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Tres
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Tres
La llegada del Stella Polaris a Mónaco despertó tanto interés entre la población como sucediera con los tres destructores. Entró en el puerto a última hora de la tarde, pues se había encontrado con unas condiciones atmosféricas muy adversas durante la travesía desde Barcelona. Vi el barco iluminado en el muelle y oí débilmente la música bailable que tocaba la orquesta, pero hasta la mañana siguiente no me aproximé para verlo de cerca. Ciertamente, era un barco muy bonito, que alcanzaba una altura considerable por encima del agua, con la proa alta y puntiaguda de un yate de vela, completamente blanco, excepto la única chimenea, que era amarilla y estaba limpia casi hasta la ostentación. Un imponente marinero escandinavo estaba al pie de la pasarela, y por encima de él, en la cubierta principal, vi al oficial de guardia despidiéndose de dos o tres pasajeros. De momento me sentía agradablemente impresionado, pero me reservé el juicio, pues ese barco tiene la reputación de ser lo que se llama «la última palabra» en diseño de lujo, y soy escéptico por temperamento ante esa clase de reputación.
Durante aquel día tuve oportunidad de observar a mis futuros compañeros de viaje, pues la mayoría llegó temprano o pagó en el Bristol la noche anterior al embarque. Grandes cantidades de equipaje aparecieron en el vestíbulo, con las etiquetas azul y blanco del Stella; una parte pertenecía a los pasajeros del crucero anterior que regresaban a sus casas, y estos confraternizaban en el vestíbulo y la coctelería con los futuros pasajeros. Por todas partes oía yo comparaciones de los rigores de la tormenta, tal como la habían experimentado en el Mediterráneo y en el Tren Azul. Los vi en los restaurantes y el casino, y conduciendo por la Corniche en automóviles alquilados, distintos con toda evidencia por sus orígenes y experiencia, pero de todos modos imbuidos de cierta reconocible concordancia de intereses que los convierte en una parte necesaria del estudio de todo analista concienzudo de las condiciones sociales modernas, pues constituyen un tipo selecto y desarrollado por una serie de condiciones totalmente propias de estos tiempos, y deben formar parte de nuestra «época» con tanta seguridad como los cronistas de sociedad o los psicoanalistas.
Lo cierto es que desconozco lo auténtico o valioso que es este sentido de época. Es un producto de las escuelas privadas y la educación universitaria inglesas. En realidad, es casi su único producto que no se puede adquirir mejor y más barato en cualquier otra parte. Los extranjeros cultos carecen de él, lo mismo que esos ingleses admirablemente informados que se han educado en escuelas secundarias, colegios técnicos y las universidades modernas, o en los Reales Colegios Navales de Dartmouth y Greenwhich. Me inclino a creer que prácticamente carece de valor, pues consiste en un vago conocimiento de historia, literatura y arte, un interés de aficionados por la arquitectura y la indumentaria, por las instituciones sociales, religiosas y políticas, por el teatro, las biografías de los principales personajes de cada siglo, unas pocas anécdotas y chistes memorables, fragmentos de diarios, correspondencia e historia familiar. Todos estos tentempiés y golosinas eruditos se fusionan en un todo más o menos homogéneo y coherente, de manera que el inglés culto tiene una sensación del pasado en una serie continua de claros y bonitos tableaux vivants. Este «sentido del pasado» se encuentra en el fondo de la conversación más inteligente y del más respetable y peor pagado género de periodismo hebdomadario, y también colorea la perspectiva que tenemos de nuestra propia época. Nos preguntamos qué imagen tendrán de nosotros nuestros descendientes; intentamos captar el aroma de la época: ¿de qué manera este absurdo revoltillo de fuerzas antagónicas, de ritmos negros y psicoanálisis, de inventos mecánicos e industria en declive, de medios de comunicación infinitamente expansivos y una sustancia comunicable en infinita disminución, de libertad e inercia, de qué manera, digo, se enfriará y cristalizará todo esto? ¿Qué aspecto tendremos en los bailes de disfraces y los festivales benéficos de 2030? Así pues, vamos por la vida generalizando y analizando, y esto, en cualquier caso, nos facilita una actitud impersonal y bastante cómoda hacia ellos.
Los cruceros de placer se han desarrollado durante los últimos veinte años. Anteriormente solo los muy ricos, poseedores de sus propios yates, podían permitirse este pausado paseo de puerto en puerto. Es una nueva forma de viaje y ha producido una nueva clase de viajero que, sin ninguna duda, contribuye de una manera considerable al talante determinado de nuestra época.
Nuestro sentido del pasado nos informa de dos clases de ingleses que viajaron por el extranjero en el siglo XIX. En primer lugar, está el superviviente del Grand Tour, la gran gira europea, que es invariablemente varón, joven y recién salido de la universidad, de buena cuna y rico, suele viajar en su propio vehículo y con sus propios criados; es posible que le acompañen algunos amigos o un tutor, siempre tiene un par de pistolas y numerosas cartas de presentación; un correo cabalga por delante de él para prepararle sus habitaciones; cena en las embajadas y legaciones británicas y está presente en las cortes extranjeras; admira los mármoles italianos, la ópera; los jardines y parques no le parecen en modo alguno superiores a los de su propio país; lleva un diario; tiene unas relaciones amorosas bastante aventureras; tal vez se bate en duelo; recorre Francia, Italia, Austria y Alemania de esta manera, bailando, observando, comentando; entonces regresa al cabo de un año o año y medio con baúles llenos de regalos para sus hermanas y primas, y tal vez algunas esculturas para distribuirlas por la casa, un bronce antiguo o unos grabados; está plenamente equipado para las tareas de la legislación y, excepto en el recuerdo, no repite la experiencia.
