Forastera

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Cuarta parte. Una vaharada de azufre » 24. Un mal augurio

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Un mal augurio

El alboroto ocasionado por nuestra súbita llegada y el anuncio de nuestro matrimonio fue eclipsado de inmediato por un acontecimiento de mayor importancia.

Al día siguiente, estábamos cenando en el comedor, aceptando los brindis y buenos deseos ofrecidos en nuestro honor.

Buidheachas, mo caraid —Jamie hizo una reverencia al último en pedir un brindis y se sentó en medio de un aplauso esporádico creciente. El banco de madera vibró bajo su peso y cerró los ojos un instante.

—Demasiado para ti, ¿verdad? —le susurré. Había acompañado todos los brindis vaciando su copa en todos. Yo, en cambio, me había limitado a unos pocos tragos simbólicos mientras sonreía ante las incomprensibles frases en gaélico.

Jamie abrió los ojos y me miró con una sonrisa.

—¿Te refieres a si estoy borracho? No, podría seguir bebiendo toda la noche.

—Es lo que has estado haciendo —repliqué y eché un vistazo a la colección de botellas de vino y jarras de cerveza vacías alineadas en la mesa frente a nosotros—. Se está haciendo tarde.

Las velas de la mesa de Colum ardían ya casi consumidas y la cera goteaba con un resplandor dorado. La luz mortecina dibujaba sombras extrañas sobre la piel brillante de los hermanos MacKenzie en tanto murmuraban inclinados con las cabezas juntas. Podrían formar parte de las cabezas gnómicas talladas en los bordes de la gigantesca chimenea, pensé. Me pregunté cuántas de aquellas figuras caricaturescas habrían sido de hecho copiadas de las facciones altivas de ex jefes del clan MacKenzie, quizá por un tallador con sentido del humor o una estrecha relación familiar.

Jamie se desperezó un poco con una mueca de incomodidad.

—Mi vejiga va a explotar en cualquier momento. Enseguida vuelvo. —Apoyó las manos en el banco, se levantó y desapareció por la arcada inferior.

Miré hacia el otro lado, donde bebía cerveza Geillis Duncan. Arthur, su esposo, ocupaba un sitio en la mesa contigua con Colum, como correspondía al procurador fiscal del distrito. Geilie había insistido en sentarse junto a mí, alegando que no deseaba aburrirse con conversaciones masculinas durante toda la cena.

Los ojos hundidos de Arthur estaban semicerrados por el vino y la fatiga y con bolsas azuladas debajo. Reclinado sobre los antebrazos con expresión vacía, ni siquiera oía la conversación de los MacKenzie. La misma luz que acentuaba las facciones marcadas de Colum y su hermano hacía parecer a Arthur Duncan gordo y enfermo.

—Tu esposo tiene mal aspecto —comenté—. ¿Está peor del estómago? —Los síntomas eran algo desconcertantes. No de úlcera, pensé, ni de cáncer… no con toda esa carne todavía en los huesos; tal vez de una gastritis crónica, como afirmaba Geilie.

Lanzó una brevísima mirada a su esposo antes de volverse hacia mí y encogerse de hombros.

—Ah, está bastante bien —respondió—. Al menos, no está peor. ¿Y qué me dices de tu esposo?

—¿Eh, qué pasa con él? —pregunté con cautela.

Me dio un codazo bastante fuerte en las costillas y advertí que también había una buena cantidad de botellas vacías junto a ella.

—Bueno, ¿qué opinas? ¿Es tan atractivo sin ropa como con ella?

—Mmm… —Busqué una respuesta mientras Geilie estiraba el cuello hacia la entrada.

—¡Y decías que no te importaba! Mentirosa. A la mitad de las chicas del castillo les gustaría arrancarte los pelos. Yo en tu lugar tendría cuidado con la comida…

—¿Con la comida? —Bajé la vista con estupor al plato de madera, vacío excepto por un pedazo de grasa y una cebolla hervida abandonada.

—Veneno —murmuró con dramatismo en mi oído y un tufo considerable a coñac.

—Qué tontería —repuse con frialdad y me aparté de ella—. Nadie querría envenenarme sólo porque… bueno, porque… —Estaba balbuceando y decidí que quizá había bebido más de lo que creía—. Vamos, Geilie. Este matrimonio… no lo planeé, ¿sabes? ¡No lo deseaba! —Era la verdad—. Ha sido sólo una… especie de… arreglo comercial necesario —concluí, esperando que la escasa luz de la vela no delatara mi rubor.

—Ja —se mofó con cinismo—. Sé reconocer a un hombre sexualmente satisfecho. —Observó la arcada por donde había salido Jamie—. Y no soy tan ingenua para creer que las mordeduras en su cuello son de mosquitos. —Enarcó una ceja plateada hacia mí—. Si ha sido un acuerdo comercial, diría que has hecho un buen negocio.

Se me acercó de nuevo.

—¿Es cierto? —susurró—. ¿Lo de los pulgares?

—¿Pulgares? ¿De qué diablos estás hablando, Geilie?

Me observó con el entrecejo fruncido por la concentración. Los hermosos ojos grises estaban desenfocados y rogué para que no se desplomara.

—¿No lo sabes? ¡Todo el mundo lo sabe! Los pulgares de un hombre te revelan el tamaño de su pene. Los dedos del pie también, desde luego —añadió con aire juicioso—. Pero eso es más difícil de comprobar por los zapatos. Y tu cachorro —señaló la arcada, donde Jamie acababa de reaparecer— podría sostener una calabaza con esas manazas. O un buen trasero, ¿eh? —agregó con otro codazo.

—¡Geillis Duncan, cierra… la… boca! —siseé con el rostro acalorado—. ¡Pueden oírte!

