En la sombra
Tercera parte » 87
Página 25 de 33
Por norma, Meg no consultaba internet. Quería protegerse, mantener el veneno alejado de su cerebro. Muy inteligente. Pero no era sostenible si íbamos a librar una batalla por su reputación y su integridad física. Yo tenía que saber con exactitud qué era cierto y qué era falso y, para eso, tenía que ir preguntándole cada pocas horas sobre las novedades que iban apareciendo online.
—¿Esto es cierto? ¿Y esto es cierto? ¿Hay aunque sea un atisbo de verdad en esto?
A menudo, Meg rompía a llorar.
—¿Por qué dirán esto, Haz? No lo entiendo. ¿Pueden inventárselo así como así?
—Sí que pueden. Y es lo que hacen.
A pesar de todo, pese al estrés creciente, la terrible presión, conseguimos proteger nuestro vínculo esencial y jamás nos reprochamos nada el uno al otro durante ese par de días. Cuando llegaron las últimas horas de la visita de Meg, estábamos enteros, felices, y ella anunció que quería prepararme una comida especial de despedida.
Yo no tenía nada en la nevera, como de costumbre. Pero había una tienda Whole Foods al final de la calle. Le indiqué cómo ir hasta allí, el camino más seguro, pasando junto a los guardias, girando a la derecha, hacia los jardines del palacio de Kensington, por Kensington High Street: cruzas una valla policial, giras a la derecha y llegas a Whole Foods.
—Es enorme. No tiene pérdida.
Yo tenía un compromiso pero volvería pronto a casa.
—Gorra de béisbol, chaqueta, cabeza gacha, puerta lateral. Todo irá bien, te lo prometo.
Dos horas más tarde, cuando llegué a casa, me la encontré desolada. Llorando. Temblando.
—¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?
Casi no podía articular palabra para contarme lo ocurrido.
Se había vestido como yo le aconsejé, y había recorrido feliz, animada, los pasillos del supermercado. Pero cuando estaba en las escaleras mecánicas se le acercó un hombre.
—Disculpa, ¿sabes dónde está la salida?
—Ah, sí, creo que está arriba, a la izquierda.
—¡Oye! Si tú sales en esa serie…, Suits, ¿a que sí? A mi mujer le encantas.
—Ah, ¡qué amable! Gracias. ¿Cómo te llamas?
—Jeff.
—Encantada, Jeff. Por favor, dile a tu mujer que gracias por ver la serie.
—Así lo haré. ¿Puedo hacerte una foto…, ya sabes, para mi madre?
—¿No estabas hablándome de tu mujer?
—Ah. Sí. Bueno…
—Perdona, solo he venido a comprar algo de comida.
Al tipo le cambió la cara.
—Bueno, aunque no pueda sacarme una foto contigo, sí puedo hacerte fotos a ti.
Sacó su móvil de golpe y la siguió hasta la charcutería, iba disparando mientras Meg miraba el pavo. «A la mierda con el pavo», pensó ella, debía correr a la línea de caja. El tipo la siguió también hasta allí.
Meg se situó en la cola. Justo delante, tenía hileras y más hileras de revistas y periódicos, y, en todos, bajo los más impactantes y repugnantes titulares…, estaba ella. Los demás clientes también se dieron cuenta. Miraban las revistas, la miraban a ella, y todos empezaron a sacar el móvil, como zombis.
Meg pilló a dos cajeras compartiendo una sonrisa espeluznante. Después de pagar la compra, salió al exterior y tuvo que pasar por un grupo de cuatro hombres que la apuntaban con sus iPhone. Meg siguió con la cabeza gacha, caminando a toda prisa hacia Kensington High Street. Ya casi había llegado a casa cuando un carruaje tirado por caballos salió de los jardines del palacio de Kensington. Era una especie de desfile: la puerta de entrada al palacio estaba bloqueada. Se vio obligada a regresar a la calle principal, donde los cuatro hombres volvieron a oler a su presa y la persiguieron hasta la puerta principal, gritando su nombre.
Cuando Meg por fin entró en Nott Cott, había llamado por teléfono a sus mejores amigas, quienes le habían preguntado: «¿De verdad él vale tanto la pena, Meg? ¿Hay alguien que valga tanto la pena?».
La abracé, le dije que lo sentía. Que lo sentía muchísimo.
Nos quedamos abrazados, hasta que, poco a poco, empecé a ser consciente de una serie de deliciosos olores.
Miré a mi alrededor.
—Un momento. ¿De verdad… después de todo eso… has preparado la comida?
—Quería darte de comer bien antes de irme.
21
Tres semanas después, estaba haciéndome una prueba del VIH en una clínica sin cita previa de Barbados.
Con Rihanna.
Cosas de la vida de la realeza.
La ocasión se debía al inminente Día Mundial del Sida, y le había pedido a Rihanna, en el último momento, que me acompañara, para ayudarme a dar visibilidad a la enfermedad en el Caribe. Para mi sorpresa, ella accedió.
Era noviembre de 2016.
Se trataba de un día importante, una causa vital, pero yo tenía la cabeza en otro sitio. Estaba preocupado por Meg. No podía ir a casa, porque su vivienda estaba rodeada de paparazzi. Tampoco podía ir a casa de su madre en Los Ángeles, porque también estaba rodeada de paparazzi. Sola, a la deriva, estaba en un descanso del rodaje, y se acercaba Acción de Gracias. Así que contacté con unos amigos que tenían una casa vacía en Los Ángeles, y ellos se la ofrecieron generosamente. Problema resuelto, por el momento. Aun así, estaba preocupado, y sentía una hostilidad tremenda hacia la prensa, cuando, justo en ese instante, estaba rodeado de… prensa.
