Forastera

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Quinta parte. Lallybroch » 31. Día de pago

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Día de pago

Hubo una suave llamada a la puerta y Jenny entró. Traía una prenda azul doblada en el brazo y un sombrero en la mano. Miró a su hermano con expresión crítica y asintió.

—La camisa te quedará bien. También he ensanchado tu mejor casaca. Desde la última vez que te vi, tienes un poco más anchos los hombros. —Ladeó la cabeza y reflexionó—. He hecho un buen trabajo… al menos hasta el cuello. Siéntate allí y te arreglaré el pelo. —Señaló el taburete junto a la ventana.

—¿El pelo? ¿Qué tiene de malo mi pelo? —Se llevó una mano a la cabeza para comprobarlo. La melena le llegaba a los hombros y, como siempre, la llevaba atada con una cinta de cuero para que no se le fuera a la cara.

Sin perder el tiempo con palabras, su hermana lo obligó a sentarse en el taburete, le quitó la cinta y se puso a cepillarle el pelo con los cepillos de carey.

—¿Qué tiene de malo tu pelo? —repitió Jenny—. Bueno, para empezar, está lleno de cardos. —Retiró una cosa marrón de la cabeza y la dejó caer sobre el tocador—. Y de hojas de roble. ¿Dónde estuviste ayer? ¿Hociqueando bajo los árboles como los cerdos? Está más enredado que una madeja de hilo lavado…

—¡Ay!

—Quieto, roy. —Con el entrecejo fruncido por la concentración, desenredó los nudos con la ayuda de un peine. Cuando terminó, una masa suave y brillante de un color entre cobrizo, canela y oro, resplandeció bajo los rayos de sol que entraban por la ventana. Jenny lo extendió entre sus manos y movió la cabeza—. No entiendo por qué el Señor desperdicia un cabello así en un hombre —comentó—. En algunas partes se parece al pelaje del ciervo rojo.

—Sí, es hermoso —convine—. Fíjate en los mechones rubios que tiene en la coronilla, desteñidos por el sol. —El objeto de nuestra admiración nos miró, enfadado.

—Si no os calláis, me afeitaré la cabeza. —Alargó una mano amenazadora hacia el tocador, donde estaba la navaja. Su hermana, rápida a pesar de lo avanzado de su embarazo, le golpeó la muñeca con el cepillo. Jamie gritó y volvió a hacerlo cuando Jenny le tiró del pelo.

—Estate quieto —le ordenó. Separó el cabello en tres partes gruesas—. Te haré un peinado decente —declaró, satisfecha—. No dejaré que recibas a los colonos como un salvaje.

Jamie masculló una protesta pero se sometió al cuidado de su hermana. Jenny acomodó con habilidad pelos sueltos aquí y allá y formó una trenza gruesa y formal. Dobló la punta hacia dentro y la sujetó con hilo. Luego se llevó una mano al bolsillo y extrajo una cinta de seda azul que ató en un moño.

—¡Listo! Bonito, ¿no? —Se volvió hacia mí en busca de aprobación, y se la di. El cabello trenzado resaltaba la forma de la cabeza y las facciones pronunciadas. Limpio y arreglado, con camisa blanca y calzones grises, Jamie tenía un aspecto estupendo.

—Sobre todo la cinta —dije reprimiendo la risa—. Hace juego con los ojos.

Jamie clavó una mirada furiosa en su hermana.

—No. Nada de cintas. ¡Esto no es Francia ni la corte del rey Jorge! No me importa si es del color del manto de la Virgen… ¡Nada de cintas, Janet!

—¡De acuerdo, quisquilloso! —Jenny soltó la cinta y retrocedió.

—Bueno, así está bien —añadió, satisfecha, y me miró con sus penetrantes ojos azules.

—Mmm —musitó y pateó el suelo con aire pensativo.

Yo había llegado prácticamente en harapos, de modo que había sido necesario confeccionarme dos vestidos lo más deprisa posible; uno de tela sencilla para todos los días y otro de seda para ocasiones especiales como ésta. Como se me daba mejor coser heridas que tela, colaboré cortando y sujetando las piezas con alfileres y Jenny y la señora Crook se hicieron cargo del diseño y la costura.

Habían hecho un bonito trabajo y la seda cobriza se me adaptaba al cuerpo como un guante. Pliegues profundos caían por detrás sobre los hombros y confluían en la falda lujosa y pesada. Jenny y la señora Crook habían aceptado de mala gana mi negativa absoluta a usar corsé y, a cambio, habían reforzado con ingenio la parte superior del corpiño utilizando tiras de barba de ballena arrancadas de un viejo corsé.

