueno como el surtido privado de Colum —indicó con una sonrisa—, pero no es malo. —Alzó el vaso—. Por la señora Fraser —murmuró y experimenté otra punzada de pánico. La reprimí con decisión y levanté mi vaso.
—Por la honestidad —dije y bebimos.
—Bueno, ésa es una razón —agregué y bajé el vaso—. ¿Hay otras que puedas contarme?
Jamie escrutó su vaso de vino con atención.
—Tal vez sea porque quiero acostarme contigo. —Me clavó la mirada con brusquedad—. ¿No se te había ocurrido?
Si su intención era desconcertarme, lo estaba logrando con mucho éxito. Pero decidí no demostrarlo.
—¿Y, bien, lo deseas? —aventuré con audacia.
—Si he de serte sincero, sí. —Los ojos azules contemplaban el borde del vaso.
—No tenías que casarte conmigo para eso —objeté. Pareció genuinamente escandalizado.
—¿Crees que lo haría sin ofrecerte matrimonio?
—Muchos hombres lo harían —repliqué, divertida por su inocencia.
Farfulló un poco, sin saber muy bien qué decir. Luego recobró la compostura y declaró con dignidad formal:
—Tal vez sea pretencioso por mi parte decir esto, pero me gustaría pensar que no soy como «muchos hombres» y que mi comportamiento no se ajusta al común de los mortales.
Conmovida por sus palabras, le aseguré que hasta ahora su conducta había sido atenta y caballeresca y me disculpé por haber puesto en duda sus motivos.
Tras aquella nota diplomática, hicimos una pausa mientras él volvía a llenar los vasos vacíos.
Bebimos un rato en silencio, con cierta timidez después de la franqueza del último intercambio. Así que, aparentemente, había algo que yo podía ofrecerle. Para ser justa, no podía negar que el pensamiento había pasado por mi mente, incluso antes de que surgiera la absurda situación en la que nos encontrábamos. Jamie era un joven encantador. Y había habido ese momento, poco después de mi llegada al castillo, en que él me había tenido en su regazo y…
Incliné el vaso de vino y lo vacié. Volví a golpear la cama junto a mí.
—Siéntate aquí conmigo —dije—. Y… —añadí, buscando un tema de conversación neutral para aliviar la incomodidad de estar tan cerca— y háblame de tu familia. ¿Dónde creciste?
La cama se hundió bajo su peso y me afirmé para no rodar hasta él. Estaba tan cerca que la manga de su camisa rozaba mi brazo. Apoyé una mano abierta en mi muslo, relajada. Jamie la cogió con naturalidad mientras se sentaba. Nos apoyamos en la pared, sin mirar para abajo, pero tan conscientes del contacto como si estuviéramos fundidos.
—Bueno, ¿por dónde empiezo? —Apoyó sus grandes pies en el taburete y los cruzó a la altura de los talones. Con cierta diversión, reconocí al escocés que se apresta para la disección de esa maraña de relaciones familiares que yace en el fondo de cualquier evento significativo de las montañas de Escocia. Frank y yo habíamos pasado una noche en la cantina del pueblo, cautivados por la conversación entre dos viejos excéntricos, en la que la responsabilidad por la reciente destrucción de un viejo granero se remontaba a una rivalidad feudal allá por 1790. Con el estupor al que me estaba acostumbrando, caí en la cuenta de que esa rivalidad feudal cuyos orígenes había creído perdidos en un tiempo remoto, todavía no había comenzado. Sofoqué la confusión mental resultante y me obligué a prestar atención a las palabras de Jamie.
—Mi padre era un Fraser, por supuesto. Medio hermano menor del actual Señor de Lovat. Mi madre era una MacKenzie. ¿Sabías que Dougal y Colum son mis tíos? —Asentí. El parecido era evidente, a pesar de la diferencia de colorido. Los pómulos anchos y la nariz larga, recta y afilada eran herencia MacKenzie—. Ah, bueno, mi madre era su hermana. Y había otras dos hermanas más. Mi tía Janet murió, como mi madre. Pero mi tía Jocasta se casó con un primo de Rupert y vive cerca del lago Eilean. Tía Janet tenía seis hijos, cuatro varones y dos mujeres. Tía Jocasta tiene tres, todas mujeres. Dougal tiene cuatro niñas y Colum al pequeño Hamish. Mis padres me tuvieron a mí y a mi hermana Janet, llamada así por mi tía, aunque la llamamos Jenny.
