Forastera

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Cuarta parte. Una vaharada de azufre » 25. No dejarás que la bruja viva

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No dejarás que la bruja viva

Los hombros parduscos que avanzaban delante de mí se abrieron en la oscuridad. Cuando me empujaron a través de una especie de puerta, me golpeé el codo y caí de bruces en una negrura hedionda, plagada de formas invisibles en movimiento frenético. Grité y pataleé en un intento por librarme de la maraña de patas diminutas; algo más grande me asestó un fuerte golpe en el muslo.

Rodé hacia un lado, pero a medio metro escaso tropecé con una pared de tierra que me roció con una lluvia de polvo. Me acurruqué contra el muro tanto como pude y traté de contener mi agitada respiración a fin de poder oír qué era lo que estaba encerrado conmigo en aquel pozo maloliente. Era algo grande que resoplaba estruendosamente, pero no gruñía. ¿Sería un cerdo, tal vez?

—¿Quién esta ahí? —preguntó una voz desde la tenebrosa negrura, atemorizada pero desafiante a la vez—. ¿Eres tú, Claire?

—¡Geilie! —exclamé y avancé tanteando. Encontré sus manos estiradas hacia mí. Nos abrazamos con fuerza y nos mecimos en la penumbra.

—¿Hay algo más aquí? —pregunté al tiempo que miraba a mi alrededor. Si bien mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, no había mucho que ver. Unos difusos haces de luz se filtraban desde alguna parte del techo, pero las espantosas sombras aquí abajo llegaban hasta la altura de los hombros. Apenas podía distinguir el rostro de Geilie, al mismo nivel que el mío y sólo a unos centímetros de distancia.

Emitió una risita algo trémula.

—Varios ratones, creo, y otros bichos. Y un olor que despertaría a un muerto.

—Ya lo he notado. Por Dios, ¿dónde estamos?

—En la fosa de los ladrones. ¡Atrás!

Se oyó un ruido sobre nuestras cabezas y alcancé a ver un repentino resplandor. Me apreté con fuerza contra la pared, justo a tiempo para esquivar un torrente de barro y suciedad que cayó por un pequeño agujero que había en el techo de nuestra prisión. Un sonido sordo siguió a la cascada. Geilie se agachó y levantó algo del suelo. El agujero seguía abierto y pude observar que lo que tenía en la mano era una pequeña hogaza de pan duro. La limpió cuidadosamente con un pliegue de su falda.

—La cena —dijo—. Tienes hambre, ¿verdad?

El agujero permaneció abierto y vacío, con excepción de los ocasionales proyectiles que lanzaban los transeúntes. A través de él, entraban la llovizna y un viento gélido. La fosa era fría, húmeda y repugnante. Un lugar perfecto para los supuestos huéspedes. Ladrones, vagos, blasfemos, adúlteros… y sospechosas de brujería.

Geilie y yo nos apretujamos contra una pared en busca de calor, sin hablar demasiado. No había mucho que decir ni tampoco mucho que pudiéramos hacer, excepto mantener el espíritu en calma.

Al caer la noche, el agujero se oscureció hasta quedar tan negro como el resto de la fosa.

—¿Cuánto tiempo crees que nos dejarán aquí?

Geilie cambió de posición y estiró las piernas de modo que el pequeño círculo de luz de la mañana cayó sobre el hilo rayado de su falda. En su origen, había sido rosa y blanco, pero ahora estaba descolorido y sucio.

—No mucho —respondió—. Esperan a los del tribunal eclesiástico. El mes pasado escribieron a Arthur anunciándole su llegada para la segunda semana de octubre. Estarán aquí en cualquier momento.

Se restregó las manos para calentarlas; luego las apoyó en las rodillas, en el pequeño cuadrado de luz.

—Háblame de ellos —pedí—. ¿Qué ocurrirá, con exactitud?

—No lo sé con certeza. Jamás he visto juzgar a una bruja, aunque desde luego, he oído hablar de los juicios. —Hizo una pausa para meditar—. No saben que va a haber un juicio de brujas, ya que venían a tratar unas disputas de tierras. Así que al menos no traerán un pinchador.

—¿Un qué?

—Las brujas no sienten dolor —explicó Geilie—, ni tampoco sangran cuando las pinchan. —El pinchador de brujas, cargado de una gran variedad de agujas, lancetas y otros objetos puntiagudos, es el encargado de realizar las pruebas para demostrarlo.

Recordé vagamente haber leído algo al respecto en los libros de Frank, pero creía que se trataba de una costumbre del siglo diecisiete y no de éste. Por otro lado, pensé con desdén, Cranesmuir no era precisamente la cuna de la civilización.

—En ese caso, lamento que no traigan uno —manifesté, aunque me asustaba bastante la idea de que me pincharan—. Pasaríamos la prueba sin dificultad. Al menos yo —añadí, sarcástica—. Supongo que al hacértelo, descubrirían que en vez de sangre, corre agua helada por tus venas.

—No estaría tan segura —repuso con aire pensativo y sin prestar atención al insulto—. He oído hablar de pinchadores con agujas especiales que se doblan al chocar con la piel y así parece que se clavan.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué demostrar que alguien es una bruja si no lo es?

El sol ya se estaba poniendo, pero la luz de la tarde era suficiente para llenar nuestro reducto con un suave resplandor. El elegante óvalo del rostro de Geilie sólo expresaba pena por mi inocencia.

—Aún no comprendes, ¿verdad? —inquirió—. Quieren matarnos. Y no importa mucho cuál sea el cargo ni qué demuestren las pruebas. Nos quemarán de todos modos.

La noche antes, el ataque de la multitud y el miserable entorno me habían cogido tan de sorpresa que me había limitado a acurrucarme con Geilie y esperar el amanecer. Con la llegada de la luz, sin embargo, lo que todavía quedaba de mi espíritu comenzaba a despertar.

