Forastera

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Tercera parte. De viaje » 17. Encuentro con un mendigo

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Encuentro con un mendigo

A la mañana siguiente, dormimos hasta bastante tarde. El sol estaba alto cuando dejamos la posada, esta vez rumbo al sur. La mayoría de los caballos ya no estaban en el establo y ninguno de los hombres de nuestro grupo andaba cerca. Me pregunté en voz alta adónde habrían ido.

Jamie rió.

—No lo sé con seguridad, pero puedo adivinarlo. Ayer, la Guardia fue en esa dirección… —Señaló el oeste—. Así que diría que Rupert y los otros han ido en esa dirección. —Indicó el este.

»Ganado —explicó al ver que yo seguía sin entender—. Los arrendatarios y colonos pagan a la Guardia para que vigile los alrededores y les devuelva el ganado en caso de que les roben. Pero si la Guardia se dirigía al oeste hacia Lag Cruime, las manadas del este están indefensas… por un tiempo, al menos. Las tierras de los Grant quedan en esa dirección y Rupert es uno de los mejores cuatreros que conozco. Los animales le siguen a cualquier parte, casi en silencio. Y como no hay mucho más con qué entretenerse aquí…

El propio Jamie parecía inquieto y estableció una marcha vigorosa. Había un sendero a través del brezal que no ofrecía dificultades, así que mantuve bien el paso. Al cabo de un rato, llegamos a un páramo donde podíamos caminar uno junto al otro.

—¿Qué hay de Horrocks? —pregunté de pronto. La mención del pueblo de Lag Cruime me había recordado al desertor inglés y sus posibles noticias—. Se suponía que te encontrarías con él en Lag Cruime, ¿verdad?

Asintió.

—Sí. Pero ahora no puedo ir allí. No con Randall y la Guardia en ese rumbo. Es demasiado peligroso.

—¿No puede ir otro por ti? ¿Confías en alguien para que lo haga?

Me miró y sonrió.

—Bueno, estás tú. Si anoche no me mataste, supongo que puedo confiar en ti. Pero me temo que no podrías ir sola a Lag Cruime. No, de ser necesario, Murtagh lo hará. Pero quizá pueda arreglar otra cosa… Veremos.

—¿Confías en Murtagh? —inquirí con curiosidad. No le tenía mucha simpatía al zarrapastroso hombrecillo. Después de todo, era más o menos responsable de mi situación actual, ya que me había secuestrado en primer lugar. Pero era obvio que existía una amistad entre él y Jamie.

—Oh, sí. —Se volvió hacia mí con sorpresa—. Murtagh me conoce de toda la vida. Creo que era primo segundo de mi padre. El padre de él era mi…

—Te refieres a que es un Fraser —lo interrumpí—. Pensaba que era un MacKenzie. Estaba con Dougal cuando te conocí.

Jamie asintió.

—Ajá. Cuando decidí regresar de Francia, le envié un mensaje y le pedí que se reuniera conmigo en la costa. —Sonrió con ironía—. No sabía si había sido Dougal quien había intentado matarme. Y no me gustaba mucho la idea de encontrarme solo con varios MacKenzie, por si acaso. No tenía ganas de acabar flotando en el oleaje frente a Skye, si eso era lo que planeaban.

—Entiendo. O sea que Dougal no es el único que cree en los testigos.

Asintió.

—Muy útiles, los testigos.

Al otro lado del páramo, había una extensión de rocas deformes, agujereadas y estriadas por el avance y el retroceso de glaciares antiguos. El agua de lluvia llenaba los hoyos más profundos. Cardos, tanacetos y ulmarias rodeaban las pequeñas pilas con una vegetación tupida. Las flores se reflejaban en el agua quieta.

Estériles y sin peces, aquellos estanques salpicaban el paisaje y constituían trampas para los viajeros desprevenidos, quienes podían tropezar fácilmente con ellos en la oscuridad y verse forzados a pasar una noche húmeda e incómoda en el páramo. Nos sentamos junto a uno de ellos para comer nuestro almuerzo consistente en pan y queso.

Esta balsa al menos tenía pájaros. Las golondrinas bajaban a beber agua en la superficie, y chorlitos y zarapitos hundían sus picos largos en la tierra de las orillas en busca de insectos.

