Forastera
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Más honestidad
Por la noche, después de cenar, solíamos sentarnos en el salón con Jenny e Ian a conversar de esto y aquello o a escuchar las historias de Jenny.
Esta noche, sin embargo, era mi turno y mantuve absortos a Jenny y a Ian mientras les hablaba de la señora MacNab y los casacas rojas.
—Dios sabe que los niños están para ser castigados, de lo contrario, Él no los habría hecho tan malvados. —Mi imitación de Grannie MacNab sacudió la casa de risa.
Jenny se secó las lágrimas de los ojos.
—Es bastante cierto. Y estoy segura de que ella lo sabe. ¿Qué tiene, Ian, ocho varones?
Ian asintió.
—Sí, por lo menos. Ni siquiera me acuerdo de todos sus nombres. Cuando Jamie y yo éramos pequeños, siempre había un par de MacNabs cerca con quienes cazar o nadar.
—¿Crecisteis juntos? —inquirí. Jamie e Ian intercambiaron sonrisas anchas y cómplices.
—Ah, sí, nos conocíamos —dijo Jamie y rió—. El padre de Ian era el administrador de Lallybroch, como Ian lo es ahora. En varias ocasiones durante mi temeraria juventud, me he encontrado codo con codo con el señor Murray aquí presente mientras explicábamos a uno o ambos de nuestros respectivos padres que las apariencias eran engañosas, y en caso de que eso fallara, cómo las circunstancias alteraban los casos.
—Y cuando eso fallaba —intervino Ian—, me he encontrado en el mismo número de ocasiones doblado sobre un várgano con el señor Fraser aquí presente mientras lo oía chillar como un loco y aguardaba mi turno.
—¡Jamás! —replicó Jamie con indignación—. Jamás grité.
—Llámalo como quieras, Jamie —contestó su amigo—, pero era atronador.
—Los gritos de ambos se escuchaban a kilómetros —interpuso Jenny—. Y no sólo los gritos. También los argumentos de Jamie, todo el tiempo hasta llegar al várgano.
—Sí, debiste haber sido abogado, Jamie. Aunque no sé por qué siempre dejé que tomaras la palabra —agregó Ian y meneó la cabeza—. Siempre nos metías en problemas peores.
Jamie rió otra vez.
—¿Te refieres a la torre?
—Exactamente. —Ian se volvió hacia mí y señaló en dirección al oeste, donde la antigua torre de piedra se elevaba en la colina detrás de la casa.
—Fue una de los mejores discursos de Jamie —prosiguió y puso los ojos en blanco—. Le dijo a Brian que no era civilizado usar la fuerza física para imponer un punto de vista. El castigo corporal era de bárbaros, continuó, y además, anticuado. Golpear a alguien sólo porque había cometido un acto con cuyas rami-ramificaciones, ésa fue la palabra…, con cuyas ramificaciones él disentía, no era una forma constructiva de castigo…
En este punto, todos reímos.
—¿Brian escuchó todo eso? —pregunté.
—Ah, sí —convino Ian—. Yo me quedé parado al lado de Jamie y asentía cuando él se interrumpía para tomar aire. Cuando por fin se quedó sin palabras, su padre tosió y dijo: «Entiendo». Después se volvió y miró un rato por la ventana. Balanceaba la correa y asentía con la cabeza, como si estuviera pensando. Nosotros permanecimos de pie, codo con codo como dijo Jamie, sudando. Finalmente, Brian se alejó de la ventana y nos ordenó que lo siguiéramos al establo.
—Nos dio una escoba, un cepillo y un balde a cada uno y nos señaló la torre —explicó Jamie, continuando con la historia—. Dijo que yo lo había convencido, de modo que había optado por una manera más «constructiva» de castigo.
Ian volvió a poner los ojos en blanco, como si siguiera con la vista las ásperas piedras de la torre.
