Forastera
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Desde las entrañas de la tierra
Durante las dos semanas siguientes, Jamie siguió su recuperación mientras yo seguía haciéndome preguntas. Algunos días presentía que debíamos ir a Roma, sede de la corte del joven Pretendiente, y hacer… ¿qué? En otras ocasiones, ansiaba con todo mi corazón encontrar un lugar seguro y aislado donde vivir nuestras vidas en paz.
Era un día claro y templado y los carámbanos que colgaban de las gárgolas goteaban de forma incesante dejando huellas profundas en la nieve. La puerta de la alcoba de Jamie estaba abierta, al igual que la ventana, para ventilar los vahos a humo y enfermedad.
Asomé la cabeza con cuidado porque no deseaba despertarlo si dormía, pero la estrecha cama estaba vacía. Jamie estaba sentado junto a la ventana, casi de espaldas a la puerta, por lo que no podía verle la cara.
Todavía estaba demasiado delgado, pero los hombros se veían anchos y rectos bajo la gruesa túnica de novicio. La gracia de su fortaleza ya había regresado a su cuerpo. Estaba sentado con firmeza, la espalda erguida y las piernas plegadas bajo el banco. Las líneas de su cuerpo eran sólidas y armoniosas. Sostenía la mano derecha con la mano sana y le daba vueltas a la luz del sol.
Una pequeña pila de lienzos yacía en la mesa. Se había quitado el vendaje de la mano lastimada y la examinaba con atención. Me quedé junto a la puerta, inmóvil. Desde allí, podía ver la mano con claridad mientras la hacía girar.
La cicatriz del clavo en la palma era bastante pequeña y había cerrado bien. No era más que un nudo rosado de tejido cicatrizal que desaparecería de forma gradual. En el dorso de la mano, el aspecto no era tan favorable. Castigada por la infección, la herida poseía la superficie de una moneda, todavía cubierta de costras.
El dedo medio presentaba también un reborde mellado de tejido cicatrizal rosado que iba desde la primera articulación hasta el nudillo. Sin las tablillas, el pulgar y el índice estaban rectos, pero el meñique estaba muy torcido. Había sufrido tres fracturas separadas y, por lo visto, no había podido emplazarlas todas bien. El anular tenía un aspecto curioso. Se doblaba un poco hacia arriba al apoyarlo en la mesa.
Jamie volvió la palma hacia arriba y comenzó a mover los dedos con delicadeza. Ninguno se flexionaba más de dos o tres centímetros y el anular no lo hacía en absoluto. Como había temido, lo más probable era que la segunda articulación hubiera quedado rígida para siempre.
Giró la mano varias veces ante sus ojos y estudió los dedos rígidos y torcidos y las feas cicatrices, despiadadamente visibles a la luz del sol. De pronto, bajó la cabeza y oprimió la mano herida contra el pecho, protegiéndola con la mano sana. No emitió sonido, pero los anchos hombros se estremecieron.
—Jamie. —Crucé la habitación con rapidez y me arrodillé a su lado. Posé la mano en la rodilla.
»Jamie, lo lamento —dije—. Lo hice lo mejor que pude.
Me miró, perplejo. Las pesadas pestañas cobrizas brillaban por las lágrimas al sol. Se las enjugó con el dorso de la mano.
—¿Cómo? —preguntó, sorprendido por mi repentina aparición—. ¿Lo lamentas? ¿Qué lamentas, Sassenach?
—La mano. —Me estiré y le tomé la mano herida. Delineé las líneas torcidas de los dedos y la cicatriz hundida en el dorso—. Mejorará —le aseguré con ansiedad—. De veras. Sé que ahora parece rígida e inútil, pero es porque ha estado entablillada mucho tiempo y los huesos todavía no se han soldado. Te enseñaré cómo ejercitarla y masajearla. Ya lo verás, recuperarás bastante el uso de la mano…
Me interrumpió al colocar la mano sana en mi mejilla.
