Forastera
Tercera parte. De viaje » 22. Ajuste de cuentas
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Ajuste de cuentas
Llegamos a Doonesbury ya entrada la noche. Por fortuna, era una posta de tamaño considerable y con una posada. Dougal cerró los ojos con dolor cuando pagó al posadero. Harían falta bastantes monedas de plata extras para asegurar su silencio sobre nuestra presencia.
El dinero también garantizó una cena abundante, con mucha cerveza. A pesar de la comida, cenamos en medio de un silencio sombrío. Con la ropa harapienta y tapada con modestia por la camisa extra de Jamie, era evidente que había caído en desgracia. Excepto Jamie, todos se comportaban como si yo fuera invisible. Hasta Jamie se limitó a pasarme pan y carne de vez en cuando. Fue un alivio finalmente subir a la pequeña y estrecha habitación.
Me arrojé sobre la cama con un suspiro y sin reparar en el estado de las mantas.
—Estoy agotada. Ha sido un largo día.
—Sí. —Jamie se desabotonó el cuello y los puños y se desabrochó el cinto en el que llevaba la espada. Pero no continuó desvistiéndose. Tiró de la correa para quitar la vaina y dobló la tira de cuero con expresión meditativa.
—Ven a la cama, Jamie. ¿A qué estás esperando?
Caminó hasta la cama y se detuvo, balanceando el cinto de un lado a otro.
—Bueno, me temo que tenemos un asunto pendiente que resolver antes de que durmamos esta noche. —Sentí una repentina punzada de aprensión.
—¿De qué se trata?
No contestó enseguida. En vez de instalarse a mi lado en la cama, acercó un taburete y se sentó frente a mí.
—¿Te das cuenta de que esta tarde pudimos haber muerto todos, Claire? —susurró.
Bajé la vista a la manta, avergonzada.
—Sí, lo sé. Por mi culpa. Lo siento.
—O sea que eres consciente. ¿Sabías que si hubieras sido un hombre te habrían cortado las orejas, te habrían azotado, o directamente matado?
Palidecí.
—No, no lo sabía.
—Bueno, sé que no estás familiarizada con nuestras costumbres y eso te exime un poco. De todos modos, te dije que permanecieras oculta. Si lo hubieras hecho, jamás habría ocurrido. Ahora los ingleses nos buscarán por todas partes. Tendremos que escondernos durante el día y viajar de noche. —Se interrumpió—. Y en cuanto al capitán Randall…, en fin, ése es otro asunto.
—¿Te refieres a que ahora que sabe que estás aquí te buscará especialmente?
Asintió con aire ausente y la vista clavada en el fuego.
—Ajá. Con él es algo… personal, ¿sabes?
—Lo siento mucho, Jamie —musité. Pero él descartó la disculpa con un gesto.
—Si sólo me hubieras lastimado a mí, no hablaría más del tema. Pero ya que estamos haciéndolo… —Me miró intensamente—. Te confieso que casi me muero cuando vi a ese animal con sus manos sobre ti. —Se volvió hacia el fuego. Su expresión era tétrica, como si reviviera los hechos de esa tarde.
Pensé en hablarle sobre las… dificultades de Randall, pero temí que fuera peor. Ansiaba con desesperación abrazarlo y rogarle que me perdonara, pero no me atrevía a tocarlo. Después de un prolongado silencio, suspiró y se puso en pie, golpeando ligeramente el cinto contra su muslo.
—Bien —declaró—. Será mejor que terminemos de una vez. Has causado un daño considerable al desobedecer mis órdenes y voy a castigarte por ello, Claire. ¿Recuerdas lo que te dije cuando me fui esta mañana? —Lo recordaba muy bien. Me apresuré a retroceder en la cama hasta apoyar mi espalda en la pared.
—¿A qué te refieres?
—Sabes perfectamente a qué me refiero —respondió con firmeza—. Arrodíllate junto a la cama y levántate la falda.
—¡No haré eso! —Me aferré al pilar de la cama con ambas manos y me acurruqué.
Jamie me observó un momento con los ojos entornados, considerando qué hacer. De pronto comprendí que nada impediría que me hiciera lo que él quisiera. Era mucho más fuerte que yo. Sin embargo, finalmente optó por la palabra en vez de la acción. Hizo a un lado el cinto, se subió a la cama y gateó sobre las mantas para sentarse a mi lado.
—Escucha, Claire… —comenzó.
—¡Dije que lo sentía! —exploté—. Y es verdad. ¡Jamás volveré a hacer algo parecido!
—Verás, ése es el problema… —pronunció con lentitud—. Quizá lo hagas. Porque no tomas las cosas con la debida seriedad. Supongo que vienes de un lugar donde todo es más fácil. Allí, desobedecer órdenes o tener iniciativas no es un asunto de vida o muerte. En el peor de los casos, podrías fastidiar a alguien o ser una molestia, pero no exponerlo a que lo maten. —Observé sus dedos doblando la falda mientras ponía en orden sus pensamientos.
—En sitios y tiempos como éstos, una acción a la ligera puede tener consecuencias muy graves… en particular para un hombre como yo.
Palmeó mi hombro al advertir que yo estaba a punto de llorar.
—Sé que jamás me pondrías a mí ni a nadie en peligro deliberadamente. Pero podrías hacerlo con facilidad sin proponértelo, como lo hiciste hoy, porque no me crees cuando te digo que ciertas cosas son peligrosas. Estás acostumbrada a pensar por tu cuenta. Y sé… —me miró de soslayo—… que no estás habituada a permitir que un hombre te diga qué hacer. Pero debes aprender a hacerlo, por el bien de todos.
—De acuerdo —repuse lentamente—. Entiendo. Tienes razón, por supuesto. Obedeceré tus órdenes aun cuando las desapruebe.
—Bien. —Se puso de pie y recogió el cinturón—. Ahora sal de la cama y acabemos con esto.