Arrojé migas de pan al barro. Un zarapito las miró con recelo y mientras se decidía, una golondrina veloz pasó volando bajo su pico y se hizo con el alimento. El zarapito erizó las plumas y continuó cavando con diligencia.

Jamie me indicó un chorlito a corta distancia. Gritaba y parecía arrastrar un ala rota.

—Tiene un nido en algún lugar cercano —dije.

—Allí. —Tuvo que señalármelo varias veces antes de que por fin pudiera localizarlo. Se trataba de una depresión poco profunda, en un sitio bastante abierto pero con los cuatro huevos moteados tan parecidos a la orilla cubierta de hojas que, cuando parpadeé, volví a perder de vista el nido.

Jamie cogió una vara y lo tocó con suavidad, moviendo un huevo de su lugar. La madre chorlito, excitada, corrió y se detuvo casi frente a él. Jamie se sentó sobre los talones, bastante quieto. El pájaro se paseaba de un lado a otro, chillando. Hubo un movimiento repentino y el chorlito, inmovilizado, apareció en la mano de Jamie.

Le habló en gaélico con palabras gentiles y siseantes, mientras con un dedo le acariciaba el delicado plumaje jaspeado. El pájaro se agazapó en su palma, paralizado. Hasta los reflejos en sus ojos redondos y negros parecían haberse congelado.

Lo depositó despacio en el suelo. Pero el chorlito no se alejó hasta que él hubo agregado unas palabras y agitado su mano con lentitud detrás de la cola. Entonces, el pájaro dio un respingo y desapareció en la maleza. Jamie lo observó y casi sin darse cuenta, se persignó.

—¿Por qué has hecho eso? —pregunté.

—¿Qué? —Se sobresaltó. Creo que había olvidado que yo estaba allí.

—Te persignaste cuando el pájaro se alejó. ¿Por qué?

Se encogió de hombros, algo avergonzado.

—Ah, bueno. Es una vieja historia. De por qué los chorlitos lloran como lo hacen y se pasean, gimiendo, de un lado a otro de sus nidos.

Indicó el extremo alejado del estanque, donde otro chorlito estaba haciendo exactamente eso. Lo contempló un rato, abstraído.

—Los chorlitos poseen las almas de las madres jóvenes muertas al dar a luz —explicó. Me miró de reojo, cohibido—. Según la historia, lloran y corren de un lado a otro de sus nidos porque no pueden creer que los pichones estén a salvo. Siempre están llorando al muerto… o buscando a algún pequeño dejado atrás.

Se acuclilló junto al nido y tocó el huevo con la vara. Lo volvió lentamente hasta que el extremo puntiagudo quedó mirando hacia dentro, como los demás. No se irguió incluso después de que el huevo estuviera de nuevo en su lugar. Meció la vara y clavó la vista en las tranquilas aguas del pequeño estanque.

—Supongo que es un hábito —añadió—. Lo hice por primera vez cuando era un niño y me contaron la historia. En realidad, no creía que tuvieran almas, desde luego, ni siquiera entonces, pero ¿sabes?, es como una especie de respeto… —Me miró y sonrió de repente—. Lo he hecho con tanta frecuencia que ya ni me doy cuenta. Hay muchos chorlitos en Escocia. —Se incorporó y arrojó la vara—. Vamos. Quiero enseñarte un sitio cerca de la cima de aquella colina. —Me ayudó a salir del declive y nos encaminamos ladera arriba.

Había alcanzado a oír lo que le había dicho al pájaro al soltarlo. Aunque apenas entendía algunas palabras de gaélico, había oído la frase lo suficiente para familiarizarme con ella.

«Que Dios te acompañe, madre».

Una joven madre, muerta al dar a luz. Y un pequeño dejado atrás. Toqué el brazo de Jamie y se volvió hacia mí.

—¿Cuántos años tenías? —pregunté.

Esbozó una media sonrisa.

—Ocho —contestó—. Destetado, al menos.

No habló más y me guió por la ladera. Ahora nos encontrábamos al pie de colinas oblicuas donde el brezo crecía tupido. Más allá, el panorama cambiaba con brusquedad. Montones gigantescos de granito se elevaban de la tierra, rodeados de sicómoros y alerces. Llegamos a la cumbre. A nuestra espalda, los chorlitos continuaban gimiendo junto a los estanques.

