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Tres
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Se formó un comité, del que me vi convertido en un miembro muy incompetente, para organizar esos deportes en un torneo. A cada uno de nosotros nos pusieron al frente de un juego, y era responsable de buscar a los competidores y presentarlos a sus parejas y adversarios en las pruebas clasificatorias. De esta manera todos los pasajeros se conocieron y pudieron comprobar sus anteriores especulaciones acerca de los orígenes e inclinaciones de sus compañeros de viaje. Era interesante observar que mientras los ingleses, en conjunto, se entregaban con entusiasmo a la actividad de organizar, puntuar y arbitrar, en el trato que daban a los mismos juegos solían mostrar claramente indiferencia y frivolidad. En cambio los representantes de otras nacionalidades, y en especial los escandinavos, se dedicaban con toda su energía a la causa de la victoria.
Al llegar a este punto, me resultaría muy grato, a la manera de Adiós a todo eso, llenar algunas páginas con descripciones de mi propia destreza atlética, pero lo cierto es que debo confesar que me derrotaban en la primera vuelta de cada uno de los juegos y que mis parejas me reprendieron severamente en dos ocasiones por mi torpeza superior a la ordinaria.
Llegamos a Haifa durante la noche, tras la segunda jornada deportiva. Era un pequeño puerto de aspecto más bien mediocre, levantado a finales del siglo XIX en la orilla meridional de la bahía de Acre, al pie del monte Carmelo. Nunca había oído hablar de ese lugar antes de visitarlo, a pesar de que es una ciudad de cierta importancia comercial. Recientemente su nombre ha salido en los periódicos, como escenario de disturbios antijudíos. La mañana de nuestra llegada parecía muy tranquilo, en el puerto no había ningún otro buque de gran tonelaje y una ligera lluvia mantenía en sus casas a la mayoría de los habitantes. Son una raza mixta y de temperamento apacible, formada por judíos, armenios, árabes, turcos y numerosos alemanes. Una gran fábrica de cemento en las afueras de la ciudad proporciona trabajo a la mayoría de ellos. Las casas son cuadradas y blancas, sin ninguna pretensión ornamental, y la mayor parte da la impresión de estar inacabada. Hacia el sur, el monte Carmelo se alzaba entre la niebla, un voluminoso promontorio que no llegaba a los seiscientos metros de altura, coronado por un monasterio.
Detrás de la ciudad eran visibles las montañas de Galilea, una cima tras otra desdibujándose en el cielo gris, en sucesivas gradaciones de oscuridad.
Aleccionado por mi experiencia en Nápoles, me había apuntado a la excursión organizada a Nazaret, Tiberíades y el monte Carmelo. Así pues, después del desayuno desembarqué de inmediato con el grupo del Stella. Los automóviles nos esperaban en el muelle. Me colocaron en el asiento delantero de un Buick, al lado del conductor, de cara cetrina e intelectual y vestido a la europea. La mayoría de los demás conductores se cubrían con el fez. El trujamán al frente de la expedición lucía un mostacho que le sobresalía de la cara, de manera que las puntas eran claramente visibles desde detrás, como los cuernos de un bisonte. Los pocos holgazanes que se acercaron a mirarnos llevaban los voluminosos pantalones turcos diseñados por los fieles para proporcionar espacio en caso del renacimiento repentino del Profeta. Más adelante pasamos junto a varias familias con indumentaria árabe y una caravana de camellos. Yo siempre los había asociado con la arena, el sol y las palmeras de dátiles, y parecían fuera de lugar en aquel paisaje, pues, con excepción de los cactus que de vez en cuando se veían al lado de la carretera, las colinas violáceas y brumosas, la llovizna, la plétora de judíos y las monótonas coníferas bien podrían pertenecer a algún rincón, poblado de urogallos, de las tierras altas de Escocia. Producía una curiosa confusión mental, debido a esta asociación del apuesto príncipe Charlie con «el encanto del Oriente inescrutable».
El conductor de nuestro vehículo era un hombre inquieto y de aspecto triste. Fumaba continuamente cigarrillos Lucky Strike, y cuando encendía uno nuevo apartaba ambas manos del volante. A menudo lo hacía en las curvas. Conducía muy rápido y pronto dejamos atrás a los demás coches. Cuando estábamos en un tris de tener un accidente, soltaba una risa salvaje. Hablaba un inglés casi perfecto, con acento americano. Dijo que nunca podía comer ni beber cuando salía con el coche, pero en cambio fumaba. El mes anterior había hecho el viaje de ida y vuelta a Bagdad, con un caballero a bordo, y luego había enfermado. Solo sonreía en las curvas o cuando, al cruzar un pueblo, algún chiquillo, cuya madre chillaba alarmada, pasaba corriendo por delante de nosotros. Entonces pisaba el acelerador y se inclinaba adelante con ansiedad. Cuando el niño nos esquivaba, el conductor emitía entre dientes un ligero silbido de decepción y reanudaba su triste pero cortés retahíla de anécdotas. Me dijo que no tenía creencias religiosas ni hogar ni nacionalidad, que era un huérfano criado en Nueva York por el Near East Relief Fund. No lo sabía con seguridad, pero suponía que sus padres habían sido asesinados por los turcos. Le gustaba Estados Unidos, donde había muchos ricos. Después de la guerra había intentado conseguir la nacionalidad norteamericana, pero se la habían denegado. Tenía cierto problema muy serio acerca de unos «papeles». No acabé de entender de qué se trataba. Le habían enviado como colono a Palestina, un lugar que no le gustaba porque allí había muy pocos ricos. Odiaba a los judíos porque eran los más pobres de todos, así que se había hecho mahometano. Tenía derecho a una docena de esposas, pero permanecía soltero. Las mujeres requerían tiempo y dinero. Quería hacerse rico y dedicar el tiempo a viajar de un lado para otro, hasta el fin de sus días. Tal vez, si llegaba a ser muy rico, le permitirían convertirse en ciudadano norteamericano. No se establecería en Estados Unidos, pero cuando viajara le gustaría decir que era americano, y entonces todo el mundo le respetaría. Había estado una vez en Londres y dijo que era una buena ciudad, llena de ricos. Y París también era un buen sitio, con abundancia de ricos. A la pregunta de si le gustaba su trabajo actual, respondió preguntando a su vez: ¿qué otra cosa se podía hacer en un lugar hediondo como Tierra Santa? Su ambición inmediata era conseguir empleo como camarero en un barco, no un barquito apestoso, sino uno lleno de ricos, como el Stella Polaris. Aquel hombre me gustaba.