Pero hacia 1860 la prosperidad de la clase media y el transporte mecánico produjo un nuevo tipo: los Jones, Brown y Robinson de los libros ilustrados, el padre de familia de Punch. Por regla general, el padre de familia viaja con su esposa y sin hijos; a menudo le acompañan otros miembros adultos de su familia, una hermana o un cuñado; en invierno lleva un pesado abrigo de tweed y gorra del mismo material con orejeras; en verano está muy acalorado; ha vivido siempre en Inglaterra, ha trabajado con ahínco y le ha ido bien; está «en el continente» para pasar tres semanas o un mes; es muy celoso del prestigio de su país, pero cree que lo preservan mejor unos modales algo jactanciosos con los dueños de los hoteles y el rechazo a dejarse engañar, que la escrupulosa observación de la etiqueta por parte de su predecesor; recela mucho de los extranjeros, basándose sobre todo en que carecen de baños, disimulan sus comidas con salsas extrañas, están oprimidos por sus dirigentes y sacerdotes, no son honrados y sí inmorales y peligrosos, y hablan una lengua absolutamente incomprensible; le hacen montar un asno demasiado pequeño para él, y padece otras afrentas similares; el problema del humo de cigarro en los vagones de tren le afecta especialmente; con su llegada comienza el innoble negocio de fabricar baratijas para turistas, horribles pisapapeles de madera o piedra del país, ornamentos de diseño espantoso o artículos de bisutería para que se los lleve como recuerdos. Los productos nobles de su era son la guía Baedeker y la agencia de viajes Cook. Pisándole los talones llega la solterona viajera, que sigue con astucia la pista del capellán protestante inglés; es experta en la preparación de té de alcoba, y tiene arruruz y galletas en su maletín de viaje, así como un cálido pañolón para abrigarse cuando se pone el sol. Para ella las instalaciones sanitarias inadecuadas están ligadas a las supersticiones del papismo. Ha comenzado una nueva etapa. Los ingleses han descubierto que vivir en el extranjero es muy barato.
A comienzos del siglo XX el señor Belloc inventó una nueva clase de viajero, de nuevo varón, aunque imitado desastrosamente por mujeres emancipadas. «El mundo entero es mi ostra —dijo el señor Belloc— desde que los hombres hicieron los ferrocarriles y me dieron permiso para no acercarme a ellos». El peregrino camino de Roma viste unas ropas muy raídas y lleva un bastón muy grueso. En la mochila que le pende de la espalda lleva un mapa y embutido con ajo, un trozo de pan, un cuaderno de dibujo y un litro de vino. Mientras camina, canturrea en latín macarrónico; conoce la exaltación de levantarse antes del alba y ser alcanzado por esta a muchos kilómetros de donde ha dormido; habla con personas humildes en las posadas al borde de la carretera y ve en sus diversos tipos la estructura y la unidad del Imperio Romano; tiene cierto conocimiento de estrategia e historia militar; puede distinguir los rasgos geográficos del paisaje; tiende a la destreza física y posee una notable capacidad de aguante; mantiene una firme reticencia con respecto al sexo.
Eso sucedía en los tiempos en que haber marchado con un ejército no era una experiencia generalizada. Desde entonces ha habido la guerra.
También ha tenido lugar la irrupción del automóvil. El tráfico turístico ya no está limitado a los ferrocarriles. Ahora hay muy pocas carreteras en Europa por las que uno pueda caminar sin una circunspección furtiva. Puedes ir silbando a lo largo de un kilómetro, más o menos, y entonces oyes un rugido a tus espaldas y te ves obligado a saltar a la cuneta, envuelto en una nube de polvo. El peregrino se ha convertido en el peatón. Pero, hasta cierto punto, la influencia de El camino a Roma todavía determina las experiencias viajeras de gran número de ingleses inteligentes. Existe un nuevo tipo de viajero representado por casi todos los hombres y mujeres jóvenes a quienes les pagan por escribir libros de viajes. Uno entra en frecuente y agradable contacto con ellos en todas las partes del mundo; la lectura de su libro, si lo termina, casi siempre merece la pena. Se cree en el deber hacia el editor que le ha costeado los gastos de tener el mayor número posible de experiencias atroces. Sostiene la opinión defendible, pero no incontrovertible, de que la gente pobre y de mala fama es más divertida y representativa del espíritu nacional que la gente rica. En parte por esta razón y en parte porque los editores, por naturaleza, no están dispuestos a ser puramente caritativos, viaja y vive de un modo económico, e invariablemente se le acaba el dinero. No obstante, encuentra un placer especial en la incomodidad. Las chinches, la comida espantosa, los barcos y trenes ineficaces, las aduanas hostiles, la policía y los funcionarios de pasaportes, los cónsules que no hacen efectivos los cheques, los excesos de calor y frío, el champaña en el club nocturno e incluso la prisión son sus deleites peculiares. Yo he viajado un poco de esa manera, y el recuerdo que tengo es totalmente grato. Con los auténticos esnobs viajeros me he estremecido al oírles mencionar cruceros de placer o giras circulares o grupos dirigidos personalmente, guías profesionales y hoteles bajo dirección inglesa. A todo inglés en el extranjero, hasta que se demuestre lo contrario, le gusta considerarse un viajero y no un turista. Mientras contemplaba el alzamiento de mi equipaje a bordo del Stella, supe que era inútil seguir fingiendo. Mis compañeros de viaje y yo éramos turistas, sin ningún compromiso ni mitigación; pero éramos turistas, y esto nos hace volver a nuestro argumento inicial, de una nueva clase.
La palabra «turista» parece sugerir naturalmente prisas y obligación. Uno piensa en esos lastimosos tropeles de maestros de escuela procedentes del Oeste Medio con los que se encuentra de repente en esquinas y edificios públicos, desconcertados, jadeantes, los nombres desconocidos zumbándoles en la cabeza, sus cuerpos tensos y magullados por subir y bajar de charabanes motorizados y escaleras, y por haber recorrido del modo más inmisericorde kilómetros de galerías y museos tras un guía chistoso y despectivo. ¡Cómo nos obsesionan sus ojos mucho después de que hayan pasado a la siguiente fase de su itinerario, unos ojos ojerosos que miran sin comprender, con un leve resentimiento, como los de animales que sufren, elocuentemente expresivos de ese cansancio del mundo que todos sentimos bajo el peso muerto de la cultura europea! ¿Deben proseguir hasta el final? ¿Hay todavía más catedrales, más lugares hermosos, más sitios de acontecimientos históricos, más obras de arte? ¿No hay remisión en este rito implacable? ¿Todavía debe reverenciarse el pasado? A medida que escalan trabajosamente cada pico de su ascensión, que van marcando la lista de monumentos programados una vez vistos, el horizonte retrocede más ante ellos y el paisaje se eriza de bellezas ineludibles. Y cuando uno está sentado a una mesa de café, jugueteando apáticamente con el cuaderno de dibujo y el aperitivo, y los ve pasar, tambaleantes, vierte unas lágrimas, no del todo irónicas, por esos pobres desechos humanos, atrapados así y magullados por la maquinaria de la elevación social.