—Esa torre mide dieciocho metros de altura —especificó para mí—, tiene un diámetro de nueve metros y tres pisos. —Suspiró—. La barrimos de arriba abajo —prosiguió— y la restregamos de abajo arriba. Nos llevó cinco días. Hasta el día de hoy, siento el gusto a paja de avena podrida cada vez que toso.
—Y al tercer día trataste de matarme —agregó Jamie—, por haberte metido en eso. —Se tocó la cabeza—. Me hiciste un feo corte sobre la oreja cuando me diste con la escoba.
—Ah, bueno —respondió Ian con calma—, eso fue cuando me rompiste la nariz por segunda vez, así que estábamos en paz.
—Nada mejor que un Murray para llevar cuentas —afirmó Jamie y meneó la cabeza.
—Veamos —interpuse y conté con los dedos—. Según tú, los Fraser son testarudos, los Campbell son solapados, los MacKenzie son encantadores pero taimados y los Graham estúpidos. ¿Cuál es la característica distintiva de los Murray?
—Puedes contar con ellos en una pelea —pronunciaron Jamie e Ian a la vez. Rieron.
—Sí, puedes hacerlo —señaló Jamie, recobrándose—. Pero ojalá que estén de tu lado. —Ambos hombres prorrumpieron en carcajadas nuevamente.
Jenny sacudió la cabeza con desaprobación hacia su esposo y su hermano.
—Y eso que todavía no hemos bebido vino —comentó. Bajó la costura y se puso en pie con esfuerzo—. Acompáñame, Claire. Veamos si la señora Crook ha preparado bizcochos para acompañar el oporto.
Un cuarto de hora más tarde, volvíamos por el pasillo con el refrigerio cuando oí decir a Ian.
—¿Entonces no te importa, Jamie?
—¿Importarme qué?
—Que nos hayamos casado sin tu consentimiento…, me refiero a Jenny y a mí.
Jenny, que me precedía, se detuvo en seco en la puerta de la sala.
Hubo un bufido corto desde el sillón donde Jamie estaba repantigado con los pies apoyados en una banqueta.
—Como no os dije dónde estaba y no teníais idea de cuándo regresaría —si es que lo hacía—, no os puedo culpar por no esperar.
Podía ver a Ian de perfil, inclinado sobre el canasto de leña. Su rostro largo y bonachón estaba fruncido.
—Bueno, no me pareció bien. En especial siendo yo lisiado…
Oímos un bufido más fuerte.
—Jenny no podría tener un esposo mejor aunque te faltaran las dos piernas y los brazos también —declaró Jamie con aspereza. La tez pálida de Ian se ruborizó. Jamie tosió y bajó las piernas del almohadón. Se agachó para recoger un trozo de leña que había caído del cesto.
—¿Cómo fue que te casaste entonces, dados tus escrúpulos? —preguntó y torció un lado de la boca.
—Diablos —protestó Ian—, ¿supones que tuve alternativa? ¿Con una Fraser? —Sacudió la cabeza y sonrió a su amigo.
»Me abordó un día en el campo mientras yo intentaba reparar un carro que se había quedado sin una rueda. Salía de debajo, cubierto de mugre y la encontré allí, de pie. Parecía un arbusto cubierto de mariposas. Me miró y dijo… —Hizo una pausa y se rascó la cabeza—. Bueno, no sé exactamente qué dijo, pero acabó besándome, a pesar de la suciedad, y diciendo: “De acuerdo, entonces, nos casaremos el día de San Martín”. —Desplegó las manos con una resignación cómica—. Le estaba explicando por qué no podía hacer tal cosa cuando de pronto me encontré delante de un cura diciendo “Yo te tomo, Janet…” y jurando un montón de cosas muy improbables.
Jamie se reclinó en el asiento y rió.
—Sí, conozco la sensación —dijo—. Te hace sentir como irreal, ¿no?
Ian sonrió, ya sin vergüenza.
