Forastera
Séptima parte. El santuario » 36. MacRannoch
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A mitad de camino en las escaleras, recordé que había olvidado explicar a Sir Marcus cómo vendar los cortes. Habría que vendar y acolchar las heridas profundas sobre los hombros para que Jamie pudiera ponerse una camisa cuando nos marcháramos. Pero las marcas de látigo más ligeras debían quedar al aire libre para facilitar la formación de costras. Eché una ojeada al cuarto de huéspedes al que me llevó Lady Annabelle, me disculpé y me tambaleé escaleras abajo hacia la sala. Me detuve en las sombras del vano, con Lady Annabelle a mis espaldas. Jamie tenía los ojos cerrados. Al parecer, el whisky y la fatiga lo habían sumido en un sopor. Las mantas estaban descorridas; el calor del fuego era más que suficiente. Al estirarse a través de la cama para buscar un paño, Sir Marcus apoyó una mano casualmente en las nalgas de Jamie. El efecto fue eléctrico. La espalda de Jamie se arqueó con brusquedad, los músculos del trasero se tensaron con fuerza y dejó escapar un sonido involuntario de protesta. Giró el cuerpo a pesar de las costillas rotas y miró a Sir Marcus con ojos sobresaltados y borrosos. Sorprendido, Sir Marcus se quedó paralizado un instante, luego se inclinó, tomó a Jamie del brazo y lo volvió a acomodar boca abajo con suavidad. Deslizó con delicadeza un dedo por la piel. Al frotarse los dedos, percibió un brillo aceitoso y visible a la luz del fuego.
—Oh —musitó con calma. El viejo soldado cogió la manta y tapó a Jamie hasta la cintura. Los hombros tensos se relajaron un poco.
Sir Marcus se sentó junto a la cabeza de Jamie y sirvió dos vasos más de whisky.
—Al menos tuvo la consideración de lubricarle antes —observó. Entregó un vaso a Jamie, que, con esfuerzo, se apoyó en los codos.
—Ah, bueno. No creo que lo hiciera por mi propio bien —contestó en tono seco.
Sir Marcus bebió un trago y chasqueó los labios con aire pensativo. Por un momento, no hubo ningún sonido excepto el crepitar del fuego, pero ni Lady Annabelle ni yo nos movimos para entrar en la sala.
—Si le sirve de consuelo —expresó Sir Marcus de pronto con los ojos fijos en el vaso—, está muerto.
—¿Está seguro? —El tono de Jamie era indescifrable.
—No creo que nadie sobreviva después de ser pisoteado por treinta animales de quinientos kilos. Salió al pasillo para ver qué era aquel ruido y cuando vio las bestias, quiso retroceder. Un cuerno le enganchó por la manga y lo lanzó fuera. Lo vi caer cerca de la pared. Sir Fletcher y yo estábamos en las escaleras. Por supuesto, Sir Fletcher estaba alterado y envió algunos hombres tras él, pero no pudieron acercarse en medio de las cornadas y los empellones de los animales. Las antorchas se cayeron de las paredes con el alboroto. ¡Caramba, muchacho, debería haberlo visto! —El recuerdo hizo silbar a Sir Marcus mientras agarraba la botella de whisky—. ¡Su esposa es una mujer extraordinaria, créame! —Resopló, se sirvió otro vaso y lo vació entre atragantos y accesos de risa.
»En todo caso —resumió—, para cuando sacamos el ganado, el capitán no era más que un guiñapo ensangrentado. Los hombres de Sir Fletcher se lo llevaron, pero si aún vivía fue por poco tiempo. ¿Un poco más, muchacho?
—Sí, gracias.
Se hizo un silencio breve, quebrado por Jamie.
—No, no me sirve de mucho consuelo, pero gracias por contármelo.
Sir Marcus se le quedó mirando.
—Mmfm. Nunca lo olvidará —sentenció—. Ni siquiera lo intente. Si puede, deje que cicatrice como el resto de sus heridas. Déjelo en paz y se curará bien. —El anciano guerrero levantó un antebrazo nudoso. Se había arremangado la camisa durante la curación y ahora enseñaba a Jamie una cicatriz dentada que se extendía desde el codo hasta la muñeca—. Las cicatrices no molestan.
—Sí, bueno. Algunas cicatrices, quizá. —Al parecer, Jamie recordó algo y trató de ponerse de costado. Sir Marcus bajó el vaso con una exclamación.
