Forastera
Tercera parte. De viaje » 16. Un hermoso día
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Un hermoso día
La intimidad de la noche pareció evaporarse con el rocío. Por la mañana, había cierta incomodidad entre nosotros. Tras un silencioso desayuno en la habitación, subimos el montículo que había detrás de la posada, intercambiando frases ocasionales corteses y tensas.
Cuando llegamos a la cima, me senté en un tronco a descansar. Jamie lo hizo en el suelo, con la espalda apoyada en un árbol joven, a medio metro de distancia. Un pájaro se movía en un arbusto cercano, un pinzón, supuse, o tal vez un tordo. Escuché su lento susurro, contemplé el paso de las nubes pequeñas y esponjosas y reflexioné sobre la embarazosa situación.
El silencio se estaba volviendo insoportable cuando Jamie dijo de pronto:
—Espero… —Se detuvo y se ruborizó. Aunque sentí que era yo quien debía sonrojarse, me alegró que al menos uno de los dos pudiera hacerlo.
—¿Qué? —pregunté en tono alentador.
Meneó la cabeza, todavía ruborizado.
—No importa.
—Dilo. —Le toqué la pierna con un pie—. Honestidad, ¿recuerdas?
Era injusto, pero ya no podía seguir aguantando más carraspeos nerviosos ni miradas parpadeantes.
Jamie apretó las manos entrelazadas alrededor de sus rodillas. Se meció un poco hacia atrás pero clavó sus ojos en mí.
—Iba a decir —murmuró— que esperaba que el hombre que tuvo el honor de acostarse primero contigo haya sido tan generoso como tú lo fuiste conmigo. —Sonrió con timidez—. Pero la verdad es que no suena muy bien. Lo que quiero decir…, bueno, todo lo que quiero decir es gracias.
—¡La generosidad no tuvo nada que ver! —exclamé. Bajé la cabeza y froté con energía una mancha inexistente en mi vestido. Una bota grande entró en mi campo de visión y me rozó un tobillo.
—Honestidad, ¿recuerdas? —repitió. Levanté la vista. Tenía las cejas enarcadas con expresión burlona y sonreía.
—Bueno —respondí a la defensiva—, no después de la primera vez.
Rió y descubrí con espanto que, después de todo, podía ruborizarme.
Una sombra fresca cayó sobre mi rostro acalorado y un par de manos grandes cogieron las mías con firmeza y me pusieron en pie. Jamie ocupó mi lugar en el tronco y se palmeó las rodillas a modo de invitación.
—Siéntate.
Obedecí sin mirarlo. Me acomodó de espaldas contra su pecho y me rodeó la cintura con los brazos. Sentía el latido regular de su corazón.
—Bien —dijo—, si todavía no podemos hablar con facilidad sin tocarnos, nos tocaremos un poco. Avísame cuando te vuelvas a sentir cómoda conmigo. —Se reclinó de manera que quedamos a la sombra de un roble. Me abrazó sin hablar, respirando con lentitud. Podía sentir el movimiento de su pecho y su aliento en mi cabello.
—De acuerdo —dije al cabo de un momento.
—Bien. —Aflojó la presión de sus brazos y me volvió para que lo mirara. De cerca, advertí la pelusa rojiza de sus mejillas y barbilla. La toqué con los dedos. Era como la felpa de un sillón antiguo, dura y suave al mismo tiempo.
—Lo siento —se disculpó—. No me pude afeitar esta mañana. Dougal me dio una navaja ayer antes de la boda, pero después me la quitó… para que no me cortara la garganta después de la noche de bodas, supongo. —Me sonrió y le devolví la sonrisa.
La alusión a Dougal me recordó nuestra conversación de la noche anterior.
—Me preguntaba… —comencé—. Anoche dijiste que te encontraste con Dougal y sus hombres en la costa cuando regresabas de Francia. ¿Por qué volviste con él en vez de ir a tu casa, o a las tierras de los Fraser? La forma en que Dougal te ha tratado… —Vacilé y la frase quedó inconclusa.
—Ah —exclamó y movió las piernas para equilibrar mi peso. Casi podía oírlo pensar. Se decidió bastante rápido—. Bueno, imagino que tienes que saberlo. —Frunció el entrecejo—. Ya te conté por qué soy un fugitivo. Durante un tiempo después… después de dejar el fuerte, nada me importaba demasiado… Mi padre murió en aquel entonces y mi hermana… —Se interrumpió otra vez. Intuí una lucha interna en él. Giré para mirarlo. El rostro normalmente alegre estaba ensombrecido por una emoción intensa—. Dougal me dijo —continuó con lentitud—. Dougal me dijo que… que mi hermana estaba embarazada. De Randall.
—Oh, Dios.
Me miró de soslayo y luego apartó la vista. Sus ojos brillaban como zafiros y parpadeó una o dos veces.
—No… no me atreví a volver —murmuró—. A verla de nuevo, después de lo ocurrido. Y además… —Suspiró y apretó los labios con fuerza—. Dougal me contó que… que después de nacer el niño, ella…, bueno, por supuesto, era lógico, estaba sola…, maldición, ¡la dejé sola! Dijo que se había unido a otro soldado inglés, alguien de una guarnición, que él no conocía.
Tragó saliva y continuó con más decisión.
—Le envié todo el dinero posible, desde luego, pero no pude…, bueno, no pude escribirle. ¿Qué iba a decirle?
Se encogió de hombros con impotencia.
—En todo caso, al cabo de un tiempo me cansé del ejército francés. Y mi tío Alex me comentó que había oído hablar de un desertor inglés, un tal Horrocks. El hombre había abandonado el ejército y se había empleado al servicio de Francis MacLean de Dunweary. Un día se emborrachó y mencionó que había estado con la guarnición en el Fuerte William cuando yo escapé. Y había visto al hombre que disparó al sargento mayor aquel día.
