Forastera
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Difícil tarea
Al cabo de unos días, a la caída del sol, estaba yo en la colina detrás de la casa arrancando tubérculos de una pequeña parcela de corídalos que había encontrado. Oí un ruido de pasos que se acercaban sobre la hierba y me volví, esperando ver a Jenny o a la señora Crook, que vendrían para llamarme a cenar. Era Jamie. Tenía el cabello mojado debido a sus abluciones previas a la cena y la camisa todavía atada entre las piernas para trabajar en el campo. Se acercó por detrás, me rodeó con sus brazos y apoyó la barbilla en mi hombro. Juntos contemplamos el sol ocultarse tras los pinos, engalanado con gloria dorada y púrpura. El paisaje se desdibujó gradualmente a nuestro alrededor, pero no nos movimos, felices. Por fin, en tanto oscurecía, oí la voz de Jenny que llamaba desde la casa.
—Será mejor que vayamos —dije moviéndome sin ganas.
Jamie permaneció quieto y me estrechó con más fuerza. No apartó la mirada de las crecientes sombras, como si intentara fijar cada piedra y brizna de hierba en su memoria.
Me volví hacia él y le rodeé el cuello con los brazos.
—¿Qué pasa? —pregunté en voz baja—. ¿Debemos irnos pronto? —La perspectiva de dejar Lallybroch me encogía el corazón, pero sabía que era peligroso quedarnos mucho tiempo más. La visita de los casacas rojas podía repetirse en cualquier momento con resultados mucho más catastróficos.
—Sí. Mañana, o pasado a más tardar. Hay ingleses en Knockchoilum; queda a unos treinta kilómetros de aquí, pero con buen tiempo es un viaje de dos días a caballo. —Comencé a bajarme de la valla, pero Jamie me pasó un brazo debajo de las rodillas y me levantó. Me sostuvo contra su pecho.
Podía sentir el calor del sol aún en su piel y el aroma cálido y polvoriento del sudor y la avena. Había estado ayudando con la última parte de la cosecha y el olor me recordó una cena de la semana anterior, cuando supe que Jenny, siempre cordial y atenta, me había aceptado por fin como miembro de la familia.
La cosecha era un trabajo agotador, lo que hacía a menudo que Ian y Jamie cabecearan al final de la cena. En una ocasión, me había levantado de la mesa para buscar el postre, un pastel de harina de avena, y cuando regresé, los encontré a los dos dormidos como troncos y a Jenny riendo bajito entre los restos de comida. Ian estaba repantigado en la silla con la barbilla contra el pecho y respiraba profundamente. Jamie había apoyado la mejilla en sus brazos cruzados sobre la mesa y yacía desgarbado roncando sosegadamente entre la fuente y el molinillo de pimienta.
Jenny me quitó el pastel de las manos y sirvió dos porciones. Sacudió la cabeza hacia los dos hombres.
—Bostezaban tanto —comentó—, que me pregunté qué pasaría si yo dejaba de hablar. Así que me callé y dos minutos después ya estaban los dos dormidos. —Alisó con ternura el cabello de Ian sobre la frente—. Por eso nacen tan pocos niños aquí en julio —me explicó enarcando una ceja traviesa—. En noviembre, los hombres no pueden mantenerse despiertos el tiempo suficiente para concebir uno.
No cabía la menor duda. La idea me hizo reír. Jamie se movió y resopló junto a mí. Le apoyé una mano en la nuca para que se tranquilizara. En un acto reflejo sus labios se curvaron en una sonrisa suave antes de volver a sumirse en un sueño profundo.
—¡Qué extraño! —comentó Jenny al observarlo—. No se lo he visto hacer desde que era muy pequeño.
—¿Hacer qué?
—Sonreír mientras duerme. Solía hacerlo siempre, cuando alguien se detenía a acariciarlo en su cuna o incluso en su cama cuando ya era un poco mayorcito. A veces mi madre y yo nos turnábamos para acariciarle la cabeza y ver si podíamos hacerle sonreír; siempre lo hacía.
