Forastera

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Tercera parte. De viaje » 22. Ajuste de cuentas

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Los sucesos de las últimas veinticuatro horas me conmovían más, en particular, el hecho de que hubiera compartido conmigo sus emociones y su vida personal, tanto lo bueno como lo malo. Si sentía por mí lo que yo pensaba que sentía, ¿qué pasaría si yo de pronto desaparecía? Los vestigios de incomodidad física disminuyeron en tanto pugnaba con estos pensamientos perturbadores.

Estábamos a unos cinco kilómetros de Bargrennan cuando Jamie quebró el silencio de improviso.

—No te he contado cómo murió mi padre —precisó con brusquedad.

—Dougal dijo que tuvo un derrame… quiero decir, una apoplejía —respondí, sobresaltada. Supuse que Jamie, a solas también con sus pensamientos, había estado meditando sobre su padre como resultado de nuestra conversación anterior. Pero no podía imaginar qué lo había conducido a este tema en particular.

—Sí. Pero… él… —Se interrumpió para evaluar sus palabras. Después se encogió de hombros, renunciando a la cautela. Respiró hondo y exhaló—. Debes saberlo. Tiene que ver con… las cosas.

El camino aquí era lo bastante ancho para que avanzáramos hombro con hombro, siempre que mantuviéramos la vista alerta en caso de rocas sobresalientes. La excusa que había dado a Dougal sobre mi caballo no había sido escogida al azar.

—Sucedió en el fuerte —continuó, esquivando un pedazo de terreno malo—, donde estuvimos ayer. Donde Randall y sus hombres me llevaron desde Lallybroch. Donde me azotaron. Dos días después de la primera vez, Randall me mandó llamar a su oficina. Dos soldados fueron a buscarme a la celda y me llevaron al cuarto… al mismo donde te encontré. Por eso sabía dónde estaba. Nos cruzamos con mi padre en el patio. Había averiguado mi paradero y estaba allí para ver si podía sacarme de alguna forma. O al menos comprobar que me encontraba bien.

Espoleó con suavidad al caballo y lo urgió con un ligero chasquido de su lengua. Todavía no había amanecido, pero la noche había cambiado. Calculé que el sol saldría en poco más de una hora.

—Cuando lo vi, me di cuenta de lo solo que me había sentido en aquel lugar… y de lo asustado que estaba. Los soldados no nos dejaron a solas pero me permitieron saludarlo. —Tragó fuerte y siguió—. Le dije que lo sentía… lo de Jenny y todo aquel lío lamentable. Pero él me silenció y me abrazó. Me preguntó si estaba muy mal herido…, sabía que me habían azotado…, y le contesté que no. Los soldados anunciaron entonces que debía irme. Mi padre me apretó los brazos y me recordó que no olvidara rezar. Agregó que me apoyaría, pasara lo que pasara, y que sólo debía mantener la frente alta y no preocuparme. Me besó en la mejilla y los soldados me llevaron. Fue la última vez que lo vi.

Su voz era firme, pero algo ronca. Yo tenía un nudo en la garganta. Si hubiera podido, lo habría tocado, pero el camino se estrechó a través de un pequeño valle y me vi forzada a marchar detrás de él durante unos metros. Cuando volvimos a estar a la par, Jamie ya se había recobrado.

—Así que —prosiguió, respirando profundamente—, entré a ver al capitán. Randall despachó a los soldados y me invitó a tomar asiento. Dijo que mi padre había ofrecido una fianza para que me liberaran pero que el cargo del que se me acusaba era muy grave. No podía salir bajo fianza sin un permiso escrito y firmado por el duque de Argyll, en cuyas tierras nos encontrábamos. De ello deduje que mi padre iba camino de ver a Argyll.

»Entretanto, agregó Randall, estaba el asunto de la segunda pena a la que había sido sentenciado. —Hizo una pausa, inseguro.

»Su actitud era… extraña. Muy cordial pero con algo subyacente que yo no entendía. No me quitaba los ojos de encima, como esperando que hiciera algo, aunque yo estaba sentado muy quieto.

»Se disculpó a medias. Dijo que lamentaba que nuestra relación hubiera sido tan difícil hasta el momento, que deseaba que las circunstancias hubieran sido diferentes y todo eso. —Sacudió la cabeza—. No podía imaginar de qué estaba hablando. Dos días antes, había hecho todo lo posible para azotarme hasta matarme. Cuando por fin fue al grano, no se anduvo con rodeos.

