Forastera

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Cuarta parte. Una vaharada de azufre » 24. Un mal augurio

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—Por allí se va a Lallybroch. Cuando echaba de menos mi casa, a veces venía aquí y miraba en esa dirección. Imaginaba que era un cuervo que volaba sobre el paso y contemplaba las colinas y los campos del otro lado de la montaña, y la casa al final del valle.

Le toqué un brazo con suavidad.

—¿Quieres regresar, Jamie?

Volvió la cabeza y me sonrió.

—Bueno, he estado pensando en ello.

No sé si lo deseo precisamente, pero creo que debemos hacerlo. No tengo idea de qué nos aguardará allí, Sassenach. Pero… sí. Ahora soy un hombre casado. Eres la dueña de Broch Tuarach. Fugitivo o no, necesito volver, aunque sólo sea durante el tiempo que me lleve poner las cosas en orden.

Me estremecí con una mezcla de alivio y aprensión al pensar en dejar Leoch y sus intrigas.

—¿Cuándo partiremos?

Frunció el entrecejo y tamborileó los dedos sobre el parapeto. La piedra era oscura y estaba resbaladiza por la lluvia.

—Creo que debemos esperar la llegada del duque. Es posible que haga un favor a Colum ocupándose de mi caso. Aunque no lograra demostrar mi inocencia, quizá podría arreglar una absolución. Entonces sería mucho menos arriesgado volver a Lallybroch, ¿entiendes?

—Bueno, sí, pero… —Me clavó la mirada mientras yo vacilaba.

—¿Qué pasa, Sassenach?

Respiré hondo.

—Jamie, si te digo algo, ¿prometes no preguntarme cómo lo sé?

Me cogió por los brazos y me miró a los ojos. La lluvia oscurecía su cabello y pequeñas gotas bajaban por su cara. Me sonrió.

—Te dije que no te pediría que me dijeras nada que no quisieras. Sí, te lo prometo.

—Sentémonos. No deberías estar de pie tanto tiempo.

Fuimos a la pared donde las tejas sobresalientes del techo protegían un pequeño sector de pavimento y nos acomodamos de espalda contra ella.

—De acuerdo, Sassenach. ¿De qué se trata? —preguntó Jamie.

—Del duque de Sandringham —respondí. Me mordí el labio—. No confíes en él, Jamie. No puedo probarlo, pero sé que hay algo… raro en él. Algo malo.

—¿Lo sabes? —Parecía sorprendido.

Ahora fui yo la sorprendida.

—¿Quieres decir que tú ya lo sabes? ¿Lo conoces? —Me sentí más tranquila. Tal vez los vínculos misteriosos entre Sandringham y la causa jacobita fueran mucho más conocidos de lo que Frank y el vicario habían supuesto.

—Oh, sí. Estuvo aquí de visita cuando yo tenía dieciséis años. Cuando… me marché.

—¿Por qué te fuiste? —inquirí curiosa al recordar de pronto lo que Geillis Duncan había dicho cuando nos conocimos en el bosque. El extraño rumor según el cual Jamie era el verdadero padre de Hamish, el hijo de Colum. Yo sabía que Colum no lo era, no podía serlo…, pero posiblemente fuera la única persona en el castillo que lo sabía. Esa sospecha podría haber sido el motivo por el que Dougal había atentado contra la vida de Jamie… si es que eso había sido el ataque en Carryarick.

—¿Fue por… Letitia? —arriesgué con inseguridad.

—¿Letitia? —Su desconcierto era genuino. Algo en mi interior que ignoraba que estaba tenso, se relajó. Nunca había creído que la suposición de Geilie fuera cierta, pero de todos modos…

—¿Por qué diablos mencionas a Letitia? —preguntó Jamie con expresión inquisitiva—. Viví un año en el castillo y si mal no recuerdo, creo que hablé con ella una vez, cuando me mandó llamar a su habitación y me regañó por haber jugado en su rosaleda.

Le conté lo que había dicho Geilie y rió. Su aliento empañó el aire frío y lluvioso.

—¡Dios mío, jamás me hubiera atrevido! —exclamó.

—¿Crees que Colum pueda haber sospechado algo así?

Sacudió la cabeza con determinación.

—No, no lo creo, Sassenach. Si hubiera tenido la menor sospecha, yo jamás habría cumplido diecisiete años. Ni qué hablar de llegar a la madura y anciana edad de veintitrés.

Esto más o menos confirmaba mi propia impresión sobre Colum, pero de todas maneras, era un alivio. Jamie estaba pensativo; sus ojos azules estaban como distantes.

—Ahora que lo pienso, no estoy seguro de que Colum sepa por qué dejé el castillo tan súbitamente en aquel entonces. Y si Geillis Duncan está difundiendo ese rumor (esa mujer es una alborotadora, Sassenach, y una chismosa, o tal vez una bruja, como dice la gente), será mejor que me encargue de que se entere.

Alzó la vista hacia la cortina de agua que caía de los aleros.

—Bajemos, Sassenach. Esto está demasiado húmedo.

Regresamos por otro camino. Cruzamos el tejado hacia una escalera externa que conducía a los jardines de la cocina, donde yo quería arrancar un poco de borraja, si el aguacero me lo permitía. Nos refugiamos bajo el muro del castillo; el reborde saliente de una ventana desviaba la lluvia.

—¿Qué haces con la borraja, Sassenach? —inquirió Jamie con interés mientras contemplaba las parras y las plantas inclinadas hacia la tierra por la fuerza del agua.

—Cuando está verde, nada. Primero hay que secarla y después…

Un ruido terrible de ladridos y gritos me interrumpió. Provenía del otro lado de la pared del jardín. Me apresuré bajo la lluvia y Jamie me siguió renqueando.

El padre Bain, el sacerdote de la aldea, corría por el sendero, pisando los charcos y una jauría de perros lo perseguía. Entorpecido por la voluminosa sotana, el cura tropezó y cayó. El barro y el agua volaron a su alrededor. En un momento, los perros estaban sobre él, gruñendo y mordisqueando.

