Forastera
Quinta parte. Lallybroch » 30. Conversaciones junto al hogar
Página 50 de 69
30
Conversaciones junto al hogar
El conflicto que las revelaciones de Jenny habían causado entre ella y Ian parecía superado. La noche siguiente, después de cenar, nos sentamos en la sala. Ian y Jamie conversaban en un rincón sobre los asuntos de la granja, acompañados por una botella de vino de bayas de saúco. Jenny descansaba con los tobillos hinchados apoyados en una banqueta y yo intentaba copiar unas recetas que me había dado a la ligera durante nuestro día de trabajo. Ahora, mientras escribía, le consultaba algunos detalles.
PARA CURAR EL CARBUNCLO, intitulé una página.
«Remojar tres clavos de hierro en cerveza amarga durante una semana. Agregar un manojo de viruta de madera de cedro y dejar asentar. Cuando la viruta se va al fondo, la mezcla está lista. Aplicar tres veces al día, comenzando el primer día de luna en cuarto».
VELAS DE CERA DE ABEJAS, comenzaba otra página.
«Escurrir miel del panal. Remover las abejas muertas todo lo posible. Derretir el panal en una olla grande con un poco de agua. Quitar las abejas, alas y otras impurezas de la superficie del agua. Escurrir el agua y reemplazar. Agitar con frecuencia durante media hora, luego dejar asentar. Escurrir el agua y guardarla para usar en la dulcificación. Purificar con agua dos veces más».
Se me estaba cansando la mano y ni siquiera había llegado a la fabricación de los moldes de velas, el retorcido de las mechas y el proceso de secado de las velas.
—Jenny —dije—, ¿cuánto se tarda en hacer velas, contando todo?
Jenny bajó la pequeña camisa que estaba cosiendo y calculó.
—Medio día para reunir los panales, dos para escurrir la miel…, uno si está caliente…, un día para purificar la cera, a menos que esté muy sucia…, en ese caso, dos. Medio día para hacer las mechas, uno o dos para los moldes, medio para derretir la cera, llenar los moldes y ponerlos a secar. Digamos que una semana en total.
La luz mortecina de la lámpara y el manejo de la pluma exigían un esfuerzo excesivo para después de un día de trabajo. De modo que me senté junto a Jenny y admiré la diminuta prenda que estaba bordando con puntadas casi invisibles.
De pronto, su redondo vientre se abultó cuando el habitante cambió de posición. Lo observé fascinada. Nunca había pasado tanto tiempo cerca de una embarazada, por lo que ignoraba la intensa actividad que se desplegaba en su interior.
—¿Quieres sentirlo? —dijo Jenny al verme con la vista fija en el bulto.
—Bueno… —Me cogió la mano y la colocó con firmeza sobre el vientre.
—Justo ahí. Espera un momento; pronto volverá a dar patadas. No le gusta que me recueste así, sabes. Le molesta y se retuerce.
No me cupo la menor duda; un empujón increíblemente vigoroso levantó mi mano unos centímetros.
—¡Caramba! ¡Qué fuerza tiene! —exclamé.
—Sí. —Jenny se palmeó el vientre con un dejo de orgullo—. Será guapo, como su hermano y su padre. —Sonrió a Ian, cuya atención se había desviado un instante de los registros de la cría de caballos hacia su esposa y su futuro hijo—. O incluso como su tío inútil y pelirrojo —añadió en voz más alta y me dio un codazo.
—¿Eh? —Jamie levantó la cabeza, distraído de sus papeles—. ¿Me hablabas?
—Me pregunto si habrá sido lo de «inútil» o lo de «pelirrojo» lo que le ha llamado la atención —me comentó Jenny en voz baja y con otro codazo suave—. No, mo cridh —respondió a Jamie con dulzura—. Sólo especulábamos sobre la posibilidad de que el niño tenga la desgracia de parecerse a su tío.
El tío en cuestión sonrió y se acercó para sentarse en la banqueta. Jenny corrió los pies y luego los apoyó en el regazo de Jamie.
—Masajéamelos, Jamie —le rogó—. Lo haces mejor que Ian.
Jamie obedeció y Jenny se reclinó y cerró los ojos con deleite. Dejó caer la camisita sobre el vientre, que continuaba moviéndose como en señal de protesta. Jamie contempló absorto los movimientos, tal como lo había hecho yo.
