Forastera
Agradecimientos
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Agradecimientos
LA AUTORA QUERRÍA AGRADECER a Jackie Cantor, editora por excelencia, cuyo entusiasmo tuvo mucho que ver con la publicación de esta historia; a Perry Knowlton, agente de criterio impecable, que dijo: «Adelante, cuenta la historia como debe ser contada. Después nos preocuparemos de recortarla»; a mi esposo, Doug Watkins, quien pese a pararse de tanto en tanto detrás de mi silla y comentar: «Si está ambientada en Escocia, ¿por qué nadie dice: “hola hombre”?», también pasó mucho tiempo persiguiendo a los niños y gritando: «¡Mamá está escribiendo! ¡Dejadla en paz!»; a mi hija Laura, por informar a una amiga con orgullo: «¡Mi madre escribe libros!»; a mi hijo Samuel, que cuando le preguntaron cómo se ganaba la vida su madre replicó con cautela: «Bueno, mira mucho el ordenador»; a mi hija Jennifer, quien dice: «¡Aparta mamá, ahora me toca escribir a mí!»; a Jerry O’Neill, primer lector y líder de los Entusiastas, y al resto de mi personal compuesto por el Cuarteto: Janet McConnaughey, Margaret J. Campbell y John L. Myers, que leen todo cuanto escribo y de ese modo me obligan a seguir haciéndolo; al doctor Gary Hoff, por verificar los detalles médicos y explicarme con amabilidad la manera correcta de encajar un hombro dislocado; a T. Lawrence Tuohy, por detalles de historia militar y de vestuario; a Robert Riffle, por explicar la diferencia entre betónica y brionia, alistar todos los tipos de nomeolvides conocidos por el hombre y confirmar que los álamos en efecto crecen en Escocia; a Virginia Kidd, por leer las primeras partes del manuscrito y animarme a que lo continuara; a Alex Krislov, por poner a mi disposición junto con otros operadores de sistemas la más extraordinaria incubadora de escritores y cócteles literarios electrónicos en el mundo: el Foro Literario CompuServe; y a los muchos miembros de LitForum —John Stith, John Simpson, John L. Myers, Judson Jerome, Angelia Dorman, Zilgia Quafay y al resto— por las canciones populares escocesas, la poesía amorosa latina y por reír (y llorar) en los lugares apropiados.