—¿Rupert también es un MacKenzie? —inquirí, haciendo un esfuerzo para no confundirme.
—Sí. Él es… —Hizo una pausa, reflexionando—. Es primo hermano de Dougal, Colum y Jocasta. Por lo tanto es primo segundo mío. El padre de Rupert y mi abuelo Jacob eran hermanos, además de…
—Espera un poco. No retrocedamos más de lo necesario o me haré un auténtico lío. Ni siquiera hemos llegado a los Fraser y ya he perdido el rastro a tus primos.
Se frotó la barbilla, calculando.
—Mmm. Bueno, el lado Fraser es algo más complicado porque mi abuelo Simon se casó tres veces, de modo que mi padre tenía dos grupos de medios hermanos y medias hermanas. Para resumir, tengo seis tíos y seis tías Fraser aún con vida. Y olvidemos a los primos de esa parte.
—Sí, mejor. —Me incliné hacia delante y llené los dos vasos de vino.
Resultó que las tierras de los clanes MacKenzie y Fraser eran contiguas en algunas partes a lo largo de las fronteras internas, lindando desde la orilla del mar hasta más allá del extremo inferior del lago Ness. Esta frontera común, como suele suceder con las fronteras, conformaba una línea incierta que no figuraba en los mapas y que se modificaba según la época, la costumbre y las alianzas. A lo largo de ella, en el extremo sur de las tierras del clan Fraser, se hallaba la pequeña finca de Broch Tuarach, propiedad de Brian Fraser, el padre de Jamie.
—Es una porción de tierra bastante fértil. La pesca es buena y hay bosques propicios para la caza. Tiene unas sesenta granjas arrendadas y una aldea pequeña, Broch Mordha, así se llama. Luego está la mansión, desde luego, que es moderna —agregó con cierto orgullo— y la vieja construcción de piedra que ahora usamos para los animales y los cereales.
»A Dougal y a Colum no les gustó mucho que su hermana se casara con un Fraser. Insistieron en que no se fuera a vivir a tierras de los Fraser sino que viviera en un feudo franco. De manera que Lallybroch (así la llaman quienes viven allí) fue traspasada a mi padre por escritura. Pero en esa escritura había una cláusula que establecía que la tierra pasaría únicamente a los hijos de Ellen, mi madre. Si moría sin dejar hijos, la propiedad volvería a manos de Lord Lovat después de la muerte de mi padre, tuviera o no hijos con otra esposa. Pero mi padre no volvió a casarse y yo soy hijo de mi madre. De modo que Lallybroch es mía. En su totalidad.
—Ayer me dijiste que no tenías ninguna propiedad. —Sorbí el vino. Era bastante bueno y cuanto más bebía, mejor parecía saber. Pensé que me convendría parar un poco.
Jamie meneó la cabeza.
—Bueno, me pertenece, de eso no hay duda. Pero ahora no me sirve de mucho porque no puedo ir allí. —Adoptó una expresión como de disculpa—. Está ese pequeño asunto del precio por mi cabeza, ¿entiendes?
Después de su huida del Fuerte William, lo habían llevado a Beannachd (significa «Bendita», explicó), la casa de Dougal, para que se recuperara de las heridas y la fiebre. De allí, había ido a Francia, donde había pasado dos años peleando con el ejército francés, cerca de la frontera española.
—¿Estuviste dos años en el ejército francés y permaneciste virgen? —pregunté con incredulidad. Había atendido a varios franceses y dudaba mucho que la actitud gálica hacia las mujeres hubiera cambiando mucho en doscientos años.
Jamie frunció la boca y me miró de soslayo.
—Si hubieras visto a las prostitutas que trabajaban para el ejército francés, Sassenach, no te extrañaría que no me atreviera a tocar a ninguna mujer, mucho menos a acostarme con ella.
Me atraganté. Escupí vino y tosí hasta que Jamie se vio obligado a palmearme la espalda. Me calmé, jadeante y sonrojada, y lo insté a continuar con su historia.
Había regresado a Escocia hacía más o menos un año y pasado seis meses solo o con una banda de «hombres segregados», hombres sin clanes, viviendo en el bosque y robando ganado en las tierras de la frontera.