En un crucero de placer no hay nada de eso, y las cualidades que más me impresionaron de este sistema de viaje fueron la comodidad y el ocio excepcionales que ofrecía. El primer día, tras zarpar de Mónaco, lo pasamos en el mar, y a la mañana siguiente, temprano, arribamos a Nápoles. Mientras paseaba por las cubiertas y el salón con Geoffrey (había conseguido que Juliet embarcara, pero ella estaba en el camarote, aquejada de neuralgia) y observaba a nuestros compañeros de viaje y la manera en que empleaban el tiempo, comprobamos la admirable manera en que todo encajaba en su sitio y llenaba una necesidad de la vida moderna. Los barcos pueden estar sucios y ser muy incómodos (cierta vez viajé en segunda clase en un vapor griego desde Patras a Brindisi), pero incluso el peor de los barcos tiene algunas ventajas sobre el mejor de los hoteles. El personal de servicio casi siempre es mejor, probablemente porque su responsabilidad por el bienestar del cliente es más directa. Por otro lado, uno se libra de la codicia azarosa y desorganizada que caracteriza la vida de hotel: un barco no es por sí mismo una máquina de hacer dinero. Has adquirido el pasaje en la agencia y pagado tu dinero. El cometido del barco es llevarte a donde quieres ir y procurarte la máxima comodidad posible durante la travesía; no cuentan tus baños y tus tazas de té, no hay regimientos de chiquillos uniformados que hacen girar las puertas giratorias y esperan propinas. En un barco hay una integridad y una amabilidad que uno pocas veces encuentra en tierra, excepto en hoteles muy anticuados y caros. Por lo que puedo ver, un barco puesto de veras al día tiene todas las ventajas sobre un hotel, con dos excepciones: la estabilidad y la carne fresca. Por cualquier criterio que se siguiera, la comodidad del Stella era extraordinaria. Es un yate a motor de matrícula noruega que desplaza seis mil toneladas y que, cuando está completo, transporta unos doscientos pasajeros. Como cabía esperar dado su origen, exhibía una limpieza nórdica y casi glacial. Jamás he visto nada, aparte de un hospital, tan restregado y pulimentado. Contaba con un médico y una enfermera ingleses; por lo demás, los oficiales y la tripulación, el peluquero, el fotógrafo y el personal con cometidos diversos eran todos noruegos. Los camareros pertenecían a esa raza cosmopolita y políglota, noruegos, suizos, británicos, italianos, que proporciona los sirvientes del mundo. Mantenían un nivel de cortesía y eficiencia a lo Jeeves que era especialmente grato para los pasajeros ingleses, muchos de los cuales habían ido al extranjero a causa del problema que planteaban los sirvientes en sus hogares. También los pasajeros eran de distintas nacionalidades, pero predominaban los británicos y el inglés era el idioma oficial de la nave. Los oficiales parecían hablar todas las lenguas con la misma facilidad. Varios de ellos habían iniciado sus carreras marítimas en grandes veleros, y después de cenar, cuando estaban sentados entre un baile y otro, mientras el barco navegaba suavemente a quince nudos por la cálida oscuridad, contaban espeluznantes relatos de sus días juveniles, de tifones, calmas chichas y privaciones. Creo que cuando sus vidas protegidas les resultaban un poco aburridas hallaban consuelo en esos recuerdos.
Mi camarote era grande y estaba amueblado como un dormitorio. Juliet y Geoffrey se alojaban en la cubierta, por encima de mí, y, gracias a la hermana de Juliet, ocupaban una suite muy lujosa, con un cuarto de estar forrado de madera satinada de las Indias y su propio baño. Había cuatro suite similares en el barco, aparte de una docena, más o menos, de camarotes con baño privado. La sala de fumadores, el salón y los gabinetes de escritura eran muy parecidos a los que se encuentran en cualquier barco moderno. Las cubiertas eran excepcionalmente anchas, y en una de ellas había un bar protegido del viento en tres de sus lados. El comedor tenía una ventaja sobre los de muchos barcos, la de que podía acomodar a todos los pasajeros de una sola vez, por lo que no era necesario organizar las comidas en dos servicios. En cuanto a las comidas, teniendo en cuenta las limitaciones de almacenamiento en frío, eran exquisitas, y su sucesión casi continua. Uno de los principios del servicio a bordo parece ser que los pasajeros necesitan alimentarse cada dos horas y media. Supongo que en tierra el hombre medio civilizado se limita a dos o, como mucho, tres comidas al día. En el Stella todo el mundo parecía comer constantemente. Apenas habían terminado el desayuno (cuyo menú incluía, además de los platos normalmente asociados a esa comida, otros de tanto cuerpo como gulash y filete de carne con cebolla) cuando aparecían las soperas de consomé. El almuerzo era a la una en punto y destacaba, sobre todo, por el bufé frío cargado con toda clase de fiambres escandinavos, salmón y anguila ahumados, carne de venado, empanada de hígado, caza, carne y pescado fríos, salchichas, diversas clases de ensalada, huevos con un surtido de salsas y espárragos fríos en una profusión casi desconcertante. A las cuatro se tomaba el té, a las siete una cena prolongada y a las diez se servían bocadillos, no como los de las estaciones de ferrocarril inglesas, sino panecillos redondos cubiertos de caviar y foie gras con huevo y anchoa. Por supuesto, las bebidas alcohólicas y el tabaco se vendían libres de impuestos, por lo que eran baratos. Había algunos licores escandinavos interesantes que se tomaban como aperitivo, lo cual me producía unas náuseas considerables.
