Forastera

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Cuarta parte. Una vaharada de azufre » 25. No dejarás que la bruja viva

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—Claire…, no, no puedo. —El viento le humedecía los ojos.

—Se trata del Levantamiento —dije con urgencia y le sacudí el brazo—. Jamie, escucha. El príncipe Carlos…, su ejército. ¡Colum tiene razón! ¿Me escuchas, Jamie? Colum tiene razón, no Dougal.

—¿Qué? ¿De qué hablas, muchacha? —Ya tenía su atención. Se pasó la manga por el rostro y los ojos que me miraron estaban claros. El viento cantaba en mis oídos.

—El príncipe Carlos. Habrá un Levantamiento; Dougal tiene razón al respecto, pero no tendrá éxito. El ejército de Carlos irá bien durante un tiempo, pero todo acabará en una masacre. En Culloden, ahí terminará todo. Los… los clanes… —En mi mente, vi las lápidas de los clanes, las rocas grises que yacerían en el campo, cada piedra con el nombre del clan al que pertenecían los hombres enterrados debajo. Respiré hondo y le cogí la mano para sostenerme. Estaba fría como la mano de un cadáver. Temblé y cerré los ojos para concentrarme en lo que estaba diciendo—. Los montañeses escoceses…, todos los clanes que siguen a Carlos serán exterminados. Cientos y cientos de hombres morirán en Culloden. Y los que queden con vida serán perseguidos y asesinados. Aplastarán a los clanes… y no volverán a levantarse.

Ni en tu época ni en la mía.

Abrí los ojos y lo encontré mirándome, sin expresión alguna en el rostro.

—¡Jamie, no te involucres! —le supliqué—. Mantén a tu gente fuera de eso si puedes, pero por Dios…, Jamie, si… —Se me quebró la voz. Iba a decir: «Jamie, si me amas». Pero no pude. Iba a perderlo para siempre y si no le había hablado de amor antes, no podía hacerlo ahora—. No vayas a Francia —susurré—. Ve a Norteamérica, a España o a Italia. Pero por el amor de la gente que te quiere, Jamie, no vayas a Culloden.

Siguió mirándome. Me pregunté si me habría escuchado.

—¿Jamie? ¿Me has oído? ¿Comprendes lo que digo?

Después de un momento de silencio, asintió con la cabeza.

—Sí —respondió en voz tan baja que apenas pude oírlo con el ruido del viento—. Sí, te he oído. —Me soltó la mano—. Ve con Dios… mo duinne.

Dejó el saliente y bajó la escarpada cuesta, apoyando los pies en los brotes de hierba y sujetándose con las ramas para no perder el equilibrio. No miró hacia atrás. Le observé hasta que desapareció en el bosque de robles. Caminaba despacio, como un hombre herido que sabe que debe seguir en movimiento, pero que siente que la vida se le escurre por la herida.

Me temblaban las rodillas. Despacio, me senté en la cama de granito con las piernas cruzadas y contemplé las gaviotas. Abajo, podía ver el tejado de la cabaña que ahora cobijaba mi pasado. A mis espaldas, se cernía la piedra partida. Y mi futuro.

Me quedé sentada allí, sin moverme, toda la tarde. Traté de borrar las emociones de mi mente y utilizar la razón. Había algo de lógica en el argumento de Jamie para que volviera: mi hogar, la seguridad, Frank; incluso los pequeños placeres de la vida que tanto añoraba de vez en cuando, como los baños calientes y los servicios sanitarios, sin mencionar consideraciones de mayor importancia como atención médica y medios de transporte adecuados.

Y no obstante, a pesar de que reconocía los inconvenientes y los peligros reales de este lugar, también debía admitir que había disfrutado de muchas de sus facetas. Si bien los medios de transporte eran incómodos, no había enormes extensiones de asfalto cubriendo los campos, ni coches ruidosos y humeantes, que entrañaban sus propios peligros. La vida era más simple, al igual que las personas. No eran menos inteligentes, sólo más directas… con algunas notables excepciones como Colum ban Campbell MacKenzie, pensé.

