En la sombra
Tercera parte » 87
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Esa semana, habría bastado con una sola declaración en defensa de Meg para marcar una tremenda diferencia.
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Les conté a Elf y a Jason que quería proponer matrimonio a Meg.
Ambos me felicitaron.
Sin embargo, Elf dijo que debía hacer una rápida investigación, para conocer bien el protocolo. Había unas normas estrictas que regían el asunto.
¿Normas? ¿De verdad?
Regresó días después y me dijo que, antes de poder hacer nada, debía pedir permiso a mi abuela.
Le pregunté si era una norma seria o era una de esas que podíamos saltarnos.
—Oh, no, es una norma muy seria.
No tenía sentido. Un hombre adulto ¿pidiéndole permiso a su abuela para casarse? No recordaba que Willy lo hubiera hecho cuando se declaró a Kate.
Ni que mi primo Peter se lo hubiera preguntado cuando se lo pidió a su mujer, Autumn. Pero, pensándolo mejor, recordé que mi padre sí lo hizo cuando quiso casarse con Camila. En ese momento no entendí la ridiculez de que un hombre de cincuenta y seis años tuviera que pedir permiso a su madre.
Elf comentó que no tenía sentido ponerse a analizar ni el porqué ni el cómo; se trataba de una norma inalterable. Los primeros seis en la línea sucesoria al trono debían pedir permiso. La ley de Matrimonios Reales de 1772, o la ley de Sucesión a la Corona de 2013…, y así siguió mencionando leyes sin parar y yo no daba crédito. La cuestión era que el amor ocupaba un clarísimo segundo plano por detrás de la ley. De hecho, la ley había triunfado sobre el amor en más de una ocasión. Alguien de mi familia, no hacía tanto, había sido… disuadido por todos los medios de casarse con el amor de su vida.
—¿Quién?
—Tu tía Margarita.
—¿De verdad?
—Sí. Quería casarse con un divorciado y… bueno.
—¿Un divorciado?
Elf asintió. Mierda, a lo mejor no resultaba tan fácil.
—Pero si mi padre y Camila eran divorciados —dije— y consiguieron el permiso, ¿no significa eso que la norma ya no es vinculante?
—Eso fue en el caso de tu padre —repuso Elf—. Ahora se trata de ti.
Por no mencionar el revuelo que hubo por cierto monarca que quiso casarse con una divorciada estadounidense, lo que Elf me recordó que había acabado con la abdicación y el exilio del rey.
—El duque de Windsor, ¿te suena?
Y así, con el corazón encogido de miedo y la boca seca, abrí la agenda. Con la ayuda de Elf marqué con un círculo un fin de semana a finales de octubre. Una salida de caza en familia a Sandringham. Las salidas de caza siempre ponían a mi abuela de buen humor.
¿Tal vez estaría más abierta a pensar en el amor?
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Era un día nublado y ventoso. Me subí al venerable y viejo Land Rover, la antigua ambulancia militar que mi abuelo había reconvertido. Mi padre iba al volante y Willy en el asiento trasero. Yo me coloqué en el del copiloto y me pregunté si debía contarles mis intenciones.
Decidí no hacerlo. Mi padre ya lo sabía, supuse, y Willy ya me había advertido que no lo hiciera.
Me había dicho que todo había ido muy deprisa. Que era demasiado pronto.
De hecho, me había desanimado bastante incluso a la hora de salir con Meg. Un día, cuando estábamos sentados en su jardín, predijo un montón de dificultades que me esperaban si salía con una «actriz estadounidense», una expresión que, dicha por él, siempre sonaba a «condenada por delito grave».
—¿Estás seguro de seguir con ella, Harold?
—Sí que lo estoy, Willy.
—¿Pero sabes lo difícil que va a ser?
—¿Qué quieres que haga? ¿Desenamorarme de ella?
Los tres llevábamos gorra plana, chaqueta verde y pantalones bombachos de caza, como si jugáramos en el mismo equipo deportivo. (Supongo que, en cierta forma, así era). Cuando mi padre se adentraba con el vehículo en el campo, me preguntó por Meg. No con mucho interés, solo de pasada. Con todo, no siempre me preguntaba, así que me gustó.
—Está bien, gracias.
—¿Quiere seguir trabajando?
—¿Cómo has dicho?