El sol calentaba cada vez más. Una hora después de avanzar a empujones a través de un denso follaje —pese a que Jamie era quien empujaba— me sentía lista para descansar.

Descubrimos un lugar sombreado al pie de uno de los afloramientos de granito. Me recordaba un poco el sitio donde me había topado con Murtagh la primera vez… y me había librado del capitán Randall. De todos modos, era agradable. Jamie me dijo que estábamos solos, debido al canto constante de los pájaros a nuestro alrededor. Si alguien llegara a acercarse, la mayoría dejaría de cantar, aunque los grajos y las cornejas chillarían y gritarían alarmados.

—Ocúltate siempre en un bosque, Sassenach —me aconsejó—. Si te quedas quieta, los pájaros te avisarán con tiempo si alguien anda cerca.

Señaló un grajo que chillaba en un árbol y se volvió hacia mí. Nuestras miradas se encontraron. Nos sentamos como paralizados, muy cerca pero sin tocarnos, conteniendo la respiración. Al cabo de un momento, el grajo se aburrió y se marchó. Jamie fue el primero en apartar la vista, con un estremecimiento casi imperceptible, como si tuviera frío.

Los sombreretes ásperos de los hongos asomaban blancos entre el moho debajo de los helechos. Jamie arrancó uno con el dedo índice y lo delineó mientras ponía en orden sus próximas palabras. Cuando hablaba con cuidado, como ahora, perdía bastante el ligero acento escocés que a menudo marcaba su conversación.

—No deseo…, es decir…, no quiero insinuar… —Alzó la cabeza de pronto y sonrió con un gesto impotente—. No deseo insultarte dando a entender que pienso que tienes una vasta experiencia con los hombres. Pero sería estúpido fingir que no sabes más que yo sobre el asunto. Lo que me gustaría preguntarte es… ¿Es esto normal? ¿Lo que sucede entre nosotros, cuando te toco, cuando… hacemos el amor? ¿Siempre es así entre un hombre y una mujer?

A pesar de su dificultad para expresarlo, yo entendía perfectamente a qué se refería. Su mirada era directa en tanto aguardaba una respuesta. Deseé apartar los ojos, pero no pude.

—A veces sí —comencé y tuve que interrumpirme y aclarar mi garganta—. Pero no. No es… normal. No sé por qué, pero no. Esto es… diferente.

Se relajó un poco, como si yo hubiera confirmado un motivo de ansiedad para él.

—Eso pensé. Jamás me he acostado con otra mujer, pero he…, ah, he acariciado a unas cuantas. —Sonrió con timidez y meneó la cabeza—. No era igual. Quiero decir, he tenido a otras mujeres en mis brazos y las he besado y… bueno. —Agitó una mano, desechando el «y»—. Me resultaba muy placentero, sin duda. Me aceleraba el corazón y me cortaba el aliento y todo eso. Pero era completamente distinto de cuando te tengo en mis brazos y te beso. —Sus ojos, pensé, eran del color de los lagos y los cielos, y tan insondables como unos y otros.

Estiró una mano hacia mi labio inferior y apenas lo rozó.

—Comienza de la misma manera pero luego, después de un rato —prosiguió en un susurro—, de pronto es como si tuviera una llama ardiente en mis brazos. —Ahora dibujó el contorno de mi boca y la línea de mi mandíbula—. Y todo lo que deseo es arrojarme a ella y ser consumido.

Pensé en decirle que sus caricias quemaban mi piel y hacían hervir mi sangre. Pero ya estaba encendida como un tizón. Cerré los ojos y sentí la mano abrasadora moverse de la mejilla a la sien, la oreja y el cuello. Y me estremecí cuando ambas manos llegaron a mi cintura y me ciñeron.

Jamie parecía saber muy bien adónde nos dirigíamos. Finalmente, se detuvo al pie de una roca inmensa, de unos seis metros de altura, con bultos y grietas dentadas. Tanacetos y eglantinas habían echado raíces en las hendiduras y se agitaban como banderas amarillas sobre la piedra. Jamie me cogió la mano y señaló la roca que había enfrente.