—Y entonces, alguien me golpeó en la cabeza con un hacha o algo parecido —dijo, encogiéndose de hombros—. Y debo aceptar la palabra de Dougal sobre lo que ocurrió durante los dos meses siguientes porque no fui consciente de nada.
Dougal estaba en una finca cercana cuando ocurrió. A petición de los amigos de Jamie, se las había ingeniado para transportar a su sobrino a Francia.
—¿Por qué a Francia? —pregunté—. Era muy arriesgado llevarte tan lejos.
—Más arriesgado era dejarme donde estaba. Había patrullas inglesas por todo el distrito, los muchachos y yo nos habíamos movido mucho por allí, y supongo que Dougal no quería que me encontraran inconsciente en la choza de algún campesino.
—¿O en su propia casa? —aventuré en tono cínico.
—Imagino que me habría llevado allí de no ser por dos motivos —contestó Jamie—. El primero era que tenía un visitante inglés en aquel momento. Y en segundo lugar creyó que, dado mi aspecto, moriría de todos modos, así que me mandó a la abadía.
La abadía de Ste. Anne de Beaupré, en la costa francesa, era propiedad de Alexander Fraser, actual abad de aquel santuario de erudición y culto. Uno de los seis tíos Fraser de Jamie.
—Él y Dougal no se llevan muy bien —explicó Jamie—. Pero Dougal creía que no podía hacerse mucho por mí aquí y que aquél era el mejor sitio donde podrían ayudarme.
Y así fue. Gracias a los conocimientos médicos de los monjes y a su físico robusto, Jamie había sobrevivido y se había recuperado bajo el cuidado de los santos hermanos dominicos.
—Cuando estuve bien, volví —continuó—. Me reuní con Dougal y sus hombres en la costa y nos dirigíamos a las tierras de los MacKenzie cuando, eh, te encontramos a ti.
—El capitán Randall dijo que estabais robando ganado —precisé.
Sonrió, impertérrito ante la acusación.
—Bueno, Dougal no es hombre que deje pasar una oportunidad provechosa. Tropezamos con un puñado de animales pastando en una pradera. No había nadie cerca. Así que… —Se encogió de hombros.
Yo había aparecido al final de la confrontación entre los hombres de Dougal y los dragones de Randall. Al avistar a los ingleses marchando hacia ellos, Dougal había colocado a la mitad de sus hombres alrededor de un matorral, arreando el ganado delante de ellos en tanto el resto de los escoceses se habían ocultado entre los árboles, listos para atacar a los ingleses cuando pasaran.
—Funcionó muy bien —prosiguió Jamie en tono aprobatorio—. Nos lanzamos sobre ellos y pasamos por en medio gritando. Nos persiguieron, por supuesto, y los condujimos colina arriba a través de arroyos y rocas. Mientras tanto, el resto de los hombres de Dougal escapaban con el ganado por la frontera. Después despistamos a los ingleses y nos refugiamos en la cabaña donde te vi por primera vez.
—Entiendo —dije—. ¿Pero por qué volviste a Escocia? En Francia hubieras estado mucho más seguro.
Abrió la boca para contestar, luego lo reconsideró y bebió vino. Parecía que me estaba acercando al borde de su área secreta.
—Bueno, es una larga historia, Sassenach —respondió, esquivando el tema—. Te la contaré más tarde. Pero ahora, ¿qué me dices de ti? ¿Me hablarás de tu familia? Si quieres, por supuesto —se apresuró a añadir.
Pensé un momento y decidí que no sería peligroso hablarle de mis padres y del tío Lamb. Después de todo, la profesión del tío Lamb proporcionaba ciertas ventajas. Un erudito en antigüedades tenía tanto… o tan poco… sentido en el siglo dieciocho como en el veinte.
De modo que hablé, omitiendo algunos detalles menores como los coches y aviones, y desde luego, la guerra.
Mientras hablaba, Jamie escuchaba con atención y formulaba preguntas de tanto en tanto. Manifestó pesar por la muerte de mis padres e interés en el tío Lamb y sus hallazgos.
—Y entonces conocí a Frank —concluí. Me interrumpí, sin saber cuánto más podía decir sin adentrarme en terreno peligroso. Por fortuna, Jamie me salvó.
—Pero por ahora prefieres no hablar de él —afirmó en tono comprensivo.
Asentí en silencio y con la vista turbia. Jamie me soltó la mano, me rodeó con un brazo y apoyó mi cabeza con suavidad en su hombro.