—Ah, nadie que… —comenzó pero se interrumpió con la vista fija. Jamie había pasado de largo por nuestra mesa como si no estuviéramos allí. Estaba pálido y apretaba los labios como si fuera a realizar una tarea desagradable.

»¿Qué le sucede? —inquirió Geilie—. Se parece a Arthur después de comer nabos crudos.

—No lo sé. —Empujé el banco hacia atrás, insegura. Jamie se dirigía a la mesa de Colum. ¿Debía seguirlo? Era evidente que algo había ocurrido.

Geilie, que había vuelto los ojos hacia el comedor, me tiró de la manga y señaló en la dirección en que había aparecido Jamie.

Un hombre estaba de pie bajo la arcada, titubeante igual que yo. Sus ropas estaban manchadas de barro y polvo; sin duda se trataba de un viajero. Un mensajero. Y cualquiera que fuera el mensaje, se lo había transmitido a Jamie, quien ahora se agachaba para susurrárselo a Colum al oído.

No, no a Colum. A Dougal. La cabeza pelirroja se inclinó entre las dos oscuras y las atractivas facciones de los tres hombres adoptaron una similitud extraña a la luz mortecina de las velas. Al observarlos, noté que la similitud no estribaba tanto en la herencia física que compartían sino en la expresión de dolor y espanto que ahora tenían en común.

La mano de Geilie se hundió en mi antebrazo.

—Malas noticias —anunció, innecesariamente.

—Veinticuatro años —murmuré—. Es mucho tiempo para estar casados.

—Sí, lo es —convino Jamie. Una brisa tibia agitó las ramas del árbol bajo el que estábamos. El pelo se levantó de mis hombros y me hizo cosquillas en la cara—. Más años de los que he vivido.

Admiré su figura larga, grácil y fuerte, apoyada en el cerco del corral. Parecía tan seguro de sí mismo que a veces olvidaba lo joven que era en realidad.

—De todos modos —continuó y arrojó una pajita al barro revuelto del corral—, dudo que Dougal haya pasado más de tres años con ella. Por lo general estaba aquí, en el castillo… o en algún lugar de las tierras del clan, ocupándose de los asuntos de Colum.

La esposa de Dougal, Maura, había muerto en su finca, Beannachd. Una fiebre repentina. Dougal había partido al amanecer, acompañado por Ned Gowan y el mensajero que había traído la noticia la noche anterior, para ocuparse del funeral y disponer de la propiedad de su esposa.

—No estaban muy unidos, ¿no? —pregunté con curiosidad.

Jamie se encogió de hombros.

—Tanto como la mayoría, supongo. Ella se encargaba de las hijas y de la casa; dudo que lo añorara mucho. Aunque parecía alegrarse cuando él regresaba.

—Claro, ¿viviste con ellos un tiempo, no? —Me quedé callada, pensando. Me pregunté si éste sería el concepto de Jamie sobre el matrimonio: vidas separadas, unidas nada más que para engendrar hijos. No obstante, por lo poco que había dicho, sus padres habían conformado una pareja estrecha y cariñosa.

Con ese don misterioso para leerme la mente, dijo:

—Lo de mis padres fue diferente, ¿sabes? El matrimonio de Dougal fue arreglado, igual que el de Colum; se basaron en los negocios más que en el cariño. Pero mis padres…, bueno, se casaron por amor, contrariando los deseos de ambas familias. Por eso fuimos… no aislados exactamente. Diría que nos recluimos en Lallybroch. Mis padres no solían visitar a los parientes ni hacer negocios fuera. Supongo que por eso se unieron más que la mayoría de los matrimonios.

Apoyó una mano en la base de mi espalda y me acercó a él. Inclinó la cabeza y rozó los labios sobre mi oreja.

—Lo nuestro también ha sido un arreglo —manifestó con voz suave—. De todas maneras, espero que algún día… tal vez… —Se interrumpió con torpeza. Esbozó una sonrisa torcida y descartó la idea con un gesto de la mano.

No deseaba alentarlo en esa dirección, así que le sonreí tan neutralmente como pude y me volví hacia el corral. Podía sentirlo allí a mi lado, casi sin tocarme y con las manos asidas al tablón superior del cerco. Lo imité, para evitar cogerle la mano. Más que nada en el mundo, quería volverme hacia él, ofrecerle consuelo, asegurarle con mi cuerpo y con palabras que lo que existía entre nosotros era más que un acuerdo. Esa misma verdad era lo que me detenía.

«Lo que sucede entre nosotros», había dicho Jamie. «Cuando hacemos el amor, cuando me tocas». No, no era en absoluto usual. Tampoco se trataba de un mero encandilamiento, como había creído yo en un principio. Nada podía ser menos simple.

El hecho era que yo estaba unida, por votos y lealtad y legalmente, a otro hombre. Y también por amor.

No podía confesar a Jamie lo que sentía por él. Hacerlo y después abandonarle sería una crueldad. Y tampoco podía mentirle.

—Claire. —Ahora me miraba, lo percibía. No hablé, pero alcé mi rostro hacia él cuando se agachó para besarme. Tampoco podía mentirle en ese sentido, y no lo hice. Después de todo, recordé con desaliento, le había prometido honestidad.

Fuimos interrumpidos por una tos a nuestras espaldas. Jamie, sobresaltado, giró y me empujó instintivamente detrás de él. Luego se detuvo y sonrió al ver al viejo Alec MacMahon, con los calzones de tartán sucios y examinándonos con su único ojo azul.

El anciano llevaba unas tijeras de capar que levantó a modo de irónico saludo.

—Pensaba usarlas con Mahomet —comentó—. Tal vez puedan ser más útiles para otra cosa, ¿eh? —Hizo sonar las hojas gruesas como invitación—. Mantendría tu mente en el trabajo y no en tu pene, muchacho.