—Con cuidado, muchacho, o se perforará el pulmón con alguna costilla rota. —Lo ayudó a equilibrarse sobre el codo derecho y apiñó una manta detrás para sostenerlo.
—Necesito un cuchillo —jadeó Jamie—. Uno afilado, si es posible.
Sin vacilar, Sir Marcus fue hasta el resplandeciente aparador francés de nogal y revolvió en los cajones con un estruendo prodigioso. Por fin, extrajo un cuchillo de fruta con mango de nácar. Lo depositó en la mano sana de Jamie, se sentó con un quejido y volvió a tomar su vaso de whisky.
—¿No tiene cicatrices suficientes? —preguntó—. ¿Va a añadirse algunas más?
—Sólo una. —Jamie se meció inseguro sobre un codo, con la barbilla apretada contra el pecho, y dirigió el cuchillo con torpeza hacia el pezón izquierdo. Sir Marcus extendió una mano de inmediato, algo temblorosa, y le sujetó la muñeca.
—Deje que le ayude, muchacho, o caerá sobre él. —Al cabo de una pausa, Jamie le entregó el cuchillo, no muy convencido, y se tumbó sobre la manta. Se tocó el pecho a unos tres o cinco centímetros debajo del pezón.
—Aquí. —Sir Marcus se estiró hacia el aparador, tomó una lámpara y la apoyó en el taburete vacío. Desde lejos, no podía ver lo que miraba. Parecía una quemadura roja y pequeña, de forma casi circular. Sir Marcus bebió otro trago largo de whisky, lo dejó junto a la lámpara y presionó la punta del cuchillo contra el pecho de Jamie. Debí de hacer un movimiento involuntario, porque Lady Annabelle me sujetó de la manga y murmuró una advertencia. La punta del cuchillo se hundió y giró con rapidez, como cuando se quita la parte fea de un durazno maduro. Jamie gimió una vez y un delgado hilo de sangre corrió por su vientre y manchó la manta. Rodó boca abajo y apretó la herida contra el colchón.
Sir Marcus dejó el cuchillo de fruta.
—En cuanto pueda, muchacho —le aconsejó—, lleve a su esposa a la cama y déjela que le consuele. A las mujeres les gusta hacer eso —añadió y sonrió hacia la oscuridad de la puerta—. Dios sabe por qué.
Lady Annabelle susurró:
—Vamos, querida. Es mejor dejarlo solo un rato. —Decidí que Sir Marcus podía arreglarse con los vendajes y la seguí escaleras arriba hacia mi habitación.
Asustada, desperté de un sueño sobre escaleras de caracol interminables con el horror acechando al final. Tenía la espalda cansada y me dolían las piernas, pero me senté y busqué la vela y las cerillas. Me sentía inquieta tan lejos de Jamie. ¿Y si me necesitaba? Peor, ¿y si venían los ingleses mientras estaba solo y desarmado allí abajo? Apreté el rostro contra la ventana fría y el silbido constante de la nieve contra el vidrio me tranquilizó. Mientras durara la tormenta, estaríamos a salvo. Me puse una bata, cogí la vela y el puñal y me encaminé hacia las escaleras.
La casa estaba en silencio, excepto por el crepitar del fuego. Jamie dormía, o al menos tenía los ojos cerrados, con el rostro vuelto hacia las llamas. Era la primera vez que estábamos solos desde aquellos pocos minutos desesperados en las mazmorras de Wentworth. Parecía haber pasado un siglo. Lo miré atentamente, como a un extraño.
Dadas las circunstancias, no tenía tan mal aspecto, pero igualmente me preocupaba. Durante la operación, había bebido whisky como para desmayar a un caballo y, a pesar de los vómitos, todavía le quedaba algo dentro.
Jamie no era mi primer héroe. En general, los hombres pasaban con demasiadas prisas por el hospital de campaña como para que las enfermeras se familiarizaran con ellos, pero de vez en cuando nos topábamos con alguno que hablaba demasiado poco o bromeaba en exceso y que sufría en silencio.
Yo sabía más o menos cómo ayudarlo. Si había tiempo y era de los que hablaban, me sentaba con él y lo escuchaba. Si era callado, lo tocaba al pasar y esperaba el momento de descuido en que lograría arrancarlo de sí mismo y sostenerlo mientras exorcizaba sus demonios. Si había tiempo. Si no lo había, le daba morfina y rezaba para que encontrara a alguien que lo escuchara mientras yo atendía a otro hombre con heridas visibles.