Me quedé boquiabierta de indignación.
—¿Qué? ¡He dicho que te obedecería!
Suspiró exasperado. Se volvió a sentar en el taburete y me miró a los ojos.
—Ahora, escúchame. Dices que me entiendes y te creo. Pero no es lo mismo comprender algo con la mente que saberlo de verdad, en lo más profundo.
Asentí a regañadientes.
—Bien. De manera que debo castigarte y por dos razones: en primer lugar, para que lo «sepas». —Esbozó una sonrisa repentina—. Puedo asegurarte por experiencia que una buena paliza te hace ver las cosas con mucha más seriedad. —Apreté las manos alrededor del pilar de la cama—. La otra razón —prosiguió— son los otros hombres. ¿Has notado cómo están esta noche?
Desde luego que lo había notado. Me había sentido tan incómoda durante la cena que me alegró escapar a la habitación.
—Existe algo que se llama justicia, Claire. Les hiciste un daño a todos esos hombres y tendrás que pagar por ello. —Respiró hondo—. Soy tu esposo. Es mi deber ocuparme de que lo hagas. Y pienso hacerlo.
Yo desaprobaba esa propuesta en muchos aspectos. Al margen de la justicia de la situación —y debía admitir que parte de ella estaba del lado de Jamie—, mi amor propio no toleraba la idea de ser golpeada, por nadie y por ningún motivo.
Me sentía profundamente traicionada por el hecho de que el hombre que era mi amigo, protector y amante, tuviera intenciones de hacerme tal cosa. Y me asustaba dejarme azotar por alguien que manejaba una espada de siete kilos como si fuera un matamoscas.
—No dejaré que me pegues —aseveré sin soltar el pilar de la cama.
—¿Ah, no? —Enarcó las cejas color arena—. Te diré algo, muchacha, dudo que tengas poder de decisión en esto. Te guste o no, eres mi esposa. Si quisiera romperte un brazo o alimentarte con pan y agua o encerrarte en un armario durante días (y no creas que no me tienta), podría hacerlo. Y ni qué decir de azotarte el trasero.
—¡Gritaré!
—Es probable. Si no antes, seguro que durante. Supongo que te oirán en la granja vecina. Tienes buenos pulmones. —Sonrió odiosamente y se acercó a mí.
Me soltó los dedos con cierta dificultad. Tiró con firmeza y me arrastró al borde de la cama. Le pateé las canillas, pero como estaba descalza, no lo lastimé. Gruñendo bajito, me volvió boca abajo sobre la cama y me dobló el brazo para inmovilizarme.
—¡Lo haré, Claire! Ahora, si cooperas, consideraremos la cuenta saldada con doce azotes.
—¿Y si me resisto? —Temblé. Jamie cogió el cinto y lo golpeó contra su pierna con un chasquido desagradable.
—Entonces te pondré una rodilla en la espalda y te azotaré hasta que se me canse el brazo. Y te advierto que te cansarás mucho antes que yo.
Me liberé y me volví para amenazarle con los puños.
—¡Eres un bárbaro! ¡Un… un sádico! —siseé con furia—. ¡Haces esto por tu propio placer! ¡Jamás te lo perdonaré! —Jamie hizo una pausa y enrolló el cinto.
Respondió con serenidad.
—No sé qué es un sádico. Y si te perdono por lo de esta tarde, supongo que tú también me perdonarás, en cuanto puedas volver a sentarte. Y en lo que se refiere a mi placer… —Torció la boca en una mueca—. Dije que tendría que castigarte. No que lo disfrutaría. —Dobló un dedo y me llamó—: Ven aquí.
A la mañana siguiente, no quería abandonar el refugio de la habitación. Me entretuve atando y desatando cintas y cepillándome el cabello. No había hablado a Jamie desde la noche anterior, pero él notó mi vacilación y me urgió a bajar a desayunar con él.
—No debes temer encontrarte con los demás, Claire. Se burlarán un poco de ti, eso será todo. Yergue la cabeza. —Me palmeó debajo de la barbilla y le mordí la mano, con fuerza pero sin consecuencias serias—. ¡Ay! —Apartó los dedos con rapidez—. Ten cuidado, no sabes dónde han estado. —Me dejó, riendo, y se fue a desayunar.
Le convenía estar de buen humor, pensé con rencor. Si quería venganza, la tendría.
Había sido una noche espantosa. Mi casi aceptación del castigo había durado tanto como el primer chasquido seco del cuero sobre la carne. Éste fue seguido de un forcejeo breve y violento que dejó a Jamie con la nariz ensangrentada, tres hermosos rasguños en una mejilla y una profunda mordedura en una muñeca. Y como era de esperar, yo acabé medio asfixiada en las mantas sucias, con una rodilla en mi espalda. Y fui azotada casi hasta la muerte.
Jamie, maldita sea su infame alma escocesa, resultó tener razón. Los hombres me saludaron con moderación pero se mostraron amigables. La hostilidad y el desprecio de la noche anterior se habían esfumado.
Mientras me servía los huevos en el aparador, Dougal se acercó y me pasó un brazo paternal por los hombros. Su barba rozó mi oreja cuando me habló con un gruñido confidencial.
—Espero que Jamie no haya sido demasiado duro, muchacha. Por los gritos, parecía que la estaba matando.
Me ruboricé con intensidad y volví el rostro para ocultarlo. Después de los aborrecibles comentarios de Jamie, había decidido mantener la boca bien cerrada durante toda la penosa prueba. Sin embargo, llegado el momento, habría desafiado a la propia Esfinge a conservar la boca cerrada mientras recibía los azotes de un cinto blandido por Jamie Fraser. Dougal se volvió para llamar a Jamie, que estaba sentado a la mesa comiendo pan y queso.