—¿Acaso te refieres…? —comenzó a decir, pero hizo una pausa y movió la cabeza—. ¿Pensabas que…? —Se detuvo una vez más y volvió a empezar—. Sassenach —dijo—, ¿no habrás pensado que lloraba por un dedo tieso y un par de cicatrices más, verdad? —Sonrió—. Soy un hombre vanidoso, pero quiero pensar que no tanto.
—Pero tú… —comencé. Me tomó las manos entre las suyas y se puso de pie. Me levantó del suelo. Alargué el pulgar y le sequé la única lágrima que había rodado por su mejilla, dejando una sensación cálida en mi dedo.
—Lloraba de alegría, Sassenach mía —murmuró con suavidad. Me rodeó el rostro con las manos—. Le agradecía a Dios por tener dos manos. Dos manos para sujetarte, para servirte, para amarte. Le agradecía a Dios porque aún soy un hombre entero, gracias a ti.
Levanté las manos y también le tomé el rostro.
—¿Pero por qué no habrías de serlo?
Entonces recordé la variedad de sierras y cuchillos que había visto entre las herramientas de Beaton en Leoch y comprendí. Supe lo que había olvidado cuando me enfrenté a la emergencia. Que en la época previa a los antibióticos, la cura usual —la única cura— para una extremidad infectada era la amputación del miembro.
—Oh, Jamie —gemí. Con la sola idea, me flaquearon las rodillas. Me senté en el banco con brusquedad.
»No se me había ocurrido —añadí, aún azorada—. De veras, nunca se me pasó por la cabeza. —Levanté la mirada hacia él—. Jamie. Si hubiera pensado en ello, tal vez lo habría hecho. Para salvarte la vida.
—¿Acaso no es así…? ¿No lo hacen en… tu época?
Negué con la cabeza.
—No, hay drogas que detienen las infecciones. Por eso ni se me ocurrió. —De repente, lo miré otra vez—. ¿Tú sí pensaste en ello?
Asintió.
—Lo esperaba. Fue por eso que te pedí que me dejaras morir. Pensé en ello, entre los accesos de inconsciencia, y, en ese preciso instante, sentí que no podría vivir así. Es lo que le pasó a Ian, sabes.
—¿De verdad? —Me sorprendió—. Me contó que había perdido la pierna por una metralla, pero nunca le pregunté los detalles.
—Sí, la herida se puso fea. Los doctores le cortaron la pierna para evitar que le envenenara la sangre. —Se interrumpió.
»Ian se las arregla bien, dadas las circunstancias. Pero… —vaciló y se tocó el dedo rígido— lo conocí antes. Si está bien es sólo gracias a Jenny. Ella… lo mantiene entero. —Me sonrió con timidez—. Como tú haces conmigo. No sé por qué las mujeres os tomáis tanta molestia.
—Bueno —repuse con suavidad—, a las mujeres nos gusta hacerlo.
Emitió una risa queda y me estrechó con fuerza.
—Sí. Dios sabe por qué.
Permanecimos abrazados un rato, sin movernos. Apoyé la frente en su pecho y le rodeé la cintura con los brazos. Sentí el latido de su corazón: fuerte y pausado. Por fin, me soltó.
—Tengo algo que enseñarte —anunció. Se volvió y abrió el pequeño cajón de la mesa. Sacó una carta doblada y me la entregó.
Era una carta de presentación, del abad Alexander, para su sobrino, James Fraser, dirigida al caballero de la orden de San Jorge, más conocido como Su Majestad el Rey Jacobo de Escocia, en la que lo recomendaba como experto lingüista y traductor.
—Es un lugar —expresó Jamie mientras me veía doblando la carta—. Y pronto necesitaremos un lugar al que ir. Pero lo que me dijiste en Craigh na Dun… era cierto, ¿verdad?
Respiré hondo y asentí.
—Es cierto.
Tomó la carta y la sacudió contra la rodilla.
—Entonces, esto implica cierto riesgo.
—Podría ser.
