Forastera
Cuarta parte. Una vaharada de azufre » 25. No dejarás que la bruja viva
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—Se trata del procedimiento apropiado para el juicio de agua. La sospechosa debe tener el pulgar de la mano derecha atado al pulgar del pie izquierdo. De igual manera, el pulgar de la mano izquierda debe estar atado al pulgar del pie derecho. Entonces… —Miró hacia las aguas del lago. Dos pescadores estaban en el lodo de la orilla, descalzos y con los calzones enrollados por encima de las rodillas y atados con un cordel. Mientras me sonreía con descaro, uno de ellos cogió una piedra y la arrojó al agua. El guijarro picó una vez y se hundió—. Al entrar en el agua, las brujas flotan, pues la pureza del agua rechaza sus cuerpos malditos. Las mujeres inocentes se hunden.
—Entonces, tengo la opción de que me condenen como bruja o de que me declaren inocente después de ahogarme, ¿verdad? —espeté—. ¡No gracias! —Me abracé los codos con fuerza y traté de detener el temblor que parecía haberse convertido en una parte permanente de mi cuerpo.
El juez bajo se infló como un sapo amenazado.
—¡No hablará usted ante esta corte sin permiso, mujer! ¿Acaso se atreve a negarse a un examen legítimo?
—¿Que si me niego a que me ahoguen? ¡Por supuesto que sí! —Era ya demasiado tarde cuando advertí que Geilie meneaba su cabeza con frenesí de modo que el cabello rubio giraba frente a su rostro.
El juez se volvió hacia MacRae.
—Desvestidla y azotadla —sentenció, impasible.
En medio del aturdimiento y la incredulidad, oí que la muchedumbre tomaba aire, supuestamente en señal de estupor…; en realidad no era más que regocijo anticipado. Y me di cuenta de lo que significaba el odio. No el de ellos. El mío.
No se molestaron en llevarme de vuelta a la plaza del pueblo. En lo que a mí concernía, ya no tenía casi nada que perder, y no se lo puse fácil.
Unas manos rudas tiraron de mí e intentaron llegar al borde de mi blusa y el corpiño.
—¡Suélteme, maldito canalla! —grité y lo pateé donde pensé que surtiría mayor efecto. El hombre se dobló con un gruñido, pero su figura encorvada se perdió enseguida en una erupción de gritos y escupitajos y gestos furiosos. Otras manos me cogieron de los brazos, me arrastraron, me levantaron para pasar por encima de los cuerpos caídos en el tumulto y me empujaron por sitios demasiado angostos para atravesar caminando.
Alguien me golpeó en el estómago y me quedé sin aliento. A estas alturas, mi blusa estaba hecha jirones y no fue difícil arrancar el resto. Jamás había sido exageradamente pudorosa, pero al estar de pie medio desnuda ante una horda furibunda, con huellas de manos sudorosas en mis senos expuestos, me invadieron un odio y una humillación que jamás había podido imaginar.
John MacRae me ató las muñecas por delante, dejando un trozo largo de soga suelta. Tuvo la decencia de parecer avergonzado al hacerlo, pero se negó a mirarme a los ojos. Estaba claro que no podía esperar ayuda ni indulgencia por su parte. Estaba tan a merced de la multitud como yo.
Geilie estaba allí, sin duda víctima del mismo tratamiento. Divisé un destello de su cabello plateado, sacudido por una brisa repentina. Mis brazos quedaron extendidos por encima de mi cabeza cuando arrojaron la soga para engancharla a la rama de un gran roble y tiraron de ella. Apreté los dientes y me aferré a la furia que sentía; era lo único que tenía para combatir el miedo. Reinaba un clima de ansiedad, acentuado por los murmullos nerviosos y los gritos de los espectadores.
—¡Enséñale, John! —gritó uno—. ¡Empieza de una vez!
John MacRae, consciente de las responsabilidades dramáticas de su profesión, se detuvo con el látigo a la altura de la cintura y escudriñó al gentío. Dio un paso hacia delante y me acomodó con suavidad de modo tal que quedara de cara al árbol, casi rozando la rústica corteza. Luego se alejó dos pasos, levantó el látigo y lo dejó caer.
La impresión fue peor que el dolor. De hecho, sólo después de varios azotes me di cuenta de que el cerrajero estaba haciendo todo lo posible por evitarme lo peor. Sin embargo, uno o dos golpes fueron lo suficientemente fuertes como para cortar la piel. Sentí el ardor en el momento del impacto.
Tenía los ojos cerrados con fuerza y la mejilla apoyada contra la madera. Intentaba concentrarme con todas mis fuerzas para estar en cualquier otra parte.
—¡Claire!
La soga que me sujetaba las muñecas estaba algo floja, lo bastante como para permitirme girar hacia la multitud. El súbito movimiento desconcertó al cerrajero, que golpeó en el aire, perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza con una rama. A la muchedumbre le encantó el espectáculo y comenzó a insultarlo y a burlarse de él.
El pelo me cubría los ojos y se me pegaba a la cara por el sudor, las lágrimas y la suciedad del confinamiento. Sacudí la cabeza y al menos logré un vistazo rápido que confirmó lo que habían escuchado mis oídos.
Jamie se abría paso a empujones entre los aldeanos. Su rostro era una máscara iracunda y se aprovechaba de su tamaño y fortaleza.
Me sentí como el general MacAuliffe en Bastogne al vislumbrar al Tercer Ejército de Patton en el horizonte. A pesar del horrible peligro que implicaba para Geilie, para mí, y ahora para Jamie mismo, jamás me había sentido tan feliz de ver a alguien.
«¡El hombre de la bruja!», «¡El marido!», «¡Un asqueroso Fraser!» y demás epítetos similares se escucharon entre los insultos más generalizados dirigidos a Geilie y a mí. «¡Agarradlo a él también!». «¡Quemadlo!». «¡Quemadlos a todos!». La histeria de la multitud, distraída un instante por el accidente del cerrajero, recobró su fiereza una vez más.