—¿Por qué, Geilie? —pregunté, casi sin aliento—. ¿Lo sabes? —El ambiente de la fosa estaba cargado del olor a suciedad, podredumbre y tierra húmeda. Sentía como si los impenetrables muros de tierra fueran a derrumbarse sobre mí como las paredes de una tumba mal cavada.

Percibí, más que ver en realidad, que se encogía de hombros. El haz de luz se había corrido con el sol; ahora caía sobre la pared de nuestra prisión y nos dejaba en la fría oscuridad otra vez.

—Si te sirve de consuelo —contestó en tono seco—, dudo que hayan querido apresarte. Es un asunto entre Colum y yo. Tuviste la desgracia de que te encontraran conmigo cuando vinieron a buscarme. De haber estado con Colum, no habrías corrido peligro, aunque seas una Sassenach.

La palabra sassenach, pronunciada en su habitual tono despectivo, me provocó una nostalgia desesperada por el hombre que solía llamarme así con cariño. Me pasé los brazos alrededor del cuerpo y me abracé para contener el solitario pánico que amenazaba con invadirme.

—¿Por qué viniste a mi casa? —preguntó Geilie con curiosidad.

—Creí que me habías mandado llamar. Una de las muchachas del castillo me trajo un mensaje. Dijo que era de tu parte.

—Ah. Laoghaire, ¿verdad? —precisó con aire pensativo.

Me senté y apoyé la espalda contra el muro de tierra, a pesar de la repulsión que me producía la superficie pegajosa y roñosa. Al percibir mi movimiento, Geilie se acercó. Amigas o enemigas, éramos la única fuente de calor en aquella fosa. Nos acurrucamos por necesidad.

—¿Cómo sabes que fue Laoghaire? —pregunté, temblando.

—Fue ella quien te dejó el hechizo en la cama —replicó—. Te dije desde un principio que a algunas personas les molestaba que te hubieras quedado con el pelirrojo. Supongo que pensó que si te quitaba del medio, tendría otra oportunidad con él.

La explicación me aturdió y tardé un momento en recuperar la voz.

—¡Pero es imposible!

Geilie rió con una carcajada ronca a causa de la sed y el frío, pero aún cantarina.

—Cualquiera que vea el modo en que te mira el muchacho lo sabría. Pero supongo que ella no ha vivido lo suficiente como para darse cuenta. Deja que se acueste una o dos veces con un hombre y lo sabrá, pero ahora no.

—¡No quise decir eso! —estallé—. No quiere a Jamie. La joven está embarazada de Dougal MacKenzie.

—¿Cómo? —Por un momento, se sorprendió de veras. Me hundió los dedos en el brazo—. ¿De dónde lo has sacado?

Le conté que había visto a Laoghaire en la escalera debajo del estudio de Colum y las conclusiones a las que había llegado.

Geilie resopló.

—¡Bah! Escuchó a Colum y a Dougal hablar sobre mí. Eso la acobardó. Debió de pensar que Colum se enteraría de que había acudido a mí para pedirme el maleficio. Colum la haría azotar. No permite ese tipo de cosas.

—¿Tú le diste el maleficio? —Estaba atónita.

Geilie se agitó al oír la pregunta.

—No se lo di, no. Se lo vendí.

Intenté clavarle la mirada a través de la oscuridad.

—¿Acaso hay alguna diferencia?

—Por supuesto que la hay. —Hablaba con impaciencia—. Fue un asunto de negocios, nada más. Y no suelo traicionar la confianza de mis clientes. Además, no me dijo para quién era. Y recordarás que traté de advertirte.

—Gracias —mascullé con algo de sarcasmo—. Pero… —Mi mente trataba de ordenar mis ideas a la luz de esta nueva información—. Pero si ella puso el maleficio en mi cama, entonces quiere a Jamie. Eso explicaría que me haya enviado a tu casa. Pero ¿y Dougal?

Geilie titubeó un instante. Luego pareció tomar una decisión.

—Esa chica está tan embarazada de Dougal MacKenzie como tú.

—¿Por qué estás tan segura?

Tanteó en busca de mi mano en la oscuridad. La encontró y la apoyó en la protuberancia abultada debajo de su vestido.

—Porque yo lo estoy —afirmó con simpleza.

—No era Laoghaire entonces —dije—, sino tú.

—Yo. —Hablaba con sencillez, sin su habitual petulancia—. ¿Qué fue lo que dijo Colum… «me haré cargo de ella»? Bueno, supongo que ésta es su idea de una solución apropiada al problema.

Permanecí en silencio durante largo rato mientras analizaba los hechos.

—Geilie —aventuré por fin—, el malestar estomacal de tu marido…

Suspiró.

—Arsénico blanco —confesó—. Pensé que acabaría con él antes de que el embarazo se notara demasiado, pero duró más de lo que creí.

Recordé la expresión de horror y comprensión en el rostro de Arthur Duncan al salir del cuarto de vestir de su mujer el último día de su vida.

—Entiendo —dije—. No sabía que estabas encinta hasta que te vio medio desnuda el día del banquete del duque. Y cuando lo descubrió… supongo que tenía razones para saber que no se trataba de su hijo, ¿verdad?

Una risa tenue resonó en el rincón lejano.

—El nitrato sódico me salió caro, pero valió la pena.

Me estremecí contra el muro.

—Por eso tuviste que arriesgarte a matarlo en público, en el banquete. Te habría denunciado por adúltera… y envenenadora. ¿Crees que se dio cuenta de lo del arsénico?