Fuimos a Caná de Galilea, donde una chiquilla vendía tinajas de vino, las auténticas utilizadas en el milagro. Si eran demasiado grandes, tenía otras más pequeñas en el interior. Sí, las más pequeñas también eran auténticas. Entonces nos dirigimos a Tiberíades, un pueblecito de pescadores, con las casas cuadradas, a orillas del mar de Galilea. Allí estaban las ruinas de una especie de fuerte y un baño público de humeante agua mineral, con una cúpula blanca. Entramos en el baño, en cuyo patio tenía lugar algo que parecía una merienda campestre. Los miembros de una familia árabe estaban sentados en el suelo y comían pan y pasas. El baño estaba casi a oscuras, y los bañistas, desnudos, yacían envueltos en el vapor, sin que les molestara nuestra intrusión. Almorzamos en Nazaret, en un hotel regido por alemanes, y comimos tortillas, empanadillas y carne de cerdo. Para beber tomamos un vino nada recomendable llamado Jaffa Gold. Durante el almuerzo dejó de llover y fuimos a visitar los Santos Lugares. De todos ellos, el Pozo de María, en la plaza central del pueblo, es el que tiene más probabilidades de ser auténtico. Es una fuente comunal de antigüedad evidente y diseño tradicional. Quizás el pozo actual no date de los comienzos de la era cristiana, pero es muy posible que un pozo de diseño similar haya estado siempre en ese mismo lugar. Los habitantes del pueblo que acuden a sacar agua deben de tener un acusado parecido con los de hace dos mil años, con la única salvedad de que, en lugar de los cántaros de barro pintados por el señor Harold Copping, ahora llevan latas de petróleo sobre la cabeza. La iglesia de la Anunciación es de construcción moderna y humilde diseño, mas para acceder a ella hay que cruzar un bonito patio que contiene fragmentos de construcciones anteriores. Nos enseñaron el lugar de la Anunciación y el taller de José. Ambos lugares eran cuevas. Un alegre monje irlandés de barba rojiza nos abrió las puertas. Era tan escéptico como nosotros acerca de las inclinaciones troglodíticas de la Sagrada Familia. La actitud de mis compañeros de viaje, a quienes irritó la actitud de aquel juicioso eclesiástico, fue interesante. Habían esperado encontrarse con alguien muy supersticioso, crédulo y medieval, a quien pudieran ridiculizar discretamente. Pero resultó que todas las risas estuvieron del lado de la Iglesia. Éramos nosotros, que habíamos recorrido treinta y ocho kilómetros y depositado nuestro óbolo en el cepillo, quienes causábamos con nuestra superstición el amable regocijo del monje.
En el exterior de la iglesia tenía lugar un vigoroso comercio basado en unos pisapapeles de madera de olivo. Los chiquillos se arrojaban a nuestros pies y empezaban a limpiarnos los zapatos. Una monja vendía pequeños tapetes de encaje. Una anciana quería darnos la buenaventura. Nos abrimos paso bregando entre esos nazarenos y regresamos a los coches. Nuestro conductor estaba fumando a solas y comentó que los demás conductores eran unos necios ignorantes y que él no iba a desperdiciar el tiempo hablando con ellos. Miró con una expresión burlona los recuerdos que habíamos comprado.
—No tienen ningún interés —comentó—, ninguno en absoluto, pero si de veras deseaban comprarlos deberían habérmelo dicho. Yo podría habérselos conseguido por la décima parte de lo que han pagado.
Se abalanzó con una llave de tuercas y golpeó en los nudillos a un viejo que trataba de vendernos un mosqueador. Seguimos adelante. Las colinas estaban cubiertas de asfódelos, anémonas y ciclaminos. Pedimos al conductor que parase y bajé a fin de recoger unas flores y hacer un ramo para Juliet.
—Se marchitarán antes de que vuelvan al barco —dijo el conductor.
Regresamos a Haifa y, atravesando la ciudad, fuimos al monasterio en el monte Carmelo. Este tiene poco que mostrar con algún interés arquitectónico, pues se ha visto sometido a sucesivas demoliciones y expoliaciones desde su fundación. Durante las guerras napoleónicas, el gobernador británico de Acre se llevó todos sus tesoros y en 1915 los turcos lo usaron como hospital. Contiene algunos frescos horrorosos que representan la historia de la orden, realizados por uno de los hermanos actuales. Sin embargo, la cueva sobre la que el monasterio se levanta, conocida como Cueva de Elías, es un lugar de santidad peculiar al que reverencian por igual judíos, mahometanos y cristianos. Los carmelitas son una de las pocas órdenes latinas importantes en Oriente y efectúan ese curioso enlace entre cristianismo y paganismo, que es un rasgo tan característico de las iglesias orientales. Hay una semana determinada del año en la que los árabes llevan a sus hijos al Carmelo y los monjes los bendicen y llevan a cabo la ceremonia de afeitarles las cabezas. Durante esa semana toda la ladera del monte se convierte en un campamento. Los árabes traen presentes de aceite, incienso y velas, y los monjes no hacen el menor intento de convertirlos al cristianismo. Se van como han venido, con camellos, caballos y numerosas esposas, mahometanos de la cabeza a los pies. (Se podría escribir un libro interesante sobre este tema. Me han dicho que en el Sinaí hay una mezquita en el claustro del monasterio y el sacerdote mahometano toca a diario la campana que convoca a misa). Un monje inglés, con la dicción y el tono de voz de un archidiácono, nos mostró el monasterio. En el claustro había un puesto de postales a cargo de un monje que intentó sisarme con el cambio.