Jamie se había detenido, obstaculizado por los asistentes del cerrajero que intentaban sujetarlo. Con un hombre colgado de cada brazo, luchó por llevar su mano al cinto. Uno de los hombres pensó que intentaba sacar un cuchillo y le golpeó en el estómago.
Jamie se encorvó un poco, pero luego se enderezó y le clavó un codo en la nariz al hombre que lo había golpeado. Haciendo caso omiso del hombre que le sujetaba, metió una mano en su morral, levantó el brazo y arrojó algo. Su grito me llegó en el instante en que el objeto abandonó su mano.
—¡Claire! ¡Quédate quieta!
Confusa, pensé que de todos modos no podía ir a ningún lado. Una mancha negra volaba en dirección a mi rostro y comencé a retroceder, pero me detuve a tiempo. La mancha me golpeó la cara con un golpe seco y las cuentas negras cayeron en mis hombros. El rosario negro, arrojado tipo boleadoras, rodeó mi cuello limpiamente. No a la perfección, ya que quedó colgado de mi oreja derecha. Sacudí la cabeza y se acomodó en su lugar. Me lloraban los ojos por el impacto. El crucifijo se balanceó entre mis senos desnudos.
Los rostros de la primera fila lo miraban con horrorizada perplejidad. El repentino silencio se extendió a los que estaban más atrás y el ruido cesó. La voz de Jamie, por lo general tan suave, incluso cuando estaba enfadado, retumbó en el silencio.
—¡Soltadla!
Los asistentes que intentaban detenerlo ya se habían apartado y los espectadores se abrieron para dejarlo pasar. El cerrajero lo vio venir y se detuvo, con la boca abierta.
—¡He dicho que la soltéis! ¡Ya! —El cerrajero reaccionó ante la apocalíptica visión del fantasma pelirrojo de la muerte, se movió y buscó su daga con rapidez. La soga, al cortarse, se soltó con un chasquido y mis brazos cayeron como tirantes, doloridos por la tensión. Trastabillé y habría caído, pero una mano fuerte y familiar me sujetó por el codo y me enderezó. Luego enterré el rostro en el pecho de Jamie y ya nada me importó.
Es posible que perdiera el conocimiento por unos instantes o tal vez tuve esa impresión por el inmenso alivio que me invadió. El brazo de Jamie me rodeaba la cintura para sostenerme y su capa escocesa me cubría, por fin, de la mirada de los aldeanos. La confusión de voces era grande pero ya no se percibía el enloquecido y morboso ardor de la turba.
La voz de Mutt, o Jeff, interrumpió el griterío.
—¿Quién es usted? ¿Cómo se atreve a interferir en la investigación de esta corte?
Sentí que la muchedumbre avanzaba. Jamie era corpulento y estaba armado, pero era un hombre solo. Me acurruqué contra él bajo los pliegues de la capa. Su brazo derecho me estrechó con más fuerza, pero su mano izquierda se dirigió a la vaina en su cadera. La espada azul y plateada siseó amenazante al salir de la vaina. Los que estaban delante se detuvieron en seco.
Los jueces eran algo más reacios. Desde mi escondite, vi que Jeff clavaba una mirada furiosa en Jamie. Mutt parecía más confuso que molesto por la inesperada interrupción.
—¿Acaso se atreve a desenvainar su espada en contra de la justicia de Dios? —le espetó el juez regordete.
Jamie terminó de sacar la espada y la clavó en el suelo. El mango tembló por la fuerza del golpe.
—La desenvaino en defensa de esta mujer y de la verdad —replicó—. Si alguien se opone a alguno de los dos, tendrá que responder ante mí y ante Dios. En ese orden.
El juez parpadeó una o dos veces, como si no diera crédito a aquel comportamiento. Después, volvió a atacar.
—No tiene cabida en los procedimientos de esta corte, señor. Le exijo que entregue a la prisionera de inmediato. ¡Nos ocuparemos de su desacato enseguida!
Jamie miró a los jueces con indiferencia. Sentí cómo palpitaba su corazón debajo de mi mejilla. Sin embargo, sus manos estaban firmes: una, en el mango de la espada; la otra, en la daga de su cinto.
—En cuanto a eso, señor, debo decirle que juré ante el altar de Dios defender a esta mujer. Y si usted me está diciendo que su propia autoridad está por encima de la del Todopoderoso, me veo obligado a informarle que no estoy de acuerdo.
El silencio que siguió fue interrumpido por un par de risitas nerviosas aquí y allá. Si bien no contábamos con el apoyo de la multitud, el momento crítico había pasado.
Jamie me hizo girar con una mano en el hombro. No podía soportar mirar a la muchedumbre, pero sabía que debía hacerlo. Levanté la cabeza con toda la dignidad que logré reunir y fijé la vista más allá de los rostros, en un pequeño bote en medio del lago. Lo miré hasta que los ojos se me llenaron de lágrimas.
Jamie apartó la capa lo suficiente como para mostrar mi cuello y mis hombros. Tocó el rosario negro y lo dejó bambolearse de un lado a otro.
—El azabache quema la piel de las brujas, ¿verdad? —preguntó a los jueces—. Y mucho más, supongo, si se trata de la cruz de nuestro Señor. Pero mirad. —Pasó un dedo por debajo de las cuentas y levantó el crucifijo. Mi piel debajo estaba blanca, sin marca alguna excepto por la suciedad del cautiverio. El gentío emitió un murmullo.
Fiero valor, sangre fría y un certero instinto para atraer la atención. Colum MacKenzie había hecho bien en sentir aprensión por las ambiciones de Jamie. Y dado su temor de que yo revelara la paternidad de Hamish, o lo que él creía que yo sabía sobre el asunto, lo que me había hecho era comprensible. Comprensible, pero no perdonable.
