Forastera
Cuarta parte. Una vaharada de azufre » 24. Un mal augurio
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—¡Así que eso fue lo que le ocurrió a mi purgante, canalla! —Con las manos en las caderas, meneó la cabeza. Los pendientes verdes titilaron como libélulas—. ¡El mejor que jamás he tenido!
—Oh, fue muy efectivo —le aseguró él y sonrió a la corpulenta dama.
—¡Me imagino! Cuando pienso en lo que esa cantidad de purgante debió de hacerle a tus entrañas, muchacho, espero que valiera la pena. Te tuviste que sentir pésimamente durante días.
Jamie asintió sin dejar de reír.
—Así fue. Pero al menos no fui útil para lo que Su Alteza tenía en mente. No pareció importarle cuando le pedí permiso para retirarme. Pero yo sabía que no podría hacerlo dos veces, así que en cuanto se aligeraron los retortijones, busqué un caballo en el establo y me marché a toda prisa. Tardé mucho en llegar a casa, ya que tenía que detenerme cada diez minutos. Pero al fin lo logré, al día siguiente, a la hora de cenar.
Dougal pidió otra jarra de cerveza. Los hombres la fueron pasando de mano en mano a lo largo de la mesa hasta llegar a Jamie.
—Tu padre mandó decir que creía que ya habías aprendido bastante sobre la vida en el castillo —comentó con una sonrisa triste—. En aquel momento, me pareció que su carta tenía un tono algo extraño.
—Bueno, espero que haya acumulado una nueva provisión de jarabe de higos, señora Fitz —interrumpió Rupert y le dio un codazo en las costillas con confianza—. Su Alteza estará aquí dentro de un día o dos. ¿O acaso cuentas con que tu nueva esposa te proteja esta vez, Jamie? —Me dirigió una mirada lasciva—. Por lo que he oído, tú tendrás que protegerla a ella. Parece que el criado del duque no comparte las preferencias de Su Alteza, aunque es tan activo como él.
Jamie empujó el banco hacia atrás y se puso en pie. Me ayudó a levantarme de la mesa y me pasó un brazo por los hombros antes de devolver la sonrisa a Rupert.
—Entonces, supongo que los dos tendremos que aguantar espalda contra espalda.
Los ojos de Rupert se abrieron con espanto.
—¡Espalda contra espalda! —exclamó—. ¡Sabía que habíamos olvidado decirte algo antes de tu boda, muchacho! ¡Con razón no la has embarazado!
La mano de Jamie se tensó en mi hombro mientras me guiaba hacia la arcada. Escapamos, seguidos de una lluvia de risas y consejos obscenos.
Una vez en el pasillo oscuro, Jamie se apoyó contra las piedras, doblado en dos. Incapaz de mantenerme en pie, me desplomé a sus pies y reí sin poder contenerme.
—¿No se lo has dicho, verdad? —preguntó Jamie por fin, sin aliento.
Meneé la cabeza.
—No, por supuesto que no. —Todavía jadeando, tanteé en busca de su mano y tiró para ponerme de pie. Me dejé caer contra su pecho.
—Veamos si lo he entendido. —Me cogió la cara entre ambas manos y apoyó su frente en la mía. Su rostro estaba tan cerca que los ojos se confundían en una única pupila azul grande. Su cálido aliento acariciaba mi barbilla.
—Cara a cara. ¿Es así, verdad? —El ataque de risa se estaba extinguiendo en mi sangre, reemplazado por algo igual de potente. Rocé mi lengua contra sus labios mientras mis manos se concentraban en algo más abajo.
—La cara no es la parte esencial. Pero estás aprendiendo.
Al día siguiente en el dispensario, estaba escuchando con paciencia a una anciana de la aldea, parienta del cocinero de campaña, quien me detallaba con gran elocuencia el problema de dolor de garganta de su nuera. En teoría, éste tenía algo que ver con la actual angina que la anciana alegaba padecer, aunque por el momento, yo no alcanzaba a entender la relación. Una sombra cayó a través del vano de la puerta e interrumpió el catálogo de síntomas de la mujer.
Levanté la cabeza sobresaltada y vi a Jamie entrar a toda velocidad. El viejo Alec lo seguía y ambos parecían preocupados y excitados. Jamie cogió mis manos entre las suyas.
—¿Qué…? —empecé, pero Alec me interrumpió. Observaba mis manos por encima del hombro de Jamie.
—De acuerdo, están bien. ¿Pero qué me dices de los brazos, hombre? ¿Tiene brazo para eso?
—Mira. —Jamie me estiró un brazo y lo midió en comparación con uno de él.
—Mmm —expresó Alec y lo examinó sin convicción—, podría ser. Sí, podría ser.
—¿Os importaría decirme qué diablos creéis que estáis haciendo? —inquirí, pero antes de poder terminar, me encontré en medio de los dos hombres, arrastrada escaleras abajo. Mi anciana paciente se quedó mirándonos boquiabierta.
Un momento después, ojeaba con inseguridad el anca larga, brillante y zaina de una yegua, situada a unos quince centímetros de mi cara. Jamie me había explicado el problema entre comentarios, maldiciones e interjecciones del viejo Alec.
Losgann, por lo general una buena paridora y miembro valioso del establo de Colum, estaba teniendo dificultades. Esto pude comprobarlo por mí misma. La yegua estaba echada de lado y de tanto en tanto, se henchía y el cuerpo enorme parecía temblar. Me puse a cuatro patas detrás del animal y vislumbré los labios de la vagina que se abrían ligeramente con cada contracción. Pero no ocurría nada más. Ninguna señal en la abertura de cascos pequeños ni de la delicada nariz mojada. El potrillo, atrasado, se presentaba sin duda de lado o al revés. Alec opinaba que de lado, Jamie que al revés, y se detuvieron a discutirlo un instante hasta que los llamé al orden con impaciencia para preguntarles qué esperaban que yo hiciera, en cualquiera de los casos.