Los mismos periodistas encargados de cubrir las noticias sobre la familia real.
Los miraba a todos y pensaba: «Cómplices».
Entonces me pincharon en un dedo. Me quedé mirando cómo salía la sangre y recordé a todas las personas, amigos y desconocidos, compañeros soldados, periodistas, novelistas, compañeros de colegio, que nos habían llamado a mi familia y a mí «los de sangre azul». Me pregunté de dónde vendría esa especie de antiguo nombre en clave para la aristocracia, para la realeza. Algunos decían que nuestra sangre era azul porque era más fría que la del resto de las personas, pero eso no podía ser cierto, ¿verdad? Mi familia siempre decía que era azul porque éramos especiales, pero eso tampoco podía ser cierto. Al mirar a la enfermera vertiendo mi sangre en el tubo de ensayo, pensé: «Roja, como la de todo el mundo».
Me volví hacia Rihanna y empezamos a charlar mientras esperaba el resultado. Negativo.
En ese momento, lo único que quería era salir corriendo, encontrar un lugar con wifi y ver cómo estaba Meg. Pero no era posible. Tenía un montón de reuniones y visitas oficiales, una agenda real que no dejaba mucho espacio de maniobra. Además luego tenía que volver a toda prisa al oxidado barco de la marina mercante que me llevaría a navegar por el mar Caribe.
Cuando llegué a la embarcación, a última hora de la noche, la señal wifi de a bordo era mínima. Solo podía enviar un mensaje de texto a Meg, y únicamente si me subía al banco de mi camarote, con el móvil pegado al ojo de buey. Estuvimos conectados el tiempo justo para saber que estaba a salvo en casa de mis amigos. Mejor todavía, sus padres habían conseguido llegar hasta allí a escondidas para pasar Acción de Gracias con ella. Su padre, no obstante, había aparecido con un buen montón de periódicos sensacionalistas, sobre los que, inexplicablemente, quería hablar. Y eso no fue bien y acabó por marcharse antes de tiempo.
Mientras Meg estaba contándomelo, se cayó la red wifi.
El barco mercante avanzaba a duras penas hacia su próximo destino.
Guardé el móvil y me quedé contemplando el negro océano a través del ojo de buey.
22
Mientras Meg conducía desde el plató de rodaje hasta su casa, se dio cuenta de que la seguían cinco coches.
A continuación, se lanzaron a darle caza.
Cada coche iba conducido por un hombre. Con aspecto sombrío. Lobuno.
Era invierno, en Canadá, así que las carreteras estaban heladas. Además, por la forma en que los coches la rodeaban a toda velocidad, le cortaban el paso, la deslumbraban con sus luces de freno y se le pegaban a la parte trasera, mientras, además, intentaban fotografiarla, ella estaba segura de que iba a producirse un accidente.
Se dijo a sí misma que no debía dejarse llevar por el pánico, no conducir de manera errática, no darles lo que querían. Y entonces me llamó.
Yo estaba en Londres, en mi coche, con mi guardaespaldas al volante, y su voz llorosa me hizo retroceder a la infancia. De regreso a Balmoral. «Mi querido hijo, me temo que ya no se ha recuperado». Supliqué a Meg que mantuviera la calma, que no despegara la vista de la carretera. Mi formación como controlador aéreo tomó el mando. Le dije que se dirigiera a la comisaría más cercana. Cuando bajó del coche, según pude oír de fondo, los paparazzi la siguieron hasta la puerta.
—Venga, Meghan, ¡dedícanos una sonrisa!
Clic, clic, clic.
Meg les contó a los agentes de policía lo que estaba ocurriendo y les suplicó que la ayudaran. La entendían, o eso dijeron, pero era un personaje público, así que insistieron en que no se podía hacer nada. Ella regresó al coche, los paparazzi volvieron a rodearla como un enjambre y yo seguí al teléfono, la guie hasta su casa y la acompañé al cruzar la puerta para entrar. Una vez allí, se derrumbó.
Yo también, un poco. Me sentía impotente y ese, entendí entonces, era mi talón de Aquiles. Podía enfrentarme a la mayoría de las cosas siempre que pudiera hacer algo. Pero cuando no podía hacer nada… me sentía morir.
Una vez dentro de su casa, no hubo un alivio real para Meg. Como todas las noches anteriores, los paparazzi y los supuestos periodistas llamaron a su puerta, tocaron el timbre sin parar. Los perros de Meg estaban volviéndose locos. No entendían qué estaba ocurriendo, por qué su dueña no abría la puerta, por qué la casa estaba sufriendo un ataque. Mientras aullaban y daban vueltas en círculo, ella estaba arrinconada en su cocina, hecha un ovillo en el suelo. Pasada la medianoche, cuando las cosas se calmaron, Meg se atrevió a echar un vistazo a través de las persianas y vio hombres durmiendo dentro de sus coches, en el exterior, con el motor en marcha.
Los vecinos le contaron que a ellos también los habían acosado. Esos hombres habían recorrido la calle de Meg de cabo a rabo, haciendo preguntas, ofreciendo sumas de dinero a cambio de cualquier información sobre Meg o por una buena y jugosa mentira. Un vecino le informó de que le habían ofrecido una fortuna por montar, en su tejado, cámaras de transmisión en directo apuntando hacia las ventanas de Meg. Otro vecino sí aceptó la oferta, colocó una cámara en su tejado y la orientó directamente hacia el patio trasero de la casa de Meg. Una vez más, ella contactó con la policía, que de nuevo no hizo nada. La ley de Ontario no lo prohíbe, según le dijeron. Siempre que no allanara físicamente la morada, cualquier vecino podía montar el telescopio Hubble en su casa y orientarlo hacia el patio de Meg, no había ningún problema.