Los ojos de Jenny me recorrieron con lentitud de pies a cabeza, donde se detuvieron. Con un suspiro, cogió el cepillo.

—Tú también —dijo.

Me senté, ruborizada, y evité mirar a Jamie mientras ella quitaba ramitas y hojas de roble de mis rizos y los depositaba en el tocador junto a los que había retirado del cabello de su hermano. Mi pelo quedó por fin desenredado y recogido. Jenny extrajo de su bolsillo un pequeño gorro de encaje.

—Perfecto —dijo mientras lo sujetaba sobre la pila de bucles—. Tienes un aspecto muy respetable, Claire.

Supuse que pretendía ser un cumplido y murmuré algo como respuesta.

—¿Tienes alguna joya? —preguntó Jenny.

—No, me temo que no. Todo lo que tenía eran las perlas que Jamie me dio para la boda y… —En nuestro apresuramiento al salir de Leoch, ni se me ocurrió pensar en las perlas.

—¡Ah! —exclamó Jamie como si hubiera recordado algo de pronto. Hurgó dentro de su morral y sacó con aire triunfal un collar de perlas.

—¿De dónde diantres lo has sacado? —pregunté, sorprendida.

—Las trajo Murtagh, esta mañana temprano —contestó—. Regresó a Leoch durante el juicio y se llevó todo lo que pudo… pensando que lo necesitaríamos si lográbamos huir. Al llegar, nos buscó aquí, pero por supuesto, habíamos ido a… a la colina, primero.

—¿Sigue aquí? —pregunté.

Jamie se detuvo detrás de mí para ponerme el collar.

—Sí. En la cocina, comiéndose todo y fastidiando a la señora Crook.

Durante el curso de mi relación con aquel hombrecillo, al margen de sus canciones, no le había oído decir más de treinta palabras. No me imaginaba cómo podía estar «fastidiando» a nadie. Debía de sentirse muy cómodo en Lallybroch, pensé.

—¿Quién es Murtagh? —pregunté—. ¿Quiero decir, es pariente tuyo?

Jamie y Jenny parecieron sorprendidos.

—Ah, sí —replicó ella. Se volvió hacia su hermano—. Es… ¿Tío del primo segundo de papá, Jamie?

—Sobrino —corrigió—. ¿No lo recuerdas? El viejo Leo tenía dos varones y…

Me tapé los oídos. Esto pareció recordarle algo a Jenny, pues se puso a palmotear.

—¡Pendientes! —gritó—. ¡Creo que tengo unos de perlas que irán perfectos con ese collar! Voy a buscarlos. —Desapareció con su habitual paso ligero.

—¿Por qué tu hermana te llama Roy? —pregunté con curiosidad mientras observaba cómo se ataba el corbatín frente al espejo. Exhibía la típica expresión del hombre que combate contra un enemigo mortal, común a todos los hombres cuando se anudan algo al cuello. Pero relajó los labios para sonreírme.

—Ah, eso. No es el nombre inglés Roy. Es un apodo en gaélico; el color de mi cabello. La palabra es ruadh… significa «rojo». —Tuvo que deletrearla y repetirla varias veces para que yo captara la diferencia.

—Pues a mí me suena igual, roy —dije con un meneo de cabeza.

Jamie recogió su morral y se puso a guardar las pequeñas cosas sueltas que habían salido junto con las perlas. Encontró un trozo enredado de cordel de pescar y volcó la bolsa sobre la cama. El contenido cayó amontonado. Revisó entre los objetos y enrolló los trozos de cordel y de soga. Cogió unos anzuelos sueltos y los clavó en un pedazo de corcho. Me acerqué a la cama para inspeccionar la colección.

—Jamás vi tanta basura en mi vida —comenté—. Eres una corneja, Jamie.

—No es basura —replicó, herido en su amor propio—. Son todas cosas útiles.

—Bueno, supongo que los cordeles y los anzuelos de pescar lo son. Y también la soga para las trampas. Incluso el taco para la pistola y las balas…, alguna que otra vez llevas pistola. Y también la serpiente que te dio Willie tiene explicación. ¿Pero las piedras? ¿Y el caparazón de caracol? ¿Y ese trozo de vidrio? Y…

Me agaché más para escudriñar una masa oscura y velluda de algo.

—¿Qué es…? No lo es, ¿verdad? ¿Para qué demonios llevas una pata seca de topo en tu morral, Jamie?

—Pues para combatir el reumatismo, claro está. —Me arrancó el objeto de las narices y volvió a introducirlo en la bolsa de piel de tejón.