—¡Puede probar que no fuiste tú! —Parecía una buena noticia y lo manifesté. Jamie asintió.
—Bueno, sí. Aunque la palabra de un desertor no vale mucho. De todos modos, es un comienzo. Por lo menos, yo sabría quién fue. Y mientras que…, bueno, no estoy seguro de poder regresar a Lallybroch, sería estupendo poder pasear por Escocia sin riesgo de ser colgado.
—¡Sí, parece maravilloso! ¿Y dónde intervienen los MacKenzie?
A continuación, Jamie se embarcó en un análisis complicado de relaciones familiares y alianzas entre clanes; cuando el panorama se despejó, resultó que Francis MacLean tenía cierto parentesco por la rama MacKenzie. Había enviado el mensaje sobre Horrocks a Colum, quien a su vez había dado instrucciones a Dougal para que contactara con Jamie.
—Por eso estaba cerca cuando me hirieron —concluyó. Se interrumpió y el sol lo hizo pestañear—. Más tarde, me pregunté si no habría sido él.
—¿El que te pegó con el hacha? ¿Tu propio tío? ¿Por qué rayos iba a hacerlo?
Frunció el entrecejo, como sopesando hasta dónde podía contarme. Después se encogió de hombros.
—Ignoro cuánto sabes sobre el clan MacKenzie —dijo—, aunque imagino que no puedes haber cabalgado con el viejo Ned Gowan durante días sin aprender bastante. Le resulta casi imposible no hablar del tema.
Asintió cuando le sonreí a modo de respuesta.
—Bueno, has visto a Colum con tus propios ojos. Cualquiera se da cuenta de que no vivirá mucho. Y el pequeño Hamish apenas tiene ocho años. No estará en condiciones de dirigir un clan hasta dentro de diez años. ¿Qué sucederá si Colum muere antes de que Hamish esté preparado? —Me miró, esperando una respuesta.
—Supongo que Dougal pasará a ser el dueño de las tierras —repliqué con lentitud—. Al menos hasta que Hamish tenga la edad suficiente.
—Así es —convino Jamie—. Pero Dougal no es Colum y algunos del clan no le seguirían… si hubiera una alternativa.
—Entiendo —pronuncié lentamente—. Y tú eres la alternativa.
Lo observé con atención y tuve que reconocer que tenía posibilidades en ese sentido. Era nieto del viejo Jacob; tenía sangre MacKenzie, aunque sólo fuera por el lado materno. Un chico grandote, apuesto y de buen físico, inteligente y que tenía el don de dirigir a las personas. Había peleado en Francia y demostrado su habilidad para conducir hombres en la batalla, algo digno de tener en cuenta. Hasta el precio por su cabeza podría no ser un obstáculo insuperable… si fuera el Señor del castillo.
Los ingleses tenían ya bastantes problemas en las montañas de Escocia con las constantes rebeliones menores, los ataques en la frontera y las luchas entre clanes para arriesgarse a un levantamiento mayor al acusar de asesinato al jefe de un clan importante. Un asesinato que no sería considerado como tal entre los miembros del clan.
Colgar a un hombre insignificante del clan Fraser era una cosa. Tomar por asalto el castillo Leoch y sacar a rastras al jefe del clan MacKenzie para enfrentarlo a la justicia inglesa era algo muy distinto.
—¿Tienes intenciones de convertirte en Señor del castillo, si Colum muere? —Después de todo, era una manera de zafarse de sus dificultades. Aunque sospechaba que esa manera encerraba considerables obstáculos.
La idea lo hizo sonreír.
—No. Aunque tuviera derecho…, y no es así…, dividiría el clan: los hombres de Dougal contra aquellos que me siguieran. No me interesa el poder a costa de la sangre de otros hombres. Pero Dougal y Colum no tenían ninguna certeza al respecto. Así que podrían haber pensado que era más seguro matarme que correr el riesgo.
Fruncí el entrecejo mientras meditaba.
—Pero si tú les dijeras a Dougal y a Colum que no tienes intenciones de… ¡Ah! —Lo miré con respeto—. Lo has hecho. Durante la ceremonia de juramento.
Me había parecido que había salido muy airoso de aquella peligrosa situación. Pero ahora comprendía cuán peligrosa había sido. Los hombres del clan habían querido que prestara juramento. Tanto como Colum había deseado lo contrario. Prestar ese juramento implicaba declararse miembro del clan MacKenzie y como tal, candidato potencial a jefe del clan. Jamie se arriesgaba a la violencia abierta y a la muerte si se negaba. Y a lo mismo —más privadamente— si no lo hacía.
Conociendo el peligro, había tomado la prudente decisión de mantenerse lejos de la ceremonia. Y cuando yo, a causa de mi fallido intento de fuga, lo había llevado de regreso al borde del abismo, había apoyado un pie firme y seguro en una cuerda floja muy fina y la había atravesado de punta a punta. Je suis prêt. Sin duda.
Asintió al adivinar mis pensamientos.
—Sí. Si hubiera prestado juramento aquella noche, lo más probable es que no hubiera visto el amanecer.
Me estremecí ante esa posibilidad y el hecho de haberlo expuesto inconscientemente a ese peligro. De pronto, el cuchillo sobre la cama se me antojó una mera precaución razonable. Me pregunté cuántas noches habría dormido armado en Leoch, aguardando la visita de la muerte.
—Siempre duermo armado, Sassenach —confirmó, aunque yo no había hablado—. Exceptuando el tiempo que pasé en el monasterio, anoche fue la primera vez en meses que no dormí con el puñal en la mano. —Sonrió. Era evidente que recordaba qué había tenido en la mano en su lugar.