—¿Qué quería? —pregunté. Jamie me miró y luego desvió la vista. La oscuridad ocultaba sus facciones, pero me pareció que estaba avergonzado.

—A mí —declaró sin rodeos.

Me sobresalté tanto que el caballo movió la cabeza y relinchó con desaprobación. Jamie se encogió de hombros otra vez.

—Fue claro al respecto. Si yo…, ah, le entregaba mi cuerpo, él cancelaría la segunda pena. Si no lo hacía…, dijo que yo desearía no haber nacido.

Me sentí asqueada.

—Ya estaba deseando algo parecido —continuó con un dejo de humor—. Tenía el estómago como si hubiera masticado vidrio roto y de no haber estado sentado, me habrían flaqueado las rodillas.

—¿Pero qué…? —Mi voz brotó ronca. Me aclaré la garganta y empecé de nuevo—. ¿Qué hiciste?

Suspiró.

—Bueno, no te mentiré, Sassenach. Lo consideré. Tenía la espalda en carne viva por los primeros azotes. Apenas podía soportar la camisa. Y me mareaba cuando me ponía en pie. La idea de volver a pasar por eso…, atado e impotente, aguardando el próximo azote… —Se estremeció involuntariamente.

»No tenía mucha idea —explicó con ironía—, pero supuse que acceder a lo que me pedía Randall sería menos doloroso. Algunos hombres habían muerto bajo el látigo, Sassenach. Y por la expresión del capitán, deduje que ése sería mi destino si escogía esa opción. —Suspiró otra vez—. En fin…, pero todavía sentía el beso de mi padre en la mejilla. Recordé lo que él me había dicho y… no pude hacerlo, eso fue todo. No me detuve a pensar qué significaría mi muerte para mi padre. —Resopló, como si algo le resultara divertido—. Además, recordé que había violado a mi hermana… Ni muerto lo haría conmigo.

A mí no me parecía nada divertido. Estaba viendo a Jack Randall otra vez, bajo una luz nueva y repugnante. Jamie se frotó la nuca y bajó la mano a la perilla de la montura.

—Así que reuní todo el valor que me quedaba y respondí que no, en voz bien alta. Y lo insulté con todos los calificativos sucios que se me ocurrieron, casi a gritos.

Hizo una mueca.

—Tenía miedo de cambiar de opinión si lo pensaba mejor. Quería asegurarme de que no había posibilidad de retroceder. Aunque supongo —añadió con aire pensativo— que no existe un modo discreto de rechazar una proposición de ese tipo.

—No —convine con seriedad—. Nada de lo que pudieras haberle dicho le habría complacido.

—No lo estaba. Me golpeó la boca con un revés de la mano para silenciarme. Me caí… todavía estaba un poco débil…, Randall me clavó la mirada. Sabía que no me convenía intentar levantarme, de modo que permanecí tirado allí hasta que llamó a los soldados para que me devolvieran a mi celda. —Meneó la cabeza—. Su expresión no se modificó ni una pizca. Justo cuando me iba, dijo: «Nos vemos el viernes», como si tuviéramos una cita de negocios o algo parecido.

Los soldados no habían llevado a Jamie de vuelta a la celda que había compartido con otros tres prisioneros. Esta vez lo pusieron en un cuarto a solas, para esperar el ajuste de cuentas del viernes sin otra distracción que la visita diaria del médico de la guarnición que le curaba la espalda.

—No era un buen médico —manifestó—, pero al menos era amable. El segundo día, además de la grasa de ganso y el carbón de leña, me trajo una pequeña Biblia que había pertenecido a un prisionero ya muerto. Dijo que tenía entendido que yo era papista y que hallara o no consuelo en la palabra de Dios, al menos podría comparar mis penurias con las de Job. —Rió—. Cosa extraña, resultó consolador. Nuestro Señor también había tenido que soportar los azotes. Y yo podía alegrarme de que no sería crucificado después. Por otra parte —precisó con gravedad—, Nuestro Señor no fue forzado a escuchar propuestas indecentes de Poncio Pilatos.