—Ah, claro, por supuesto. —Lo observé con interés. Había enrojecido de vergüenza—. Al parecer da resultado; no te cruje nada.

Entresaqué una Biblia pequeña del resto de cachivaches y la hojeé mientras Jamie terminaba de guardar su valioso equipo.

—Alexander William Roderick MacGregor. —Leí en voz alta el nombre en la cubierta—. Dijiste que había una deuda pendiente con él. ¿A qué te referías?

—Ah, eso. —Se sentó junto a mí en la cama, cogió el libro y lo hojeó con delicadeza.

—Te conté que esto perteneció a un prisionero que murió en el Fuerte William, ¿verdad?

—Sí.

—No conocí al muchacho; murió un mes antes de mi llegada. Pero el médico que me dio el libro me hablaba de él mientras me curaba la espalda. Creo que necesitaba contárselo a alguien y no podía hablar con nadie en la guarnición. —Cerró el libro, lo dejó en las rodillas y se quedó contemplando el alegre resplandor del sol de octubre.

Alex MacGregor, un joven de unos dieciocho años, había sido arrestado por cuatrero, delito común. Un muchacho apuesto y silencioso: esperaban que cumpliera su sentencia y fuera puesto en libertad sin problemas. Una semana antes de ser liberado, sin embargo, fue encontrado muerto en el establo, ahorcado.

—Según el doctor, no hubo duda de que se suicidó. —Jamie acarició la tapa del libro—. Pero en realidad, no me dijo lo que él pensaba. Sí que comentó que el capitán Randall había mantenido una conversación privada con el chaval una semana antes.

Tragué saliva. A pesar del sol ardiente, tuve frío.

—¿Y crees que…?

—No. —La voz era suave y decidida—. No lo creo. Lo sé, y también lo sabía el médico. Y supongo que el sargento mayor; por eso murió. —Abrió las manos sobre las rodillas y contempló las largas articulaciones de los dedos. Grandes, fuertes y hábiles; las manos de un granjero, las manos de un guerrero. Cogió la Biblia y la metió en el morral.

—Y escucha lo que voy a decirte, mo duinne. Un día, Jack Randall morirá por mi propia mano. Y cuando esté muerto, enviaré este libro a la madre de Alex MacGregor con la noticia de que su hijo ha sido vengado.

El ambiente tenso se evaporó con la súbita reaparición de Jenny. Llevaba puesto un vestido de seda azul y su gorro de encaje. Sostenía una caja grande de cuero rojo marroquí.

—Ya han llegado los Curran, Willie Murray y los Jeffry, Jamie. Será mejor que bajes y tomes un segundo desayuno con ellos. He puesto más pan ázimo fresco y arenque salado. La señora Crook está preparando tortas de mermelada.

—Sí, claro. Baja cuando estés lista, Claire. —Se puso de pie con rapidez, se detuvo para darme un beso, breve pero intenso, y se marchó. Sus pasos resonaron con estrépito en el primer tramo de la escalera. En cambio, a medida que se acercaba a la planta baja, iba adoptando un andar más reposado, para hacer una entrada digna del señor de la casa.

Jenny sonrió y se volvió hacia mí. Puso la caja en la cama, la abrió y exhibió un revoltijo de joyas y baratijas diversas. Me sorprendió; no cuadraba con la ordenada y cuidadosa Jenny Murray, cuya mano férrea llevaba la casa con tal armonía, del alba a la caída del sol.

Hurgó entre los objetos brillantes y, como si me hubiera leído el pensamiento, levantó la cabeza y me sonrió.

—Siempre estoy pensando en ordenar estas cosas. Pero, de niña, mi madre a veces me dejaba curiosear en su caja y era como desenterrar un tesoro mágico…, nunca sabía qué encontraría a continuación. Quizá crea que si estuviera ordenado, la magia de alguna manera desaparecería. Qué tontería, ¿verdad?

—No —respondí con una sonrisa—. No lo es.

Revolvimos lentamente el interior de la caja, entre los queridos objetos de cuatro generaciones de mujeres.

—Esto era de mi abuela Fraser —comentó Jenny cogiendo un broche de plata. Tenía en relieve la forma de luna en cuarto creciente y un solitario diamante brillaba en la punta como una estrella.

—Y esto… —Extrajo una alianza de oro fina con un rubí rodeado de brillantes—. Éste es mi anillo de bodas. Ian se gastó el salario de medio año, aunque le dije que cometía una locura. —La encandilada expresión de sus ojos sugería todo menos que Ian hubiera cometido locura alguna. Restregó la piedra en el vestido para sacarle brillo y volvió a admirar la joya antes de guardarla en la caja.