—Por cierto. A veces la experimento de nuevo, sabes, cuando veo a Jenny de repente, de pie contra el sol en la colina, o sosteniendo al pequeño Jamie, sin mirarme. La observo y pienso: «Dios mío, no puede ser tuya, no es posible». —Meneó la cabeza y algunos mechones castaños cayeron sobre una ceja—. Y luego se vuelve y me sonríe… —Miró a su cuñado y sonrió.
—Bueno, tú lo sabes. Es evidente que pasa lo mismo entre tú y tu Claire. Ella… es especial, ¿verdad?
Jamie asintió. La sonrisa no abandonó su rostro, pero cambió.
—Sí —murmuró—. Sí, lo es.
Mientras bebíamos oporto y comíamos bizcochos, Jamie e Ian continuaron evocando sus infancias compartidas y a sus padres. El padre de Ian, William, había muerto la primavera pasada y ahora Ian administraba solo la propiedad.
—¿Te acuerdas cuando tu padre apareció en el manantial y nos obligó a que lo acompañáramos a la herrería para ver cómo se arreglaba el armazón de un carro?
—Sí. Y no entendía por qué no dejábamos de movernos y agitarnos…
—Y no dejaba de preguntar si queríamos ir al baño…
Los dos hombres se reían demasiado para poder terminar la historia, así que miré a Jenny.
—Sapos —explicó ella—. Cada uno tenía cinco o seis sapos dentro de la camisa.
—¡Oh, caramba! —intervino Ian—. Cuando asomó uno por tu cuello y saltó de tu camisa a la fragua, creí que me moría.
—No comprendo por qué mi padre no me retorció el pescuezo en varias ocasiones —atajó Jamie y sacudió la cabeza—. Es un milagro que haya llegado a adulto.
Ian miró a su propio hijo, enfrascado en apilar bloques de madera uno sobre el otro junto a la chimenea.
—No sé cómo me las arreglaré cuando llegue el momento de tener que azotar a mi propio hijo. Quiero decir…, es, bueno, es tan pequeño. —Hizo un gesto indefenso hacia la pequeña figura concentrada sobre su tarea.
Jamie escudriñó a su tocayo con expresión cínica.
—Será tan travieso como tú o yo, dale tiempo. Después de todo, supongo que hasta yo debí parecerme a un angelito en algún momento.
—Claro que sí —manifestó Jenny de pronto y depositó una taza de peltre con sidra en la mano de su marido. Palmeó a su hermano en la cabeza.
—Eras un niño muy dulce, Jamie. Recuerdo estar de pie junto a tu cuna. No tenías más de dos años y dormías con el pulgar en la boca. Y convinimos en que nunca habíamos visto un niño tan bonito. Tenías mejillas redondas y gordas y unos rizos divinos.
El niño bonito se sonrojó un poco y vació su sidra de un trago, esquivando mi mirada.
—Pero no duró mucho —agregó Jenny y exhibió sus dientes blancos en una sonrisa maliciosa—. ¿Qué edad tenías cuando recibiste tus primeros azotes, Jamie? ¿Siete?
—No, ocho —respondió Jamie y arrojó un tronco a la chimenea—. Cielos, cómo me dolió. Doce azotes en el trasero y mi padre no aflojó ni un poco, del primero al último. Nunca lo hizo.
Se recostó en los talones y se frotó la nariz con los nudillos. Tenía las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes de cansancio.
—Cuando acabó, se alejó y se sentó en una roca mientras yo me recuperaba. Y cuando dejé de gruñir y empecé a gimotear, me llamó. Ahora que lo pienso, recuerdo exactamente lo que me dijo. Tal vez te sirva para tu pequeño Jamie, Ian, cuando llegue el momento.
Cerró los ojos mientras evocaba.
