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Tres

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Entonces fuimos a la casa vecina, mucho más plebeya, llamada Les Folies Bergères y regida por una mujer árabe, gruesa y entrada en años, que hablaba muy poco francés y nada de inglés. Tenía permiso para emplear a ocho chicas, pero no creo que su establecimiento funcionara con regularidad. Cuando llegamos envió a un muchacho a la calle y el mensajero regresó con media docena de chicas árabes, todas muy rollizas y feas, y maquilladas con notable descuido. Se sentaron en nuestras rodillas y nos abrazaron, así que, tras prometerles que íbamos en busca de unos amigos y volvíamos en seguida, nos marchamos. Había otra casa grande, llamada Pensión Constantinopla, que examinamos desde el exterior pero en la que no entramos. Alrededor estaban las callejas donde vivían las prostitutas autónomas, en cabañas de una sola habitación que parecían casetas de baño. Las mujeres que no estaban ocupadas se sentaban ante las puertas abiertas de sus tugurios y cosían con aplicación. Entre una y otra puntada, alzaban la vista y llamaban a los clientes. Muchas tenían sus precios escritos a tiza en el marco de la puerta: veinticinco piastras en algunos casos, pero generalmente menos. Desde la calle se veían las camas de hierro y banderines colgados de las paredes, con los escudos de regimientos británicos. Su oficio solo se practica entre la clase más pobre de los árabes, pero sentadas allí, silueteadas contra la luz, muchas de ellas tenían un atractivo del que carecían sus competidoras instaladas en edificios más suntuosos, algo de ese misterio, hoy vulgar, que cautivó las imaginaciones de tantos escritores del siglo XIX, atraídos por los furtivos pendones de las calles en las ciudades septentrionales.

Camino de regreso vimos otro edificio alegremente iluminado, la Maison Chabanais. Entramos y nos sorprendimos al encontrar allí a la madame y todas sus jóvenes damas de la Maison Dorée. Se trataba, en efecto, de la parte trasera de su casa. La señora nos explicó que, a veces, los caballeros se marchaban insatisfechos, decididos a buscar otra casa, que con mucha frecuencia daban la vuelta e iban por el otro lado, y que los menos observadores nunca descubrían su error. Era una mujer emprendedora y divertida, y desde entonces varias veces la visitamos para tomar una cerveza y charlar. Mientras pagáramos la cerveza, ella nunca se molestaba en ofrecernos otros servicios.

A cualquier hora del día o de la noche, la ciudad árabe era un lugar fascinante para nosotros, y nos asombraba descubrir lo poco que la conocía la colonia inglesa y el desinterés que mostraba. Muchos de ellos jamás habían puesto allí los pies. Aunque solo estaba a unas calles de distancia, sus noticias sobre el lugar eran tan vagas como las que los londinenses tienen de Limehouse. Se habían hecho la idea de que olía mal y estaba llena de bichos, y eso les bastaba, aunque se mostraban tolerantes por mi interés y observaban que cada uno tiene sus gustos. Yo era uno de esos tipos que escriben, por lo que, naturalmente, tenía que fisgar un poco para retener el color local y, además, era muy atractivo para alguien interesado por esa clase de cosas. Leerían acerca de ese ambiente cuando se publicara mi libro. Entretanto ellos se contentarían con el billar y el whisky con soda. Pero no era el color local ni el pintoresquismo, ni siquiera la curiosidad por los hábitos de otra raza, lo que me llevaba allí un día tras otro, sino la embriagadora sensación de vitalidad y realidad. No creo que esta parte de Port Said sea más interesante que cualquier otra ciudad oriental; incluso es probable que lo sea mucho menos, pero fue la primera que visité y la única donde permanecí durante un período bastante largo. La jovialidad y el deseo de saber de la gente, esa capacidad animal de acurrucarse y dormir en el polvo, sus prácticas religiosas que llevan a cabo sin el menor embarazo, su cortesía hacia los forasteros, su fecundidad descontrolada, la dignidad de sus ancianos contrastan de una manera interesante con las riñas y el resentimiento de los barrios bajos septentrionales, iluminados por intermitentes accesos de histeria. En Inglaterra no puedes caminar por una calle pobre sin oír a alguna mujer enfurecida o algún niño lloroso. No recuerdo haber oído ni una sola vez tales cosas en Port Said.