—Oh, claro —respondió—. No estaba dispuesto a admitirlo, ni siquiera ante sí mismo. Pero lo sabía. Nos sentábamos a cenar y yo le preguntaba: «¿Te sirvo más pollo, querido?» o «¿Quieres un jarro de cerveza, mi cielo?». Y él me miraba con esos ojos que parecían huevos duros y decía que no, que no tenía apetito. Y apartaba el plato. Luego le oía ir a la cocina, como en secreto, para engullir de pie junto a la alacena. Se sentía seguro porque no aceptaba nada de lo que yo le ofrecía.

Su voz era suave y divertida, como si estuviera contando un chisme interesante. Volví a estremecerme y me alejé de la cosa que compartía la oscuridad conmigo.

—No adivinó que estaba en el tónico que tomaba. Se negaba a ingerir las medicinas que yo preparaba y encargaba un tónico especial a Londres. Costaba una fortuna. —Su voz se tiñó de resentimiento por semejante despilfarro—. El preparado ya contenía arsénico. No notó la diferencia de sabor cuando le añadí un poco más.

Había oído decir que la vanidad constituía el punto débil de los asesinos. Al parecer era cierto, porque Geilie continuó, indiferente por completo a nuestra situación, impulsada por el placer que le causaba relatar sus logros.

—Fue un poco peligroso matarlo así, delante de tanta gente, pero tenía que hacer algo pronto. —Y no había sido arsénico tampoco lo que había ocasionado ese tipo de muerte. Recordé los labios azules y tiesos del fiscal y cómo se habían entumecido los míos después de intentar resucitarlo. Un veneno rápido y letal.

Y yo que había pensado que Dougal confesaba un romance con Laoghaire. Pero en ese caso, aparte de la oposición de Colum, no habría habido razón alguna para que Dougal no se casara con la joven. Era viudo y libre.

Sin embargo, una relación adúltera con la esposa del fiscal era muy diferente. Por lo que podía recordar, el adulterio se penaba con severidad. Colum no podría pasar por alto un asunto de tal magnitud, pero tampoco condenaría a su hermano al látigo ni al destierro. Y Geilie debió de considerar que el asesinato era una alternativa razonable ante la posibilidad de que le quemaran el rostro con un hierro candente y la encerraran en prisión durante varios años para machacar cáñamo doce horas al día.

Entonces, había tomado sus precauciones y Colum, las suyas. Y aquí estaba yo, atrapada en medio.

—¿Y el niño? —pregunté—. Seguramente…

Una lúgubre carcajada llenó la oscuridad.

—Le puede pasar a cualquiera, amiga mía. A cualquiera. Y una vez que ocurre… —Adiviné que se había encogido de hombros—. Pensaba deshacerme de él, pero luego decidí que tal vez eso le obligaría a casarse conmigo, después de que Arthur muriera.

Una espantosa sospecha me asaltó.

—Pero la esposa de Dougal todavía estaba viva. Geilie, ¿acaso tú…?

El vestido susurró cuando meneó la cabeza y alcancé a distinguir un vago destello de su pelo.

—Iba a hacerlo —admitió—, pero Dios me evitó la molestia. Creí que se trataba de una señal, ¿sabes? Y podría haber funcionado bastante bien, de no haber sido por Colum MacKenzie.

Me cogí los codos con las manos para protegerme del frío. Ahora hablaba sólo para no pensar.

—¿Realmente querías a Dougal? ¿O sólo su posición y su dinero?

—Oh, yo tenía suficiente dinero —replicó con un dejo de satisfacción—. Sabía dónde guardaba Arthur la llave de sus papeles y sus notas. Y debo reconocer, al menos, que tenía una letra fácil de copiar. Fue muy fácil falsificar su firma. Le saqué alrededor de diez mil libras en los últimos dos años.

—¿Para qué? —pregunté, sorprendida.

—Para Escocia.

—¿Cómo? —Por un instante, creí que no había escuchado bien. Luego, decidí que tal vez alguna de las dos había perdido la cordura. Y era evidente que no había sido yo.

—¿Qué quieres decir? —inquirí con cautela y me aparté un poco. No sabía hasta dónde podía llegar Geilie; quizás el embarazo la había trastornado.

—No temas. No estoy loca. —El tono cínico y divertido de su voz me hizo sonrojar y di las gracias de que la oscuridad nos envolviera.

—¿No? —repuse, molesta—. Tú misma has admitido que has cometido fraude, robo y asesinato. Sería un acto de caridad considerarte loca, porque si no lo estás…

—No estoy loca ni soy una depravada —aseveró con determinación—. Soy una patriota.

Entonces comprendí. Solté el aliento que había contenido ante la posibilidad de un ataque demencial.

—Eres una jacobita —declaré—. ¡Cielo santo, eres una maldita jacobita!

Lo era. Eso explicaba algunas cosas. Explicaba por qué Dougal, por lo general un fiel reflejo de las opiniones de su hermano, había tenido la iniciativa de reunir dinero para la Casa de los Estuardo y por qué Geillis Duncan, tan bien dotada para llevar al altar a cualquier hombre que quisiera, había elegido dos especímenes tan distintos como Arthur Duncan y Dougal MacKenzie. El primero, por su dinero y posición; el segundo, por su poder para influir en la opinión pública.

—Colum hubiera sido mejor —prosiguió—. Una pena. Su desgracia es la mía también. Debí haberlo tenido a él. Es el único hombre que he conocido que podría haber sido un compañero digno de mí. Juntos, hubiéramos podido… Bueno, ya no importa. El único hombre que he querido es el único al que no he podido atrapar con mis armas.

—Así que te quedaste con Dougal.

—Oh, sí —respondió, perdida en sus pensamientos—. Un hombre fuerte, con un poco de poder. Algunas propiedades. El oído del pueblo. Pero en realidad, no es más que las piernas y… la polla —agregó con una risita— de Colum MacKenzie. Es Colum quien posee la fuerza. Casi tanta como yo.