Tarde o temprano, Jamie hablaría con alguien. Había tiempo. Pero esperaba que no fuera conmigo.
Estaba destapado hasta la cintura y me agaché para examinarle la espalda. Era una visión increíble. Apenas el grosor de una mano separaba los cortes, infligidos con una regularidad pasmosa. Debió de estar de pie como un centinela mientras lo castigaban. Eché una ojeada a sus muñecas… no tenían marcas. O sea, que había cumplido su palabra de no resistirse. Y se había mantenido quieto durante la penosa experiencia, pagando el precio convenido a cambio de mi vida.
Me froté los ojos con la manga. No me daría las gracias, pensé, por llorar sobre su cuerpo tendido. Cambié el peso de mi cuerpo y el camisón hizo ruido. Jamie abrió los ojos sin inquietarse. Me dirigió una sonrisa débil y cansada, pero real. Abrí la boca y de pronto me di cuenta de que no sabía qué decirle. «Gracias» era imposible. «¿Cómo te sientes?» era ridículo; obviamente se sentía como los mismos demonios. Mientras pensaba, él habló primero.
—¿Claire? ¿Estás bien, amor mío?
—¿Si «yo» estoy bien? ¡Por Dios, Jamie! —Las lágrimas humedecieron mis pestañas y parpadeé con fuerza. Jamie alzó la mano sana despacio, como si estuviera encadenado, y me acarició el cabello. Me acercó hacia él pero me aparté. Por primera vez, tuve conciencia de mi aspecto: la cara arañada y cubierta de savia de árbol y el pelo tieso y manchado con substancias innombrables.
—Ven aquí —dijo—. Quiero abrazarte un momento.
—Pero estoy llena de sangre y vómito —protesté mientras hacía un esfuerzo inútil por atusarme el cabello.
Jamie resolló. La débil exhalación era todo cuanto las costillas rotas le permitían a modo de risa.
—Por el amor de Dios, Sassenach, la sangre y el vómito son míos. Ven aquí.
Me reconfortaba sentir su brazo en mis hombros. Apoyé la cabeza en la almohada junto a la de él y permanecimos en silencio al lado del fuego. Nos dimos fuerzas y paz el uno al otro. Los dedos de Jamie acariciaron la pequeña herida debajo de mi mandíbula.
—Pensé que nunca más volvería a verte, Sassenach. —Su voz era baja y un poco ronca por el whisky y los gritos—. Me alegra que estés aquí.
Me senté.
—¡Que no volverías a verme! ¿Por qué? ¿Creíste que no te sacaría de allí?
Sonrió de lado.
—Bueno, no creí que lo lograras. Pero pensé que si te lo decía, te pondrías terca y te negarías a marcharte.
—¡Yo terca! —exclamé con indignación—. ¡Mira quién habla!
Hubo una pausa que se volvió un poco incómoda. Tenía que preguntarle algunas cosas, necesarias desde el punto de vista médico pero delicadas en cuanto a lo personal. Por fin, me decidí por el «¿Cómo te sientes?».
Tenía los ojos cerrados, ensombrecidos y hundidos a la luz de las velas, pero las líneas de la espalda estaban tensas debajo de las vendas. La boca, ancha y magullada, se torció entre una sonrisa y una mueca.
—No lo sé, Sassenach. Nunca sentí esto. Es como si quisiera hacer varias cosas a la vez, pero mi mente estuviera en guerra conmigo y mi cuerpo me hubiera traicionado. Deseo irme de aquí ahora mismo y correr tan rápido y tan lejos como pueda. Quiero pegarle a alguien. ¡Cielos, quiero pegarle a alguien! Deseo quemar la prisión de Wentworth hasta los cimientos. Quiero dormir.
—La piedra no arde —repliqué de manera práctica—. Quizá sea mejor que duermas.
La mano sana buscó la mía y la encontró. La boca se relajó un poco, pero los ojos permanecieron cerrados.
—Deseo abrazarte fuerte y besarte y no soltarte nunca. Quiero llevarte a mi cama y usarte como a una prostituta hasta olvidar que existo. Y quiero apoyar mi cabeza en tu regazo y llorar como un niño.
Con una media sonrisa y un ojo entreabierto, añadió:
—Por desgracia, no puedo hacer nada de eso, excepto lo último, sin desmayarme o vomitar otra vez.
—Entonces tendrás que conformarte con eso y dejar lo otro para más adelante —sugerí con una risita.