A la hora de la cena zarpamos de Haifa con rumbo a Port Said, y muy pronto nos encontramos con mal tiempo. Pusieron los rebordes en las mesas, unos listones de madera para impedir que resbale y caiga la vajilla durante el temporal, y los camareros fueron a los camarotes y depositaron en el suelo todos los objetos frágiles. Aquella noche no hubo baile. El pobre Geoffrey se había pasado el día con el médico de a bordo, a fin de conseguir los servicios de una enfermera. Esta resultó ser una joven rechoncha de nacionalidad indeterminada, que chapurreaba el inglés y se había adiestrado en un hospital. Se pasó la primera media hora frotando a Juliet y volviéndola a uno y otro lado de la cama. Luego le raspó la lengua con una lima para uñas. A continuación, sintiéndose muy mareada, se retiró a su camarote y el pobre Geoffrey, que se había pasado en vela toda la noche anterior, compartió otra noche de vela con la camarera (a quien la enfermera llamaba «hermana»). Enviaron a la enfermera por tren a su casa desde Port Said. Era la primera vez que navegaba y, a pesar de que se pasó la totalidad de su travesía postrada, se mostró encantada por la experiencia y solicitó al médico un puesto permanente a bordo. Cuando se hubo ido, Geoffrey encontró un curioso documento en el camarote. En la parte superior, por encima del membrete, había una línea escrita a lápiz con una caligrafía muy inestable. Decía: «Pulmonea (La Grippe) es una Enfermedad epidémica muy frecuente en primavera lo es».
Muchos pasajeros abandonaron el Stella en Haifa y prosiguieron el viaje a Egipto, por Damasco y Jerusalén. Al cabo de ocho días embarcarían de nuevo en Port Said. Los demás pasaron la noche a bordo y a la mañana siguiente partieron en tren hacia El Cairo y Luxor. Geoffrey, Juliet, yo y los otros dos pasajeros enfermos nos quedamos a bordo tras la primera jornada en Port Said. Todo el mundo valora esa semana de inactividad en medio del crucero. Los oficiales se visten de civil y van de compras a Simon Arzt, los marineros y camareros bajan a tierra en alegres grupos de seis y siete. Es la única oportunidad que tienen de hacer excursiones prolongadas y varios de ellos fueron a pasar el día a El Cairo. Los que están de servicio se dedican a renovados prodigios de limpieza, pulimentado y pintura. Repostamos combustible y agua. La orquesta tocó en uno de los cafés de la costa. El capitán ofreció comidas a los oficiales y amigos. El sol era brillante y cálido, sin quemar demasiado, y por primera vez pudimos sentarnos cómodamente en la cubierta sin bufandas ni gabanes y contemplar las idas y venidas de los grandes barcos por el canal.
La variedad del espectáculo era inagotable. A menudo se reunían en el puerto al mismo tiempo hasta cuatro o cinco transatlánticos de lujo, ingleses, franceses, alemanes, italianos, holandeses; cargueros de todos los tamaños y todas las partes del mundo; barcos de emigrantes, transportes de tropas, buques turísticos. El transbordador con rueda de paletas navegaba atrás y adelante, llevando grupos de obreros negros e increíblemente andrajosos a los patios de carbón en el lado este. Siempre había innumerables botes de remos que daban vueltas al barco, cuyos tripulantes, con la esperanza de conseguir algún dinero trasladando pasajeros al muelle, anunciaban a viva voz sus servicios; había culíes que subían y bajaban por las escalas cargados con sacos de carbón, cantando sin perder el compás y, al parecer, en absoluto apresurados por los golpes que les propinaban los capataces; estaban las dragas que funcionaban sin cesar, día y noche, produciendo un sonido como el de los leones marinos a la hora de la comida; había motoras rápidas llenas de funcionarios del puerto, siempre navegando velozmente entre los barcos y el puerto, casi haciendo zozobrar, con el oleaje que causaban, a los inestables botes de remos. Más allá de todo ese bullicio veíamos los edificios bajos de la ciudad, unos pocos árboles y, en lo alto de un promontorio, el edificio con arcadas y cúpulas de la compañía administradora del canal. Próxima a este, y con un diseño que lo emula modestamente, la Navy House, desde cuyos balcones las esposas de los oficiales británicos contemplan con nostalgia los barcos de la P. & O. (Pacific and Oriental) que se llevan a sus hermanas para que pasen una temporada en casa, mientras en las gradas que limitan con el agua, soldados en mangas de camisa sostienen cañas de pescar y, con una tenacidad indomable, aguardan el infrecuente acontecimiento de que algún pececillo incomestible pique su cebo.
El único elemento inquietante durante esa feliz semana fue Juliet, quien por entonces estuvo gravemente enferma. El médico dictaminó que no estaba en condiciones de viajar, así que la tendieron en una camilla y la llevaron a tierra, al hospital británico. Fui con el grupo, formado por el médico de a bordo, quien llevaba brandy caliente y una cucharilla, un oficial, Geoffrey, medio loco de inquietud, un gentío de egipcios, coptos, árabes, marineros indios y sudaneses, y un grupo de enfermeros, dos de los cuales apartaban a los espectadores mientras los demás introducían a Juliet, quien tenía un inquietante aspecto cadavérico, en una furgoneta. Esos últimos hombres eran griegos y rechazaron el pago por sus servicios. Ya era suficiente recompensa para ellos que les permitieran vestir uniforme. Deben de ser las únicas personas en todo Egipto que jamás han hecho algo a cambio de nada. Al cabo de unas semanas encontré a uno de ellos, desfilando con una tropa de niños exploradores, y él abandonó las filas y cruzó corriendo la calle para estrecharme la mano y preguntarme por Juliet en un francés mucho peor que el mío.
El viaje al hospital fue melancólico, y el de regreso con Geoffrey todavía lo fue más. El hospital británico se encuentra en el extremo del paseo marítimo. Pasamos ante un terreno desigual, cubierto de arena, donde unos jóvenes egipcios, vestidos con jerséis verdes y blancos, pantalón corto, calcetines a rayas y calzados con relucientes botas negras de fútbol, se entregaban con entusiasmo a un partido. Cada vez que daban un puntapié a la pelota gritaban: «Hip, hip, hurra», y algunos tocaban silbatos. Una o dos cabras vagaban entre ellos, y sus hocicos ponían al descubierto fragmentos de desperdicios enterrados a medias.