Una mancha escocesa saltó la pared y Jamie aterrizó entre ellos. Comenzó a repartir golpes a diestro y siniestro con su palo y a maldecir en gaélico, sumando su voz al bullicio general. Si los gritos y las maldiciones no fueron efectivos, el palo sí lo fue. Los aullidos se oyeron en tanto la madera chocaba contra la carne peluda y, poco a poco, la jauría retrocedió. Por fin, los perros se volvieron y se alejaron en dirección a la aldea.

Jamie se apartó el cabello de los ojos. Jadeaba.

—Malos como lobos —comentó—. Ya le advertí a Colum sobre esa jauría. Son los que persiguieron a Cobhar dentro del lago hace dos días. Debería ordenar que les peguen un tiro antes de que maten a alguien. —Me miró mientras me arrodillaba junto al sacerdote caído para inspeccionarlo. La lluvia goteaba de las puntas de mi cabello y notaba el chal empapado.

—Todavía no lo han hecho —respondí—. Excepto por algún que otro mordisco, se encuentra bien.

La sotana del padre Bain estaba rasgada. Por allí se entreveía un muslo blanco y lampiño con un corte feo y varias marcas que empezaban a sangrar. El cura, pálido del susto, intentaba ponerse en pie. Era obvio que no se encontraba malherido.

—Si me acompaña al dispensario, padre, le limpiaré las heridas —me ofrecí y reprimí una sonrisa ante el espectáculo que presentaba el cura pequeño y regordete. La sotana se agitaba dejando ver unas medias de rombos.

En general, el rostro del padre Bain se asemejaba a un puño cerrado. Ahora, esta similitud se acentuaba por las manchas rojizas que veteaban sus carrillos y remarcaban las arrugas verticales entre las mejillas y la boca. Me miró con indignación, como si le hubiera sugerido que cometiera algún tipo de indecencia pública.

Al parecer lo hice, puesto que contestó:

—¿Qué? ¿Que un hombre de Dios ponga sus partes personales en las manos de una mujer? Bueno, le diré algo, señora. No sé qué clase de inmoralidad se practica en los círculos que suele usted frecuentar, pero le aseguro que no será tolerada aquí…, ¡no mientras yo tenga a mi cuidado las almas de esta parroquia! —Tras decir estas palabras se alejó. Cojeaba bastante mientras trataba de recoger el lado rasgado de la sotana.

—Como usted quiera —le grité—. ¡Pero si no me permite limpiar su herida, le supurará!

El cura no respondió. Encorvó los hombros redondos y subió de uno en uno los escalones del jardín con la sotana recogida. Parecía un pingüino brincando sobre un témpano.

—Ese hombre no aprecia mucho a las mujeres, ¿verdad? —comenté a Jamie.

—Considerando su ocupación, supongo que es lo correcto —replicó—. Ven, vamos a comer algo.

Después de almorzar, envié a mi paciente de vuelta a la cama a descansar —solo a pesar de las protestas— y bajé al dispensario. La lluvia intensa contribuía a disminuir mi actividad. La gente prefería permanecer a salvo dentro en vez de cortarse los pies con rejas de arado o caerse de los tejados.

Pasé una tarde agradable actualizando los registros en el libro de Davie Beaton. Cuando estaba a punto de terminar, un visitante oscureció mi puerta.

La oscureció literalmente, ya que el cuerpo robusto ocupaba todo el ancho del marco. Parpadeé en la semioscuridad y reconocí a Alec MacMahon. Estaba vestido con una extraordinaria disposición de casacas, chales y retazos de mantas de caballo.

Avanzó con una lentitud que me recordó a Colum y me dio un indicio del problema.

—Reumatismo, ¿no? —aventuré con simpatía. Se dejó caer en la única silla con un gruñido apagado.

—Ajá. La humedad me cala los huesos —explicó—. ¿Qué puedo hacer? —Apoyó las manos grandes y nudosas sobre la mesa y aflojó los dedos. Abrió las manos despacio, como un capullo que florece durante la noche, para enseñarme las palmas encallecidas. Cogí una mano y le di la vuelta con suavidad. Estiré los dedos y masajeé la palma áspera. El rostro arrugado hizo una mueca pero se relajó cuando hubieron pasado las primeras punzadas de dolor.

—Parece madera —dije—. Un buen trago de whisky y un masaje fuerte es lo mejor que puedo recomendar. El té de tanaceto no hará más que eso.

Rió y los chales resbalaron de su hombro.

—¿Whisky, eh? Tenía mis dudas, muchacha, pero veo que posee usted las facultades de un buen médico.

Busqué en el fondo del armario y extraje la botella marrón sin nombre que contenía mi provisión de la destilería de Leoch. La deposité sobre la mesa, junto con una taza.

—Beba —le insté—, después desvístase hasta donde considere decente y échese. Atizaré el fuego para que no tenga frío.

El ojo azul miró la botella con aprobación y una mano torcida la cogió por el cuello.

—Mejor beba un trago usted también, muchacha —me recomendó—. Será un trabajo agotador.

Emitió un gruñido, con una mezcla de dolor y satisfacción, cuando me apoyé con fuerza en su hombro izquierdo para aflojarlo. Luego lo levanté desde abajo y le hice rotar la parte superior del cuerpo.

—Mi esposa solía masajearme la espalda —contó—, por el lumbago. Pero esto es incluso mejor. Tiene usted un buen par de manos, jovencita. Sería un excelente mozo de cuadra.

—Supongo que es un cumplido —contesté con sequedad. Vertí otro poco de ungüento de aceite y sebo caliente en mi palma y lo extendí sobre la espalda ancha y blanca. Había una línea definida de demarcación entre la piel de los brazos, morena y curtida por la intemperie, donde se detenían las mangas arremangadas de la camisa, y la piel de los hombros y la espalda, blanca como la leche.