El humor de la turba era ahora incierto. La sed de sangre que la había impulsado antes se estaba disipando, pero aún podía elevarse como una ola gigantesca y aplastarnos. Mutt y Jeff se miraron indecisos. Sorprendidos por este último acontecimiento, los jueces habían perdido el control de la situación.
Geillis Duncan se apoderó de la atención de todos. No sé si en ese momento aún había alguna esperanza para ella. De todos modos, ladeó la cabeza de manera que su cabello claro cayó desafiante sobre uno de sus hombros. Y entregó su vida.
—Esta mujer no es una bruja —declaró sin rodeos—. Pero yo sí lo soy.
El espectáculo de Jamie no podía competir con esto. El consiguiente rugido de la plebe ahogó por completo las voces de los jueces, que preguntaban y exclamaban.
No había indicio alguno de lo que ella pensaba o sentía, no más que en cualquier otro momento anterior. Tenía la frente despejada y los grandes ojos verdes brillaban con algo parecido a la diversión. Se mantenía erguida, con sus ropas convertidas en harapos sucios, mientras miraba a sus acusadores. Cuando el tumulto se apaciguó, comenzó a hablar sin dignarse a levantar la voz, obligando a la muchedumbre a callarse para escucharla.
—Yo, Geillis Duncan, confieso que soy una bruja, una servidora de Satanás. —Esto ocasionó otro estallido. Geilie esperó con paciencia a que hicieran silencio otra vez.
—En obediencia a mi Amo, confieso que maté a mi marido, Arthur Duncan, con brujería. —Al decir esto, desvió la mirada para buscarme y esbozó una tenue sonrisa. Posó la vista en la mujer del chal amarillo, pero sus ojos no perdieron su dureza—. Por maldad, hechicé al niño cambiado para que muriera y así el niño humano a quien sustituyó pudiera permanecer con los duendes. —Se volvió e hizo un gesto en mi dirección—. Me aproveché de la ignorancia de Claire Fraser con el propósito de utilizarla para mis propios fines. Pero ella no tuvo parte alguna en mis actividades ni conocimiento de ellas, ni sirve a mi Amo.
Los murmullos brotaron de nuevo. La gente se empujaba para ver mejor. Geilie extendió ambas manos hacia ellos, con las palmas hacia arriba.
—¡Quietos! —La voz clara resonó como un latigazo. Echó la cabeza hacia atrás para contemplar el cielo y se quedó inmóvil, como quien escucha algo.
»¡Oíd! —dijo—. ¡Oíd el viento que anuncia su presencia! ¡Cuidaos, habitantes de Cranesmuir! ¡Mi Amo viene en las alas del viento! —Bajó la cabeza y chilló; fue un grito de triunfo agudo y escalofriante. Los ojos verdes estaban fijos, como en un trance.
Se estaba levantando viento. Vi nubes de tormenta que avanzaban desde el otro lado del lago. La gente comenzó a mirar a su alrededor con inquietud. Algunos se dispersaron.
Geilie comenzó a girar, dando vueltas y vueltas, con el cabello al viento y una mano extendida hacia arriba como una grácil bailarina. La observé, atónita.
Al girar, el cabello le ocultaba el rostro. En la última vuelta, no obstante, ladeó la cabeza para apartar la melena rubia hacia un lado y vislumbré su rostro con claridad. Me miraba. La expresión de trance había desaparecido y su boca formó una sola palabra. Luego el giro la dejó frente a la muchedumbre una vez más y volvió a gritar como un espectro.
La palabra había sido «¡Corre!».
De pronto, se detuvo. Con expresión demencial, cogió con ambas manos los restos del corpiño de su vestido y lo rasgó por delante. La muchedumbre vio entonces el secreto que yo había descubierto en la fría suciedad de la fosa de los ladrones. El secreto que Arthur Duncan había descubierto una hora antes de su muerte. El secreto por el cual había muerto. Los jirones del vestido cayeron para revelar el vientre hinchado por el embarazo de seis meses.
Me quedé inmóvil como una estatua, con la vista fija. Jamie no vaciló. Me cogió con una mano y a su espada con la otra y se lanzó entre la multitud. Empujó a la gente con los codos, las rodillas y el mango de la espada mientras nos encaminábamos hacia la orilla del lago. Emitió un estridente silbido.
Absortas en el espectáculo que se desarrollaba bajo el roble, pocas personas se dieron cuenta de lo que ocurría. Luego, algunos comenzaron a gritar y a intentar sujetarnos. Entonces unos cascos galopantes resonaron en la tierra dura de la orilla.
Donas seguía sin querer mucho a la gente y no tenía inconveniente en demostrarlo. Mordió la primera mano que se extendió para coger sus riendas y un hombre retrocedió con un grito y los dedos ensangrentados. El caballo se echó hacia atrás, relinchó y se abalanzó. Los pocos audaces aún deseosos de detenerlo perdieron todo interés.
Jamie me arrojó sobre la montura como si fuera una bolsa de patatas y subió de un salto. Despejó nuestro camino con la espada y condujo a Donas por entre la muchedumbre. La gente se apartó para dejar avanzar la andanada de dientes, cascos y espada y empezamos a galopar. Dejamos atrás el lago, el pueblo y Leoch. Todavía sin aliento por la impresión, intenté hablar, gritarle a Jamie.
No me había quedado paralizada por la revelación del embarazo de Geilie. Fue otra cosa la que me congeló hasta los huesos. Mientras Geilie giraba con los brazos blancos extendidos, vi lo mismo que ella había visto cuando me quitaron las ropas. Una marca en un brazo igual a la que yo tenía. Aquí, en esta época, era la marca de la brujería, de la magia. La pequeña y familiar cicatriz de una vacuna contra la viruela.
La lluvia repiqueteaba en el agua y calmaba la hinchazón de mi rostro y el ardor que las sogas habían dejado en mis muñecas. Recogí agua del arroyo con las manos y la bebí despacio. Agradecida, sentí cómo el frío líquido descendía por mi garganta.