Fue un poco difícil y Jamie estuvo a punto de vomitar de nuevo, pero al final logré acomodarme en la cama con la espalda contra la pared y su cabeza sobre mi muslo.
—¿Qué fue lo que Sir Marcus te cortó del pecho? —dije—. ¿Una marca? —insinué al no recibir respuesta. La cabeza brillante se movió apenas en señal de afirmación.
—Un sello, con las iniciales de él. —Jamie emitió una risita—. Es suficiente con tener que acarrear sus marcas por el resto de mi vida para encima permitir que me deje su firma, como a un maldito cuadro.
La cabeza descansaba con pesadez en mi muslo. Su respiración por fin se serenó y se transformó en exhalaciones soñolientas. Los vendajes blancos en la mano resaltaban fantasmales contra la manta oscura. Delineé suavemente una marca quemada del hombro, que brillaba con aceite dulce.
—¿Jamie?
—¿Mmm?
—¿Estás muy lastimado?
Despierto, miró su mano vendada y luego mi rostro. Cerró los ojos y empezó a temblar. Alarmada, creí haber provocado algún recuerdo intolerable, hasta que me di cuenta de que reía, lo bastante fuerte para que se le llenaran los ojos de lágrimas.
—Sassenach —pronunció entre jadeos al cabo de unos minutos—. Me quedan tal vez treinta y cinco centímetros cuadrados de piel que no están magullados, quemados o cortados. ¿Y me preguntas si estoy muy lastimado? —Se sacudió otra vez. El colchón de fieltro crujió y chirrió.
—Me refería… —comencé a aclarar algo enojada, pero me interrumpió. Apoyó la mano sana sobre la mía y se la llevó a los labios.
—Sé a qué te referías, Sassenach —expresó y volvió la cabeza hacia mí—. No te preocupes. Los treinta y cinco centímetros ilesos están todos entre mis piernas.
Aprecié el esfuerzo por la broma, a pesar de lo inadecuada, y le palmeé la boca despacio.
—Estás borracho, James Fraser —lo regañé. Hice una pausa—. ¿Treinta y cinco, eh?
—Ah, bueno. Quizá sean cuarenta. Oh, Sassenach, no me hagas reír otra vez; las costillas no aguantarán. —Le sequé los ojos con el camisón y le sostuve la cabeza con la rodilla para que bebiera un poco de agua.
—De todos modos, no me refería a eso —repliqué.
Se puso serio. Me tomó la mano otra vez y la apretó.
—Lo sé —respondió—. No necesitas ser delicada en el tema. —Respiró hondo y dio un respingo—. Yo tenía razón: dolía menos que los azotes. —Cerró los ojos—. Pero fue mucho más desagradable. —Un destello de humor mordaz hizo temblar la comisura de los labios—. Al menos no estaré estreñido por un tiempo. —Me estremecí y apretó los dientes. Respiraba con resuellos cortos y agudos—. Lo siento, Sassenach. No…, no creí que me perturbaría tanto. Pero para contestar a tu pregunta, no, no estoy lastimado.
Tuve que esforzarme para mantener la voz serena y fría.
—No tienes que contármelo si no quieres. Pero si te hace sentir mejor… —Mis palabras se perdieron en un silencio embarazoso.
—No quiero hacerlo. —Su voz era de pronto amarga y enfática—. No quiero pensar en ello nunca más. Pero a menos que me corte la garganta, me parece que no tengo alternativa. No, pequeña, tengo tan pocas ganas de contártelo como tú de oírlo… pero tendré que sacármelo de dentro antes de que me ahogue.
Las palabras brotaban ahora en un torrente de amargura.
—Quería que me arrastrara y le rogara, y por Cristo, lo hice. Una vez te lo dije, Sassenach: puedes romper a cualquiera si estás dispuesto a lastimarlo lo suficiente. Bueno, él estaba dispuesto. Consiguió que me arrastrara y le rogara. Me hizo hacer cosas peores y antes de que todo terminara, consiguió que deseara mucho estar muerto.
Se quedó callado mucho tiempo, con la vista fija en el fuego. Luego suspiró fuerte y el dolor torció su rostro en una mueca.