—No lo digas ni en broma, viejo —contestó Jamie sonriendo—. ¿Me buscabas?

Las cejas de Alec se arquearon como dos orugas peludas.

—No, ¿qué te hace pensar eso? Se me ocurrió tratar de capar a un maldito potrillo de dos años yo solo, para divertirme. —Resolló brevemente por su propio ingenio y agitó las tijeras hacia el castillo.

—Largo de aquí, jovencita. Se lo devolveré a la hora de cenar… aunque no creo que le sirva de mucho entonces.

Al parecer, Jamie no confiaba en la naturaleza del último comentario y extendió un brazo largo para arrancar las tijeras de la mano del anciano.

—Me sentiré más seguro si las llevo yo —explicó y enarcó una ceja—. Ahora vete, Sassenach. Cuando haya acabado de hacer todo el trabajo de Alec por él, pasaré a buscarte.

Se inclinó para besar mi mejilla y me susurró al oído:

—En los establos. Al mediodía.

Los establos del castillo Leoch estaban mejor construidos que muchas de las cabañas que había visto en nuestro viaje con Dougal. De suelo y paredes de piedra, las únicas aberturas eran las angostas ventanas de un extremo, la puerta del otro, y las estrechas rendijas bajo el grueso techo de bálago, muy convenientes para las lechuzas que controlaban los ratones en el henar. Sin embargo, permitían la entrada de aire y luz suficiente para que el lugar fuera oscuro y agradable en lugar de sombrío.

Arriba en el henar, justo debajo del techo, la luz era aún mejor. Veteaba el heno apilado con rayos amarillos e iluminaba las motas de polvo que flotaban en el aire como lluvia de polvo de oro. El aire se filtraba a través de las grietas en ráfagas calientes, perfumado con el alhelí, la minutisa y el ajo de los jardines y el grato aroma animal de los caballos que subía desde la planta inferior.

Jamie se movió bajo mi mano y se sentó. El movimiento dejó su cabeza bajo el resplandor de la luz solar.

—¿Qué pasa? —pregunté soñolienta y volví la cabeza hacia donde él estaba mirando.

—El pequeño Hamish —respondió en voz baja mientras espiaba por encima del borde del henar hacia el establo—. Supongo que ha venido a buscar su poni.

Rodé con torpeza sobre mi estómago y me bajé la camiseta con pudor. Era ridículo, ya que nadie podía ver más que mi cabeza.

Hamish, el hijo de Colum, caminaba despacio por el establo, entre las caballerizas. Pareció vacilar cerca de algunas, aunque ignoró las cabezas curiosas que se estiraban para inspeccionarlo. Era evidente que buscaba algo, y no precisamente el poni gordo y pardo que mascaba heno plácidamente en su cuadra cerca de la puerta del establo.

—¡Cielo santo, va hacia Donas! —Jamie cogió su falda y se envolvió con ella antes de bajar del henal. No se molestó en usar la escalera, se colgó de las manos y saltó. Aterrizó sobre las piedras cubiertas de paja, pero el ruido fue suficiente para que Hamish se volviera sobresaltado.

El pequeño rostro pecoso se relajó al reconocerlo, pero los ojos azules se mantuvieron cautelosos.

—¿Necesitas ayuda, primo? —inquirió Jamie de buen modo. Avanzó hacia las caballerizas y se apoyó contra uno de los soportes, colocándose entre Hamish y la cuadra hacia la que el chico se encaminaba.

Hamish titubeó, pero luego se enderezó y estiró la barbilla.

—Montaré a Donas —declaró en un tono que quiso ser decidido pero no bastó.

Donas —su nombre significaba «demonio» y no pretendía ser un elogio— ocupaba una cuadra individual en el extremo lejano del establo y estaba separado de los demás caballos por una caballeriza vacía. Era un alazán enorme y de pésimo carácter; no se dejaba montar y sólo Alec y Jamie se atrevían a acercársele. Un grito irritado brotó de las sombras de su cuadra y una inmensa cabeza cobriza asomó de pronto. Los grandes dientes amarillos chasquearon mientras el caballo trataba en vano de morder el hombro desnudo y tentador.

Jamie se quedó quieto, sabiendo que el animal no podía alcanzarlo. Hamish dio un salto hacia atrás y gritó, aterrado por la repentina aparición de la monstruosa y brillante cabeza con los ojos inyectados de sangre y los ollares ensanchados.

—No lo creo —comentó Jamie. Se inclinó y cogió a su primo del codo. Lo alejó del caballo, que pateó su caballeriza en señal de protesta. Hamish se estremeció junto con los tablones de la cuadra cuando los cascos chocaron contra la madera.

Jamie volvió al niño y lo miró con las manos en las caderas.

—¿Y bien? —dijo por fin—. ¿Qué es todo esto? ¿Para qué quieres montar a Donas?

La expresión de Hamish era terca, pero Jamie lo observaba con aire alentador y a la vez inflexible. Le dio un golpecito en el hombro y obtuvo una sonrisa en respuesta.

—Vamos, duine —le instó—. Sabes que no se lo diré a nadie. ¿Has hecho alguna tontería?

Un rubor ligero cubrió la tez pálida del niño.

—No. Al menos… no. Bueno, algo así.

Después de insistirle un poco más, Hamish habló, al principio a regañadientes, luego con el torrente impetuoso de la confesión.

El día anterior, había salido a montar con otros chicos. Un grupo de los mayores había comenzado a competir para ver quién saltaba el obstáculo más alto. Hamish, en su pequeño poni, los había admirado con envidia, hasta que la jactancia se impuso sobre su sentido común. Intentó saltar un cerco de piedras con su poni gordo. Al carecer de habilidad e interés, el animal se había detenido en seco al alcanzar el cerco, arrojando deshonrosamente al joven Hamish por delante, por encima del cerco, sobre unas ortigas que crecían al otro lado. Dolido por las ortigas y por las burlas de sus compañeros, Hamish estaba decidido a montar un «caballo de verdad», según sus propias palabras.

