Forastera

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Tercera parte. De viaje » 16. Un hermoso día

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—No, no diría eso, Sassenach. No tiene nada de insulso. —Levantó la mata de pelo con ambas manos y lo dejó caer lentamente—. Es como el agua en un arroyo, donde se encrespa sobre las piedras. Oscura al agitarse y con destellos plateados en la superficie donde refleja el sol.

Nerviosa y algo sofocada, me aparté para recoger el cepillo que había dejado caer al suelo. Cuando me erguí, Jamie me miraba con gravedad.

—Dije que no te pediría que me dijeras nada que no desearas —me recordó—. Y no lo haré. Pero saco mis propias conclusiones.

Colum pensaba que tal vez fueras una espía inglesa, aunque le desconcertaba que no hablaras gaélico. Dougal se inclina a creer que eres una espía francesa, quizá reclutando apoyo para el rey Jacobo. Pero en ese caso, él no comprende por qué estabas sola.

—¿Y tú? —inquirí. Tiré con fuerza de un enredo obstinado—. ¿Qué piensas que soy?

Ladeó la cabeza y me observó con mucha atención.

—Por tu aspecto, podrías ser francesa. Tienes el rostro de huesos finos como el de algunas damas angevinas. Sin embargo, la mayoría de las mujeres francesas poseen rostros cetrinos, y tu piel es como el ópalo. —Dejó correr un dedo lentamente por la curva de mi clavícula. El contacto me hizo arder.

El dedo se movió hacia mi cara, de la sien a la mejilla, alisando el cabello detrás de mi oreja. Permanecí inmóvil, intentando no moverme en tanto la palma llegaba a mi nuca y el pulgar acariciaba con suavidad el lóbulo de mi oreja.

—Ojos dorados. Una vez vi unos iguales… en un leopardo. —Meneó la cabeza—. No. Podrías ser francesa, pero no lo eres.

—¿Cómo lo sabes?

—He hablado mucho contigo. Y te he escuchado. Dougal cree que eres francesa porque hablas francés bien…, muy bien.

—Gracias —repuse con sarcasmo—. ¿Y el hecho de que hable bien francés prueba que no soy francesa?

Sonrió y su mano apretó mi cuello.

Vous parlez très bien… pero no tan bien como yo —agregó, retomando el inglés. Me soltó con brusquedad—. Pasé un año en Francia, después de dejar el castillo. Y dos años más cuando estuve en el ejército. Reconozco a un nativo de habla francesa cuando lo oigo. Y el francés no es tu lengua natal.

Sacudió la cabeza con lentitud.

—¿Española? Tal vez, ¿pero por qué? España no tiene intereses en Escocia. ¿Alemana? Por cierto que no. —Se encogió de hombros—. Seas quien seas, los ingleses querrán averiguarlo. No pueden correr riesgos con los clanes inquietos y el príncipe Carlos esperando para alzar velas desde Francia. Y sus métodos de interrogatorio no son gentiles. Lo sé por experiencia.

—¿Y cómo sabes entonces que no soy una espía inglesa? Colum lo creía, acabas de decirlo.

—Es posible. Aunque tu inglés es algo extraño. Y si lo fueras, ¿por qué escogerías casarte conmigo en vez de regresar con tu gente? Ése fue otro motivo por el que Dougal te forzó a casarte conmigo… para ver si huías anoche, cuando llegara el momento.

—Y no huí. ¿Qué prueba eso?

Rió y se echó de espaldas sobre la cama. Dobló un brazo sobre los ojos para atajar la luz de la lámpara.

—No tengo ni idea, Sassenach. Ni idea. No puedo hallar ninguna explicación razonable para ti. Por lo que sé, podrías ser miembro del clan de los duendes. —Me miró de soslayo por debajo de su brazo—. No, supongo que no. Eres demasiado alta.

—Si no sabes quién soy, ¿no temes que alguna noche te mate mientras duermes?

No contestó. Retiró el brazo y la sonrisa se ensanchó. Sus ojos debían de provenir del lado de los Fraser, pensé. No eran hundidos como los de los MacKenzie. Se encontraban en un ángulo raro, de modo que los pómulos altos hacían que parecieran casi rasgados.

Sin molestarse en alzar la cabeza, se desabotonó la delantera de la camisa y la separó, dejando al descubierto el pecho desnudo hasta la cintura. Extrajo el puñal de la vaina y me lo arrojó. Cayó a mis pies sobre las tablas de madera.

Volvió a taparse los ojos con el brazo. Estiró la cabeza hacia atrás y mostró el lugar donde la pelusa oscura de la barba incipiente se detenía con brusquedad, justo debajo de la mandíbula.

—Derecho hacia arriba. Debajo del esternón —me aconsejó—. Rápido y limpio. Aunque hace falta un poco de fuerza. Degollar es más fácil, pero bastante más sucio.

Me agaché para coger el puñal.

—Merecerías que lo hiciera —le espeté—. Bastardo arrogante.

La sonrisa visible debajo de la curva del brazo se ensanchó aún más.

—¿Sassenach?

Me detuve con el puñal en la mano.

—¿Qué?

—Moriría feliz.

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