—¿Cómo demonios has adivinado lo que estaba pensando? —quise saber, ignorando la sonrisa. Jamie sacudió la cabeza de buen grado.
—Serías una pésima espía, Sassenach. Todo lo que piensas se refleja en tu rostro con la claridad del día. Has mirado el puñal y te has ruborizado. —Me examinó como evaluándome, con la cabeza ladeada—. Anoche te pedí honestidad, pero no era necesario. No sabes mentir.
—Da igual, ya que parece que lo hago tan mal —comenté con cierta aspereza—. ¿Debo asumir entonces que al menos tú no piensas que yo sea una espía?
No respondió. Miraba por encima de mi hombro hacia la posada, el cuerpo repentinamente tenso como la cuerda de un arco. Me sobresalté por un momento, pero luego oí los sonidos que habían atraído su atención. El golpe sordo de cascos y el tintinear de arneses; un grupo de hombres a caballo avanzaba hacia la posada.
Jamie se movió con cautela. Se acuclilló bajo un arbusto, en un lugar desde donde se veía el camino. Me recogí la falda y me agaché junto a él con el mayor sigilo.
El camino doblaba con brusquedad detrás de unas rocas, luego se curvaba más suavemente y descendía a la hondonada donde se encontraba la posada. La brisa matinal arrastraba hacia nosotros los sonidos del grupo que se acercaba. Pero pasó un minuto o dos antes de que asomara el hocico del primer caballo.
Eran unos veinte o treinta hombres, la mayoría con calzones de cuero y envueltos en tartanes de varios colores y diseños. Todos sin excepción iban bien armados. Cada caballo tenía al menos un mosquete atado a la montura. Abundaban las pistolas, los puñales y las espadas a la vista, además de cualquier otro armamento que podría estar oculto en las grandes alforjas de los cuatro caballos de carga. Seis hombres llevaban caballos extras, sin carga y sin monturas.
A pesar de los pertrechos de combate, los jinetes parecían relajados. Conversaban y reían en grupos pequeños mientras cabalgaban, aunque alguna que otra vez se alzaba una cabeza para vigilar los alrededores. Reprimí la urgencia de tirarme al suelo cuando la mirada de un hombre se paseó por el sitio donde nos ocultábamos. Tenía la impresión de que aquella mirada escrutadora iba a detectar con seguridad algún movimiento casual o el brillo del sol reflejándose en el cabello de Jamie.
Alcé la vista y noté que Jamie había pensado lo mismo. Se había tapado la cabeza y los hombros con un pliegue de su capa, para que el color oscuro lo confundiera con el matorral circundante. Cuando el último hombre entró en el patio de la posada, Jamie se quitó la capa e indicó el sendero colina arriba.
—¿Sabes quiénes son? —pregunté sin aliento mientras lo seguía dentro del brezal.
—Ajá. —Jamie emprendió el empinado sendero como si fuera una cabra montesa, sin jadear ni perder la compostura. Miró hacia atrás y al ver mi dificultoso progreso, se detuvo y estiró una mano para ayudarme.
—Es la Guardia —explicó, señalando la posada con la cabeza—. Estamos a salvo. Pero será mejor que nos alejemos un poco más.
Había oído hablar de la famosa Guardia Negra, una fuerza policial que mantenía el orden en la montañas de Escocia. También me habían contado que existían otras Guardias. Cada una patrullaba su propia área y recaudaba «impuestos» para protección del ganado y la propiedad. No era desusado que clientes morosos despertasen una mañana y descubrieran que todo su ganado había desaparecido durante la noche. Y nadie sabía jamás qué había pasado —y menos los hombres de la Guardia—. Me sobrecogió un súbito terror irracional.
—¿No te buscarán a ti, verdad?
Sorprendido, Jamie miró hacia atrás como si esperara verlos subiendo la colina. Pero no había nadie y se volvió hacia mí con una sonrisa de alivio. Me rodeó la cintura con un brazo para ayudarme.
—Lo dudo. Diez libras esterlinas no son suficientes para que envíen un grupo así en mi búsqueda. Y si supieran que estoy en la posada no habrían llegado como lo hicieron, todos juntos y sin disimulo. —Meneó la cabeza con decisión—. No, si persiguieran a alguien, habría hombres vigilando la parte trasera y las ventanas antes de que el resto alcanzara la puerta principal. Es probable que se hayan detenido allí para refrescarse.
Continuamos ascendiendo, más allá del lugar donde el rústico sendero desaparecía entre arbustos de tojo y brezos. Nos encontrábamos entre colinas al pie de las montañas; las rocas de granito sobrepasaban la cabeza de Jamie y me recordaban de manera inquietante las piedras erguidas de Craigh na Dun.
De pronto llegamos a la cima de una loma. Las colinas se desplegaban por doquier en una soberbia cascada de rocas y verde. La mayoría de los lugares de las tierras altas de Escocia me hacían sentir rodeada de árboles, piedras o montañas. Pero aquí estábamos expuestos a las frías ráfagas de viento y a los rayos del sol, que había asomado como para celebrar nuestra nada ortodoxa boda.
Lejos de la influencia de Dougal y de la compañía claustrofóbica de tantos hombres, experimenté una embriagante sensación de libertad. Estuve tentada de sugerir a Jamie que huyera y que me llevara consigo, pero el sentido común prevaleció. No teníamos dinero ni comida salvo el almuerzo que él llevaba en su morral. Y si no regresábamos a la posada al atardecer, sin duda saldrían a buscarnos. Y aunque Jamie era capaz de trepar rocas todo el día sin sudar una sola gota ni quedarse sin aliento, yo no estaba en condiciones de seguir su ritmo. Al ver mi rostro acalorado, me guió a una piedra y se sentó junto a mí. Contempló de buen humor las colinas mientras esperaba que yo recobrara el aliento. Allí estábamos a salvo.