—No se reirían si me vieran aparecer con Donas —manifestó, imaginando la escena con deleite.

—No, no se reirían —convino Jamie—. Estarían demasiado ocupados juntando los pedacitos.

Escudriñó a su primo y sacudió la cabeza con lentitud.

—Te diré una cosa, muchacho. Se necesita valor y sensatez para ser un buen jinete. Tienes el valor, pero todavía te falta algo de sensatez.

Pasó un brazo consolador por los hombros de Hamish y empezaron a caminar hacia el extremo del establo.

—Vamos, primo. Ayúdame con el heno y haremos que te familiarices con Cobhar. Tienes razón; debes tener un caballo mejor si estás listo, pero no necesitas matarte para probarlo.

Al pasar, Jamie lanzó una mirada hacia el henar, enarcó las cejas y se encogió de hombros en un gesto de impotencia. Le sonreí y le indiqué que no se preocupara, que siguiera adelante. Le vi coger una manzana de la cesta de fruta caída junto a la puerta. Después buscó una horca y guió a Hamish a una de las caballerizas centrales.

Ciamar a tha thu, Cobhar? —Jamie palmeó el cuello suave y rascó las orejas erguidas.

—Acércate —instó a su primo con un gesto—. Así es, junto a mí. Lo bastante cerca para que pueda olerte. A los caballos les gusta oler a la gente.

—Ya lo sé. —La voz de Hamish sonaba resentida.

Apenas llegaba a la nariz del caballo, pero se estiró y lo acarició. No se movió cuando la cabeza se agachó para olfatear con curiosidad alrededor de su oreja y resopló en su pelo.

—Dame una manzana —dijo a Jamie, quien obedeció. Los labios aterciopelados quitaron con delicadeza la fruta de la palma de Hamish y la impulsaron hacia atrás entre los inmensos molares, donde desapareció con un crujido. Jamie observaba con aprobación.

—Os llevaréis muy bien. Es mejor que os hagáis amigos mientras yo termino de alimentar al resto. Luego podrás montarlo un rato.

—¿Solo? —preguntó Hamish con entusiasmo. Cobhar, cuyo nombre significaba «espuma», era un caballo de buen carácter, robusto y brioso, no demasiado grande, pero muy superior al poni marrón.

—Sólo dos vueltas alrededor del corral cercado. Te estaré observando y si no te caes ni le fuerzas la boca, podrás dar un paseo solo. Pero nada de saltar hasta que yo lo diga. —La larga espalda se inclinó, brillante en la penumbra del establo, para recoger heno; Jamie lo llevó a una de las caballerizas.

Se enderezó y sonrió a su primo.

—Dame una, ¿quieres? —Dejó la horca apoyada en la caballeriza y mordió la fruta. Los dos comieron afablemente, de pie y apoyados uno junto al otro contra la pared del establo. Cuando terminó, Jamie entregó el corazón de la manzana a un alazán y volvió a coger la horca. Hamish lo siguió por el pasillo, masticando despacio.

—Oí decir que mi padre era un buen jinete —aventuró al cabo de un momento de silencio—. Hasta… hasta que ya no pudo montar.

Jamie le dirigió una mirada rápida, pero acabó de echar heno en la caballeriza antes de hablar. Cuando lo hizo, respondió al pensamiento, más que a las palabras.

—Jamás lo vi montar. Pero te diré algo, muchacho, espero no necesitar nunca tanto valor como el que tiene Colum.

Noté que los ojos de Hamish se fijaban con curiosidad en las cicatrices de la espalda de Jamie. Sin embargo, no dijo nada. Después de una segunda manzana, pasó a otro tema.

—Rupert dice que has tenido que casarte —afirmó con la boca llena.

—He querido casarme —le corrigió Jamie apoyando de nuevo la horca en la pared.

—Ah. Qué bien… —señaló Hamish, inseguro, como si la idea lo desconcertara—. Me preguntaba si… ¿te molesta?

—¿Si me molesta qué? —Intuyendo que la conversación sería larga, Jamie se sentó en un fardo de heno.

Los pies de Hamish no llegaban al suelo; de lo contrario, los habría frotado. Golpeó los talones contra el heno prensado.

—Si te molesta estar casado —aclaró con la vista fija en su primo—. Me refiero a tener que acostarte todas las noches con una mujer.

—No —repuso Jamie—. No. En realidad, es muy placentero.

Hamish no parecía convencido.

—Creo que a mí no me gustaría. Todas las chicas que conozco son flacas como un palo y huelen a cebada. La señora Claire…, quiero decir, tu señora —agregó enseguida como si deseara evitar una confusión—, ella, eh, parece alguien más agradable con quien dormir. Más suave.

Jamie asintió.

—Lo es. Y además, huele muy bien. —Incluso en la penumbra, yo podía ver el pequeño músculo que se crispaba cerca de la comisura de sus labios. Sabía que no se atrevía a levantar la vista hacia mí.

Hubo una pausa larga.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Hamish.

—¿Qué?

—Con qué dama tienes que casarte —explicó el chico con impaciencia.

—Ah. —Jamie retrocedió y se acomodó contra la pared de piedra con las manos detrás de la cabeza.

»Una vez le pregunté lo mismo a mi padre —respondió—. Me dijo que uno simplemente lo sabía. Y que si no lo sabía, entonces ella no era la muchacha apropiada.

—Mmmfm. —A juzgar por la expresión en el rostro pecoso, la explicación no fue del todo satisfactoria.