—¡Qué ganas tengo de que nazca el niño! —añadió con una palmada en el vientre—. Me despierto con los dedos tan hinchados que apenas puedo atarme las cintas de la ropa y mucho menos usar anillos.

Distinguí un brillo extraño en el fondo de la caja.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ah, esto —me respondió hurgando de nuevo en la caja—. Nunca me los puse, no me quedan bien. Pero tú podrías llevarlos… eres alta y majestuosa, como mi madre. Eran de ella.

Se trataba de un par de brazaletes, hechos con colmillos de jabalí, lustrados de tal manera que el marfil refulgía con intensidad. Las puntas estaban cubiertas en plata grabada con un diseño floral.

—¡Son estupendos! Jamás había visto algo tan… tan maravillosamente rústico.

Jenny parecía divertida.

—Sí, lo son. Alguien se los dio a mi madre como regalo de bodas, pero nunca quiso decir quién. Mi padre solía hacerle bromas sobre su secreto admirador, pero ella jamás le reveló el nombre. Se limitaba a sonreír como un gato saciado de crema. Toma, pruébatelos.

El marfil era fresco y pesado en mi brazo. No pude resistir el impulso de acariciar la superficie amarilla y veteada por los años.

—Te sientan muy bien —declaró Jenny—. Y además, combinan con tu vestido amarillo. Aquí están los pendientes…; póntelos y bajemos.

En la cocina, ya estaba Murtagh sentado a la mesa comiendo jamón con la punta de su puñal. La señora Crook pasó detrás de él con una fuente y, hábilmente, le deslizó en el plato tres hogazas de pan ázimo caliente, casi sin detenerse.

Jenny iba y venía, preparando y supervisando. Hizo un alto para atisbar por encima del hombro de Murtagh su ya vaciado plato.

—No te prives, hombre —comentó—. Total, hay otro cerdo en el corral.

—¿Escatimando un bocado a un pariente, eh? —preguntó sin dejar de masticar.

—¿Yo? —Jenny se llevó las manos a las caderas—. ¡Cielos, no! Después de todo, hasta ahora sólo te has servido cuatro veces. Señora Crook —llamó al ama de llaves que se alejaba—, cuando haya terminado con los panes, dele a este hombre famélico un cuenco de avena con leche para que se llene la panza. No queremos que se desmaye en la entrada.

Cuando Murtagh me vio en la puerta, se atragantó con un bocado de jamón.

—Mmmfm —dijo, en señal de saludo, después de que Jenny le golpeara en la espalda.

—También me alegra verle —contesté y me senté frente a él—. A propósito, gracias.

—¿Mmfm? —Media hogaza de pan con miel ahogó la pregunta.

—Por traer mis cosas del castillo.

—Mmm. —Desechó cualquier agradecimiento con un gesto de la mano que terminó estirándose para acercarse el plato de la manteca.

»También le he traído sus plantas y demás —agregó señalando hacia la ventana con un movimiento de cabeza—. Están en el patio, dentro de mis alforjas.

—¿Ha traído mi caja de medicinas? ¡Fantástico!

Estaba encantada. Algunas de las plantas medicinales eran raras y me había costado bastante encontrarlas y prepararlas adecuadamente.

—¿Cómo lo ha conseguido? —pregunté. Ya recuperada del horror del juicio por brujería, me preguntaba a menudo qué habrían pensado los habitantes del castillo de mi arresto y huida repentinos—. Espero que no haya tenido dificultades.

—Oh, no. —Dio otro buen mordisco pero esta vez esperó a que bajara por su garganta antes de continuar—. La señora Fitz hizo que metieran todo en una caja. Primero fui a verla a ella porque no estaba seguro de cómo me recibirían.

—Muy razonable. Imagino que la señora Fitz no chillaría al verle. —Las hogazas de pan despedían un olor delicioso. Cogí una y los pesados brazaletes de colmillos de jabalí tintinearon en mi muñeca. Advertí que Murtagh los observaba y los dispuse de modo que pudiera ver los extremos de plata grabada.

—Hermosos, ¿verdad? Jenny me dijo que eran de su madre.

La mirada de Murtagh se desvió hacia el cuenco de avena que la señora Crook había empujado con brusquedad debajo de su nariz.

—Le quedan bien —masculló. De pronto, volviendo al tema anterior, añadió—: No, no pediría ayuda en mi contra. Hace algún tiempo, conocí bien a Glenna FitzGibbons.

—Ah, ¿un antiguo amor, eh? —bromeé. Disfruté imaginándome a aquel hombrecillo estrechamente abrazado a la voluminosa señora Fitz.