—¿Quiere seguir actuando?
—Ah, bueno, no lo sé, no lo creo. Espero que quiera estar conmigo, con todo lo que eso implica, ya sabes; la obligaría a dejar Suits…, ya que la serie se rueda en Toronto.
—Hum…, ya veo. Bueno, mi querido hijo, ya sabes que no nos sobra el dinero.
Me quedé mirándolo. ¿Sobre qué pretendía darme la chapa?
Se explicó. O lo intentó.
—Yo no puedo pagar la manutención de nadie más. Ya estoy teniendo problemas para pagar la de tu hermano y Catherine.
Me estremecí. Fue por algo relacionado con que usara el nombre de Catherine. Recordé un momento en que Camila y él querían que Kate cambiara la forma de escribir su nombre, porque ya había dos iniciales de la realeza con ce y una corona encima: Carlos y Camila. Resultaría demasiado confuso tener otra. Le sugirieron que escribiera Katherine, con ka.
En ese instante, me pregunté qué se habría hecho de aquella sugerencia.
Me volví para mirar a Willy.
—¿Estás escuchando esto?
Permaneció inexpresivo.
Mi padre no nos mantenía económicamente ni a Willy ni a mí, ni a nuestras familias, aparte de cualquier regalo que nos hiciera. Era más bien su trabajo. Ese era el trato. Accedimos a servir a la monarquía, ir adonde nos enviaran, hacer lo que nos mandaran, entregar nuestra autonomía, mantenernos en la jaula de oro, atados de pies y manos todo el tiempo, a cambio de que los guardianes de la jaula nos alimentaran y vistieran. ¿Estaba mi padre, con todos sus millones del tremendamente lucrativo ducado de Cornualles, intentando decir que nuestra cautividad empezaba a costarle demasiado dinero?
Además, ¿cuánto podía costar proporcionar casa y comida a Meg? Quise decirle que ella no comía demasiado, y, si él quería, le pediría que se confeccionara su propia ropa.
De pronto me quedó claro que aquello no iba sobre dinero. Era posible que mi padre temiera el aumento del coste que conllevaría nuestra manutención, pero lo que realmente no podía soportar era que alguien nuevo dominara la monarquía, que ocupara el primer plano, alguien resplandeciente y novedoso que le hiciera sombra. Y a Camila. Eso ya lo había vivido antes y no tenía ningún interés en volver a pasar por ello.
Yo no pensaba soportar nada de todo aquello en ese preciso instante. No tenía tiempo para celos estúpidos ni intrigas palaciegas. Seguía dándole vueltas a qué iba a decirle exactamente a mi abuela y el momento ya había llegado.
El Land Rover se detuvo. Salimos todos en tropel y nos colocamos por detrás del seto, situados por mi padre. Esperamos a que aparecieran las aves. Soplaba el viento y yo tenía la cabeza en otro lugar, pero, en cuanto empezó la primera batida, me di cuenta de que estaba disparando bien. Fui capaz de centrarme. A lo mejor sí que era un alivio pensar en otra cosa. Quizá prefería centrarme en el siguiente disparo antes que en la «gran bomba» que estaba a punto de lanzar. Seguí apuntando de un lado para otro el cañón, apretando el gatillo, acertando todos los blancos.
Hicimos una pausa para comer. Lo intenté varias veces, pero no logré encontrar sola a mi abuela. Todos la rodeaban, no paraban de hablarle. Así que engullí la comida mientras esperaba mi momento.
Un almuerzo típico de día de caza real. Mientras nos calentábamos los pies junto a las hogueras, disfrutamos de patatas asadas, jugosa carne, cremosas sopas, y el personal atendía hasta el último detalle. De postre, deliciosos púdines. Para terminar, un poco de té y un par de copas. Y de vuelta a las aves.
Durante las dos últimas batidas del día, no paraba de mirar de soslayo a mi abuela, para ver cómo se encontraba. En general, parecía que estaba bien. Y muy concentrada.
¿De verdad no tenía ni idea de lo que se avecinaba?
Tras la última batida, la partida de caza se dispersó. Todo el mundo terminó de cobrar sus piezas y regresó a los Land Rover. Vi a mi abuela subir a su Range Rover algo más pequeño y alejarse hacia el centro del campo de rastrojos. Empezó a buscar aves muertas, mientras sus perros cazaban.