Además de estas comodidades puramente físicas, era muy satisfactorio no tener que quejarte airadamente de nada. Para el auténtico esnob viajero, los choques repetidos con la autoridad en aduanas y comisarías constituyen la mitad de la diversión de viajar. Pasarte horas en una barraca con corrientes de aire mientras un campesino balcánico, vestido como un oficial de estado mayor alemán, sostiene al revés tu pasaporte y te catequiza en un francés intolerable sobre los nombres cristianos de tus abuelos, perder el equipaje y el tren, ser chantajeado por fascistas adolescentes y manoseado bajo los brazos por inspectores sanitarios en busca de signos de infección epidémica son experiencias gratas y dignas de ser registradas. Sin embargo, el viajero más sencillo se sentirá más cómodo entregando su pasaporte al sobrecargo la primera noche del crucero, confiando en que podrá desembarcar y pasear por la ciudad que sea sin que le importunen ni retrasen. Por otra parte, nadie, por muy tenaz que sea, puede gozar de la incesante actividad de hacer y deshacer el equipaje que comporta viajar por tu cuenta, o la molestia de llevar contigo, de un hotel a otro, de un barco de vapor a un wagon-lit, una cantidad cada vez mayor de ropa sucia. Cuando, como verá usted si persevera en la lectura de esta obra, regresé al Stella al cabo de mes y medio viajando por mi cuenta, una de mis principales satisfacciones fue llenar la bolsa de ropa para lavar, colgar mis trajes en perchas apropiadas, disponer mis cepillos y frascos sobre el tocador y meter el baúl bajo la cama, con la certeza de que no volvería a necesitarlo hasta que llegara a Inglaterra.
En general, los pasajeros se dividían en dos categorías. Estaban los que sencillamente viajaban durante sus vacaciones y luego los que querían ver mundo y cultivarse. Los primeros formaban la gran mayoría, y el crucero de placer es especialmente apropiado para ellos. Había esas personas mayores, solas o en pareja, que siempre evitan los inviernos ingleses. Veinte años atrás habrían ido a Egipto, a Marruecos o a la Europa meridional y habrían pasado dos meses en un hotel. El sistema de los cruceros de placer les proporciona una comodidad mucho mayor y un cambio de paisaje más frecuente, más o menos por el mismo precio. Junto a ellos había una o dos personas delicadas, como Juliet, convalecientes tras una enfermedad o una intervención quirúrgica. Había también una pareja de recién casados con una tendencia considerable a la exteriorización de sus sentimientos. No se me ocurre un medio más extraordinario en el que pasar la luna de miel, pero aquellos dos parecían del todo a sus anchas, por mucho que nos azorasen a los demás.
Las personas que querían visitar lugares de interés eran harina de otro costal. Tenían a su servicio un conferenciante que, después del té, en el comedor, les daba unas charlas informativas. En su mayoría eran muchachas pertenecientes a familias de clase alta; entre un puerto y otro leían guías, jugaban en la cubierta, bailaban y se enamoraban de los oficiales. Muchas de ellas llevaban diarios. Un barco de placer no es la mejor manera de practicar esa clase de viaje centrada en la visita a lugares interesantes, pero tampoco es mala, ni mucho menos. Depende totalmente de lo que uno quiera ver. No hay duda de que en un museo o una galería de arte, el medio de transporte que te ha llevado ahí es lo de menos; en la medida en que te pueda afectar, la única cualidad que le pides es que no sea demasiado fatigoso. Esto mismo es aplicable en un grado casi idéntico a centros turísticos tan evidentes como Pompeya, pero cuando el objeto de la visita es ver lugares de belleza natural, tales como las islas griegas o la costa dálmata, hay mucho que decir en favor de un medio de viaje menos lujoso. Una de las principales objeciones es que el tiempo de que dispones en cada lugar es estrictamente limitado; es muy bonito pasar un solo día en Gibraltar, pero dos días en Venecia son inapreciables si pretendes tener una impresión adecuada. No puedes acortar o prolongar tu estancia de acuerdo con tus preferencias. No obstante, puedes efectuar un reconocimiento conveniente con vistas a futuros viajes y decidir qué lugares deseas visitar de nuevo con tiempo suficiente.
Otra objeción es que tu llegada coincide inevitablemente con una gran afluencia de otros visitantes, lo cual ocasiona una erupción antinatural de rapacidad entre los habitantes de las poblaciones más pequeñas. Uno se inclina a aceptar la impresión de que toda la costa mediterránea está poblada exclusivamente por mendigos y vendedores de recuerdos. Además, cada lugar que visitas está relativamente lleno de gente. Esto es muy poco aplicable a un buque pequeño como el Stella, pero en el caso de los grandes barcos que efectúan cruceros el efecto es desastroso para cualquier apreciación auténtica del país. Ciudades como Venecia y Constantinopla engullen esta afluencia sin sufrir una indigestión excesiva, pero el espectáculo, que contemplé cierta vez durante una visita anterior, de quinientos turistas que llegan por carretera para observar la soledad de un pueblo en las montañas griegas resulta penoso y ridículo.
Incluso cuando viajas en un barco pequeño y este atraca en una gran ciudad, en tierra ves mucho a tus compañeros de viaje. Te encuentras con ellos en tiendas, iglesias y clubes nocturnos; se ruborizan, profundamente turbados, cuando los descubres en lugares menos honorables y, a la mañana siguiente, te guiñan maliciosamente el ojo; toman dinero prestado en los casinos, explicando que los han «limpiado» y están seguros de que la próxima vez saldrá su número. Te consultan acerca de las propinas y te paran en la calle para mostrarte sus compras, y según tu temperamento eso puede ser divertido o fastidioso. No tardé en descubrir que mis compañeros de viaje y su comportamiento en los distintos lugares que visitábamos eran objetos de estudio mucho más absorbentes que los mismos lugares.