Jamie desapareció unos minutos. Regresó con un puñado de hojas ovaladas de color verde oscuro. Estaba masticando algo. Escupió una masa verde macerada en la palma de la mano y se colocó otro manojo de hojas en la boca. Me dio la vuelta y pasó con suavidad las hojas masticadas por mi espalda. El ardor cedió considerablemente.
—¿Qué es eso? —pregunté mientras hacía un esfuerzo por controlarme. Todavía temblaba, pero las incontenibles lágrimas habían comenzado a agotarse.
—Berro —respondió con la voz algo amortiguada por las hojas que tenía en la boca. Las escupió y las aplicó a mi espalda—. No eres la única que sabe de plantas curativas, Sassenach —agregó con mayor claridad.
—¿Qué… qué gusto tiene? —inquirí al tiempo que intentaba ahogar los sollozos.
—Bastante asqueroso —replicó, lacónico. Terminó la curación y me deslizó la capa por los hombros con delicadeza.
—No se… —comenzó y vaciló—. Quiero decir, los cortes no son profundos. Creo… Creo que no te… dejarán marca. —Hablaba en tono áspero, pero sus manos me tocaban con profunda ternura, lo cual me hizo llorar otra vez.
—Lo siento —mascullé y me pasé una punta de la capa por la nariz—. No sé qué me pasa. No sé por qué no puedo dejar de llorar.
Se encogió de hombros.
—Supongo que nadie te ha lastimado a propósito antes, Sassenach —aventuró—. Lo más probable es que se deba tanto al susto como al dolor. —Hizo una pausa y cogió un extremo de la capa—. A mí me pasó lo mismo, muchacha —añadió—. Vomité y lloré mientras me curaban las heridas. Luego me puse a temblar. —Me limpió el rostro con la tela. Después me levantó la barbilla y acercó mi rostro al suyo.
»Y cuando dejé de temblar, Sassenach —susurró—, di gracias a Dios por el dolor, porque quería decir que aún estaba vivo. —Me soltó y asintió con la cabeza—. Cuando te llegue ese momento, pequeña, avísame, porque hay una o dos cosas que quiero decirte.
Se incorporó y caminó hasta el borde del arroyo para lavar el pañuelo manchado de sangre en el agua fría.
—¿Por qué has vuelto? —le pregunté cuando regresó. Había logrado dejar de llorar, pero todavía temblaba. Me acurruqué más entre los pliegues de la capa.
—Por Alec MacMahon —contestó con una sonrisa—. Le pedí que te cuidara mientras yo estuviera fuera. Cuando os arrestaron, cabalgó toda la noche y todo el día siguiente para encontrarme. Y luego yo cabalgué como el diablo para regresar. ¡Cielos! Ése sí que es un buen caballo. —Miró con aprobación hacia Donas, atado a un árbol en lo alto de la pendiente junto a la orilla. Su pelo brillaba como el cobre—. Tendré que hacerlo correr —dijo, pensativo—. No creo que nadie nos siga, pero no estamos lejos de Cranesmuir. ¿Ya puedes caminar?
Lo seguí por la pendiente escarpada con algo de dificultad. Pequeñas piedras se despeñaban bajo mis pies y las ramas se enganchaban en la enagua. Cerca de la cima, había un bosque de álamos jóvenes, tan cerca unos de otros que las ramas más bajas se entrelazaban y formaban un techo verde sobre los helechos. Jamie apartó las ramas lo suficiente como para permitirme gatear dentro del estrecho espacio. Luego, con cuidado, tapó la entrada con ramas de helecho. Se apartó para examinar el escondite y asintió con satisfacción.
—Sí, está bien. Nadie te encontrará aquí. —Se volvió para marcharse, pero regresó—. Trata de dormir, si puedes, y no te preocupes si no vuelvo enseguida. Cazaré algo de regreso. No tenemos comida y no quiero llamar la atención deteniéndome en una granja. Cúbrete la cabeza con la capa y asegúrate de que tape tu enagua. El blanco se ve desde lejos.
La comida no me importaba. Sentía que jamás querría volver a comer. Dormir era otro tema. Aún me dolían la espalda y los brazos. Las marcas de las sogas en las muñecas estaban en carne viva y me molestaba todo el cuerpo. No obstante, extenuada por el temor, el dolor y el simple agotamiento, me quedé dormida casi de inmediato, con el fuerte aroma de la vegetación elevándose como de un incensario.
Me desperté con algo que me tiraba del pie. Sobresaltada, me senté y tropecé contra las ramas. Una lluvia de hojas y palos cayó sobre mí. Sacudí los brazos con fiereza, tratando de desenganchar el pelo de las ramas. Arañada, desaliñada e irritada, me arrastré fuera de mi santuario y encontré a Jamie acuclillado y observando divertido mi aparición. Pronto anochecería. El sol había descendido por debajo del nivel del arroyo y el rocoso cañón estaba en sombras. El olor a carne asada emanaba de un pequeño fuego que ardía en las rocas cerca del arroyo, donde dos conejos se doraban en un improvisado asador de ramas verdes.
Jamie extendió una mano para ayudarme a bajar la pendiente. Altiva, rechacé su ofrecimiento y lo hice por mí misma. Sólo trastabillé una vez con los extremos de la capa. La anterior sensación de náuseas había desaparecido y me abalancé con voracidad sobre la carne.
—Nos adentraremos en el bosque después de cenar, Sassenach —dijo Jamie y arrancó un hueso del esqueleto de uno de los conejos—. No quiero dormir cerca del arroyo; no puedo oír si alguien se acerca con el ruido del agua.