Mientras estábamos allí llegó el fin del Ramadán, con la fiesta de Bajiram. A todos los niños les dieron ropa nueva (los que no podían permitirse una túnica llevaban una tira de oropel o una cinta brillante) y desfilaron por las calles a pie o en coches de caballos. Las calles de la ciudad árabe estaban iluminadas y adornadas con banderitas y todo el mundo se dedicaba a armar tanto ruido como pudiera. Los soldados dispararon un cañonazo tras otro; los civiles tocaban tambores, hacían sonar silbatos y trompetas o se limitaban a golpear cacerolas de hojalata y gritar.

Este jolgorio duró tres días.

Había una feria y dos circos. Una noche, Geoffrey, el director del hospital y yo fuimos al circo, con gran asombro por parte de los miembros del club. Las enfermeras se mostraron sorprendidas por nuestra decisión. «Pensad en los pobres animales —nos dijeron—. Sabemos cómo tratan los egipcios a sus animales». Pero, al contrario que en los circos europeos, en aquel no actuaban animales.

Éramos los únicos europeos en la carpa. Las sillas estaban colocadas en unos escalones de madera bastante inestables, por los que se subía desde la pista hasta una altura considerable en el fondo. Detrás de la última fila había unos palcos con pesadas cortinas para las mujeres, que eran escasas. La mayoría del numeroso público lo formaban hombres jóvenes, algunos de ellos con trajes confeccionados de corte europeo, pero todos ellos con el fez rojo. Varios chiquillos estaban apretados entre la primera fila y el borde de la pista, y un policía se dedicaba a ahuyentarlos del parapeto con un bastón. Todos los asientos parecían ser del mismo precio. Pagamos cinco piastras por cabeza y buscamos sitio cerca del fondo. Unos vendedores se desplazaban entre las filas, ofreciendo frutos secos, agua mineral, café y una especie de narguiles rudimentarios, que consistían en un coco medio lleno de agua, un braserillo de hojalata con tabaco y una larga boquilla de bambú. El doctor me advirtió que si fumaba con uno de aquellos trastos atraparía alguna enfermedad temible. No obstante, lo hice, sin ningún efecto nocivo. El vendedor mantiene varios de ellos encendidos, succionando la boquilla de cada uno por turno. Todos tomamos café, que era muy espeso y dulzón, y estaba lleno de posos.

Cuando llegamos ya había empezado el espectáculo, y nos encontramos en medio de un número cómico que tenía una enorme popularidad. Dos egipcios vestidos a la europea intercambiaban agudezas. Por supuesto, no entendíamos nada, pero de vez en cuando la emprendían a coscorrones o puntapiés, por lo que sin duda el espectáculo era muy parecido a un número de teatro de variedades inglés. Al cabo de un tiempo, que me pareció desmedido, los comediantes se marcharon entre aplausos estruendosos, y ocupó su lugar una chica blanca muy bonita con traje de ballet. No podía tener más de diez o doce años, y se puso a bailar el charlestón. Más tarde se dedicó a vender postales con su imagen. Resultó que era francesa. Quienes gozan moralizando sobre tales cosas, hallarán materia de reflexión en la idea de ese baile africano, que ha viajado a través de dos continentes, ha pasado de esclavo a gigoló y gradualmente se ha desplazado de nuevo al sur, hacia la tierra de sus orígenes.

Seguidamente actuaron unos malabaristas japoneses y luego toda la compañía realizó un interminable número cómico. Cantaron una especie de canción lastimera y entonces, uno tras otro, con una teatralidad muy esmerada, fueron entrando en la pista y tendiéndose en el suelo. Cuando todos los adultos estuvieron tendidos, apareció la niña y también se tendió. Finalmente, una chiquitina de dos o tres años entró bamboleándose y se tendió. Todo esto requirió como mínimo un cuarto de hora, y entonces se levantaron, cantando todavía, uno tras otro y por el mismo orden, y salieron. Después de esta actuación hubo un intermedio, durante el que todo el mundo se levantó de su asiento y paseó por la pista como se hace en la pista de críquet entre los innings. Tras esto apareció un negro de físico imponente. Primero se clavó como una docena de agujas de punto en las mejillas, de modo que le sobresalieron a cada lado de la cabeza; deambuló entre el público erizado de esa guisa, acercando su cara a la nuestra, con una sonrisa fija y bastante espantosa. Entonces tomó unos clavos y con un martillo se los clavó en los muslos. Luego se quitó toda la ropa excepto unos calzoncillos muy ornados y, sin ninguna incomodidad aparente, rodó encima de una tabla en la que estaban fijados con las afiladas puntas hacia arriba numerosos cuchillos de trinchar.