—No te preocupes —susurró, acariciándome el cabello—. ¿Estás cansada, pequeña? ¿Quieres dormir?
Por un instante, me sentí tentada a decir que sí, pero me pareció que sería injusto y cobarde. Me aclaré la garganta, me incorporé y sacudí la cabeza.
—No —respondí y respiré hondo. Jamie olía a jabón y vino—. Estoy bien. Cuéntame…, cuéntame a qué solías jugar cuando eras niño.
La habitación tenía una vela gruesa que duraba doce horas. Círculos de cera oscura marcaban las horas. Conversamos durante tres círculos, soltándonos las manos únicamente para servir el vino o ir al retrete, que estaba en un rincón detrás de una cortina. Al regresar de allí en una ocasión, Jamie bostezó y se desperezó.
—Es tardísimo —comenté y me puse de pie—. Tal vez debamos acostarnos.
—De acuerdo —respondió y se frotó la nuca—. ¿Acostarnos? ¿O dormir? —Enarcó las cejas y frunció la boca.
A decir verdad, me había sentido tan cómoda con él que casi había olvidado por qué estábamos allí. Pero al oír aquellas palabras, me invadió el pánico.
—Bueno… —titubeé.
—En todo caso, supongo que no dormirás con esa ropa, ¿verdad? —preguntó con su habitual sentido práctico.
—Eh, no, claro que no. —De hecho, durante la precipitación de los acontecimientos, ni siquiera había pensado en un camisón, que de cualquier modo no tenía. Había estado durmiendo en camiseta o sin nada, según el clima.
Jamie no tenía más que lo puesto. Era evidente que dormiría en camisa o desnudo, una situación que forzaría el inevitable desenlace.
—Bueno, ven. Te ayudaré con las cintas y demás.
Las manos le temblaban un poco cuando comenzó a desvestirme. No obstante, perdió algo de su timidez en el forcejeo con las docenas de ganchos diminutos que ataban el corpiño.
—¡Ja! —exclamó triunfante al soltar el último. Reímos juntos.
—Ahora déjame a mí —dije, decidiendo que no tenía sentido prolongar las cosas. Le quité la camisa y deslicé mis manos por sus hombros. Bajé las palmas con lentitud por el pecho, sintiendo el vello flexible y las suaves depresiones alrededor de los pezones. Jamie se quedó quieto, casi sin respirar, cuando me arrodillé para desabrocharle el cinturón.
Si tiene que suceder, más vale que sea ahora, pensé. Subí mis manos deliberadamente por los muslos, rígidos y delgados bajo la falda. Aunque ahora sabía muy bien qué usaba la mayoría de los escoceses debajo de la falda —nada— me sorprendí igual.
Jamie me levantó y me besó. Fue un beso largo y, entretanto, sus manos se movieron hacia abajo para quitarme la enagua. Los volantes almidonados cayeron al suelo y me quedé en camiseta.
—¿Dónde aprendiste a besar así? —pregunté, jadeante. Sonrió y me estrechó de nuevo.
—Dije que era virgen, no un monje —contestó y me besó otra vez—. Si siento que necesito ayuda, te la pediré.
Me ciñó con fuerza y advertí que estaba más que listo para proseguir. Con sorpresa, descubrí que yo también lo estaba. En realidad, ya fuese porque era muy tarde, por el vino, el atractivo de Jamie o simple privación, lo deseaba con bastante intensidad. Le levanté la camisa y le acaricié el pecho, rodeando los pezones con los pulgares. Se pusieron rígidos al instante y de pronto, Jamie me abrazó con violencia.
—¡Uuf! —pronuncié, sin aliento.
Jamie me soltó y se disculpó.
—No, no te preocupes. Bésame otra vez. —Lo hizo, y ahora me bajó los tirantes de la camiseta. Se echó hacia atrás, me cogió los pechos y acarició mis pezones como yo había hecho con los suyos. Torpemente, manipulé la hebilla que sujetaba su falda. Sus dedos me guiaron y el broche se abrió.
Me alzó en sus brazos y se sentó en la cama, conmigo en su regazo. Habló con voz ronca.
—Avísame si soy muy brusco o si quieres que me detenga. Pero antes de que nos unamos. No creo que pueda detenerme después.
En respuesta, coloqué mis manos en su nuca y lo empujé hacia abajo para forzarlo a acostarse encima de mí. Lo guié hacia la hendidura húmeda entre mis piernas.