—Bueno, en una época, fue usted un muchacho de piel clara y suave —comenté—. Su espalda es tan blanca como la mía.

Una risa profunda sacudió la carne bajo mis manos.

—Quién lo diría, ¿eh? Sí, Ellen MacKenzie me vio una vez sin la camisa, ayudando a parir a una yegua, y me dijo que el Señor había puesto la cabeza equivocada en mi cuerpo… debía de tener un budín de leche sobre los hombros en vez de un rostro del retablo.

Imaginé que se refería a la representación de la crucifixión que hay en la capilla y que exhibe a varios demonios muy poco atractivos torturando a los pecadores.

—Ellen MacKenzie parecía ser una mujer muy sincera en sus opiniones —observé. Sentía curiosidad por la madre de Jamie. Por lo poco que él contaba de tanto en tanto, me había formado una imagen de su padre, Brian. Pero nunca había mencionado a su madre y yo ignoraba todo sobre ella excepto que había muerto muy joven, al dar a luz.

—Oh, sí. Ellen no se callaba nada y tenía su carácter. —Desaté los jarretes de los calzones escoceses y los subí para concentrarme en las pantorrillas musculosas—. Pero como era dulce, a nadie le importaba demasiado, excepto a sus hermanos. Y ella no prestaba mucha atención a Colum ni a Dougal.

—Mmm. Eso tengo entendido. Se fugó, ¿verdad? —Hundí los pulgares en los tendones detrás de la rodilla y el anciano dejó escapar un sonido que habría sido un grito en cualquier persona menos digna.

—Ajá. Ellen era la mayor de los seis MacKenzie… un año o dos más que Colum y la niña de los ojos del viejo Jacob. Por eso permaneció soltera tanto tiempo. No quiso saber nada con John Cameron ni con Malcom Grant ni con ninguno de los posibles pretendientes. Y su padre jamás forzó su voluntad.

Sin embargo, al morir el viejo Jacob, Colum tuvo menos paciencia con las debilidades de su hermana. En un esfuerzo desesperado por consolidar su incierto dominio del clan, había buscado una alianza con Munro al norte o con Grant al sur. Ambos clanes tenían jefes jóvenes que podrían ser cuñados útiles. La joven Jocasta, de apenas quince años, había aceptado reacia a John Cameron y se había marchado al norte. Ellen, al borde de la soltería a los veintidós, había cooperado mucho menos.

—A juzgar por el comportamiento de Malcom Grant hace dos semanas, deduzco que no fue aceptado —declaré.

El viejo Alec rió y la risa se transformó en un gemido satisfecho cuando intensifiqué la presión.

—Así fue. Nunca supe exactamente qué le dijo ella, pero supongo que lo hirió. Se encontraron durante la gran Reunión, sabe. Salieron a la rosaleda, al atardecer; todos esperaban para ver si ella lo aceptaba o no. Se hizo de noche y seguían esperando. Y más de noche aún; se encendieron los faroles, comenzó la sesión de canto y no había señales de Ellen ni de Malcom Grant.

—Santo cielo. Debió de ser una conversación bastante larga. —Vertí otro poco de linimento entre los omóplatos y el calor hizo gruñir de placer al viejo Alec.

—Eso parecía. Pero el tiempo continuaba transcurriendo y no regresaban. Colum empezó a temer que Grant se hubiera fugado con ella, que se la hubiera llevado a la fuerza, ¿entiende? La sospecha se intensificó cuando descubrieron que no había nadie en la rosaleda. Y cuando Colum envió a alguien por mí al establo…, le informé de que los hombres de Grant habían regresado a por sus caballos y se habían ido sin una palabra de despedida.

Dougal, que en aquel entonces tenía dieciocho años, montó su caballo enseguida. Estaba furioso y partió tras Malcom Grant, sin compañía y sin consultarlo con Colum.

—Cuando Colum se enteró, ordenó que yo y otros fuéramos de inmediato a buscarlo. Conocía bien el carácter de Dougal y no quería que su nuevo cuñado fuera asesinado antes de que se hiciera el anuncio público del casamiento. Suponía que Malcom Grant, al no lograr convencer a Ellen de que lo aceptara, la había raptado para hacerla suya y así forzarla al matrimonio.

Hizo una pausa con un gesto reflexivo.

—Para Dougal era una afrenta, desde luego. Pero a decir verdad, no creo que Colum se sintiera tan molesto, afrenta o no afrenta. Habría solucionado su problema… y Grant habría tenido que tomar a Ellen sin su dote y encima pagar una reparación a Colum.

Alec resopló con cinismo.

—Colum no es un hombre que deje pasar una oportunidad. Es rápido y despiadado. —El único ojo azul me miró sobre un hombro encogido—. Haría bien en tenerlo en cuenta, muchacha.

—No lo olvidaré —le aseguré con cierto pesar. Recordé la historia de Jamie sobre su castigo ordenado por Colum y me pregunté si no habría sido en venganza por la rebelión de su madre.

En todo caso, Colum no tuvo oportunidad alguna de casar a su hermana con el jefe del clan Grant. Al amanecer, Dougal había encontrado a Malcom Grant acampado junto al camino. Dormía bajo un arbusto de tojos, envuelto en su capa.

Y cuando Alec y los demás llegaron poco después, se detuvieron con brusquedad al ver a Dougal MacKenzie y a Malcom Grant, ambos desnudos hasta la cintura y marcados con las heridas de la batalla, oscilando y tambaleándose de una punta a la otra del camino, todavía intercambiando golpes ocasionales cuando se acercaban lo suficiente. Los partidarios de Grant estaban sentados a lo largo del camino como una fila de búhos. Giraban las cabezas en tanto la lucha se desarrollaba sin rumbo bajo el lluvioso amanecer.