No se veía ningún miembro de seguridad a su alrededor: era mi oportunidad.
Caminé hacia el centro del campo de rastrojos, me puse a su altura y empecé a ayudarla. Mientras revisábamos bien el suelo en busca de aves muertas, intenté trabar con ella una charla informal, para que se relajara y para relajar un poco mis cuerdas vocales. El viento arreciaba, y las mejillas de mi abuela parecían heladas, a pesar de la bufanda que llevaba bien enrollada en la cabeza.
Cosas que no ayudaban: mi inconsciente. Estaba aflorando. Toda la seriedad del tema empezaba a calarme. Si mi abuela decía que no…, ¿tendría que despedirme de Meg? No podía ni imaginarme estar sin ella…, pero tampoco podía imaginar contrariar abiertamente a mi abuela. Mi reina, mi comandante en jefe. Si ella no me daba su permiso, se me rompería el corazón, y desde luego que buscaría otra ocasión para pedírselo de nuevo, pero lo tendría todo en contra. Mi abuela no era precisamente conocida por cambiar de idea. Así que, en ese momento, o empezaba mi vida o acababa. Todo lo decidirían las palabras que escogiera, cómo las pronunciara y cómo las recibiría mi abuela.
Si todo eso no bastaba para sentirme cohibido al hablar, había leído montones de comentarios en la prensa, atribuidos a fuentes de «la Casa Real», sobre que algún miembro de mi familia no aprobaba, dicho finamente, a Meg. Que no le gustaba su forma directa de ser. Que no se sentía del todo cómodo con su intensa ética del trabajo. A quien no le gustaban sus preguntas ocasionales. Su curiosidad saludable y natural era presentada como impertinencia.
También hubo rumores sobre un ligero y predominante malestar relativo a su raza. Se había expresado «preocupación» en ciertos sectores sobre el tema de si el Reino Unido estaba o no «listo». Significara lo que significara eso. ¿Habría llegado a conocimiento de mi abuela alguna parte de toda esa basura? De ser así, ¿mi petición de permiso no era más que un ejercicio inútil?
¿Recaería sobre mí la maldición de convertirme en la siguiente Margarita?
«Oh, un bolígrafo. Guau».
Pensé en otros momentos decisivos de mi vida en los que tuve que pedir autorización. Pedir autorización a control para disparar al enemigo. Pedir autorización a la Fundación Real para crear los Invictus Games. Pensé en los pilotos que me pedían autorización para cruzar el espacio aéreo. De pronto mi vida parecía una serie interminable de peticiones de autorización, todas ellas como preludio a ese momento.
Mi abuela empezó a regresar hacia su Range Rover. Yo caminaba a toda prisa tras ella, con los perros dando vueltas a mis pies. Al mirarlos, me vino algo a la memoria. Mi madre decía que estar con la abuela y sus corgis era como estar sobre una alfombra en movimiento, y yo los conocía a casi todos, los vivos y los muertos, como si fueran mis primos: Dookie, Emma, Susan, Linnet, Pickles, Chipper, se decía que todos eran descendientes de los corgis pertenecientes a la reina Victoria, cuanto más cambiaban las cosas más permanentes eran ellos. Sin embargo, los perros que acompañaban a mi abuela en ese momento no eran sus corgis, eran perros de caza, y tenían un objetivo distinto, y yo tenía un objetivo distinto, y me di cuenta de que debía ir al grano, sin dudarlo un segundo más. Cuando mi abuela desplegó la rampa trasera, cuando los perros subieron al vehículo de un salto, cuando iba a acariciarlos pero recordé que llevaba un pájaro muerto en cada mano, con sus cuellos laxos entre los dedos, sus ojos vidriosos en blanco (estoy con vosotros, pájaros), sintiendo sus cuerpos aún calientes a través de los guantes, me volví hacia mi abuela y la vi mirarme con el ceño fruncido. (¿Percibía que estaba asustado? ¿Tanto por la petición de autorización como por el hecho de que ella fuera Su Alteza Real? ¿Se daba cuenta de que, sin importar lo mucho que la quisiera, siempre me ponía nervioso en su presencia?). Vi que estaba esperando a que yo hablara… y no esperaba pacientemente.
Su expresión clamaba: «Suéltalo».
Tosí para aclararme la voz.