Pensando en la Guardia, apoyé una mano en el brazo de Jamie.
—Me alegro de que no valgas mucho —dije.
Me observó un momento y se frotó la nariz que había comenzado a enrojecer.
—Bueno, podría tomar eso de muchas maneras, Sassenach. Pero dadas las circunstancias, gracias —respondió.
—Soy yo quien debería darte las gracias a ti —afirmé—, por casarte conmigo. Debo admitir que prefiero estar aquí que en el Fuerte William.
—Le agradezco el cumplido, señora —repuso con una leve reverencia—. Yo también lo prefiero. Y ya que estamos tan agradecidos —añadió—, yo también debo darte las gracias por haberte casado conmigo.
—Eh, bueno… —Me ruboricé otra vez.
—No sólo por eso, Sassenach —declaró con una amplia sonrisa—. Aunque también por eso. Pero imagino que además me has salvado la vida, al menos en lo que concierne a los MacKenzie.
—¿A qué te refieres?
—Ser medio MacKenzie es una cosa —explicó—. Ser medio MacKenzie con una esposa inglesa es algo muy diferente. Al margen de lo que los miembros del clan piensen de mí, no hay muchas posibilidades de que una mujer inglesa se convierta algún día en dueña de Leoch. Por eso Dougal me escogió para casarme contigo, sabes.
Enarcó una ceja, rojiza y dorada bajo el sol de la mañana.
—Espero que después de todo no hubieras preferido a Rupert.
—No, claro que no —aseguré con énfasis.
Se rió y se puso en pie sacudiéndose las agujas de pino de la falda.
—Mi madre me dijo que en un día hermoso, una muchacha me elegiría.
Estiró una mano y me ayudó a incorporarme.
—Yo le respondí —continuó—, que pensaba que era el hombre quien debía escoger.
—¿Qué contestó ella?
—Puso los ojos en blanco y dijo: «Ya lo verás, hijo, ya lo verás». —Rió—. Y ya lo he visto.
Alzó la vista, allí donde el sol se escurría entre los pinos.
—Y hoy es un día hermoso. Vamos, Sassenach. Te llevaré a pescar.
Continuamos subiendo las colinas. Esta vez, Jamie giró hacia el norte, a través de una hendidura. Atravesamos un valle diminuto y frondoso, con paredes de piedra donde retumbaba el gorgoteo de un arroyo que nacía de una docena de pequeñas cascadas entre las rocas y se precipitaba ruidosamente a lo largo del cañón hacia una serie de riachuelos y estanques.
Mojamos los pies en el agua, yendo de la sombra al sol y de vuelta a la sombra cuando teníamos demasiado calor, conversando de esto y de aquello y de casi nada. Ambos éramos conscientes del menor movimiento del otro y aguardábamos complacidos a que el azar nos condujera a ese momento en que una mirada se demoraba y una caricia sugería algo más.
Jamie me enseñó a atrapar truchas en un estanque oscuro y moteado. Acuclillado para evitar las ramas bajas, caminó por un saliente colgante con los brazos estirados para guardar el equilibrio. A mitad de camino, se volvió con cuidado en la roca y extendió una mano, instándome a que lo siguiera.
Yo ya me había recogido la falda para andar por aquel terreno accidentado y me las arreglé bastante bien. Nos tumbamos boca abajo en la roca fría. Con las cabezas juntas, escudriñamos el agua. Las ramas de los sauces nos rozaban la espalda.
—Lo más importante es escoger un buen lugar —explicó Jamie—. Después, sólo hay que esperar.
Hundió una mano en el agua con suavidad y sin salpicar, y la apoyó en el fondo arenoso, justo fuera de la línea de sombra delineada por el saliente de piedra. Los dedos largos se curvaron con delicadeza hacia la palma, distorsionados por el agua de modo que parecían mecerse al unísono como las hojas de una planta acuática. Sin embargo, los músculos quietos del antebrazo me revelaron que no estaba moviendo la mano para nada. La columna del brazo se doblaba con brusquedad en la superficie, dando la impresión de estar dislocado, como cuando conocí a Jamie hacía poco más de un mes… Dios mío, ¿apenas un mes?
Conocidos hacía un mes, casados hacía un día. Unidos por votos y por sangre. Y también por amistad. Cuando llegara el momento de partir, esperaba no herirlo mucho. Me alegraba no tener que pensar en eso por el momento. Estábamos lejos de Craigh na Dun y sin la menor posibilidad de escapar de Dougal.
—Ahí está —murmuró Jamie con voz casi inaudible. Me había dicho que las truchas tenían un oído muy sensible.
Desde mi perspectiva, la trucha no era más que una ligera agitación de la arena moteada. La sombra de la roca oscurecía el brillo de las escamas. Puntos se movían sobre puntos, impulsados por aletas transparentes, invisibles excepto por el movimiento. Los pececillos que se habían congregado para tirar de los pelos de la muñeca de Jamie se escurrieron con rapidez en la claridad del estanque.
Un dedo se torció despacio, con tanta lentitud que era difícil ver el movimiento. Lo noté sólo por el cambio de posición en relación con los demás. Otro dedo lo siguió. Y después de mucho rato, otro.
Apenas me atrevía a respirar. Mi corazón palpitaba contra la roca fría con un ritmo más veloz que la respiración de la trucha. Los dedos se abrieron poco a poco. La lenta ola hipnótica comenzó de nuevo, un dedo, otro dedo, uno más, ondeando el agua con tanta suavidad como la aleta de un pez.