Hicimos un alto en la terraza del Hotel Casino para tomar una copa y se presentó un mago que nos hizo trucos con pollos vivos. Les llaman «guli guli», debido a los ruidos guturales que emiten. Son unos magos de la peor especie, pero unos cómicos excelentes. Se sientan en cuclillas en el suelo, producen unos curiosos sonidos cloqueantes con la garganta, sonríen alegremente y, sin engañar apenas al espectador, se dedican a meter y sacar pollos de sus amplias mangas. El truco final consiste en tomar una moneda de cinco piastras y hacerla desaparecer en la manga. Sin embargo, las dos o tres primeras veces es una buena diversión. En la ciudad había una pequeña árabe que había aprendido a imitarlos perfectamente, pero, con un excepcional instinto para eliminar lo que no era esencial, no se molestaba en absoluto por los pases mágicos y se limitaba a ir de mesa en mesa, en las terrazas de los cafés, diciendo «guli guli» mientras sacaba un pollo de una pequeña bolsa de tela y volvía a meterlo. Era tan divertida como los magos adultos y ganaba tanto dinero como ellos. Sin embargo, la tarde a que me refiero no era posible consolar a Geoffrey fácilmente y la representación de magia más bien parecía aumentar su tristeza. Regresamos al barco y le ayudé a hacer el equipaje y trasladarlo al hotel.
Al cabo de dos días decidí reunirme con él. Las noticias sobre el mar Negro eran desalentadoras: había fuertes tormentas, algunos puertos estaban todavía cerrados por el hielo y eran pocos los barcos que navegaban con regularidad. Todo el mundo me decía que tardaría por lo menos un mes y medio en conseguir el visado soviético. Esto, unido a un sentimiento de auténtica solidaridad hacia Geoffrey y Juliet, me hizo abandonar la idea de ir a Rusia y decidirme por la empresa menos ambiciosa de escribir el primer libro de viajes que trataría por extenso y seriamente de Port Said. Así pues, me instalé allí para pasar un mes, y este capítulo contiene un resumen de mis investigaciones.
La ciudad se levanta en una planicie arenosa limitada al norte por el mar Mediterráneo, al este por el canal de Suez, al sur por el lago Menzaleh, y va difuminándose al oeste en una serie de dunas imprecisas hasta el delta del Nilo. Se trata, pues, de una isla unida a tierra firme por una franja de arena entre el lago Menzaleh y el canal, lo bastante ancha para permitir el tendido de líneas férreas y una carretera. El lado mediterráneo está «ganando tierra» un año tras otro, con una rapidez sorprendente, y en este territorio formado recientemente en el norte es donde se ha levantado el barrio europeo. La principal vía pública en el centro de la ciudad, que une el barrio árabe con el puerto, todavía se llama Quai du Nord, un resto de la época en que constituía el extremo de la población. Los edificios principales, la Casa del Gobernador, el Hotel Casino, los hospitales británico y egipcio, las escuelas y las casas de los habitantes más ricos se construyeron antes de la guerra en la nueva fachada marítima, y ya existe una amplia y firme playa entre la carretera y el mar, una zona que está lista para avanzar en su desarrollo, lo cual crea cierta inquietud, sobre todo a los propietarios de los hoteles, quienes dependen del fácil acceso al mar, un importante paliativo de sus muchas otras deficiencias.
El hotel donde Geoffrey y yo nos alojábamos, un flamante edificio de hormigón, estaba en la fachada marítima y lo regían un funcionario inglés retirado y su esposa. Lo elegimos porque se encontraba cerca del hospital y era relativamente barato. Todos los miembros de la colonia británica de Port Said lo recomendaban, porque era el único lugar donde podías estar seguro de que no ibas a encontrarte con egipcios. Desde luego, las personas con las que nos encontramos eran muy británicas, pero estaban lejos de ser alegres. Son pocos los que se quedan en Port Said, si no es por algún motivo más bien sombrío. Había dos simpáticos pilotos del canal que se alojaban permanentemente en el Bodell, y un admirable y joven abogado recién salido de Cambridge que tenía la virtud de estimular nuestra alegría en grado sumo. Estaba de vacaciones lejos del Temple y dedicaba su tiempo a investigar la vida nocturna de Alejandría, Port Said y El Cairo. De la misma manera que ciertas personas encuentran instintivamente el lavabo en una casa desconocida, aquel joven, nada más llegar a la estación de ferrocarril de cualquier ciudad en cualquier continente, podía orientarse al instante hacia su barrio de mala fama. Pero aparte de él y los pilotos, los demás huéspedes del hotel Bodell eran personas en tránsito, que se habían visto obligadas a abandonar sus barcos debido a las enfermedades de sus esposas o hijos. Había un colono de Kenia con una hijita y una institutriz. Regresaba a casa por primera vez en catorce años y su esposa estaba muy enferma en el hospital. Había un capitán del cuerpo de carros de combate, el cual viajaba a la India por primera vez y cuya esposa, al sufrir un ataque de apendicitis, había sido llevada a toda prisa al quirófano. La esposa de un militar iba con sus hijos a casa para pasar la estación calurosa, y al más pequeño se le había declarado una meningitis. Yo temía las veladas en el hotel, cuando todos nos sentábamos en sillones de mimbre y comentábamos tristemente los progresos de los enfermos, mientras los apacibles sirvientes bereberes, vestidos de blanco y con fajas carmesíes, entraban y salían sin hacer ruido, con whiskis y bebidas carbónicas, y el señor Bodell trataba de animarnos poniendo en marcha un viejo gramófono y proponiendo un juego ininteligible que se jugaba con tiras de cartón perforadas.
En Port Said hay dos grandes hoteles, el Eastern Exchange y el Casino, cuyas notables diferencias son ejemplo del cambio que ha sufrido la ciudad en los últimos años. El Eastern Exchange es el más viejo y el menos estimado. Se alza en una esquina de una calle muy concurrida, entre las tiendas y los cafés, a los que deja empequeñecidos con la sucesión vertical de galerías de vidrio enmarcadas en acero. El bar es muy amplio y está lleno de sillones de cuero bastante deteriorados y columnas de acero. Es un lugar donde se bebe mucho y su atmósfera es claramente disoluta. Los camareros son sudaneses o bereberes vestidos con prendas nativas. Algunas dependientas de los almacenes Simon Arzt bailan ahí por la noche. No es corriente ver a alguien con traje de etiqueta o de noche. Los funcionarios egipcios celebran sus fiestas en ese hotel. Los agentes de comercio ingleses se alojan en él, así como alegres grupos de oficiales de los transatlánticos. La comida es, con gran diferencia, la mejor de la ciudad y las bebidas son caras, pero no están adulteradas. La mayor parte de los dormitorios están dispuestos en suite grandes y con un mobiliario insuficiente. Vi que siempre había mucho ajetreo, constantes idas y venidas, gente que reconocía a viejos conocidos, altercados con el personal de servicio y consultas de las pizarras donde estaban escritas a tiza las horas de salida de los barcos.