No conversamos mucho mientras comíamos. El horror de la mañana y el recuerdo de lo que habíamos dejado atrás nos mantenía mudos. Además, yo sentía un profundo pesar. No sólo había perdido la oportunidad de averiguar más sobre el porqué y el cómo de mi presencia aquí, sino también a una amiga. Mi única amiga. Había desconfiado muchas veces de Geilie, pero no tenía ninguna duda de que me había salvado la vida. Al darse cuenta de que estaba condenada, había tratado de brindarme la posibilidad de escapar. El fuego, casi invisible a la luz del día, brillaba cada vez más ahora que la oscuridad cubría el arroyo. Contemplé las llamas y la piel quebradiza y los huesos tostados de los conejos en el asador. Una gota de sangre de un hueso roto cayó al fuego y se deshizo en un siseante sonido. De pronto, se me atragantó la carne. Apoyé el trozo en el suelo con rapidez y me aparté, asqueada.
Aun sin hablar mucho, nos alejamos del arroyo y encontramos un lugar confortable cerca del borde de un claro en el bosque. A nuestro alrededor, las colinas se alzaban ondulantes, pero Jamie había elegido un sitio elevado, con una buena vista del camino que llevaba al pueblo. La penumbra realzaba los colores de la campiña y encendía la tierra con piedras preciosas: brillantes esmeraldas en las hondonadas, hermosas amatistas opacas en los brotes de brezo y fogosos rubíes en los serbales cargados de frutos que coronaban las colinas. Las bayas de los serbales, un antídoto contra la brujería. A lo lejos, la silueta del castillo Leoch todavía se divisaba al pie de Ben Aden. Se desvaneció con rapidez cuando la luz se extinguió.
Jamie encendió una fogata en nuestro refugio y se sentó junto a ella. La lluvia se había convertido en una tenue llovizna que humedecía el aire y ponía arco iris en mis pestañas cuando miraba las llamas.
Jamie se quedó sentado observando el fuego durante largo rato. Por fin, apoyó las manos en las rodillas y levantó la vista.
—Una vez te dije que no te preguntaría nada que no quisieras decirme.
Y no te preguntaría nada ahora, pero debo saber, por tu seguridad y la mía.
Hizo una pausa, vacilante.
—Claire, si jamás has sido franca conmigo, te pido que lo seas ahora, pues necesito saber la verdad. Claire, ¿eres una bruja?
Lo miré azorada.
—¿Bruja? ¿Y tú… tú me haces esta pregunta? —Pensé que tal vez bromeaba. No bromeaba.
Me cogió de los hombros y me sujetó con fuerza. Me clavó la mirada como si quisiera obligarme a responder.
—Debo preguntártelo, Claire. ¡Y tú debes responderme!
—¿Y si lo fuera? —respondí con los labios resecos—. De haber creído que era una bruja, ¿habrías peleado por mí igualmente?
—¡Habría dejado que me quemaran contigo! —exclamó, violento—. Habría ido al infierno contigo, si hubiera sido necesario. Pero que Dios se apiade de tu alma y de la mía, ¡dime la verdad!
La presión de los acontecimientos me superó. Me liberé de sus manos y corrí hacia el otro extremo del claro. No me alejé demasiado, sólo hasta el borde de los árboles. No podía soportar un espacio abierto. Me agarré a un árbol, lo rodeé con los brazos y clavé las uñas en la corteza. Apoyé el rostro contra el tronco y me estremecí con una risa histérica.
El rostro de Jamie, pálido y estupefacto, asomó al otro lado del árbol. Vagamente, me di cuenta de que lo que estaba haciendo debía asemejarse mucho a un estallido de risa senil. Hice un esfuerzo supremo y me detuve para mirarle, nerviosa.
—Sí —afirmé y di un paso atrás, todavía sacudida por espasmos de carcajadas descontroladas—. Sí, soy una bruja. Debo serlo para ti. Jamás he tenido viruela, pero puedo atravesar una habitación llena de hombres agonizantes sin contagiarme. Puedo atender a los enfermos y respirar el mismo aire y tocar sus cuerpos, pero la enfermedad no puede atacarme. Tampoco puedo contraer cólera, ni tétanos, ni malaria. Y tú debes pensar que es un encantamiento, porque jamás has oído hablar de una vacuna y no hay otra forma de explicarlo.
»Las cosas que sé… —dejé de apartarme y me quedé quieta, respirando con dificultad, tratando de controlarme—… sobre John Randall las sé porque me las contaron. Sé cuándo nació y cuándo morirá, sé lo que ha hecho y lo que hará, sé sobre Sandringham porque… porque Frank me lo contó. Había oído hablar de Randall porque él… él… ¡Oh, cielos!
Sentí que iba a descomponerme y cerré los ojos para borrar las estrellas que giraban sobre mí.
—Y Colum… cree que soy una bruja porque sé que Hamish no es su hijo. Sé… que no puede tener hijos. Pero él pensó que yo sabía quién era el padre de Hamish… Creí que tal vez fueras tú, pero luego supe que no podía ser y… —Hablaba cada vez más deprisa mientras intentaba controlar el vértigo con el sonido de mi propia voz.
»Todo lo que te he dicho sobre mí es cierto —añadí y asentí con la cabeza como si quisiera convencerme a mí misma—. Todo. No tengo familia, ni tengo historia, porque aún no he nacido.
»¿Sabes cuándo nací? —pregunté y levanté la vista. Sabía que tenía el cabello revuelto y la mirada en blanco, pero no me importaba—. Nací el veinte de octubre, en el año de Nuestro Señor de mil novecientos dieciocho. ¿Me has oído? —espeté al ver que parpadeaba sin moverse, como si no prestara atención a mis palabras—. ¡He dicho mil novecientos dieciocho! ¡Casi dentro de doscientos años! ¿Me oyes?
Gritaba. Jamie asintió despacio.
—Te oigo —respondió con suavidad.
—¡Sí, me oyes! —exclamé—. Y crees que estoy loca. ¿No es verdad? ¡Admítelo! Es lo que piensas. Debes pensarlo. No puedes explicarlo de otra manera. No puedes creerme, no te atreves. ¡Oh, Jamie!