—Jadeaban como dos caballos cansados y les salía humo del cuerpo. La nariz de Grant estaba hinchada el doble de su tamaño normal y Dougal tenía los dos ojos casi cerrados. La sangre les chorreaba y se secaba sobre sus pechos.

Ante la aparición de los miembros del clan MacKenzie, los hombres de Grant se habían puesto en pie de un salto con las manos en las espadas. El encuentro habría terminado en una masacre grave de no haber sido por uno de los que iba con los MacKenzie que advirtió un hecho fundamental: Ellen MacKenzie no se hallaba entre los Grant.

—Bueno, después de echar agua a Malcom Grant para que recobrara la conciencia, éste logró explicar lo que Dougal no se había detenido a escuchar… que Ellen había pasado menos de un cuarto de hora con él en la rosaleda. Se negó a revelar lo ocurrido entre ellos, pero fuera lo que fuera, la ofensa había sido tal, que Grant se había marchado de inmediato, sin presentarse a la Reunión. La había dejado allí y no la había vuelto a ver, ni deseaba oír nunca más el nombre de Ellen MacKenzie pronunciado en su presencia. Y con eso, montó su caballo —todavía un poco inseguro— y se alejó. Y desde entonces, no ha sido amigo de nadie del clan MacKenzie.

Yo escuchaba con fascinación.

—¿Y dónde estaba Ellen durante todo ese tiempo?

La risa del viejo Alec sonó como el crujido de la bisagra de una puerta de establo.

—En las montañas y más allá. Pero no se supo hasta bastante después. Mi grupo regresó al castillo y cuando llegamos, descubrimos que Ellen no había aparecido. Colum estaba de pie, pálido, en el patio, apoyado en Angus Mhor.

La confusión prosiguió, puesto que con tantos invitados, las habitaciones del castillo estaban atiborradas, así como los desvanes y las cocinas. Parecía imposible averiguar quién más faltaba del castillo, pero Colum mandó llamar a todos los criados y registró con minuciosidad la lista de invitados, preguntando quién había sido visto la noche anterior, dónde y cuándo. Y por fin, dio con una criada de la cocina que recordó haber visto a un hombre en un pasadizo trasero poco antes de que se sirviera la cena.

Le había llamado la atención porque era muy apuesto. Alto y robusto, de cabello negro como un becerro marino y ojos de gato. Lo había observado con admiración mientras atravesaba el pasadizo y se encontraba con alguien en la puerta externa… una mujer vestida de negro, de pies a cabeza, y enfundada en un abrigo con capucha.

—¿Qué es un becerro marino? —pregunté.

Alec me miró de soslayo con los ojos entornados.

—En Inglaterra los llaman focas. Durante un tiempo después, incluso después de saberse la verdad, la gente de la aldea solía contar que Ellen MacKenzie había sido llevada al océano, a vivir entre los becerros marinos. ¿Sabía que los becerros marinos dejan la piel cuando llegan a la orilla y caminan como hombres? Y si alguien encuentra una piel de becerro marino y la oculta, él… o ella… no pueden regresar al mar y deben quedarse en tierra. Es bueno casarse con un becerro marino hembra. Son excelentes cocineras y madres devotas.

»Pero desde luego —continuó—, Colum no creía que su hermana se hubiera marchado con un becerro marino y así lo manifestó. De modo que hizo bajar a todos los invitados y uno por uno, les preguntó si conocían al hombre de la descripción. Finalmente, averiguó que su nombre era Brian, pero nadie sabía su apellido ni a qué clan pertenecía. Había participado en los juegos, pero allí lo llamaban Brian el Negro.

El asunto quedó en suspenso por un tiempo, puesto que nadie sabía en qué dirección buscar. Sin embargo, hasta los mejores cazadores deben detenerse de vez en cuando en una cabaña para pedir un poco de sal o algo de leche. Y al poco tiempo llegaron noticias de la pareja a Leoch, dado que Ellen MacKenzie no era una mujer de apariencia común.

—Cabello como el fuego —describió Alec, soñoliento y disfrutando del aceite tibio en la espalda—. Y ojos como los de Colum…, grises y bordeados con pestañas negras…, muy hermosos y penetrantes. Una mujer alta, incluso más alta que usted. Y tan bonita que mirarla hacía daño a los ojos.

»Oí decir más tarde que se conocieron en la Reunión. Se miraron una vez y ahí mismo decidieron que su destino era estar juntos. De manera que trazaron un plan y se fugaron ante las propias narices de Colum y de trescientos invitados.

Rió de pronto, al recordar.

—Dougal por fin los encontró. Vivían en la cabaña de un campesino en el límite de las tierras de los Fraser. Habían resuelto ocultarse hasta que Ellen quedara embarazada y estuviera lo bastante avanzada para que no hubiera dudas sobre la paternidad. Entonces Colum tendría que aprobar el matrimonio, le gustara o no… y no le gustaba.

Alec sonrió.

—¿Durante el viaje, no vio usted por casualidad una cicatriz que Dougal tiene en el pecho?

La había visto; una línea blanca delgada que cruzaba el corazón y se extendía desde el hombro hasta las costillas.

—¿Se la hizo Brian?

—No, Ellen —contestó y sonrió al ver mi expresión—. Para evitar que degollara a Brian, lo cual estuvo a punto de hacer. Si yo fuera usted, no se lo mencionaría a Dougal.

—No, creo que no lo haré.

Por fortuna, el plan había resultado. Para cuando Dougal halló a la pareja, Ellen estaba embarazada de cinco meses.

—Hubo un gran revuelo y se intercambiaron cartas muy desagradables entre Leoch y Beauly, pero al final se arregló. Ellen y Brian se instalaron en Lallybroch una semana antes de que naciera el niño. Se casaron en el patio de entrada —añadió— para que él pudiera atravesar el umbral con ella en brazos como su esposa. Más tarde contó que casi se desgarró al levantarla.

—Habla como si los hubiera conocido bien —expresé. Terminada la sesión de masaje, me quité el linimento aceitoso de las manos con una toalla.