La trucha asomó el hocico, un delicado resuello de boca y branquias en rítmico respirar, desvelando el interior rosado, ocultándolo, desvelándolo, ocultándolo, como el latido del corazón.
La boca buscó y mordió agua. Casi todo el cuerpo estaba ahora a la vista, colgando ingrávido en el agua, todavía en la sombra. Podía ver un ojo moviéndose de un lado a otro, la mirada en blanco y sin dirección.
Dos centímetros más y la boca estaría sobre los dedos traicioneros. Me aferré a la roca con ambas manos y apreté la mejilla con fuerza contra el granito como si pudiera esconderme aún más.
Hubo una súbita explosión de movimiento. Todo ocurrió tan rápido que no pude ver lo que pasó en realidad. Una fuerte salpicadura de agua cayó sobre la roca a pocos centímetros de mi cara. Jamie rodó y el cuerpo del pescado aterrizó con un ruido sordo sobre la orilla cubierta de hojas.
Jamie abandonó el saliente y cruzó el estanque para recoger su premio antes de que el aturdido pez pudiera regresar aleteando al santuario del agua. Lo cogió de la cola, lo golpeó con pericia contra una roca matándolo al instante y regresó para enseñármelo.
—Es bastante grande —comentó con orgullo, sosteniendo un espécimen de unos treinta y cinco centímetros—. Será nuestro desayuno. —Me sonrió, mojado hasta los muslos, con los pelos colgando por la cara y la camisa salpicada y con hojas muertas pegadas—. Te dije que no pasarías hambre.
Envolvió la trucha en capas de hojas de bardana y barro. Luego se enjuagó los dedos en el agua fría del arroyo. Trepó a la roca y me entregó el paquete.
—Un regalo de bodas bastante extraño. —Asintió en dirección a la trucha—. Pero no sin precedente, como diría Ned Gowan.
—¿Existen precedentes de regalar un pescado a una flamante esposa? —pregunté divertida.
Se quitó las medias y las apoyó sobre la roca para que se secaran al sol. Sus pies largos y desnudos se sacudieron con deleite.
—Es una vieja canción de amor. De las islas. ¿Quieres oírla?
—Sí, claro. Eh, en inglés, si es posible —agregué.
—Claro. No sé cantar, pero te diré la letra. —Se apartó el pelo de los ojos y recitó:
Tú, hija del rey de mansiones doradas,
al llegar la noche de nuestra boda,
si aún conservo la vida en Duntulm,
volaré a colmarte de regalos.
Te obsequiaré con cien tejones, habitantes de las orillas,
cien nutrias, nativas de los arroyos,
cien truchas plateadas de los estanques…
Y le siguió una lista increíble de la flora y fauna de las islas. Mientras Jamie declamaba, tuve tiempo para reflexionar sobre el extraño hecho de estar sentada en una roca de un estanque escocés, escuchando canciones de amor gaélicas con un pez muerto en la falda. Y lo más extraño era que lo estaba pasando muy bien.
Cuando terminó, aplaudí, sosteniendo la trucha entre las rodillas.
—¡Me encanta! Sobre todo la parte de «volaré a colmarte de regalos». Suena como un amante muy entusiasta.
Jamie rió con los ojos cerrados.
—Supongo que podría añadir una línea propia: «Saltaré a los estanques por ti».
Reímos y después nos quedamos callados un rato, disfrutando del cálido sol de principios de verano. Reinaba una gran paz en el lugar. Lo único que se oía era el murmullo del agua más allá del estanque. La respiración de Jamie se había normalizado. Yo era consciente del lento subir y bajar de su pecho y del palpitar del pulso en su cuello. Tenía una pequeña cicatriz triangular, justo en la base de la garganta.
Podía sentir la timidez restablecerse entre nosotros. Le cogí una mano con fuerza, esperando que el contacto nos devolviera la naturalidad como lo había hecho antes. Jamie me rodeó los hombros con un brazo, pero me turbó sentir los músculos rígidos de su cuerpo bajo la fina camisa y me aparté con el pretexto de arrancar un manojo de geranios rosados que crecían en una grieta de la roca.
—Son buenos para la jaqueca —expliqué y los guardé.
—Te altera —sentenció y ladeó la cabeza para mirarme con intensidad—. No la jaqueca, no, sino Frank. Estás pensando en él y por eso te turbas cuando te toco. No hay sitio para los dos en tu mente. ¿Es eso?
—Eres muy perceptivo —comenté asombrada. Sonrió, pero no intentó volver a tocarme.
—No es muy difícil darse cuenta de eso, muchacha. Cuando nos casamos, sabía que no podrías evitar pensar en él a menudo, lo quisieras o no.
No quería en ese momento, pero Jamie tenía razón. No podía evitarlo.
—¿Me parezco mucho a él? —preguntó con brusquedad.
—No.
De hecho, era casi imposible imaginar un contraste mayor. Frank era delgado, ágil y moreno. Jamie en cambio, era grande, fornido y de tez clara como un rayo de sol rojizo. Aunque ambos poseían la gracia compacta de los atletas, Frank tenía físico de jugador de tenis, Jamie de guerrero, modelado —y castigado— por el desgaste de la adversidad física. Frank sobrepasaba en diez centímetros mi metro setenta de estatura. Cara a cara con Jamie, mi nariz encajaba cómodamente en el pequeño hueco del centro de su pecho. Y su barbilla podía descansar con facilidad sobre mi cabeza.
Pero no sólo se diferenciaban en el aspecto físico. Para empezar, se llevaban casi quince años, lo cual sin duda explicaba la diferencia entre la discreción cortés de Frank y la sinceridad abierta de Jamie. Como amante, Frank era refinado, sofisticado, considerado y diestro. Al carecer de experiencia y no intentar disimularlo, Jamie se limitaba a entregarse por completo, sin reservas. Y la intensidad con que yo le respondía me inquietaba mucho.