Jamie me miró como si fuera un poco tonta.
—Que des la vuelta al potrillo, desde luego —dijo con calma—. Que pongas las patas delante para que yo pueda sacarlo.
—¿Ah, eso es todo? —Observé a la yegua. Losgann, cuyo nombre elegante de hecho significaba «rana», tenía huesos finos para un caballo, pero grandotes.
—¿Eh, os referís a que meta la mano? —Miré mi mano con disimulo. Probablemente entrara… la abertura era lo bastante grande. ¿Pero y después qué?
Era evidente que las manos de ambos hombres resultaban demasiado grandes para la tarea. Y Roderick, el mozo de cuadra a quien se solía recurrir en situaciones tan delicadas, se encontraba, por supuesto, inmovilizado con una tablilla y un cabestrillo ideados por mí en el brazo derecho…, que se había roto dos días antes. De todos modos, Willie, el otro mozo de cuadra, había ido a buscarlo para que contribuyera con consejos y aliento moral. Roderick llegó justo en aquel momento, desnudo excepto por un par de calzones cortos gastados. El pecho delgado y blanco centelleaba en la penumbra del establo.
—Es un trabajo difícil —sentenció después de evaluar la situación y la sugerencia de que yo lo sustituyera—. Engañoso, sabe. Tiene su maña, pero también requiere fuerza.
—No te preocupes —aseveró Jamie, confiado—. Claire es mucho más fuerte que tú, pequeño. Si le explicas qué debe hacer, resolverá el asunto enseguida.
Aprecié el voto de confianza, pero estaba muy lejos de ser tan optimista. Me dije que esto no era peor que asistir a una operación abdominal y me retiré a una caballeriza para cambiarme el vestido por unos calzones y una camisa áspera de arpillera. Luego me enjaboné las manos y los brazos hasta el hombro con jabón de sebo grasiento.
—Bueno, al ataque —mascullé por lo bajo e introduje la mano.
Había poco lugar para maniobrar y al principio, no sabía qué estaba tocando. Cerré los ojos para concentrarme mejor y tanteé con precaución. Había extensiones lisas y otras irregulares. Las partes lisas debían de ser el cuerpo y las irregulares, las patas o la cabeza. Quería las patas… los brazos, para ser específica. Poco a poco, me fui habituando al tacto y a la necesidad de quedarme quieta cuando sobrevenía una contracción. Los increíblemente poderosos músculos del útero me atenazaban la mano como una prensa y estrujaban mis huesos de manera muy dolorosa hasta que pasaba la contracción y podía retomar la búsqueda.
Por fin, mis dedos torpes hallaron algo de lo que estuve segura.
—¡Tengo mis dedos en la nariz! —grité triunfal—. ¡He encontrado la cabeza!
—¡Bien, muchacha, bien! ¡No la suelte! —Alec estaba acuclillado con ansiedad a mi lado y palmeó a la yegua al comenzar otra contracción. Apreté los dientes y apoyé la frente contra el anca brillante en tanto la fuerza trituraba mi muñeca. Sin embargo, cedió, y mantuve la mano en su sitio. La fui subiendo con cuidado hasta hallar la curva de la cuenca del ojo y la ceja y el pequeño reborde de la oreja doblada. Aguardé durante otra contracción más y seguí la curva del cuello hasta el hombro.
—Tiene la cabeza vuelta sobre el hombro —informé—. Al menos, la cabeza está apuntando en la dirección correcta.
—Bien. —Jamie, en la cabeza de la yegua, deslizó una mano tranquilizadora por el cuello zaino sudado—. Seguro que tiene las patas dobladas bajo el pecho. Trata de agarrar una rodilla.
De modo que proseguí, tocando, buscando con torpeza, con el brazo metido hasta el hombro dentro de la tibia oscuridad del caballo. Sentía la abrumadora intensidad de las contracciones y su reconfortante aflojamiento en tanto pugnaba a ciegas por alcanzar mi objetivo. Tenía la sensación de ser yo quien estaba dando a luz. Y vaya si era penoso.
Finalmente, mi mano se cerró en un casco. Reconocí la superficie redondeada y el canto vivo de la curva todavía sin usar. Seguí las instrucciones ansiosas y a menudo contradictorias de mis guías lo mejor posible y empujé y tiré, manipulando el cuerpo del potrillo. Traje un casco hacia delante, empujé otro hacia atrás, sudé y gruñí junto con la yegua.
Y entonces, de pronto, conseguí mi objetivo. Cedió una contracción y el potrillo se acomodó con facilidad en su sitio. Esperé, inmóvil, la próxima contracción. Vino, y una naricilla húmeda asomó con brusquedad, empujando mi mano consigo. Los ollares diminutos se hincharon unos segundos, como interesados en la nueva sensación. Luego, la nariz desapareció.
—¡En la siguiente! —Alec casi bailaba. Su figura artrítica brincaba de un lado a otro en el heno—. Vamos, Losgann. ¡Vamos, mi querida ranita!
Como en respuesta, la yegua emitió un gruñido convulsivo. El anca se flexionó con violencia y el potrillo se deslizó suavemente en el heno fresco; era un puñado de patas, cascos y grandes orejas.
Me recliné hacia atrás en el heno y sonreí como una idiota. Estaba cubierta de jabón, suciedad y sangre, exhausta y dolorida, y olía a los aspectos menos agradables de los caballos. Me sentía eufórica.
Me senté y observé a Willie y a Roderick atender al recién nacido. Lo limpiaron con trozos de paja y lanzaron exclamaciones de júbilo cuando Losgann se volvió, lo lamió y lo empujó delicadamente con el hocico para que se pusiera en pie sobre sus patas largas e inseguras.