—Me puso entre sus rodillas y me hizo mirarlo a los ojos. Me dijo: «Esta ha sido la primera vez, Jamie. Tendré que hacerlo de nuevo, quizá cientos de veces, antes de que te conviertas en un hombre». —Rió y continuó—: «Mi padre me azotaba con bastante frecuencia y eres tan terco y orgulloso como yo a tu edad». Y agregó: «A veces, disfrutaré golpeándote, según lo que hayas hecho para merecerlo. Aunque en general no será así. Pero eso no evitará que lo haga. De modo que no lo olvides, muchacho. Si tu cabeza trama alguna picardía, tu trasero pagará por ella». Me abrazó y concluyó: «Eres un buen niño, Jamie. Ahora ve a casa y deja que tu madre te consuele». Abrí la boca para protestar pero me interrumpió enseguida. «Sí, ya sé que no lo necesitas, pero ella sí. Vamos, ve». De modo que fui a casa y mi madre me dio pan con dulce.
De imprevisto, Jenny empezó a reír.
—Acabo de recordarlo —comentó—. Papá solía contar esa historia, Jamie, sobre los azotes y lo que te había dicho. Decía que cuando te envió a casa, estabas a mitad de camino y de repente te detuviste para esperarlo. Cuando te alcanzó, lo miraste y dijiste: «Sólo quería preguntarte, padre… ¿lo disfrutaste esta vez?». Y cuando él respondió que no, tú asentiste y añadiste: «Bien. A mí tampoco me gustó mucho».
Todos reímos durante un rato. Después Jenny se volvió hacia su hermano y movió la cabeza.
—Le encantaba contar esa historia. Papá siempre decía que tú serías su muerte, Jamie.
La alegría se desvaneció del rostro de Jamie y bajó la vista hacia las manos grandes en sus rodillas.
—Sí —murmuró—. Bueno, y lo fui, ¿no es cierto?
Jenny e Ian intercambiaron miradas de consternación y yo clavé los ojos en mi falda, sin saber qué decir. Por un instante, no hubo sonido alguno excepto el crepitar del fuego. Luego, Jenny, con una rápida mirada a Ian, bajó su vaso y tocó a su hermano en la rodilla.
—Jamie —dijo—. No fue culpa tuya.
Jamie alzó la cabeza y sonrió con tristeza.
—¿No? ¿De quién fue, entonces?
Jenny respiró hondo y contestó:
—Mía.
—¿Qué? —La miró con estupor.
Se había puesto más pálida de lo habitual, pero se mantuvo serena.
—Dije que fue culpa mía tanto como de cualquiera. De… de lo que te pasó a ti, Jamie. Y a papá.
Jamie le cubrió una mano con la suya y se la frotó con delicadeza.
—No digas tonterías, muchacha —replicó—. Hiciste lo que hiciste para intentar salvarme. Tenías razón, si no hubieras ido con Randall, seguramente me habría matado allí mismo.
Jenny observó el rostro de su hermano con el entrecejo fruncido.
—No, no me arrepiento de haber ido con Randall… ni siquiera si él hubiera…, bueno, no. Pero no fue eso. —Respiró profundamente para coger fuerza.
—Cuando entramos en la casa, lo llevé a mi habitación. Yo… yo no sabía qué esperar… nunca había… estado con un hombre. Él estaba muy nervioso y sonrojado y pensé que se sentía inseguro, lo cual me resultó extraño. Me empujó a la cama y se quedó de pie, frotándose. Al principio, creí que era por el rodillazo, aunque sabía que no lo había golpeado tan fuerte. —El rubor trepó a sus mejillas y miró de soslayo a Ian antes de volver la vista a su regazo.
»Ahora sé que se estaba… preparando. No quería que se diera cuenta de que estaba asustada, de modo que me senté derecha en la cama y le clavé los ojos con intensidad. Eso pareció enfurecerlo y me ordenó que me diera la vuelta. Me negué a hacerlo y seguí mirándolo.
Su rostro estaba del color de las rosas.
—Se… desabrochó y yo…, bueno, me reí.
—¿Qué hiciste? —preguntó Jamie con incredulidad.