—Ey, Jamie, no era necesario que casi mataras a la joven. Una advertencia gentil habría sido suficiente. —Me palmeó el trasero con firmeza a modo de ilustración. Di un respingo y lo miré con ira.
—Un trasero lleno de cardenales nunca mató a nadie —acotó Murtagh con la boca llena de pan.
—Claro que no —intervino Ned, sonriendo—. Venga, siéntese, muchacha.
—Prefiero estar de pie, gracias —dije con dignidad, arrancando una estruendosa carcajada. Jamie se cuidó de no mirarme y se concentró en un trozo de queso.
Las bromas bien intencionadas continuaron durante todo el día. Cada uno de los hombres inventó alguna excusa para palmear mi trasero con falsa compasión. En general, sin embargo, fue tolerable. Comencé a considerar de mala gana que tal vez Jamie había tenido razón, aunque todavía tenía ganas de estrangularlo.
Como me era imposible sentarme, dediqué la mañana a tareas menores como bastillar y coser botones que podía realizar junto a la ventana con la excusa de que necesitaba luz. Después del almuerzo, que comí de pie, el grupo entero se retiró a descansar. Dougal había resuelto que esperaríamos hasta que oscureciera para partir hacia Bargrennan, la próxima parada en nuestro viaje. Jamie me siguió a nuestro cuarto pero le cerré la puerta en las narices. Que durmiera otra vez en el suelo.
La noche anterior había sido bastante discreto. No bien hubo terminado, se colocó el cinto y dejó la habitación en silencio. Regresó una hora más tarde, después de que yo había apagado la luz y me había acostado. Pero tuvo la sensatez de no intentar meterse en la cama conmigo. Escudriñó la oscuridad donde yo yacía inmóvil, suspiró hondo, se envolvió en su capa escocesa y se acomodó para dormir en el suelo.
Demasiado enfadada y físicamente incómoda para dormir, había permanecido despierta gran parte de la noche, pensando en lo que Jamie había dicho y deseando levantarme y patearlo en algún lugar sensible.
De ser objetiva, que no estaba en mi ánimo serlo, reconocería que había tenido razón cuando dijo que yo no tomaba las cosas con la seriedad necesaria. No obstante, se equivocaba al atribuirlo a que las cosas eran menos precarias en mi ambiente… dondequiera que fuese. De hecho, pensé, era todo lo contrario.
Este tiempo seguía siendo irreal para mí en muchos sentidos; como una obra teatral o una representación de época. Comparadas con la guerra mecanizada a la que estaba habituada, las batallas campales que había presenciado —unos pocos hombres armados con espadas y mosquetes— me resultaban más pintorescas que amenazadoras.
Estaba confundiendo los valores de las cosas. Un hombre asesinado con un mosquete estaba tan muerto como uno asesinado con un mortero. Lo que ocurría era que el mortero mataba impersonalmente; destruía a docenas de hombres. El mosquete, en cambio, era disparado por un único hombre que podía ver los ojos de su víctima. A mi juicio, eso lo convertía en un asesinato, no en una guerra. ¿Cuántos hombres se requerían para hacer una guerra? ¿Los suficientes, tal vez, para no tener que verse unos a otros? Y sin embargo, esto era una guerra —o un asunto muy serio, al menos— para Dougal, Jamie, Rupert y Ned. Incluso Murtagh, con su cara de comadreja, tenía un motivo para la violencia más allá de sus inclinaciones naturales.
¿Y cuáles eran esas razones? ¿Un rey en vez de otro? ¿Los Hannover y los Estuardo? Para mí, no eran más que nombres en un gráfico en la pared del aula escolar. ¿Qué eran, comparados con un mal impensable como el Reich de Hitler? Pero claro, supuse, podía ser trivial para mí, pero tenía importancia para quienes vivían bajo los reyes. De todos modos, ¿cuándo se había considerado trivial el derecho de vivir como uno quería? ¿Acaso la lucha para escoger el propio destino era menos meritoria que la necesidad de detener un gran mal? Me moví irritada y me froté con cuidado el trasero dolorido. Miré a Jamie con indignación, hecho un ovillo junto a la puerta. Respiraba tranquilo, pero superficialmente. Quizás él tampoco podía dormir. Ojalá.
En un principio, me había inclinado a tomar toda esta increíble desventura como un melodrama. Esas cosas no sucedían en la vida real. Había tenido varios percances desde que entré en la roca. Pero hasta ahora, lo peor había sido esa tarde.
Jack Randall, tan parecido y tan espantosamente distinto de Frank. Sus manos en mis pechos habían forjado un súbito vínculo entre mi antigua vida y ésta, uniendo mis dos realidades diferentes con el fragor de un trueno. Y después Jamie; su rostro, rígido de temor en la ventana de la habitación de Randall, deformado por la ira a la vera del camino, tenso de dolor por mis insultos.
Jamie. Jamie era real. Sí, lo más real que yo había experimentado, incluyendo a Frank y mi vida en 1945. Jamie, el amante tierno y el pérfido bribón.
Quizás eso fuera parte del problema. Jamie saciaba mis sentidos de tal manera que el entorno se desdibujaba. Pero ya no podía seguir ignorándolo. Mi imprudencia había estado a punto de matarlo esa tarde. Y se me retorcía el estómago de sólo pensar en perderlo. Me senté de repente, con la intención de despertarlo y decirle que se acostara conmigo. Cuando el peso de mi cuerpo cayó por entero en el resultado de su obra, cambié de idea enseguida y me volví boca abajo.
La noche, pasada entre accesos de ira y filosofía, me había dejado agotada. Dormí toda la tarde y bajé a cenar, exhausta y tambaleante, cuando Rupert me despertó antes del anochecer.
Dougal, sin duda furioso por el gasto, me había procurado otro caballo. Era un animal fuerte aunque no muy bien formado, de mirada amable y crines cortas y encrespadas. Lo llamé Cardo.