Hamish se movió hacia atrás y adoptó la misma postura que Jamie. Sus pies enfundados en medias colgaban sobre el borde del fardo de heno. A pesar de su corta edad, su contextura robusta prometía igualar algún día la de su primo. La configuración de los hombros cuadrados y la inclinación de la grácil cabeza eran casi idénticas.

—¿Dónde están tus zapatos? —inquirió Jamie en tono de reproche—. ¿No te los habrás olvidado de nuevo en el campo, verdad? Tu madre te dará en las orejas si los has perdido.

Hamish se encogió de hombros, descartando aquello como una amenaza menor. Era obvio que tenía algo más importante en mente.

—John… —comenzó y arrugó las cejas color arena mientras pensaba—. John dice…

—¿John el mozo de cuadra, John el criado de la cocina o John Cameron? —preguntó Jamie.

—El mozo de cuadra. —Hamish desechó la distracción con un gesto de su mano—. Dice que, eh, que cuando uno se casa…

—¿Mmm? —Jamie emitió un sonido alentador y mantuvo la vista desviada. Alzó la mirada y sus ojos se toparon con los míos mientras espiaba sobre el borde del henar. Le sonreí y se mordió el labio inferior para no devolverme la sonrisa.

Hamish respiró hondo y exhaló con fuerza. Las palabras salieron impelidas como una ráfaga de perdigones.

—Él-dice-que-hay-que-servir-a-una-muchacha-igual-que-el-semental-sirve-a-la-yegua-y-yo-no-le-creo-pero-¿es-cierto?

Me mordí el dedo con fuerza para sofocar una carcajada. Jamie, por su parte, se clavó los dedos en los muslos y se puso tan colorado como Hamish. Parecían dos tomates, dispuestos uno al lado del otro sobre un fardo de heno para ser juzgados en una exposición de verduras.

—Eh, bueno… en cierta forma… —balbuceó con voz ronca. Luego se recobró.

»Sí —aseveró—. Sí, es cierto.

Hamish se volvió con espanto hacia la caballeriza cercana, donde un semental bayo descansaba con más de tres centímetros de su órgano reproductor a la vista. Luego contempló inseguro su regazo y ahora tuve que morder un trozo de tela para contenerme.

—Hay diferencia, sabes —prosiguió Jamie. El rubor intenso comenzaba a desaparecer de su rostro, aunque el temblor persistía en las comisuras de su boca—. Para empezar, es… más suave.

—¿O sea que no las muerdes en el cuello? —La expresión seria y concentrada de Hamish era la de alguien tomando notas—. ¿Para que se queden quietas?

—Eh…, no. En todo caso, no es habitual. —Haciendo uso de considerable fuerza de voluntad, Jamie asumía con hombría la responsabilidad de la instrucción.

»También hay otra diferencia —añadió, cuidándose de no levantar la vista—. Puedes hacerlo de frente, en vez de por detrás. Como prefiera la dama.

—¿La dama? —Hamish no parecía convencido—. Creo que yo preferiría por detrás. No me gustaría que nadie me mirara mientras hago algo así. ¿Es difícil —preguntó—, es difícil no reírse?

Todavía pensaba en Jamie y en Hamish cuando me fui a dormir aquella noche. Retiré las mantas pesadas y reí para mis adentros. Una corriente de aire frío se colaba por la ventana y ansié meterme bajo las mantas y acurrucarme contra el cuerpo cálido de Jamie. Ajeno al frío, Jamie parecía poseer un fuego propio. Su piel estaba siempre caliente; en ocasiones, casi ardiendo, como si hirviera con mayor intensidad en respuesta a mis caricias frías.

Yo seguía siendo una forastera en el castillo, pero ya no una invitada. Las mujeres casadas eran bastante afectuosas conmigo, ahora que me había convertido en una de ellas. Las muchachas jóvenes, sin embargo, demostraban resentimiento hacia mí por haber quitado de la circulación un buen partido. De hecho, considerando la cantidad de miradas gélidas y comentarios ácidos, me preguntaba cuántas de las doncellas del castillo habrían compartido un nicho aislado con Jamie MacTavish durante su breve residencia.

Ya no era un MacTavish, desde luego. La mayoría de los habitantes del castillo habían sabido siempre su nombre, y fuera o no una espía inglesa, ahora yo también lo sabía por necesidad. De modo que Jamie se convirtió públicamente en Fraser, y yo con él. Fue como señora Fraser que se me aceptó en la sala sobre las cocinas, donde las mujeres casadas cosían y acunaban a sus hijos, intercambiaban consejos y miraban mi cintura sin disimulo.

Dadas mis anteriores dificultades para concebir, no había tenido en cuenta la posibilidad de un embarazo cuando me avine a casarme con Jamie, y esperé algo nerviosa hasta que mi menstruación se presentó a tiempo. Esta vez, experimenté un alivio inmenso, sin asomo de la tristeza que solía acompañar la ocasión. Mi vida ya era bastante complicada como para agregarle un hijo. Jamie manifestó compartir mi mismo alivio, pero pensé que quizá sintiera una pizca de pesar. La paternidad era un lujo que un hombre en su posición no podía darse.

La puerta se abrió y él entró, todavía frotándose la cabeza con una toalla de hilo. Gotas de agua oscurecían su camisa.

—¿Dónde has estado? —pregunté sorprendida. Si bien Leoch era lujoso comparado con las residencias en las aldeas y los campos, no había nada parecido a un baño, excepto una bañera de cobre que Colum utilizaba para mojar sus piernas doloridas y otra un poco más grande que usaban las mujeres para quienes el esfuerzo de llenarla compensaba la intimidad. Todo lavado se realizaba por partes, con una jarra y una palangana, o en el lago o en el jardín, en una piedra plana, donde las mujeres solían colocarse desnudas y dejar que sus amigas les arrojaran baldes de agua encima.