—Santo Dios —musitó James Fraser, que jamás tomaba el nombre del Señor en vano.
—No te detengas ahora —susurré.
Más tarde, mientras yacíamos juntos, pareció natural que yo apoyara mi cabeza sobre su pecho y que él me rodeara con sus brazos. Nos sentíamos a gusto. Habíamos perdido gran parte de nuestra rigidez original en la excitación compartida y la novedad de explorarnos mutuamente.
—¿Fue como lo imaginabas? —pregunté con curiosidad. Jamie rió y un ruido sordo retumbó en mi oído.
—Casi. Pensaba…, no, nada.
—No, dime. ¿Qué pensabas?
—No te lo diré. Te reirás de mí.
—Prometo no hacerlo. Cuéntamelo. —Me acarició el cabello, apartando los rizos de mi oreja.
—Ah, está bien. No sabía que se hacía de frente. Pensaba que se hacía por detrás. Como los caballos, entiendes.
Tuve que hacer un esfuerzo inmenso para cumplir mi promesa. Pero no me reí.
—Sé que parece tonto —continuó como a la defensiva—. Es sólo que…, bueno, cuando se es joven, se meten ciertas ideas en la cabeza y se fijan allí.
—¿No has visto nunca a dos personas hacer el amor? —Estaba sorprendida. Había visto las cabañas de los campesinos, donde toda la familia compartía una única habitación. Aunque la familia de Jamie no fuera campesina, no era muy normal que un niño escocés nunca hubiera despertado y encontrado a sus padres haciendo el amor a corta distancia.
—Por supuesto que sí. Pero, por lo general, debajo de las sábanas. Lo único que podía deducir con certeza era que el hombre estaba encima. Eso sí lo sabía.
—Mmm. Me he dado cuenta.
—¿Te apreté? —inquirió con ansiedad.
—No mucho. Así que eso pensabas, ¿eh? —No reí, pero no pude evitar una ancha sonrisa. Las orejas de Jamie se colorearon.
—Sí. Una vez vi a un hombre y a una mujer en campo abierto. Pero eso fue…, bueno, fue una violación, y la forzó por detrás. Me impresionó bastante y la idea se me quedó grabada en la cabeza.
Seguía sosteniéndome en sus brazos, utilizando de nuevo su técnica para domar caballos. Poco a poco, sus gestos se fueron convirtiendo en una exploración más decidida.
—Quiero preguntarte algo —dijo y pasó una mano por mi espalda.
—¿Qué?
—¿Te gustó? —preguntó con cierta timidez.
—Sí —respondí con honestidad.
—Ah. Eso me pareció. Aunque Murtagh me dijo que como a la mayoría de las mujeres les da lo mismo, debía terminar lo antes posible.
—¿Qué sabe Murtagh? —exclamé, indignada—. Para las mujeres, cuanto más despacio, mejor —aseguré. Jamie rió.
—Bueno, estoy seguro de que sabes más que Murtagh. Anoche, Murtagh, Rupert y Ned me dieron muchos consejos sobre el tema. Algunos se me antojaron muy poco sensatos, así que decidí usar mi propio criterio.
—Hasta ahora no te has equivocado. —Enrosqué un pelo del pecho alrededor de mi dedo—. ¿Qué otros sabios consejos te dieron? —La piel era dorada y rojiza a la luz de las velas. Sonreí al ver que enrojecía aún más de vergüenza.
—No puedo repetirlos. De todos modos, creo que la mayoría eran equivocados. He observado cómo se aparean distintos animales y parecían arreglárselas muy bien sin ningún tipo de consejo. Supongo que la gente puede hacer lo mismo.
Por dentro, me resultaba gracioso que alguien recabara datos sobre la técnica sexual en los corrales de una granja y los bosques en vez de en vestuarios y revistas pornográficas.
—¿Qué clase de animales has visto apareándose?
—Ah, de todo tipo. Nuestra granja quedaba cerca del bosque y yo pasaba mucho tiempo allí, cazando, buscando vacas perdidas o cosas por el estilo. He visto a caballos y vacas, por supuesto, a cerdos, gallinas, palomas, perros, gatos, ciervos, ardillas, conejos, jabalíes, ah, y una vez a un par de serpientes.
—¡Serpientes!