Mientras el faquir actuaba se entabló una pelea. El foco de mayor intensidad estaba alrededor de la entrada, inmediatamente por debajo de nuestros asientos. Las cabezas de los combatientes estaban al nivel de nuestros pies, por lo que nos encontrábamos en una posición muy ventajosa para verlo todo sin correr ningún peligro grave. No era fácil hacerse una idea de lo que estaba pasando y cada vez acudían más personas del público al lugar del altercado. El negro se levantó de la tabla de cuchillos, sintiéndose totalmente desairado y ofendido, y se dirigió al público, golpeándose el pecho desnudo y llamándoles la atención acerca de las torturas que sufría por ellos. El hombre que estaba a mi derecha, un egipcio de expresión seria que tenía cierto conocimiento de inglés y con el que yo había conversado un poco, se levantó de repente e, inclinándose por encima de nosotros tres, descargó un resonante golpe de paraguas en la cabeza de uno de los pendencieros. Entonces volvió a sentarse con la misma expresión seria e imperturbable y se dedicó a succionar su improvisado narguile.

—¿Por qué se pelean? —le pregunté.

—¿Pelearse? —replicó—. ¿Quién se ha peleado? Yo no he visto ninguna pelea.

—Ahí —le dije, señalando el alboroto que se había armado en la entrada y que amenazaba con derribar la carpa.

—¡Ah, eso! —dijo él—. Perdóneme, creí que había dicho usted «pelea». Eso no es más que la policía.

Y, en efecto, al cabo de unos minutos, cuando por fin la multitud se dispersó, vimos a dos agentes de policía fuera de sí, a quienes los espectadores habían intentado separar. Los obligaron a salir para que solucionaran su querella en el exterior y la gente empezó a buscar y sacudir sus feces caídos. Volvió la normalidad y el corpulento negro continuó con las laceraciones que se infligía, tranquilo y agradecido.

Siguieron varios números acrobáticos en los que la chiquilla francesa hizo gala de gran intrepidez y estilo. El espectáculo estaba en plena marcha cuando nos fuimos, y al parecer prosiguió por la noche durante horas, hasta que el último espectador consideró que había recibido lo suficiente a cambio de su desembolso. Al día siguiente vimos a la chica francesa en la ciudad, sentada a una mesa de la pastelería, con su empresario, y atracándose de pastelillos de chocolate, el rostro macilento e inexpresivo.

Durante el Bajiram se conseguían billetes de ferrocarril hasta El Cairo a mitad de precio y, aprovechando esta circunstancia, el abogado y yo emprendimos el viaje y pasamos una noche en un coche cama muy cómodo. La línea férrea se extiende un trecho entre el lago y el canal. Luego, con el desierto a un lado, se dirige a Cantara, el desvío hacia Jerusalén y el emplazamiento de uno de los campamentos base más grandes de la guerra pasada, y a continuación, por el valle del Nilo, avanza hasta El Cairo. Esta última parte del viaje fue especialmente hermosa, tras las semanas que habíamos pasado en el incoloro entorno de Port Said. Hectáreas y más hectáreas de campos de un verde lustroso se extendían a ambos lados, divididos por pequeñas acequias que llenaban de agua unos bueyes con anteojeras, los cuales trazaban estrechos círculos alrededor de las norias. Los camellos andaban bamboleándose por las carreteras, cargados con grandes fardos de verduras. Todo daba una impresión de fácil opulencia y fertilidad bíblica. La agricultura en ese suelo espléndido es un arte muy distinto de la áspera lucha por la subsistencia en las pedregosas tierras de la Europa meridional.