Murtagh me miró fríamente.

—No, nada de eso. Y le agradecería que hablara con cortesía cuando se refiera a esa dama. Su esposo era hermano de mi madre. Y si le interesa saberlo, estaba muy triste por usted.

Bajé la mirada, avergonzada, y cogí el pote de miel para ocultar mi vergüenza. El recipiente de piedra había estado dentro de una olla de agua hirviendo para derretir el contenido y ahora estaba caliente.

—Lo siento —respondí y vertí el dulce fluido dorado sobre el pan, cuidando de no volcarlo—. Me preguntaba qué habrá pensado ella cuando… cuando yo…

—Al principio, no se dieron cuenta de su ausencia —interpuso el hombrecillo en tono práctico e ignorando mi disculpa—. Cuando no apareció a cenar, pensaron que tal vez se había quedado hasta tarde en el campo y que se había acostado sin comer. La puerta de su cuarto estaba cerrada. Y al día siguiente, con el alboroto que produjo el arresto de la señora Duncan, nadie pensó en buscarla a usted. No se hablaba de usted, sólo de ella, cuando llegó la noticia. Y en medio de tanta excitación, a nadie se le ocurrió buscarla.

Asentí mientras reflexionaba. Nadie me habría echado de menos, excepto los que precisaran tratamiento médico; había pasado la mayor parte del tiempo en la biblioteca de Colum durante la ausencia de Jamie.

—¿Y Colum? —pregunté. Sentía algo más que curiosidad. ¿Lo habría planeado realmente, como pensaba Geilie?

Murtagh se encogió de hombros. Miró la mesa en busca de más comida, pero al parecer no encontró nada de su gusto. Se recostó en el respaldo y enlazó las manos sobre el estómago.

—Cuando se enteró de la noticia, ordenó cerrar los portones de inmediato y prohibió a todos en el castillo que bajaran a la aldea por temor a que se vieran atrapados en el tumulto. —Se recostó aún más y me escudriñó con gesto especulativo—. Al segundo día, la señora Fitz empezó a buscarla. Preguntó a todas las criadas si la habían visto. Ninguna la vio, pero una de las muchachas dijo que tal vez usted hubiese ido al pueblo… y se hubiese refugiado en alguna de las casas.

Una de las muchachas, pensé con cinismo. La que sabía perfectamente dónde estaba yo.

Murtagh eructó con suavidad y no se molestó en sofocar el sonido.

—Oí decir que la señora Fitz buscó por todo el castillo. Y que después de asegurarse de que usted no estaba allí, pidió a Colum que enviara un hombre a la aldea. Y cuando se enteró de lo que había ocurrido… —Una ligera expresión divertida iluminó el oscuro rostro—. No me contó todo, pero deduje que le complicó más la vida a Colum de lo que ya es para él. No dejó de pedirle que mandara soldados al pueblo para liberarla a usted por la fuerza. Pero no sirvió de nada. Colum sostuvo que el asunto estaba demasiado avanzado para que pudiera hacer algo por el estilo y que ahora estaba en manos de los examinadores, y esto y lo otro. Debió de ser todo un espectáculo —agregó—. Dos voluntades así, enfrentadas.

Y al final, por lo visto, ninguna había triunfado ni cedido. Ned Gowan, con su don especial para el compromiso, típico en un abogado, había encontrado una solución entre ambas posturas y se había ofrecido para ir al juicio, no como representante del Señor sino como defensor independiente.

—¿La señora Fitz creía que yo era una bruja? —pregunté con curiosidad. Murtagh resopló.

—No he conocido todavía una mujer vieja que crea en brujas, ni tampoco una joven. Son los hombres quienes piensan que debe de haber brujería y magia en las mujeres, cuando en realidad, son sólo cosas naturales en ellas.

—Empiezo a comprender por qué no llegó a casarse usted nunca —dije.

—¿De veras? —Empujó la silla hacia atrás y se levantó. Se echó la capa sobre los hombros.

»Me voy. Dale mis respetos al Señor —dijo a Jenny, que reapareció tras haber estado recibiendo a los colonos en la entrada principal—. Debe de estar ocupado, sin duda.

Jenny le entregó una bolsa de tela grande atada con un nudo y que evidentemente contenía provisiones como para una semana.

—Algo para el viaje de regreso. —La sonrisa le formó hoyuelos en las mejillas—. Te durará por lo menos hasta que pierdas de vista la casa.

Murtagh apretó el nudo de la bolsa dentro de su cinto y se volvió hacia la puerta.

—Sí —contestó—. De lo contrario, verán a los cuervos reunirse al otro lado de la colina para descarnar mis huesos.