—Me reí. Quiero decir… —Sus ojos desafiaron a su hermano—. Sabía bastante bien cómo era un hombre. Te había visto desnudo a ti unas cuantas veces, y a Willy y a Ian también. Pero él… —Una sonrisa diminuta se dibujó en sus labios, pese a su aparente esfuerzo por reprimirla—. Estaba tan gracioso, con la cara colorada y frotándose como un desesperado, y no obstante, apenas con una media…
Hubo un sonido ahogado de Ian y Jenny se mordió el labio, pero prosiguió con valentía.
—No le gustó que me riera, y lo noté, así que reí más. Entonces se abalanzó sobre mí y me arrancó la mitad del vestido. Le pegué en la cara y él me golpeó en la mandíbula, lo bastante fuerte para hacerme ver las estrellas. Después gruñó un poco, como si eso lo complaciera y empezó a avanzar sobre la cama conmigo. Logré ponerme de rodillas y… y me burlé de él. Le dije que sabía que no era un hombre de verdad y que no podía hacer nada con una mujer. Yo…
Inclinó la cabeza aún más. Los rizos oscuros colgaban más allá de sus mejillas ardientes. Sus palabras fueron muy bajas, casi un susurro.
—Yo… me abrí el vestido roto y… y lo provoqué con mis pechos. Le dije que sabía que me tenía miedo porque no era capaz de tocar a una mujer, sólo de retozar con bestias y muchachitos…
—Jenny —musitó Jamie y sacudió la cabeza con impotencia.
La joven levantó la vista hacia él.
—Bueno, lo hice —declaró—. Fue lo único que se me ocurrió. Randall estaba indignado pero era obvio que no… que no podía hacer nada. Y fijé mis ojos en sus calzones y reí de nuevo. Entonces me cogió del cuello como para ahorcarme y me golpeé la cabeza contra la cabecera de la cama. Cuando desperté…, se había marchado. Y tú con él.
Había lágrimas en sus hermosos ojos azules cuando cogió las manos de Jamie.
—¿Me perdonarás, Jamie? Sé que si no lo hubiera enfurecido tanto, no te habría tratado como lo hizo. Y papá…
—Oh, Jenny, amor, mo cridh, no. —Se arrodilló junto a ella y le atrajo el rostro hacia su hombro. Ian, del otro lado, parecía haberse petrificado.
Jamie la meció con suavidad mientras ella sollozaba.
—Sh, pequeña. Hiciste lo correcto, Jenny. No fue culpa tuya, y quizá tampoco mía.
Le acarició la espalda.
—Escucha, mo cridh. Ese hombre vino aquí a hacer daño, bajo órdenes, sin importarle con quién se encontrara. Ni tú ni yo podríamos haber hecho nada para modificar las cosas. Su intención era causar problemas, levantar a la campiña contra los ingleses, en su propio beneficio… y del hombre que lo contrató.
Jenny dejó de llorar y se enderezó con expresión aturdida.
—¿Alzar a la gente en contra de los ingleses? ¿Pero por qué?
Jamie hizo un gesto impaciente con una mano.
—Para averiguar quiénes podrían apoyar al príncipe Carlos en caso de otro Levantamiento. Pero todavía ignoro de qué lado está el patrón de Randall… si es que desea saberlo para que quienes respaldan al Príncipe puedan ser vigilados y tal vez privados de sus propiedades o si es porque él…, el patrón de Randall…, tiene intenciones de unirse al Príncipe y desea que las tierras altas estén alzadas y listas para la guerra cuando llegue el momento. No lo sé, pero ahora no es importante. —Tocó el cabello de su hermana y lo alisó hacia atrás—. Lo único que importa es que no te ha hecho daño y que yo estoy en casa. Pronto regresaré para quedarme, mo cridh. Te lo prometo.
Jenny se llevó la mano de su hermano a los labios y la besó, con el rostro resplandeciente. Buscó en su bolsillo un pañuelo y se sonó la nariz. Luego se volvió hacia Ian, todavía congelado junto a ella y con un destello de dolor en la mirada.