—Ajá. ¿Sabías que las serpientes tienen dos penes? Quiero decir, los machos.
—No, no lo sabía. ¿Estás seguro?
—Sí. Y ambos son ahorquillados. Así. —Separó dos dedos para ilustrarlo.
—Debe de ser incomodísimo para la serpiente hembra —comenté con una risita.
—Bueno, parecía disfrutar mucho —dijo Jamie—. Aunque por lo que he visto, las serpientes no son muy expresivas.
Hundí el rostro en su pecho y resoplé de alegría. Su agradable olor almizcleño se unía con el aroma penetrante de las sábanas de lino.
—Quítate la camisa —sugerí. Me senté y tiré del dobladillo de la prenda.
—¿Por qué? —inquirió, pero se sentó y obedeció. Me arrodillé frente a él y admiré su cuerpo desnudo.
—Porque quiero mirarte —respondí. Era un hombre hermoso, con huesos largos y gráciles y músculos chatos que fluían con suavidad desde las curvas del pecho y los hombros hacia las delicadas concavidades del estómago y los muslos. Enarcó las cejas.
—Bueno, entonces, lo justo es justo. Quítate la tuya. —Se acercó y me ayudó a salir, no sin dificultad, de mi arrugada camiseta, bajándomela por las caderas. Luego me cogió por la cintura y me estudió con tanta intensidad que me cohibí.
—¿Nunca has visto a una mujer desnuda? —pregunté.
—Sí. Pero no tan de cerca. —Esbozó una ancha sonrisa—. Y nunca a una que fuera mía. —Acarició mis caderas con ambas manos—. Tienes caderas anchas. Serás una buena madre, espero.
—¿¡Qué!? —Me alejé con ira, pero Jamie me sujetó y caímos en la cama, él sobre mí. No me soltó hasta que dejé de forcejear. Entonces me levantó lo suficiente para besarme en los labios.
—Sé que con una vez basta para que sea legal, pero… —Se interrumpió con timidez.
—¿Quieres hacerlo de nuevo?
—¿Te molestaría mucho?
Esta vez, tampoco reí, pero las costillas me crujieron por el esfuerzo.
—No —contesté con seriedad—. No me molestaría.
—¿Estás hambriento? —pregunté poco después.
—Mucho. —Agachó la cabeza para mordisquearme un pecho. Luego la alzó y sonrió—. Pero también necesito comida. —Rodó hasta el borde de la cama—. En la cocina debe de haber carne fría y pan. Y también vino. Iré a buscar algo.
—No, no te levantes. Yo iré. —Salté de la cama y me encaminé hacia la puerta. Me puse un chal sobre los hombros para protegerme del frío del pasillo.
—¡Espera, Claire! —gritó Jamie—. Será mejor que… —Pero yo ya había abierto la puerta.
Mi aparición fue acogida con el vítor estridente de unos quince hombres que se paseaban alrededor de la chimenea en la habitación principal, bebían, comían y jugaban a los dados. Por un momento, me quedé estupefacta. Quince rostros burlones me observaban desde las sombras del fuego.
—¡Ey, muchacha! —gritó Rupert—. ¡Todavía puede caminar! ¿Acaso Jamie no cumplió bien con su deber?
La ocurrencia provocó risas y comentarios aún más vulgares con respecto a la capacidad de Jamie.
—¡Si ya ha agotado a Jamie, ocuparé su lugar con mucho gusto! —se ofreció un joven de cabello oscuro.
—¡No, no, ése no sirve para nada, jovencita, quédese conmigo! —vociferó otro.
—¡No aceptará a ninguno, muchachos! —chilló Murtagh, completamente borracho—. ¡Después de Jamie, necesitará algo como esto para que la satisfaga! —Agitó un enorme hueso de cordero sobre su cabeza. Las carcajadas sacudieron la sala.
Giré sobre mis talones, entré en el cuarto y di un portazo. Me quedé de espaldas a la puerta, mirando a Jamie con furia. Estaba desnudo en la cama, desternillándose de risa.
—Traté de advertírtelo —dijo con la respiración entrecortada—. ¡Deberías verte la cara!
—¿Qué están haciendo esos hombres ahí fuera? —siseé.
Jamie se deslizó fuera de nuestro lecho nupcial y se puso a revolver el montón de ropa.