—¡Excelente trabajo, muchacha! ¡Excelente trabajo! —Alec estaba fuera de sí de alegría y sacudía mi mano limpia en señal de felicitación. De repente, advirtió que yo temblaba y reparó en mi lamentable estado. Se volvió y gritó a uno de los muchachos que trajera agua. Luego se puso a mis espaldas y apoyó sus manos encallecidas en mis hombros. Con movimientos increíblemente hábiles y suaves, presionó y masajeó hasta aliviar la tensión de mis hombros y aflojar los nudos de mi cuello.
—Ya ha pasado, jovencita —manifestó por fin—. Un trabajo arduo, ¿verdad? —Me sonrió y contempló al potrillo con adoración—. Hermoso animal —agregó.
Jamie me ayudó a lavarme y a cambiarme. Tenía los dedos demasiado rígidos para abrocharme los botones y sabía que por la mañana tendría el brazo entero azul por las moraduras. Pero me sentía en paz y más que satisfecha.
La lluvia pareció durar una eternidad. El primer día que amaneció despejado y claro, bizqueé bajo la luz del sol como un topo que acabara de dejar su cueva.
—Tu piel es tan fina que puedo ver la sangre moviéndose debajo —dijo Jamie y delineó el curso de un rayo de sol a través de mi estómago desnudo—. Puedo seguir las venas desde tu mano hasta el corazón. —Subió un dedo por mi muñeca hasta la curva del codo, por el lado interno del antebrazo y a través de la inclinación debajo de la clavícula.
—Esa es la vena subclavia —comenté mientras observaba el trayecto del dedo.
—¿De veras? Ah, sí, porque está debajo de la clavícula. Cuéntame más. —El dedo se movió con lentitud hacia abajo—. Me gusta oír el nombre en latín de las cosas. Nunca soñé que sería tan placentero hacer el amor a una médica.
—Ésa es una aréola —declaré con modestia—. Pero ya lo sabes porque te lo dije la semana pasada.
—Sí, es verdad —susurró—. Y son dos. —La cabeza brillante bajó para que la lengua reemplazara al dedo y luego prosiguió su camino descendente.
—Umbilicus —musité con respiración entrecortada.
—Um. —Los labios esbozaron una sonrisa contra mi piel transparente—. ¿Y qué es esto?
—Dímelo tú —respondí y le agarré la cabeza. Pero Jamie no podía hablar.
Más tarde, estaba repantigada en la silla del dispensario y me complacía en el recuerdo de mi despertar en una cama soleada, con las mantas revueltas como la arena de la playa. Una mano descansaba en mi pecho y jugueteaba ociosamente con el pezón, disfrutando de su rigidez contra mi palma debajo del algodón fino del corpiño.
—¿Gozando?
La voz sarcástica desde la puerta me hizo incorporarme tan deprisa que me golpeé la cabeza contra un estante.
—Ah —respondí no de muy buen humor—. Geilie. ¿Quién si no? ¿Qué estás haciendo aquí?
Entró en el dispensario, deslizándose como sobre ruedas. Yo sabía que tenía pies, los había visto. Lo que no lograba entender era dónde los ponía cuando caminaba.
—Vine a traerle azafrán español a la señora Fitz. Lo quería para la llegada del duque.
—¿Más especias? —pregunté. Empezaba a recobrar mi buen humor—. Si come la mitad de las cosas que le está preparando, regresará rodando.
—Podría hacerlo ahora. He oído decir que está bastante gordo.
Descartando el tema del duque y su físico, me preguntó si me gustaría acompañarla en una expedición a las colinas cercanas.
—Necesito algo de musgo —explicó. Agitó con gracia sus manos largas—. Hervido en leche con un poco de lana de oveja resulta una magnífica loción para las manos.
Eché una ojeada a mi estrecha ventana, donde las motas de polvo enloquecían bajo la luz dorada. Un ligero aroma a fruta madura y heno recién cortado flotaba en la brisa.
—¿Por qué no?
Mientras esperaba que yo reuniera mis cestas y botellas, Geilie se paseó por el dispensario, levantando y bajando cosas al azar. Se detuvo frente a una mesita y recogió el objeto que yacía sobre ella. Frunció el entrecejo.
—¿Qué es esto?
Interrumpí lo que estaba haciendo y me acerqué. Geilie sostenía un pequeño manojo de plantas secas atado con tres hilos entrelazados; uno negro, uno blanco y otro rojo.
—Jamie dice que es un maleficio.
—Tiene razón. ¿De dónde lo has sacado?
Le conté el hallazgo del pequeño manojo en mi cama.
—Al día siguiente, salí y lo encontré debajo de la ventana, donde Jamie lo había arrojado. Pensaba llevarlo a tu casa y preguntarte si sabías algo sobre él, pero me olvidé.
Geilie se golpeó una uña contra los dientes delanteros en actitud meditativa. Sacudió la cabeza.
—No, no puedo decir que sepa algo. Pero hay una forma de averiguar quién te lo dejó.
—¿En serio?
—Ajá. Ve mañana por la mañana a mi casa y te lo diré.
Negándose a revelar más, giró con un remolino de su capa verde y se marchó, dejando que yo la siguiera.
Me condujo hacia las colinas al pie de las montañas, casi corriendo cuando había un camino para hacerlo y al paso cuando no lo había. A una hora de caminata del pueblo, se detuvo junto a un arroyuelo. Los sauces se inclinaban sobre el agua.
Bordeamos el arroyo y nos adentramos en las colinas. Recogimos plantas de fines de verano que todavía perduraban, bayas maduras de principios de otoño y el musgo espeso y amarillo que crecía en los troncos de los árboles en los pequeños valles sombreados.
La figura de Geilie desapareció en el helechal cuando me detuve para raspar un poco de corteza de álamo en mi cesta. Los glóbulos de savia seca en la corteza delgada parecían gotas de sangre congelada y la luz del sol se reflejaba en el carmesí intenso.
Un sonido me arrancó de mi ensueño y alcé la vista hacia la colina, en la dirección en la que me pareció que había provenido.