—¿No es incómodo —preguntó— tener a alguien dando volteretas en tu panza?
Jenny abrió los ojos e hizo una mueca mientras una ola larga ondeaba el vientre.
—Mmm. A veces siento el hígado amoratado por las patadas. Pero en general, es una agradable sensación. Como si… —Vaciló y luego sonrió a su hermano—. Es difícil describírselo a un hombre, porque carece de las partes. Supongo que no puedo explicarte qué siento al tener un niño dentro de mí tanto como tú no puedes explicarme qué sientes cuando te dan una patada en los testículos.
—Puedo hacerte una buena demostración. —De repente, se dobló por la mitad, se agarró las partes y bizqueó mientras articulaba una serie de gruñidos nauseabundos—. Lo hago bien, ¿verdad, Ian? —dijo volviéndose hacia éste, que, sentado, con la pata de palo apoyada en la chimenea, se desternillaba de risa.
Jenny intentó enderezarlo con un puntapié en el pecho.
—Ya basta, payaso. En ese caso, me alegro de no tenerlos.
Jamie se enderezó y se apartó los pelos de los ojos.
—No, en serio —dijo, interesado—. ¿Es sólo porque nuestras partes son diferentes? ¿Podrías describírselo a Claire? Después de todo, ella es una mujer, aunque todavía no haya tenido ningún hijo.
Jenny me miró a la altura del diafragma y volví a sentir una punzada.
—Mmm, tal vez… —Hablaba despacio, con aire pensativo—. Da la sensación de que la piel es muy fina. Se siente todo lo que está en contacto con el cuerpo, no sólo en el vientre, sino también en las piernas, a los lados y en los pechos. —Sus manos los tocaron inconscientemente y dibujaron la curva inferior—. Se notan pesados y llenos… y los pezones están muy sensibles.
Los pulgares acariciaron lentamente los senos y vi cómo se erguían en punta a través de la tela.
»Y por supuesto, se está gorda y torpe. —Jenny sonrió con tristeza y se frotó la cadera en donde se había golpeado antes con la mesa—. Y también se ocupa más espacio que el de costumbre.
»Sin embargo, aquí… —Sus manos ascendieron protectoras por el vientre—. Aquí es donde más sensaciones hay. —Acarició el vientre redondo y abultado como si acariciara la piel del niño y no la suya propia. Los ojos de Ian siguieron las manos mientras éstas se deslizaban arriba y abajo, una y otra vez.
»Al principio es como si el vientre estuviera lleno de gases —añadió y se echó a reír. Clavó un tobillo en el abdomen de su hermano—. Justo ahí…, como burbujas revoloteadoras. Pero con el tiempo, se siente al niño moverse y es como cuando un pez pica el anzuelo y al instante se va…, un tirón rápido, tan fugaz, que ya no se está segura de haberlo sentido. —Como en señal de protesta por la descripción, su invisible compañero se desplazó y abultó el vientre en un costado y luego en el opuesto.
—Supongo que ahora estarás segura —intervino Jamie, siguiendo los movimientos, fascinado.
—Sí. —Jenny apoyó una mano en el vientre como tranquilizándolo—. Duerme durante horas. A veces, cuando pasa mucho tiempo y no hay movimiento, tengo miedo de que esté muerto. Entonces, intento despertarlo. —Su mano presionó con fuerza un lado y enseguida fue recompensada con una fuerte patada en la dirección contraria—. Y me alegro cuando vuelve a dar patadas. Pero no es sólo el niño. Yo me siento hinchada por todas partes. No duele…, pero tengo la sensación de que voy a explotar. Es como si necesitara que me tocaran suavemente por todo el cuerpo. —Jenny ya no me miraba. Sus ojos se unían a los de su esposo. Supe entonces que se había olvidado de mí y de su hermano. Cierto aire de intimidad los envolvía a ambos, como si ésta fuera una historia mil veces contada, de la que no se cansaran nunca.
Su voz era ahora más suave y las manos volvieron a subir hasta los pechos, pesados y apremiantes bajo el ligero corpiño.
—Y hacia el último mes, empieza a aparecer la leche. Se siente cómo se van llenando los pechos poco a poco con cada movimiento del niño. Y, de repente, sube con fuerza y por completo. —Volvió a cogerse el vientre con ambas manos—. No hay dolor, apenas un sofocón, y los pechos producen tal cosquilleo que, si nadie los succiona, parece que fueran a estallar. —Cerró los ojos y se reclinó. Acariciaba, incesante, el vientre enorme con el ritmo propio de los encantamientos. Al observarla, llegué a pensar que si de veras existían las brujas, Janet Fraser debía de ser una de ellas.