Llegamos a El Cairo al anochecer y fuimos en busca de hotel. Todos los hoteles de Egipto son malos, algo que se excusa de acuerdo con dos principios opuestos. Unos sostienen, legítimamente, que no importa la mala calidad de los hoteles siempre que sean baratos; para otros la mala calidad no importa siempre que sean caros. Tanto a unos hoteles como a los otros les va bastante bien. Nosotros buscamos uno del primer tipo, un establecimiento grande y anticuado, cuya dirección era griega y que se encontraba en el Midan el-Jaznedar, el Hotel Bristol et du Nil, donde las habitaciones, incluso en plena temporada, solo cuestan ochenta piastras por noche. Mi habitación tenía tres camas dobles con altos doseles de polvorienta red mosquitera y dos desvencijadas mecedoras. Las ventanas daban a una terminal de tranvías. Ningún miembro del personal hablaba una sola palabra de ninguna lengua europea, pero este defecto era insignificante, puesto que jamás acudían cuando pulsabas el timbre.

Dennis (será más conveniente que llame así a mi compañero) ya había visitado El Cairo y estaba deseoso de mostrarme los lugares de interés, en especial, por supuesto, la «zona de tolerancia». Caminamos a lo largo de la Sharia el-Genaineh hasta Shepheard’s, para tomar unos cócteles. Esta calle, paralela a un lado de los jardines de Ezbekiyeh, destaca por sus mendigos, que se alinean junto a la verja, exhiben sus llagas y deformidades y se aferran a las ropas de los transeúntes. Shepheard’s estaba lleno de turistas que acababan de visitar los monumentos. Fuimos a cenar al restaurante Saint James, al que el experto Dennis llamaba Jimmy’s. Es una tolerable imitación de un pequeño grill-room inglés, con frascos de salsa de Worcester, ketchup y condimentos sobre las mesas. Después de la cena, inevitablemente, fuimos en busca de las casas de mala fama. Todas se encuentran en el triángulo suburbial detrás de la Sharia el-Genaineh. En sus puertas, y en las entradas de los callejones, había carteles pegados en las paredes que decían: «PROHIBIDA LA ENTRADA A TODOS LOS GRADOS DE LAS FUERZAS DE SU MAJESTAD». Nos enteramos de que el motivo de esta prohibición no era tanto proteger la moral o la salud de las tropas como la paz de los habitantes del barrio. Poco después de la guerra, los australianos, que se estaban divirtiendo, defenestraron a una joven desde un piso alto, causándole la muerte, y entonces se negaron a pagar las tarifas normales del establecimiento. Los egipcios decentes se negaban a frecuentar los lugares donde era probable que sucedieran tales cosas, por lo que los dueños de los burdeles se vieron obligados a buscar la protección de las autoridades militares. En cualquier caso, eso fue lo que nos contaron.

El barrio entero estaba preparado para la fiesta con una brillante iluminación. Marquesinas de algodón de vivos colores, estampados para imitar alfombras, colgaban de una ventana a otra a través de las calles. Hombres y mujeres ocupaban hileras de sillas en el exterior de las casas, contemplando la densa multitud que paseaba arriba y abajo. Muchos cafetines estaban llenos de hombres que tomaban café, fumaban y jugaban al ajedrez. El distrito, aparte del escandaloso comercio que tenía lugar en él, era el centro de una intensa vida social. En algunos cafés los hombres bailaban unas danzas populares lentas y desgarbadas. Había música por todas partes. Con excepción de un piquete de policías militares, no vimos ningún europeo. Nadie nos miraba ni nos azoraba de ninguna manera, pero nos sentíamos fuera de lugar en aquella atmósfera íntima y alegre, como quien se cuela de gorra en la fiesta de cumpleaños que tiene lugar en un aula. Estábamos a punto de irnos cuando Dennis se encontró con un conocido, un perito electricista egipcio con quien había estado en el barco y que salía del barrio. Nos estrechó afectuosamente la mano y nos presentó al amigo que le acompañaba, enlazaron sus brazos con los nuestros y los cuatro desfilamos así por la estrecha calle, charlando amigablemente. El perito, que se había formado en Londres para ocupar algún puesto importante relacionado con los teléfonos, estaba muy deseoso de que nos lleváramos una buena impresión de su ciudad, y tan pronto se mostraba jactancioso como se deshacía en disculpas. ¿Nos parecía demasiado sucia? No debíamos pensar que eran unos ignorantes. Lástima que aquel fuese un día de fiesta. Si hubiéramos ido en cualquier otro momento, él podría habernos enseñado cosas que son inimaginables en Londres. ¿Amábamos a muchas chicas en Londres? Él sí. Nos mostró una cartera que estaba llena de fotografías de mujeres jóvenes. ¿Verdad que todas ellas eran unos bombones? Pero no debíamos pensar que las chicas egipcias son feas. Muchas tienen la piel tan clara como las nuestras. De no ser fiesta, él podría habernos mostrado algunas bellezas.