Oí el ruido otra vez; un gimoteo agudo. Daba la impresión de venir de lo alto, de una abertura rocosa cerca de la cima de la colina. Deposité mi cesta en el suelo y comencé a trepar.
—¡Geilie! —grité—. ¡Sube aquí! ¡Alguien ha abandonado a un recién nacido!
El sonido de plantas al ser apartadas y de maldiciones apagadas la precedieron colina arriba en tanto se abría paso a través de los enmarañados arbustos de la ladera. Tenía el rostro acalorado, expresión enfadada y ramitas en el cabello.
—¿Qué diablos…? —comenzó y luego se lanzó hacia delante—. ¡Por la sangre de Cristo! ¡Bájalo! —Me arrebató al niño de los brazos y lo puso de vuelta donde yo lo había encontrado, en una pequeña depresión de la roca. El hueco liso y cóncavo medía menos de un metro. En un lado, había una taza de madera poco profunda, medio llena de leche. A los pies de la criatura, yacía un ramillete de flores silvestres atado con un trozo de hilo rojo.
—¡Pero está enfermo! —protesté. Me volví a inclinar sobre el niño—. ¿Quién dejaría a un niño enfermo aquí solo?
Era evidente que la criatura se hallaba enferma. La carita contraída estaba verdosa, con ojeras profundas debajo de los ojos. Los puños se sacudían con debilidad bajo la manta. El cuerpecito se había aflojado en mis brazos cuando lo alcé. Me extrañaba que hubiera tenido fuerza para llorar.
—Sus padres —dijo Geilie y me detuvo con una mano en mi brazo—. Déjalo. Vámonos de aquí.
—¿Sus padres? —pregunté indignada—. Pero…
—Es un niño cambiado —explicó con impaciencia—. Déjalo y ven. ¡Ahora!
Me arrastró con ella hacia la maleza. La seguí por la cuesta protestando hasta que llegamos abajo, sin aliento y acaloradas. Allí, la obligué a detenerse.
—¿Qué es esto? —exigí saber—. No podemos abandonar a un niño enfermo a la intemperie. ¿Y a qué te refieres con que es un niño cambiado?
—¿No sabes qué es un niño cambiado? —preguntó, impaciente—. Cuando los duendes roban un recién nacido humano, dejan a uno de ellos en su lugar. Es fácil reconocerlos porque lloran y se quejan todo el tiempo y no crecen.
—Por supuesto que sé lo que es —repliqué—. Pero tú no crees en esas tonterías, ¿verdad?
Me dirigió una mirada extraña y cargada de recelo. Luego su rostro se relajó y adoptó su habitual expresión de cinismo burlón.
—No, claro que no —admitió—. Pero la gente de por aquí sí lo cree. —Alzó la vista con nerviosismo, pero ya no se oía nada—. La familia debe de andar cerca. Vámonos.
De mala gana, permití que me guiara en dirección a la aldea.
—¿Por qué lo pusieron allá arriba? —inquirí y me senté en una roca para quitarme las medias antes de vadear un arroyo—. ¿Suponen que los duendes vendrán a curarlo? —Seguía preocupada por el niño. Parecía muy enfermo y aunque ignoraba qué tenía, creía poder ayudarlo.
Quizá pudiera dejar a Geilie en el pueblo y regresar a buscar al niño. Pero tendría que ser pronto. Observé el cielo al este, donde nubes de lluvia grises se teñían con rapidez de una penumbra púrpura. Todavía se veía un destello rosado al oeste, pero calculé que no quedaría más de media hora de luz.
Geilie enganchó el asa de mimbre del cesto en su escote, se recogió la falda y entró en el arroyo. El agua fría la hizo estremecer.
—No —contestó—. O mejor dicho, sí. Ésa es una de las colinas encantadas y es peligroso dormir allí. Si dejas al niño cambiado en ese lugar durante toda la noche, los duendes regresarán y se lo llevarán de vuelta. Y devolverán al niño humano que han robado.
—En este caso no lo harán —repliqué—. Porque no es un niño cambiado —añadí y contuve la respiración al tocar el agua helada—. Es sólo un niño enfermo. ¡Y hay muchas posibilidades de que no sobreviva una noche a la intemperie!
—No sobrevivirá —sentenció Geilie—. Estará muerto por la mañana. Y ruego a Dios que nadie nos haya visto cerca de él.
Me estaba poniendo los zapatos y me detuve en seco.
—¡Muerto! Regresaré a buscarlo, Geilie. No puedo dejarlo allí. —Me volví y comencé a andar en la dirección contraria.
Geilie me cogió por la espalda y me arrojó de bruces en el agua poco profunda. Con torpeza y sin aliento, logré ponerme de rodillas, salpicando para todos lados. Geilie estaba de pie con los tobillos en el agua y la falda empapada. Me clavó una mirada furiosa.
—¡Inglesa terca y estúpida! —me gritó—. ¡No puedes hacer nada! ¿Me oyes? ¡Nada! ¡Ese niño está prácticamente muerto! ¡No me quedaré quieta viendo cómo arriesgas tu vida y la mía por una locura! —Entre resoplidos y gruñidos, se agachó y me cogió de las axilas para ponerme de pie—. Claire —agregó con urgencia y sacudiéndome un poco—. Escúchame. Si te acercas a ese niño y él muere (y morirá, créeme, los he visto así), la familia te acusará de su muerte. ¿No comprendes el peligro que entraña? ¿Acaso no sabes lo que se dice de ti en la aldea?
Permanecí temblando en la brisa fría del atardecer, desgarrada entre el pánico obvio de Geilie por mi seguridad y la imagen de un niño indefenso, muriendo lentamente y solo en la oscuridad, con flores silvestres a sus pies.
—No —respondí y me aparté el pelo mojado de la cara—. No, Geilie, no puedo. Tendré cuidado, te lo prometo, pero debo volver. —Me liberé de sus manos y me encaminé hacia la orilla. Tropecé y salpiqué agua en las sombras inciertas del cauce del arroyo.
