Forastera

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Séptima parte. El santuario » 40. La absolución

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Desperté de un profundo sueño con un grito.

—Shh. Soy yo.

La enorme mano se retiró de mi boca.

Con la vela apagada, la habitación estaba muy oscura. Tanteé a ciegas hasta que mi mano dio con algo sólido.

—¡No has debido levantarte de la cama! —exclamé, todavía adormecida. Mis dedos se deslizaron por la piel fría—. ¡Estás como un témpano de hielo!

—¡Pues claro! —respondió, algo malhumorado—. No tengo nada puesto y el corredor está helado. ¿Me dejas que me meta en tu cama?

Me acurruqué en un extremo de la angosta cama y Jamie se acostó desnudo a mi lado. Me abrazó en busca de calor. Respiraba con dificultad y pensé que temblaba tanto de frío como de debilidad.

—¡Caramba, qué caliente estás! —Se arrebujó contra mí y suspiró—. ¡Qué placer poder abrazarte, Sassenach!

No me molesté en preguntar qué hacía allí; la respuesta ya era obvia. Tampoco le pregunté si estaba seguro. Tenía mis propias dudas, pero no quería expresarlas por temor a que se volvieran profecías. Me di la vuelta para mirarlo, cuidando su mano lastimada.

Hubo un repentino asombro en el momento de la unión, la extrañeza que enseguida se convierte en reconocimiento. Jamie suspiró con satisfacción y quizás alivio. Nos quedamos quietos un instante, como si temiéramos perturbar el frágil nexo que nos unía. Jamie me acariciaba con la mano sana, palpando con lentitud en la oscuridad. Tenía los dedos extendidos como los bigotes de un gato, sensibles a la vibración. Se movió contra mí, una vez, como si formulara una pregunta, y le respondí en el mismo lenguaje.

Comenzamos el delicado juego de movimientos pausados, un acto de equilibrio entre su deseo y su debilidad, entre el dolor y el placer creciente del cuerpo. En un momento, en aquella oscuridad, pensé que debía decirle a Anselm que había otra forma de detener el tiempo, pero luego lo pensé mejor, ya que no era una posibilidad abierta a un sacerdote.

Sujeté a Jamie con firmeza, sin presionar sobre su espalda llena de cicatrices. Él marcaba el ritmo, pero me dejaba llevar la fuerza del movimiento. Permanecimos en silencio hasta el final, excepto por nuestros jadeos. Sentí que se cansaba y lo estreché con ímpetu para ceñirme aún más a él. Mecí las caderas para profundizar la penetración y empujarlo al éxtasis.

—Ahora —susurré—, ven a mí. ¡Ahora! —Apoyó la frente en la mía y se rindió con un suspiro trémulo.

Los victorianos lo llamaban «la pequeña muerte» y tenían razón. Estaba tan laxo y pesado que hubiera creído que estaba muerto de no ser por el lento golpeteo de su corazón contra mis costillas. Me pareció como si pasara mucho tiempo antes de que se moviera y murmurara algo en mi hombro.

—¿Qué dices?

Volvió la cabeza de modo que su boca quedó justo debajo de mi oreja. Sentí el cálido aliento en el cuello.

—Digo —respondió con suavidad— que ahora ya no me duele la mano.

La mano sana me exploraba el rostro y suavizaba la humedad de mis mejillas.

—¿Temías por mí? —preguntó.

—Sí —admití—. Pensé que era muy pronto.

Rió en la oscuridad.

—Lo era; casi me muero. Yo también tenía miedo. Pero me desperté por el dolor de la mano y no podía dormirme otra vez. Estaba inquieto; te añoraba. Cuanto más pensaba en ti, más te deseaba y ya estaba en la mitad del corredor cuando empecé a preocuparme por lo que haría al llegar aquí. Y una vez que lo pensé… —Hizo una pausa y me acarició la mejilla—. Bueno, no soy muy bueno, Sassenach, pero después de todo, tal vez no sea un cobarde.

Giré la cabeza para recibir su beso. Le crujieron las tripas estrepitosamente.

—No te rías —gruñó—. Es culpa tuya, por matarme de hambre. Es increíble que lo haya logrado, sólo a base de caldo de carne y cerveza.

—Está bien —cedí, todavía entre carcajadas—. Me has ganado. Mañana puedes comer un huevo en el desayuno.

—Ja —exclamó con honda satisfacción—. Sabía que me alimentarías si te ofrecía una retribución apropiada.

Nos dormimos cara a cara, abrazados.

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