Forastera

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Cuarta parte. Una vaharada de azufre » 24. Un mal augurio

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La voz en mi cabeza se volvió todavía más tranquilizadora, amistosa y seductora.

—Yo te creeré. De veras. ¿Quién eres?

—Claire.

Un súbito ruido quebró el hechizo. Geilie se sobresaltó y su rodilla golpeó la cacerola. El reflejo se deshizo en el agua.

—¿Geillis? ¿Querida? —Una voz llamó desde la puerta, incierta pero autoritaria—. Debemos irnos, querida. Los caballos están listos y todavía no te has cambiado.

Mascullando una grosería para sí, Geilie se puso en pie y abrió la ventana. El aire fresco azotó mi rostro y parpadeé, ahora más lúcida.

Geilie me miró con aire pensativo y luego se agachó para ayudarme a ponerme en pie.

—Vamos —dijo—. Te sientes rara, ¿verdad? A veces sucede. Será mejor que te recuestes en mi cama mientras me visto.

Una vez en el dormitorio me tiré sobre la colcha y cerré los ojos. Escuché los ruiditos que Geilie hacía en su cuarto de vestir y me pregunté qué diablos había sido eso. Por cierto, nada que ver con el maleficio ni con su autor. Sólo con mi identidad. En tanto mi mente se despejaba, se me ocurrió que Geilie tal vez fuera una espía de Colum. Por su posición, conocía los negocios y secretos de todo el distrito. ¿Y quién otro sino Colum estaría tan interesado en mis orígenes?

¿Qué habría pasado si Arthur no hubiera interrumpido la invocación? ¿Habría oído yo, en medio de la niebla perfumada, la típica frase del hipnotizador, «cuando despierte, no recordará nada»? Pero recordaba.

Y quería saber.

No obstante, no tuve oportunidad de preguntar nada a Geilie. La puerta del dormitorio se abrió de un golpe y Arthur Duncan entró. Cruzó hasta la puerta del cuarto de vestir y llamó una vez, deprisa. Luego entró.

Un grito bajo y sorprendido brotó del interior. Le siguió un silencio de muerte.

Arthur Duncan reapareció en la puerta. Tenía los ojos muy abiertos y la mirada en blanco. Estaba tan pálido que pensé que estaba sufriendo alguna especie de ataque. Me puse en pie de un salto y me dirigí hacia él mientras se apoyaba pesadamente contra la jamba de la puerta. Antes de alcanzarlo, sin embargo, se apartó de la puerta y salió de la habitación. Se tambaleaba un poco y pasó junto a mí como si no me viera.

Golpeé a la puerta del cuarto de vestir.

—¡Geilie! ¿Estás bien?

Hubo un momento de silencio; luego, una voz muy serena respondió:

—Sí, por supuesto. Saldré en un minuto.

Cuando por fin bajamos las escaleras, encontramos a Arthur, al parecer recuperado, bebiendo coñac con Jamie. Se le veía algo ausente, como si pensara en algo, pero recibió a su esposa con unas palabras de elogio por su aspecto. Después envió al mozo de cuadra a buscar los caballos.

El banquete estaba a punto de comenzar cuando llegamos. El fiscal y su esposa ocuparon sus lugares de honor en la mesa principal. Jamie y yo, de una condición inferior, nos sentamos con Rupert y Ned Gowan.

La señora Fitz se había superado y sonreía satisfecha mientras aceptaba felicitaciones por la comida, la bebida y demás preparativos.

A decir verdad, la cena estaba deliciosa. Nunca había probado faisán asado relleno con castañas azucaradas y me estaba sirviendo por tercera vez, cuando Ned Gowan, que me observaba divertido, me preguntó si había comido cochinillo.

Mi respuesta fue interrumpida por una serie de movimientos en el extremo alejado de la sala. Colum se había levantado de la mesa y se dirigía hacia mí, acompañado del viejo Alec MacMahon.

—Veo que su talento no tiene fin, señora Fraser —manifestó Colum y se inclinó en una ligera reverencia. Una sonrisa ancha acentuaba las cautivadoras facciones.

»Desde curar heridas y sanar a los enfermos hasta ayudar a parir potrillos. Dentro de poco, le pediremos que resucite a los muertos, supongo. —Esto provocó una risa general, aunque noté que uno o dos hombres miraban nerviosos en dirección al padre Bain. El sacerdote, de servicio esta noche, engullía carnero asado en un rincón.