—Testigos —explicó—. Dougal no correrá el riesgo de que este matrimonio sea anulado. —Se enderezó con su falda en la mano. Me sonrió y la prendió alrededor de las caderas—. Me temo que tu reputación ha quedado comprometida más allá de toda reparación, Sassenach.
Caminó hacia la puerta sin camisa.
—¡No salgas! —grité con un pánico repentino. Se volvió y me sonrió de manera tranquilizadora.
—No te preocupes, muchacha. Si son testigos, más vale que tengan algo para contar. Además, no voy a morirme de hambre durante tres días por temor a unas pocas burlas.
Salió del dormitorio. Una aclamación obscena brotó desde abajo. Jamie dejó la puerta entreabierta. Podía oírle avanzar hacia la cocina. Su progreso iba acompañado de gritos de felicitación, preguntas atrevidas y consejos.
—¿Cómo ha sido tu primera vez, Jamie? ¿Has sangrado? —exclamó la inconfundible voz áspera de Rupert.
—No, pero tú lo harás, desgraciado, si no cierras la boca —replicó Jamie con sequedad y su típico acento escocés. Gritos de deleite festejaron el comentario y las burlas continuaron en tanto Jamie bajaba a la cocina y regresaba por las escaleras.
Abrí la puerta lo justo para dejarlo entrar. Tenía la cara roja como el fuego y las manos llenas de comida y bebida. Se escurrió dentro, seguido por un último estallido de hilaridad desde abajo que sofoqué con un fuerte portazo. Eché el cerrojo.
—Traje suficiente para que no tengamos que volver a salir durante un buen rato —comentó. Apoyó los platos en la mesa sin mirarme—. ¿Quieres comer?
Cogí la botella de vino.
—Todavía no. Necesito un trago.
A pesar de su torpeza, había en él una urgencia poderosa que me excitaba. Sin ánimo de instruirlo ni de realzar mi propia experiencia, le permití hacer lo que quisiera, ofreciendo alguna sugerencia ocasional, como que podría descansar su peso en sus codos y no en mi pecho.
Aunque demasiado ávido y demasiado torpe para demostrar ternura, de todos modos hacía el amor con una especie de alegría incansable que me hizo pensar que la virginidad masculina estaba muy subestimada. Sin embargo, mostraba una preocupación por mí que me conmovía y fastidiaba a la vez.
En algún momento de nuestro tercer encuentro, me arqueé con fuerza contra él y grité. Se apartó de inmediato, sobresaltado.
—Lo siento —manifestó—. No quise hacerte daño.
—No me lo has hecho. —Me estiré con languidez. Me sentía maravillosamente.
—¿Estás segura? —preguntó y me inspeccionó en busca de alguna herida. De repente, me di cuenta de que su precipitada instrucción en manos de Murtagh y Rupert había pasado por alto un punto importante—. ¿Sucede siempre? —inquirió con fascinación después de mis explicaciones. Me sentía como la Esposa de Bath o una geisha japonesa. Nunca me había imaginado como una instructora en el arte del amor, pero debía admitir que el papel tenía su encanto.
—No, no siempre —contesté divertida—. Sólo si el hombre es un buen amante.
—Ah. —Las orejas se le enrojecieron un poco. Me alarmó advertir que el aire de abierto interés era reemplazado por uno de creciente determinación—. ¿La próxima vez me dirás qué debo hacer?
—No tienes que hacer nada especial —le aseguré—. Sólo ve despacio y presta atención. Pero ¿por qué esperar? Todavía estás listo.
Se sorprendió.
—¿No necesitas esperar? Yo no puedo volver a hacerlo enseguida después…
—Bueno, las mujeres somos diferentes.
—Sí. Lo he notado —masculló.
Me rodeó la cintura con los pulgares y los dedos índices.
—Es que… eres tan pequeña. Temo lastimarte.
—No me lastimarás —afirmé con impaciencia—. Y si lo hicieras, no me importaría. —Al ver la expresión de desconcierto en su rostro, decidí enseñarle a qué me refería.
—¿Qué haces? —preguntó, escandalizado.
—Exactamente lo que parece. Quédate quieto. —Al cabo de un momento, comencé a usar los dientes, presionando cada vez más fuerte hasta que Jamie contuvo el aliento con un siseo. Me detuve.
—¿Te he hecho daño? —pregunté.
—Sí. Un poco —respondió con voz estrangulada.
—¿Quieres que me detenga?
—¡No!