—¿Ves los escalones, Sassenach? ¿Crees que podrás subirlos? —De hecho, había unas protuberancias débilmente marcadas en la piedra que se elevaban en ángulo por delante de la roca. Algunas eran verdaderos salientes y otras meros apoyos para los líquenes. Era difícil decir si eran naturales o si alguien había contribuido a su formación, pero supuse que podría escalar, a pesar de la falda larga y el corpiño apretado.

Con algunos resbalones y sustos, y con Jamie empujándome de vez en cuando por detrás, logré alcanzar la cima de la roca. Me detuve para mirar a mi alrededor. La vista era espectacular. La masa oscura de una montaña se alzaba al este, mientras que al sur las colinas terminaban en un páramo vasto y yermo. La parte superior de la roca se hundía en el centro, adoptando la forma de un plato. Había un círculo ennegrecido en el medio, con los restos tiznados de leña quemada. No éramos los primeros visitantes.

—¿Conocías este lugar? —Jamie estaba en pie y me observaba, disfrutando de mi embeleso. Se encogió de hombros con modestia.

—Oh, sí. Conozco casi todos los sitios de esta parte de las montañas. Ven, hay un lugar donde puedes sentarte y ver el camino que pasa junto a la colina. —La posada también era visible, aunque por la distancia, más que a una casa de muñecas, se asemejaba a una construcción infantil de cubos. Unos pocos caballos atados se agrupaban bajo los árboles junto al camino. Desde aquí, se veían como pequeñas gotas parduscas y negras.

No crecían árboles en lo alto de la roca y el sol me quemaba la espalda. Nos sentamos uno junto al otro, las piernas colgando sobre el borde. Compartimos con agrado una de las botellas de cerveza que Jamie, precavido, había cogido del pozo de la posada antes de partir.

No había árboles en la cima de la roca, pero las plantas más pequeñas, las que podían encontrar apoyo en las grietas precarias y echar raíces en la tierra pobre, brotaban aquí y allá, vueltas hacia el sol cálido de primavera. Un pequeño grupo de margaritas se cobijaba al amparo de un afloramiento próximo y extendí una mano para cortar una.

Hubo un débil zumbido y la margarita se separó del tallo y cayó sobre mi rodilla. Me quedé mirándola como una estúpida, sin poder entender lo ocurrido. Jamie, mucho más rápido que yo en sus percepciones, se había echado de espaldas sobre la roca.

—¡Abajo! —gritó. Una mano grande se cerró en mi codo y me empujó hacia atrás junto a él. Al golpear contra el moho esponjoso, vi el asta de la flecha. Todavía vibraba encima de mí, donde había hecho blanco.

Me paralicé. Temía incluso mirar a mi alrededor y traté de apretarme más contra el suelo. Jamie estaba inmóvil a mi lado, tan quieto que podía pasar por una piedra. Hasta los pájaros y los insectos parecían haber interrumpido su canto. De pronto, Jamie comenzó a reír.

Se sentó, cogió la flecha y la giró con cuidado para arrancarla de la roca. Vi que tenía plumas de la cola de un pájaro carpintero y estaba vendada con hilo azul.

Jamie la apartó, ahuecó las manos y se las llevó a la boca para emitir un grito muy similar a la llamada de un pico verde. Bajó las manos y esperó. La respuesta surgió enseguida desde un bosquecillo cercano. Jamie esbozó una ancha sonrisa.

—¿Un amigo tuyo? —aventuré. Asintió con la vista clavada en el sendero estrecho que ascendía el frente de la roca.

—Hugh Munro, a menos que otro haya copiado el modelo de sus flechas.

Esperamos un poco más pero nadie apareció en el sendero.

—Ah —pronunció Jamie en voz baja. Giró justo a tiempo para ver una cabeza asomando despacio por el borde de la roca que había detrás nuestro.

Con una sonrisa de placer por habernos sorprendido, el rostro alegre y de dientes rotos se iluminó como una calabaza encendida en la Noche de Difuntos. A decir verdad, la cabeza tenía forma de calabaza y la piel correosa, anaranjada y marrón que cubría no sólo el rostro sino la coronilla calva y redonda, reforzaba esa impresión. Pocas calabazas, sin embargo, podían jactarse de una barba tan tupida y un par de ojos azules tan brillantes. Manos regordetas con uñas sucias se plantaron debajo de la barba y alzaron el resto de la cabeza a la vista.