No había pensado en los efectos de una larga cabalgata después de una paliza severa. Ojeé insegura la dura silla y de pronto comprendí lo que me esperaba. Una capa gruesa aterrizó sobre la montura y desde el otro lado, Murtagh me guiñó un ojo negro y brillante con aire conspirador. Resolví que al menos sufriría con dignidad y en silencio. Apreté los dientes y monté.
Parecía haber una muda conspiración de galantería entre los hombres. Se turnaban para detenerse a intervalos frecuentes con el fin de dar alivio a sus necesidades. De ese modo, me permitían desmontar por unos minutos y frotar con disimulo mi dolorido trasero. De vez en cuando, alguien sugería parar para beber, lo cual requería que yo también lo hiciera puesto que Cardo llevaba las cantimploras.
Avanzamos de esa manera durante un par de horas, pero el dolor se intensificaba cada vez más, obligándome sin cesar a cambiar de posición en la montura. Por fin, mandé mi dignidad al diablo. Tenía que desmontar.
—¡Sooo! —dije a Cardo y me bajé. Simulé examinar su pata izquierda. El resto de los caballos se detuvieron a nuestro alrededor.
—Me temo que se ha clavado una piedra —mentí—. Ya se la quité pero será mejor que lo lleve de las riendas un rato. No quiero que se quede cojo.
—No podemos entretenernos —contestó Dougal—. Bueno, de acuerdo, camine. Pero alguien debe acompañarla. Es una ruta bastante tranquila, pero no quiero que ande sola. —Jamie desmontó de inmediato.
—Yo iré con ella —murmuró.
—Bien. No tardéis mucho. Debemos llegar a Bargrennan antes del amanecer. Nos encontraremos en la posada El Jabalí Rojo. El dueño es un amigo. —Con un gesto de la mano, juntó a los demás jinetes y partieron al trote, dejándonos en medio de la polvareda.
Las horas de tortura no habían mejorado mi humor. Que caminara conmigo. Ni muerta le hablaría a aquel animal sádico y violento.
Aunque no parecía muy feroz bajo la luz de la media luna saliente, endurecí mi corazón y eché a andar, renqueando y sin mirarlo.
Al principio, mis músculos protestaron por el desacostumbrado ejercicio. Media hora después, sin embargo, comencé a moverme con mucha más facilidad.
—Mañana te sentirás mejor —comentó Jamie con aire desenfadado—. Aunque no podrás sentarte normalmente hasta pasado.
—¿Y por qué eres tan experto? —le espeté—. ¿Azotas a la gente con frecuencia?
—Bueno, no —replicó, inmutable ante mi actitud—. Es la primera vez que lo hago. Aunque tengo bastante experiencia del otro lado.
—¿Tú? —Me quedé boquiabierta. La idea de alguien azotando a esa imponente masa de músculos y tendones era por completo insostenible.
Se rió de mi expresión.
—Cuando era más pequeño, Sassenach. Entre los ocho y los trece años, me azotaron el trasero más veces de las que puedo contar. Entonces sobrepasé a mi padre en altura y ya no le resultó fácil doblarme sobre un várgano.
—¿Tu padre te pegaba?
—Ajá, bastante. El director de la escuela también, desde luego. Y Dougal o uno de los otros tíos de vez en cuando, según donde yo estuviera y qué hubiera hecho.
Pese a mi decisión de ignorarlo, el tema me estaba interesando.
—¿Qué hacías?
Rió de nuevo, un sonido bajo pero contagioso en el aire quieto de la noche.
—No recuerdo todo. Pero diré que por lo general lo merecía. Al menos, no creo que mi padre me haya pegado jamás injustamente.
Caminó sin hablar durante un minuto, pensando.
—Mmm. Déjame ver. Una vez fue por apedrear a las gallinas y otra por montar las vacas y excitarlas demasiado para que dieran leche. Y también por comer todo el dulce de las tortas y dejar las tortas. Ah… y cuando se escaparon los caballos del granero porque dejé la puerta abierta. Y por prender fuego al techo de paja del palomar…; aquello fue un accidente, no lo hice a propósito. Y cuando perdí los libros del colegio… eso fue a propósito… y… —Se interrumpió y se encogió de hombros. No pude evitar reír—. Las típicas cosas. Aunque en gran parte, era por abrir la boca cuando no debía.
Un recuerdo en particular lo hizo reír.
—En una ocasión, mi hermana Jenny rompió un jarro. La irrité, burlándome de ella, y entonces perdió la paciencia y me lo tiró. Cuando llegó papá y exigió saber quién lo había hecho, ella estaba demasiado asustada para hablar y se quedó mirándome con ojos enormes y temerosos. Tiene ojos azules, como los míos, pero más bonitos, con pestañas negras. —Se encogió de hombros de nuevo—. La cuestión es que le dije a mi padre que había sido yo.
—Qué noble por tu parte —comenté con sarcasmo—. Tu hermana debió de sentirse muy agradecida.
—Sí, así debió de ser. Sólo que mi padre había estado al otro lado de la puerta todo el tiempo y había visto lo ocurrido. De modo que Jenny fue azotada por perder la paciencia y romper el jarro y yo fui azotado dos veces; una por burlarme de ella y otra por mentir.
—¡Qué injusto! —exclamé indignada.
—Mi padre no solía ser muy gentil, pero sí justo —declaró, imperturbable—. Me explicó que la verdad era la verdad y que la gente debía hacerse responsable de sus propios actos, lo cual es cierto. —Me miró por el rabillo del ojo.
—Pero reconoció que había sido generoso por mi parte asumir la culpa así que, aunque tendría que castigarme, me dio a elegir entre los azotes o ir a la cama sin cenar. —Rió con tristeza, sacudiendo la cabeza—. Mi padre me conocía bastante bien. Escogí los azotes sin vacilar.