Jamie había conservado la pequeña Biblia. Hurgó en su alforja y me la entregó para que la mirara. Era un volumen gastado y de tapas de cuero, de unos doce centímetros de largo. El papel era tan delgado que las palabras de un lado se veían por el otro. En la guarda estaba escrito ALEXANDER WILLIAM RODERICK MACGREGOR, 1733. La tinta estaba descolorida y borrosa y las cubiertas combadas como si el libro se hubiera mojado más de una vez.

Le di la vuelta con curiosidad. A pesar del tamaño, debió de requerir cierto esfuerzo conservarlo durante los viajes y aventuras de los últimos cuatro años.

—Nunca te he visto leerla —comenté. Se la devolví.

—No. No la guardo por eso —dijo. La introdujo en la alforja, acariciando el borde de la tapa gastada con un pulgar. Palmeó la alforja con aire distraído—. Tengo una deuda pendiente con Alex MacGregor. Pienso cobrármela algún día.

»Finalmente —prosiguió, retomando la historia—, llegó el viernes. No sé si me sentía feliz o triste. La espera y el temor fueron casi peor de lo que imaginaba que sería el dolor. Sin embargo, cuando lo sentí… —Hizo ese gesto raro típico de él que consistía en un encogimiento de hombros para despegarse la camisa de la espalda—. Bueno, has visto las marcas. Sabes cómo fue.

—Sólo porque Dougal me lo contó. Dijo que él estaba allí.

Jamie asintió.

—Ajá. Estaba allí. Y mi padre también, aunque yo no lo sabía. En aquel momento, no podía pensar en otra cosa que no fueran mis propios problemas.

—Ah… —aventuré con lentitud— y tu padre…

—Mmm. Fue entonces cuando sucedió. Algunos de los hombres me contaron después que pensaron que yo estaba muerto. Y supongo que mi padre creyó lo mismo. —Vaciló. Su voz era ronca al continuar—. Según Dougal, cuando me desmayé, mi padre emitió un suave sonido y se llevó una mano a la cabeza. Luego se desplomó como una roca. Y nunca más se levantó.

Los pájaros comenzaban a moverse en el brezal. Gorjeaban y piaban desde las hojas oscuras y quietas de los árboles. Jamie tenía la cabeza agachada, su rostro aún invisible.

—No supe que había muerto —murmuró—. No me lo dijeron hasta un mes después… cuando pensaron que estaba lo bastante fuerte para resistirlo. O sea que no lo enterré, como debí haberlo hecho. Y nunca he visto su tumba… porque temo volver a casa.

—Jamie —susurré—. Oh, Jamie, querido.

Al cabo de lo que pareció un largo silencio, añadí:

—Pero no te sientas… no debes sentirte responsable. No había nada que pudieras haber hecho, Jamie. Ni actuado de un modo diferente.

—¿No? —inquirió—. No, tal vez no. Aunque me pregunto si habría ocurrido lo mismo de haber escogido la otra alternativa. Pero saberlo no alivia en nada mis sentimientos… y siento como si lo hubiera matado con mis propias manos.

—Jamie… —Me interrumpí, impotente. Cabalgó un rato callado, luego se enderezó y cuadró los hombros.

—No se lo he contado a nadie —confesó—. Pero pensé que ahora debías saberlo… me refiero a lo de Randall. Tienes derecho a saber qué hay entre él y yo.

«¿Qué hay entre él y yo?». La vida de un buen hombre, el honor de una muchacha y una lujuria indecente que se desahogaba a través de la sangre y el temor. Y, comprendí con el estómago revuelto, ahora algo más: yo. Por primera vez, comencé a entender lo que había sentido Jamie, acuclillado en la ventana de la oficina de Randall, con un arma descargada en la mano. Y empecé a perdonarle por lo que me había hecho.

Como si hubiera leído mi mente, preguntó sin mirarme:

—¿Sabes… es decir, puedes entender por qué creí necesario golpearte?

Esperé un momento antes de contestar. Entendía perfectamente. Pero había algo más.

—Entiendo —respondí—. Y en lo que se refiere a eso, te perdono. ¡Lo que no puedo perdonarte —agregué, levantando la voz involuntariamente—, es que lo hayas disfrutado!

Se inclinó en la montura y rió durante largo rato. Dio rienda suelta a su tensión antes de echar la cabeza hacia atrás y mirarme. El cielo se había aclarado un poco y podía ver su rostro, marcado por el cansancio, la tensión y el regocijo. Los rasguños de su mejilla se veían negros en la penumbra.