Su alarde me fastidió.

—Por lo que sé, Colum tiene algunas cosas de las que tú careces. Por ejemplo, compasión.

—Oh, sí. Todo piedad y compasión, ¿no? —Hablaba con ironía—. Para lo que le sirve. Lleva la muerte en sus hombros. Se ve con los ojos cerrados. Es posible que viva dos años a partir de la Víspera de Año Nuevo, pero no más.

—¿Y cuánto vivirás tú? —pregunté.

La ironía se volvió en su contra, pero la cantarina voz no titubeó.

—Algo menos, supongo. Ya no importa. He logrado bastante en el tiempo que he tenido: diez mil libras enviadas a Francia y el distrito alzado para el príncipe Carlos. Cuando se produzca el Levantamiento, sabré que he aportado lo mío. Si vivo hasta entonces.

Estaba casi debajo del orificio del techo. Mis ojos ya estaban habituados a la penumbra y vi su pálida silueta recortada en el lúgubre entorno: un fantasma prematuro. De pronto, se volvió hacia mí.

—No importa lo que ocurra con los del tribunal. No me arrepiento de nada, Claire.

—¿Sólo lamento no tener más que una vida para ofrendarle a mi patria? —inquirí con sarcasmo.

—Bien dicho —replicó.

—¿Acaso no es la verdad?

Guardamos silencio mientras seguía oscureciendo. La oscuridad de la fosa parecía una fuerza tangible que me oprimía el pecho y me llenaba los pulmones con el aroma de la muerte. Por fin, me hice un ovillo y apoyé la cabeza en las rodillas. Dejé de luchar y me adormecí entre el pánico y el frío.

—¿Entonces amas a ese hombre? —preguntó Geilie de repente.

Sobresaltada, levanté la cabeza. No tenía idea de qué hora era; una estrella difusa brillaba en lo alto, pero no iluminaba el pozo.

—¿A quién? ¿A Jamie?

—¿A quién si no? —dijo secamente—. Es a él a quien llamas en sueños.

—No sabía que lo llamaba.

—Bueno, ¿le amas? —El frío incitaba a una especie de letargo mortal, pero la voz insistente de Geilie me arrastraba del estupor.

Me abracé las rodillas y comencé a balancearme hacia delante y hacia atrás. La luz que provenía del orificio se había desvanecido en la suave oscuridad de la noche temprana. Los examinadores llegarían dentro de un día o dos. Ya era demasiado tarde para engañar a nadie, ni siquiera a mí misma. Si bien aún me resultaba difícil admitir que tal vez estuviera en serio peligro de muerte, comenzaba a comprender el instinto que impelía a los condenados a confesarse la noche antes de su ejecución.

—Me refiero a amarlo de veras —insistió Geilie—, no sólo a querer acostarte con él. Sé que deseas eso y él también. Todos los hombres lo desean. Pero ¿le amas?

¿Lo amaba? ¿Más allá del deseo carnal? La fosa era tan oscura y anónima como un confesionario y un alma al borde de la muerte no tenía tiempo para mentir.

—Sí —respondí y volví a apoyar la cabeza en las rodillas.

El pozo estuvo en silencio durante un tiempo y otra vez caí en una especie de sopor. Luego, la oí hablar una vez más, casi como consigo misma.

—Entonces es posible —musitó con voz pensativa.

Los examinadores llegaron un día después. Desde la desagradable humedad del pozo de los ladrones, alcanzamos a oír el movimiento ocasionado por su llegada; los gritos de los aldeanos y el repiquetear de los caballos en las piedras de la calle Mayor. El alboroto se fue extinguiendo a medida que la procesión avanzaba por la calle hacia la plaza distante.

—Ya han llegado —exclamó Geilie al escuchar el bullicio arriba.

Nos cogimos las manos de forma instintiva; el miedo había desterrado toda animosidad.

—Bueno —manifesté en un intento por parecer valiente—, supongo que es mejor morir quemada que congelada.

En realidad, continuamos congelándonos. Al mediodía del día siguiente, la puerta de nuestra prisión se abrió con brusquedad y nos sacaron de la fosa para llevarnos a juicio.

Sin duda para dar cabida a una multitud de espectadores, la sesión se organizó en la plaza, frente a la casa de los Duncan. Vi que Geilie levantaba la mirada hacia las ventanas con vidrios romboidales de su sala y luego se volvía, impasible.

Dos miembros del tribunal eclesiástico estaban sentados en bancos acolchados detrás de una mesa instalada en la plaza. Un juez era alto y delgado y el otro bajo y robusto. Me recordaban una tira cómica norteamericana que había visto una vez. Como no sabía sus nombres, los bauticé mentalmente; Mutt al alto y Jeff al otro.

La mayoría de los habitantes del pueblo estaban allí. Al mirar a mi alrededor, distinguí a muchos de mis antiguos pacientes. Sin embargo, se notaba la ausencia de los residentes del castillo.

Fue John MacRae, cerrajero de la aldea de Cranesmuir, quien leyó el auto de acusación contra las personas de Geillis Duncan y Claire Fraser, ambas acusadas ante la corte de la Iglesia del crimen de brujería.

—Presentamos como evidencia que las acusadas causaron la muerte de Arthur Duncan mediante brujería —leyó MacRae con voz firme— y produjeron la muerte del hijo nonato de Janet Robinson, provocaron el hundimiento del bote de Thomas MacKenzie, atrajeron sobre el pueblo de Cranesmuir una devastadora enfermedad de las entrañas…

Continuó un rato más. Colum se había esmerado en sus preparativos.

Después de leer el auto de acusación, llamaron a los testigos. La mayoría eran pobladores que no pude reconocer. Ninguno de mis pacientes atestiguó, por lo que les estuve agradecida.