»En todo caso —prosiguió Colum y metió una mano en el bolsillo—, debe permitirme que le haga un pequeño regalo de agradecimiento. —Me entregó una cajita de madera con el escudo MacKenzie tallado en la tapa. Yo no era consciente de la importancia de Losgann y agradecí mentalmente al espíritu benigno que había presidido el suceso por el hecho de que no hubiera ocurrido una desgracia.

—Por favor —contesté y traté de devolverle la cajita—. No hice nada desusado. Fue sólo suerte que tenga manos tan pequeñas.

—No importa. —Colum estaba decidido—. Si lo prefiere, considérelo un pequeño regalo de bodas, pero deseo que lo conserve.

Jamie me hizo una seña con la cabeza y acepté de mala gana el obsequio. Abrí la tapa y descubrí un hermoso rosario de azabache. Cada cuenta estaba tallada intrincadamente y el crucifijo era de plata.

—Es muy bonito —expresé con sinceridad. Y lo era, aunque dudaba que pudiera hallarle mucha utilidad. A pesar de ser católica de nombre, había sido criada por el tío Lamb, el más grande de los agnósticos, y apenas tenía una noción vaga del significado de un rosario. De todos modos, di las gracias a Colum con afecto y pasé el rosario a Jamie para que lo guardara en su morral.

Me incliné en una reverencia ante Colum y me gratificó comprobar que estaba dominando el arte de hacerlo sin caer de bruces. El jefe del clan abrió la boca para despedirse pero un estrépito repentino a mis espaldas lo interrumpió. Me volví, pero no pude ver nada excepto espaldas y cabezas en tanto la gente saltaba de los bancos para congregarse en torno al motivo de la conmoción. Colum se abrió paso con dificultad alrededor de la mesa, despejando a la multitud con un gesto impaciente de su mano. A medida que las personas se apartaban de su camino con respeto, vislumbré la figura regordeta de Arthur Duncan en el suelo. Sus miembros se sacudían de manera convulsiva e impedían que las manos voluntariosas se acercaran a ayudarlo. Su esposa atravesó el gentío murmurador y se agachó junto a él. Trató sin éxito de acomodarle la cabeza en su falda. El hombre hundió los talones en el suelo y arqueó la espalda en medio de sonidos asfixiantes.

Geilie alzó sus ojos verdes y escudriñó la sala con ansiedad como si buscara a alguien. Supuse que se trataba de mí y tomé el camino más fácil. Me arrastré a cuatro patas debajo de la mesa.

Al llegar junto a ella, cogí el rostro de su esposo en mis manos y traté de abrirle la mandíbula. Por los ruidos que hacía, pensé que podría haberse atragantado con un trozo de carne que aún podría estar alojado en la tráquea.

Pero los maxilares estaban apretados y rígidos y los labios azules y salpicados con una saliva espumosa que no tenía nada que ver con la asfixia. Aunque no había duda de que se estaba asfixiando. El pecho se henchía en vano, pugnando en busca de aire.

—Rápido, denle la vuelta —ordené. Varias manos se estiraron de inmediato para colaborar. El cuerpo pesado fue girado con destreza. Oprimí con fuerza mi mano entre los omóplatos y golpeé varias veces con un ruido seco. La espalda se estremeció un poco con los golpes, pero no se produjo el típico espasmo de una obstrucción al ser aliviada de repente.

Cogí un hombro carnoso y volví el cuerpo boca arriba otra vez. Geilie se acercó al rostro inexpresivo y pronunció su nombre mientras masajeaba la garganta amoratada. Los ojos estaban ahora en blanco y los talones comenzaron a disminuir el ritmo de su tamborileo. Las manos, curvadas en agonía, de pronto describieron un arco amplio y golpearon en el rostro a un curioso agazapado.

Los ruidos cesaron de improviso y el cuerpo grueso se aflojó y quedó inerte como un saco de cebada sobre las lajas de piedra. Tomé con desesperación el pulso en una muñeca fláccida y advertí de soslayo que Geilie estaba haciendo lo mismo. Levantó la barbilla redonda y afeitada y apretó las yemas de los dedos bajo el ángulo de la mandíbula, en busca de la arteria carótida.

Ambos intentos fueron infructuosos. El corazón de Arthur Duncan, cansado por la necesidad de bombear sangre a través de aquel cuerpo corpulento durante tantos años, se había rendido.