—¡Que lo haya disfrutado! Sassenach —expresó jadeando—, no imaginas cuánto lo disfruté. Estabas tan… ¡Cielos!, estabas hermosa. Te resististe con tanto ímpetu y yo estaba tan furioso. Odiaba lastimarte, pero al mismo tiempo deseaba hacerlo… ¡caramba! —Se interrumpió y se limpió la nariz—. Sí. Sí, lo disfruté… Aunque hablando del tema —añadió—, debes reconocer que estuve comedido.

Me estaba enfadando de nuevo. Sentía las mejillas ruborizadas y acaloradas en el aire frío del amanecer.

—¿Comedido? No tuve esa impresión. Más bien la contraria. ¡Casi me dejas lisiada, escocés arrogante!

—Si lo hubiera querido, Sassenach, lo habría hecho —respondió con sequedad—. No, me refiero a después. Por si no lo recuerdas, dormí en el suelo.

Lo escudriñé con los ojos entornados y respirando por la nariz.

—Ah… ¿eso fue comedimiento?

—Bueno, no me pareció correcto avasallarte en ese estado, por mucho que lo deseara. Y lo deseaba —precisó, riendo de nuevo—. Tuve que hacer un esfuerzo tremendo para contener mis instintos.

—¿Avasallarme? —repetí, distraída por la palabra.

—En esas circunstancias, no lo llamaría «hacer el amor», ¿verdad?

—Lo llames como lo llames —repuse con calma—, fue una suerte que no lo intentaras o ahora te faltarían ciertas partes valiosas de tu anatomía.

—La posibilidad se me ocurrió.

—Y si crees que mereces un aplauso por refrenarte noblemente de cometer violación además de agresión… —La ira me ahogó.

Avanzamos unos ochocientos metros en silencio. Luego Jamie suspiró con fuerza.

—Tal vez no debí empezar esta conversación. Lo que intentaba hacer era allanar el camino para pedirte que me permitieras volver a compartir la cama contigo cuando lleguemos a Bargrennan. —Se interrumpió con timidez—. El suelo es un poco frío.

Cabalgué durante más de cinco minutos antes de responder. Cuando hube decidido qué decir, me adelanté, atravesé el caballo en el camino y tiré de las riendas, de manera que Jamie se vio obligado a detenerse también. Bargrennan estaba a la vista; los tejados apenas se veían en la luz del amanecer.

Espoleé mi caballo para ponerlo paralelo al de Jamie. Nos separaban unos treinta centímetros. Lo miré a los ojos un minuto antes de hablar.

—¿Me concedería el honor de compartir mi cama, amo y señor mío? —inquirí, cortés.

Obviamente sospechando algo, Jamie reflexionó un instante y luego asintió con igual formalidad.

—Lo haré. Gracias. —Estaba alzando las riendas para continuar la marcha cuando lo detuve.

—Una cosa más, mi señor —dije, todavía atenta.

—¿Sí?

Moví la mano con rapidez hacia el bolsillo oculto en mi falda. La luz del amanecer encendió chispas en la hoja de la daga presionada contra el pecho de Jamie.

—¡Si alguna vez vuelves a levantarme la mano, James Fraser —mascullé con los dientes apretados—, te arrancaré el corazón y lo freiré para el desayuno!

Hubo un prolongado silencio, quebrado sólo por el movimiento de los caballos y el crujido de los arneses. Después Jamie extendió una mano con la palma hacia arriba.

—Dámela. —Al ver que yo titubeaba, manifestó con impaciencia—. No te haré daño. ¡Dámela!

Cogió el puñal por la hoja, vertical, de modo que el sol naciente se reflejó en la adularia y la hizo resplandecer. Sosteniendo la daga como un crucifijo, recitó algo en gaélico. Reconocí las palabras de la ceremonia de juramento en la sala del castillo. Pero Jamie me proporcionó a continuación la traducción en inglés.

—Juro por la cruz de Nuestro Señor Jesucristo y por el puñal que sostengo que te seré fiel y leal. Si mi mano llegara a levantarse contra ti en rebelión o enfado, ruego que este santo puñal atraviese mi corazón. —Besó la daga en la unión de mango y hoja y me la devolvió—. No pronuncio amenazas inútiles, Sassenach —añadió y enarcó una ceja—. Y no hago votos frívolos. Ahora, ¿puedo compartir tu cama?

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