—Abuela, ya sabes que quiero mucho a Meg, y he decidido que me gustaría pedirle matrimonio, y me han dicho que…, bueno…, que tengo que obtener tu autorización antes de pedirle la mano.
—¿Tienes que hacerlo?
—Bueno…, sí, eso es lo que me ha dicho tu personal y también el mío. Que tengo que pedirte autorización.
Permanecí totalmente quieto, como paralizado, con los pájaros en las manos. Me quedé mirándola a la cara, pero era incapaz de interpretar su expresión. Al final me contestó.
—Bueno, pues supongo que tendré que decirte que sí.
Entrecerré los ojos. ¿Sentía que tenía que decir que sí? ¿Significaba eso que decía que sí, pero quería decir que no?
No lo entendía. ¿Estaba siendo sarcástica? ¿Irónica? ¿Intencionadamente críptica? ¿Estaba permitiéndose hacer un juego de palabras? No me sonaba que mi abuela fuera aficionada a los juegos de palabras, y ese habría sido un momento de lo más raro para empezar (por no hablar de lo tremendamente inapropiado), pero a lo mejor había visto la oportunidad de aprovechar mi uso del verbo «tener» y no había podido resistirse.
O tal vez había algún mensaje oculto tras ese juego de palabras que yo no estaba entendiendo.
Me quedé ahí plantado, con los ojos entrecerrados, sonriendo, durante lo que me parecieron varias décadas, preguntándome una y otra vez: «¿Qué es lo que está intentando decirme la reina de Inglaterra?».
Tardé bastante en caer en la cuenta: «¡Está diciéndote que sí, imbécil! Está dándote autorización. ¿A quién le importa cómo lo diga? Tienes que darte cuenta de cuándo aceptar un sí como respuesta».
Así que solté de sopetón:
—Bien. ¡Vale, abuela! Bueno. Fabuloso. ¡Gracias! ¡Muchas gracias!
Quise abrazarla.
Deseaba abrazarla.
No la abracé.
La ayudé a subir al Range Rover y regresé junto a mi padre y Willy.
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Cogí un anillo del joyero de Meg y lo llevé a un diseñador de joyas, para que supiera su talla.
Dado que era, además, el albacea de las pulseras, pendientes y collares de mi madre, le pedí que extrajera los diamantes de una pulsera especialmente bella de mi madre y que los utilizara para crear un anillo.
Lo hablé todo con Willy antes de hacerlo. Le pregunté si podía quedarme la pulsera y le dije para qué era. No recuerdo que dudara ni un segundo antes de cedérmela. Al parecer, apreciaba a Meg, a pesar de sus ya mencionadas reticencias. A Kate también le gustaba. Los invitamos a cenar durante una de las visitas de Meg, ella cocinó y todo fue de maravilla. Willy estaba resfriado: moqueaba y tosía, y Meg corrió al piso de arriba a buscarle un remedio homeopático para todo. Aceite esencial de orégano con cúrcuma. Willy parecía encantado, conmovido, aunque Kate anunció a los comensales que él jamás había aceptado esos remedios poco convencionales.
Esa noche hablamos de Wimbledon y de Suits, y Willy y Kate no se atrevieron a confesar que eran superfans de la serie. Lo que fue muy considerado.
La única posible nota discordante que se me ocurre fue la marcada diferencia en la forma de vestir de las dos mujeres, de la que ambas se dieron cuenta.
Meg: vaqueros rotos, pies descalzos.
Kate: de punta en blanco.
Yo pensé que no era para tanto.
Junto con los diamantes de la pulsera le pedí al diseñador que añadiera un tercero: un diamante no manchado de sangre procedente de Botsuana.
El diseñador me preguntó si había prisa.
«Bueno…, ahora que lo pregunta…».
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Meg embaló todo lo que tenía en casa, dejó su personaje en Suits. Después de siete temporadas. Un momento difícil para ella, porque adoraba la serie, adoraba el personaje que interpretaba, adoraba al reparto y al equipo; adoraba Canadá. Por otro lado, la vida allí se había vuelto insostenible. Sobre todo en el plató. Los guionistas estaban desesperados, porque a menudo eran obligados por el gabinete de comunicación de la Casa Real a cambiar frases de los diálogos, lo que haría el personaje de Meg o cómo debía interpretarlo ella.