—Sí, algo —respondió Alec, amodorrado por el calor. El párpado cayó sobre su único ojo y las arrugas de su rostro se relajaron. Ya no exhibía la expresión de molestia que solía darle ese aspecto tan feroz.

—Conocía bien a Ellen, desde luego. A Brian lo conocí años después, cuando trajo al muchacho y lo dejó aquí. Congeniamos. Era bueno con los caballos. —Su voz se fue apagando y el párpado se terminó de cerrar.

Estiré una manta sobre el cuerpo postrado del anciano. Me marché de puntillas y lo dejé soñando junto al fuego.

Después de dejar a Alec dormido, subí a mi dormitorio y encontré a Jamie en la misma condición. Existe un número limitado de actividades con que entretenerse en un día feo y lluvioso. No quería despertar a Jamie ni unirme a él en el sueño, así que parecía que tendría que elegir entre la lectura o la costura.

Dadas mis escasas habilidades para esta última, decidí pedir prestado un libro de la biblioteca de Colum.

Siguiendo los peculiares principios arquitectónicos que predominaban en la construcción de Leoch —basados en un aborrecimiento general a las líneas rectas— la escalera que llevaba a la suite de Colum tenía dos curvas en ángulo recto, cada una marcada por un pequeño rellano. Por lo general, había un asistente en el segundo rellano, listo para hacer recados o prestar ayuda al señor. Pero hoy no se encontraba en su puesto. Oí ruidos de voces arriba. Quizás el asistente estuviera con Colum. Me detuve frente a la puerta y vacilé.

—Siempre he sabido que eras un tonto, Dougal, pero nunca imaginé que fueras tan idiota. —Acostumbrado a la compañía de tutores desde la infancia y poco habituado a mezclarse con los hombres de armas y la gente común, Colum carecía del pronunciado acento escocés que caracterizaba la voz de Dougal. Ahora, sin embargo, el acento culto había desaparecido y ambas voces resultaban casi indistinguibles, las dos teñidas de ira—. Si tuvieras veinte años, no me extrañaría tu comportamiento. ¡Pero por el amor de Dios, tienes cuarenta y cinco!

—Bueno, no creo que tú sepas mucho de estas cosas, ¿no? —El tono de Dougal era despectivo.

—No —replicó Colum con sequedad—. Y aunque no he tenido demasiados motivos para dar gracias al Señor, tal vez me haya hecho un favor más grande de lo que creo. He oído decir con frecuencia que el cerebro de un hombre deja de funcionar cuando el pene se le levanta. Y ahora me inclino a suponer que es cierto. —Se oyó el ruido fuerte de las patas de una silla al ser arrastrada hacia atrás sobre el suelo de piedra—. ¡Si los hermanos MacKenzie tienen un cerebro y un pene entre los dos, entonces me alegra la parte que me corresponde!

Decidí que un tercer participante en esta conversación no sería bienvenido. Me alejé despacio de la puerta y me volví para bajar las escaleras.

El sonido de faldas en el primer rellano me detuvo en seco. No deseaba ser sorprendida escuchando detrás de la puerta del estudio de Colum. Giré de nuevo hacia la puerta. El rellano era ancho y un tapiz cubría una pared casi desde el suelo al techo. Se verían mis pies, pero era inevitable.

Oculta como una rata detrás del tapiz, oí los pasos que ascendían con lentitud y se acercaban a la puerta. Se detuvieron al otro lado del rellano y el visitante advirtió, igual que yo, la naturaleza privada de la conversación entre los hermanos.

—No —decía Colum, ahora más tranquilo—. No, por supuesto que no. La mujer es una bruja o lo más parecido a eso que existe.

—Sí, pero… —La respuesta de Dougal fue interrumpida por la voz impaciente de su hermano.

—He dicho que me ocuparía del asunto. No te preocupes, hermanito. Me haré cargo de ella. —Un tono de afecto se había traslucido en las palabras de Colum.

—Y en cuanto a lo otro, he escrito al duque. Le concedí permiso para cazar en las tierras al norte de Erlick. Está interesado en probar suerte con los ciervos. Pienso enviar a Jamie para que lo acompañe; todavía le tiene cariño al muchacho…

Dougal interrumpió con algo en gaélico, al parecer un comentario obsceno, puesto que Colum rió y manifestó:

—No, supongo que Jamie es lo bastante grande para cuidarse solo. Pero si el duque tiene intenciones de interceder por él ante su Majestad Real, es la mejor oportunidad del muchacho para obtener un perdón. Si lo deseas, le diré a Su Alteza que tú también irás. Podrás ayudar a Jamie y estarás fuera mientras yo arreglo las cosas aquí.

Hubo un ruido seco y apagado al otro lado del rellano y me arriesgué a espiar. Era la chica Laoghaire, pálida como la pared blanqueada a sus espaldas. Sostenía una bandeja con una botella. Una taza de peltre había caído de la bandeja al suelo alfombrado, produciendo el ruido que yo había oído.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la voz de Colum, ahora aguda, desde el interior del estudio. Laoghaire abandonó la bandeja en la mesa junto a la puerta con tanta prisa que casi tiró la botella. Se volvió y huyó con precipitación.

Sentí los pasos de Dougal aproximándose a la puerta y supe que jamás lograría bajar las escaleras sin ser descubierta. Apenas tuve tiempo de salir de mi escondite y levantar la taza caída antes de que se abriera la puerta.

—Ah, es usted. —Dougal parecía algo sorprendido—. ¿Eso es lo que envía la señora Fitz para la ronquera de Colum?

—Sí —contesté de inmediato—. Dice que espera que se alivie pronto.

—Así será. —Moviéndose con más lentitud, Colum apareció en la puerta abierta. Me sonrió—. Dé las gracias a la señora Fitz en mi nombre. Y le agradezco a usted, querida, que lo haya traído. ¿Quiere sentarse un momento mientras lo bebo?