Sentí que se me contraía el rostro. Había pasado tanto tiempo ocultando la verdad, convencida de que no podía revelársela a nadie. Y ahora me daba cuenta de que aunque se la contara a Jamie, mi amado esposo, el hombre en quien confiaba más que en nadie, él tampoco podía creerme.
—Sucedió en las rocas… en la colina encantada. Las rocas erguidas. Las piedras de Merlín. Por ahí vine. —Me faltaba el aire. Sollozaba y perdía la coherencia minuto a minuto—. Fue hace mucho tiempo, hace doscientos años. Siempre son doscientos años en los cuentos… Pero en los cuentos, la gente siempre vuelve. Yo no pude volver. —Me alejé, tambaleante, en busca de apoyo. Me recliné contra una roca con los hombros hundidos y la cabeza en las manos. Hubo un prolongado silencio en el bosque. Duró lo bastante como para que los pequeños pájaros nocturnos recuperaran el valor y reiniciaran sus sonidos para llamarse unos a otros mientras cazaban los últimos insectos del verano.
Por fin, alcé el rostro. Pensé que quizá se había ido y me había dejado, abrumado por mi revelación. Pero allí seguía, sentado con las manos alrededor de las rodillas, cabizbajo, como perdido en sus pensamientos.
El vello de los brazos le brillaba como hilos de cobre al fuego. Me di cuenta de que estaba erizado, como el pelaje de un perro. Me tenía miedo.
—Jamie —murmuré y sentí que se me partía el corazón de absoluta soledad—. Oh, Jamie.
Me senté y me acurruqué en un intento de envolver el núcleo de mi dolor. Ya nada me importaba. Lloré con toda el alma.
Me erguí al sentir en los hombros el contacto de sus manos. A través de una cortina de lágrimas, vi en su rostro la expresión que adoptaba al pelear, cuando la lucha ha superado el punto de tensión y se convierte en tranquila certidumbre.
—Te creo —pronunció con firmeza—. No comprendo nada… todavía… pero te creo. ¡Claire, te creo! ¡Escúchame! Hay verdad entre nosotros, entre tú y yo, y creeré todo lo que me digas. —Me sacudió con suavidad.
»No importa de qué se trate. Me lo has dicho. Por ahora, es suficiente. Tranquilízate, mo duinne. Reposa la cabeza y descansa. Me contarás el resto más tarde. Y te creeré.
Yo todavía sollozaba, incapaz de comprender lo que me decía. Intenté apartarme, pero me tomó en sus brazos y me estrechó con fuerza, sin dejar de repetir «te creo».
Por fin, agotada, me calmé lo suficiente para mirarlo y decir:
—Pero no puedes creerme.
Me sonrió. Le temblaban un poco los labios, pero sonreía.
—No me dirás lo que puedo o no puedo hacer, Sassenach. —Se interrumpió brevemente—. ¿Qué edad tienes? —preguntó con curiosidad—. Jamás se me había ocurrido preguntártelo.
La pregunta parecía tan absurda que tuve que pensar un instante.
—Veintisiete… o tal vez veintiocho —repuse. La respuesta lo desconcertó un poco. A los veintiocho años de edad, las mujeres de esta época estaban al borde de la vejez.
—Oh —manifestó. Respiró hondo—. Pensé que tendrías mi edad… quizá menos.
Por un segundo, no se movió. Luego esbozó una sonrisa.
—Feliz cumpleaños, Sassenach —añadió.
Me cogió tan de sorpresa que me quedé mirándolo como una tonta.
—¿Cómo? —logré balbucir por fin.
—He dicho «feliz cumpleaños». Hoy es veinte de octubre.
—¿De veras? Había perdido la cuenta. —Estaba temblando otra vez, por el frío, la emoción y el esfuerzo de mi discurso. Jamie me abrazó con fuerza y me sostuvo mientras me pasaba las manos por el cabello. Me puse a llorar de nuevo, pero ahora de alivio. En mi estado de conmoción, me parecía lógico que si él sabía mi verdadera edad y todavía me quería, entonces todo se arreglaría.
Jamie me cogió en brazos y, sujetándome con cuidado contra su hombro, me llevó junto al fuego, donde había dejado la silla de montar. Se sentó y se reclinó contra la montura. Me estrechó con firmeza.
Mucho tiempo después, volvió a hablar.
—Está bien. Cuéntamelo ahora.
Le conté. Le conté todo, de manera entrecortada pero coherente. Estaba aturdida por el cansancio, pero satisfecha, como un conejo que ha logrado deshacerse de la persecución de un zorro y encontrado un sitio donde esconderse. No es un santuario, pero sí suficiente para recobrar el aliento. Y le hablé de Frank.
—Frank —dijo con suavidad—. Entonces no está muerto, después de todo.
—Todavía no ha nacido. —Sentí otra oleada de histeria pero logré mantener el control—. Ni yo tampoco.
Me acarició y me instó a callar con sus susurros quedos en gaélico.
—Cuando te rescaté de Randall en el Fuerte William —dijo de pronto—, tratabas de regresar. Intentabas volver a las rocas. Y… a Frank. Por eso abandonaste el bosque.
—Sí.
—Y te azoté por ello. —Su voz estaba cargada de arrepentimiento.
—No lo sabías. No podía decírtelo —repliqué, casi adormecida.
—No, supongo que no podías. —Me cubrió con la capa y la ciñó con delicadeza alrededor de mis hombros—. Duerme ahora, mo duinne. Nadie te hará daño. Estoy a tu lado.
Me acurruqué en la cálida curva de su hombro y dejé que mi mente descendiera hasta el olvido. Me obligué a emerger lo suficiente para preguntar:
—¿De veras me crees, Jamie?
Suspiró y me sonrió con tristeza.
—Sí, te creo, Sassenach. Pero habría sido mucho más fácil si hubieras sido tan sólo una bruja.