—Qué curioso, ¿no? —Probé deslizando suavemente una mano por la cabeza y la nuca. No tardé en verme recompensada con una sonrisa especialmente dulce, que permaneció un momento antes de que las líneas del rostro volvieran a relajarse para adoptar la expresión severa que solía exhibir Jamie cuando dormía.
—Me pregunto por qué lo hace —añadí y lo contemplé fascinada. Jenny se encogió de hombros y me sonrió.
—Supongo que significa que es feliz.
En cualquier caso, no nos marchamos al día siguiente. En mitad de la noche, me despertaron unos murmullos en la habitación. Me volví y vi a Ian inclinado sobre la cama con una vela en la mano.
—El niño está en camino —me explicó Jamie al verme despierta. Se sentó y bostezó—. ¿Se ha adelantado, Ian?
—Nunca se sabe. El pequeño Jamie se retrasó. Supongo que es mejor que se adelante a que venga con retraso. —La sonrisa de Ian fue apresurada y nerviosa.
—¿Sabes asistir un parto, Sassenach? ¿O prefieres que llame a la comadrona? —Jamie me dirigió una mirada inquisitiva. Respondí sin vacilar.
Negué con la cabeza.
—Busca a la comadrona. —Había visto nada más que tres partos durante las prácticas; todos realizados en un quirófano esterilizado, con la paciente cubierta y anestesiada, sin nada visible excepto el grotesco perineo hinchado y la cabeza que emergía de repente.
Jamie salió en busca de la comadrona, la señora Martins, y yo seguí a Ian por las escaleras.
Jenny estaba sentada en una silla junto a la ventana, cómodamente recostada. Se había puesto un camisón viejo, había quitado las sábanas y la colcha de la cama y extendido una manta vieja sobre el colchón de plumas. Y ahora estaba sentada, esperando.
Ian revoloteaba a su alrededor, nervioso. Jenny le sonrió, pero con una mirada distraída, como si escuchara algo distante que sólo ella podía oír. Ian, completamente vestido, se movía inquieto por el cuarto, levantando y bajando cosas hasta que al final Jenny le ordenó que se marchara.
—Baja y despierta a la señora Crook, Ian —sugirió con una sonrisa para suavizar la orden—. Dile que prepare las cosas para la señora Martins. Ella sabrá qué hacer.
De repente, inhaló bruscamente y se llevó ambas manos al abdomen distendido. Mientras la observaba, vi cómo su vientre se endurecía y abombaba. Se mordió el labio y respiró entrecortadamente durante un instante y finalmente se relajó. El vientre había recuperado su forma normal, con apenas una lágrima derramada, abombado en ambos extremos.
Ian, indeciso, posó una mano en el hombro de Jenny y ella la cubrió con la suya y le sonrió.
—Y que te dé algo de comer. A ti y a Jamie. Dicen que el segundo hijo es más rápido que el primero. Quizá para cuando hayáis terminado el desayuno, yo ya esté lista para comer algo.
Ian le apretó el hombro con fuerza y la besó. Le susurró algo al oído antes de darse la vuelta. Titubeó en la puerta y miró hacia atrás, pero Jenny le instó para que saliera.
El tiempo pasaba, Jamie no llegaba y yo me ponía más nerviosa a medida que se intensificaban las contracciones. Por lo general, los segundos hijos eran más rápidos. ¿Y si éste decidía nacer antes de que llegara la señora Martins?
Al principio, Jenny conversaba conmigo de cosas intrascendentes, interrumpiéndose sólo para inclinarse hacia delante y sujetarse el vientre cuando las contracciones alcanzaban su punto álgido. Pero pronto perdió las ganas de hablar y se recostó. Intentaba mantenerse serena en medio de los dolores, que se iban intensificando. Por fin, después de una contracción que casi la hizo doblarse en dos, se levantó de la silla tambaleándose.