Si bien muchos de los testimonios fueron simplemente absurdos y resultó evidente que a ciertos testigos les habían pagado por sus servicios, hubo algo de verdad en las palabras de algunos. Tal fue el caso de Janet Robinson, por ejemplo, a quien su padre arrastró frente a la corte. La joven, pálida y temblorosa, con un cardenal púrpura en la mejilla, confesó que había concebido un hijo con un hombre casado y que había tratado de deshacerse de él mediante los oficios de Geillis Duncan.

—Me dio una poción para beber y un hechizo que debía repetir tres veces cuando saliera la luna —masculló la muchacha. Atemorizada, miraba a Geillis y a su padre, sin poder determinar quién era más peligroso—. Me dijo que eso haría que me volviera la menstruación.

—¿Y qué ocurrió? —preguntó Jeff, muy interesado.

—Al principio nada, Su Señoría —respondió la joven y agitó la cabeza con nerviosismo—. Pero volví a tomar la poción en cuarto menguante y entonces comenzó.

—¡¿Comenzó?! ¡La chica casi muere desangrada! —terció una anciana, claramente la madre de la joven—. Como creyó que se estaba muriendo, me contó la verdad. —Ansiosa por relatar los detalles morbosos, resultó difícil acallar a la señora Robinson a fin de proseguir con los demás testigos.

Al parecer, no había nadie que tuviera algo concreto que decir en contra mía, más allá de la vaga acusación de que como había estado presente en la muerte de Arthur Duncan y lo había tocado antes de que muriera, era evidente que debía de tener algo que ver en el asunto. Comencé a creer que Geilie tenía razón. Yo no había sido el objetivo de Colum. Pensé que era posible salvarme. O al menos lo pensé hasta que apareció la mujer de la colina.

Cuando se adelantó, delgada y encorvada con su chal amarillo, presentí que corríamos peligro. No era del pueblo. Jamás la había visto antes. Estaba descalza y tenía los pies manchados del polvo del camino que había recorrido para llegar hasta aquí.

—¿Tiene usted algún cargo que hacer en contra de alguna de estas mujeres? —preguntó el juez alto y delgado.

La mujer tenía miedo; no levantaba la vista para mirar a los jueces. Asintió con la cabeza y se hizo el silencio para escucharla.

Habló en voz baja y Mutt tuvo que pedirle que repitiera sus palabras.

Ella y su marido tenían un hijo enfermo, que había nacido sano pero que luego se había vuelto débil. Por fin, decidieron que era un niño cambiado y lo colocaron en la Roca de los Duendes en la colina de Croich Gorm. Al quedarse para vigilar a fin de recuperar a su verdadero hijo cuando los duendes lo devolvieran, habían visto a las dos damas presentes ir a la Roca de los Duendes, levantar al niño y pronunciar extraños hechizos.

La mujer se retorció las manos delgadas debajo del delantal.

—Nos quedamos toda la noche, señores. Y cuando oscureció, apareció un gran demonio, una enorme silueta negra que salió de las sombras sin hacer ruido y se inclinó sobre el lugar donde habíamos dejado al niño.

La multitud emitió un murmullo azorado. Sentí que se me erizaba el cabello de la nuca a pesar de que sabía que el «gran demonio» había sido Jamie, que se había acercado para ver si el niño todavía vivía. Me preparé para lo que vendría.

—Y cuando amaneció, mi hombre y yo fuimos a ver. Y encontramos al niño cambiado muerto en la roca y ni rastro de nuestro pequeñín. —Al concluir, se tapó el rostro con el delantal para ocultar su llanto.

Como si la mujer hubiera sido algún tipo de señal, la muchedumbre se separó dejando paso a la figura de Peter, el ganadero. Cuando lo vi, gruñí en mi interior. Había percibido que el sentimiento de la gente se volvía en contra de mí mientras la mujer hablaba. Sólo me faltaba que este hombre contara a la corte lo del caballo de agua.

En tanto disfrutaba de su momento de fama, el ganadero se enderezó y me señaló con exagerado dramatismo.

—¡Es correcto que la llamen bruja, mis señores! Con mis propios ojos vi a esta mujer llamar a un caballo de agua de las profundidades del Lago Maléfico. Una enorme y terrible criatura, señores, alta como un pino, con un cuello largo como una serpiente azul y los ojos grandes como manzanas. Tenía una mirada capaz de arrebatar el alma a cualquier hombre.

Los jueces parecieron impresionados por el testimonio e intercambiaron susurros durante varios minutos mientras Peter me miraba con aire desafiante.

Por fin, el juez gordo interrumpió la conferencia y llamó a John MacRae, quien permanecía de pie a un lado, alerta en caso de disturbios.

—¡Cerrajero! —exclamó. Se volvió y señaló al ganadero—. Llévese a este hombre y enciérrelo en el calabozo por embriaguez pública. Estamos en una corte. ¡No permitiremos que se malgaste el tiempo de los examinadores con acusaciones frívolas de un borracho que ve caballos de agua cuando ha bebido demasiado whisky!

Peter el ganadero estaba tan sorprendido que ni siquiera se resistió cuando el cerrajero se adelantó con paso firme y lo cogió del brazo. Con la boca abierta, me clavó la mirada mientras se lo llevaban. No pude resistir la tentación de saludarlo ligeramente con la mano.

Tras este breve receso en la tensión de los procedimientos, la situación empeoró con rapidez. Una procesión de muchachas y mujeres juraron haber comprado hechizos y filtros a Geillis Duncan con propósitos tales como causar enfermedades, deshacerse de embarazos no deseados y enamorar a algún hombre. Todas sin excepción juraron que los hechizos habían funcionado…, una trayectoria envidiable, pensé. Si bien nadie declaró haber obtenido esos resultados gracias a mí, muchos dijeron, sin faltar a la verdad, que me habían visto varias veces en el herbario de la señora Duncan, mezclando remedios y machacando hierbas.