Dormí como un tronco y desperté después del amanecer, entumecida y con una terrible jaqueca. Jamie tenía unos puñados de avena en su morral y me obligó a comerla mezclada con agua fría. La pasta se me pegaba a la garganta, pero logré tragarla.
Me trataba con ternura y gentileza, pero hablaba poco. Después del desayuno, empaquetó todo y ensilló a Donas.
Aturdida por los recientes acontecimientos, ni siquiera pregunté adónde íbamos. Montada detrás de él, me contenté con apoyar el rostro en su amplia espalda y dejar que el movimiento del caballo me acunara hasta un estado de trance inconsciente.
Bajamos de los valles cerca del lago Madoch. Avanzamos a través de la fría niebla matinal hasta el borde de la quieta superficie gris. Los patos salvajes comenzaron a elevarse en bandadas que rodeaban los juncos, graznando para despertar a los más dormilones. Un disciplinado grupo de gansos, en cambio, nos sobrevoló emitiendo gritos de pesar y desolación.
La bruma gris cedió cerca del mediodía y un sol débil iluminó los prados cubiertos de tojos amarillos y retamas. Unos kilómetros más allá del lago, llegamos a un camino angosto y doblamos al noroeste. El camino nos obligó a subir una vez más por colinas bajas y ondulantes que acababan de forma gradual en riscos y peñascos de granito. Nos cruzamos con pocos viajeros en el camino y nos ocultamos prudentemente entre los arbustos cada vez que escuchábamos cascos que se acercaban.
La vegetación se convirtió en un bosque de pinos. Respiré hondo para disfrutar del aroma resinoso. Nos detuvimos a pasar la noche en un pequeño claro alejado del camino. Acomodamos mantas y piñas para formar una especie de nido y nos acurrucamos para darnos calor, tapados con la capa y la manta de Jamie.
Me despertó en algún momento de la noche e hicimos el amor, despacio y con infinita ternura, en silencio. Observé el titilar de las estrellas a través del entrecruzado de ramas negras y me quedé dormida otra vez con su reconfortante peso cálido sobre mí.
A la mañana siguiente, Jamie parecía más alegre o, por lo menos, más tranquilo, como si hubiera tomado una difícil decisión. Me prometió té caliente para la cena, lo cual fue escaso consuelo en medio del aire gélido. Medio dormida, lo seguí de regreso al sendero mientras me quitaba ramitas y pequeñas arañas de la falda. Durante la mañana, el angosto sendero se fue reduciendo a una huella indistinta y zigzagueante a través de un prado de ovejas.
No había prestado atención al paisaje mientras gozaba, adormecida, del creciente calor del sol. De pronto, divisé una formación rocosa conocida y me sobresalté, saliendo de mi sopor. Sabía dónde estábamos. Y por qué.
—¡Jamie! —Se volvió al oír mi exclamación.
—¿No lo sabías? —preguntó con curiosidad.
—¿Que veníamos aquí? No, por supuesto que no. —Me sentí mareada. La colina de Craigh na Dun estaba a no más de un kilómetro y medio de distancia. Podía distinguir su silueta encorvada por entre los últimos jirones de la bruma matinal.
Tragué saliva. Durante casi seis meses había intentado llegar a este lugar. Y ahora que por fin estaba aquí, deseaba estar en cualquier otra parte. Las rocas erguidas en lo alto no se veían desde abajo, pero parecía que de ellas emanaba una amenaza capaz de alcanzarme.
Mucho antes de la cima, el terreno se volvió demasiado incierto para Donas. Desmontamos y lo atamos a un pino endeble. Continuamos a pie.
Estaba agitada y sudorosa cuando llegamos a la formación granítica. Jamie no presentaba señales de agotamiento, excepto un débil enrojecimiento. Aquí, encima de los pinos, reinaba la quietud, pero un viento constante gemía suavemente entre las grietas de las rocas. Las golondrinas cruzaban el círculo y se elevaban bruscamente en busca de insectos; bajaban con las delgadas alas extendidas, como aviones de bombardeo.
Jamie me cogió de la mano para subir el último tramo hacia el amplio saliente en la base de la roca partida. No me soltó; en cambio, me acercó a él y me miró con atención, como si memorizara mis facciones.
—¿Por qué…? —comencé a preguntar mientras recobraba el aliento.
—Es el lugar —expresó con brusquedad—, ¿no es verdad?
—Sí. —Clavé la mirada, casi hipnotizada, en el círculo de rocas—. Está igual.
Jamie me siguió dentro del círculo. Me cogió del brazo y me llevó hasta la roca partida.
—¿Es ésta? —preguntó.
—Sí. —Traté de liberarme—. ¡Cuidado! ¡No te acerques!
Me miró y luego se volvió hacia la roca con expresión incrédula. Tal vez tenía razones para dudar. De pronto, yo misma desconfié de mi propia historia.
—No… no sé nada al respecto. Quizás el… lo que sea… se cerró detrás de mí. Tal vez sólo funcione en ciertas épocas del año. Era casi el uno de mayo cuando aparecí.
Jamie contempló el sol, un disco plano colgado en mitad del cielo detrás de una delgada capa de nubes.
—Pronto estaremos a uno de noviembre —respondió—. Noche de Brujas. Muy apropiado, ¿no?
Se estremeció involuntariamente y a pesar de la broma.
—Cuando… pasaste, ¿qué hiciste?
Traté de recordar. Estaba helada y metí las manos debajo de las axilas.
—Caminé alrededor del círculo mientras miraba todo. No seguí ningún patrón fijo. Después me acerqué a la roca partida y oí un zumbido, como de abejas…
Todavía se oía un zumbido. Retrocedí como si hubiera escuchado el siseo de una serpiente.
—¡Aún está ahí!
Retrocedí con pánico y me arrojé en brazos de Jamie. Pero él me apartó con firmeza. Tenía el rostro pálido y me obligó a enfrentarme a la piedra.
—¿Y luego?