—Eres un tragón, Jamie —dije.
—Sí —convino—. Siempre lo he sido.
Tú también, glotón —le dijo al caballo—. Espera un poco, hasta que nos detengamos a descansar. —Tiró de la rienda para apartar la ansiosa nariz del caballo de la hierba que crecía a lo largo del camino.
—Sí, mi padre era justo —prosiguió— y considerado, aunque yo no lo apreciaba en aquel entonces. No me hacía esperar para darme una paliza. Si hacía algo malo, me castigaba de inmediato… o en cuanto se enteraba. Siempre se aseguraba de que yo supiera el motivo del castigo y me dejaba exponer mi punto de vista.
«Ah, conque eso tramas», pensé. Intrigante seductor. Dudaba que lograra disuadirme de mi firme intención de destriparlo a la primera oportunidad. Pero si lo quería intentar, allá él.
—¿Alguna vez prevaleció tu opinión? —inquirí.
—No. En general se trataba de un caso claro, en el que el acusado se condenaba por su propia boca. Pero a veces lograba que se redujera un poco la condena. —Se frotó la nariz—. En una ocasión, le dije que golpear a un hijo era un método muy incivilizado para salirse con la suya. Contestó que yo tenía tanta sensatez como un poste. Afirmó que el respeto por los mayores constituía una de las piedras angulares del comportamiento civilizado y que hasta que aprendiera eso, más valía que me acostumbrara a mirarme los dedos de los pies mientras un adulto incivilizado me azotaba el trasero.
Esta vez reí con él. La paz predominaba en el camino, esa especie de quietud absoluta que reina cuando no hay nadie en kilómetros a la redonda. La clase de quietud tan difícil de hallar en mi época ajetreada, donde las máquinas esparcían la influencia del hombre de manera que una única persona podía hacer tanto ruido como una multitud. El único sonido aquí era el susurrar de las plantas, el chillido ocasional de algún pájaro nocturno y el paso suave de los caballos.
Caminaba con más facilidad ahora que mis músculos se habían estirado con el ejercicio. Mi resentimiento también comenzó a relajarse con las historias de Jamie, divertidas y humildes.
—No me gustaba que me pegaran, por supuesto, pero si podía elegir, prefería a mi padre antes que al director de la escuela. En el colegio nos daban con una correa de cuero en la palma de la mano, en vez de en el dorso. Mi padre me decía que si me pegaba en la mano, no podría trabajar. Pero si lo hacía en el trasero, al menos no me sentiría tentado a sentarme y holgazanear.
»Todos los años teníamos un director diferente. No duraban mucho… con frecuencia se convertían en granjeros o se marchaban a zonas más ricas. Los directores de escuela ganan tan poco que siempre están flacuchos y muertos de hambre. Una vez tuvimos uno gordo. Nunca creí que fuera un director de verdad. Parecía un párroco disfrazado.
Pensé en el regordete padre Bain y sonreí con aprobación.
—Recuerdo a uno en especial porque te hacía ponerte frente al aula con la mano extendida y te daba un sermón larguísimo acerca de tus faltas antes de empezar a azotarte, y luego lo retomaba entre los golpes. Yo solía ponerme allí con la mano estirada, sufriendo y rezando para que dejara de hablar y siguiera pegando antes de que perdiera todo mi valor y me echara a llorar.
—Supongo que eso es lo que él esperaba —comenté con un inevitable sentimiento de solidaridad.
—Por supuesto —replicó—. Aunque me llevó un tiempo darme cuenta. Y cuando lo hice, no pude mantener la boca cerrada, como siempre.
Suspiró.
—¿Qué ocurrió? —Ya me había olvidado por completo de mi enfado.
—Bueno, un día me puso frente a la clase…, solía hacerlo por mi obstinación en usar la mano izquierda para escribir. En esa ocasión, ya me había dado tres golpes… había tardado casi cinco minutos para hacerlo, el bastardo… y estaba despotricando que yo era un estúpido, vago y obstinado antes de proseguir con el cuarto. La mano me ardía como el demonio porque era la segunda vez aquel día. Y estaba asustado porque sabía que recibiría una horrible paliza al llegar a casa. Ésa era la regla; si me azotaban en la escuela, también lo hacían en casa. Mi padre pensaba que la instrucción escolar era muy importante. En todo caso… perdí la paciencia. —Su mano izquierda se curvó involuntariamente alrededor de la rienda, como para proteger la palma sensible.
Se interrumpió y se volvió hacia mí.
—Casi nunca pierdo la paciencia, Sassenach. Y cuando lo hago, suelo lamentarlo. —Y eso, supuse, era lo más cercano a una disculpa que jamás obtendría.
—¿Lo lamentaste aquel día?
—Bueno. Cerré los puños y lo miré con indignación. Era un tipo alto y flaco… de unos veinte años tal vez, aunque a mí me parecía bastante viejo. Y le dije: «No le temo. Y por más fuerte que me pegue, no me hará llorar». —Respiró hondo y exhaló despacio—. Supongo que fue un error decírselo mientras todavía sostenía la correa.
—No me lo digas —interpuse—. ¿Intentó probar que estabas equivocado?
—Oh, sí, lo intentó. —Asintió, su cabeza oscura recortada contra el cielo iluminado por las nubes. Su voz adoptó un tono de satisfacción sombría cuando pronunció «intentó».
—¿No lo consiguió?
La cabeza despeinada se sacudió de un lado a otro.
—No. Al menos no logró hacerme llorar. Aunque sí que lamentara no haberme callado.
Hizo una pausa y me miró. La luna asomó entre las nubes y la luz rozaba el contorno de su mandíbula y mejilla, haciéndolo parecer dorado, como un arcángel de Donatello.