El Casino se encuentra en la esquina del paseo marítimo y el puerto, bastante lejos de las tiendas y los cafés, entre oficinas de compañías navieras, bloques de pisos y edificios gubernamentales, y mira hacia el rompeolas donde se alza la estatua de Lesseps. Es un edificio de hormigón, sólido y pomposo, y anuncia un jardín trasero minúsculo pero cuidado con esmero. Se nota que, si pudiera, le gustaría adoptar un aire de hotel de la Riviera francesa. Los camareros y demás empleados son europeos en su mayoría, sobre todo griegos, y visten raídos trajes de etiqueta. La comida es mala. En las noches de gala hay una mesa de boule, cuyas ganancias se destinan a organizaciones benéficas de la ciudad.
Cada sábado por la noche hay baile, para el que se envían invitaciones impresas, y los miembros de la sociedad europea de Port Said se presentan en gran número, mostrando una gran falta de naturalidad, con esmóquines y vestidos de tul. Se distribuyen globos, trompetas de cartón, muñecas y narices artificiales. Cada consulado tiene su propia mesa y mantiene cierta reserva diplomática. Después de ellos, en la escala de importancia social, están los tres médicos británicos, los dos abogados, el capellán, los oficiales de la House Navy y sus esposas, el jefe de policía británica, la compañía naviera y los gerentes de banco. Todo el que esté al servicio del Gobierno británico cuenta más que cualquiera al servicio del Gobierno egipcio. A las enfermeras del hospital las buscan afanosamente como parejas de baile. Pero las normas de la sociedad de Port Said, a pesar de su liberalidad, son rígidas. En el Casino uno ve a los jóvenes de la agencia Cook que venden billetes de tren, pero no a los jóvenes de Simon Arzt, que venden cascos tropicales. Los egipcios no están excluidos, pero muy pocos de ellos asisten. En ocasiones se presentan pasajeros de los transatlánticos y tienden a mostrarse alegres tras la aburrida navegación por el canal. Son bien recibidos, pero objeto de abundantes críticas. Mientras estuve allí, una joven pasajera de un buque de la P. & O. se puso a bailar sin medias. Me atrevería a decir que semejante atrevimiento todavía se comenta. Hubo también un joven que se puso un fez y el cónsul británico le reprendió oficialmente con una mirada. Casi todos los caballeros de Port Said beben un poco más de la cuenta en esas noches de sábado, y a las once y media se les ve sentados en el club con tazas de Bovril y salsa de Worcester, perorando desagradecidamente contra el whisky del Casino.
Este club es un elemento muy importante de Port Said.
Todos los residentes británicos masculinos de tolerable respetabilidad son miembros y tienen el hospitalario detalle de admitir a los forasteros mientras dura su visita. Todas las personas con las que nos encontrábamos, el señor Bodell, los médicos del hospital, el capellán, el gerente del banco donde cobrábamos las tarjetas de crédito, tuvieron la amabilidad de ofrecerse para presentarnos al club. Este ocupa la planta encima del Banco Angloegipcio y está formado por sala de billares, sala de escritura, sala de fumadores, galería y bar. Lo amueblan grandes sillones y está decorado con fotografías de la familia real, así como de generales y almirantes de la última guerra. El olor del desodorante predomina hasta la noche, cuando el humo del tabaco ocupa su lugar. El bridge, el billar y los dados (para jugarse las bebidas) son las principales ocupaciones; Punch, The Illustrated Sporting and Dramatic News y la edición semanal del Daily Mirror constituyen los principales intereses intelectuales. La conversación es vigorosa y enérgica, si bien de alcance limitado. Tuve la impresión de que la camaradería era abundante y auténtica, aunque indiscriminada. «En esta ciudad, todos los inconvenientes los causan las mujeres», me dijo uno de los miembros, y salvo ciertas leves intrigas en la época de la elección del comité, no vi nada más que armonía y concordia por todas partes.
Me pareció que la vida que llevaban aquellos hombres de negocios y funcionarios en el extranjero era muy agradable y envidiable si se comparaba con la de sus colegas en la Inglaterra moderna. Por supuesto, la tontería de la aventura romántica tropical brillaba por su ausencia; no había una jungla indómita ni contacto con la naturaleza virgen ni malaria ni delirium tremens ni lisonjas del plantador blanco a la nativa con ánimo de conquistarla, nadie mostraba la menor inclinación a «volverse nativo», nadie se consumía de nostalgia por las luces de Piccadilly o los paseos bordeados de tejos en el jardín de una casa señorial, no jugaban al bridge con cartas mugrientas ni leían y releían un periódico del año anterior, nadie «trataba de olvidar». Para eso tenías que ir a otras partes de África. Port Said es una ciudad muy respetable y casi de aspecto moderno. Desde luego, allí no se leían las novedades literarias, pero tampoco los libros añejos. Tenían discos de gramófono de comedias musicales que todavía se representan en Londres, el atraso de sus periódicos era de diez días, pero contaban con su propia Tatler, una gaceta ilustrada de la sociedad inglesa y norteamericana llamada The Sphinx. (Por cierto, en esa publicación observé una estratagema que recomiendo a la prensa ilustrada inglesa. Había una fotografía de cuatro personas de aspecto amable y sencillo que parpadeaban bajo el sol y estaban reproducidas dos veces en el mismo número con nombres distintos para cada una de ellas). Las jornadas se caracterizaban por el ocio, interrumpido por un almuerzo con la sobremesa muy prolongada, durante la cual los jóvenes jugaban al tenis mientras los mayores dormitaban. Todo el mundo se reunía en el club a las seis en punto, para leer los periódicos y charlar. Por la noche había ensayos de teatro de aficionados y las invitaciones a cenar eran numerosas. En una de las cenas, mi anfitriona, al salir del comedor, se detuvo en la puerta para decir: «Adiós, encantos, y guardadnos vuestras anécdotas traviesas».