El estado de trance que la envolvía llenó el ambiente cargado del salón; la lujuria que subyace en lo más profundo, la ardiente necesidad de unirse y procrear. Sin mirarlo, podía contar todos los pelos de Jamie, totalmente erizados.
Jenny abrió los ojos, oscuros en las sombras, y sonrió a su esposo, una curva lenta y exuberante de promesa infinita.
—Y hacia los últimos días, cuando el niño se mueve mucho, a veces se siente como si el hombre estuviera dentro, en una profunda penetración, y se desbordara en el interior. Y cuando comienzan las contracciones con él en lo más hondo, es igual, pero mucho más intenso; un movimiento que reverbera en las paredes del útero que colma de placer. El niño está quieto entonces y es como si en su lugar el hombre estuviera dentro.
Se volvió hacia mí de improviso y el hechizo se rompió.
—Eso es lo que ellos quieren a veces, ¿sabes? —susurró sonriéndome con la mirada—. Quieren regresar.
Al cabo de un rato, Jenny se levantó y voló hacia la puerta dirigiendo una mirada a Ian por encima del hombro, al que atrajo como un imán. Se detuvo cerca de la puerta para esperarlo y miró a su hermano, inmóvil, sentado junto a la chimenea encendida.
—¿Te encargarás del fuego, Jamie? —Jenny se estiró y arqueó la espalda. La curva de su columna imitó la curva extrañamente sinuosa del vientre. Los nudillos de Ian se deslizaron por aquélla y aterrizaron en la base de la columna provocando un gemido en Jenny. Y se marcharon.
Yo también me desperecé. Levanté los brazos y sentí el tirón agradable de los músculos cansados. Las manos de Jamie bajaron por los costados y se detuvieron en las caderas. Apoyé mi espalda contra él y enlacé sus manos sobre mi vientre mientras las imaginaba acariciando la suave curva de un niño por nacer.
Cuando volví la cabeza para besarlo, advertí la pequeña figura encogida en el rincón del sillón.
—Mira. Se han olvidado del pequeño Jamie. —El niño solía dormir en el dormitorio de sus padres. Esta noche se había dormido junto al fuego mientras nosotros conversábamos y bebíamos vino, pero nadie se había acordado de llevarlo a la cama. Jamie me volvió el rostro para que lo mirara a él y se apartó mi pelo de la nariz.
—Jenny nunca se olvida de nada. Supongo que Ian y ella no desean compañía. —Deslizó las manos por la abotonadura trasera de mi falda—. Por ahora, será mejor que se quede aquí.
—¿Y si se despierta?
Las manos errantes subieron por el borde, ahora suelto, del corpiño. Jamie enarcó una ceja hacia la figura de su sobrino.
—En fin. Algún día tendrá que aprender todas estas cosas, ¿no? No será un ignorante como su tío. —Arrojó varios almohadones al suelo frente al fuego. Se tiró sobre ellos y me arrastró con él.
El fuego brillaba sobre las cicatrices plateadas de su espalda, como si realmente fuera el hombre de hierro que yo una vez lo acusé de ser, con el núcleo de metal entreviéndose entre los desgarros de la frágil piel. Dibujé las marcas del látigo, una por una. Jamie se estremeció bajo mis dedos.
—¿Crees que Jenny tiene razón? —le pregunté—. ¿Que los hombres desean regresar al útero materno? ¿Por eso nos hacéis el amor, acaso? —Una sonora carcajada agitó el pelo junto a mi oído.
—Bueno, no es lo que suelo tener en mente cuando te llevo a la cama, Sassenach. Ni por asomo. Pero… —Sus manos cubrieron mis senos y los labios se cerraron sobre el pezón—. Tampoco digo que Jenny esté completamente equivocada. A veces…, sí, a veces estaría bien volver dentro, seguro y… fundido. Supongo que saber que es imposible es lo que nos hace desear engendrar. Ya que nosotros no podemos regresar, podemos dar ese regalo valioso a nuestros hijos, al menos por un tiempo…
De pronto, se sacudió, como el perro al salir del agua.
—No me hagas caso, Sassenach —murmuró—. El vino me pone sentimental.