Proseguí con deliberada rudeza hasta que Jamie se estremeció con violencia y emitió un gruñido que sonó como si le hubiera arrancado el corazón. Se echó hacia atrás. Temblaba y respiraba agitado. Con los ojos cerrados, masculló algo en gaélico.
—¿Qué has dicho?
—He dicho —contestó y abrió los ojos— que creía que me iba a estallar el corazón.
Sonreí, complacida conmigo misma.
—Ah, ¿Murtagh y compañía tampoco te hablaron de esto?
—Sí, lo hicieron. Fue una de las cosas que no creí.
Reí.
—En ese caso, quizá sea mejor que no me cuentes qué otras cosas te dijeron. ¿Pero entiendes a qué me refería cuando decía que no me importaba que me lastimaras?
—Ajá. —Respiró hondo y exhaló despacio—. ¿Si te lo hiciera a ti, sentirías lo mismo?
—Bueno… —aventuré con lentitud—. En realidad, no lo sé. —Me había esforzado por no pensar en Frank. Sentía que no debía haber más de dos personas en un lecho nupcial, al margen de cómo llegaran allí. Jamie era muy diferente de Frank, tanto física como mentalmente. Pero de hecho, existe un número limitado de maneras en las que dos cuerpos pueden unirse, y aún no habíamos establecido ese territorio de intimidad en el que el acto de amor asume una variedad infinita. Los ecos de la carne eran inevitables. Pero todavía quedaban territorios por explorar.
Jamie enarcó las cejas con aire de amenaza burlona.
—¿O sea que hay algo que no sabes? Bueno, lo averiguaremos. En cuanto tenga la fuerza suficiente. —Cerró los ojos de nuevo—. Tal vez la semana que viene.
Desperté antes del amanecer, temblando y rígida de miedo. No recordaba el sueño que me había despertado, pero el contacto abrupto con la realidad no mitigó la sensación de pánico. La noche anterior había podido olvidar mi situación por un momento, perdida en los placeres de una nueva intimidad. Ahora estaba sola, durmiendo junto a un extraño a quien mi vida estaba unida de modo inextricable, abandonada en un lugar plagado de amenazas invisibles.
Debí de emitir algún sonido de angustia, puesto que hubo un súbito revuelo de sábanas y el extraño de mi cama saltó al suelo tan repentinamente como un pavo real al desplegar su plumaje. Se detuvo y se acuclilló junto a la puerta, apenas visible en la penumbra.
Escuchó con atención y luego realizó una inspección rápida del cuarto, deslizándose en silencio de la puerta a la ventana y a la cama. El ángulo de su brazo revelaba que sostenía un arma, aunque no podía distinguirla en la oscuridad. Después de comprobar que todo estaba bien, se sentó junto a mí y volvió a colocar el cuchillo o lo que fuera en su escondite sobre la cabecera.
—¿Estás bien? —murmuró. Sus dedos rozaron mi mejilla húmeda.
—Sí. Siento haberte despertado. Tenía una pesadilla. ¿Qué diablos…? —comencé, con la intención de preguntarle qué lo había hecho reaccionar con tanta brusquedad para ponerse en guardia.
Una mano grande y cálida bajó por mi brazo desnudo e interrumpió la pregunta.
—No me extraña; estás helada. —La mano me empujó debajo de las mantas y dentro del cálido espacio recién desocupado—. Es por mi culpa —susurró—. Te quité todas las mantas. Me temo que todavía no estoy acostumbrado a compartir cama. —Envolvió las mantas alrededor nuestro y se acostó de nuevo a mi lado. Un momento después, estiró la mano otra vez para tocarme la cara—. ¿Es por mí? —preguntó en voz baja—. ¿No me soportas?
Reí como con hipo, no del todo un sollozo.
—No, no es por ti.
Tanteé en la oscuridad, buscando una mano reconfortante. Mis dedos tropezaron con una maraña de mantas y cuerpo caliente, pero al fin encontré la mano que anhelaba. Permanecimos tumbados boca arriba, contemplando las vigas de madera en el techo.
—¿Y si te dijera que no te soporto? —inquirí de repente—, ¿qué demonios podrías hacer? —La cama crujió cuando él se encogió de hombros.
—Decir a Dougal que quieres la anulación por no consumación, supongo.
Esta vez reí sin disimulo.
—¡No consumación! ¿Con todos esos testigos?