Meg también cerró su web y abandonó todas las redes sociales, de nuevo a petición del gabinete de comunicación de la Casa Real. Se había despedido de sus amigos, de su coche y de uno de sus perros, Bogart. El pobre se había traumatizado tanto por el asedio de la casa, por los timbrazos constantes, que su carácter cambiaba cuando Meg estaba presente. Se había convertido en un agresivo perro guardián. Sus vecinos tuvieron la amabilidad de adoptarlo.
Pero Guy sí que vino. No mi amigo, sino el otro perro de Meg, su pequeño y maltrecho beagle, que últimamente andaba aún más maltrecho. Echaba mucho de menos a Bogart, claro, pero, lo que era más importante, tenía una grave lesión. Días antes de que Meg se marchara de Canadá, Guy había escapado de su cuidador. (Meg estaba trabajando). Lo habían encontrado a varios kilómetros de distancia de la casa de Meg, incapaz de caminar. Ahora tenía las patas entablilladas.
A menudo debía levantarlo para que pudiera hacer pis.
No me importaba en absoluto. Yo adoraba a ese perro. No podía dejar de besarlo y hacerle mimos. Sí, la intensidad de mis sentimientos hacia Meg era extensible a cualquier persona o animal al que ella quisiera, pero es que además yo llevaba mucho tiempo deseando un perro y jamás había podido tener uno por mi vida nómada. Una noche, poco después de que Meg llegara a Gran Bretaña, estábamos en casa, preparando la cena, jugando con Guy, y la cocina de Nott Cott estaba más llena de amor que cualquier otro espacio en el que hubiera estado jamás.
Abrí una botella de champán, un viejo, viejísimo regalo que había estado reservando para una ocasión especial.
Meg sonrió.
—¿Qué celebramos?
—Nada en especial.
Levanté a Guy en brazos, lo llevé al exterior, al jardín amurallado, y lo coloqué sobre una manta que había extendido en el césped. Luego volví al interior y le pedí a Meg que cogiera su copa de champán y saliera conmigo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
La llevé hasta el jardín. Era una noche fría. Ambos íbamos embutidos en gruesos abrigos y el suyo tenía una capucha forrada de piel sintética que enmarcaba su rostro como si fuera un camafeo. Coloqué velas de led alrededor de la manta. Quería que pareciera Botsuana, la sabana, donde se me ocurrió por primera vez pedirle matrimonio.
En ese momento me arrodillé sobre la manta, con Guy junto a mí. Ambos miramos con curiosidad a Meg.
Yo ya tenía los ojos anegados en lágrimas, saqué el anillo del bolsillo y dije mi parte. Estaba temblando y podían oírse los latidos de mi corazón, y la voz me fallaba, pero ella captó la idea.
—¿Pasas tu vida conmigo? ¿Me haces el tío más feliz del planeta?
—Sí.
—¿Sí?
—¡Sí!
Yo reí, ella rio. ¿Qué otra reacción podía existir? En este mundo loco, esta vida llena de dolor, lo habíamos conseguido. Habíamos conseguido encontrarnos.
Luego empezamos a llorar y a reír, y a acariciar a Guy, que nos miraba, atónito.
Corrimos hacia la casa.
—Ah, un momento. ¿No quieres ver el anillo, amor mío?
Ni siquiera lo había pensado. No le importaba.
Entramos a toda prisa para terminar la celebración en la calidez de nuestra cocina.
Era 4 de noviembre.
Conseguimos guardarlo en secreto durante unas dos semanas.
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Lo normal habría sido acudir al padre de Meg en primer lugar, pedirle su bendición. Pero Thomas Markle era un hombre complicado.
La madre de Meg y él se separaron cuando ella tenía dos años, y después de aquello, ella dividía su tiempo con ellos. De lunes a viernes con su madre y los fines de semana, con su padre. Después, durante una temporada mientras iba al instituto, se mudó con su padre para convivir con él a diario. Así de cercana era su relación.
Al acabar la universidad, Meg se fue a viajar por el mundo, pero siempre permaneció en contacto con su «papi». A sus treinta años, seguía llamándolo «papi». Lo adoraba, se preocupaba por él —por su salud, por sus hábitos— y a menudo le hacía confidencias. Cuando trabajaba en Suits le consultaba todas las semanas sobre la iluminación. (Él había sido director de iluminación en Hollywood, y había ganado dos premios Emmy). En los últimos años, sin embargo, no había trabajado con regularidad, y había medio desaparecido. Había alquilado una pequeña casa en una pequeña ciudad de México, al lado de la frontera con Estados Unidos, y no le iba muy bien en general.