Mientras tanto, en Los Ángeles, su madre era perseguida a diario, al entrar y salir de casa, al entrar y salir de la lavandería, al entrar y salir del trabajo. También la estaban difamando. En un artículo la llamaron «chabolista». En otro, «drogata». Lo cierto era que la madre de Meg trabajaba en cuidados paliativos. Viajaba por todo Los Ángeles para ayudar a las personas al final de sus vidas.
Los paparazzi escalaron los muros y vallas de las casas de muchos pacientes que visitaba. En otras palabras, a diario había una persona más para quien, como en el caso de mi madre, el último sonido en la tierra… sería un clic.
23
Reunidos de nuevo. Una tranquila velada en Nott Cott, preparando juntos la cena.
Era diciembre de 2016.
Meg y yo descubrimos que nuestra comida favorita era la misma: pollo asado.
Yo no sabía prepararlo, por eso, esa noche, ella estaba enseñándome.
Recuerdo la calidez de la cocina, los maravillosos aromas. Las peladuras de limón sobre la tabla de cortar, el ajo y el romero, la salsa burbujeante en el cazo.
Recuerdo haber frotado la piel del ave con sal, luego abrir una botella de vino.
Meg puso música. Ella expandía mis horizontes: me enseñaba sobre música folk y soul, James Taylor y Nina Simone.
It’s a new dawn. It’s a new day.[7]
A lo mejor el vino se me subió a la cabeza. A lo mejor, semanas de lucha contra la prensa me habían agotado. Por algún motivo, cuando la conversación dio un giro inesperado, me sentí susceptible.
Luego, me puse furioso. Reaccioné de forma desproporcionada y de malas maneras.
Meg hizo un comentario y yo me lo tomé a mal. En realidad fue, en parte, por una diferencia cultural y, en parte, por la barrera lingüística, pero es que además, esa noche, estaba hipersensible. Pensé: «¿Por qué está provocándome?».
Le grité, le hablé con rudeza, con crueldad. Cuando pronuncié aquellas palabras, sentí que todo se detenía en la habitación. La salsa dejó de burbujear, las moléculas de aire dejaron de orbitar. Incluso Nina Simone parecía haber hecho una pausa. Meg salió de la cocina y desapareció durante un cuarto de hora.
Fui a buscarla al piso de arriba. Estaba sentada en su dormitorio. Estaba tranquila, pero me dijo en un tono sereno y pausado que jamás toleraría que nadie le hablara así.
Asentí en silencio.
Meg quiso saber de dónde había venido esa reacción.
—No lo sé.
—¿Dónde has oído hablar a un hombre de esa forma a una mujer? ¿Oías hablar así a los adultos cuando eras pequeño?
Me aclaré la voz y aparté la mirada.
—Sí.
Ella no pensaba tolerar esa clase de compañero. Ni un padre así para sus hijos. Ni ese tipo de vida. No iba a criar a sus hijos en una atmósfera de rabia o falta de respeto. Dijo todo lo que pensaba, con total claridad. Ambos sabíamos que mi ira no había sido provocada por nada relacionado con nuestra conversación. Provenía de algún lugar más profundo, donde debía adentrarme hasta el fondo, y era evidente que me vendría bien buscar ayuda para hacerlo.
Le conté que ya había ido a terapia. Willy me lo aconsejó. Jamás encontré al psicólogo adecuado. No funcionó.
Ella me respondió con dulzura que debía intentarlo de nuevo.
24
Dejamos el palacio de Kensington en un coche negro, uno totalmente diferente y camuflado; ambos viajábamos ocultos en la parte trasera. Salimos por la puerta de atrás, sobre las seis y media de la tarde. Mis guardaespaldas dijeron que no nos seguían, así que, cuando llegamos a un atasco en Regent Street, bajamos corriendo. Íbamos al teatro y no queríamos llamar la atención llegando cuando el espectáculo ya hubiera empezado. Estábamos tan centrados en no llegar tarde, en mirar la hora, que no vimos que «ellos» nos perseguían, incumpliendo flagrantemente la ley contra el acoso de los medios.
Nos hicieron una foto cerca del teatro. Desde un coche en marcha, a través de la marquesina transparente de una parada de autobús.
Los francotiradores, por supuesto, eran Taratontín y Taratontón.
Odiábamos ser perseguidos por los paparazzi, especialmente por esos dos. Pero habíamos logrado evitarlos durante cinco meses. Lo consideramos una buena jugada.
La siguiente vez que nos acosaron sucedió unas semanas después, al salir de una cena con Doria, quien había viajado con Meg. Los paparazzi nos pillaron, pero, por suerte, se perdieron a Doria. Ella se marchó para dirigirse a su hotel, y nosotros salimos con mis guardaespaldas para ir a nuestro coche. Los paparazzi no la vieron jamás.
Había estado bastante nervioso por esa cena. Siempre es motivo de nerviosismo conocer a la madre de tu novia, pero sobre todo cuando estás haciendo que la vida de su hija sea un infierno. The Sun acababa de publicar un artículo en primera plana con el titular: «La novia de Harry en Pornhub». La noticia mostraba imágenes de Meg, escenas de Suits, que unos pervertidos habían publicado en una web porno. El periódico no decía, por supuesto, que las imágenes se habían utilizado de forma ilegal, ni que Meg tenía tanto que ver con el porno como mi abuela. Era un montaje, una forma de hacer picar a los lectores para que compraran el diario o que hicieran clic en el artículo de la versión digital. Cuando el lector descubría que el link no llevaba a ningún sitio, ¡ya era tarde! The Sun ya se había embolsado el dinero de la publicidad.