Sin embargo, eso no habría sido fatal. La misma cantidad de personas atestiguaron que yo las había curado, sin recurrir a nada excepto los remedios habituales, sin hechizos, pociones ni nada por el estilo. Dada la fuerza de la opinión pública, requería valor personarse para testificar en mi defensa y me sentí agradecida.

Me dolían los pies de estar tanto tiempo de pie. Aunque los jueces estaban sentados con bastante comodidad, no había bancos para los prisioneros. No obstante, cuando apareció el siguiente testigo, me olvidé por completo de mis pies.

Con un don innato para el teatro que bien podría haber competido con el de Colum, el padre Bain abrió de par en par la puerta de la iglesia y salió a la plaza. Renqueaba y se apoyaba en una muleta de roble. Avanzó lentamente hacia el centro de la plaza, inclinó la cabeza frente a los jueces y se volvió para examinar a la multitud hasta que su pétrea mirada redujo el ruido a un débil y atemorizado murmullo. Al hablar, su voz cortó el aire como un látigo.

—¡Este es vuestro juicio, pueblo de Cranesmuir! «Ante él iba la pestilencia y los carbones ardientes avanzaban con sus pies». ¡Sí, os habéis dejado seducir y os habéis alejado del sendero del bien! ¡Habéis sembrado vientos y ahora debéis recoger tempestades!

Le clavé la mirada, pasmada ante su inesperado talento retórico. O tal vez fuera capaz de semejante oratoria sólo bajo la presión de la crisis. La florida voz prosiguió.

—¡La pestilencia descenderá sobre vosotros y moriréis por vuestros pecados si no os purificáis! Habéis recibido a la prostituta de Babilonia. —Por la forma en que me miró, supuse que ésa era yo—. Habéis vendido vuestra alma a los enemigos, habéis cobijado a la víbora inglesa y ahora la venganza de Dios Todopoderoso caerá sobre vosotros. «Apartaos de la mujer extraña, incluso de la extraña que os halaga con sus palabras. Pues su casa se inclina hacia la muerte y sus senderos conducen a los muertos». ¡Arrepentíos, pueblo, antes de que sea demasiado tarde! ¡Arrodillaos y suplicad el perdón! ¡Apartad a la prostituta inglesa y renunciad a vuestro pacto con el engendro de Satanás! —Se arrancó el rosario del cinto y sacudió el gran crucifijo de madera en mi dirección.

A pesar de que era una actuación entretenida, noté que Mutt se inquietaba. Quizá fueran celos profesionales.

—Eh, Monseñor —interpuso el juez al tiempo que bajaba la cabeza en señal de saludo—, ¿tiene usted pruebas que aportar a la acusación de estas mujeres?

—Sí, las tengo. —El estallido de oratoria inicial ya había pasado y el pequeño sacerdote ahora estaba tranquilo. Levantó un amenazador dedo índice hacia mí. Tuve que sujetarme para no dar un paso atrás.

—Un martes al mediodía, hace dos semanas, encontré a esta mujer en los jardines del castillo Leoch. Mediante poderes sobrenaturales, hizo que una jauría se abalanzara sobre mí de modo tal que caí frente a los perros y corrí peligro de muerte. Herido de gravedad en una pierna, intenté alejarme. La mujer trató de seducirme con su carácter pecaminoso para llevarme a algún sitio privado con ella. Cuando me resistí a su tentación, me maldijo.

—¡Qué tontería! —exclamé, indignada—. ¡Es la exageración más ridícula que he escuchado en toda mi vida!

El ojo del padre Bain, oscuro y febril, abandonó a los examinadores para posarse en mí.

—¿Acaso niega, mujer, que me dijo las siguientes palabras: «Acompáñeme, padre. De lo contrario, su herida supurará y se pudrirá»?

—Bueno, tal vez le dije algo parecido —admití.

Apretó la mandíbula en señal de triunfo y se arremangó la sotana. Un vendaje manchado con sangre seca y húmedo de pus amarillo le rodeaba el muslo. La pálida piel de la pierna estaba hinchada encima y debajo del vendaje y unas siniestras líneas rojas se extendían desde la herida oculta.

—¡Por Dios! —dije con espanto—. Tiene una infección. ¡Necesita que lo curen ahora mismo o morirá!

La multitud emitió un profundo murmullo. Incluso Mutt y Jeff parecían azorados.

El padre Bain meneó la cabeza con lentitud.

—¿La habéis escuchado? —pronunció—. La temeridad de esta mujer no tiene límites. ¡Presagia mi muerte, la de un hombre de Dios, frente a los jueces y a la misma iglesia!

Los ansiosos susurros de la muchedumbre se elevaron de tono. El padre Bain volvió a hablar, en voz algo más alta para que lo escucharan.

—Os dejo, caballeros, con el juicio de vuestros propios sentidos y el mandamiento de nuestro Señor: «No dejarás que la bruja viva».

El dramático testimonio del padre Bain puso fin al desfile de testigos. Por lo visto, nadie estaba preparado para superar esa actuación. Los jueces ordenaron un breve descanso y les sirvieron un refrigerio de la posada. Las acusadas no recibieron semejante tratamiento.

Probé a tirar de las cintas de cuero que me sujetaban las manos. El cuero crujió un poco, pero no cedió ni un centímetro. Éste era el momento, pensé con sarcasmo para tratar de contener el pánico, en que el joven héroe debía abrirse paso a caballo entre la multitud y alzar a la trémula heroína para sentarla en su montura.

Sin embargo, mi propio joven héroe estaba en algún bosque, bebiendo cerveza con un homosexual aristócrata envejecido y masacrando ciervos inocentes. Era muy poco probable, decidí con los dientes apretados, que Jamie llegara a tiempo siquiera para recoger mis cenizas antes de que volaran a los cuatro vientos.