Hubo un grito amortiguado de exasperación a mis espaldas y luego el ruido de agua agitada en la dirección contraria. Bueno, al menos no seguiría estorbándome.
Estaba oscureciendo deprisa y me abrí camino entre los arbustos y la maleza tan rápido como pude. No estaba segura de poder encontrar la colina en la oscuridad. Había muchas en las cercanías, todas de casi la misma altura. Y al margen de los duendes, la idea de vagar por aquí sola de noche no era lo que más me agradaba. El problema de cómo me las ingeniaría para regresar al castillo con un niño enfermo lo resolvería cuando llegara el momento.
Por fin, hallé la colina al localizar un monte de alerces jóvenes que recordaba haber visto en la base. Ya era casi de noche, no había luna, y trastabillaba y me caía con frecuencia. Los alerces se erguían muy juntos y murmuraban bajito en la brisa con chasquidos, crujidos y suspiros.
«Este maldito lugar está encantado», pensé mientras escuchaba el susurro de las hojas sobre mi cabeza y avanzaba con cuidado entre los troncos delgados.
«No me sorprendería toparme con un fantasma detrás del próximo árbol».
Y me sorprendí. De hecho, se me pusieron los pelos de punta cuando la figura imprecisa apareció y me agarró. Dejé escapar un chillido penetrante y la golpeé.
—Jesucristo —exclamé—, ¿qué estás haciendo aquí? —Me desplomé un momento contra el pecho de Jamie. Me aliviaba verlo, a pesar del susto que me había dado.
Me cogió del brazo y me volvió para conducirme fuera del bosque.
—He venido a por ti —susurró—. He salido a buscarte porque se estaba haciendo de noche. Me he encontrado con Geillis Duncan cerca del arroyo St. John y me ha dicho dónde estabas.
—Pero el niño… —empecé y giré hacia la colina.
—El niño está muerto —afirmó. Me obligó a volverme de nuevo—. He subido a verlo.
Lo seguí sin poner reparos, angustiada por la muerte de la criatura pero contenta porque ya no tendría que habérmelas sola con la colina encantada ni con el largo viaje de regreso. Agobiada por los árboles oscuros y susurrantes, no hablé hasta que hubimos cruzado el arroyo. Todavía mojada a causa de la inmersión anterior, no me molesté en quitarme las medias y lo atravesé con indiferencia. Jamie, aún seco, se conservó así. Brincó desde la orilla a una roca que se elevaba sobre la corriente y luego saltó a la orilla opuesta como un atleta.
—¿Tienes idea de lo peligroso que es andar fuera de noche y sola, Sassenach? —preguntó. No parecía enfadado, sólo curioso.
—No… quiero decir, sí. Siento haberte preocupado. Pero no podía abandonar a una criatura indefensa en ese lugar. Simplemente, no podía.
—Sí, lo sé. —Me estrechó un poco—. Tienes un corazón generoso, Sassenach. Pero no te imaginas a lo que te estás enfrentando.
—¿Duendes, eh? —Estaba cansada y alterada por el incidente. Pero lo disimulé con petulancia—. No temo a las supersticiones. —Se me ocurrió algo—. ¿Tú crees en duendes y niños cambiados y todo eso?
Vaciló un momento antes de responder.
—No. No, no creo en esas cosas, pero ni loco dormiría en una colina encantada. Soy un hombre instruido, Sassenach. Tuve un tutor alemán en casa de Dougal, uno bueno, que me enseñó latín y griego. Y más tarde, cuando tenía dieciocho años y viajé a Francia… bueno, estudié historia y filosofía y comprendí que el mundo no se reducía a los valles y los páramos y a los caballos de agua en los lagos. Pero esta gente…
Sacudió un brazo hacia la oscuridad a nuestras espaldas.
—Jamás se han alejado más de unos kilómetros del lugar donde nacieron, excepto para algo importante como la Reunión de un clan, y eso tal vez suceda dos veces en sus vidas. Viven entre los valles y los lagos y no saben nada del mundo excepto lo que el padre Bain les dice los domingos en la iglesia.
Sostuvo la rama de un aliso para dejarme pasar. Nos hallábamos en el sendero que Geilie y yo habíamos recorrido antes y me reconfortó esta nueva evidencia de la habilidad de Jamie para orientarse, incluso en la oscuridad. Lejos de la colina encantada, hablaba con su voz normal y se detenía de vez en cuando para apartar alguna maleza enmarañada de nuestro camino.
—Esas historias son un entretenimiento en las manos de Gwyllyn, cuando te sientas en la sala del castillo y bebes vino del Rin. —Me precedía en el sendero y su voz flotaba hacia mí, suave y enfática en el frío aire nocturno—. Pero aquí, incluso en la aldea…, no, son algo muy distinto. La gente vive de ellas. Y supongo que hay algo de verdad en algunas.
Pensé en los ojos color ámbar del caballo de agua y me pregunté cuáles otras serían ciertas.
—Y otros… en fin. —Su voz bajó y tuve que estirarme para oírlo—. A los padres de ese niño, tal vez les consuele creer que quien murió fue el niño cambiado y que su hijo vivirá para siempre, sano y feliz, entre los duendes.
En aquel momento, llegamos a donde estaban los caballos. Media hora después, las luces del castillo Leoch brillaban a través de la oscuridad para darnos la bienvenida. Jamás había creído que consideraría aquel edificio sombrío un fuerte de civilización avanzada, pero ahora las luces le daban ese aspecto.
No noté hasta que nos acercamos que la luz se debía a una hilera de faroles que resplandecían a lo largo del parapeto del puente.
—Algo ha pasado —comenté y me volví hacia Jamie.