Recurrí a todas las técnicas de resucitación disponibles, que ahora sé que eran inútiles: aleteo de brazos, masaje torácico, incluso respiración boca a boca, a pesar de lo desagradable que fue, pero con el resultado esperado. Arthur Duncan estaba completamente muerto.

Me enderecé con cansancio y me eché hacia atrás. El padre Bain me lanzó una mirada antipática y se arrodilló junto al fiscal para administrarle el sacramento final. Me dolían los brazos y las piernas y tenía la cara como adormecida. El alboroto a mi alrededor parecía extrañamente remoto, como si una cortina me separara de la sala atiborrada. Cerré los ojos y me pasé una mano por los labios hormigueantes para tratar de borrar el gusto a muerte de mi boca.

A pesar de la muerte del fiscal y de las formalidades subsiguientes de las exequias y el funeral, la cacería de ciervos del duque no se retrasó más de una semana.

La certeza de la inminente partida de Jamie era muy deprimente. De pronto me di cuenta de lo mucho que anhelaba verlo en el comedor después del trabajo del día, cómo se aceleraba mi corazón al encontrarlo por casualidad durante el día, y cuánto dependía de su compañía y su presencia sólida y reconfortante en medio de las complejidades de la vida del castillo. Y para ser honesta, cuánto me gustaba sentir su cuerpo suave, fuerte y cálido en mi cama durante las noches y despertar con sus besos sonrientes y despeinados en la mañana. La perspectiva de su ausencia era sombría.

Me estrechó con fuerza y apoyé la cabeza debajo de su barbilla.

—Te echaré de menos, Jamie —susurré.

Me apretó todavía más y rió con pesar.

—Yo también, Sassenach. A decir verdad, no lo esperaba… pero me dolerá dejarte. —Me acarició la espalda con delicadeza y sus dedos delinearon las irregularidades de mis vértebras.

—¿Tendrás cuidado…, Jamie?

Sentí retumbar su pecho con una risa divertida cuando contestó:

—¿Del duque o del caballo? —Para mi gran aprensión, Jamie pensaba montar a Donas en la cacería de ciervos. Tenía visiones del enorme alazán desbarrancándose por un precipicio por su testarudez o pisoteando a Jamie con sus fatídicos cascos.

—De ambos —repliqué con voz seca—. Si el caballo te tira y te rompes una pierna, quedarás a merced del duque.

—Cierto. Pero Dougal estará allí.

Resoplé.

—Te romperá la otra pierna.

Rió y se inclinó para besarme.

—Tendré cuidado, mo duinne. ¿Me prometes que tú también?

—Sí —respondí con franqueza—. ¿Te refieres a quienquiera que haya dejado el manojo maléfico?

La diversión momentánea ahora se esfumó.

—Quizá. No creo que estés en peligro; de lo contrario, no me marcharía. Pero de todos modos… Ah, y mantente lejos de Geillis Duncan.

—¿Qué? ¿Por qué? —Me aparté un poco para mirarlo. Era una noche oscura y su rostro resultaba invisible, pero el tono era serio.

—La gente dice que es una bruja y las historias sobre ella…, bueno, han empeorado desde que murió su esposo. No te quiero cerca de ella, Sassenach.

—¿De veras crees que es una bruja? —inquirí. Las manos fuertes cogieron mi trasero y me acercaron más. Lo rodeé con los brazos, disfrutando del contacto con el torso suave y firme.

—No —replicó por fin—. Pero lo que yo crea no es lo peligroso para ti. ¿Me lo prometes?

—De acuerdo. —Para ser sincera, la promesa no me costó nada. Desde los incidentes del niño cambiado y la invocación, no había tenido muchas ganas de visitar a Geilie. Puse mi boca en el pezón de Jamie y lo acaricié con la lengua. Jamie profirió un sonido profundo y me estrechó.

—Abre las piernas —susurró—. Quiero asegurarme de que me recordarás cuando no esté.

Más tarde, desperté con frío. Tanteé soñolienta en busca de la manta y no pude encontrarla. De pronto, sentí que me tapaban. Sorprendida, me apoyé en un codo para mirar.

—Lo siento —dijo Jamie—. No quería despertarte.

—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué no duermes? —Lo miré de soslayo. Todavía estaba oscuro, pero mis ojos estaban tan acostumbrados que alcancé a vislumbrar la expresión tímida en su rostro. Estaba completamente despierto, sentado en un banco junto a la cama y cubierto con su capa.