—En el lago —contestó y colgó la toalla húmeda sobre el antepecho de la ventana—. Alguien —dijo con expresión sombría— dejó la puerta de una caballeriza abierta, y también la del establo, y Cobhar salió a nadar.

—Ah, por eso no has venido a cenar. Pero a los caballos no les gusta nadar, ¿verdad?

Sacudió la cabeza y se pasó los dedos por el pelo para secarlo.

—Así es. Pero son como las personas, sabes; todos diferentes. Y a Cobhar le gustan las plantas de agua. Estaba comiendo junto a la orilla cuando apareció una jauría de perros de la aldea y lo persiguió dentro del lago. Tuve que ahuyentarlos y después meterme en el agua para sacar a Cobhar. Espera a que ponga mis manos sobre Hamish —añadió con determinación—. Aprenderá a no dejar las puertas abiertas.

—¿Se lo contarás a Colum? —inquirí, compadeciéndome del culpable.

Jamie meneó la cabeza y hurgó dentro de su morral. Extrajo un trozo de pan y otro de queso que al parecer había hurtado de las cocinas camino al dormitorio.

—No —respondió—. Colum es bastante estricto con el niño. Si se enterara de este descuido, le prohibiría montar durante un mes… en caso de que pudiera hacerlo después de la paliza que recibiera. ¡Cielos!, estoy muerto de hambre. —Mordió el pan con ferocidad y las migas cayeron al suelo.

—No te acuestes con eso —le pedí y me deslicé debajo de las mantas—. ¿Qué piensas hacer con Hamish, entonces?

Devoró el resto del pan y me sonrió.

—No te preocupes. Mañana lo llevaré en un bote al centro del lago, justo antes de la cena, y lo tiraré al agua. Para cuando llegue a la orilla y se seque, la cena habrá terminado. —Acabó el queso en tres bocados y se chupó los dedos—. Veremos si a él le gusta irse a dormir mojado y hambriento.

Miró esperanzado dentro del cajón del escritorio donde yo a veces guardaba manzanas u otros alimentos. Pero aquella noche no había nada y cerró el cajón con un suspiro.

—Supongo que viviré hasta el desayuno —dijo con aire filosófico.

Se desnudó con rapidez y se metió temblando en la cama. Aunque sus extremidades estaban heladas por el agua del lago, el cuerpo conservaba su bendito calor.

—Mmm, qué bien se está contigo —murmuró—. Hueles diferente. ¿Has trabajado hoy con las plantas?

—No —repuse con sorpresa—. Pensé que eras tú…, me refiero al olor. —Era un olor a hierbas penetrante, no desagradable pero sí desconocido.

—Yo huelo a pescado —comentó, olfateando el dorso de su mano—. Y a caballo mojado. No —se inclinó e inhaló—. Tampoco eres tú. Pero está cerca.

Se bajó de la cama y apartó las mantas, buscando. Lo encontramos debajo de mi almohada.

—¿Qué diablos…? —Lo levanté y lo solté de inmediato—. ¡Ay! ¡Tiene espinas!

Era un pequeño manojo de plantas, arrancadas de raíz y atadas con un hilo negro. Las plantas estaban marchitas, pero un aroma fuerte emanaba de las hojas lánguidas. Había una flor en el ramo, una prímula aplastada cuyo tallo espinoso me había pinchado el pulgar.

Me chupé el dedo lastimado y giré el manojo con precaución en la otra mano. Jamie estaba inmóvil y lo contempló un momento. De repente lo cogió y lo arrojó por la ventana. Regresó a la cama para recoger la tierra de las raíces y la tiró detrás del manojo. Cerró la ventana con un golpe y volvió, quitándose el polvo de las manos.

—Desapareció —declaró innecesariamente y se acostó de nuevo—. Vuelve a la cama, Sassenach.

—¿Qué era? —pregunté y me acomodé junto a él.

—Una broma, supongo —contestó—. De mal gusto, pero sólo una broma. —Se apoyó en un codo y apagó la vela—. Ven aquí, mo duinne —dijo—. Tengo frío.

A pesar del inquietante maleficio, dormí bien, segura por la doble protección de la puerta con cerrojo y los brazos de Jamie. Hacia el amanecer, soñé con praderas cubiertas de hierba y de mariposas. Amarillas, marrones, blancas y anaranjadas, giraban a mi alrededor como hojas de otoño, se posaban sobre mi cabeza y mis hombros, y se deslizaban por mi cuerpo como la lluvia. Los diminutos pies me hacían cosquillas en la piel y las alas aterciopeladas se batían como ecos lejanos de mi propio corazón.

Floté suavemente a la superficie de la realidad y descubrí que los pies de las mariposas contra mi estómago eran los pelos brillantes de la cabellera de Jamie, y la mariposa cautiva entre mis muslos era su lengua.

—Mmm —susurré más tarde—. Bueno, eso está muy bien para mí. ¿Pero qué me dices de ti?

—En menos de un minuto, si sigues con eso —respondió y apartó mi mano con una sonrisa—. Pero preferiría tomarme mi tiempo… soy un hombre lento y cauto por naturaleza, sabes. ¿Puedo requerir el honor de su compañía para esta noche, señora?

—Es suya —contesté. Llevé los brazos detrás de la cabeza y lo miré desafiante y con los párpados entornados—. ¿Eso quiere decir que estás tan senil que ya no puedes hacerlo más de una vez al día?

Me miró desde el borde de la cama donde estaba sentado. Hubo un repentino destello blanco mientras se abalanzaba sobre mí para atenazarme sobre el colchón.

—Bueno —murmuró en los bucles de mi cabello—, no dirás que no te lo advertí.