Al verlo por primera vez a la luz, advertí que no llevaba su habitual camisa gastada y falda sucia. El atuendo de hilo relucía bajo los faroles y su mejor —su única— casaca de terciopelo estaba cruzada sobre la montura.
—Así es —convino—. Por eso he venido a buscarte. El duque ya está aquí.
El duque resultó una sorpresa. No sé lo que esperaba exactamente, pero desde luego no al cazador fanfarrón, vigoroso y rubicundo que conocí en la sala de Leoch. Tenía un rostro redondo y curtido por la intemperie, con ojos celestes que siempre miraban un poco de soslayo, como cegados por el sol.
Por un momento, me pregunté si lo que se había dicho de él no sería exagerado. Sin embargo, al observar la sala, vi que todos los muchachos menores de dieciocho años tenían una expresión precavida y mantenían la vista fija en el duque mientras éste reía y conversaba animadamente con Colum y Dougal. No, no había sido una exageración; los jóvenes estaban advertidos.
Cuando me presentaron al duque, me costó un poco conservar el aplomo. Corpulento, sólido y en buen estado físico, se parecía a la clase de hombre que solía verse expresando sus opiniones con voz resonante en las cantinas, aplastando a la oposición a fuerza de gritos y repeticiones. Yo ya estaba sobre aviso, desde luego, gracias a la historia de Jamie, pero la impresión física resultaba tan abrumadora que cuando el duque se inclinó sobre mi mano y dijo «es un placer encontrarme con una compatriota en este lugar remoto, señora» con la voz de un ratón sobreexcitado, tuve que morderme el interior de la mejilla para no desacreditarme en público.
Agotados por el viaje, el duque y su comitiva se retiraron a descansar temprano. A la noche siguiente, no obstante, hubo música después de la cena y Jamie y yo nos unimos a Colum, Dougal y al duque. Sandringham se volvió efusivo con el vino del Rin de Colum y habló sin parar, explayándose por igual sobre los horrores de viajar por las tierras altas y las bellezas del paisaje. Lo escuchamos con cortesía y evité mirar a Jamie en tanto el duque relataba con su voz chillona la historia de sus penurias.
—En las afueras de Stirling se rompió un eje y nos quedamos varados tres días, bajo una lluvia torrencial, hasta que mi criado encontró un herrero que fue a reparar la maldita rueda. ¡Y doce horas después, encontramos el pozo más tremendo que jamás he visto y el maldito eje se rompió de nuevo! Y luego, uno de los caballos perdió una herradura y tuvimos que descargar el carruaje y caminar junto a él, en el barro, llevando de tiro al caballo manco. Y después… —La historia prosiguió, de desgracia en desgracia. Tenía unas ganas terribles de reírme y traté de sofocarlas con más vino…, sin duda un error de juicio.
»—¡Pero qué animales de caza, MacKenzie, qué animales! —exclamó el duque y puso los ojos en blanco, extasiado—. No podía creerlo. No me extraña que hayamos cenado tan bien. —Se palmeó la panza grande y dura—. Daría cualquier cosa por probar suerte con un ciervo como el que vi hace dos días; una bestia espléndida, simplemente espléndida. Saltó del matorral justo delante del carruaje, querida —me confió—. ¡Los caballos se asustaron tanto que estuvimos a punto de salirnos del camino otra vez!
Colum levantó la jarra y enarcó una ceja oscura. Mientras servía, aventuró:
—Bueno, tal vez podamos arreglar una cacería para usted, Su Alteza. Mi sobrino es un excelente cazador. —Lanzó a Jamie una mirada penetrante y hubo un movimiento de cabeza casi imperceptible a modo de respuesta.
Colum se reclinó y apoyó la jarra en la mesa.
—Sí —añadió—, está decidido. Quizás a principios de la semana próxima. Es demasiado pronto para los faisanes, pero habrá buenos ciervos. —Se volvió hacia Dougal, repantigado al lado en una silla mullida—. Mi hermano les acompañará. Si van hacia el norte, podrá enseñarle las tierras de las que hablamos antes.
—¡Fundamental, fundamental! —El duque estaba complacido. Palmeó a Jamie en una pierna y vi que los músculos se tensaban, pero Jamie no se movió. Sonrió con serenidad y la mano del duque se detuvo más de lo debido. Su Alteza me sorprendió con los ojos en Jamie y me sonrió con jovialidad. Su expresión parecía decir: «Vale la pena intentarlo, ¿eh?». A mi pesar, le devolví la sonrisa. Y descubrí con asombro que el hombre me caía bien.
En la excitación por la llegada del duque, había olvidado el ofrecimiento de Geilie de ayudarme a descubrir quién me había enviado el maleficio. Y después de la escena desagradable de la colina encantada, no estaba segura de querer intentar nada que ella pudiera sugerirme.
Sin embargo, la curiosidad fue más fuerte que el recelo y cuando dos días más tarde, Colum pidió a Jamie que fuera a la aldea y escoltara a los Duncan al castillo para el banquete en honor del duque, lo acompañé.
Así fue como ese jueves, Jamie y yo estábamos en el vestíbulo de los Duncan. El fiscal nos atendía con una suerte de amabilidad torpe mientras su esposa terminaba de vestirse arriba. Aunque ya casi repuesto de los efectos de su último ataque gástrico, Arthur no parecía muy saludable. Como muchos hombres gordos que pierden peso con brusquedad, se le notaba más en la cara que en el estómago. El vientre todavía abultaba la seda verde de su chaleco y la piel de su rostro colgaba en pliegues fofos.
—Tal vez pueda subir y ayudar a Geilie con su cabello u otra cosa —aventuré—. Le traje una cinta nueva. —Había previsto la posible necesidad de un pretexto para hablar a solas con Geilie, de modo que había traído conmigo un pequeño paquete. Lo presenté como excusa y me apresuré a cruzar la puerta y subir las escaleras antes de que Arthur pudiera protestar.
Geilie me esperaba.