—Es sólo que… bueno, soñé que estabas perdida y no podía encontrarte. Me desperté y… quería mirarte, eso es todo. Para fijarte en mi mente y así recordarte cuando esté lejos. Aparté la manta. Lamento que tuvieras frío.

—No importa. —La noche estaba fría y muy quieta, como si fuéramos las únicas dos almas en el mundo—. Ven a la cama. Debes de estar helado.

Se deslizó junto a mí y amoldó su cuerpo contra mi espalda. Sus manos me acariciaron del cuello a los hombros, de la cintura a las caderas, y dibujaron las líneas de mi espalda y las curvas de mi cuerpo.

Mo duinne —murmuró—. Pero ahora debería decirte mo airgeadach. Mi plateada. Tu cabello tiene un brillo plateado y tu piel es blanca y aterciopelada. Calman geal. Paloma blanca.

Apreté mis caderas contra él en un gesto provocativo y me acomodé contra su cuerpo con un suspiro cuando su rigidez sólida me llenó. Me sostuvo contra su pecho y se movió conmigo, lenta, profundamente. Jadeé un poco y aflojó la presión de sus manos.

—Lo siento —musitó—. No quería hacerte daño. Pero quiero estar dentro de ti, permanecer dentro de ti, en lo más hondo. Deseo dejar mi huella en tus entrañas, además de mi semilla. Quiero abrazarte y quedarme contigo hasta el amanecer; y marcharme cuando estés dormida, con las formas de tu cuerpo en mis manos.

Me ceñí más contra él.

—No me haces daño.

Después de la partida de Jamie, me movía con apatía por el castillo. Atendía pacientes en el dispensario, trabajaba todo lo posible en los jardines y trataba de distraerme hojeando libros en la biblioteca de Colum. Pero el tiempo parecía transcurrir con demasiada lentitud.

Llevaba sola casi dos semanas cuando me encontré con la joven Laoghaire en el corredor que llevaba a las cocinas. La observaba con disimulo de vez en cuando, desde el día en que la vi en el rellano frente al estudio de Colum. Tenía buen aspecto, aunque le rodeaba un aire de tensión fácilmente discernible. Se la veía ausente y taciturna… y no era de extrañar, pobre muchacha, pensé con amabilidad.

Hoy, sin embargo, estaba excitada.

—¡Señora Fraser! —gritó—. Tengo un mensaje para usted. —La viuda Duncan, me informó, había mandado avisar que estaba enferma y requería mis servicios.

Vacilé mientras recordaba la advertencia de Jamie, pero la fuerza combinada de la compasión y el aburrimiento fue lo bastante poderosa para que, en menos de una hora, me encontrara camino del pueblo con mi caja de medicinas atada a la montura del caballo.

La casa de los Duncan exhibía un aire de abandono y desorden que se extendía al interior de la misma. Nadie respondió a mi llamada a la puerta y cuando la abrí, descubrí libros desparramados y vasos sucios en el vestíbulo y la sala. Las alfombras estaban torcidas y los muebles cubiertos de polvo. Mis gritos no atrajeron a ningún criado y la cocina resultó estar tan vacía y revuelta como el resto de la casa.

Subí las escaleras con ansiedad. El dormitorio también estaba vacío, pero oí un ruido débil proveniente del herbolario.

Abrí la puerta y vi a Geilie. Estaba sentada en una silla cómoda, con los pies apoyados sobre el mostrador. Había estado bebiendo. El vaso y la botella estaban en el mostrador y el cuarto olía a coñac.

Se sobresaltó al verme, pero se puso de pie con esfuerzo y me sonrió. Tenía la mirada algo perdida, pensé, pero parecía estar bien.

—¿Qué sucede? —pregunté—. ¿No estás enferma?

Me miró con ojos agrandados por el asombro.

—¿Enferma? ¿Yo? No. Los criados se marcharon y no hay comida en la casa, pero sí mucho coñac. ¿Quieres un trago? —Se volvió hacia la botella. La cogí de la manga.

—¿No me mandaste llamar?

—No —respondió con expresión desconcertada.

—¿Entonces, por qué…? —Mi pregunta fue interrumpida por un ruido sordo que provenía de la calle. Un retumbo lejano y susurrante. Lo había oído antes, desde este mismo cuarto, y mis palmas habían sudado al pensar en enfrentarme a la multitud que lo provocaba.

Me sequé las manos en la falda del vestido. El zumbido se acercaba y no había necesidad de preguntas ni tiempo para formularlas.

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