La conversación que había oído me había hecho olvidar mi propósito original, pero ahora recordé mi intención de pedir prestado un libro. Dougal se marchó con una disculpa y seguí a Colum a su biblioteca, donde me ofreció libre acceso a sus estantes.

Colum todavía estaba colorado, la discusión con su hermano aún fresca en su memoria, pero respondió a mis preguntas sobre los libros con su aplomo habitual. Sólo el brillo en los ojos y una cierta tensión en la postura traicionaban sus pensamientos.

Encontré uno o dos tratados de botánica que parecían interesantes y los separé mientras hojeaba una novela.

Colum atravesó la habitación hacia la jaula de los pájaros. Sin duda, intentaba serenarse, como de costumbre, observando a las hermosas y ensimismadas criaturas brincar entre las ramas, cada una en su mundo propio.

El sonido de gritos atrajo mi atención. Desde aquel lugar alto, se veían los campos sembrados detrás del castillo, en toda su extensión hasta el lago. Un pequeño grupo de jinetes galopaba alrededor del extremo del lago. Gritaban alborozados mientras la lluvia se abatía sobre ellos.

Cuando se acercaron, noté que no eran hombres, sino muchachos, en su mayoría adolescentes y algunos niños montados en ponis que se esforzaban por mantenerse a la par de los más grandes. Me pregunté si Hamish estaría entre ellos y enseguida vislumbré el brillante cabello delator que resplandecía sobre el lomo de Cobhar en el centro del grupo.

La pandilla avanzaba hacia el castillo, en dirección a una de las innumerables paredes de piedra que separaban un campo sembrado de otro. Uno, dos, tres, cuatro, los muchachos mayores saltaron la pared en sus monturas con la facilidad despreocupada nacida de la experiencia.

Fue seguramente mi imaginación la que hizo titubear al bayo, puesto que Cobhar seguía a los otros caballos con entusiasmo. Encaró el cerco, cogió impulso y saltó.

Pareció hacerlo igual que los demás y no obstante, algo ocurrió. Tal vez una vacilación del jinete, una tensión demasiado fuerte de las riendas o una postura poco firme. Las patas del caballo se elevaron sobre la pared unos centímetros demasiado bajo y caballo, jinete y todo, dieron un salto mortal sobre la pared y describieron la parábola más espectacular que yo había visto en mi vida.

—¡Oh!

Atraído por mi exclamación, Colum volvió la cabeza hacia la ventana a tiempo de ver a Cobhar aterrizar pesadamente de costado con la pequeña figura de Hamish debajo. A pesar de su incapacidad, se movió con rapidez. Estaba a mi lado, inclinado fuera de la ventana, antes de que el caballo comenzara a intentar ponerse de pie.

El viento y la lluvia entraron en la habitación y empaparon el terciopelo de la casaca de Colum. Espié con nerviosismo sobre su hombro y vi a varios muchachos empujándose en su ansiedad por ayudar. Pareció transcurrir un largo momento antes de que la multitud se dispersara y viéramos la pequeña y robusta figura salir tambaleando del centro, con una mano en el estómago. Rechazó con la cabeza varios ofrecimientos de ayuda y avanzó con paso bamboleante pero resuelto hacia la pared, donde se inclinó y vomitó profusamente. Luego se deslizó hasta sentarse en la hierba mojada con las piernas abiertas y el rostro vuelto hacia la lluvia. Cuando lo vi sacar la lengua para atrapar las gotas, apoyé una mano en el hombro de Colum.

—Está bien —dije—. No ha sido nada más que un susto.

Colum cerró los ojos y respiró hondo. Su cuerpo se aflojó al liberar la tensión. Lo observé con compasión.

—Lo quiere como si fuera su hijo, ¿verdad? —pregunté.

Los ojos grises me fulminaron con la más extraordinaria expresión de alarma. Durante un instante, el único sonido que se oyó fue el paso del reloj de arena. Entonces, una gota brillante rodó por la nariz de Colum y quedó colgando de la punta. Estiré un brazo involuntariamente para secarla con mi pañuelo y el rostro se relajó.

—Sí —respondió sin ambages.

Al final, lo único que le conté a Jamie fue el plan de Colum de enviarlo a cazar con el duque. Ahora estaba convencida de que los sentimientos de él por Laoghaire se reducían a una amistad cortés, pero ignoraba qué podría hacer si se enteraba de que su tío había seducido a la joven y la había dejado embarazada. Al parecer, Colum no pensaba recurrir a los servicios de Geilie Duncan. Me pregunté si la muchacha se casaría con Dougal o si Colum le encontraría otro esposo antes de que comenzara a notarse su estado. En todo caso, si Jamie y Dougal iban a compartir un pabellón de caza durante varios días, decidí que sería mejor que la sombra de Laoghaire no fuera de la partida.

—Mmm —dijo, pensativo—. Vale la pena intentarlo. Es fácil hacer amistad después de cazar todo el día y beber whisky al anochecer junto al fuego. —Terminó de abrochar mi vestido y se agachó para darme un beso en el hombro.

—Lamentaré dejarte, Sassenach. Pero podría ser para bien.

—No te preocupes por mí —contesté. No había tomado conciencia de que su partida me dejaría sola en el castillo y la idea me puso bastante nerviosa. De todos modos, estaba resuelta a arreglármelas.

—¿Estás listo para cenar? —inquirí. Su mano se detuvo en mi cintura y me volví hacia él.

—Mmm —murmuró un rato después—. Moriría de hambre con mucho gusto.

—Bueno, yo no —afirmé—. Así que tendrás que esperar.

Miré a lo largo de la mesa y a través del comedor. Ya conocía casi todos los rostros, algunos de manera íntima. Y vaya si conformaban un grupo dispar, reflexioné. A Frank le hubiera fascinado la variedad de tipos faciales diferentes.