En todos los sentidos, opinaba Meg, su padre jamás sería capaz de aguantar la presión psicológica de ser acosado por la prensa y eso era lo que le ocurría en ese momento. Hacía tiempo que se había abierto la veda para dar caza a todas las personas del círculo de Meg, cada amigo actual y exnovio, cada primo, incluidos aquellos que jamás había visto, cada antiguo jefe o antiguo compañero de trabajo. Sin embargo, en cuanto me declaré, se produjo una cobertura mediática agresiva en torno a… su padre. Lo consideraban el premio gordo. Cuando el Daily Mirror publicó su ubicación, los paparazzi fueron hasta su casa, lo provocaron, intentando tentarlo para que saliera al exterior. Ninguna caza del zorro, ningún hostigamiento de osos ha sido jamás tan perverso. Hombres y mujeres desconocidos le ofrecían dinero, regalos, amistad. Como nada de todo eso les funcionó, alquilaron la casa de al lado y lo fotografiaban día y noche a través de sus ventanas. La prensa informó de que, como consecuencia, el padre de Meg había tapiado las ventanas con tablones de contrachapado.
Pero eso no era cierto. Hacía tiempo que tapiaba las ventanas con tablones, incluso cuando vivía en Los Ángeles, mucho antes de que Meg empezara a salir conmigo.
Era un hombre complicado.
Empezaron a seguirlo hasta el pueblo, a seguirlo mientras hacía los recados, a caminar detrás de él cuando recorría los pasillos de las tiendas locales. Publicaban sus fotos con el titular: «¡Pillado!».
Meg lo llamaba por teléfono y le pedía que mantuviera la calma.
—No hables con ellos, papi. Ignóralos, acabarán marchándose, siempre y cuando no reacciones. Es lo que la Casa Real nos dice que hagamos.
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A los dos nos resultaba difícil, al tiempo que lidiábamos con todo eso, centrarnos en el millón de detalles que conlleva una boda de la realeza.
Por extraño que parezca, la Casa Real también tenía problemas para centrarse.
Queríamos casarnos deprisa. ¿Para qué dar a los periódicos y a los paparazzi tiempo para que hicieran el mal? Sin embargo, la Casa Real no lograba escoger una fecha. Ni un lugar para el evento.
Mientras esperábamos algún decreto de lo más alto, de las nebulosas altas esferas del aparato de toma de decisiones de la familia real, iniciamos la tradicional «gira de compromiso». Inglaterra, Irlanda, Escocia, Gales; viajamos de punta a punta del Reino Unido, para presentar a Meg al pueblo.
Las multitudes enloquecieron con ella. «¡Meg, a Diana le habrías encantado!», le gritaban las mujeres sin parar. Un sentir totalmente diferente al tono y el tenor de la prensa sensacionalista y también un recordatorio: la prensa británica no era la realidad.
A nuestro regreso de ese viaje, llamé por teléfono a Willy, para sondearle, y le pregunté qué opinaba sobre el lugar donde podríamos casarnos.
Le dije que había pensado en la abadía de Westminster.
—No es un buen lugar. Nosotros nos casamos allí.
—Vale, vale. ¿En San Pablo?
—Demasiado grandiosa. Además, papá y mamá se casaron allí.
—Hum…, sí. Bien visto.
Me sugirió Tetbury.
Solté un bufido.
—¿Tetbury? ¿La capilla cerca de Highgrove? ¿En serio, Willy? ¿Cuántas personas caben en ese sitio?
—¿No era lo que decías que querías? ¿Una boda discreta y pequeña?
Lo que en realidad queríamos era fugarnos. Casarnos descalzos en Botsuana, quizá con un amigo oficiando la boda, ese era nuestro sueño. Pero se esperaba que compartiéramos ese momento con otras personas. No dependía de nosotros.
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Consulté con la Casa Real. ¿Alguna novedad sobre la fecha? ¿Y sobre la localización?
La respuesta fue negativa en ambos casos.
¿Qué tal el mes de marzo?