El cuerpo combinaba bastante bien, ya que tenía un parecido notable con el duende de la Noche de Difuntos. Los hombros eran muy anchos, pero encorvados e inclinados, y uno era considerablemente más alto que el otro. Una pierna también parecía algo más corta que su compañera, por lo que el hombre sufría una suerte de cojera.

Munro, si ése era de hecho el amigo de Jamie, vestía múltiples capas de harapos. Los colores desteñidos de la telas manchadas por las bayas se entreveían a través de rasgaduras en un atuendo informe que otrora podría haber sido un vestido de mujer.

No llevaba morral en el cinto, que en todo caso no era más que un pedazo de soga deshilachada de la que colgaban, cabeza abajo, dos animales muertos y peludos. En su lugar, llevaba una gruesa bolsa de cuero cruzada sobre el pecho, de una calidad sorprendentemente buena, considerando el resto del atavío. Una colección de objetos metálicos diversos pendía de la correa de la bolsa: medallas religiosas, condecoraciones militares, lo que parecían ser botones viejos de uniformes, monedas gastadas, agujereadas y cosidas, y tres o cuatro trozos rectangulares de metal, de color gris mate y con marcas enigmáticas grabadas en la superficie.

Jamie se puso en pie en tanto la criatura renqueaba con agilidad sobre las prominencias de la piedra. Los dos hombres se abrazaron con cariño y se palmearon las espaldas con fuerza, al típico estilo masculino.

—¿Cómo va todo, Munro? —preguntó Jamie. Se apartó para observar a su antiguo compañero.

Munro agachó la cabeza y emitió un raro graznido, sonriente. Enarcó las cejas y asintió en mi dirección. Agitó las manos regordetas en un gesto de interrogación.

—Mi esposa —dijo Jamie. Se ruborizó un poco con una mezcla de timidez y orgullo por la nueva presentación—. Nos casamos hace dos días.

La sonrisa de Munro se ensanchó. Acto seguido, ejecutó una reverencia increíblemente compleja y grácil que incluyó un rápido toque de cabeza, corazón y labios y terminó en una posición casi horizontal a mis pies. Después de realizar esta llamativa maniobra, se incorporó de un salto con el garbo de un acróbata y palmeó a Jamie otra vez, ahora en señal de felicitación.

Entonces inició un extraordinario ballet con las manos. Se señaló a sí mismo, luego hacia el bosque, a mí, de nuevo a sí mismo, con tal variedad de ademanes y movimientos que me costaba seguir sus manos. Había visto hablar antes a sordomudos, pero jamás con tanto donaire y rapidez.

—¿De veras? —exclamó Jamie. Fue su turno de felicitar a su amigo con otra vigorosa palmada. No era de extrañar que los hombres fueran insensibles al dolor, pensé, si no dejaban de golpearse mutuamente.

—También se casó —explicó Jamie, volviéndose hacia mí—. Hace seis meses, con una viuda… ah, está bien, con una viuda gorda —añadió en respuesta a un gesto enfático de Munro— con seis hijos. En la aldea de Dubhlairn.

—Felicidades —dije—. Parece que al menos se alimentarán bien. —Indiqué los conejos colgando del cinto.

Munro se apresuró a desatar uno de los animales muertos y me lo entregó. Su expresión de radiante buena voluntad era tan intensa que me sentí obligada a aceptarlo. Sonreí, con la esperanza oculta de que no tuviera pulgas.

—Un regalo de bodas —precisó Jamie—. Te lo agradecemos mucho, Munro. Debes permitirnos devolverte el favor. —Con estas palabras, extrajo una botella de cerveza y se la dio.

Una vez cumplidas las cortesías, nos sentamos de nuevo para compartir la tercera botella. Jamie y Munro intercambiaron noticias, chismes y una conversación tan desenvuelta como si ambos hablaran.

Dado que no sabía leer los gestos manuales de Munro, no intervine mucho, aunque Jamie se esforzó por incluirme traduciendo y explicando los gestos.