Guardó el papel pergamino en el cajón y se sentó con la mirada fija en la mesa. Luego alzó la vista y buscó mis ojos. Me acarició la mejilla.
—Lo dije en serio, Claire —murmuró—. Mi vida es tuya. Es tuya para que decidas qué haremos, adónde iremos. A Francia, a Italia o incluso de regreso a Escocia. Mi corazón ha sido tuyo desde el momento en que te vi por primera vez y has tenido mi alma y mi cuerpo en tus manos. Los has cuidado y protegido. Haremos lo que tú digas.
Alguien llamó a la puerta. Nos pusimos de pie de un salto, como amantes culpables. Me atusé apresuradamente el cabello y pensé que un monasterio era un buen sitio de convalecencia, pero dejaba bastante que desear como refugio romántico.
Un hermano laico entró cuando Jamie lo autorizó y depositó una alforja de cuero en la mesa.
—De MacRannoch de Eldridge Manor —declaró con una sonrisa—. Para mi señora Broch Tuarach. —Hizo una reverencia y se marchó. Dejó tras de sí un vago aroma a agua de mar y aire frío.
Desaté las cintas de cuero, curiosa por ver lo que nos había enviado MacRannoch. Dentro había tres cosas: una nota sin encabezamiento ni firma, un pequeño paquete dirigido a Jamie y la piel curada de un lobo, impregnada del típico olor del curtido.
La nota decía: «Una mujer virtuosa es una perla de gran valor, pues vale más que los rubíes».
Jamie había abierto el otro paquete. Sujetaba algo pequeño y brillante en la mano mientras observaba la piel con expresión intrigada.
—Es extraño, Sassenach. Sir Marcus te ha mandado una piel de lobo a ti y un brazalete de perlas a mí. ¿No habrá marcado los regalos al revés?
El brazalete era hermoso: una hilera de perlas barrocas, engarzadas en cadenas de oro.
—No —aseveré y lo admiré—. Lo ha hecho correctamente. El brazalete hace juego con el collar que me diste el día de nuestra boda. ¿Sabías que él se lo había regalado a tu madre?
—No, no lo sabía —respondió con suavidad y acarició las perlas—. Mi padre me las entregó para mi esposa, quienquiera que fuera. —Una ligera sonrisa bailó en sus labios—. Pero no me dijo de dónde provenían.
Recordé la ayuda de Sir Marcus la noche en que irrumpimos sin ceremonia alguna en su casa y la expresión de su rostro cuando partimos al día siguiente. Y por el semblante de Jamie, me di cuenta de que también pensaba en el hombre que podía haber sido su padre. Extendió la mano y tomó la mía. Prendió el brazalete alrededor de la muñeca.
—¡Pero no es para mí! —protesté.
—Sí que lo es —replicó con determinación—. No está bien que un hombre envíe una alhaja a una mujer casada. Por eso me la mandó a mí. Pero es obvio que es para ti. —Me miró y sonrió—. Además, no cabría en mi muñeca, a pesar de lo flaco que estoy.
Se volvió hacia la piel doblada y la sacudió.
—¿Para qué te habrá enviado esto? —Se la puso por los hombros y retrocedí con un grito. También habían despellejado y disecado la cabeza y le habían puesto un par de cuentas de vidrio amarillas en los ojos. Me miraban con animosidad desde el hombro izquierdo de Jamie.
—¡Ajj! —grité—. ¡Tiene el mismo aspecto que cuando estaba vivo!
Jamie siguió la dirección de mi mirada, giró la cabeza y se topó cara a cara con el desagradable semblante. Con un grito, se quitó la piel y la lanzó al otro lado del cuarto.
—¡Dios mío! —exclamó y se persignó. La piel yacía en el suelo, con un brillo amenazador a la luz de la vela.
»¿Qué has querido decir con eso de “cuando estaba vivo”, Sassenach? ¿Acaso fue algún amigo tuyo? —preguntó mientras lo miraba de reojo.