Preocupada con mi creciente temor, al principio no escuché los cascos de caballo. Sólo cuando los murmullos de los pobladores me llamaron la atención, noté el rítmico repiqueteo proveniente de los adoquines de la calle Mayor.

Los susurros de sorpresa se incrementaron y los extremos de la multitud comenzaron a apartarse para dar paso al jinete, que permanecía todavía fuera de mi campo visual. A pesar de mi anterior desesperación, comencé a sentir una ilógica chispa de esperanza. Tal vez Jamie había regresado antes. Quizá los avances del duque habían sido demasiado cargantes o tal vez no habían encontrado suficientes ciervos. Sin importarme ya la razón, me puse de puntillas para ver el rostro del jinete que se aproximaba. Con reticencia, la multitud se dispersó cuando el caballo, un bayo fuerte, metió la cabeza entre dos pares de hombros. Ante los ojos asombrados de todos, incluso los míos, la delgada silueta de Ned Gowan desmontó.

Jeff estudió al hombrecillo con perplejidad.

—¿Quién es usted, señor? —Sin duda, su cortesía se debía a las hebillas de plata de los zapatos y a la casaca de terciopelo del visitante. El hecho de ser un empleado del jefe del clan MacKenzie tenía sus beneficios.

—Me llamo Edward Gowan, señoría —respondió con precisión—. Y soy abogado.

Mutt bajó los hombros y se movió en su asiento. El banco que le habían asignado no tenía respaldo y era evidente que su largo torso comenzaba a sentir la incomodidad. Lo miré de hito en hito y le deseé una hernia lumbar. Ya que me iban a quemar por mis supuestos poderes maléficos, pensé, al menos trataría de sacar provecho de ellos.

—¿Abogado? —repitió—. Entonces, ¿qué lo trae por aquí?

El peluquín gris de Ned Gowan se inclinó en un saludo conciso y formal.

—He venido a ofrecer mis humildes servicios en favor de la señora Fraser —declaró—, una dama en extremo gentil, a quien conozco personalmente y a la cual he visto dispensar sus habilidades curativas con amabilidad y maestría.

Muy bonito, pensé. Primer tanto para nosotros. Del otro lado de la plaza, vi que Geilie esbozaba una semisonrisa, mezcla de admiración y desprecio. Si bien Ned Gowan no era el clásico retrato del Príncipe Valiente, no podía permitirme el lujo de desdeñarlo. Aceptaría a mis defensores tal como fueran.

Con una reverencia a los jueces y otra no menos formal a mí misma, el señor Gowan se irguió aún más, enganchó los pulgares en la cintura de sus calzones y se preparó con todo el romanticismo de su anciano y galante corazón para presentar batalla. Escogió el arma elegida por la ley: el más absoluto aburrimiento.

Y por cierto, fue muy aburrido. Con la precisión letal de una picadora automática, cogió cada uno de los cargos del auto de acusación, los analizó y los hizo picadillo con el hacha de los estatutos y precedentes.

Fue una noble actuación. Habló. Y habló. Y habló más todavía. En ocasiones se detenía con sumo respeto para esperar instrucciones de los jueces, pero en realidad, se limitaba a tomar aire para proseguir con otra andanada verborreica.

Considerando que mi vida estaba en juego y mi futuro dependía de la elocuencia de aquel hombre diminuto, debería haber escuchado absorta cada una de sus palabras. En cambio, no cesaba de bostezar sin disimulo, sin siquiera poder cubrir mi boca abierta de par en par, y de cambiar el peso de mi cuerpo de un pie dolorido al otro. Deseé con fervor que me quemaran de una vez y acabaran con esa tortura.

Al parecer, la multitud sentía lo mismo. La emoción de la mañana se convirtió en tedio y la monótona y puntillosa voz del señor Gowan continuaba y continuaba. La gente comenzó a dispersarse al recordar de pronto los animales que había que ordeñar y los suelos que había que limpiar, seguros de que nada interesante podría ocurrir mientras esa voz fatal prosiguiera con su letanía.

Cuando Ned Gowan finalmente concluyó su defensa inicial, ya había atardecido. El juez regordete a quien yo había bautizado Jeff anunció que la corte volvería a reunirse a la mañana siguiente.

Después de una breve conferencia de susurros entre Ned Gowan, Jeff y John MacRae, el cerrajero y dos robustos aldeanos me condujeron a la posada. Miré por encima del hombro y vi que a Geilie la llevaban en la dirección opuesta. Avanzaba con la espalda erguida y se negaba a darse prisa o a mostrarse afectada por los acontecimientos.

En el oscuro cuarto trasero de la posada, por fin me quitaron las correas de las manos y trajeron una vela. Luego llegó Ned Gowan, con una botella de cerveza y un plato con pan y carne.

—Sólo tenemos unos minutos, querida, y me resultó difícil conseguirlos. Escúcheme bien. —El hombrecillo se acercó con aire conspirador a la luz de la vela. Le brillaban los ojos y excepto por el peluquín algo torcido, no presentaba señales de fatiga.

—Señor Gowan, me alegro tanto de verlo —expresé con sinceridad.

—Sí, sí, querida —respondió—, pero no tenemos tiempo para eso ahora. —Me palmeó la mano, amable y presuroso—. He logrado que consideren su caso por separado del de la señora Duncan. Eso puede ayudarnos. Aparentemente, la intención original no era arrestarla a usted, pero la llevaron por su asociación con la b…, con la señora Duncan. Aun así —continuó con rapidez—, corre usted peligro y no voy a negárselo. La opinión del pueblo no la favorece en este momento. ¿Qué la hizo tocar a aquel niño? —preguntó con desacostumbrado acaloramiento.