En un momento, tocó con el pulgar los trozos rectangulares de plomo que adornaban la correa de Munro.

—¿Te has hecho oficial? —preguntó—. ¿O eso es sólo para cuando escasean los animales? —Munro movió la cabeza y asintió como un muñeco de resorte en una caja de sorpresa.

—¿Qué son? —pregunté con curiosidad.

—Alimosnas.

—Ah, claro. Disculpa la pregunta —respondí.

—Una alimosna es una licencia para mendigar, Sassenach —explicó Jamie—. Sirve dentro de los límites del distrito de un condado y sólo el día de la semana en que se permite mendigar. Cada distrito tiene la propia, de manera que los mendigos de un distrito no puedan aprovecharse de la caridad de su vecino.

—Un sistema bastante flexible, por lo que veo —manifesté mientras miraba los cuatro sellos de plomo de Munro.

—Ah, bueno. Munro es un caso especial, sabes. Fue capturado por los turcos en el mar. Pasó muchos años remando en una galera y algunos más como esclavo en Argel. Allí perdió la lengua.

—¿Se la… cortaron? —Me sentí un poco mareada.

Jamie no parecía en absoluto alterado, pero claro, conocía a Munro desde hacía ya tiempo.

—Ajá. También le rompieron una pierna. Y la espalda, ¿verdad, Munro? No —se corrigió después de una serie de señales de Munro—, lo de la espalda fue un accidente, algo que sucedió cuando saltó de una pared en Alejandría. Pero lo de los pies fue obra de los turcos.

En realidad, yo no quería saber, pero tanto Munro como Jamie parecían ansiosos por contármelo.

—De acuerdo —concedí, resignada—. ¿Qué le hicieron en los pies?

Con algo semejante al orgullo, Munro se quitó el desgastado calzado y las medias raídas y los dejó a la vista. La piel era gruesa y áspera y manchas blancas brillantes alternaban con áreas de color rojo intenso.

—Aceite hirviendo —afirmó Jamie—. Así es como fuerzan a los prisioneros cristianos a convertirse a la religión musulmana.

—Un método de persuasión bastante efectivo, al parecer —apunté—. ¿Por eso los distritos les dan licencias para mendigar? ¿Para recompensarlos por sus tribulaciones en nombre del cristianismo?

—Ajá, exactamente. —Era evidente que Jamie se sentía complacido con mi rápida apreciación de la situación. Por su parte, Munro expresó su admiración con otra reverencia profunda, seguida de una secuencia muy expresiva, aunque vulgar, de movimientos de la mano que deduje significaban un elogio, además, de mi apariencia física.

—Gracias, amigo. Sí, conseguirá que me sienta orgulloso de ella, estoy seguro. —Al ver mis cejas enarcadas, Jamie volvió a Munro de espaldas a mí. Ahora no podía ver sus dedos veloces—. Cuéntame cómo andan las cosas en las aldeas.

Los dos hombres se acercaron más y continuaron la desequilibrada conversación con entusiasmo creciente. Dado que la participación de Jamie se limitaba en gran medida a gruñidos y exclamaciones de interés, no podía captar mucho del contenido, así que me concentré en unas plantas pequeñas que crecían entre la piedra. Cuando terminaron de conversar y Hugh Munro se levantó para marcharse, yo ya había recogido un puñado de eufrasias y díctamos. Con una reverencia final y una palmada en la espalda de Jamie, caminó arrastrando los pies hasta el borde de la roca. Desapareció con la misma rapidez con que los conejos que había cazado podrían desvanecerse en sus cuevas.

—Tienes amigos fascinantes —dije.

—Sí. Un buen tipo, Hugh. Cacé con él y con algunos otros el año pasado. Ahora que es un mendigo oficial, anda solo. Se dedica a recorrer los distritos del condado. Sabe todo lo que sucede dentro de las fronteras de Ardagh y Chesthill.

—¿Incluyendo el paradero de Horrocks? —insinué.

Jamie asintió.

—Ajá. Y le llevará un mensaje mío. Para cambiar el lugar de reunión.

—Eso engañará a Dougal —deduje—. Si es que pensaba exigirte un rescate por Horrocks.

Asintió con una mueca.

—Sí. Ésa es la idea.