—¿Cuando Dougal te describió mi carácter antes de que nos casáramos, por casualidad mencionó que a veces soy un poco obstinado? —Los ojos rasgados resplandecieron, ahora a semejanza de Lucifer.
Reí.
—No tan suavemente. Si mal no recuerdo, dijo que todos los Fraser son como rocas y que tú eres el peor. De hecho —añadí con sequedad—, ya lo he comprobado.
Sonrió y maniobró las riendas para evitar que su caballo pasara por un charco profundo del camino. Luego hizo lo mismo con el mío, que llevaba del cabestro.
—Mmf, bueno, no diré que Dougal no tiene razón —contestó, una vez sorteado el obstáculo—. Pero si soy terco, lo soy con honestidad. Mi padre era igual. A veces nos enzarzábamos en disputas que no podíamos resolver sin terminar aplicando la fuerza, a menudo conmigo encorvado sobre el várgano.
De pronto, mi caballo se encabritó y bufó. Jamie estiró una mano para tomar la rienda.
—¡Ey! ¡Sssh! Stad, mo dhu! —El suyo, menos asustado, sólo se agitó y sacudió la cabeza con nerviosismo.
—¿Qué pasa? —No podía ver nada, a pesar de los fragmentos de luz con que la luna salpicaba el camino y los campos. Había un bosque de pinos más adelante. Los caballos parecían no querer acercarse.
—No lo sé. Quédate aquí y no hagas ruido. Monta tu caballo y sujeta el mío. Si te llamo, suelta el cabestro y huye. —La voz de Jamie era baja y despreocupada, tranquilizándome a mí y a los animales. Con un Sguir!, palmeó a su caballo en el cuello para que se acercara a mí. Después desapareció en el brezo, con una mano en el puñal.
Forcé ojos y oídos para discernir lo que aún turbaba a los caballos. Se movían y pateaban, agitando las orejas y las colas. El viento nocturno había desmenuzado y alejado las nubes, dejando rastros diseminados a través de una media luna brillante. A pesar de la claridad, no avistaba nada en el camino ni en el bosque amenazador.
Era demasiado tarde y el lugar parecía improductivo para salteadores de caminos, que de todos modos escaseaban en las montañas de Escocia. No había suficientes viajeros que justificaran una emboscada.
El bosque estaba oscuro, pero no quieto. Los millones de agujas de los pinos murmuraban meciéndose en el viento. Eran árboles muy antiguos y espectrales en la oscuridad. Gimnospermas, de frutos en piña, esparcidores de semillas aladas, más viejos y más fuertes, con mucho, que los robles y álamos de follajes suaves y ramas frágiles. Un hogar adecuado para los fantasmas y espíritus malignos de Rupert.
«Sólo tú —pensé enfadada— eres capaz de tener miedo de un montón de árboles». ¿Pero dónde estaba Jamie?
La mano que aferró mi muslo me hizo chillar como un murciélago sobresaltado; una consecuencia natural de tratar de gritar con el corazón en la boca. Con la furia absurda del temor irracional, pateé a Jamie en el pecho.
—¡No me asustes así!
—Sssh —musitó—, ven conmigo. —Me bajó con torpeza de la montura y se apresuró a atar a los caballos, que relincharon tras nosotros mientras nos adentrábamos en la hierba alta.
—¿Qué sucede? —siseé. Me tropezaba con raíces y piedras.
—Silencio. No hables. Mira hacia abajo y observa mis pies. Pisa donde yo piso y detente cuando te toque.
Con lentitud y en relativo silencio, nos abrimos paso dentro del bosque de pinos. Estaba oscuro bajo los árboles. Migajas de luz se filtraban hasta la alfombra de hojas del suelo. Ni siquiera Jamie podía caminar sobre ellas sin hacer ruido. Pero el crujido de las hojas secas se perdía en el susurro de sus compañeras verdes de las alturas.
Había una roca entre el follaje caído, una masa de granito que se elevaba sobre el terreno del bosque. Jamie me puso delante de él y guió mis manos y pies para ayudarme a ascender la loma inclinada. En la cima, había suficiente lugar para acostarse boca abajo, uno junto al otro. Jamie acercó sus labios a mi oído, casi sin respirar.
—Diez metros adelante, a la derecha. En el claro. ¿Los ves?
Primero los vi, luego los oí. Lobos, una pequeña manada de unos ocho o diez animales. No aullaban, no éstos. La presa yacía en la sombra, flaca como un palo y vibrando bajo el impacto de los dientes que tiraban del cadáver. Sólo se sentía un suave gruñido y aullidos ocasionales cuando un cachorro era apartado del bocado de un adulto. Y los sonidos satisfechos de comer, masticar y el crujido de un hueso.
Mientras mis ojos se habituaban a la escena salpicada por la luz de la luna, distinguí varias formas velludas extendidas bajo los árboles, saciadas y tranquilas. Pedacitos de pelo gris brillaban aquí y allá mientras los que quedaban junto al animal muerto se empujaban y hurgaban en busca de trozos tiernos dejados por los comensales anteriores.
De improviso, una cabeza ancha y de ojos amarillos apareció en una mancha de luz. Tenía las orejas enhiestas. El lobo emitió un ruido débil y urgente, algo entre un gemido y un gruñido. Y se hizo un súbito silencio bajo los árboles.
La mirada azafrán parecía clavada en la mía. La pose del animal no delataba temor ni curiosidad, sólo un reconocimiento cauteloso. La mano de Jamie en mi espalda me advirtió que no me moviera, aunque yo no sentía ningún deseo de salir corriendo. Podría haber permanecido horas con la vista fija en los ojos del lobo, pensé, pero ella —estaba segura de que era una hembra, aunque ignoraba cómo lo sabía— chasqueó las orejas una vez, desechando mi presencia, y se agachó de nuevo sobre su alimento.
Los observamos durante un rato, serenos bajo la luz difusa. Por fin, Jamie me tocó el brazo para indicarme que era hora de partir.