Parecía un joven muy popular. En todas partes tenía amigos que le saludaban, y nos los presentaba. Todos ellos nos daban la mano y nos ofrecían cigarrillos. Como ninguno de ellos hablaba inglés, esos encuentros eran breves. Finalmente nos preguntó si queríamos tomar café y nos llevó a una de las casas.

—Esta no es tan cara como las otras —nos explicó—. Algunas cobran demasiado, son terribles. Igual que en vuestro Londres.

El establecimiento se llamaba Casa del Gran Mundo, y el nombre estaba pintado sobre la puerta en inglés y en caracteres árabes. Subimos por una escalera interminable y llegamos a una pequeña sala donde tres hombres muy ancianos tocaban instrumentos de cuerda de formas extrañas. Varios árabes bien vestidos se sentaban junto a las paredes y mordisqueaban frutos secos. Nuestro anfitrión nos explicó que en su mayoría eran pequeños terratenientes que, procedentes del campo, habían acudido a la ciudad en fiestas. Pidió que nos sirvieran café, frutos secos y tabaco, y dio media piastra a los músicos. En la sala había dos mujeres, una muy gorda, blanca y de raza indistinguible, y una espléndida joven sudanesa. Nuestro acompañante nos preguntó si queríamos ver bailar a una de las damas. Le dijimos que sí y nos decantamos por la negra. Él se quedó desconcertado ante nuestra elección.

—Tiene la piel muy oscura —observó.

—Nos parece la más bonita —le dijimos.

La cortesía venció sus escrúpulos. Al fin y al cabo, éramos sus invitados. Ordenó a la negra que bailara, y la chica se levantó y buscó unas castañuelas sin mirarnos, moviéndose muy lentamente. No debía de tener más de diecisiete años, llevaba un vestido de baile rojo, muy corto y abierto por la espalda, del que emergían las piernas desnudas y los pies descalzos. Al moverse resultó evidente que no llevaba nada debajo del vestido. Varios brazaletes de oro le adornaban los tobillos y las muñecas, y nuestro anfitrión nos aseguró que eran auténticos, pues aquellas jóvenes siempre invertían todos sus ahorros en adornos de oro. Encontró las castañuelas y empezó a bailar con una expresión de profundo hastío, pero con un garbo espléndido. Cuanto más excitantes eran sus movimientos, tanto más distraída e indiferente se volvía su expresión. Su arte no evocaba en absoluto el jazz, no era más que un rítmico y sinuoso cambio de una pose a otra, una contorsión despaciosa y vibrante de los miembros y el cuerpo. Bailó durante un cuarto de hora o veinte minutos, mientras nuestro anfitrión escupía despectivamente cáscaras de frutos secos alrededor de sus pies. Entonces la muchacha tomó una pandereta y procedió a la colecta, haciendo una inclinación de cabeza apenas discernible cada vez que alguien depositaba un óbolo.

—No se os ocurra darle más de media piastra —nos dijo nuestro anfitrión.

Yo solo tenía una moneda de cinco piastras, así que se la eché en la pandereta, pero ella la recibió con total indiferencia. Salió un momento para guardar sus ganancias, se sentó y, tomando un puñado de frutos secos, se puso a mordisquearlos y escupir las cáscaras, con los ojos entornados y la cabeza apoyada en un puño.