Las mujeres parecían especialmente despreocupadas. Viven en unos pisos modernos de tamaño razonable, con una servidumbre de silenciosos nativos, cuya respuesta a todas las órdenes, por mal que las entiendan, es una deferente inclinación de cabeza y un «de acuerdo» dicho en voz baja. A nadie le preocupan las aspiraciones sociales, porque no hay ninguna dirección hacia la que aspirar. Todo el mundo se conoce y no existen unas disparidades notables entre los ingresos de unos y otros. Nadie se muestra especialmente interesado por poseer automóvil, ya que no hay ningún lugar adonde ir excepto el club francés en Ismailia.
Los hombres viven a cinco minutos a pie de su lugar de trabajo, y se libran del hacinamiento en los trenes y omnibuses que amargan la vida de la clase media londinense. Más aún, son casi sin excepción empleados de empresas importantes. Se limitan a actuar como agentes locales, con unas responsabilidades estrictamente limitadas y una autoridad bien definida, gozan de seguridad absoluta en lo que respecta a sus ingresos y aguardan ilusionados la promoción que llegará con regularidad y, a la larga, la jubilación y la pensión. Permanecen, pues, serenos y desconocedores de las inquietudes que acosan al director de una pequeña empresa: la lucha anual para presentar un balance plausible a la junta de accionistas; el preocupado examen del presupuesto nacional que, debido a ciertos nuevos incidentes tributarios, puede cerrar unos mercados cuidadosamente preparados y convertir un beneficio marginal en una pérdida completa. Viven en un estado socialista utópico, sin que les afecten los ardores y las asperezas de la empresa privada. Creo que muchos de ellos eran conscientes de la peculiar felicidad de su vida. Desde luego, los que habían ido a sus casas de permiso poco tiempo atrás mostraban a su regreso un ligero aire de insatisfacción. Decían que Inglaterra estaba cambiando, que los condenados bolcheviques estaban por todas partes. Uno de ellos me dijo: «Tienes que salir de Inglaterra para encontrar el mejor tipo de inglés».
No vi apenas nada de la colonia francesa, pero supongo que la vida que llevan allí es muy similar. Tienen su propio club, pero creo que la mayor parte de sus intereses se centran en Ismailia, una ciudad recién construida canal arriba. El cónsul francés era el único hombre al que veía ganar constantemente en el juego de boule. Había muchos griegos, pero todos de clase humilde, artesanos, peluqueras y dueños de tiendecillas. Tienen la iglesia más grande en una ciudad erizada de arquitectura eclesiástica. Con excepción de Simon Arzt y un admirable repostero francés, las tiendas carecen de interés y están principalmente en manos de coptos y egipcios. Simon Arzt es un magnífico emporio que vende casi todo lo que uno puede encontrar en Harrods a un precio considerablemente superior. Abre para todos los grandes barcos, sin que importe la hora de la noche en que atraquen.
Uno de los azotes de Port Said como, por lo demás, de todo Egipto es la venta callejera. No puedes sentarte un momento en cualquier café sin que te asedien los pilluelos árabes, muchos de ellos con los ojos humedecidos por el tracoma y repugnantes enfermedades de la piel, que tratan de limpiarte los zapatos. La simple negativa verbal no sirve de nada. Se acuclillan a tus pies, gritando: «¡Limpia, limpia!», y golpeando los dorsos de sus cepillos. El residente con experiencia les da un puntapié, lo más fuerte que puede, y ellos le sacan la lengua y se van a otra mesa; el visitante finge no verlos y ellos, tomando esta actitud como un encargo, proceden a ensuciarle los calcetines y los dobladillos de los pantalones con una pasta negra. Permitir al primero que llega que haga eso no es suficiente protección; no solo se forma una cola de chiquillos que esperan a que él haya terminado para empezar a importunar, sino que el mismo muchacho volverá al cabo de veinte minutos y tratará de limpiarte de nuevo los zapatos. La molestia desaparece gradualmente a medida que se expande tu reputación como buen propinador de patadas. Al cabo de quince días, a Geoffrey y a mí nos conocían como unos clientes seguros de sí mismos y violentos, y vivíamos sin molestias, pero cuando hubieron transcurrido tres semanas y Juliet estuvo lo bastante restablecida para salir con nosotros, los limpiabotas, con un laudable discernimiento, supusieron que no querríamos mostrar nuestro mal genio ante la dama blanca y renovaron su persecución hasta el final de nuestra visita. A Juliet le parecían unos angelitos.
Supongo que esta limpieza de botas es el adiestramiento inicial para la venta más ambiciosa que amenaza tu serenidad de ánimo en la calle. Esos pelmazos adultos suelen quedarse en casa cuando no hay ningún barco en el puerto, pero eso sucede raras veces. Venden periódicos europeos, bombones, cigarrillos, collares de cuentas, boquillas de ámbar y marfil, pitilleras de latón y bronce de cañón taraceado, bordado appliqué con diseños de jeroglíficos falsificados y postales de una obscenidad sin igual que exhiben de la manera más embarazosa bajo tus ojos. Geoffrey compró un paquete de ellas y las envió en sobres herméticamente cerrados a varios conocidos de Inglaterra, corriendo el riesgo, creo yo, de que entablaran una acción judicial contra él y sus amigos. Más adelante supe que las placas originales de las fotografías tienen cierta antigüedad: las vendieron en la primera Exposición Internacional de París y luego las llevaron a Port Said para las celebraciones de la apertura del canal de Suez. Por supuesto, desde entonces ha habido innumerables imitaciones, pero me pareció que aquellos ejemplos iniciales eran difícilmente superables y era interesante observar que, a pesar de las desnudeces que mostraban, estaban inequívocamente «fechadas» por ese indefinible aire de época que ya hemos comentado.