—No creo que les dé para mucho —dijo Jenny, sarcástica, y contempló la escuálida figura—. Un palo de escoba tiene más carne.

El rostro hosco de Murtagh no se alteró, pero un brillo débil iluminó sus ojos.

—¿Ah, sí? Bueno, te diré algo, muchacha… —Las voces atravesaron el pasillo en una mezcla de insultos cordiales y discusiones. Finalmente, los ecos se esfumaron en la entrada.

Me quedé sentada un rato más a la mesa acariciando el cálido marfil de los brazaletes de Ellen MacKenzie. Cuando sentí el lejano portazo, di un respingo y me levanté para ocupar mi lugar como Señora de Lallybroch.

De por sí un lugar bullicioso, durante el día de pago Lallybroch sencillamente bullía de actividad. Los arrendatarios entraban y salían sin cesar. Algunos permanecían el tiempo justo para pagar sus rentas; otros se quedaban todo el día, paseaban por la propiedad, conversaban con amigos y bebían y comían en la sala. Jenny, radiante con su vestido de seda azul, y la señora Crook, de blanco almidonado, revoloteaban entre la cocina y el salón en tanto supervisaban a las dos criadas que se tambaleaban de un lado a otro bajo enormes fuentes de tortas de avena, pasteles de fruta y otros dulces.

Después de presentarme ceremoniosamente a los arrendatarios en la sala y el comedor, Jamie se retiró a su estudio con Ian para recibir a los colonos individualmente. De ese modo, conferenciaban con ellos sobre las necesidades de la siembra de primavera, consultaban acerca de la venta de lana y granos, apuntaban las actividades de la propiedad y ponían las cosas en orden para el próximo trimestre.

Yo, contenta, me ocupaba en los trabajos nimios: conversaba con los colonos, colaboraba con el refrigerio cuando era necesario y, a veces, me limitaba a retirarme a un segundo plano para observar las idas y venidas de los demás.

Recordé la promesa de Jamie a la anciana junto a la alberca del molino y esperé con curiosidad la llegada de Ronald MacNab.

Llegó poco después del mediodía, montado en una mula y con un niño sujeto a su cinto por detrás. Los miré con disimulo desde la puerta del salón y me maravillé de lo exacta que había sido la descripción de su madre.

Quizá la de «borracho empedernido» fuera un tanto exagerada; sin embargo, las apreciaciones generales de Grannie MacNab habían sido acertadas. El cabello de Ronald MacNab era largo y grasiento, atado de cualquier manera con una cuerda. El cuello y los puños de su camisa estaban grises de suciedad. Debía de ser uno o dos años más joven que Jamie, pero parecía por lo menos quince años mayor. La hinchazón ocultaba los huesos de la cara y los pequeños ojos grises, de mirada opaca, inyectados de sangre.

En cuanto al niño, su aspecto también era entre zarrapastroso y mugriento. Peor, pensé. Sentado detrás de su padre, no apartaba los ojos del suelo y se encogía cada vez que Ronald se volvía y le hablaba con dureza. Jamie, que había salido a la puerta del estudio, presenció la escena e intercambió una mirada inteligente con Jenny, que traía la botella que le había pedido.

Jenny asintió de modo casi imperceptible y le entregó la botella. Luego cogió con firmeza al niño de la mano y lo arrastró hacia la cocina.

—Ven conmigo, pequeño —dijo—. Tengo unos dulces esperándote. ¿O prefieres un trozo de pastel de fruta?

Jamie saludó con la cabeza a Ronald MacNab y se apartó para que el hombre entrara en el estudio. Antes de cerrar la puerta, nuestras miradas se encontraron y me hizo señas en dirección a la cocina. Asentí y me precipité en pos de Jenny y el pequeño Rabbie.

Los encontré enfrascados en amena conversación con la señora Crook, que, con un cucharón, pasaba el ponche de la olla grande a un cuenco de cristal. Vertió un poco en una taza de madera y se la ofreció al niño. Rabbie vaciló y miró con recelo al ama de llaves antes de aceptarla. Jenny continuaba hablando al pequeño en tono desenfadado mientras llenaba fuentes, pero sólo obtenía gruñidos por toda respuesta. Sin embargo, parecía que el pequeño salvaje iba relajándose poco a poco.

—Tienes la camisa muy sucia, jovencito —comentó y le dio la vuelta el cuello—. Quítatela y te la lavaré antes de que te vayas. —«Sucia» era decir poco, pero el niño retrocedió a la defensiva. Yo estaba detrás de él y, a un gesto de Jenny, lo agarré por los brazos antes de que pudiera escapar.