El viento chillaba en mis oídos, pero la voz de Jamie era más penetrante aún.
—Puse la mano en la roca.
—Hazlo, entonces. —Me empujó para acercarme más y cuando no reaccioné, cogió mi muñeca y apoyó la mano con firmeza sobre la superficie rugosa.
El caos se estiró para atraparme.
Por fin el sol dejó de girar ante mis ojos y el chirrido se apagó en mis oídos. Había otro sonido persistente: Jamie me llamaba.
Estaba demasiado mareada para sentarme o abrir los ojos, pero moví la mano débilmente para que supiera que estaba viva.
—Estoy bien —dije.
—¿De veras? ¡Por Dios, Claire! —Me estrechó contra su pecho—. Dios mío, Claire, pensé que estabas muerta. Comenzaste a… irte. Tenías una expresión espantosa en el rostro, como si estuvieras aterrada. Te alejé de la roca. Te detuve. No debí haberlo hecho. Lo siento, pequeña.
Ahora tenía los ojos abiertos y vi su rostro sobre el mío, asustado y perplejo.
—Está bien. —Todavía me costaba hablar y me sentía pesada y desorientada. Pero empezaba a comprender. Intenté sonreír, pero sólo conseguí esbozar una mueca.
—Al menos… sabemos… que aún funciona.
—Oh, Dios. Sí, funciona. —Contempló la roca con temeroso desprecio. Se apartó lo suficiente para ir hasta un charco que se había formado en una de las depresiones rocosas, a fin de mojar un pañuelo. Lo pasó por mi rostro al tiempo que continuaba mascullando palabras de consuelo y disculpa. Por lo menos, ya podía sentarme.
—No me creías, ¿no? —Mareada como estaba, experimentaba una oleada de triunfo—. Sin embargo, es cierto.
—Sí, es cierto.
Se sentó a mi lado y clavó la mirada en la roca durante varios minutos. Me pasé el pañuelo por la cara, todavía débil y aturdida. De pronto, Jamie se puso en pie de un salto, caminó hasta la roca y la golpeó con la mano.
No pasó nada y al cabo de un minuto, hundió los hombros y regresó conmigo.
—Quizá sólo funcione con las mujeres —aventuré, algo entumecida—. Las leyendas siempre hablan de mujeres. O tal vez sólo conmigo.
—Bueno, conmigo parece que no —afirmó—. Pero será mejor cerciorarnos.
—¡Jamie! ¡Ten cuidado! —le grité, pero de nada sirvió. Avanzó hasta la roca, volvió a golpearla, se arrojó sobre ella y atravesó la hendidura, pero la roca siguió tan sólida como siempre. En cuanto a mí, la sola idea de volver a aproximarme a aquella puerta a la locura me estremecía.
Y sin embargo, cuando había comenzado a entrar en el reino del caos, había pensado en Frank. Y lo había sentido, estaba segura. En algún lugar de aquel vacío, había visto un diminuto destello de luz y Frank estaba allí. Lo sabía. Sabía también que había otro punto de luz, sentado junto a mí, con la vista fija en la roca y las mejillas brillantes por el sudor a pesar del frío.
Por fin, Jamie se volvió hacia mí y me cogió ambas manos. Las llevó a sus labios y las besó formalmente.
—Mi señora —pronunció con suavidad—. Mi… Claire. No tiene sentido esperar. Debo despedirme ahora.
Tenía los labios demasiado rígidos para hablar, pero la expresión de mi rostro debió de ser tan elocuente como siempre.
—Claire —prosiguió con urgencia—. Tu época está al otro lado de esa cosa. Ahí tienes un hogar, un lugar. Todo aquello a lo que estás acostumbrada. Y… y a Frank.
—Sí —respondí—. Está Frank.
Jamie me obligó a ponerme en pie y me sacudió ligeramente en señal de súplica.
—¡Aquí no tienes nada, pequeña! Nada excepto violencia y peligro. ¡Vete! —Me empujó hacia las rocas. Me volví hacia él y le cogí las manos.
—¿Realmente no tengo nada aquí, Jamie? —Sostuve su mirada y no le dejé apartarse.
Se liberó con suavidad sin responder y se quedó quieto, una imagen de otro tiempo, vista en relieve sobre un fondo de colinas borrosas. La vida de su rostro parecía un truco de las rocas en sombras, como oscurecida debajo de varias capas de pintura, la reminiscencia de un artista de sitios olvidados y pasiones convertidas en polvo.
Observé sus ojos, llenos de dolor y anhelo, y volvió a cobrar vida, real e inmediata. Amante, marido, hombre.
La angustia que sentía debió reflejarse en mi rostro porque vaciló. Luego giró hacia el este y señaló la llanura.
—¿Ves aquel monte de robles allí abajo? A mitad de camino.
Vi los robles y lo que me señalaba: una cabaña medio derruida, abandonada en la colina embrujada.
—Bajaré a la casa y me quedaré allí hasta el atardecer para asegurarme… para asegurarme de que estás bien. —Me miró, pero evitó tocarme. Cerró los ojos como si ya no pudiera soportar mi imagen.
—Adiós —añadió y giró para marcharse.
Lo observé, confundida, y entonces, recordé algo. Había algo que debía decirle. Lo llamé.
—¡Jamie!
Se detuvo y se quedó quieto un instante, luchando por controlar su rostro. Estaba pálido y tenso, con los labios blancos, cuando se volvió hacia mí.
—¿Sí?
—Hay algo… que quiero decir, tengo que decirte algo antes…, antes de irme.
Cerró los ojos un momento. Me pareció que se balanceaba, pero pudo haber sido el efecto del viento en su falda.
—No hace falta —repuso—. No. Vete. No te retrases. Vete. —Intentó alejarse, pero le sujeté de la manga.
—¡Jamie, escúchame! ¡Debes hacerlo! —Meneó la cabeza con impotencia y levantó una mano para apartarme.