Además de los buhoneros estaban los «guli guli» y numerosos adivinos. Estos últimos tenían unos impresos con extractos de testimonios supuestamente escritos por lord Allenby, lord Plumer, lord Lloyd y otros distinguidos ingleses, pero sus predicciones eran invariablemente monótonas y evasivas. Los europeos sienten un respeto supersticioso por los adivinos orientales, y los árabes de la ciudad se han apresurado a comercializarlo. Todos los camelleros se brindan para decirles la buenaventura a sus clientes, antes de ofrecerles otros servicios, a menudo menos aceptables.
Los trujamanes que infestan el barrio turístico de El Cairo son de clase mucho más alta. Todos ellos hablan por lo menos una lengua europea pasablemente bien, tienen un conocimiento superficial pero bastante extenso de las antigüedades y muestran gran cortesía y encanto. Visten bien y viven con cierto grado de comodidad, en general con cuatro o cinco esposas. La mayoría tiene pequeñas granjas en el campo, a las que se retiran cuando finaliza la temporada turística. Como en Port Said no hay nada que cualquier turista inteligente desearía ver, los trujamanes son muy escasos. Solo conocí a uno, un pícaro zalamero con un gran mostacho negro y dientes de oro, el cual me llevó a la mezquita, un edificio moderno, recubierto de elementos ornamentales de Oriente, como un salón de té, y me ofreció hachís. Le di treinta piastras y él se volvió con una circunspección admirablemente simulada y me puso un paquete en la mano, diciéndome que de ninguna manera lo abriera en la calle. Lo llevé furtivamente al Bodell y lo abrí en mi habitación, en compañía de Geoffrey y el abogado de Cambridge. El paquete contenía una lata de cigarrillos de ámbar de diez piastras, y los otros se rieron de mí. Hicimos varios intentos más de conseguir hachís, que es una sustancia habitual en las ciudades árabes, pero siempre respondían a nuestras preguntas con expresiones de total incomprensión. Se supone que todo europeo es un espía hasta que se demuestre lo contrario y, sin duda, sabían que teníamos buenas relaciones con el comisario de policía. Sin embargo, el negocio de la droga tiene amplias ramificaciones en Egipto. El hachís se cultiva en la Siria francesa y se transporta por ferrocarril hasta Cantara o por mar hasta Port Said. Se utilizan todas las estratagemas imaginables para pasarlo de contrabando por las fronteras y a las esposas árabes, aparentemente embarazadas, las someten a un riguroso manoseo que a menudo conduce al descubrimiento de fardos de contrabando bajo sus negras vestimentas. Parece ser que, una vez en el interior del país, la detección es imposible, y todas las incautaciones de alijos importantes tienen lugar en la frontera. Creo que si un europeo emprendedor organizara este aspecto del negocio, la ganancia sería considerable. La revisión del equipaje de los turistas es muy superficial. Lo único necesario sería reunir a una docena, más o menos, de europeos en Damasco, con grandes baúles llenos de etiquetas de hoteles y compañías navieras, los cuales contendrían hachís y cocaína escondidos en bolsas de esponjas, botas y zapatos, cajas de jabón, libros ahuecados y tantos otros artículos que no es preciso declarar y que nunca examinan. Entonces el grupo podría concertar un viaje turístico a El Cairo, con un guía auténtico que no sospecharía nada, en una de las acreditadas agencias de viajes. Uno de tales convoyes bastaría para aportar unos estupendos beneficios a todos los participantes. Y creo que podría repetirse, con juiciosos cambios de personal, durante tanto tiempo como lo requiriesen los organizadores.
Otra manera mucho más segura de hacer fortuna, que he recomendado a todos mis amigos avariciosos, consiste en abrir un club nocturno en Port Said. En la actualidad no existe ninguno de tales establecimientos. Llegan continuamente grandes barcos que permanecen dos o tres horas en el puerto y de los que baja una horda de pasajeros bastante acomodados. Los bajos fondos de Port Said todavía conservan su reputación, y por lo menos la mitad de los viajeros están deseosos de verlos. Desembarcan llenos de agitación. ¿Juego? Sí, ciertamente, está la mesa de boule en el casino, cuyos beneficios se entregan a las organizaciones benéficas cristianas. ¿Baile? Por ahí se va al hotel Eastern Exchange. ¿Bebida? Hay un café limpio y espacioso: Bass, Guinness, Johnny Walker. Se habla inglés. ¿Teatro? Sí, claro. La Sociedad de Aficionados a la Ópera de Port Said está representando El Mikado, y también hay tres excelentes dramas norteamericanos de amor materno en los tres cines. Eso no es en absoluto lo que les habían hecho imaginar. Así pues, van al Casino y bailan durante una hora, compran unas pocas y espantosas chucherías de bordado o latón y regresan desconsolados a sus barcos. Estoy convencido de que cualquiera con suficiente espíritu emprendedor para darles lo que quieren podría hacerse rico en una sola temporada. No existen leyes reguladoras de la venta y consumo de alcohol, y podría seguir el ejemplo económico que dan los propietarios de locales de moda en Londres y París, el de fabricar su propio champaña en el sótano. Los alquileres son bajos, sobre todo en la parte vieja de la ciudad, alrededor de los muelles, donde las casas son edificios de madera, de dos pisos, con unas asociaciones vagamente románticas. El cine Eldorado, con su doble hilera de palcos de tablas machihembradas, serviría a la perfección. Imagino que fue construido con ese fin en la época de mala fama de Port Said. Por su construcción es casi igual que aquellos imponentes salones de baile en las películas sobre la quimera del oro en la región canadiense de Klondike. Sería muy fácil reunir un cabaret bastante divertido de bailarinas de can-can árabes, encantadores de serpientes y así por el estilo. Se podrían importar algunos marginados del Blue Lantern y distribuirlos a lo largo de las paredes para dar al local un aspecto peligroso. A los «empleados de la jungla» que regresaran desde solitarias avanzadas comerciales les parecería deliciosamente civilizado y moderno, mientras que, en las mesas vecinas, los grupos de turistas y funcionarios que hubieran salido por primera vez se sentirían no menos encantados por esta introducción al hechizo de Oriente.