—Vamos —dijo—. Subiremos a mi cuarto privado. Tendremos que darnos prisa, pero no tardaremos mucho.
La seguí por la escalera angosta y serpenteante. Los escalones eran de distintas alturas y algunos contraescalones eran tan altos que tuve que recogerme la falda para evitar tropezar. Llegué a la conclusión de que los carpinteros del siglo diecisiete tenían métodos erróneos de medición o mucho sentido del humor.
La habitación privada de Geilie estaba en el último piso, en uno de los áticos remotos sobre los cuartos de la servidumbre. Estaba custodiada por una puerta cerrada que se abría con una enorme llave que Geilie extrajo del bolsillo de su delantal. Debía de medir por lo menos quince centímetros de largo y tenía una cabeza ancha y decorada en relieve con el dibujo de una enredadera y una flor. Pesaría cerca de medio kilo; habría servido como un arma eficaz. Tanto la cerradura como las bisagras estaban bien aceitadas y la gruesa puerta se abrió en silencio.
El cuarto del ático era pequeño, restringido por las ventanas de gabletes que atravesaban el frente de la casa. Cada centímetro de las paredes estaba cubierto por estantes con potes, botellas, frascos y vasos. Manojos de hierbas secas atados cuidadosamente con hilos de distintos colores colgaban ordenados en hileras de las vigas del techo. Me rozaron el cabello con un polvo fragante cuando pasamos debajo.
Esto no se parecía en nada al limpio y bien ordenado herbario de la planta inferior. Estaba atiborrado, revuelto y oscuro a pesar de las ventanas de gabletes.
Un estante tenía libros, en su mayoría viejos y ruinosos, sin nombre. Deslicé un dedo curioso por la fila de encuadernaciones de cuero. Casi todas eran de becerro, pero había dos o tres diferentes; de tapas suaves pero desagradablemente aceitosas al tacto. Y un volumen que al parecer estaba encuadernado en piel de pescado. Extraje un libro y lo abrí con delicadeza. Estaba escrito a mano en una mezcla de francés arcaico y latín más obsoleto aún. Pero pude descifrar el título. L’Grimoire d’le Comte St. Germain.
Sorprendida, lo cerré y lo volví a poner en su sitio. Un grimoire. Un manual de magia. Sentía los ojos de Geilie en mi espalda y me volví. Su expresión era malévola y a la vez cauta. ¿Qué haría yo ahora que lo sabía?
—O sea que no es un rumor, ¿verdad? —insinué con una sonrisa—. Eres una bruja de verdad. —Me pregunté hasta dónde llegaría aquello y si ella realmente lo creería. Tal vez no fuera más que un artificio al que recurría para mitigar el aburrimiento de su matrimonio con Arthur. También me pregunté qué clase de brujería practicaría… o pensaba que practicaba.
—Ah, blanca —respondió sonriendo—. Definitivamente, magia blanca.
Pensé con desaliento que Jamie tenía razón en cuanto a mi rostro…, todos parecían poder adivinar mis pensamientos.
—Qué bien —contesté—. En realidad, no soy muy aficionada a bailar alrededor de las fogatas a medianoche ni a volar en escobas. Ni tampoco soy de las que rinden pleitesía al diablo.
Geilie echó su cabello hacia atrás y rió con deleite.
—No le rindes pleitesía a nadie, eso es evidente —repuso—. Y yo tampoco. Aunque si tuviera un diablillo dulce como el tuyo en mi cama, no puedo asegurar que no lo haría.
—Eso me recuerda… —empecé. Pero ella ya se había vuelto y murmuraba para sí.
Después de comprobar que la puerta estuviera bien cerrada, Geilie cruzó hasta la ventana y revolvió en un estante empotrado en la base. Sacó una cacerola grande y poco profunda y una vela blanca y larga en un candelabro de cerámica. Continuó hurgando y sacó una manta gastada que extendió a manera de protección contra el polvo y las astillas.
—¿Qué planeas hacer, Geilie? —inquirí mientras ojeaba los preparativos con desconfianza. De hecho, no podía imaginar nada siniestro con una cacerola, una vela y una manta, pero desde luego, yo era una bruja novata, por no decir cosa peor.
—Una invocación —replicó y acomodó la manta para que los lados yacieran paralelos a los tablones del suelo.
—¿Una invocación? ¿A quién? —pregunté. O a qué.
Se irguió y se apartó el pelo de la cara. Fino como el de un recién nacido y escurridizo, se le estaba soltando. Geilie masculló, se quitó las horquillas y lo dejó caer en una cortina recta y brillante, del color de la crema espesa.
—Ah, fantasmas, espíritus, visiones. Cualquier cosa que necesites —añadió—. El comienzo es igual para todos, aunque las hierbas y las palabras varían para cada cosa. Lo que ahora queremos es una visión… para ver quién te desea el mal. Entonces haremos que el mal se vuelque hacia esa persona.
—Eh…, bueno. —No experimentaba deseos de venganza, pero sí curiosidad… tanto por ver cómo era una invocación como por saber quién me había dejado el manojo de la mala suerte.
Geilie colocó la cacerola en el centro de la manta y vertió agua de una jarra.
—Se puede utilizar cualquier recipiente lo bastante grande para que el reflejo sea bueno, aunque el manual dice que hay que usar un bassin plateado. Hasta un estanque o un charco de agua sirven para cierto tipo de invocación, siempre que estén aislados. Se necesita paz y quietud para hacer esto.
Pasó con rapidez de una ventana a otra y corrió las pesadas cortinas negras. La habitación quedó casi a oscuras. Apenas alcanzaba a distinguir la figura delgada de Geilie revoloteando en la penumbra hasta que prendió la vela. La llama trémula iluminó su cara cuando la llevó a la manta. Arrojaba sombras cortantes bajo la nariz pronunciada y la mandíbula bien marcada.