Pensar en Frank era como si me tocaran una muela inflamada. Enseguida retrocedía. Pero se acercaba el momento en que ya no podría continuar ignorándolo. Forcé mi memoria a recordar y dibujé su rostro en mi mente. Delineé con mis pensamientos los arcos largos y suaves de sus cejas como otrora lo había hecho con los dedos. Insistí a pesar de que mis dedos se estremecieron de pronto con el recuerdo de cejas más gruesas y ásperas y de los ojos azules intensos debajo de ellas.

Me volví deprisa hacia el rostro más cercano, como un antídoto contra estos pensamientos perturbadores. Resultó ser el de Murtagh. Bueno, al menos no se parecía en nada a los dos hombres que atormentaban mi mente.

Pequeño, delgado pero musculoso, con brazos largos que reforzaban la similitud simiesca, tenía una frente angosta y una mandíbula estrecha que por algún motivo me hacían recordar a los habitantes de las cavernas y a imágenes del hombre prehistórico de algunos libros de texto de Frank. No, no a un neandertal. Un picto. Eso era. Había algo en aquel hombrecillo que me recordaba las piedras curtidas y modeladas por el tiempo, antiguas incluso ahora, que vigilaban implacables las encrucijadas y los cementerios.

Divertida con la idea, observé a los otros comensales en busca de tipos étnicos. El hombre junto a la chimenea, por ejemplo, John Cameron. Era un normando por donde se le mirara —aunque yo jamás había visto ninguno— de pómulos altos y frente alta y estrecha, labio superior largo y la piel oscura de un galo.

El sajón rubio aquí y allá…, ah, Laoghaire era el ejemplar perfecto. Tez pálida, ojos azules y apenas un poco regordeta… Reprimí el malévolo comentario. Sentada en unas de las mesas más bajas, conversaba animadamente con sus amigos y se cuidaba de no mirarnos ni a Jamie ni a mí. Miré en la dirección opuesta, hacia la mesa siguiente, donde se encontraba Dougal MacKenzie, por una vez, lejos de Colum. Todo un vikingo, pensé. Con su altura impresionante y los pómulos anchos y chatos, podía imaginarlo fácilmente al mando de un barco vikingo, los ojos hundidos brillantes de avaricia y lujuria mientras escudriñaba la niebla hacia una rocosa aldea costera.

Una mano grande con la muñeca cubierta de vello cobrizo se extendió frente a mí para coger un trozo de pan de avena de la fuente. Otro escandinavo, Jamie. Me recordaba las leyendas de la señora Baird sobre la raza de gigantes que una vez recorrió Escocia y enterró sus largos esqueletos en las tierras del norte.

La conversación era general, como siempre, pequeños grupos que cuchicheaban entre bocados de comida. Pero de repente, mis oídos captaron un nombre conocido, pronunciado en una mesa cercana. Sandringham. Me pareció que era la voz de Murtagh y me volví. Estaba sentado junto a Ned Gowan y masticaba con diligencia.

—¿Sandringham? Ah, Willie, viejo degenerado —comentó Ned con aire meditativo.

—¡¿Qué?! —exclamó uno de los hombres de armas más jóvenes y se atragantó con la cerveza.

—Nuestro venerable duque siente preferencia por los muchachos, o así tengo entendido —explicó Ned.

—Mmm —convino Rupert con la boca llena. Tragó y añadió—: Si mal no recuerdo, la última vez que nos visitó, demostró preferencia por el joven Jamie. ¿Cuándo fue eso, Dougal? ¿En el treinta y ocho? ¿El treinta y nueve?

—Treinta y siete —contestó Dougal desde la otra mesa. Entornó los ojos hacia su sobrino—. Eras un chico muy guapo a los dieciséis años, Jamie.

Jamie asintió, masticando.

—Ajá. Y también rápido.

Cuando las risas se acallaron, Dougal comenzó a burlarse de Jamie.

—No sabía que fueras favorito, Jamie, muchacho. Varios preferidos del duque han intercambiado un trasero dolorido por tierras y empleos.

—Habrás notado que no poseo ni lo uno ni lo otro —replicó Jamie con una sonrisa y provocó más carcajadas.

—¿Qué? ¿Ni siquiera estuviste cerca? —inquirió Rupert sin dejar de masticar con ruido.

—A decir verdad, más cerca de lo que hubiera querido.

—¿Cuánto más cerca hubieras querido, eh? —El grito brotó del extremo de la mesa, de un hombre alto y de barba castaña que no reconocí. Fue recibido con más risas y comentarios impúdicos. Jamie sonrió con tranquilidad y se estiró para coger más pan, impasible ante las bromas.

—¿Por eso te fuiste del castillo tan de repente y regresaste con tu padre? —preguntó Rupert.

—Ajá.

—¡Caramba! Deberías haberme confiado tu problema, Jamie —intervino Dougal con falsa preocupación. Jamie hizo un ruido bajo y escocés con la garganta.

—Si te lo hubiera contado, viejo bribón, hubieras echado jugo de amapolas en mi cerveza una noche y me hubieras depositado en la cama de Su Alteza como regalo.

La mesa vibró y Jamie se movió para esquivar una cebolla arrojada por Dougal.

Rupert miró de soslayo a Jamie.

—Me parece que te vi poco antes de que te marcharas. Estabas entrando en los aposentos del duque, al anochecer. No nos estarás ocultando algo, ¿verdad? —Jamie cogió otra cebolla y se la tiró. Erró y la cebolla desapareció entre la gente.

—No —contestó, riendo—. Todavía soy virgen… en ese sentido, al menos. Pero si quieres que te lo cuente todo, Rupert, lo haré, con mucho gusto.

Entre gritos de «¡Que lo cuente! ¡Que lo cuente!», Jamie se sirvió un jarro de cerveza y se reclinó en la típica postura del narrador. Podía ver a Colum en la mesa principal, con la cabeza inclinada hacia delante para escuchar, tan atento como los palafreneros y hombres de armas en nuestra mesa.