Entonces, le conté las cosas que no había tenido ocasión de contarle. Le hablé del lobo y de los demás lobos, y de Hector, y la nieve, y la cabaña con el oso, y la discusión con Sir Marcus, y la aparición de Murtagh, y el ganado, y la larga espera en la colina entre la bruma rosada de la noche nevada aguardando saber si estaba vivo o muerto.
Delgado o no, su pecho era amplio y sus brazos, cálidos y fuertes. Oprimió mi rostro contra su hombro y me acunó mientras lloraba. Al principio, traté de controlarme, pero Jamie se limitó a abrazarme con más fuerza y a pronunciar suaves y tiernas palabras entre los rizos de mi pelo. Por fin, me entregué y lloré con el abandono de un niño, hasta que quedé débil e hipando a causa del agotamiento.
—Ahora que lo pienso, yo también tengo un regalito para ti, Sassenach. —Me limpié la nariz con la falda, dado que no tenía otra cosa a mano.
—Lamento no tener nada para darte —respondí. Lo miré mientras revolvía entre las sábanas desordenadas. Tal vez buscaba un pañuelo, pensé.
—Excepto obsequios menores como mi vida, mi hombría y mi mano derecha, ¿verdad? —preguntó con sarcasmo—. Creo que tengo de sobra, mo duinne. —Se irguió con una bata de novicio en las manos—. Desnúdate.
Abrí la boca con estupor.
—¿Cómo?
—Que te quites la ropa, Sassenach, y te pongas esto. —Sonrió—. ¿O acaso quieres que me dé la vuelta primero?
Seguí a Jamie a través de otro tramo más de escalera a oscuras mientras apretujaba la bata rústica contra mi cuerpo. Se trataba de la tercera escalera y era aún más angosta que las anteriores. El farol que llevaba Jamie iluminaba las paredes de piedra separadas por menos de medio metro de distancia. Era como si la tierra nos tragara a medida que bajábamos por aquel pozo oscuro.
—¿Estás seguro de que sabes adónde vamos? —pregunté. Mi voz retumbó en el pozo de la escalera, pero con un sonido amortiguado, como si hablara debajo del agua.
—Bueno, no hay muchas posibilidades de ir en el sentido equivocado, ¿no?
Llegamos a otro rellano, pero tal como había dicho Jamie, había una única dirección posible: hacia abajo.
Al final del tramo, sin embargo, llegamos a una puerta. Había un pequeño descansillo, cavado al parecer en la ladera de la montaña, y una puerta baja y ancha de roble con bisagras de bronce. La madera estaba gris por el paso del tiempo, pero aún sólida. El descansillo estaba limpio. Era de suponer, entonces, que esta parte del monasterio seguía en uso. ¿Sería la bodega?
En un candelabro junto a la puerta, había una antorcha medio quemada por usos anteriores. Jamie se detuvo a encenderla con un papel de la pila que yacía disponible en el suelo. Abrió la puerta y pasó agachado bajo el dintel. Lo seguí.
Al principio, no podía ver nada excepto el resplandor del farol de Jamie. Todo era negro. El farol se movió y se alejó de mí. Me quedé quieta mientras seguía la luz con los ojos. Cada dos por tres, se detenía y volvía a avanzar, dejando a su paso una llama lenta que se elevaba para arder con una luminosidad rojiza. Cuando mis ojos se acostumbraron, las llamas se convirtieron en una hilera de faroles, ubicados en pilares de roca y brillando en la oscuridad como faros.
Era una cueva. En un primer momento, pensé que se trataba de una cueva de cristales por el extraño fulgor negro más allá de los faroles. Pero me acerqué al primer pilar y miré hacia delante. Entonces lo vi.
Era un lago negro. El agua transparente rutilaba como un espejo sobre la fina arena negra volcánica. La luz de los faroles se reflejaba en ella con destellos rojos. El aire era húmedo y templado, cargado del vapor condensado en las frías paredes de la caverna que goteaba por las columnas de piedra.