Debido a la profesión del tío Lamb, había vivido en numerosos lugares, muchos de ellos más rústicos y primitivos que éste. Me adaptaba con gran facilidad a las condiciones primarias y en realidad, no echaba de menos la «civilización» cuando estaba lejos de ella, si bien me adaptaba con igual presteza a las comodidades como cocinas eléctricas y calentadores de agua. El viento frío me hizo temblar y me rodeé el cuerpo con los brazos mientras observaba la roca. La razón no me estaba ayudando mucho. Me volqué en los sentimientos y comencé de mala gana a reconstruir los detalles de mis dos matrimonios, el primero con Frank y el segundo con Jamie. El único resultado fue un llanto entrecortado que me dejó hilillos helados de lágrimas en el rostro.

Bueno, si no podía resolverlo a través de la razón ni de los sentimientos, tal vez podría considerar el deber. Había hecho un voto matrimonial con Frank y me había comprometido con todo el corazón. Había hecho el mismo voto ante Jamie, con la intención de romperlo en cuanto me fuera posible. ¿A cuál de los dos traicionaría ahora? Permanecí sentada en tanto el sol se hundía en el horizonte y las gaviotas se refugiaban en sus nidos.

Cuando la estrella vespertina empezó a brillar entre las ramas negras de los pinos, llegué a la conclusión de que en esta situación, la razón no tenía gran utilidad. Tendría que confiar en otra cosa. En qué, no estaba segura. Me volví hacia la roca partida y di un paso, luego otro y otro más. Me detuve y giré para probar lo mismo en la dirección opuesta. Un paso, otro y otro más. Y antes de saber siquiera que había tomado una decisión, había bajado la mitad de la cuesta entre resbalones y caídas.

Al llegar a la cabaña, sin aliento por temor a que ya se hubiese marchado, me alivió ver a Donas pastando en la cercanía. El caballo levantó la cabeza y me miró con desagrado. Caminé despacio y empujé la puerta.

Estaba en la habitación de delante, dormido en un angosto banco de roble. Dormía de espaldas, como siempre, con las manos cruzadas sobre el estómago y la boca ligeramente abierta. Los últimos rayos de sol entraban por la ventana y bruñían su rostro como una máscara de metal. Huellas plateadas de lágrimas secas destellaban en la piel dorada y el vello cobrizo de la barba tenía un opaco resplandor.

Me quedé quieta un momento, observándolo, invadida por una inefable ternura. Tan sigilosamente como pude, me acosté a su lado en el angosto banco y me acurruqué contra él. Dormido, se dio la vuelta hacia mí y me recogió contra su pecho. Apoyó la mejilla en mi cabello y en un gesto semiinconsciente, extendió la mano para apartar unos mechones de su nariz. Sentí una repentina sacudida cuando despertó al darse cuenta de mi presencia. Perdimos el equilibrio y caímos al suelo, Jamie encima de mí.

No tuve la menor duda de que era puro músculo. Le clavé la rodilla en el abdomen con un gruñido.

—¡Quita! ¡No puedo respirar!

En lugar de hacerlo, agravó mi situación al besarme con pasión. Hice caso omiso de la falta de oxígeno para concentrarme en asuntos más importantes.

Nos quedamos abrazados y sin hablar durante largo tiempo. Por fin, Jamie murmuró con la boca hundida en mi cabello:

—¿Por qué?

Le besé la mejilla, húmeda y salada. Sentía su corazón latiendo con fuerza debajo de mis costillas y no deseaba más que quedarme allí para siempre, sin moverme, sin hacer el amor, sólo respirando el mismo aire.

—Tenía que hacerlo —respondí. Reí algo trémula—. No sabes lo difícil que ha sido. Los baños calientes estuvieron a punto de ganar. —Entonces, rompí a llorar y me estremecí, porque la elección era tan reciente y porque la felicidad por el hombre en mis brazos se mezclaba con el dolor desgarrador por el hombre al que jamás volvería a ver.