—Ojalá pudieras aliviarme, Sassenach, lo ansío con locura, porque no hay sosiego dentro de mí. Pero no es como una espina envenenada, que si logras agarrarla bien la puedes sacar entera. —Su mano sana descansaba en mi rodilla. Flexionó los dedos y los estiró, rojizos a la luz de las llamas—. Tampoco es como algo que se rompe en alguna parte. Si pudieras componerlo pedazo a pedazo, como has hecho con la mano, soportaría el dolor con gusto. —Apretó los dedos en un puño y lo apoyó en mi pierna. Frunció el ceño.
»Es… difícil de explicar. Es… es como… Creo que todos poseemos un rincón dentro de nosotros, un sitio privado que guardamos para nosotros. Es como un pequeño fuerte donde habita la parte más íntima de cada uno…, quizá sea el alma, o lo que sea, que hace que seas tú y no otra persona.
La lengua tanteó de manera inconsciente el labio hinchado mientras pensaba.
—Por lo general, nadie enseña ese rincón a nadie, salvo a veces a alguien al que se ama mucho. —La mano se relajó y se acomodó en mi rodilla. Tenía los ojos cerrados otra vez, las pestañas selladas contra la luz.
»Y ahora siento… como si mi propio fuerte hubiera sido volado con pólvora. No queda nada de él excepto cenizas y una cumbrera humeante. Y la cosa pequeña y desnuda que vivía allí está al descubierto. Chilla y gime asustada, trata de ocultarse debajo de una brizna de hierba o de una hoja, pero… pero no… no es… fácil. —Se le quebró la voz y giró la cabeza para ocultar la cara en mi regazo. Impotente, me limité a acariciarle el pelo.
De improviso, alzó la cabeza. Tenía el rostro tan tenso que parecía a punto de partirse.
—He estado cerca de la muerte en varias ocasiones, Claire, pero nunca quise morir realmente. Esta vez sí. Yo… —La voz volvió a quebrársele y calló. Apretó mi rodilla con intensidad. Cuando volvió a hablar, su voz era estridente y jadeante, como si hubiera corrido un largo trecho.
—Claire, podrías…, yo… Claire, abrázame. Si empiezo a temblar de nuevo no podré parar. ¡Abrázame, Claire! —De hecho, comenzaba a temblar con violencia. Las sacudidas lo hacían gemir de dolor mientras se rodeaba las costillas rotas. Temía lastimarlo, pero más temía dejar que continuara el traqueteo.
Me incliné sobre él, envolví mis brazos alrededor de sus hombros y lo abracé tan fuerte como pude. Me mecí de un lado a otro como si el ritmo reconfortante pudiera detener los torturantes espasmos. Le puse una mano en la nuca y hundí los dedos en los músculos. Masajeé la hendidura profunda en la base del cráneo para relajarlo. Por fin, el temblor cesó y la cabeza cayó sobre mi muslo, exhausta.
—Lo siento —se disculpó un minuto después con su voz normal—. No quería que esto pasara. La verdad es que estoy dolido y muy borracho. He perdido un poco el control. —Que un escocés admitiera, incluso en privado, estar borracho, pensé, era señal de lo mucho que sufría.
—Necesitas dormir —respondí con suavidad y sin dejar de frotarle la nuca—. Y mucho. —Usé mis dedos lo mejor que pude. Los moví y presioné como el viejo Alec me había enseñado y logré que se adormeciera otra vez.
—Tengo frío —murmuró. El fuego era intenso y había varias mantas en la cama, pero tenía los dedos helados.
—Has sufrido una conmoción —expliqué— y has perdido muchísima sangre. —Miré a mi alrededor, pero tanto los MacRannoch como los criados habían desaparecido para irse a sus propias camas. Murtagh, supuse, todavía estaría fuera en la nieve, vigilando en dirección a Wentworth en caso de que los ingleses iniciaran la búsqueda. Me encogí mentalmente de hombros por el sentido del decoro que pudiera tener nadie y me quité el camisón para deslizarme después bajo de las mantas.
Con la mayor suavidad posible, me acomodé junto a Jamie para darle calor. Giró el rostro en mi hombro como un niño. Le acaricié el pelo y lo tranquilicé masajeándole los músculos tensos de la nuca sin tocar las zonas lastimadas.
—Apoya la cabeza, pequeño mío —le insté al recordar a Jenny y a su hijo.
Jamie profirió un sonido divertido.
—Mi madre solía decirme eso —susurró—. Cuando era niño.
»Sassenach —murmuró contra mi hombro, un momento después.
—¿Mm?
—¿Quién rayos es John Wayne?
—Tú —respondí—. Duerme.