Jamie observaba mi lucha interna con aire comprensivo.
—Bueno, parece que tengo dos opciones —dijo—. Puedo dejarte meditar al respecto o…
Se inclinó y me besó en los labios. Yo había besado a unos cuantos hombres, en particular durante los años de la guerra cuando el coqueteo y las aventuras constituían las compañías frívolas de la muerte y la incertidumbre. Jamie, sin embargo, era distinto. Su extrema gentileza no era vacilante; era más bien una promesa de poder consciente y contenido; un desafío y una provocación tanto más extraordinarios por su falta de exigencia. Soy tuyo, decía. Y si quieres tenerme, entonces…
Sí. Mi boca se abrió, aceptando de todo corazón y sin consultarme tanto la promesa como el desafío. Después de un largo instante, alzó la cabeza y me sonrió.
—O puedo intentar distraerte de tus pensamientos —concluyó.
Presionó mi cabeza contra su hombro. Me acarició el cabello y alisó los rizos que caracoleaban junto a mi oído.
—No sé si servirá —continuó en voz baja—, pero te diré algo: es para mí una satisfacción y un milagro saber que puedo complacerte… que tu cuerpo responde al mío. No había pensado en eso… antes.
Respiré hondo antes de contestar.
—Sí. Ayuda, creo.
Permanecimos callados un buen rato. Por fin, Jamie se alejó y me miró con una sonrisa.
—¿Te he dicho que no tengo dinero ni propiedades, Sassenach?
Asentí, preguntándome adónde querría llegar.
—Debí haberte avisado antes que probablemente terminaríamos durmiendo sobre heno, bebiendo cerveza y comiendo harina de avena.
—No me importa —respondí.
Señaló un claro en los árboles sin quitarme los ojos de encima.
—No hay heno cerca, pero sí un helechal. ¿Qué te parece si practicamos, aunque sólo sea para ir cogiéndole el aire…?
Poco después, le acaricié la espalda, húmeda por el esfuerzo y el jugo de helechos aplastados.
—Si dices «gracias» otra vez, te abofetearé —le advertí.
Recibí un ronquido por respuesta. Un helecho colgante le rozaba la mejilla y una hormiga curiosa cruzaba su mano, haciendo que los dedos se crisparan durante el sueño.
La aparté y me recliné en un codo para observarlo. Los ojos cerrados dejaban ver las pestañas largas y espesas. Eran de un color extraño; castaño rojizo en las puntas y claras, casi rubias, en las raíces.
La línea firme de la boca estaba relajada. Si bien conservaba una mueca graciosa en un lado, el labio inferior se había aflojado en una curva sensual e inocente al mismo tiempo.
—Maldición —mascullé.
Lo había estado reprimiendo. Incluso antes de este ridículo casamiento, había sido muy consciente de cuánto me atraía. Ya me había sucedido, como sin duda le pasa a casi todo el mundo. Una repentina susceptibilidad a la presencia, a la aparición de un hombre en particular… o una mujer, supongo. La urgencia de seguirlo con los ojos, de provocar encuentros «casuales», de observarlo con disimulo mientras trabaja; una sensibilidad exquisita a los pequeños detalles de su cuerpo… los omóplatos debajo de la camisa, los huesos prominentes de las muñecas, el suave lugar debajo de la mandíbula donde asomaban los primeros pelos de la barba.
Encandilamiento. Era común, entre enfermeras y médicos, enfermeras y pacientes; en cualquier grupo de personas que permanecían juntas durante un largo período de tiempo.
Algunos cedían al sentimiento. Los romances breves e intensos eran frecuentes. Si tenían suerte, la aventura terminaba en pocos meses sin consecuencias. Si no…, bueno. Embarazo, divorcio, algún que otro caso desusado de enfermedad venérea. Era muy peligroso el encandilamiento.
Lo había experimentado varias veces. Pero había tenido la sensatez de no flaquear. Y como ocurre siempre, al cabo de un tiempo la atracción había disminuido, el hombre había perdido su aura dorada y retomado su sitio habitual en mi vida sin perjuicio para sí mismo, para mí ni para Frank. Y ahora. Ahora me había visto obligada a claudicar. Y sólo Dios sabía qué daño podría resultar de aquella acción. Pero no había marcha atrás.
Jamie yacía sereno, boca abajo. El sol brillaba sobre su melena roja, iluminaba el vello suave que coronaba su columna y se deslizaba por la pelusa cobriza que espolvoreaba nalgas y muslos y se espesaba en la maraña de rizos castaños que se entreveían entre las piernas abiertas.
Me senté y admiré sus largas piernas. La delicada línea de los músculos dibujaba una muesca en los muslos desde las caderas hasta las rodillas; otra hacía lo mismo desde las rodillas hasta los pies largos y elegantes. Las plantas de los pies eran lisas y rosadas, apenas encallecidas de andar descalzo.
Me dolían los dedos, tal era mi ansia de trazar el contorno de la oreja pequeña y el ángulo brusco de la mandíbula. Bueno, pensé, lo hecho, hecho está. Cohibirse ya no tenía sentido. Nada de lo que hiciera ahora empeoraría las cosas, para ninguno de los dos. Extendí la mano y lo toqué.
Tenía el sueño muy ligero. Con una velocidad que me sobresaltó, se volvió boca arriba y se apoyó en los codos como para levantarse de un salto. Al verme, se relajó y sonrió.
—Estoy en inferioridad de condiciones, señora.
Hizo una reverencia bastante bien lograda para un hombre acostado sobre un montón de helechos, sin nada que lo cubriera excepto alguna sombra. Reí. La sonrisa de él persistió pero cambió al contemplarme, desnuda en los helechos. Su voz enronqueció de repente.