Dos minutos y medio después, gruñó y abrió los ojos. Se frotó vigorosamente la cara y la cabeza con las dos manos y los pelos se le erizaron como púas. Luego soltó una maldición en gaélico, se deslizó de mala gana fuera de la cama y empezó a vestirse, temblando en el aire helado de la mañana.

—Supongo que no puedes decirle a Alec que estás enfermo y volver a la cama, ¿no? —arriesgué, esperanzada.

Rió y se agachó para besarme antes de tantear en busca de sus medias.

—Si pudiera lo haría, Sassenach. Pero salvo sífilis, una plaga o un daño físico mayor, dudo que otra cosa sirviera como excusa. A menos que estuviera desangrándome, el viejo Alec subiría aquí de inmediato y me arrastraría de mi lecho de muerte para que lo ayudara a desparasitar.

Admiré sus pantorrillas largas y gráciles mientras se subía una media y doblaba la punta.

—¿«Daño físico mayor», eh? —repetí—. Podría ocasionarte algo por el estilo.

Emitió un gruñido mientras se estiraba para coger la otra media.

—Bueno, fíjate en dónde lanzas tus dardos embrujados, Sassenach. —Intentó guiñar un ojo pero terminó parpadeando—. Apunta bien o de lo contrario, tampoco te seré útil a ti.

Enarqué una ceja y me acurruqué de nuevo bajo las mantas.

—No te preocupes. Nunca será por encima de la rodilla, te lo prometo.

Me acarició un pecho y se marchó hacia los establos, cantando en voz más bien alta la tonada «En el brezal». El estribillo flotó hasta mí desde el rellano de la escalera.

Sentado con una chica en mi rodilla,

un abejorro me picó sobre la rodillaaaaa,

en el brezal, en lo alto de Bendikee…

Estaba en lo cierto, decidí. No tenía oído para la música.

Me sumí en un estado de somnolencia satisfecha pero desperté poco después y bajé a desayunar. La mayoría de los habitantes del castillo ya habían desayunado y estaban trabajando. Los que aún se encontraban en el comedor me saludaron de buen grado. No hubo miradas de soslayo ni expresiones de velada hostilidad de alguien preguntándose cómo habría funcionado su desagradable ardid. Pero de todos modos, me mantuve alerta.

Pasé la mañana sola en el jardín y en los campos con mi cesta y la pala. Me estaba quedando sin algunas de las hierbas más populares. Por lo general, los aldeanos recurrían a Geillis Duncan en busca de ayuda, pero últimamente, varios pacientes de la aldea se habían presentado en mi dispensario y el tráfico de panaceas se había intensificado. Quizá la enfermedad del esposo de Geillis la tuviera demasiado ocupada para atender a sus clientes habituales.

Estuve en el dispensario durante toda la tarde. Los pacientes fueron pocos; un caso de eczema persistente, un pulgar dislocado y un criado de la cocina que se había volcado una cacerola de sopa caliente en una pierna. Después de aplicar ungüento de moras silvestres y de lirio azul y de encajar y vendar el pulgar, me puse a moler una hierba bien llamada de raíz de piedra en uno de los pequeños morteros del difunto Beaton.

Era un trabajo aburrido, pero cuadraba bien con la tarde indolente. Hacía buen tiempo y vislumbré sombras azules creciendo bajo los olmos al oeste.

Adentro, las botellas de vidrio brillaban alineadas con los montones de vendas y compresas en los armarios contiguos. La cómoda de farmacéutico había sido limpiada y desinfectada y ahora albergaba provisiones de hojas, raíces y hongos secos, todos dentro de bolsas de gasa. Inhalé los aromas fuertes y penetrantes de mi santuario y suspiré, contenta.

Terminé de triturar y dejé el almirez. Estaba contenta, descubrí con estupor. Pese a las innumerables incertidumbres de mi vida aquí, pese al malintencionado manojo de hierbas, pese al dolor constante de añorar a Frank, en realidad, no era infeliz. Antes bien al contrario.

Me sentí avergonzada y desleal. ¿Cómo podía ser feliz cuando Frank debía de estar enfermo de preocupación? Si asumía que el tiempo continuaba transcurriendo sin mí —y no veía por qué no habría de hacerlo— llevaba cuatro meses desaparecida. Imaginaba a Frank registrando la campiña escocesa, llamando a la policía, esperando alguna señal, alguna noticia sobre mí. Después de tanto tiempo, sin embargo, suponía que debió de perder toda esperanza y que estaría aguardando la noticia del hallazgo de mi cadáver.

Bajé el almirez y me paseé de un lado a otro del estrecho cuarto. Me froté las manos en el delantal, presa de un arranque de culpa y pesar. Debía haber huido antes. Debía haberme esforzado más por regresar. Pero lo había intentado, recordé. En varias ocasiones. Y mira cómo había terminado.

Sí. Casada con un fugitivo escocés, perseguidos por un sádico capitán inglés y viviendo con un montón de bárbaros que no dudarían un segundo en matar a Jamie si lo consideraran una amenaza a la preciosa sucesión del clan. Y lo peor de todo era que me sentía feliz.

Me senté y clavé la vista en la colección de frascos y botellas. Desde nuestro regreso a Leoch, había vivido al día y reprimido deliberadamente los recuerdos de mi vida anterior. En lo más profundo de mí, sabía que pronto debería tomar alguna decisión. Pero no quería pensar en ello. Había postergado la necesidad de un día al otro, de una hora a la siguiente; había enterrado mis dudas en los placeres de la compañía de Jamie… y en sus brazos.