—Ayúdame a caminar un poco, Claire. —Como ignoraba el procedimiento correcto, obedecí y la sujeté con fuerza por debajo del brazo para que fuera erguida. Recorrimos el cuarto con lentitud un par de veces. Nos deteníamos cuando sobrevenía una contracción y proseguíamos cuando cedía. Poco antes de que llegara la comadrona, Jenny se acostó en la cama.
La señora Martins era una mujer de aspecto tranquilizador. Alta y delgada, tenía hombros anchos, brazos musculosos y esa expresión de persona amable y práctica que inspiraba confianza. Dos arrugas verticales entre sus cejas grises oscuras, siempre visibles, se acentuaban cuando se concentraba.
Permanecieron poco marcadas durante el reconocimiento preliminar. Entonces… de momento todo iba bien. La señora Crook había proporcionado una pila de sábanas limpias y planchadas y la señora Martins cogió una, aún doblada, y la empujó debajo de Jenny. Cuando Jenny se levantó ligeramente, me asusté al ver la mancha oscura de sangre entre los muslos.
La señora Martins advirtió mi expresión e hizo un gesto tranquilizador.
—Está bien. No hay por qué preocuparse, a menos que la sangre sea muy roja y brote mucha de pronto. Todo anda bien.
Nos sentamos a esperar. La señora Martins hablaba a Jenny en voz baja y sosegada. Le frotaba la espalda y durante las contracciones presionaba con fuerza. No bien éstas aumentaron, Jenny comenzó a apretar los labios y a resoplar por la nariz. A menudo profería un débil pero profundo gemido cuando las contracciones alcanzaban su punto más doloroso. El cabello de Jenny estaba ahora empapado de sudor y su rostro enrojecido por la tensión. Mientras la contemplaba, comprendí por qué se llamaba a aquello «difícil tarea». Dar a luz era sin duda una empresa ardua.
Durante las dos horas siguientes, no se avanzó mucho, excepto que los dolores se hacían cada vez más intensos. Al principio, Jenny contestaba a las preguntas, pero ahora ya no respondía. Las contracciones la dejaban sin aliento y la hacían enrojecer y palidecer en cuestión de segundos.
Al producirse la siguiente, apretó los labios y me llamó cuando el dolor cedió.
—Si vive… —pronunció sin aliento— y es una niña… se llamará Margaret. Díselo a Ian… que la llame Margaret Ellen.
—Sí, por supuesto —le aseguré—. Pero tú misma se lo dirás. Ya falta poco.
Sacudió la cabeza en una negativa decidida y apretó los dientes cuando la volvió a acometer otra contracción. La señora Martins me cogió de un brazo y me alejó.
—No le haga mucho caso, pequeña —me dijo muy prosaica ella—. Todas piensan que van a morir.
—Ah —exclamé con cierto alivio.
—Claro que… —añadió en un susurro—, a veces lo hacen.
Incluso la señora Martins parecía un poco preocupada a medida que las contracciones continuaban sin un progreso apreciable. Jenny estaba agotada; cuando disminuía el dolor, el cuerpo se aflojaba. Hasta se adormecía, como si buscara evadirse durante breves intervalos de sueño. Entonces, cuando el puño despiadado volvía a golpearla, despertaba para seguir luchando y gemía con esfuerzo, mientras se acurrucaba de costado para proteger la rígida protuberancia del niño por nacer.
—¿Podría ser que el niño… hubiera retrocedido? —pregunté en voz queda, algo avergonzada por sugerir algo así a una comadrona experimentada. Sin embargo, la pregunta no pareció ofender a la señora Martins. El ceño se acentuó al observar a la exhausta futura madre.
Cuando pasó la siguiente contracción, la señora Martins apartó la sábana y el camisón y se puso a trabajar enseguida. Apretó el voluminoso abdomen aquí y allá con dedos veloces y hábiles. Tuvo que detenerse varias veces, pues el tanteo parecía provocar los dolores y el reconocimiento resultaba imposible durante las implacables y poderosas contracciones.