Un tipo de pasajero especialmente interesante, que abunda en los cruceros, es la viuda de edad mediana con una situación económica desahogada. Ha dejado a sus hijos a buen recaudo en pensionados dignos de toda confianza, sus criados son fastidiosos, y se encuentra en poder de más dinero del que estaba acostumbrada a manejar. Le atraen los anuncios de las navieras. ¡Y de qué manera tan artística están redactados! Uno de los descubrimientos compensadores que uno hace cuando, por cualquier motivo, se encuentra en el estado del célibe, es que toda persona a la que conoce, y muchos de los incidentes y acontecimientos de la vida cotidiana, están inmersos en una atmósfera romántica. (Estoy seguro de que gran parte de la radiante felicidad que se manifiesta en las comunidades religiosas se debe a su origen. ¡Cuántas tonterías se dicen acerca de la represión sexual! En muchos casos un celibato impuesto y sin racionalizar provoca, en efecto, esas condiciones mórbidas que aportan el material para los pasajes más divertidos de los periódicos dominicales.
Pero en personas psicológicamente más sanas, un motivo sexual sublimado puede explicar una amplia proporción de las actividades humanas beneficiosas. La cópula no es la única expresión laudable del impulso procreador, y desde luego no lo es la cópula cuya motivación procreadora ha sido penosamente frustrada. Desde antiguo las virtudes cristianas de la caridad y la castidad han estado aliadas de una manera indisoluble… Pero no es de esto de lo que tratábamos). Así pues, esas viudas, célibes e impresionables, leen los anuncios de las navieras y las agencias de viajes y encuentran ahí precisamente ese ensamblaje de frases, semipoéticas, apenas perceptiblemente afrodisíacas, que pueden producir a voluntad en los ingenuos un estado de tenue irrealidad y encanto. «Misterio, Historia, Ocio, Placer», comienza uno de ellos. No hay ningún reclamo sexual directo. Esa secuencia rosada de asociación, luna en el desierto, pirámides, palmeras, esfinge, camellos, oasis, almuecín que en lo alto del minarete canta la oración vespertina, Alá, Hichens, la señora Sheridan, todo ello señala delicadamente el camino hacia el jeque, la violación y el harén, pero la mente por fortuna dilatoria no lo sigue hasta esta ominosa conclusión, sino que ve la dirección y admira el panorama desde lejos. La idea del rapto es absolutamente repugnante (¿qué dirían en el club de bridge y la asociación de bordadoras cuando ella regresara?), pero la inclinación de otras ideas hacia eso les proporciona una atracción agradable y del todo legítima.
No creo que a esos viajeros más felices les decepcione jamás nada de lo que ven. Regresan al barco después de cada expedición con los ojos brillantes; se han iniciado en extraños misterios, y su vocabulario se ha enriquecido con las palabras del director publicitario de la agencia de viajes; van cargados con sus compras. Es extraordinario ver lo que son capaces de comprar. En cada puerto los buhoneros venden una baratija peculiar, carey en Nápoles; chales en Venecia; bisutería infame en Tánger; tortugas, esponjas y animales tallados en madera de olivo en Corfú; abalorios, confites gelatinosos rociados con azúcar y postales indecorosas en Port Said. En Constantinopla hay un misterioso comercio de calderilla inglesa; en Mallorca venden cestería y sombreros de paja confeccionados por chiquillos; en Argel prismáticos y alfombras; en Atenas estatuillas de mármol. Es difícil librarse de comprar algo, y las viudas compran cualquier cosa que les ofrecen. Supongo que el hábito del gobierno de la casa tiene rienda libre tras veinte años de comprar bombillas, albaricoques en conserva y ropa interior de invierno para los niños. Se vuelven expertas en el regateo y se las ve en el salón, después del café de la tarde, mintiéndose unas a otras de una manera prodigiosa, como los pescadores de las revistas cómicas, comparando precios y pasando sus adquisiciones de mano en mano en medio de los murmullos de admiración y las anécdotas competitivas. No sé qué sucederá con toda esa basura. Cuando llega a Inglaterra, y finalmente la desenvuelven a la luz grisácea de una mañana provinciana, ¿ha perdido parte de su encanto? ¿Se parece a las demás chucherías expuestas en el bazar de géneros de fantasía que se encuentra calle abajo? ¿Se distribuye entre los parientes y amigos para demostrar que no los han olvidado durante el viaje? ¿O se atesora, hasta la última pieza, se cuelga de las paredes y se exhibe sobre las mesas, un azote para la sirvienta pero un constante recordatorio de aquellas noches mágicas bajo un cielo más ancho, de música bailable y apuestos oficiales, de campanas de iglesia que llegan al barco desde la costa, de la inescrutable media luz de los bazares, de Alá, Hichens y la señora Sheridan?
Había una serie de excursiones en tierra organizadas a bordo del Stella por un paciente y encantador capitán de barco noruego en una pequeña oficina que daba a la cubierta de paseo, y uno de los asuntos más discutidos entre los pasajeros era si esas excursiones merecían la pena. Me apunté a una o dos de ellas, y creo que, para aquellos cuyo principal objetivo es ahorrarse la mayor cantidad de molestias posible, son excelentes. Si uno tiene poca experiencia viajera y ningún conocimiento del idioma del país, es inevitable que sea objeto de numerosos engaños. Todos los rufianes de cada nación parecen concentrarse en el tráfico turístico. Las expediciones organizadas eran tranquilas y puntuales. Siempre había suficientes vehículos, nunca faltaba la comida y todo el mundo veía cuanto le habían prometido. Más adelante describiré con más detalle alguno de esos viajes. En Nápoles, donde me aventuré solo con muy escaso conocimiento del italiano, sentí grandes deseos de haberme unido a uno de esos grupos.
Entramos en la bahía el domingo, a primera hora de la mañana, y atracamos en el muelle. En el puerto había un barco turístico de propiedad alemana, al que veríamos varias veces durante la próxima semana, pues prácticamente seguía el mismo rumbo que nosotros. Era bastante parecido al Stella, pero los oficiales hablaban con desprecio de su navegabilidad. Decían que había zozobrado el mismo día de su botadura y que ahora estaba lastrado con cemento armado. En la cubierta había un pequeño aeroplano negro y los pasajeros pagaban unas cinco guineas por cabeza para sobrevolar el puerto. Por la noche su nombre aparecía en la cubierta de botes en letras iluminadas. Tenía dos orquestas que tocaban casi sin interrupción. Los pasajeros eran todos alemanes de edad mediana, de una fealdad increíble, pero vestidos con valor e iniciativa. Uno de ellos llevaba chaqué, pantalones blancos y boina. Todos los pasajeros del Stella sentían un gran desdén por aquel barco vulgar.