Lo combatimos, presentamos una demanda formal, aunque, gracias a Dios, el tema no surgió la noche de la cena. Teníamos temas más alegres de los que hablar. Meg acababa de realizar un viaje a la India con World Vision, que trabajaba con la gestión de la salud menstrual y el acceso a la educación para las jóvenes, después de lo cual había llevado a Doria a un retiro de yoga en Goa; una celebración tardía del sesenta cumpleaños de su madre. Estábamos homenajeando a Doria, celebrando el estar juntos y haciéndolo en nuestro lugar favorito, el Soho House, en el número 76 de Dean Street. Hablando sobre el tema de la India, nos reímos por el consejo que yo le había dado a Meg antes de partir: «No te hagas la típica foto delante del Taj Mahal». Ella me había preguntado por qué y yo le respondí que era por mi madre.
Le expliqué que ella había posado justo allí, y la foto había terminado convirtiéndose en un icono; no quería que nadie pensara que Meg intentaba imitar a mi madre. Meg jamás había oído hablar de esa foto y el asunto le pareció desconcertante, y a mí me enamoró eso.
La cena con Doria fue maravillosa, aunque, vista con perspectiva, la considero el final del principio. Al día siguiente aparecieron las fotos de los paparazzi, y se produjo un nuevo aluvión de artículos, un nuevo repunte de publicaciones en varios medios de las redes sociales. Racismo, misoginia, estupidez que rayaba en lo ilegal…, todo fue a más.
Como no sabía a quién acudir, llamé a mi padre.
—No lo leas, mi querido hijo.
—No es tan sencillo —repliqué, enfadado—. Podría perder a esta mujer. O ella llega a la conclusión de que no vale la pena sufrir tanto por mí, o la prensa envenena tanto a la opinión pública que algún imbécil podría decidir hacerle algo malo, dañarla de alguna manera.
Ya estaba empezando a suceder, como un goteo. Amenazas de muerte. El lugar donde rodaba se cerró por emergencia tras la amenaza creíble que alguien, como reacción a lo que hubiera leído, había enviado.
—Está aislada —dije— y asustada; lleva meses sin subir las persianas de su casa… ¿Y tú te limitas a decirme que no lo lea?
Me dijo que estaba reaccionando de forma exagerada.
—Es triste, pero las cosas son así.
Apelé a su propio interés. No hacer nada dejaba en un lugar espantoso a la monarquía.
—La gente de la calle está muy revuelta sobre lo que está pasándole, papá. Se lo toman de forma personal, tienes que entenderlo.
Mi padre no se conmovió.
25
La dirección distaba media hora de Nott Cott. Un trayecto rápido en coche cruzando el Támesis, pasado el parque…, pero a mí me pareció uno de mis viajes al Polo.
Tenía el corazón desbocado. Tomé aire y llamé a la puerta.
La mujer abrió, me dio la bienvenida. Me condujo por un pasillo corto hasta su despacho.
Primera puerta a la izquierda.
Una sala pequeña. Las ventanas, con persianas venecianas. Que daban justo a la calle más transitada. Oía los coches, las pisadas en la acera. La gente hablando, riendo.
Ella era quince años mayor que yo, pero de aspecto juvenil. Me recordaba a Tiggy. En realidad resultaba impactante que se parecieran tanto.
Me señaló un sofá de color verde oscuro y se sentó en una silla, justo enfrente. Era un día otoñal, aunque yo estaba sudando a chorros. Me disculpé.
—Me pongo a sudar fácilmente. Además, estoy un poco nervioso.
—Ahora lo soluciono.
Se levantó de un salto, salió corriendo. Minutos después, regresaba con un pequeño ventilador de mano, que me pasó.
—Ah, genial. Gracias.
Se quedó esperando a que yo empezara. Pero no sabía por dónde empezar. Así que lo hice hablando de mi madre. Dije que tenía miedo de perderla.
Se quedó mirándome y estudiándome durante largo rato.
Por supuesto que ella sabía que ya había perdido a mi madre. Qué surrealista, acudir a una psicóloga que ya conoce parte de tu historia vital, que seguramente ha pasado varias vacaciones en la playa leyendo libros enteros sobre ti.
—Sí, ya sé que he perdido a mi madre, claro, pero me asusta que, al hablar sobre ella, aquí, ahora, con una perfecta desconocida, y quizá al aliviar parte del dolor por esa pérdida, esté perdiéndola otra vez. Perdiendo ese sentimiento, esa presencia de ella… o de lo que siempre he sentido como su presencia.
La psicóloga entrecerró los ojos. Volví a intentarlo.
—A ver…, el dolor…, si de eso se trata…, es lo único que me queda de ella. Y el dolor también me deja seguir adelante. Algunos días, el dolor es lo único que me sostiene. Y, además, supongo que… sin el dolor, bueno…, ella podría pensar que… la he olvidado.
Parecía una tontería. Pero ya lo había soltado.
Expliqué, con una pena repentina y sobrecogedora, que la mayoría de los recuerdos de mi madre ya no estaban. Estaban del otro lado del muro. Le conté lo del muro. Le conté que había hablado con Willy de esa ausencia de recuerdos sobre nuestra madre. Él me aconsejó que mirase los álbumes de fotos, lo que hice de buena gana. Nada.
Así que mi madre no era unas imágenes, ni impresiones; era, básicamente, un agujero en mi corazón, y si cerraba ese agujero, si lo parcheaba…, ¿qué me quedaría?
Pregunté si eso parecía una locura.
—No.
Permanecimos en silencio.
Un largo rato.
Ella me preguntó qué necesitaba.
—¿Por qué has venido?