Apoyó la vela junto a la cacerola; yo estaba situada justo enfrente. Llenó la cacerola con mucho cuidado, tanto que el agua sobresalió un poco del borde pero sin llegar a derramarse. Me incliné y advertí que la superficie del agua proporcionaba un reflejo excelente, mucho mejor que el que podía obtenerse en cualquiera de los espejos del castillo. Como si me hubiera leído la mente otra vez, Geilie explicó que además de emplearse para invocar espíritus, la cacerola constituía un accesorio excelente para arreglarse el cabello.
—No te acerques tanto o te mojarás —me aconsejó y se concentró con el entrecejo fruncido mientras encendía la vela. Algo en el tono práctico del comentario, tan prosaico en medio de estos preparativos sobrenaturales, me recordó a alguien. Contemplé la figura delgada y pálida inclinada con elegancia sobre la mecha y al principio, no logré dilucidar a quién me recordaba. Pero por supuesto. Aunque nadie se parecía menos a la vieja mujer que se había sentado al otro lado de la tetera en el estudio del padre Wakefield, el tono de voz había sido el de la señora Graham, sin duda alguna.
Tal vez fuera una actitud que compartían, un pragmatismo que consideraba lo oculto como una mera colección de fenómenos como el clima. Algo que debía abordarse con respeto cauteloso, desde luego —tanto como el que se tenía cuando se usaba un cuchillo de cocina afilado—, pero nada que hubiera que evitar o temer.
Podía ser el olor de agua de lavanda. Los vestidos sueltos y ondeantes de Geilie siempre olían a las esencias que ella destilaba: caléndula, manzanilla, hojas de laurel, nardo, menta, mejorana. Hoy, sin embargo, era lavanda lo que emanaba de los pliegues de su vestido blanco. El mismo aroma que impregnaba el práctico vestido azul de la señora Graham y se elevaba de su pecho huesudo.
Si el pecho de Geilie poseía igualmente estos apoyos esqueléticos, no estaban a la vista, a pesar del escote profundo. Era la primera vez que veía a Geilie Duncan en déshabillé. Por lo general, usaba vestidos austeros y voluminosos abotonados hasta el cuello, apropiados para la esposa de un fiscal. La opulencia de sus pechos era una sorpresa. La abundancia cremosa, casi del mismo color que su atuendo, explicaba por qué un hombre como Arthur Duncan se había casado con una muchacha pobre y sin linaje. Mi vista se desvió involuntariamente a la hilera de potes etiquetados de la pared, en busca de nitrato sódico.
Geilie escogió tres potes del estante y vertió una pequeña cantidad de cada uno en el cuenco de un diminuto brasero de metal. Encendió con la llama de la vela la capa de carbón y sopló para avivar las chispas. Un humo fragante comenzó a elevarse a medida que prendía el carbón.
El aire del ático estaba tan quieto que el humo grisáceo subió sin disolverse. Formó una columna que imitaba la forma de la vela blanca y alta. Geilie se sentó entre ambas columnas como una sacerdotisa en su templo, con las piernas cruzadas debajo del cuerpo.
—Bueno, así estará bien, creo. —Espolvoreó migas de romero y examinó la escena con satisfacción. Las cortinas negras con sus símbolos místicos impedían la entrada de los rayos de sol, de manera que la vela era la única fuente de iluminación directa. La llama se reflejaba y difundía a través de la cacerola de agua que parecía brillar como si ella también fuera una fuente de luz.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Los grandes ojos grises resplandecieron como el agua, llenos de anticipación. Geilie agitó las manos a través de la superficie del agua y luego las enlazó entre sus piernas.
—Siéntate y no te muevas durante un rato —me ordenó—. Escucha los latidos de tu corazón. ¿Los oyes? Respira con calma, despacio y profundamente. —Pese a su expresión encendida, la voz era serena y lenta, en notable contraste con su habitual conversación vivaz.
Obedecí sus instrucciones. La velocidad de los latidos de mi corazón disminuyó en tanto mi respiración alcanzaba un ritmo estable. Reconocí el olor a romero en el humo pero no estaba segura de las otras dos hierbas. ¿Dedalera, tal vez? ¿O cincoenrama? Había creído que las flores púrpuras eran de hierba mora, pero no podía ser. Fueran lo que fueran, la lentitud de mi respiración no podía atribuirse únicamente al poder de sugestión de Geilie. Sentía como si un peso me apretara el esternón, espaciando mi respiración sin que yo lo dispusiera.
Geilie estaba sentada inmóvil y me observaba sin parpadear. Asintió con la cabeza, una vez, y bajé la vista a la superficie serena del agua.
Comenzó a hablar, de un modo ligero y conversador, que me recordó de nuevo a la señora Graham dirigiéndose al sol en el círculo de piedras.
Las palabras no eran en inglés y sin embargo, no podía decirse que no fueran del todo en inglés. Se trataba de una lengua extraña, pero una que yo sentía que debía conocer, como si las palabras fueran pronunciadas justo por debajo de mi nivel auditivo.
Se me empezaron a dormir las manos. Intenté sacarlas de la posición enlazada sobre mi regazo, pero no pude. La voz uniforme seguía hablando, suave y persuasiva. Ahora supe que entendía lo que estaba diciendo, pero continuaba sin poder enviar las palabras a la superficie de mi mente.
Comprendí vagamente que estaba siendo hipnotizada o me encontraba bajo la influencia de alguna droga. Mi mente se aferró al borde del pensamiento consciente y resistió el influjo del humo dulce. Podía ver mi reflejo en el agua. Tenía las pupilas reducidas a dos puntos diminutos y los ojos abiertos como un búho cegado por el sol. La palabra «opio» atravesó mis desvanecientes pensamientos.
—¿Quién eres? —No sabía quién de las dos había formulado la pregunta, pero mi garganta se movió para responder.
—Claire.
—¿Quién te envió aquí?
—No puedo revelarlo.
—¿Por qué no puedes revelarlo?
—Porque nadie me creería.