Era casi la hora de cenar cuando regresamos a la posada. Esta vez, sin embargo, el caballo negro de Dougal y sus cinco acompañantes estaban en el patio mascando heno.

Dougal estaba dentro, lavando con cerveza el polvo del camino que se le había acumulado en la garganta. Me saludó con la cabeza y se volvió hacia su sobrino. Pero en vez de hablar, se quedó quieto, con la cabeza ladeada, observando a Jamie con expresión inquisitiva.

—Ah, eso es —pronunció por fin con el tono satisfecho de un hombre que ha resuelto un enigma—. Ahora sé a qué me recuerdas, muchacho. —Me miró—. ¿Alguna vez ha visto un ciervo colorado al final de la brama, jovencita? —preguntó con aire confidencial—. La pobre bestia no duerme ni come durante semanas porque se las pasa repeliendo a otros machos y sirviendo a las hembras. Cuando termina la brama, no es más que piel y huesos. Tiene los ojos hundidos y lo único que no le tiembla es el…

La última palabra se perdió en un coro de risas. Jamie me empujó escaleras arriba. No bajamos a cenar.

Mucho más tarde, a punto de dormirme, sentí el brazo de Jamie alrededor de mi cintura y su aliento cálido contra mi cuello.

—¿Se acaba alguna vez… este deseo por ti? —Su mano acarició mi pecho—. Incluso después de tenerte te deseo tanto, que me cuesta respirar y me duelen los dedos de ganas de tocarte otra vez.

Cogió mi rostro en la oscuridad y delineó mis cejas con los pulgares.

—Cuando te tengo entre mis manos y te siento temblar así, esperando a que te haga mía… Dios, deseo complacerte hasta que me lo pidas a gritos y te abras a mí. Y cuando me satisfaces, siento como si te entregara además mi alma. —Rodó sobre mí y abrí las piernas. Di un leve respingo cuando me penetró. Rió bajito—. Sí, yo también estoy un poco dolorido. ¿Quieres que me detenga?

Envolví mis piernas alrededor de sus caderas a modo de respuesta y lo estreché con fuerza.

—¿Lo harías? —pregunté.

—No. No puedo.

Reímos juntos y nos mecimos con lentitud, labios y dedos explorando en la oscuridad.

—Ahora entiendo por qué la Iglesia lo considera un sacramento —expresó Jamie en un estado de ensueño.

—¿Esto? —inquirí sobresaltada—. ¿Por qué?

—O al menos sagrado —dijo—. Cuando estoy dentro de ti, me siento como si fuera Dios.

Me reí tan fuerte que casi nos separamos. Jamie me cogió por los hombros para aquietarme.

—¿Qué es tan gracioso?

—Es difícil imaginar a Dios haciendo esto.

Jamie retomó sus movimientos.

—Bueno, si Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza, supongo que Él tendrá un pene. —Empezó a reír también y volvió a perder el ritmo—. Aunque tú no me recuerdas mucho a la Santísima Virgen, Sassenach.

Nos sacudimos abrazados, riendo hasta que nuestros cuerpos se separaron. Nos apartamos rodando.

Jamie se recobró y me palmeó la cadera.

—Ponte de rodillas, Sassenach.

—¿Por qué?

—Si no me dejas ser espiritual al respecto, tendrás que tolerar mi naturaleza más baja. Seré un animal. —Me mordió el cuello—. ¿Qué prefieres, un caballo, un oso o un perro?

—Un erizo.

—¿Un erizo? ¿Y cómo hace el amor un erizo? —preguntó.

No, pensé. No lo haré. No debo hacerlo. Pero lo hice.

—Con «mucho» cuidado —repliqué sin poder reprimir la risa. Ya sabemos ahora lo antiguo que es eso, pensé.

Jamie se dejó caer hecho un ovillo y jadeando de risa. Por fin, se repuso y se arrodilló. Tanteó la mesa para encender la vela y resplandeció como un ámbar rojizo en la oscuridad del cuarto cuando la mecha prendió y la luz aumentó a sus espaldas.

Se desplomó a los pies de la cama, con la sonrisa en los labios. Yo todavía temblaba con espasmos de risa. Se pasó el dorso de la mano por el rostro y adoptó una expresión de falsa severidad.