Mantuvo una mano en mi brazo para sostenerme mientras atravesábamos el bosque de regreso al camino. Era la primera vez que permitía de buena gana que me tocara desde que me había rescatado del Fuerte William. Todavía cautivados por la escena de los lobos, no hablamos mucho, pero empezamos a sentirnos cómodos de nuevo el uno con el otro.
Mientras caminábamos, consideré las historias que Jamie me había contado y no pude menos que admirar el trabajo que había hecho. Sin una sola palabra directa de explicación o disculpa, me había transmitido el mensaje que quería. Te administré justicia, decía, tal como me la enseñaron. Y también misericordia, en la medida de lo posible. Como no pude ahorrarte el dolor y la humillación, te obsequio con mis propios dolores y humillaciones para que te ayuden a soportar los tuyos.
—¿Te importaba mucho? —pregunté con brusquedad—. Me refiero a que te pegaran. ¿Te sobreponías con facilidad?
Me apretó un poco la mano antes de soltarla.
—En general lo olvidaba no bien acababa. Excepto la última vez. Esa me llevó bastante tiempo.
—¿Por qué?
—Ah, bueno. En primer lugar, tenía dieciséis años. Todo un hombre… creía. Y segundo, me dolió muchísimo.
—No tienes que contármelo si no quieres —le aseguré, intuyendo su vacilación—. ¿Es una historia dolorosa?
—No tan dolorosa como lo fue la paliza —replicó riendo—. No, no me importa contártela. Pero es larga.
—Aún falta mucho para llegar a Bargrennan.
—Así es. Bien. ¿Recuerdas que te dije que pasé un año en el castillo Leoch cuando tenía dieciséis años? Fue un acuerdo entre Colum y mi padre… para que yo me familiarizara con el clan de mi madre. Fui pupilo de Dougal dos años y luego viví un año en el castillo aprendiendo modales, latín y esas cosas.
—Ah. Me preguntaba cómo habías llegado allí.
—Ajá. Así fue. Era grande para mi edad, o alto al menos. Un buen espadachín y mejor jinete que la mayoría.
—Y además, modesto —apunté.
—No mucho. Engreído como el diablo. Y más ligero de lengua que ahora.
—Me cuesta creerlo —precisé, divertida.
—Bueno, lo era, Sassenach. Descubrí que podía hacer reír a la gente con mis comentarios. Los hacía cada vez con más frecuencia, sin importarme mucho lo que decía o a quién. A veces era cruel con los otros muchachos. Pero no porque lo deseara. Simplemente no podía contenerme cuando se me ocurría algo ingenioso.
Contempló el cielo para calcular la hora. Ahora que la luna se había puesto, estaba más negro. Reconocí a Orión flotando cerca del horizonte. La visión familiar me produjo una extraña sensación reconfortante.
—Un día fui demasiado lejos. Estaba cruzando un pasillo con otros dos muchachos, cuando vi a la señora FitzGibbons en el otro extremo. Llevaba una gran canasta, casi tan grande como ella, y se contoneaba de un lado a otro mientras caminaba. La has visto. No era más pequeña entonces.
Se frotó la nariz, avergonzado.
—En fin. Hice varios comentarios descorteses con respecto a su apariencia. Graciosos, pero muy insolentes. Divirtieron bastante a mis compañeros. Pero no me di cuenta de que ella me había oído.
Recordé a la dama corpulenta del castillo Leoch. Siempre la había visto de buen humor, pero no parecía el tipo de persona a la que pudiera insultarse con impunidad.
—¿Qué hizo ella?
—Nada… en aquel momento. Yo no supe que me había oído hasta el día siguiente, cuando se puso de pie durante la Audiencia y le contó todo a Colum.
—Oh, cielos. —Sabía que Colum tenía en gran estima a la señora Fitz y suponía que no toleraría ninguna irreverencia hacia ella—. ¿Qué pasó?
—Lo mismo que le pasó a Laoghaire… o casi.
Rió.
—Estuve muy audaz. Me puse en pie y declaré que escogía los puños. Trataba de demostrar serenidad y madurez, pero mi corazón latía como el martillo de un herrero. Y cuando miré las manos de Angus, me sentí mal. Parecían de piedra, y eran enormes. Unas pocas risas surgieron de entre la concurrencia. En aquella época, no era tan alto como ahora y pesaba casi la mitad. Angus podía arrancarme la cabeza de un puñetazo.
»En todo caso, Colum y Dougal me miraron enfadados, aunque pensé que en realidad les complacía que yo hubiera tenido el valor de hacer esa elección. Pero Colum dijo que no, que si iba a portarme como un niño, me castigarían como tal. Hizo una señal con la cabeza y antes de que yo pudiera moverme, Angus me puso sobre sus rodillas, me levantó la falda y me azotó con su cinto. Delante de todo el mundo.
—¡Oh, Jamie!
—Mmmfm. Habrás notado que Angus es muy profesional en su trabajo. Me dio quince azotes. Y hasta el día de hoy puedo decirte con exactitud en qué lugar. —El recuerdo lo estremeció—. Las marcas me duraron una semana.
Estiró una mano y cogió un manojo de hojas del pino más cercano. Las desplegó como un abanico entre el pulgar y los dedos. El aroma a trementina se intensificó de pronto.
—Tampoco se me permitió retirarme en silencio y curarme las heridas. Cuando Angus terminó conmigo, Dougal me cogió del cogote y me llevó hasta el extremo más alejado de la sala. Me ordenó desandar el trayecto arrodillado sobre las piedras y detenerme frente a la silla de Colum. Tuve que disculparme por mi descortesía, primero ante la señora Fitz y después ante Colum y todos los presentes en la Audiencia. Finalmente, tuve que dar las gracias a Angus por los azotes. Casi me ahogué en esa parte. Pero él estuvo muy gentil. Extendió una mano para ayudarme a ponerme en pie. Y entonces me ordenaron sentarme en un taburete junto a Colum y no moverme hasta que acabara la Audiencia.