Gritó y pateó, pero Jenny y la señora Crook lo rodearon y entre las tres le quitamos la mugrienta camisa.

Jenny contuvo el aliento. Mientras sostenía la cabeza del muchacho debajo del brazo, la escuálida espalda quedó totalmente al descubierto. Cardenales y rasguños marcaban ambos lados de la columna, algunos recientes, otros tan viejos que no eran más que sombras descoloridas sobre las descarnadas costillas. Jenny agarró al niño por la nuca mientras aflojaba la presión de su brazo y le habló al oído para tranquilizarlo. Me miró y movió la cabeza en dirección a la entrada.

—Será mejor que se lo digas.

Llamé suavemente a la puerta del estudio con la excusa de llevarles tortas de avena con miel. Cuando Jamie respondió, abrí la puerta y entré.

La expresión de mi rostro debió de ser muy elocuente, pues no tuve necesidad de hablar con Jamie en privado. Tras observarme un momento con aire pensativo, se volvió hacia el colono.

—De acuerdo, Ronnie, quedamos así con respecto a la cuota de granos. Pero quería hablarte de otra cosa. He oído decir que tienes un muchacho que promete, Rabbie, y yo necesito a un chico de su edad que ayude en los establos. ¿Estarías dispuesto a dejarle venir? —Los largos dedos de Jamie juguetearon con una pluma de ganso que había en el escritorio. Ian, sentado en una mesa más pequeña, con la barbilla reposando entre las manos, clavaba la mirada en MacNab con sumo interés.

Los ojos de MacNab brillaron, agresivos. Parecía tener el resentimiento del hombre que no está borracho pero desea estarlo.

—No, lo necesito —replicó con sequedad.

Jamie se reclinó en la silla y enlazó las manos sobre el esternón.

—Te pagaría por sus servicios, desde luego.

El hombre gruñó y se movió en la silla.

—Ya ha venido mi madre con el cuento, ¿eh? He dicho que no y es no. Es mi hijo y haré con él lo que me parezca mejor. Y lo mejor ahora es que se quede en la casa.

Jamie contempló a MacNab un momento y luego se volvió a concentrar en los libros sin insistir en el tema.

Ya entrada la tarde, a medida que los arrendatarios se reunían en los ambientes más cálidos de la despensa y la sala para un último refrigerio antes de partir, divisé a Jamie desde la ventana. Caminaba con andar reposado hacia la porqueriza en compañía del desaliñado MacNab, cuyos hombros rodeaba con un brazo en gesto cordial. Los dos hombres desaparecieron detrás del cobertizo, al parecer para inspeccionar algo de interés agrícola, y reaparecieron al cabo de un minuto o dos, en dirección a la casa.

El brazo de Jamie continuaba sobre los hombros del colono, aunque ahora parecía sostenerlo. El rostro de MacNab estaba de un color gris enfermizo y sudaba. El hombre caminaba muy lentamente y como si no pudiera hacerlo en línea recta.

—Bueno, entonces está arreglado —manifestó Jamie con alegría cuando se acercaron—. Supongo que la patrona estará contenta con el dinero extra, ¿eh, Ronald? Ah, aquí tienes tu animal…, una bestia estupenda.

La mula vieja que había traído a los MacNab a la granja avanzó pesadamente desde el patio donde había estado disfrutando de la hospitalidad de la casa. Aún de la boca le sobresalía un manojo de heno que se agitaba mientras masticaba.

Jamie juntó las manos para que MacNab apoyara un pie y montara. Una ayuda muy necesaria, por lo que podía apreciarse. MacNab no habló ni respondió a los saludos de Jamie: «Que Dios te acompañe» y «Buen viaje». Se limitó a asentir con aire aturdido y dejó el patio al paso, como abstraído en algún problema secreto.

Jamie se apoyó en el cerco e intercambió frases amables con otros colonos que regresaban a sus casas. Cuando la desaliñada figura de MacNab se perdió de vista por la cima de la colina, se irguió y echó un vistazo al camino. Enseguida se volvió y silbó. Una figura pequeña con la camisa raída pero limpia y la falda manchada salió a rastras por debajo del carro de heno.

—Bien, pequeño Rabbie —dijo Jamie con simpatía—. Parece que después de todo, tu padre te ha dado permiso para que seas mozo de cuadra. Estoy seguro de que serás buen trabajador y motivo de orgullo para él, ¿eh? —Unos ojos como platos e inyectados de sangre en medio del rostro sucio lo miraban inexpresivos: el niño no respondió. Jamie se aproximó, lo cogió suavemente del hombro y lo volvió hacia el abrevadero de caballos.