—Verás… —le dije—. Lo que necesito… es librarme de este peso que me oprime el pecho. Necesito…, necesito…
—¿Sí?
—Llorar. Por favor, ayúdame a llorar.
26
En la siguiente sesión quise tumbarme, si era posible.
Ella sonrió.
—Me preguntaba cuándo me lo pedirías.
Me tumbé en el sofá verde y me puse un cojín bajo el cuello.
Hablé sobre el sufrimiento físico y emocional. El pánico, la ansiedad. Los sudores.
—¿Hace cuánto que te ocurre todo eso?
—Ahora hará unos dos o tres años. Antes era mucho peor.
Le conté lo de la conversación con Cress. Durante las vacaciones en la nieve. Cuando se abrieron las compuertas de la contención, con todo aquel desbordamiento de emociones. Entonces había llorado un poco…, pero no fue suficiente.
Necesitaba llorar más. Y no pude.
Conseguí hablar sobre la profunda rabia, el aparente detonante que me había impulsado a buscarla. Le describí la escena con Meg, en la cocina.
Sacudí la cabeza.
Me descargué hablando sobre mi familia. Sobre mi padre y Willy. Camila. A menudo me contenía, a mitad de frase, cuando oía pasar un transeúnte en el exterior, junto a la ventana. Como si fueran a enterarse. El príncipe Harry despotricando sobre su familia. Aireando sus problemas. Los periódicos habrían hecho su agosto.
Lo que nos llevó al tema de la prensa. Un territorio más firme. Me dejé ir. Mis propios compatriotas, dije, manifestando tanto desprecio, una falta de respeto tan vil hacia la mujer que amaba. Claro que la prensa había sido cruel conmigo durante todos los años anteriores, pero era diferente. Yo nací para eso. Y algunas veces lo había provocado, me lo había ganado.
—Pero esta mujer no ha hecho nada para merecer tanta crueldad.
Y siempre que me quejaba sobre ello, tanto en el ámbito privado como en público, la gente se limitaba a poner los ojos en blanco. Decían que era un quejica, que solo fingía desear privacidad, decían que Meg también lo fingía. «¿Que la acosan?, ¡qué pena…! ¡Venga ya! Lo llevará bien, es actriz, está acostumbrada al acoso de los paparazzi, de hecho lo está deseando».
Pero nadie deseaba algo así. Nadie podría acostumbrarse jamás. Ninguna de esas personas que ponían los ojos en blanco lo habría aguantado más de diez minutos. Meg estaba sufriendo ataques de pánico por primera vez en su vida. Hacía poco había recibido un mensaje de texto de un perfecto desconocido que tenía su dirección en Toronto y prometía meterle una bala en la cabeza.
La psicóloga comentó que parecía furioso.
Mierda, ¡pues claro que estaba furioso!
Ella me dijo que, sin importar lo válidas que fueran mis protestas, también parecía bloqueado. Claro, Meg y yo estábamos viviendo un calvario, pero el Harry que había contestado a Meg con tanta ira no era el mismo de la consulta, el Harry razonable, el que estaba tumbado en ese sofá exponiendo sus argumentos. Ese otro era el Harry de doce años, el traumatizado.
—Lo que estás experimentando ahora es una reminiscencia de 1997, Harry, pero también me temo que esa parte de ti sigue atrapada en 1997.
No me gustó cómo sonaba aquello. Me sentí ligeramente insultado.
—¿Estás llamándome infantil? Me parece un poco faltón.
—Me has pedido que te dijera la verdad, que la valoras más que ninguna otra cosa… Pues bueno, ahí la tienes.
La sesión se alargó más de lo estipulado. Duró casi dos horas. Cuando se nos acabó el tiempo, concertamos una cita para volver a vernos pronto. Le pregunté si podía darle un abrazo.
—Sí, claro.
Nos medio abrazamos y le di las gracias.
Una vez fuera, en la calle, la cabeza me daba vueltas. Allá donde mirase había una asombrosa variedad de restaurantes y tiendas, y habría dado lo que fuera por darme un paseo, mirar los escaparates, darme tiempo para procesar todo lo que había contado y aprendido.
Pero, por supuesto, eso era imposible.
No quería provocar un escándalo.
27
Daba la casualidad de que la psicóloga había conocido a Tiggy. Una asombrosa coincidencia. Este mundo es un pañuelo. Así que, en otra sesión, hablamos sobre ella, de que había sido una sustituta de nuestra madre para Willy y para mí, y de que Willy y yo habíamos convertido a las mujeres de nuestra vida en sustitutas de nuestra madre. Y de lo a menudo que ellas habían interpretado ese papel de buena gana.
Admití que las sustitutas de nuestra madre me hacían sentir mejor, y también peor, porque me sentía culpable. «¿Qué pensaría mi madre?».
Hablamos sobre la culpa.
Mencioné la experiencia de mi madre con la terapia, tal como yo la veía. No la ayudó. En realidad, podría haber empeorado las cosas. Hubo tanta gente que se aprovechó de ella, que la explotó…, incluidos sus psicólogos.
Hablamos sobre su maternidad, sobre cómo a veces nos sobreprotegía y luego desaparecía en algunos momentos. Parecía una conversación importante, aunque también desleal.
Más culpa.
Hablamos sobre la vida dentro de la burbuja británica, dentro de la burbuja de la familia real. Una burbuja dentro de otra burbuja, imposible de describir a nadie que no la hubiera experimentado en carne propia. La gente sencillamente no se daba cuenta: oían la palabra «realeza», o «príncipe», y perdían toda racionalidad. «Ah, ¿eres príncipe? Pues entonces no tienes problemas».
Esas personas suponían…, no, mejor dicho, les habían enseñado que todo era como un cuento de hadas. Que no éramos humanos.