Un manantial caliente. El aroma del azufre me produjo ardor en la nariz. Se trataba de un manantial mineral. Recordé que Anselm había mencionado los manantiales que brotaban de la tierra cerca de la abadía, famosos por sus poderes curativos.
Jamie permaneció detrás de mí para contemplar el despliegue de azabache y rubíes.
—Un baño caliente —declaró con orgullo—. ¿Te gusta?
—¡Por Dios y Franklin Delano Roosevelt! —exclamé.
—Sí, te gusta —tradujo, sonriente ante el éxito de su sorpresa—. Ven, entonces.
Se quitó la bata y se quedó de pie, resplandeciente en la penumbra, con manchas rojas por el reflejo del agua. El techo arqueado de la caverna parecía tragarse la luz de los faroles, de modo que el centelleo apenas alcanzaba un metro antes de ser absorbido.
Vacilante, dejé que la bata de novicio cayera al suelo.
—¿Está muy caliente? —pregunté.
—Lo suficiente —respondió—. No te preocupes, no te quemará. Pero si te quedas más de una hora, la carne se te despegará de los huesos como si estuvieras en un caldero.
—Qué idea tan atrayente —comenté.
Seguí su figura esbelta y erguida y me metí en el agua con cautela. Había escalones tallados en la roca que llevaban a la profundidad del agua, y una soga con nudos sujeta a la pared a modo de pasamanos.
Cuando el agua me llegó por encima de las caderas, el calor me envolvió y la piel del vientre se crispó con deleite. Después del último escalón, pisé la limpia arena negra, sumergida hasta los hombros. Mis senos flotaban en el agua como boyas. Tenía la piel enrojecida por el calor y unas diminutas gotas de sudor comenzaban a aparecer en la nuca, bajo la pesada mata de rizos. Era un verdadero placer.
La superficie del manantial estaba quieta, pero percibía pequeños remolinos, corrientes que cruzaban la masa del lago como impulsos nerviosos. Supongo que eso, sumado al increíble y sedante calor, fue lo que me dio la repentina sensación de que el manantial estaba vivo: una entidad cálida y hospitalaria que se desplegaba para calmar y abrazar. Anselm había dicho que estos manantiales tenían poderes curativos y yo no estaba en condiciones de negarlo.
Jamie se me acercó por detrás, dejando unas suaves ondas como huella de su travesía por el agua. Extendió las manos para tomar mis senos y retirar el agua caliente de la parte superior.
—¿Te gusta, mo duinne? —Se inclinó y me besó el hombro.
—¡Es maravilloso! Es la primera vez que siento calor desde agosto. —Comenzó a tirar de mí mientras caminaba despacio hacia atrás en el agua. Mis piernas se estiraron en la estela y el calor radiante me acarició los miembros como manos enormes.
Jamie se detuvo, me dio la vuelta y me depositó con suavidad sobre una tabla de madera. Casi invisible en las sombras del agua, distinguí los tablones apoyados en un nicho de roca. Se sentó a mi lado en el banco y extendió los brazos en el borde rocoso a nuestras espaldas.
—El hermano Ambrose me trajo aquí el otro día —contó—. Para ablandar las cicatrices. Es muy agradable, ¿verdad?
—Es más que agradable. —El agua llevaba tanta fuerza que sentí que si no me agarraba al banco, me alejaría flotando. Levanté la vista hacia las negras sombras del techo—. ¿Vive algún bicho en esta cueva? ¿Quiero decir, murciélagos o peces?
—Nada excepto el espíritu del manantial, Sassenach. El agua fluye de la tierra a través de aquella angosta grieta. —Señaló con la cabeza hacia la negrura del fondo de la caverna—. Y se escurre por una docena de diminutas aberturas en las rocas. Pero no hay comunicación alguna con el exterior, salvo la puerta que da al monasterio.
—¿El espíritu del manantial? —repetí, divertida—. Suena algo pagano para estar oculto bajo un monasterio.
Jamie se desperezó con parsimonia. Las largas piernas temblaron bajo la espejada superficie como tallos de plantas acuáticas.