Por entonces estaba claro que éramos un estorbo para nuestro anfitrión, por lo que, tras prolongados intercambios de cortesía y expresiones de camaradería, le dejamos para ir al barrio europeo. Allí tomamos un taxi y pedimos al conductor que nos llevara a un club nocturno. Nos llevó a uno llamado Peroquet, lleno de jóvenes con corbata blanca que lanzaban serpentinas. Aquello no era exactamente lo que estábamos buscando, por lo que salimos de la ciudad y cruzamos el río, hasta Gizeh. Allí el lugar de diversión se llamaba Fantasio, y en el exterior había un portero con una vistosa librea. Sin embargo, una serie de máquinas tragaperras en el vestíbulo eliminaron cualquier duda acerca del buen tono de aquel local. Era un sitio deprimente. Unos tabiques bajos de madera formaban una especie de rediles para las mesas y, más o menos las tres cuartas partes de ellas, estaban vacías. En una tarima, en el extremo de la sala, un joven egipcio cantaba algo que parecía un canto litúrgico en lastimera voz de tenor. Esta actuación prosiguió, con breves pausas, mientras estuvimos allí. En uno de los rediles había un viejo jeque de aspecto magnífico, borracho perdido. (Eso de que los mahometanos no beben es una tontería).

Cuando llevábamos media hora en el Fantasio incluso el entusiasmo de Dennis por la vida nocturna empezó a decaer, por lo que pedimos un coche de caballos descubierto y regresamos en la noche estrellada al Hotel Bristol et du Nil. Al día siguiente fuimos al bazar de los perfumistas en el Mouski, compramos unos frascos de esencia para Juliet y tomamos el tren de mediodía con dirección a Port Said. Almorzamos en el vagón restaurante y, entre otras muchas exquisiteces, tomamos unos excelentes pepinillos, de sabor amargo, que nos sirvieron calientes.

En Port Said viví muchas otras experiencias estimulantes y deliciosas (té en la casa del párroco, cena en el consulado, cócteles en la Navy House), que se aproximan demasiado a la vida inglesa para que merezca la pena incluirlas en un libro de viajes. Una noche el club agasajó a los oficiales de un barco de guerra visitante y, en esa ocasión, cuando entré en el bar, un joven pelirrojo me dio una palmada en la espalda al tiempo que me preguntaba: «¿Tomará usted un trago con la Armada, señor?». ¿Qué sabe él de Inglaterra que solo Inglaterra sabe? Cuando escriba mi novela sobre la vida de Port Said habrá muchos incidentes similares que contar, pero en este libro solo otro episodio de mi visita merece que lo mencione. Se trata del viaje que Dennis y yo hicimos por el canal de Menzaleh hasta un pueblo de pescadores llamado Matarieh.

El canal de Menzaleh es un término utilizado para dignificar el pasillo navegable a través del lago desde Port Said a Damietta, donde en algunos lugares han sumido artificialmente el fondo unos metros más y han señalado los bajíos con pilotes. Un vapor de paletas y una lancha motora prestan servicio a diario por ese canal. La situación de Matarieh es idónea, pues se encuentra hacia la mitad del recorrido. Sales a las ocho de la mañana en el vapor y llegas a mediodía. En una hora la lancha motora procedente de Damietta te recoge y te lleva de regreso a Port Said, adonde llegas a las cinco de la tarde. Con excepción del administrador de la compañía del canal, solo otro inglés residente había efectuado ese viaje. Era el médico retirado, el cual, durante las primeras semanas de su vida en aquel lugar, fue allí con la esperanza de cazar agachadizas y, como él decía, «llené el zurrón que daba gusto».

El señor Bodell nos preparó bocadillos y el gerente acudió para despedirse de nosotros en el muelle frente a la Maison Dorée. Hacía un buen día, muy soleado. En primera clase solo viajaban otros dos pasajeros, unas misioneras norteamericanas que permanecieron cosiendo en su camarote. Dennis y yo habíamos comprado cerveza, tabaco y libros; el gerente nos prestó dos sillones de la oficina.

Decir que era un «vapor de ruedas» da una falsa idea del barco. No tenía nada en común con los casinos flotantes del Nilo o el Mississipi, salvo su medio de propulsión, el cual consistía en una sola paleta fijada en la popa que también actuaba como una draga, removiendo arena y grava del fondo a medida que avanzábamos. Nuestra embarcación no tenía nombre. Era de dos pisos, con el techo y el fondo planos, y un calado de unos veinte centímetros. El piso inferior era la sala de máquinas, la bodega y el salón de segunda clase en una sola pieza. De veinte a treinta árabes y egipcios, hombres, mujeres y niños, estaban tumbados entre los montones de combustible y un cargamento de sacos. Al piso superior se accedía por una escala de hierro. Había allí dos camarotes y una cubierta pequeña y mugrienta. Aquel barco había navegado en una ocasión por el mar. El gerente en persona lo había llevado desde Alejandría a Port Said en los primeros meses de la guerra, con seis egipcios aterrados y mareados a bordo.