Tan solo desde la guerra y, según tengo entendido, gracias sobre todo a los esfuerzos del actual jefe de policía, Port Said se ha vuelto respetable. Desde los años en que empezó a crecer alrededor de la entrada del canal, se convirtió en un refugio de los tipos más acabados de la chusma internacional y su reputación como sumidero de iniquidad iba en aumento junto con la importancia cada vez mayor de la ciudad. Y, como siempre sucede, el mito literario sobrevive mucho después de los hechos. Bodell, el dueño del hotel, me mostró un artículo de revista, publicado recientemente, acerca de Port Said, en el que se describía «el canal maloliente y verdoso que serpentea entre las callejuelas por las que el pecado y el delito caminan con descaro». Pues bien, el canal jamás podría haber serpenteado entre las callejuelas ni creo que jamás haya sido maloliente y verdoso, pero según me dijeron todos los residentes veteranos, lo del pecado y el delito que caminaban con descaro fue del todo cierto hasta la belicosa limpieza emprendida por Teale Bey. Los atracos con violencia y los asesinatos eran sucesos habituales en las calles, y la gente se mostraba reacia a salir de noche, incluso en el barrio europeo, excepto en parejas o tríos. Ahora es casi tan seguro como Plymouth y mucho más que Marsella o Nápoles. La prostitución, que era uno de los aspectos más destacados de la ciudad, se ha reducido y hoy es insignificante. Hasta la guerra, y durante ella, hubo burdeles en las calles principales alrededor del puerto y encima de los cafés y las tiendas más importantes. Hoy todos están localizados, como en la mayor parte de las ciudades orientales.
Geoffrey, el abogado de Cambridge y yo dedicamos dos o tres noches a investigar la vida nocturna de la ciudad, en la zona que los residentes llamaban «zona de tolerancia». Se encuentra en el extremo más alejado de la ciudad, junto al lago Menzaleh, alrededor del pequeño muelle y el patio de mercancías del canal de Menzaleh, separada de las tiendas, oficinas y hoteles por un kilómetro y medio, más o menos, de calles árabes densamente pobladas. Es muy difícil encontrarla de día, pero de noche, incluso sin la ayuda de las dotes peculiares de nuestro abogado, nos habrían conducido allí los taxis llenos de marineros y camareros de barco borrachos o los serios y resueltos egipcios que pasaban rápidamente por nuestro lado en la estrecha calle.
Salimos una noche después de cenar, con bastante aprensión, un mínimo de dinero cuidadosamente calculado y cachiporras de plomo, cuero y hueso de ballena que el abogado, con no poca sorpresa para los otros dos, nos proporcionó. Dejamos los relojes, anillos y agujas de corbata en nuestros respectivos tocadores y nos abstuvimos de alarmar a Juliet informándole de nuestro destino. El paseo fue interesante. Un tranvía absurdo avanza por el Quai du Nord, tirado por una yegua y un asno. Lo seguimos un trecho y entonces giramos a la izquierda y nos internamos en la ciudad árabe. Las calles ofrecían un espectáculo de asombrosa vivacidad y animación. El tráfico que circulaba por ellas era escaso, las calzadas eran de tierra y no había aceras. En cambio, estaban invadidas por las carretillas de los vendedores ambulantes, cargadas en general de fruta y dulces, hombres y mujeres dedicados a regatear y al chismorreo, innumerables niños descalzos, cabras, ovejas, patos, gallinas y gansos. Las casas a ambos lados eran de madera, con galerías voladizas y terrados, sobre los que se levantan unas desvencijadas construcciones temporales que sirven de almacén y gallinero. Nadie nos molestó en absoluto, ni siquiera nos prestaron la menor atención. Era el Ramadán, el prolongado período de ayuno mahometano, durante el que los creyentes se pasan el día entero, desde la salida hasta la puesta del sol, sin tomar alimento ni bebida de ninguna clase. El resultado es que pasan la noche entregados a un febril festín. Casi todo el mundo llevaba un pequeño cuenco esmaltado con un alimento que parecía budín de leche, que tomaba entre bocados de unas roscas de pan que debían de ser deliciosas. Unos hombres provistos de recipientes de latón muy decorados vendían una especie de limonada. Había mujeres que transportaban pilas de tortas sobre la cabeza. A medida que avanzábamos, las casas eran más destartaladas y las calles más estrechas. Nos encontrábamos en las afueras del pequeño barrio sudanés, donde se lleva una vida realmente primitiva. Entonces, de repente, llegamos a una plaza llena de baches y muy iluminada, con dos o tres casas de recia construcción y fachadas estucadas, y una hilera de taxis a la espera. Uno de los lados se abría a las oscuras y someras aguas del lago, y estaba festoneado por los mástiles de las pequeñas embarcaciones de pesca a las que, según creo, llaman makaris. Dos o tres chicas vestidas con prendas europeas arrugadas y llenas de lamparones nos cogieron de los brazos y tiraron de nosotros hacia el más iluminado de los edificios, en cuya fachada estaban pintadas las palabras MAISON DORÉE. Las chicas gritaron: «¡Caza Doada, Caza Doada, mu buena, mu limpia!». La verdad es que no me parecía ni muy buena ni muy limpia. Nos sentamos en una pequeña sala atestada de motivos decorativos orientales y tomamos cerveza con las jóvenes damas. La madame se reunió con nosotros, una guapa marsellesa con un vestido de seda verde bordado. No debía de tener más de cuarenta años y era de lo más amigable y divertida. Entraron otras jóvenes, todas más o menos blancas, se sentaron muy juntas en el diván y tomaron cerveza, sin esforzarse apenas, algo digno de encomio, por atraer nuestra atención. Ninguna de ellas sabía una palabra de inglés, salvo: «Salud, señor americano». No sé cuáles serían sus nacionalidades. Supongo que judías, armenias o griegas. La madame nos dijo que costaban cincuenta piastras cada una y que todas eran señoras europeas. Las casas vecinas estaban llenas de árabes y, según ella, eran unos lugares horribles y sucios. Varias chicas se quitaron los vestidos, danzaron y cantaron una canción que decía algo así como «ta-ra-rábum-ti-ei». Desde el piso de arriba nos llegaba el jolgorio de una fiesta, con una concertina y ruido de cristales rotos, pero la madame no nos dejó subir, en vista de lo cual pagamos las consumiciones y salimos.