Cuando terminamos de desayunar, las formalidades burocráticas de los pasaportes y la cuarentena estaban listas y podíamos ir a tierra cuando lo deseáramos. Varias damas inglesas desembarcaron juntas, con libros de oraciones en las manos, en busca de la iglesia protestante. Más tarde se quejaron del cochero, que las engañó de la manera más indignante al seguir un camino indirecto y cobrarles ochenta y cinco liras. También les propuso que en vez de ir a maitines visitaran unos bailes pompeyanos. También a mí me vinieron con una proposición similar. En cuanto desembarqué, un hombrecillo con sombrero de paja se me acercó corriendo y me saludó con una cordialidad evidente. Tenía la cara morena, de expresión muy alegre, y su sonrisa era encantadora.
—¡Hola, sí, usted, señor! —exclamó—. ¿Quiere una guapa mujer?
Le dije que no, que era demasiado temprano para eso.
—Ah, pues entonces quiere ver danzas pompeyanas. Casa de cristal. Todas chicas desnudas. Muy artístico, muy elegante, muy francés.
También me negué, y él siguió proponiéndome otras diversiones en absoluto adecuadas para una mañana de domingo. Así fuimos caminando a lo largo del muelle, hasta la hilera de coches en la entrada del puerto. Allí subí a un pequeño carruaje. El alcahuete trató de subir, pero fue bruscamente rechazado por el cochero. Le dije a este que me llevara a la catedral, pero él me llevó a una casa de perversa naturaleza.
—Ahí dentro —me dijo el cochero—. Danzas pompeyanas.
—No —repliqué—. Quiero ir a la catedral.
El cochero se encogió de hombros. Cuando llegamos a la catedral la tarifa era de ocho liras, pero el suplemento ascendía a treinta y cinco. Yo carecía de adiestramiento como viajero y, tras un altercado durante el que intenté absurdamente razonar mi postura, le pagué y entré en la catedral. Estaba llena de fieles. Uno de ellos interrumpió sus oraciones y se me acercó.
—Después de la misa. ¿Quiere ir a ver danzas pompeyanas?
Sacudí la cabeza con la frialdad de un protestante.
—¿Chicas bonitas?
Miré hacia otro lado. Él se encogió de hombros, se santiguó y asumió de nuevo su actitud devota…
Aquella noche, cuando cenábamos en la mesa del capitán, la señora que se sentaba a mi lado me dijo:
—Ah, señor Waugh, el conserje del museo me ha hablado de unas antiguas danzas pompeyanas muy interesantes que, según parece, todavía se bailan. No entendí del todo lo que me decía, pero me dio la impresión de que valía la pena. Tal vez usted querría…
—No sabe cuánto lo siento —repliqué—, pero le he prometido al doctor que jugaríamos al bridge.
Lo cierto es que no disfruté mucho de aquellos dos días en Nápoles. Estaba continuamente molesto e impulsado, por un impaciente sentido de la obligación, a visitar muchas más cosas de las que podía ver de una manera inteligente. El resultado fue que malgasté dinero y no vi prácticamente nada. Habría sido mucho mejor que me uniera a una de las excursiones organizadas, pero mi actitud ante este sistema era esnob y, además, creía que si iba por mi cuenta me saldría más barato. Unas pocas horas en tierra me convencieron de la inutilidad de esta postura. La admirable frase del Baedeker, «siempre excesivo y a menudo abusivo», tal vez sea aplicable más adecuadamente a los napolitanos que a cualquier otra raza. Cuando regresé, al cabo de mes y medio, me había acostumbrado a la depredación y la descortesía, y pude visitar los lugares que deseaba con un estado de ánimo bastante sereno. Durante aquellos primeros días húmedos en Nápoles estuve muy cerca de esa obsesión debida al pánico y la manía persecutoria que amenaza a todos los viajeros inexpertos. Rechacé los servicios de los guías oficiales con una brusquedad excesiva, solo para caer víctima de pregoneros analfabetos que iban a mi lado exhalando vaharadas de ajo y me explicaban la arquitectura en un torrente de inglés ininteligible o intentaban venderme bandejas repletas de recuerdos. Después de la primera mañana vi que empezaba a tener esa expresión obsesiva que había visto con frecuencia en los ojos de los turistas. Vi muy poco. Fui al museo y me divirtió algo el espectáculo de mis compañeros de viaje que, furtivamente, pedían localidades para la Gabinetta Pornographica. Me detuve cierto tiempo ante el que debe de ser uno de los más hermosos portales del mundo, el arco triunfal de Alfonso de Aragón en el Castel Nuovo, y ninguno de los dos vendedores de postales que charlaban a mi lado pudieron disipar el placer y la exaltación que sentía. Dediqué algún tiempo a caminar por las calles de la ciudad vieja, donde el Baedeker recomienda las «diversas escenas de la vida popular». Chiquillos de piernas largas y morenas jugaban a las bochas con naranjas sobre la lava húmeda. Las niñas, por orden de los curas, llevaban unas medias gruesas y sucias. Sábanas y prendas de vestir colgaban de las ventanas en cuanto dejaba de llover. Los callejones desiguales se convertían en escaleras entre altas casas de pisos. Los olores eran variados e intensos, pero no del todo desagradables. Había hornacinas de santos en la mayor parte de las esquinas, adornadas con ramos de flores artificiales. En oscuros talleres se practicaban oficios rudimentarios. Las mujeres chismorreaban y reprendían en las puertas, ventanas e innumerables balcones. No me avergüenza haber disfrutado de ese paseo. El aborrecimiento del «tipismo» y los «aspectos pintorescos» que experimenta todo inglés bien constituido es, después de todo, un prejuicio muy insular. Se ha desarrollado de una manera natural como defensa propia contra las artes y oficios, la preservación de la Inglaterra rural, la conservación de los monumentos antiguos, el transplante de las casas de campo de la época Tudor, la colección de objetos de peltre y roble antiguo, la taberna reformada, la Ye Olde Inne, el Kynde Dragone, el queso de Cheshire, Broadway, Stratford-on-Avon, las danzas folclóricas, las representaciones teatrales navideñas, la indumentaria reformada, el amor libre en una casa de campo, las alegres canciones, el Lyric, Hammersmith, Belloc, Ditchling, la veneración de Wessex, los letreros de los pueblos, las costumbres locales, la heráldica, los madrigales, la cerveza especiada, la cocina regional, los tés de Devonshire, las cartas a The Times pidiendo que se salven de la destrucción los hospicios enmaderados, la preservación de la lengua galesa, etc. Es inevitable que el gusto inglés, enfrentado a todas estas espantosas amenazas a su integridad, haya adoptado una actitud inflexible hacia todo cuanto esté, aunque solo mínimamente, contaminado de antigüedad.