El canal pasaba junto a numerosas islas llanas, algunas de las cuales no eran más que dunas y otras estaban cubiertas de hierba. En una de ellas se alzaban las ruinas de una gran mezquita. En el lago había centenares de pequeños botes de pesca y la mayor parte de ellos parecían tripulados por chiquillos. Son idénticos a los que muestran los dibujos jeroglíficos, en forma de pez, con una sola vela sujeta a un largo y flexible madero transversal. También había pescadores que iban de un lado a otro por las aguas someras, provistos de redes manuales similares a las usadas para capturar gambas. En este lago se pescan los pececillos muy insípidos que son inevitables en toda mesa de Port Said. En una o dos ocasiones estuvimos a punto de chocar con algunos botes de pesca, y una vez embarrancamos y varios hombres tuvieron que empujar la embarcación aguas adentro. Pasé una deliciosa mañana, tendido perezosamente al sol.

Matarieh era una población muy distinta de El Cairo y Port Said, un grupito de barracas sobre un promontorio, unido al continente por una línea férrea. Supongo que nuestra llegada allí fue casi tan sorprendente como lo sería la llegada a un pueblo de Dorset de un jeque vestido a la usanza árabe. En cualquier caso, produjo una enorme agitación. El empleado de la compañía del canal nos recibió con gran cortesía y nos dirigió unas breves palabras en inglés, nos hizo pasar a la choza que le servía de oficina y nos obsequió a cada uno con una bolsa de cacahuetes y cerveza de jengibre. Sobre su mesa había una fotografía enmarcada de la Gran Pirámide. Intentamos pasear por la aldea, pero pronto tuvimos a toda la población pisándonos los talones. Nos seguían a corta distancia, riéndose e intercambiando codazos; cuando nos deteníamos, ellos también lo hacían; cuando nos volvíamos y los mirábamos furibundos, ellos retrocedían y trataban de ponerse a cubierto. Dennis les hizo una foto que, lamentablemente, no salió en el revelado. Desde luego, la actitud de la gente no era hostil y no creo que fuese burlona de veras. No era más que esa misma curiosidad de las mujeres inglesas que se abren paso a empellones a tu alrededor cuando te diriges a una boda, pero resultaba muy embarazoso, así que regresamos a la oficina de la Compañía de Navegación del Canal de Menzaleh, donde el agente se deshizo en disculpas.

—Esto es un sucio agujero —comentó—. Se parece a la Malta de ustedes.

(Estas fueron sus palabras exactas. Todos podíamos hacer esa clase de observaciones; la única razón por la que merece la pena dejar constancia de esta estriba en que es auténtica).

Entonces llegó la lancha motora para llevarnos de regreso. Había otro pasajero con nosotros, un árabe bien vestido, con un grueso bastón cuya empuñadura era de oro. Ocupó el asiento de popa y se puso a comer pan y aceitunas. Sus cuatro esposas y sus nueve o diez hijos viajaban en segunda clase, separados de nosotros por una mampara de mimbre. Cuando terminó de comer, nos ofreció lo que quedaba y, tras nuestro rechazo, pasó las sobras a su familia. Las mujeres metían los dedos manchados de alheña por el enrejado de mimbre, pidiendo tabaco. Dennis llevaba un bastón taburete que atrajo la curiosidad del árabe y, aunque este no hablaba inglés, le mostramos con pantomimas cómo se usaba. Él estaba encantado y bromeó un poco, fingiendo sentarse sobre la empuñadura de su propio bastón; lo esencial de la broma era la obesidad del caballero. Dos de sus esposas, que miraban a través de la rejilla, también se echaron a reír, pero el hombre se apresuró a silenciarlas con unas palabras de reprimenda, pronunciadas muy severamente en árabe. Cuando llegamos a Port Said le vimos subir a un carruaje y alejarse, dejando que sus mujeres le siguieran a pie cargadas con el equipaje. Un hombre recto y de elevados principios.

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