Finalmente, se retiró con aire pensativo. Golpeó un pie contra el suelo distraídamente mientras contemplaba a Jenny retorcerse de dolor durante dos contracciones desgarradoras. Al tirar de las sábanas, una de ellas se rasgó de pronto.
Como si esto fuera una señal, la señora Martins avanzó decidida y me llamó.
—Reclínela un poco, jovencita —me dio las instrucciones nada desconcertada por los gritos de Jenny. Supuse que ya estaría saturada de oírlos.
En el siguiente momento de relajación, la señora Martins se puso en acción. Tomó al niño a través de las paredes momentáneamente fláccidas del útero e intentó darle la vuelta no sin esfuerzo. Jenny chilló y me sacudió los brazos al iniciarse otra contracción.
La señora Martins volvió a intentarlo, una y otra vez. Sin poder dejar de empujar, Jenny estaba al límite del agotamiento, pero su cuerpo seguía luchando para traer a su hijo al mundo.
Y entonces ocurrió. Hubo una extraña y súbita alteración de fluidos y el bulto amorfo del niño giró en las manos de la señora Martins. De repente, la forma del vientre de Jenny cambió y la sensación de que llegábamos al desenlace final fue inminente.
—¡Ahora, empuja! —Jenny lo hizo y la señora Martins se arrodilló junto a la cama. Al parecer, vio indicios de progreso, puesto que se incorporó y se apresuró a tomar la botella que había dejado sobre la mesa al entrar. Vertió una pequeña cantidad de lo que pareció aceite en las puntas de sus dedos y lo frotó con suavidad entre las piernas de Jenny.
Jenny emitió una protesta profunda y airada al sentir el roce. Comenzó otra contracción y la señora Martins retiró la mano. Cuando Jenny se relajó, la comadrona retomó el suave masaje, susurrando a su paciente, diciéndole que todo estaba bien, que descansara y que ahora… ¡empujara!
Durante la siguiente contracción, la señora Martins apoyó la mano sobre el vientre de Jenny y empujó hacia abajo con fuerza. Jenny chilló, pero la comadrona continuó presionando hasta que cedió la contracción.
—Empuje conmigo en la próxima —me ordenó—. Ya está a punto de nacer.
Puse mis manos sobre las de la señora Martins en el vientre de Jenny y cuando me indicó, las tres empujamos juntas. Un gruñido hondo y victorioso brotó de la garganta de Jenny y un bulto pequeño y sucio se hinchó de pronto entre sus muslos. Jenny enderezó las piernas contra el colchón y volvió a empujar. Margaret Ellen Murray llegó al mundo como un cerdo grasiento.
Me incorporé después de enjugar el rostro sonriente de Jenny con un trapo húmedo y miré por la ventana. El sol se estaba poniendo.
—Estoy bien —dijo Jenny—. Bastante bien. —La amplia sonrisa de placer con que había recibido el nacimiento de su hija se había transformado en una sonrisa permanente de plena satisfacción. Alargó una mano indecisa y me estiró de la manga.
—Avisa a Ian —me pidió—. Debe de estar preocupado.
No tenía aspecto de estarlo. La escena en el estudio, donde Ian y Jamie se habían refugiado, se asemejaba mucho a una orgía de festejo prematuro: en el aparador una jarra vacía acompañaba a varias botellas y un fuerte olor a alcohol flotaba en la habitación.
El orgulloso padre parecía haberse desmayado con la cabeza en el escritorio. El anfitrión, por su parte, aún estaba consciente, pero con la vista nublada, reclinado contra la pared y parpadeando como un búho.
Indignada, me acerqué al escritorio taconeando ruidosamente y sacudí a Ian del hombro con rudeza sin hacer caso de Jamie, que se había incorporado para decirme:
—Espera, Sassenach…
Ian no había perdido la consciencia. Levantó la cabeza displicente y me miró, las facciones tensas y los ojos tristes e implorantes. Me di cuenta, de repente, que creía que venía a comunicarle la muerte de Jenny.
