Forastera

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Tercera parte. De viaje » 15. Revelaciones en la alcoba nupcial

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La luz del cuarto se estaba intensificando lo suficiente para permitirme ver la sonrisa en el rostro vuelto hacia mí.

—Ah, bueno, testigos o no testigos, sólo tú y yo sabemos la verdad, ¿no es cierto? Y preferiría pasar vergüenza a estar casado con alguien que me odiara.

Lo miré.

—No te odio.

—Yo tampoco.

Y muchos buenos matrimonios han empezado con menos que esto. —Con suavidad, me dio la vuelta y se amoldó a mi espalda de modo que quedamos acurrucados, muy juntos. Su mano se cerró en mi pecho, no como una invitación ni una exigencia, sino porque parecía pertenecer allí—. No temas —susurró—. Estamos juntos. —Me sentía reconfortada, serena y segura por primera vez en muchos días. No volví a acordarme del cuchillo escondido hasta que empecé a sumirme en el sueño con los primeros rayos de la mañana, y volví a preguntarme qué amenaza obligaría a un hombre a dormir armado y vigilante en su alcoba nupcial.

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