—Muy bien, mujer. Veo que ha llegado la hora de que ejerza mi autoridad como esposo.

—¿De veras?

—Ajá. —Se adelantó. Me cogió los muslos y los separó. Grité y me retorcí para liberarme.

—¡No, no lo hagas!

—¿Por qué no? —Yacía entre mis piernas cuán largo era mientras me observaba con los ojos entornados. Me sujetaba los muslos con firmeza, frustrando mis intentos por cerrarlos.

—Dime, Sassenach. ¿Por qué no quieres que lo haga? —Frotó la mejilla contra el lado interno de un muslo. La joven y áspera barba raspó mi piel suave—. Sé honesta. ¿Por qué no? —Restregó el otro lado. Pateé y me contorsioné para soltarme, pero fue en vano.

Giré la cabeza en la almohada, que sentí fría en contraste con mis acaloradas mejillas.

—Bueno, si quieres saberlo —mascullé—. No creo que…, bueno, me temo que no…, quiero decir, el olor… —Mi voz se apagó gradualmente y me vi envuelta en un silencio vergonzante. Hubo un súbito movimiento entre mis piernas al levantarse Jamie. Me rodeó las caderas con sus brazos, apoyó la mejilla en mi muslo y rió hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Por el amor de Dios, Sassenach —exclamó por fin, resoplando de alegría—. ¿Sabes qué es lo primero que se hace cuando se doma un caballo?

—No —respondí, completamente desconcertada.

Alzó un brazo y me enseñó el suave vello color canela.

—Se frota la axila por la nariz del animal un par de veces para que se acostumbre al olor. De ese modo, no se espantará. —Se apoyó en los codos y miró por encima de la curva de vientre y pechos.

—Tenías que haber hecho eso conmigo, Sassenach. Antes que nada, tenías que haber frotado tu cara entre mis piernas. Así no me habría puesto nervioso.

—¡Nervioso!

Bajó el rostro y lo restregó deliberadamente de un lado a otro mientras bufaba y resoplaba como un caballo. Me retorcí y lo pateé en las costillas, con el mismo resultado que si hubiera pateado una pared de ladrillos. Por fin, volvió a sujetarme los muslos y levantó la cabeza.

—Ahora —afirmó en un tono que no toleraba ninguna oposición—, quédate quieta.

Me sentí expuesta, invadida, impotente… y a punto de desintegrarme. El aliento de Jamie en mi piel era cálido y frío a la vez.

—Por favor —susurré, sin saber si quería significar «por favor detente» o «por favor sigue». No importaba. Jamie no pensaba detenerse.

Mi conciencia se fragmentó en una infinidad de pequeñas sensaciones diferentes: la aspereza de la almohada de lino con flores bordadas; el vaho aceitoso de la lámpara, mezclado con el aroma más débil de carne asada y cerveza y los vestigios de frescura, aún más débiles, de las flores marchitándose en el vaso; la madera fría de la pared contra mi pie izquierdo, las manos firmes en mis caderas. Las sensaciones se arremolinaban y se unían tras los párpados cerrados en un sol deslumbrante que se dilataba y encogía para finalmente estallar con un ruido sordo que me envolvió en una oscuridad ardiente y palpitante.

Vagamente, como desde una larga distancia, oí sentarse a Jamie.

—Bueno, así está mejor —murmuró una voz entre jadeos—. Cuesta un poco hacer que tú seas sumisa, ¿verdad?

La cama crujió con un cambio de peso y sentí que me apartaban las rodillas.

—Espero que no estés tan cansada como pareces —agregó la voz, acercándose. Me arqueé con un sonido inarticulado cuando los tejidos exquisitamente sensibles se separaron ante un nuevo asalto.

—Dios mío —susurré. Una risita suave resonó junto a mi oído.

—Sólo he dicho que me sentía como «si fuera» Dios, Sassenach —musitó—. Nunca he dicho que lo «fuera».

Y más tarde, cuando el sol naciente comenzó a debilitar el resplandor de la lámpara, desperté de un sueño y oí a Jamie murmurar otra vez.

—¿Alguna vez acaba, Claire? ¿Este deseo?

Mi cabeza cayó sobre su hombro.

—No lo sé, Jamie. De veras, no lo sé.

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