Aflojé la presión de mi mano y la sustituí por unas palmadas en la espalda.
—Jenny está bien —murmuré—. Tienes una hija.
Ian volvió a posar la cabeza en los brazos y allí lo dejé, en compañía del entusiasmado Jamie que lo vapuleaba a base de bien.
Con los sobrevivientes reanimados y pulcros, las familias Murray y Fraser se reunieron en la habitación de Jenny para celebrarlo con una cena. Aseada y envuelta en una manta, la pequeña Margaret fue entregada a su padre, que, con una expresión de beatífica reverencia, recibió a su nueva hija.
—Hola, pequeña Maggie —saludó mientras con la punta del dedo le acariciaba la escasa nariz.
Su nueva hija, indiferente a las presentaciones, cerró los ojos con aire concentrado, se puso tiesa y mojó la camisa de su padre.
Aprovechando la algarabía organizada por la recién llegada, el pequeño Jamie se las ingenió para escapar de las garras de la señora Crook y encaramarse a la cama de su madre. Jenny gimió un poco por la incomodidad, pero extendió una mano y lo acomodó a su lado mientras hacía señas a la señora Crook para que lo dejara.
—¡Mi mamá! —declaró el niño mientras se encogía junto a Jenny.
—Claro, ¿de quién si no? —preguntó ella, comprensiva—. Sí, mi pequeño. —Lo abrazó y le besó la coronilla. El niño se relajó, tranquilo, y se acurrucó junto a su madre mientras ésta le acariciaba suavemente el cabello.
—Duérmete, mi niño —susurró—. Es hora de dormir. Duerme. —Reconfortado por la presencia materna, el pequeño Jamie se llevó el pulgar a la boca y se durmió.
Cuando le tocó a Jamie sostener a la recién nacida, lo hizo con gran habilidad. La rizada cabeza reposaba en la palma de su mano como una pelota de tenis. Con gran disgusto, devolvió la criatura a Jenny, que la meció contra su pecho mientras le tarareaba dulces canciones.
Por fin regresamos a nuestra habitación, que parecía silenciosa y vacía en comparación con la cálida escena familiar que acabábamos de presenciar: Ian arrodillado junto a la cama de su esposa, con una mano sobre el pequeño Jamie mientras Jenny amamantaba a la pequeña. Por primera vez me di cuenta de lo cansada que estaba. Habían pasado casi veinticuatro horas desde que Ian nos había despertado.
Jamie cerró la puerta despacio a nuestras espaldas. Sin hablar, se acercó por detrás y me desató el camisón. Me rodeó con sus brazos y yo, agradecida, me apoyé contra su pecho. Agachó la cabeza para besarme y me volví, envolviéndole el cuello con los brazos. No era sólo fatiga lo que sentía: también ternura y cierta tristeza.
—Tal vez sea mejor así —musitó, como si hablara consigo mismo.
—¿Mejor qué?
—Que seas estéril. —No podía ver mi rostro, hundido en su pecho, pero debió de notar que me ponía tensa.
»Sí, hace mucho que lo sé. Geillis Duncan me lo dijo, poco después de que nos casáramos. —Me acarició la espalda con delicadeza—. Al principio lo lamenté, pero después empecé a pensar que quizá fuera mejor así. Con la vida que llevamos, sería muy difícil para ti si te quedaras embarazada. Y ahora… —Tembló un poco—. Ahora creo que me alegro; no quisiera que sufrieras así.
—No me importaría —admití al cabo de un largo rato mientras recordaba la cabeza redonda y rizada y los dedos diminutos.
—A mí sí. —Me besó la cabeza—. Vi el rostro de Ian; era como si su propia carne se desgarrara con cada grito de Jenny. —Lo abracé y acaricié las cicatrices de su espalda—. Puedo soportar mi propio dolor —añadió con voz suave—, pero no podría soportar el tuyo. No tengo fuerzas suficientes.