Abrí la boca para contestar, pero descartó la respuesta con un gesto impaciente.

—Oh, bueno, ya no importa. Lo que debemos hacer es aprovechar el hecho de que es usted inglesa… y por lo tanto ignorante, no, extraña…, y tratar de alargar el proceso todo lo que podamos. El tiempo está de nuestro lado, ya que estos juicios se complican cuando tienen lugar en un clima de histeria, en el que se descarta la evidencia para satisfacer la sed de sangre del pueblo.

Sed de sangre. Ese concepto describía por completo el sentimiento que yo había leído en los rostros de la turba. En algunos casos, había visto indicios de duda o compasión, pero sólo un alma extraordinaria se atrevería a oponerse a una multitud y Cranesmuir no contaba con almas de tal valía. No, me corregí a mí misma. Había un espíritu así… este pequeño abogado de Edimburgo, tan recio como una bota vieja.

—Cuanto más lo alarguemos —prosiguió el señor Gowan—, menos probabilidades habrá de que alguien tome una decisión apresurada. Por lo tanto —agregó con las manos apoyadas en las rodillas—, todo lo que usted debe hacer mañana es permanecer en silencio. Seré yo quien hable y pidámosle a Dios que dé resultado.

—Me parece razonable —repuse al tiempo que intentaba sonreír. Miré la puerta que comunicaba con la parte delantera de la taberna, donde se alzaban algunas voces. El señor Gowan siguió mi mirada y asintió.

—Bueno, tengo que dejarla por ahora. He acordado que le permitan pasar aquí la noche. —Observó a nuestro alrededor con aire dubitativo. La habitación era, en realidad, un pequeño cobertizo anexado a la taberna que se utilizaba para almacenar cosas y provisiones. Un sitio frío y oscuro, pero mucho mejor que la fosa de los ladrones.

La puerta del cobertizo se abrió y apareció la silueta del posadero, recortada en la oscuridad por el pálido resplandor de una vela. El señor Gowan se levantó para marcharse, pero lo cogí de la manga. Había algo que debía preguntarle.

—Señor Gowan, ¿Colum lo ha enviado para ayudarme? —Vaciló antes de responder. Dentro de los límites de su profesión, era un hombre de irreprochable honestidad.

—No —replicó con franqueza. Una expresión casi avergonzada ensombreció sus facciones marchitas y agregó—: He venido… por mi cuenta. —Se puso el sombrero y se volvió hacia la puerta. Me deseó buenas noches y desapareció en la luz y el bullicio de la posada.

Habían hecho pocos preparativos para mi alojamiento. No obstante, había una jarra de vino y una hogaza de pan, limpio esta vez, sobre un tonel grande, y una manta vieja doblada en el suelo.

Me envolví con la manta y me senté en uno de los barriles pequeños a cenar, perdida en mis pensamientos mientras comía.

O sea que Colum no había enviado al abogado. ¿Sabría al menos que el señor Gowan tenía intenciones de venir? Lo más probable era que Colum hubiera prohibido a todos bajar al pueblo por temor a que se vieran involucrados en la cacería de brujas. Las oleadas de miedo e histeria que sacudían al pueblo eran palpables. Las sentía golpear las paredes de mi precario hospedaje.

Un ruidoso estallido del salón cercano me distrajo de mis pensamientos. Tal vez sólo me habían concedido una hora más de vida. Pero al borde de la destrucción, incluso una hora más era motivo de agradecimiento. Me enrollé en la manta, me tapé la cabeza para amortiguar los ruidos de la taberna y traté con todas mis fuerzas de no sentir nada excepto gratitud.

Tras una noche inquieta, me despertaron después del amanecer y me condujeron a la plaza, aunque los jueces no llegaron hasta una hora después.

Contentos y satisfechos con el desayuno, se sentaron a trabajar. Jeff se dirigió a John MacRae, quien había retomado su posición detrás de las acusadas.

—No hemos podido determinar la culpabilidad sobre la base de la evidencia presentada. —Hubo una explosión furiosa de la multitud que se había vuelto a reunir y que ya había llegado a su propio veredicto. Sin embargo, Mutt la silenció con una mirada de lince hacia los jóvenes trabajadores de la primera fila. Se callaron como perros rociados con agua fría. Una vez restablecido el orden, volvió el rostro angular hacia el cerrajero.

—Llevad a las prisioneras a la orilla del lago, por favor. —Se escuchó un complacido sonido de ansiedad que despertó mis peores sospechas. John MacRae me cogió de un brazo y a Geilie del otro para conducirnos, pero enseguida recibió ayuda. Manos malvadas me tiraban del vestido y me empujaban mientras avanzábamos. Un idiota tenía un tambor y tocaba un redoble entrecortado. La muchedumbre cantaba al son del rústico ritmo del tamboril, pero no logré comprender las palabras entre los gritos e insultos esporádicos. En realidad, prefería no entender lo que decían.

La procesión bajó por el prado hacia la orilla del lago, donde había un pequeño muelle que se proyectaba sobre el agua. Nos llevaron hasta la punta. Los dos jueces ya se habían instalado a ambos lados. Jeff se dirigió a la multitud que esperaba en tierra.

—¡Traed las cuerdas! —Se oyó un murmullo general y la gente se miró entre sí hasta que alguien apareció corriendo con una soga. MacRae la tomó y se me acercó con cierta vacilación. Echó una furtiva mirada a los jueces, lo cual pareció ayudarlo a decidirse.

—Por favor, tenga la amabilidad de quitarse los zapatos, señora —ordenó.

—¿Para qué dia…? ¿Para qué? —inquirí y me crucé de brazos.

Parpadeó, claramente sorprendido por mi resistencia. No obstante, uno de los jueces le ahorró la respuesta.

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