—De hecho, señora, estoy a vuestra merced.
—¿De veras? —aventuré en voz baja.
No se movió. Volví a estirar mi mano y la apoyé en su mejilla para después deslizarla hacia abajo por el cuello, la inclinación brillante del hombro y más abajo aún. Inmóvil, Jamie cerró los ojos.
—Santo cielo —musitó. Contuvo el aliento con fuerza.
—No te preocupes —dije—. No tienes que ser brusco.
—Gracias al cielo.
—Quédate quieto.
Hundió los dedos en la tierra blanda pero obedeció.
—Por favor —suplicó al rato. Levantó la vista. Tenía los ojos abiertos.
—No —respondí, divertida. Volvió a cerrar los ojos.
—Pagarás por esto —me amenazó unos minutos después. Una gota de sudor resplandecía en el caballete recto de su nariz.
—¿En serio? ¿Qué harás?
Los tendones sobresalieron en los antebrazos cuando presionó las palmas contra la tierra. Habló con esfuerzo, como si apretara los dientes.
—No lo sé. ¡Pero… por todos los santos… Ya… ya se me ocu-currirá algo! ¡Cielos! ¡Por favor!
—De acuerdo —concedí. Lo solté.
Y grité cuando rodó sobre mí, atenazándome contra los helechos.
—Tu turno —declaró con considerable satisfacción.
Regresamos a la posada al atardecer. Nos detuvimos en la cima de la colina para asegurarnos de que los caballos de la Guardia no siguieran atados afuera.
El albergue se veía acogedor. La luz ya brillaba a través de las pequeñas ventanas y las grietas de las paredes. Los últimos rayos de sol resplandecían también a nuestras espaldas, de manera que todo en la ladera arrojaba una doble sombra. El aire más fresco había levantado una brisa. Las hojas de los árboles se agitaban y hacían que múltiples sombras bailaran en la hierba. Era fácil imaginar que había duendes en la colina, danzando con las sombras, abriéndose camino entre los troncos delgados para perderse en las profundidades del bosque.
—Dougal todavía no ha vuelto —comenté mientras bajábamos. La yegua azabache que solía montar no estaba en la pequeña caballeriza de la posada. También faltaban otros animales; el caballo de Ned Gowan, por ejemplo.
—No regresará hasta dentro de un día por lo menos… quizá dos. —Jamie me ofreció un brazo y descendimos la colina con lentitud, esquivando las rocas que sobresalían entre la hierba.
—¿Adónde rayos ha ido? —Arrastrada por el remolino de los últimos sucesos, no se me había ocurrido cuestionar su ausencia… ni siquiera la había notado.
Jamie me ayudó a subir los escalones de la parte trasera del albergue.
—A atender sus asuntos con los campesinos de por aquí. Tiene un día o dos antes de tener que presentarte en el fuerte. —Me apretó el brazo en un gesto tranquilizador—. El capitán Randall no estará muy complacido cuando Dougal le diga que no puede entregarte. Y Dougal no querrá permanecer en la zona después.
—Es razonable. Y también muy amable por su parte dejarnos aquí para que eh…, nos conozcamos mejor.
Jamie resopló.
—Nada de amable. Fue una de las condiciones que puse para aceptarte. Dije que me casaría si debía hacerlo, pero que ni loco consumaría mi matrimonio debajo de un arbusto con veinte miembros del clan observando y dando consejos.
Me detuve y lo miré con fijeza. Ahora entendía los ruidos que había oído mientras bebía whisky en el salón de la posada.
—¿Una de las condiciones? —repetí despacio—. ¿Cuáles fueron las otras?
Estaba oscureciendo demasiado para poder verle bien el rostro, pero tuve la impresión de que estaba avergonzado.
—Sólo dos más —repuso por fin.
—¿Cuáles fueron?
—Bueno —comenzó y pateó un guijarro con aire tímido—. Dije que debíamos casarnos como correspondía, por la iglesia, con un cura. No sólo por contrato. En cuanto a la otra…, él debía conseguirte un vestido adecuado para la ceremonia.
Apartó la mirada, evitando mis ojos. Su voz era tan baja que apenas podía oírlo.
—Yo sabía… sabía que no querías casarte. Y quería que fuera… lo más agradable posible para ti. Pensé que te haría sentir menos… En fin, deseaba que tuvieras un vestido decente, eso es todo.
Abrí la boca para decir algo pero Jamie se volvió hacia la posada.
—Vamos, Sassenach —añadió con voz ronca—. Tengo hambre.
El precio de la comida era la compañía. Lo advertimos no bien cruzamos la puerta de la sala de la posada. Nos recibieron con vítores vulgares y nos sentaron a la mesa, donde una cena abundante se hallaba en curso.
Ya más preparada, no me importaron las bromas groseras ni los comentarios subidos de tono dirigidos a nosotros. Y esta vez, me alegró retraerme con modestia en un rincón y dejar que Jamie se enfrentara a las burlas pesadas y especulaciones obscenas sobre lo que habíamos estado haciendo todo el día.
—Durmiendo —respondió Jamie a una pregunta de ese tipo—. Anoche no pegué ojo. —Risas estrepitosas festejaron el chiste y se intensificaron cuando añadió en tono confidencial—: Ronca, ¿sabéis?
Le tiré de una oreja. Me estrechó contra sí y me dio un beso sonoro. El aplauso fue general.
Después de la cena, hubo baile al compás de la flauta tocada por el propietario de la posada. Nunca había destacado en el baile. En realidad, tendía a tropezar con mis propios pies en momentos de tensión. Y no esperaba hacerlo mejor ahora, vestida con falda larga y zapatos incómodos. Sin embargo, una vez que me hube descalzado, descubrí con gran deleite que podía bailar sin dificultad.