Una escritora admiradísima por muchos británicos, autora de voluminosas novelas históricas que acumulaba premios literarios, había escrito un artículo sobre mi familia, en el que decía que nosotros éramos simplemente… osos panda.
La cría de nuestra actual familia real no conlleva las mismas dificultades que la de criar osos panda, pero la conservación tanto de los unos como de los otros nos sale cara y ambos se adaptan mal a cualquier entorno moderno. Pero ¿verdad que son interesantes? ¿Verdad que resulta agradable contemplarlos?
Jamás olvidaré al muy respetado articulista que escribió en la publicación literaria más respetada del país que la muerte prematura de mi madre «nos había ahorrado mucho aburrimiento». (En el mismo artículo empleó las palabras «cita amorosa de Diana con el túnel»). Sin embargo, aquella experta en pandas siempre me ha sorprendido tanto por su aguda perspicacia como por su inigualable brutalidad. Sí que vivíamos en un zoológico, pero yo también sabía, como soldado, que convertir a las personas en animales, en «no humanos», es el primer paso para maltratarlas, para destruirlas. Si incluso una celebrada intelectual nos despreciaba como a animales, ¿qué cabía esperar del ciudadano de a pie?
Expuse a la psicóloga, en líneas generales, qué papel había jugado aquella deshumanización en la primera mitad de mi vida. Sin embargo, en ese momento, la que estaba sufriendo Meg contenía mucho más odio, mucha más malicia, además de racismo. Le conté lo que había visto, oído, presenciado en los últimos meses. En un momento dado, me incorporé en el sofá y doblé el cuello para ver si estaba escuchándome. Se había quedado boquiabierta. Como residente en el Reino Unido de toda la vida, consideraba que ya tendría que haberlo sabido.
Pero no lo sabía.
Al final de la sesión le pedí su opinión profesional.
—Lo que siento… ¿es normal?
Ella rio. ¿Qué es «normal», de todos modos?
Aunque sí reconoció que algo estaba claro como el agua: me encontraba en una circunstancia totalmente inusual.
—¿Crees que tengo una personalidad adictiva?
Para ser exactos, lo que quería saber era: ¿qué sería de mí en ese momento de mi vida si en verdad tenía una personalidad adictiva?
—Es difícil asegurarlo. Son todo hipótesis, ya sabes.
Me preguntó si había consumido drogas.
—Sí.
Le conté algunas anécdotas salvajes.
—Bueno, pues lo que me sorprende en realidad es que no seas drogadicto.
Si existía algo a lo que sí era innegablemente adicto, no obstante, era a la prensa. A leerla, a enfadarme con ella. La terapeuta dijo que eran obsesiones evidentes.
Me reí.
—Sí, es verdad. Pero es que son un montón de mierda.
Ella rio.
—Sí que lo son.
28
Siempre creí que Cressida había obrado un milagro al conseguir que yo me abriera, que expresara emociones reprimidas. Sin embargo, Cress solo había empezado el milagro, y en ese momento la psicóloga lo llevó a término.
Me había pasado la vida asegurando que no era capaz de recordar el pasado, que no podía recordar a mi madre, pero jamás le había contado a nadie toda la película. Tenía la memoria atrofiada. En ese momento, tras meses de terapia, mi memoria se retorció, pataleó, hasta que empezó a salir dando tumbos.
Cobró vida.
Algunos días abría los ojos y me encontraba a mi madre… plantada ante mí.
Regresaron miles de imágenes, algunas tan intensas y vívidas que eran como hologramas.
Recordé las mañanas en el apartamento de mi madre en el palacio de Kensington, la niñera despertándonos a Willy y a mí, llevándonos a la habitación de mi madre. Recordé que tenía una cama de agua y que Willy y yo saltábamos sobre el colchón, gritando, riendo, con los pelos de punta. Recordé que desayunábamos juntos; a mi madre le encantaba el pomelo y el lichi, apenas bebía café o té. Recordé que, después del desayuno, empezábamos la jornada laboral con ella, nos sentábamos a su lado mientras hacía sus primeras llamadas y asistíamos como oyentes a sus reuniones de negocios.
Recordé que Willy y yo estuvimos con ella en una conversación con Christy Turlington, Claudia Schiffer y Cindy Crawford. Muy confuso todo. Especialmente para dos niños tímidos en la pubertad o a punto de entrar en ella.
Recordé los momentos en que nos íbamos a dormir en el palacio de Kensington, darle las buenas noches a los pies de la escalera, besarle el cuello terso, inhalar su perfume, tumbarnos en la cama, en la oscuridad, sentirme muy lejos, muy solo y desear oír su voz solo una vez más. Recordé mi habitación, la más alejada de la suya, y, en la oscuridad, el terrible silencio, el ser incapaz de relajarme, incapaz de desconectar.
La psicóloga me animó a seguir.
—Estamos consiguiéndolo —dijo—. No paremos ahora.
Llevé a su consulta un frasquito del perfume favorito de mi madre. (Llamé a su hermana y le pedí el nombre). Era First, de Van Cleef & Arpels. Al principio de nuestra sesión, quité el tapón e inspiré con fuerza.
Fue como una pastilla de LSD.
Leí una vez que el olfato es nuestro sentido más primitivo, y eso encaja con lo que experimenté en ese instante: imágenes surgidas de lo que me pareció la parte más primaria del cerebro.
Recordé un día en Ludgrove, mi madre rellenando un calcetín mío de caramelos. Teníamos prohibido consumir chuches que vinieran de fuera, así que mi madre estaba saltándose las normas del colegio, riendo nerviosa mientras lo hacía, lo que me hacía quererla todavía más. Recordé que ambos nos moríamos de risa mientras íbamos metiendo los dulces hasta el fondo del calcetín y me recordé diciendo a gritos: «¡Oh, mamá, qué traviesa eres!». Recordé incluso la marca de los caramelos. ¡Opal Fruits!