Jamie me sujetó con fuerza y me cubrió con su peso como si quisiera protegerme, salvarme de ser arrastrada por la fuerza rugiente del círculo de rocas. Al cabo de un rato, mis lágrimas se agotaron y yací exhausta, con la cabeza apoyada en su reconfortante pecho. Se hizo casi de noche y él siguió murmurando palabras tiernas en mi oído, como si fuera una niña asustada por la oscuridad. Nos abrazamos, sin separarnos siquiera para encender una vela o un fuego.

Al cabo de un rato, Jamie se levantó, me cogió en brazos y me llevó al banco, donde se sentó, conmigo en el regazo. La puerta de la cabaña seguía abierta y divisábamos las estrellas que comenzaban a brillar sobre el valle.

—¿Sabías —comenté casi adormecida— que la luz de esas estrellas tarda años y años en llegar a nosotros? De hecho, algunas de las estrellas que vemos ya han desaparecido, pero no lo sabemos porque aún vemos su luz.

—¿De veras? —respondió mientras me acariciaba la espalda—. No lo sabía.

Debí de quedarme dormida con la cabeza en su hombro, pero desperté cuando me depositó con suavidad en el suelo, en una improvisada cama hecha con las mantas de la montura del caballo. Se acostó a mi lado y volvió a envolverme con su cuerpo.

—Apóyate —susurró—. Por la mañana, te llevaré a casa.

Nos levantamos antes del amanecer y cuando salió el sol, ya habíamos descendido todo el camino, ansiosos por dejar Craigh na Dun.

—¿Adónde vamos, Jamie? —pregunté, alegre porque podía pensar en un futuro que lo incluía, aun cuando dejaba atrás la única oportunidad de regresar al hombre que me había amado una vez, o que me amaría algún día.

Jamie tiró de las riendas y se detuvo para mirar por encima del hombro. El amenazante círculo de rocas no se veía desde aquí, pero la colina rocosa parecía alzarse impenetrable detrás de nosotros, cubierta de piedras y arbustos de tojo. La deteriorada silueta de la cabaña parecía un bulto más en la distancia, un nudillo huesudo que emergía del puño de granito de la colina.

—Ojalá hubiera podido luchar con él por ti —dijo de pronto y se volvió hacia mí. La vehemencia oscurecía sus ojos azules.

—No era tu lucha, sino la mía. Pero ganaste de todos modos.

Extendí la mano y él la apretó.

—Sí, pero no me refiero a eso. Si hubiera peleado con él de hombre a hombre y vencido, no lo lamentarías. —Vaciló—. Si alguna vez…

—Olvidémoslo —dije con firmeza—. Ayer pensé en todas las posibilidades y aún estoy aquí.

—Gracias a Dios —replicó con una sonrisa—. Y que Dios te ayude. —Luego agregó—: Aunque jamás comprenderé por qué.

Le rodeé la cintura con los brazos y me sujeté mientras el caballo descendía la pendiente escarpada.

—Porque —respondí— ya no puedo vivir sin ti, Jamie Fraser, y eso es todo. Ahora, ¿adónde me llevas?

Jamie giró en su silla para mirar hacia atrás.

—Ayer recé durante todo el camino colina arriba —confesó con voz queda—. No para que te quedaras; no me parecía correcto. Rezaba para tener la fortaleza necesaria para dejarte ir. —Meneó la cabeza mientras contemplaba la colina con expresión distante—. Dije: «Señor, si alguna vez en mi vida he tenido valor, dámelo ahora. Permíteme ser lo bastante valiente para no caer de rodillas y rogarle que se quede». —Apartó la vista de la cabaña y me sonrió—. Ha sido el momento más difícil de mi vida, Sassenach.

Se volvió otra vez y condujo el caballo hacia el este. Era una hermosa mañana; el sol lo iluminaba todo y dibujaba un hilo de fuego en el borde de las riendas, en la curva del pescuezo del caballo y en las facciones de Jamie.

Respiró hondo y señaló hacia un paso lejano entre dos riscos, en el páramo.

—Así que supongo que ahora puedo hacer algo casi tan difícil. —Espoleó al caballo suavemente y chasqueó la lengua—. Iremos a casa, Sassenach. A Lallybroch.

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