Las mujeres escaseaban, así que la esposa del propietario y yo nos recogimos las faldas y bailamos sin cesar hasta que tuve que detenerme y apoyarme en el banco, con el rostro enrojecido y sin aliento.
Los hombres eran incansables. Giraban como trompos, solos o unos con otros. Por fin, se apoyaron en la pared para observar, gritar y aplaudir en tanto Jamie me cogía de las manos y me dirigía a través de algo rápido y frenético llamado «El gallo del norte».
Terminamos deliberadamente cerca de las escaleras. Con el brazo de Jamie alrededor de mi cintura, concluimos el baile con un giro. Entonces nos detuvimos y él pronunció un breve discurso, mezcla de gaélico e inglés, que fue recibido con otro aplauso, en particular cuando extrajo una bolsita de cuero de su morral y la arrojó al propietario con instrucciones de que utilizara todo el contenido para servir whisky. Era el dinero de las apuestas de la pelea en Tunnaig. Probablemente, todo lo que tenía. No se me ocurrió otra forma mejor de gastarlo.
Nos encontrábamos en la galería, en medio de una lluvia de buenos deseos indecorosos, cuando una voz más fuerte que las demás gritó el nombre de Jamie.
Me volví y reconocí el rostro vulgar de Rupert, más enrojecido que de costumbre encima de la tupida barba negra. Sonreía desde abajo.
—No pierdas el tiempo, Rupert —exclamó Jamie—. Es mía.
—Es un desperdicio, muchacho —contestó Rupert. Se secó la cara con la manga—. Te dejará inconsciente dentro de una hora. Los jóvenes son muy flojos —agregó en mi dirección—. Cuando quiera un hombre que no pierda el tiempo durmiendo, muchacha, avíseme. Entretanto… —Arrojó algo hacia arriba.
Una bolsa pequeña y gruesa aterrizó con un ruido metálico a mis pies.
—Un regalo de bodas —explicó—. Cortesía de los hombres de la Guardia de Shimi Bogil.
—¿Eh? —Jamie se agachó para recogerla.
—No todos pasamos el día holgazaneando en los helechales, muchacho —le reprochó con una mirada libidinosa—. Ese dinero fue ganado con mucho esfuerzo.
—Ah, claro —sonrió Jamie—. ¿Dados o cartas?
—Ambos. —Una sonrisa pícara dividió la barba negra—. Les limpiamos hasta el último centavo, muchacho. ¡Hasta el último centavo!
Jamie abrió la boca pero Rupert alzó una palma ancha y encallecida.
—No, muchacho, no nos lo agradezcas. Sólo bésala por mí, ¿quieres?
Me llevé los dedos a los labios y le soplé un beso. Rupert se tocó la cara como si lo hubieran golpeado, trastabilló hacia atrás con una exclamación y se volvió hacia el bar, haciendo eses como si estuviera borracho, que no lo estaba.
Después de la hilaridad de abajo, el cuarto era un refugio de paz y quietud. Jamie, todavía riendo para sus adentros, se echó sobre la cama para recobrar el aliento.
Me aflojé el corpiño, incómodamente ceñido, y me senté para desenredarme el pelo revuelto por el baile.
—Tienes un hermoso cabello —dijo Jamie, observándome.
—¿Qué? ¿Esto? —Señalé mis rizos con timidez. Como siempre, podían describirse cortésmente como un revoltijo.
Rió.
—Bueno, el otro también me gusta —respondió con seriedad deliberada—. Pero de veras, es hermoso.
—Pero tan… rizado —aventuré, ruborizada.
—Sí, por supuesto. —Parecía sorprendido—. Oí a una de las hijas de Dougal en el castillo comentar a una amiga que le llevaría tres horas con las pinzas calientes lograr peinar el suyo así. Dijo que le gustaría arrancarte los ojos por tener ese cabello sin necesidad de hacer nada.
Se sentó y tiró con suavidad de un rizo, estirándolo de manera que alisado, llegaba casi hasta mi pecho.
—Mi hermana Jenny también lo tiene rizado. Pero no tanto como tú.
—¿También es pelirroja? —pregunté. Intenté imaginarme a la misteriosa Jennifer. Jamie parecía pensar en ella con frecuencia. Sacudió la cabeza sin dejar de enrollar y desenrollar rizos entre los dedos.
—No. Tiene el cabello negro. Negro como la noche. Yo soy pelirrojo como mi madre y Jenny heredó el suyo de mi padre. Lo llamaban «Brian el Negro», por el pelo y la barba.
—He oído decir que al capitán Randall lo llaman «Jack el Negro» —señalé. Jamie rió con sequedad.
—Oh, sí. Pero eso es por el color de su alma, no de su pelo.
Su mirada se agudizó.
—No estarás preocupada por él, ¿verdad, pequeña? No deberías estarlo.
Sus manos abandonaron mis rizos y apretaron mis hombros en un gesto posesivo.
—Hablo en serio —continuó en voz baja—. Te protegeré. De él y de todos. Hasta con la última gota de mi sangre, mo duinne.
—¿Mo duinne? —repetí, algo turbada por la intensidad del discurso.
No quería ser responsable del derramamiento de ninguna gota de su sangre, ni de la última ni de la primera.
—Significa «mi morena». —Se llevó un bucle a los labios y sonrió. Su mirada aceleró todas las gotas de mi sangre—. Mo duinne —volvió a decir con gentileza—. Tenía ganas de decírtelo.
—Un color bastante insulso, el moreno —precisé en tono práctico. Intentaba retardar un poco las cosas. No podía evitar la sensación de que todo estaba yendo mucho más deprisa de lo que quería.
Jamie meneó la cabeza sin dejar de sonreír.