Le tocó el hombro.
—Piensas que debí decírtelo.
Ian no se movió, pero no le quitó los ojos de encima.
—Sí —dijo en un susurro.
Jenny bajó el pañuelo a su falda y cogió sus manos.
—Ian, no te lo dije porque no quería perderte también a ti. Mi hermano se había ido, y mi padre. No deseaba perder mi propio corazón. Porque tú eres todo para mí, amor, más que la casa y la familia. —Esbozó una sonrisa a Jamie—. Y eso es mucho decir.
Jenny miró a su esposo a los ojos, suplicante. El amor y el orgullo herido luchaban por imponerse en el rostro de Ian. Jamie se puso de pie y me tocó el hombro. Abandonamos el salón en silencio y los dejamos juntos frente al fuego agonizante.
Era una noche despejada y la luz de la luna se filtraba a raudales por las altas ventanas. No podía dormirme y pensé que quizá la luz fuera también lo que mantenía despierto a Jamie. Yacía quieto, pero por su respiración, me daba cuenta de que no dormía. Se volvió de espaldas y lo oí reír por lo bajo.
—¿Qué es tan gracioso? —murmuré.
Volvió la cabeza hacia mí.
—¿Oh, te desperté, Sassenach? Lo siento. Estaba recordando algunas cosas.
—No dormía. —Me acerqué a él. La cama había sido hecha sin duda en la época en que una familia entera compartía el mismo colchón. El gigantesco lecho de plumas debió de consumir la productividad total de cientos de gansos y navegar a través de él era como cruzar los Alpes sin una brújula—. ¿De qué te acordabas? —inquirí, una vez que hube llegado sana y salva a su lado.
—Ah, de mi padre, en general. De cosas que decía.
Dobló los brazos detrás de la cabeza y clavó la vista en las vigas gruesas que atravesaban el techo.
—Es extraño —añadió—; cuando vivía, no le hacía mucho caso. Pero después de que murió, las cosas que me había dicho se volvieron mucho más influyentes. —Rió otra vez—. Estaba recordando la última vez que me azotó.
—¿Fue gracioso? —pregunté—. ¿Te han dicho alguna vez que tienes un sentido del humor muy peculiar, Jamie? —Tanteé las mantas en busca de su mano. Me rendí y comenzó a acariciarme la espalda. Me acurruqué junto a él y emití pequeños sonidos de placer.
—¿Acaso tu tío no te pegaba cuando era necesario? —inquirió con curiosidad. Sofoqué la risa.
—¡Cielos, no! La idea lo habría horrorizado. El tío Lamb no creía en golpear a los niños…, pensaba que había que razonar con ellos, como con los adultos. —Jamie se burló de la idea descabellada con el típico ruido escocés.
—Eso explica los defectos en tu carácter, sin duda —declaró y me palmeó el trasero—. Disciplina insuficiente durante la infancia.
—¿Qué defectos de mi carácter? —La luz de la luna era lo bastante intensa para poder ver su sonrisa.
—¿Quieres que haga una lista?
—No. —Le clavé un codo en las costillas—. Háblame de tu padre. ¿Cuántos años tenías esa última vez?
—Ah, trece…, tal vez catorce.
Era alto y flacucho, con pecas. No recuerdo por qué mi padre me estaba castigando. Con frecuencia solía ser más por algo que había dicho que por algo que había hecho. Lo único que me acuerdo es que ambos estábamos locos de ira. Ésa fue una de las veces en que disfrutó azotándome. —Me ciñó contra él y me acomodó en su hombro, con un brazo a mi alrededor. Acaricié su vientre chato y jugueteé con su ombligo.
—Detente, me haces cosquillas. ¿Quieres oír o no?