—Bueno, llámalo como quieras, pero está aquí mucho antes que el monasterio.
—¡Sí, ya lo veo!
Las paredes de la cueva estaban formadas por suaves y oscuras rocas volcánicas, casi como vidrios negros, brillantes con la humedad del manantial. La caverna entera parecía una enorme burbuja, semicubierta por ese extraño lago, vivo y a la vez estéril. Tenía la impresión de que estábamos acurrucados en las entrañas de la tierra y que si apoyaba el oído contra la roca, escucharía el palpitar lento y perenne de un gran corazón cercano.
Guardamos silencio largo rato, casi flotando, casi soñando. Nos rozábamos a cada momento al mecernos con las invisibles corrientes de la cueva.
Cuando por fin hablé, mi voz brotó drogada y pausada.
—Ya lo he decidido.
—A Roma, ¿verdad? —La respuesta de Jamie me llegó como desde muy lejos.
—Sí. No sé, una vez allí…
—No importa. Haremos lo que podamos. —Alargó la mano hacia mí, tan despacio que creí que jamás me tocaría.
Tiró de mí hasta que las sensibles puntas de mis senos tocaron su pecho. El agua no sólo era caliente, sino también pesada, casi aceitosa. Las manos de Jamie flotaron por mi espalda hasta cerrarse en mis nalgas y me levantaron.
La penetración fue asombrosa. Con la piel caliente y resbaladiza, nos unimos con una mínima sensación de roce o presión. Sin embargo, la presencia en mi interior era sólida e íntima, un punto fijo en un mundo acuático, como un cordón umbilical en los desplazamientos casuales del útero. Emití un sonido de sorpresa al sentir el flujo de agua caliente que acompañó su ingreso. Me asenté en mi punto fijo de referencia con un suave suspiro de placer.
—Oh, me gusta —susurró, complacido.
—¿Qué te gusta? —pregunté.
—El ruido que has hecho. Ese gemido.
No podía ruborizarme. La piel ya había llegado al límite del enrojecimiento. Dejé que el pelo me cubriera el rostro. Los rizos se relajaron al salir del agua.
—Lo lamento; no era mi intención ser tan ruidosa.
Rió y la carcajada profunda reverberó en las columnas del techo.
—He dicho que me gustaba. Y me gusta. Es una de las cosas que más me gusta de hacerte el amor, Sassenach. Los ruidos que haces.
Me sujetó más cerca y posé la frente en su cuello. De inmediato, el vaho brotó entre nosotros, resbaladizo como el agua cargada de azufre. Jamie hizo un ligero movimiento de caderas y respiré hondo para sofocar un nuevo gemido.
—Sí, así —murmuró con suavidad—. O… ¿así?
—Mmm —musité. Volvió a reír, pero siguió haciéndolo.
—Pensaba mucho en esto —comentó mientras subía y bajaba las manos por mi espalda y delineaba la curva de mis caderas—. En la prisión, por la noche, encadenado en un cuarto con una docena de hombres mientras escuchaba los ronquidos, lamentos y ruidos desagradables de los demás. Recordaba los sonidos tiernos que haces cuando te hago el amor y te sentía a mi lado en la oscuridad, con la respiración rápida y el gemido suave que profieres cuando te penetro por primera vez, como si te dispusieras a hacer tu trabajo.
Mi respiración, de hecho, ya era más acelerada. Sostenida por el agua densa y saturada de minerales, tenía la ligereza de una pluma aceitada. Lo único que me sujetaba eran mis manos en los hombros de Jamie y la tensión que ejercía sobre él más abajo.
—Mejor aún… —Su voz era un murmullo caliente en mi oído—… cuando te penetro con fiereza y ansiedad y gimes y forcejeas como si quisieras apartarte, pero sé que sólo pugnas por acercarte más y que yo estoy librando la misma batalla.