—Bueno —comenzó—, lo que Ned dice es cierto. Su Alteza tenía cierta preferencia por mí. Pero yo era un joven tan inocente a los dieciséis que… —Fue interrumpido por una serie de comentarios cínicos y levantó la voz para continuar—. Como estaba diciendo, yo era muy inocente y no tenía idea de lo que significaba aquello, aunque me extrañaba que Su Alteza quisiera palmearme todo el tiempo como a un perro y que se interesara tanto por lo que yo podría tener en mi morral.

—¡O debajo de él! —gritó una voz ebria.

—Y me extrañó aún más —prosiguió—, cuando me encontró lavándome en el río y quiso frotarme la espalda. Cuando terminó con la espalda y siguió con el resto, empecé a ponerme un poco nervioso. Y cuando me metió la mano debajo de la falda, comencé a tener una idea general. Era inocente, pero no tonto. Me escabullí de la situación arrojándome al agua, con falda y todo, y nadando a la otra orilla. Su Alteza no estaba dispuesto a exponer sus ropas costosas al barro y al agua. En todo caso, después de eso, me cuidaba mucho de no quedar a solas con él. Me sorprendió una o dos veces en el jardín o en el patio, pero logré huir sin más daño que un beso en mi oreja. El único otro momento difícil fue cuando me cogió desprevenido en el establo.

—¿En mi establo? —El viejo Alec estaba horrorizado. Se incorporó a medias y gritó hacia la mesa principal—: ¡Que ese hombre no se acerque a mis caballerizas, Colum! ¡No permitiré que asuste a mis caballos, duque o no duque! ¡Ni que moleste a los muchachos! —añadió, como una ocurrencia tardía pero obvia.

Jamie siguió con su historia, indiferente a la interrupción. Las dos hijas adolescentes de Dougal escuchaban absortas y algo boquiabiertas.

—Estaba en una caballeriza, sabéis, y no había mucho espacio para maniobrar. Estaba inclinado sobre… —más comentarios obscenos—… como decía, estaba inclinado sobre el comedero cuando oí un sonido a mis espaldas. Antes de que pudiera enderezarme, alguien me levantó la falda hasta la cintura y sentí algo duro contra mi trasero.

Agitó una mano para acallar el tumulto antes de continuar.

—La idea de ser violado en una caballeriza no me gustaba nada, pero no tenía forma de escapar. Así que apreté los dientes y rogué para que no me doliera mucho. De pronto, el caballo (el semental negro grandote, Ned, el que os entregaron en Brocklebury… el que Colum le vendió a Breadalbin) en fin, el caballo se disgustó por el ruido que estaba haciendo Su Alteza. A la mayoría de los caballos les gusta que les hablen, y a éste también, pero tenía una aversión particular a las voces agudas. No podía sacarlo al patio cuando había niños pequeños porque se ponía nervioso con los chillidos y empezaba a escarbar la tierra y a patear.

»No sé si lo recordáis, pero Su Alteza posee una voz más bien aguda. En aquella ocasión, como estaba un poco excitado, era bastante más aguda. Bueno, como iba diciendo, el caballo estaba disgustado (y yo también, por cierto) y empezó a patear y a resoplar. En un momento dado, giró el cuerpo y aplastó a Su Alteza contra la caballeriza. No bien el duque me hubo soltado, salté dentro del comedero y me escurrí por el otro lado del caballo, dejando que Su Alteza saliera como pudiera.

Jamie hizo una pausa para tomar aliento y beber un trago de cerveza. La sala entera tenía la atención puesta en él; los rostros lo observaban, brillantes bajo la luz de las antorchas. Aquí y allá, alguien fruncía el entrecejo por esta confesión que involucraba a un noble tan poderoso de la Corona británica, pero la reacción predominante era de deleite total por el escándalo. Deduje que el duque no era un personaje muy popular en el castillo Leoch.

—Habiendo estado tan cerca, por así decirlo, Su Alteza decretó que me tendría, fuera como fuera. De manera que al día siguiente le dijo a MacKenzie que su criado personal había caído enfermo y le pidió si yo podía ayudarle a lavarse y vestirse.

Colum se tapó el rostro con fingida consternación, para regocijo del resto de los comensales. Jamie asintió en dirección a Rupert.

—Por eso me viste entrar en las habitaciones de Su Alteza esa noche. Bajo órdenes.

—Debiste habérmelo dicho, Jamie. No te habría enviado —gritó Colum con una expresión de reproche.

Jamie se encogió de hombros y sonrió.

—Mi modestia natural me lo impidió, tío. Además, sabía que estabas tratando de negociar con él. Pensé que no sería bueno para las negociaciones que te vieras forzado a decirle a Su Alteza que mantuviera las manos lejos del trasero de tu sobrino.

—Qué considerado por tu parte, Jamie —apuntó Colum secamente—. O sea que te sacrificaste por mis intereses, ¿no?

Jamie alzó su jarra en un falso brindis.

—Tus intereses siempre ocupan el primer lugar en mi mente, tío —declaró. Pensé que a pesar del tono burlón, había cierta verdad en sus palabras. Colum la percibió igual que yo.

Vació la jarra y la bajó.

—Pero no —agregó y se secó la boca—, en este caso, no creí que el deber familiar exigiera tanto de mí. Fui a los aposentos del duque porque me lo ordenaste, pero eso fue todo.

—¿Y saliste con el trasero sano? —Rupert sonó escéptico.

Jamie sonrió.

—Ajá. Después de la conversación con Colum, fui a ver a la señora Fitz y le expliqué que necesitaba con desesperación una dosis de jarabe de higos. Cuando me lo dio, vi dónde puso la botella. Regresé poco después. Y me la bebí entera.

El comedor se sacudió con las risas, incluyendo la de la señora Fitz. Se había puesto tan colorada que pensé que le daría un ataque. Se levantó ceremoniosamente, dio la vuelta a la mesa y tiró a Jamie de una oreja.

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