Encorvó los hombros en un gesto de defensa.
—Fue la peor hora que pasé en mi vida. La cara me ardía, y también el trasero. Tenía las rodillas despellejadas y no podía mirar otra cosa que no fueran mis pies. Pero lo peor fue que me entraron unas ganas tremendas de orinar. Casi me muero. Aunque lo hubiera preferido antes que mojarme delante de tanta gente. Estuve muy cerca. Sudé tanto que empapé la camisa.
Contuve la risa.
—¿Por qué no le dijiste a Colum lo que te pasaba?
—Lo sabía perfectamente. Él y toda la sala. Era obvio por la forma en que yo me retorcía en el asiento. La gente hacía apuestas sobre si aguantaría o no.
Se encogió de hombros.
—Si se lo hubiera pedido, Colum me habría dejado salir. Pero… bueno, me puse terco. —Esbozó una sonrisa tímida. Los dientes blancos brillaron en la cara enrojecida—. Prefería morir antes que pedírselo. Y casi me muero. Cuando por fin Colum dijo que podía marcharme, apenas llegué a la puerta más cercana fuera de la sala. Me tiré detrás de la pared y me puse a mear. Creí que nunca pararía.
»Así que… —concluyó y abrió las manos, dejando caer las hojas de pino—, ahora conoces lo peor que me ha pasado en la vida.
No pude evitarlo. Reí hasta que tuve que sentarme a la vera del camino. Jamie aguardó con paciencia un minuto y después se arrodilló.
—¿De qué te ríes? —preguntó—. No fue nada gracioso. —Pero él también sonreía.
Sacudí la cabeza.
—No, claro que no. Es una historia horrible. Pero te imagino sentado allí…, obstinado, con los dientes apretados y el humo saliéndote por las orejas.
Jamie resopló y rió un poquito.
—Bueno, no es fácil tener dieciséis años, ¿verdad?
—O sea que ayudaste a la joven Laoghaire porque te dio lástima —aventuré cuando hube recobrado la compostura—. Sabías por experiencia cómo se sentiría.
Se sorprendió.
—Ajá. Es mucho más fácil sobreponerte a que te peguen en la cara a los veintitrés que a que te azoten el trasero en público a los dieciséis. El orgullo herido duele más que nada. Y cuando se es tan joven, se resiente con más facilidad.
—Tengo una duda. Jamás he visto a nadie sonreír antes de que lo golpeen en la boca.
—Es más difícil hacerlo después.
—Mmm. —Asentí—. Creí… —comencé pero me detuve avergonzada.
—¿Creíste qué? Ah, te refieres a Laoghaire y yo —expuso, adivinando mis pensamientos—. Tú, Alec y todos, hasta Laoghaire misma, creyeron igual. Habría hecho lo mismo si ella hubiera sido fea. —Me dio un codazo en las costillas—. Aunque no espero que lo creas.
—Bueno, aquel día os vi juntos en el nicho —me defendí—. Y evidentemente, alguien te enseñó a besar.
Arrastró los pies en el polvo con aire cohibido y agachó la cabeza.
—No soy mejor que otros hombres, Sassenach. A veces lo intento, pero no siempre lo logro. ¿Conoces esa parte de San Pablo donde dice que es mejor casarse que arder? Bueno, en aquel momento, yo estaba en llamas.
Reí de nuevo. Me sentía tan despreocupada como una muchacha de dieciséis años.
—¿De modo que te casaste conmigo para evitar la ocasión de pecado? —bromeé.
—Ajá. Eso es lo bueno del matrimonio. Convierte en sacramento cosas por las que de otro modo deberías confesarte.
Lancé una carcajada.
—¡Oh, Jamie, te amo!
Ahora fue el turno de él de reír. Se encorvó y se sentó al borde del camino, desternillándose de risa. Se echó hacia atrás con lentitud y quedó tumbado. Creí que se ahogaría de tanto reír.
—¿Qué diablos te pasa? —inquirí, clavándole la mirada. Finalmente, se sentó y se enjugó los ojos húmedos. Meneó la cabeza y trató de recuperar el aliento.
—Murtagh tenía razón con respecto a las mujeres, Sassenach. He arriesgado mi vida por ti. He robado, incendiado, agredido y asesinado. A cambio, me has insultado, ofendido mi hombría, me has pateado los testículos y arañado la cara. Después te he dado una paliza que casi te mato y te he contado las cosas más humillantes que me han pasado, y me dices que me amas. —Apoyó la cabeza en las rodillas y rió un poco más. Al cabo de unos minutos, se puso en pie y extendió una mano hacia mí mientras se secaba los ojos con la otra—. No eres muy sensata, Sassenach. Pero de todas formas me gustas mucho. Vamos.
Se estaba haciendo tarde… o temprano, según se mirara. Era necesario cabalgar, si debíamos llegar a Bargrennan al amanecer. Me había recuperado lo suficiente para sentarme, aunque los efectos todavía se sentían.
Cabalgamos en un silencio amistoso durante un rato. Abandonada a mis pensamientos, consideré por primera vez qué ocurriría cuando lograra regresar al círculo de piedras enhiestas. Casada por coerción y dependiendo de Jamie por necesidad, no podía negar que me había encariñado mucho con él.
Sus sentimientos por mí eran quizá más claros. Unido en un principio por las circunstancias, luego por amistad y finalmente por una sorprendente e intensa pasión física, nunca me había deslizado ni siquiera un comentario casual con respecto a sus sentimientos. Y sin embargo…
Había arriesgado su vida por mí. Tal vez por respeto a su voto matrimonial. Había dicho que me protegería hasta con la última gota de su sangre. Y le creía.