Sólidos cuadrados de llamativos colores… similares a esos recuerdos resucitados.
Ahora entiendo por qué me gustaban tanto los «días del tentempié».
Y los Opal Fruits.
Recordé un día que íbamos a clase de tenis en el coche, con mi madre al volante, y Willy y yo en la parte trasera. Sin previo aviso, pisó el acelerador y empezamos a ir a toda pastilla por calles angostas, saltándonos los semáforos en rojo, derrapando al doblar las esquinas. Willy yo íbamos con el cinturón abrochado, así que no podíamos volvernos para mirar por la luna trasera, pero teníamos la sensación de que estaban persiguiéndonos. Eran paparazzi en motos y ciclomotores. «¿Van a matarnos, mamá? ¿Vamos a morir?». Mi madre, que llevaba grandes gafas de sol, iba mirando por los retrovisores. Tras quince minutos y varias ocasiones en las que estuvimos a punto de chocar, pisó el freno, estacionó, salió del coche y se dirigió hacia los paparazzi. «¡Dejadnos en paz! Por el amor de Dios, voy con mis hijos, ¿no podéis dejarnos en paz?». Temblorosa, con las mejillas encendidas, volvió a subir al coche, cerró la puerta de golpe, subió las ventanillas, dejó caer la cabeza sobre el volante y se puso a llorar mientras los paparazzi no paraban de disparar. Recordé las lágrimas cayendo de sus enormes gafas de sol y recordé a Willy paralizado como una estatua, y recordé a los paparazzi disparando, disparando y disparando, y recordé sentir mucho odio contra ellos y un gran y eterno amor por los que ocupaban el coche en el que me encontraba.
Recordé una vez que estábamos de vacaciones, en la isla Necker, los tres, sentados en una cabaña junto al acantilado, y que llegó una barca con un grupo de fotógrafos, buscándonos. Ese día habíamos estado jugando con globos de agua y todavía quedaban unos cuantos a nuestro alrededor. Mi madre montó enseguida una catapulta y repartió los globos entre nosotros. A la de tres, empezamos a dispararlos a la cabeza de los fotógrafos. El sonido de la risa de mi madre ese día, inaudible para mí durante todos esos años, regresó… ¡Regresó! Alta y clara como el ruido del tráfico procedente de la calle a la que daba la consulta.
Lloré de alegría al oírla.
29
The Sun publicó una rectificación sobre su artículo del porno. En un pequeño recuadro, en la página dos, donde nadie lo vería.
¿Qué más daba? El daño ya estaba hecho.
Además, le supuso a Meg decenas de miles de dólares en costas procesales.
Llamé a mi padre una vez más.
—No lo leas, mi querido…
Le corté. No pensaba volver a escuchar la misma tontería.
Además, ya no era un crío.
Lo intenté con un nuevo argumento. Le recordé a mi padre que eran los mismos lamentables malnacidos que lo habían retratado como un payaso toda su vida, que lo habían ridiculizado por dar la alarma sobre el cambio climático. Eran sus torturadores, sus acosadores, y, en ese momento, estaban torturando y acosando a su hijo y a la novia de su hijo… ¿Eso no le provocaba ira?
—¿Por qué tengo que suplicártelo, papá? ¿Por qué no es una prioridad para ti? ¿Por qué no te provoca angustia, te mantiene desvelado por las noches, que la prensa esté tratando así a Meg? Si tú la adoras…, me lo dijiste. Habéis conectado a través de vuestro amor por la música, te parece divertida y ocurrente, y con unos modales impecables, tú me lo dijiste… Entonces ¿por qué, papá? ¿Por qué?
No obtuve una respuesta clara. La conversación dio vueltas en círculos y cuando colgué, me sentí… abandonado.
Meg, mientras tanto, llamó a Camila, quien intentó consolarla diciendo que solo era la forma en que la prensa trataba a los recién llegados, y que todo pasaría a su debido tiempo, que ella misma, Camila, había sido la mala en el pasado.
¿Y qué suponía eso? ¿Que ahora le había tocado el turno a Meg? Como comparar peras con mazanas.
Camila también sugirió a Meg que yo ocupara el cargo de gobernador general de Bermudas, lo que resolvería todos nuestros problemas al alejarnos del candente ojo del huracán. Claro, claro, pensé yo, y como bonificación añadida de ese plan nosotros desapareceríamos del panorama.
Desesperado, acudí a Willy. Aproveché el primer momento tranquilo que había tenido con él en muchos años: finales de agosto de 2017, en Althorp. El vigésimo aniversario de la muerte de nuestra madre.
Fuimos remando con una pequeña barca hacia la isla. (El puente había sido demolido para ofrecer a mi madre intimidad y mantener a los intrusos alejados). Cada uno llevaba un ramo de flores, que colocamos en su lápida. Nos quedamos allí de pie durante un rato, pensando cada uno en silencio, y luego empezamos a hablar de la vida. Le hice un breve resumen de todo cuanto estábamos pasando Meg y yo.
—No te preocupes, Harold. Nadie se cree esas mierdas.
—No es verdad. Sí que se las creen. Los alimentan con eso, día a día, y llegan a creérselo sin ser conscientes de ello.
Willy no tenía una respuesta satisfactoria para eso, así que permanecimos en silencio.
Luego dijo algo extraordinario. Dijo que sentía que nuestra madre estaba ahí. Es decir…, con nosotros.
—Sí, yo también, Willy.