Sentí ruidos y maldiciones en el pasillo y me puse de pie enseguida. Cuando llegué a la puerta, Jamie entró tambaleándose. De un lado, lo sostenía la figura inclinada del viejo Alec MacMahon, y del otro, un mozo de cuadra larguirucho pero bien dispuesto. Jamie se dejó caer en mi taburete con el pie izquierdo estirado e hizo una mueca. El gesto pareció ser más de molestia que de dolor, de modo que me arrodillé para examinarlo sin demasiada preocupación.

—Una ligera torcedura —dictaminé al cabo de una inspección superficial—. ¿Qué has hecho?

—Me he caído —respondió Jamie.

—¿Del cerco? —pregunté, bromeando. Me miró enfadado.

—No. De Donas.

—¿Has montado a esa bestia? —exclamé con incredulidad—. En ese caso, has tenido suerte de no haber sufrido más que una torcedura de tobillo. —Busqué un trozo de venda y comencé a envolver la articulación.

—Bueno, no lo hacía tan mal —intervino el viejo Alec con aire juicioso—. En realidad, muchacho, lo estabas haciendo bastante bien.

—Ya lo sé —replicó Jamie y apretó los dientes cuando tiré para tensar el vendaje—. Le picó una abeja.

Las cejas tupidas se enarcaron.

—¿Ah, fue eso? El animal se puso como si le hubieran clavado un dardo embrujado —me confió—. Se enderezó sobre las patas traseras, bajó y después enloqueció. Tenía los ojos desorbitados y miraba para todos lados, como un abejorro dentro de un frasco. El chico aguantó —agregó y miró a Jamie, que le respondió con una expresión desagradable—… hasta que la bestia saltó el cerco.

—¿Saltó el cerco? ¿Dónde está ahora? —inquirí. Me puse en pie y me limpié las manos.

—Camino del infierno, espero —dijo Jamie. Bajó el pie y apoyó su peso en él con cuidado—. Y ojalá que no regrese. —Dio un respingo y se sentó de nuevo.

—No creo que un caballo roto sea muy útil al diablo —comentó Alec—. El mismo diablo puede convertirse en caballo cuando lo necesite.

—Tal vez Donas sea el demonio —sugerí, divertida.

—No me extrañaría —dijo Jamie, todavía molesto pero recobrando su habitual buen humor—. Por lo general, el diablo es un corcel negro, ¿verdad?

—Ajá —respondió Alec—. Un corcel negro y grande que viaja tan rápido como el pensamiento entre un hombre y una mujer.

Dirigió una sonrisa cordial a Jamie y se levantó para marcharse.

—Y hablando del tema —continuó y me guiñó un ojo—. Mañana puedes tomarte el día libre. Quédate en cama, muchacho, y eh…, descansa.

—¿Por qué será —pregunté mientras observaba alejarse al anciano caballerizo— que todo el mundo supone que no tenemos otra cosa en mente que estar juntos en la cama?

Jamie se apoyó en el mostrador y volvió a descansar su peso en el pie.

—Para empezar, hace menos de un mes que nos casamos —explicó—. Y además… —Levantó la vista y me sonrió al tiempo que meneaba la cabeza—. Ya te lo dije, Sassenach. Todo lo que piensas se refleja en tu cara.

—Maldición —exclamé.

Salvo una rápida visita al dispensario para asegurarme de que no hubiera una emergencia, pasé la mañana siguiente atendiendo las necesidades bastante exigentes de mi único paciente.

—Se supone que debes descansar —le reproché en determinado momento.

—Eso hago. Bueno, mi tobillo está descansando, al menos. ¿Ves?

Una canilla larga y desnuda se levantó en el aire y un pie huesudo y delgado se meneó a un lado y a otro. Se detuvo con brusquedad en la mitad del meneo con un «ay» amortiguado de su dueño. Lo bajó y se masajeó con suavidad el tobillo todavía hinchado.

—Eso te enseñará —precisé y deslicé mis piernas fuera de las mantas—. Vamos. Has estado demasiado tiempo encerrado aquí dentro. Necesitas aire fresco.

En medio de quejas por mi insensibilidad general y mi falta de consideración para con un hombre gravemente herido, Jamie se vistió y se quedó sentado el tiempo suficiente para que le vendara el débil tobillo antes de que se impusiera su exuberancia natural.

—Está lloviendo —comentó mientras miraba por la ventana. La llovizna se había convertido en un terrible aguacero—. Vayamos al tejado.

—¿Al tejado? Ah, por supuesto. No se me ocurre una recomendación mejor para un tobillo torcido que subir seis tramos de escalera.

—Cinco. Además, tengo un bastón. —Con un floreo triunfal, extrajo el bastón en cuestión, un viejo palo de espino, de detrás de la puerta.

—¿De dónde lo has sacado? —pregunté y lo examiné. De cerca, parecía más desgastado; un pedazo de madera dura astillada de un metro de largo y endurecido por los años como un diamante.

—Me lo ha prestado Alec. Lo usa con las mulas. Las golpea en medio de los ojos para que presten atención.

—Parece muy efectivo —manifesté con una ojeada al trozo de madera—. Lo probaré un día de éstos. Contigo.

Al fin salimos a un estrecho lugar resguardado, justo debajo del voladizo del tejado. Un parapeto bajo protegía el borde del pequeño mirador.

—¡Qué hermoso! —A pesar de la lluvia torrencial, la vista era magnífica. Se veía el ancho trazo plateado del lago y los imponentes despeñaderos detrás que se elevaban hacia el gris intenso del cielo como puños negros y acanalados.

Jamie se apoyó en el parapeto, aliviando así el peso a su pie herido.

—Sí, lo es. Solía subir aquí, cuando vivía en el castillo.

Señaló a través del lago. La lluvia formaba hoyuelos en su superficie.

—¿Ves aquel paso, entre aquellos dos riscos?

—¿En las montañas? Sí.

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