—Sí, claro. ¿Qué vamos a hacer si alguna vez tenemos hijos… razonar con ellos o azotarlos? —El pensamiento aceleró mi corazón, aunque no existía indicio de que esto fuera alguna vez algo más que una pregunta. Jamie me cogió de la mano y la sostuvo sobre su vientre.
—Es sencillo. Tú razonarás con ellos, y cuando hayas terminado, yo los llevaré fuera y los azotaré.
—Creí que los niños te gustaban.
—Por supuesto. Yo le gustaba a mi padre, cuando no me portaba como un idiota. Y también me quería… lo suficiente para darme una buena tunda cuando me ponía idiota.
Me volví boca abajo.
—De acuerdo. Sigue contándome.
Jamie se sentó y dispuso las almohadas con más comodidad antes de reclinarse. Volvió a cruzar los brazos detrás de la cabeza.
—Bueno, me envió al várgano, como de costumbre… Siempre me hacía ir primero, para que pudiera experimentar la mezcla de terror y remordimiento mientras le esperaba. Pero en aquella ocasión, estaba tan indignado que apareció detrás de mí. Entonces me incliné y me sometí al castigo con los dientes apretados y decidido a no gritar…; ni loco dejaría que supiera cuánto me dolía. Clavé los dedos en la madera del várgano tan fuerte como pude… lo bastante para sacarle astillas… y sentí que la cara se me enrojecía de tanto contener la respiración.
Inhaló hondo y exhaló despacio.
—A menudo, sabía cuándo terminaría, pero esta vez, mi padre no se detuvo. Me estaba costando mantener la boca cerrada y profería un gemido con cada golpe. Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas, por mucho que parpadeara para evitarlo. Pero resistí.
Estaba destapado hasta la cintura, casi resplandeciendo bajo la luz de la luna, cubierto de diminutos pelos plateados. Podía ver el pulso palpitando justo debajo del esternón, un latido continuo bajo mi mano.
—No sé cuánto duró —prosiguió—. Supongo que no demasiado, pero a mí se me antojó una eternidad. Por fin, mi padre se detuvo un momento y me gritó. Estaba fuera de sí de ira y yo estaba tan furioso que al principio no entendí lo que me dijo. Pero después sí.
»Vociferó: “¡Maldición, Jamie! ¿Por qué no gritas? Ya eres grande y no pienso volver a azotarte. ¡Pero antes de terminar, quiero un buen grito, muchacho, para saber que por lo menos ha servido de algo!”.
Jamie rió y el movimiento uniforme de su pulso se alteró.
—Eso me molestó tanto, que me enderecé. Me volví hacia él y grité: «¿Por qué no lo dijiste antes, viejo tonto? ¡¡Ayyyyyy!!». Al minuto siguiente, estaba en el suelo. Me zumbaban los oídos y me dolía la mandíbula donde había recibido el golpe. Mi padre estaba de pie junto a mí. Jadeaba y tenía el cabello y la barba erizados. Se agachó, me cogió una mano y me puso en pie. Después me palmeó la mandíbula y manifestó, todavía con la respiración entrecortada: «Eso fue por decirle tonto a tu padre. Tal vez sea cierto, pero es una falta de respeto. Ven, vamos a lavarnos para la cena». Y nunca más me volvió a azotar. Siguió gritándome, pero yo no me callaba y en realidad, para aquel entonces, ya casi eran discusiones de hombre a hombre.
Rió con deleite y sonreí en su hombro.
—Ojalá hubiera conocido a tu padre —comenté—. Aunque pensándolo bien, quizás haya sido mejor que no —añadí—. Tal vez no le habría gustado que te casaras con una inglesa.
Me estrechó contra su cuerpo y tapó con la manta mis hombros desnudos.
—Habría pensando que finalmente senté cabeza. —Me acarició el pelo—. Habría respetado mi elección, fuera cual fuera. Pero tú… —Volvió la cabeza y me besó en la ceja—. Tú le habrías gustado mucho, Sassenach. —Y yo me lo tomé como el elogio que era.