—Creo que ha estado en mi vida, Harold. Guiándome. Arreglándolo todo para mí. Creo que me ha ayudado a formar una familia. Y siento que ahora también está ayudándonos.
Asentí en silencio.
—Estoy totalmente de acuerdo. Creo que me ha ayudado a encontrar a Meg.
Willy retrocedió un paso. Puso cara de preocupación. Aquello parecía haber llegado demasiado lejos.
—Bueno, Harold, de eso no estoy seguro. ¡Yo no diría eso!
30
Meg volvió a Londres en septiembre de 2017. Estábamos en Nott Cott. En la cocina. Preparando la cena.
Toda la casa estaba llena de… amor. Llena a rebosar. Incluso parecía que se escapaba por la puerta abierta y salía hasta el jardín, el espacio asilvestrado que nadie había querido durante mucho tiempo, pero que Meg y yo fuimos reclamando poco a poco. Habíamos podado y cortado el césped, plantado y regado y muchas noches nos sentábamos allí, sobre una manta, para escuchar la música clásica que llegaba de los conciertos en el parque. Le hablé a Meg sobre el jardín que había justo al otro lado de nuestro muro: el jardín de mi madre. Donde Willy yo habíamos jugado de niños. Ahora estaba vedado para nosotros para siempre.
Tal como habían estado antes mis recuerdos.
—¿De quién es ese jardín ahora? —me preguntó ella.
—Pertenece a la princesa Miguel de Kent. Y a sus gatos siameses. Mi madre odiaba a esos gatos.
Mientras inspiraba la fragancia del jardín y pensaba en esa nueva vida, adoraba esa nueva vida, Meg estaba sentada en la otra punta de la cocina, sirviendo en los cuencos la comida asiática de las cajas de la cadena Wagamama. De pronto, solté sin pensar:
—No lo sé, es que yo…
Estaba dándole la espalda a Meg. Me quedé parado, a media frase, pues dudaba si seguir, no sabía si volverme.
—¿Qué es lo que no sabes, Haz?
—Es que…
—¿Sí?
—Te quiero.
Me quedé escuchando, esperando la respuesta. No la hubo.
A continuación pude oír a Meg, o sentirla, caminando hacia mí.
Me volví y allí estaba, justo ante mí.
—Yo también te quiero, Haz.
Había tenido esas palabras en la punta de la lengua casi desde el principio, así que, en cierto sentido, no parecieron especialmente reveladoras, ni siquiera necesarias. Por supuesto que la quería. Meg lo sabía, Meg lo veía, todo el mundo podía verlo. La quería con todo mi corazón como jamás había querido a nadie antes. Pero decirlo hizo que todo fuera real. Decir algo hace que las cosas se movilicen, automáticamente. Decirlo fue dar un paso.
Y también significaba que ahora teníamos unos cuantos pasos más que dar.
Como… ¿empezar a vivir juntos?
Le pregunté si le gustaría mudarse a Gran Bretaña, mudarse a Nott Cott conmigo.
Hablamos de lo que eso supondría, y cómo funcionaría, y a qué tendría que renunciar ella. Hablamos sobre la logística de despedirse de su vida en Toronto. Cuándo, y cómo, y, sobre todo…, ¿para qué exactamente?
—No puedo dejar la serie y dejar mi trabajo solo para ver qué pasa. ¿No sería mudarme a Gran Bretaña un compromiso para siempre?
—Sí —respondí—. Sí que lo sería.
—En ese caso —dijo con una sonrisa—. Sí quiero.
Nos besamos, nos abrazamos y nos sentamos a cenar.
Yo lancé un suspiro.
«Ya estamos en marcha», pensé.
Sin embargo, más tarde, cuando ella ya se había dormido, analicé lo que sentía. Tal vez, a consecuencia de la terapia. Entre todas mis emociones agitadas, percibí un intenso rayo de alivio. Ella me había respondido, había dicho «te quiero» y había sido algo espontáneo, no había sido una formalidad. No podía negar que una parte de mí se había preparado para lo peor. «Haz, lo siento, pero no sé si puedo hacerlo…». Parte de mí temía que ella saliera corriendo. Que regresara a Toronto y cambiara de número de teléfono. Que siguiera el consejo de sus amigas.
«¿Hay alguien que valga tanto la pena?».
Parte de mí pensaba que sería lo bastante lista para hacer eso.
31
Por pura casualidad, los Invictus Games de 2017 iban a celebrarse en Toronto. A tiro de piedra de la casa de Meg. Una ocasión perfecta, decidió la Casa Real, para nuestra primera aparición oficial en público.
Meg estaba un poco nerviosa. Yo también. Pero no teníamos alternativa. Había que hacerlo, nos dijimos. Ya nos habíamos ocultado al mundo durante demasiado tiempo. Además, sería el entorno más controlado y predecible que pudiéramos desear.
Por encima de todo, en cuanto tuviéramos una cita en público, los paparazzi verían rebajado el precio de nuestras cabezas, que en ese momento ya rondaba los cientos de miles de libras.
Intentamos que todo aquello fuera lo más normal posible. Vimos el partido de tenis en silla de ruedas desde la primera fila, centrados en el juego y en la buena causa, ignorando el zumbido de las cámaras. Conseguimos pasarlo bien, intercambiar un par de chistes con unos neozelandeses sentados a nuestro lado y las fotos que se publicaron al día siguiente eran muy tiernas, aunque varios periódicos británicos se metieron con Meg por vestir con vaqueros rotos. Nadie mencionó que todo lo que llevaba puesto, incluidas las sandalias y la camisa, había sido aprobado por la Casa Real.
Y con ese «nadie» me refiero a ninguna persona de la Casa Real.