Sus manos exploraban con ternura y lentitud, como seduciendo a una trucha. Se deslizaban hacia mis nalgas y descendían para tantear y acariciar el tieso y excitado punto de unión. Me estremecí y exhalé con un jadeo involuntario.
—O cuando necesito penetrarte y tú me acoges en tu interior con un suspiro y un zumbido quieto, como un enjambre de abejas al sol, y me transportas al éxtasis con un gemido trémulo.
—Jamie —supliqué con voz ronca que retumbó en el agua—. Jamie, por favor.
—Todavía no, mo duinne. —Clavó las manos en mi cintura para acomodarme y retenerme. Me presionó hacia abajo hasta que gruñí—. Todavía no. Tenemos tiempo. Y quiero escucharte gemir así otra vez. Y que gimotees y solloces, aunque no quieras, porque no podrás evitarlo. Quiero hacerte suspirar, como si tu corazón estuviera a punto de romperse, y gritar de deseo y, por fin, estallar en mis brazos. Así sabré que te he dado placer.
El torrente surgió entre mis muslos y se disparó como un dardo hacia lo hondo de mis entrañas. Me aflojé y mis manos resbalaron laxas e indefensas de los hombros de Jamie. Mi espalda se arqueó y los redondos senos resbaladizos se aplastaron contra el pecho amplio. Temblé en la oscuridad caliente y Jamie me sostuvo para que no me ahogara.
Me desplomé contra él, blanda como una medusa. No sabía —ni me importaba— qué sonidos había emitido, pero me sentía incapaz de hablar con coherencia. Hasta que Jamie comenzó a mecerse otra vez con la fuerza de un tiburón debajo del agua oscura.
—No —protesté—. Jamie, no. No puedo soportarlo otra vez. —La sangre todavía palpitaba en las yemas de mis dedos y el movimiento en mi interior era una exquisita tortura.
—Puedes porque te amo. —Su voz emergía amortiguada por mi cabello mojado—. Y lo harás porque te deseo. Pero esta vez, lo haremos juntos.
Sujetó mis caderas con firmeza y me impulsó con la potencia de las corrientes submarinas. Me aplasté contra él, como las olas contra las rocas y fue a mi encuentro con la fuerza brutal del granito, mi ancla en el caos embestidor.
Líquida como el agua que nos rodeaba, contenida sólo por el marco de sus manos, grité, el suave y ahogado grito de un marinero al ser succionado por las olas. Y oí su propio grito, tan indefenso como el mío. Y supe que le había dado placer.
Trepamos con dificultad para salir de las entrañas de la tierra, húmedos y agitados, con los miembros flojos por el vino y el calor. Caí de rodillas en el primer rellano y Jamie, al tratar de ayudarme, cayó a mi lado en un amasijo de batas y piernas desnudas. Entre carcajadas, ebrios más de amor que de vino, avanzamos a cuatro patas, uno junto al otro. Nos entorpecíamos más que ayudarnos, dándonos suaves codazos y rebotando en el estrecho espacio, hasta aterrizar, abrazados, en el segundo rellano.
Aquí, un antiguo mirador sin vidrio se abría al cielo. La luz de la luna nos bañó en plata. Yacimos abrazados mientras nuestra piel húmeda se refrescaba en el aire del invierno y aguardábamos que nuestros corazones furiosos se serenaran y nuestros cuerpos jadeantes recobraran el aliento.
Era una luna de Navidad, tan grande que casi llenaba la ventanuca vacía. No parecía sorprendente que las mareas del mar y los períodos de la mujer se rigieran por las influencias de aquella orbe majestuosa, tan cercana y dominante.
Pero mis propios períodos ya no obedecían esos dictámenes castos y estériles. Y el conocimiento de mi libertad me recorrió la sangre como una ráfaga de peligro.
—También tengo un regalo para ti —murmuré a Jamie de pronto. Se volvió hacia mí y su mano grande y segura acarició mi vientre, aún plano.
—¿De veras?
Y el mundo estaba a nuestro alrededor, nuevo en sus infinitas posibilidades.