Pero en un país latino ese peligro no existe en un grado considerable. En Inglaterra, la boga de las casas de campo y lo que las acompaña solo empezó en cuanto dejaron de representar una parte importante de la vida inglesa. En Nápoles no existe esa boga porque las calles aún están en perfecta armonía con sus habitantes. Con su indefectible discernimiento, el Baedeker señala de una manera firme y discreta lo esencial, «las diversas escenas de la vida popular».
Me pasé el resto del día visitando iglesias, la mayor parte de las cuales estaban cerradas. Esto último me sorprendió, pues había llegado a aceptar la afirmación, que con tanta frecuencia hacen los católicos romanos en Inglaterra, de que sus iglesias siempre están abiertas a los devotos, en contraste con la iglesia parroquial protestante. Yo tenía una lista, extraída del Baedeker y El arte barroco meridional del señor Sitwell, de las iglesias que deseaba ver. Uno de los rasgos exasperantes de los cocheros napolitanos era el de asentir alegremente cuando se les daba instrucciones y recorrer una ruta complicada, y sin duda indirecta, hasta llegar ante la fachada del edificio cuyos frescos yo deseaba ver, y entonces, volviendo la cabeza desde el pescante, sonreír afablemente, hacer el movimiento de cerrar una puerta y decir: Chiusa, signore. La única iglesia en la que pude entrar aquella tarde fue la de San Severo, y compensó con creces el trabajo que me costó encontrarla. El cochero desconocía ese nombre, pero tras numerosas pesquisas dimos con una pequeña puerta en una calle apartada. Bajó del carruaje, fue en busca del guardián y regresó al poco con una encantadora chiquilla descalza que llevaba un manojo de grandes llaves. Pasamos del barrio bajo a un ámbito donde resplandecía un barroco extravagante. Mientras recorría la iglesia con pasos ligeros, la chiquilla enumeraba las capillas y tumbas con una voz de peculiar resonancia. En ese templo la escultura es asombrosa, sobre todo La Pudicizia de Antonio Corradini, una gruesa figura femenina cubierta de la cabeza a los pies con un velo de muselina transparente. No creo que la genialidad imitadora pudiera ir más lejos. Cada línea del rostro y el cuerpo es claramente visible bajo esa tela de mármol pegada al mismo. Solo las manos y los pies están desnudos, y el cambio de textura entre el mármol que representa la carne desnuda y el que representa la carne cubierta de muselina se ha realizado con una sutileza que desafía el análisis.
Mientras yo me desplazaba por el templo, el cochero aprovechó la oportunidad para rezar un poco. Esta acción parecía algo fuera de lugar en aquella iglesia, tan fría, mal cuidada y atestada de figuras de mármol a las que solo les faltaba un hálito de vida.
Tras hacer un recorrido bastante completo, la chiquilla encendió una vela y me señaló una puerta lateral. Por primera vez su rostro mostraba un auténtico entusiasmo. Bajamos unos escalones y doblamos una esquina. La oscuridad era total, salvo por la vela, y se notaba un intenso olor a putrefacción. Entonces la niña se hizo a un lado y alzó la vela para que viera el objeto de nuestra visita. En sendos ataúdes rococó, apoyados verticalmente contra la pared, había dos figuras con los brazos cruzados sobre el pecho, totalmente desnudas y de color marrón oscuro. Tenían varios dientes y algo de pelo. Al principio pensé que eran estatuas de un virtuosismo desacostumbrado, pero entonces me di cuenta de que se trataba de cadáveres exhumados y parcialmente momificados gracias a la sequedad del aire, como los cadáveres de Saint Michan en Dublín. Eran un hombre y una mujer. El cuerpo del hombre estaba abierto y a través de la abertura se veía una maraña de pulmones y órganos digestivos secos. La chiquilla acercó la cara al hueco y aspiró profunda y ávidamente. Luego me invitó a hacer lo mismo.
—Huele bien —me dijo—. Muy bien.
Subimos a la iglesia, y le pregunté por el origen de los cadáveres.
—Son cosa de los curas —respondió.
Al día siguiente perdí mucho tiempo en el aeródromo, tratando sin éxito de convencer a un italiano muy afable, para el que tenía una carta de presentación, de que me llevara gratis en su avión a Constantinopla. Después de comer fui a Pozzuoli para ver una erupción volcánica muy aburrida. El guía que me llevó allí pretendió que podía hacer que el gas llameara con un trozo de estopa encendida. Medía casi dos metros de altura y llevaba un abrigo con cuello de astracán. Parecía tan abatido por el fracaso evidente de su demostración que me sentí impulsado a animarle con unas palabras de admiración. Pero hacer eso con los italianos es una equivocación. Concede siempre poca importancia a sus cosas y te respetarán. La más ligera cortesía hace que seas despreciable para ellos. Desde el momento en que mi guía creyó que me había embaucado con su patético experimento científico, se volvió dominante y quejumbroso. (Recuerdo un incidente casi idéntico en el laboratorio de química de mi escuela).
Durante el camino de regreso visité el acuario. Desconozco su valor entre los ictiólogos, pero como «entretenimiento artístico» me pareció muy inferior al de Londres. Todos sus habitantes parecían pertenecer a la misma especie. Tomé el té en casa Bertolini, todavía solo y muy deprimido. La bruma difuminaba la bahía de Nápoles y el Vesubio.