»Hay comida esperándote en la cocina, muchacho. Pero antes ve a lavarte. La señora Crook es muy exigente. Ah, Rabbie… —Se inclinó para susurrarle al oído—: No te olvides de las orejas o ella te las limpiará. Esta mañana me restregó las mías.

Se puso las manos detrás de las orejas y las sacudió con solemnidad hacia el niño, que sonrió tímidamente y se precipitó hacia el abrevadero.

—Me alegra que lo hayas conseguido —dije y cogí a Jamie del brazo para ir a cenar—. Me refiero a Rabbie MacNab. ¿Cómo lo has hecho?

Se encogió de hombros.

—Llevé a Ronald detrás del cobertizo y le di dos puñetazos en las partes blandas. Le pregunté si prefería privarse de su hijo o de su hígado. —Frunció el ceño—. No estuvo bien, pero no se me ocurrió otra cosa. Y no deseaba que el niño regresara con él. Pero no sólo porque se lo prometí a su abuela: Jenny me contó lo de la espalda. —Vaciló—. Te diré algo, Sassenach. Mi padre me azotaba con la frecuencia que él consideraba necesaria y, desde luego, yo casi nunca estaba de acuerdo. Pero no me encogía de miedo cuando me hablaba. No creo que el día de mañana el pequeño Rabbie se ría de eso con su esposa en la cama.

Encorvó los hombros con ese extraño encogimiento a medias, algo que no le había visto hacer durante meses.

—El padre tiene razón; es su hijo y puede hacer con él lo que le plazca. Y yo no soy Dios; tan sólo el dueño de esta propiedad, que es una categoría bastante más inferior. De todos modos… —me miró y esbozó una sonrisa torcida—, hay a veces una línea muy estrecha entre justicia y barbarie, Sassenach. Espero haber hecho lo correcto.

Le pasé un brazo alrededor de la cintura y lo estreché contra mí.

—Has hecho lo correcto, Jamie.

—¿Lo crees de veras?

—Sí.

Regresamos a la casa caminando, cogidos de la cintura. Los edificios blanqueados de la granja resplandecían ambarinos bajo el sol poniente. En vez de entrar en la casa, Jamie me condujo por la cuesta, detrás de la mansión. Desde allí, sentados en la valla de un campo sembrado, podíamos ver toda la extensión de la granja a nuestros pies.

Apoyé la cabeza en el hombro de Jamie y suspiré. Me apretó con suavidad como respuesta.

—Has nacido para esto, ¿verdad, Jamie?

—Tal vez, Sassenach. —Contempló los campos y los edificios, las cabañas de los colonos y los caminos. Bajó la vista y una sonrisa repentina curvó sus labios carnosos.

—¿Y tú, Sassenach mía? ¿Para qué has nacido? ¿Para ser la dueña de una mansión o para dormir en los campos como una gitana? ¿Para ser una curadora, la esposa de un catedrático o la dama de un fugitivo?

—He nacido para ti —respondí sencillamente y lo rodeé con mis brazos.

—¿Sabes —comentó cuando nos separamos— que es la primera vez que me lo dices?

—Tú también.

—No es verdad. Al día siguiente de nuestra llegada te dije que te deseaba más que a nada.

—Y yo te dije que amar y desear no significan necesariamente lo mismo —contraataqué.

Se echó a reír.

—Tal vez tengas razón, Sassenach. —Me apartó el pelo de la cara y me besó en la frente—. Te deseé desde la primera vez que te vi…, pero te amé cuando lloraste en mis brazos y dejaste que te consolara, tu primera noche en Leoch.

El sol se ocultó bajo la silueta oscura de los pinos y surgieron las primeras estrellas. Estábamos a mediados de noviembre y el aire de la noche era frío, aunque durante el día se estaba bien. De pie al otro lado de la valla, Jamie agachó la cabeza y apoyó su frente contra la mía.

—Tú primero.

—No, tú.

—¿Por qué?

—Tengo miedo.

—¿De qué, Sassenach mía? —La oscuridad se extendía sobre los campos, empapando la tierra y elevándose para encontrarse con la noche. La luz de la luna creciente delineaba la frente y la nariz de Jamie e iluminaba totalmente su rostro.

—Temo que si empiezo, nunca me detendré.

Jamie se volvió hacia el horizonte, donde la media luna pendía aún baja.

—Ya estamos cerca del invierno y las noches son largas, mo duinne. —Se apoyó en la valla con los brazos extendidos y me hundí en ellos. Sentí el calor de su cuerpo y el palpitar de su corazón.

—Te quiero.

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