Zarpamos aquella noche, después de cenar. Me encontré con el pobre Geoffrey, quien leía sin consolarse L’Illustration en el salón de fumadores. La neuralgia de Juliet había mejorado, pero seguía teniendo fiebre alta y no había cenado nada. Al parecer, él se había pasado la mayor parte del día enviando telegramas a sus cuñadas.
Llegamos a Mesina a primera hora de la mañana siguiente y la mayoría de los pasajeros partieron en autobuses a Taormina, para regresar al barco, que entretanto había navegado hasta Catania, a última hora de la tarde. Geoffrey y yo desembarcamos, paseamos por la ciudad en un pequeño coche de caballos y visitamos los humildes edificios que lentamente se están alzando en la zona desolada tras el terremoto de 1908. Es sorprendente lo poco que se ha hecho y de una manera tan cicatera. El lugar es ideal para una ciudad, con su bahía alargada y abierta y un fondo de colinas y viñedos. Las calles nuevas, comerciales y residenciales, carecen por completo de belleza y dignidad. Las iglesias hacen algún débil intento de atraer, sobre todo San Juliano, cuyo baptisterio de hormigón en estilo gótico es elegante y alto, y está bien concebido. En la plaza, frente a la catedral, contra el fondo de hierro ondulado y desechos de los constructores, se alza, aparentemente ilesa, una deliciosa fuente renacentista, obra de Montorsoli. Su finura y la riqueza de su ornamentación son más conmovedoras todavía por la ruinosa sordidez de su entorno. Este contraste se observa todavía más en la catedral. Entramos por un patio con materiales de construcción, en el que se amontonaban fragmentos de esculturas. El interior estaba lleno de andamios y los trabajadores iban de un lado a otro por todas partes, empujando carretillas y cargando con sacos de cemento y vigas de acero. El enorme altar y retablo barrocos, cubiertos en algunos lugares con arpillera y, en otros, por el polvo y los fragmentos de piedra, brillaba entre los andamios, mientras los trabajadores iban montando gradualmente exquisitos relicarios de mármol taraceado contra las desnudas paredes de hormigón. Nos paseamos durante un rato por el interior de la catedral, sumido en una semipenumbra, sin que nos molestaran guías ni guardianes, y solo un poco asustados por las ocasionales cataratas de herramientas y materiales de construcción que caían desde el techo a nuestro alrededor. Regresamos al barco y almorzamos casi nosotros solos con los oficiales, mientras navegábamos hacia Catania con el mar en calma. Ahora hacía muy buen tiempo. Nos sentamos en la cubierta de botes y contemplamos la orilla a través de los prismáticos. Taormina era claramente visible, así como el flujo de lava de una reciente erupción volcánica. El pequeño tren que enlazaba con Catania parecía emitir mucho más humo que el Etna.
Vista desde el mar, Catania parecía sucia y poco atractiva. Una motora repleta de funcionarios del puerto, inspectores de cuarentena y de pasaportes, etcétera, vino a nuestro encuentro. La mayoría de ellos vestían uniformes muy elegantes, con capas, espadas y sombreros de tres picos. Les bajaron la escala, pero había cierto oleaje en el puerto y les resultaba difícil subir a bordo. Cuando la motora se alzaba hacia la escala, los funcionarios extendían los brazos hacia la barandilla y el fornido marinero noruego que estaba allí para ayudarles. Algunos lograban aferrarse, pero cada vez les faltaba valor, precisamente cuando la embarcación estaba más alta; en vez de alzarse con firmeza desde la motora, daban un saltito y se soltaban. No era una hazaña muy ardua. Todos los pasajeros que regresaron de Taormina lo consiguieron sin ningún percance, incluso varias señoras muy mayores. Sin embargo, los sicilianos no tardaron en abandonar el intento y se contentaron con dar dos vueltas alrededor del barco, como para demostrar que no habían tenido realmente la intención de subir a bordo, tras lo cual regresaron a sus oficinas.
Geoffrey y yo fuimos a tierra y paseamos durante una o dos horas. La gente tenía aspecto de habitantes de ciudad, y desdichados por cierto, sobre todo los niños, que haraganeaban en tristes grupitos en las esquinas de las calles, como solo los hombres lo hacen en lugares más alegres. Examinamos algunas interesantes iglesias barrocas, una de ellas con la fachada cóncava, algo que me parece fuera de lo corriente, y vimos varios bellos y oscuros Caravaggios en el museo de San Nicolo. Sin embargo, no pudimos entrar en la iglesia para ver los frescos del techo, descritos por el señor Sitwell en Arte barroco meridional. Geoffrey insistió en investigar un teatro griego parcialmente excavado que no tenía un interés particular.
Esa noche nos dirigimos al este y navegamos durante dos días con buen tiempo antes de llegar a Haifa. Durante esos días se le declaró a Juliet una pulmonía, por lo que vi poco a Geoffrey. Los pasajeros se dedicaban a juegos en las cubiertas. El más fatigoso de ellos se llamaba «tenis de cubierta». Los jugadores, en parejas, se colocaban a uno y otro lado de una alta red y lanzaban un aro de cuerda atrás y adelante. Muchos de los pasajeros alcanzaban un grado sorprendente de agilidad en este cometido. Los menos afortunados se ponían en ridículo y se hacían impopulares al arrojar los aros por encima de la borda. Algunos jugaban con tal vigor y persistencia que se distendían los músculos de brazos y piernas, resbalaban en la cubierta y se magullaban las rodillas, sufrían rozaduras que les dejaban en carne viva algunas zonas de las manos, se golpeaban unos a otros en la cara, se torcían los músculos y sudaban profusamente.
Había un juego menos brusco que consistía en arrojar aros de cuerda por encima de un poste y otro, más apacible todavía, en el que se impulsaban tejos de madera a lo largo de la cubierta con unos palos especiales, como escobas sin el manojo de ramas. En otro juego, llamado «tablero del toro», los jugadores lanzaban discos de caucho a un tablero negro dividido en cuadrados numerados. La forma más suave y fácil de jugar consistía en arrojar aros de cuerda a un cubo. Este último era el preferido de los pasajeros mayores, a los que se veía practicarlo furtivamente cuando creían que no había nadie en las cubiertas.