Pues vaya, marzo estaba lleno.
¿Y junio?
Lo lamentaban, pero era el día de la Orden de la Jarretera.
Al final nos presentaron una fecha: mayo de 2018.
Y aceptaron nuestra ubicación solicitada: la capilla de San Jorge.
Una vez establecido eso, realizamos nuestra primera aparición pública junto a Willy y Kate.
Fue durante el Foro de la Fundación Real. En febrero de 2018.
Los cuatro nos sentamos en un escenario mientras una mujer nos hacía preguntas sobre béisbol infantil ante un público bastante nutrido. La fundación estaba a punto de cumplir una década de existencia, y hablamos sobre su pasado mientras se planteaba su futuro con nosotros cuatro al timón. El público estaba entregado, los cuatro estábamos pasándolo bien, la atmósfera en general era tremendamente positiva.
Un periodista nos puso el apodo de los Cuatro Fabulosos.
«¡Ya está!», pensé, esperanzado.
Días después, llegó la controversia. Algo relacionado con que Meg había apoyado la campaña #MeToo, mientras que Kate no había demostrado su respaldo… ¿A través de sus respectivos atuendos? Creo que esa fue la clave, pero ¿quién podría saberlo? Era todo una invención. Aunque tengo la impresión de que eso puso a Kate de los nervios, además de hacerla consciente, así como a todos los demás, de que, a partir de ese momento, iba a ser comparada y obligada a competir con Meg.
Todo esto llegó justo después de un momento incómodo entre bambalinas. Meg le pidió a Kate el brillo labial. Algo muy estadounidense. Meg había olvidado el suyo, le preocupaba necesitarlo y se lo pidió a Kate. Ella, sorprendida, rebuscó en su bolso y, a regañadientes, sacó un pequeño tubito. Meg se puso un poco en el dedo y se lo aplicó en los labios. Kate puso cara de asco. ¿Un pequeño choque de estilos, tal vez? Algo de lo que deberíamos haber podido reírnos poco tiempo después. Pero dejó una pequeña huella. Entonces la prensa intuyó que ocurría algo e intentó convertirlo en algo más tremendo.
«Ya está…», pensé, apesadumbrado.
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Mi abuela concedió su aprobación formal al matrimonio en marzo de 2018. Mediante decreto real.
Mientras tanto, nuestra familia continuaba aumentando. Meg y yo llevamos a casa otro cachorro, una hermanita para el pequeño Guy. El pobre necesitaba compañía, de modo que cuando un amigo de Norfolk me dijo que su labradora negra tenía una camada y me ofreció una preciosa hembra de ojos ambarinos, no pude decirle que no.
Meg y yo la llamamos Pula, «lluvia» en setsuano.
Y «buena suerte».
Muchas mañanas, me despertaba para verme rodeado de seres queridos, que me querían y dependían de mí, y no entendía cómo podía ser tan afortunado. Dejando las complicaciones del trabajo a un lado, la felicidad era aquello. La vida me trataba bien.
Y, según parecía, seguía un camino predestinado. Quiso la casualidad que el decreto matrimonial coincidiera con la emisión de la última temporada de Suits, en la cual el personaje que interpretaba Meg, Rachel, también estaba preparando su boda. El arte y la vida se imitaban mutuamente.
Pensé que había sido un detalle por parte de Suits que casaran a Meg en la serie en lugar de tirarla por el hueco de un ascensor. Ya había suficientes personas en la vida real con ganas de hacerlo.
Con todo, esa primavera la prensa estuvo más tranquila. Preferían invertir sus esfuerzos en obtener noticias de última hora sobre los detalles de la boda que en inventar calumnias. No había día que no apareciera una «exclusiva mundial» sobre las flores, la música, la comida o la tarta. Ningún detalle era insignificante, ni siquiera los retretes portátiles. Se publicó que dispondríamos de los retretes portátiles más lujosos del mundo —lavamanos de porcelana, asientos chapados en oro— tras habernos inspirado en los de la boda de Pippa Middleton. En realidad, ni nos habíamos fijado en cómo o dónde la gente iba a mear o a hacer sus necesidades en la boda de Pippa, y no tuvimos nada que ver en la elección de los nuestros, aunque desde luego esperábamos que todo el mundo pudiera hacer sus menesteres cómodo y tranquilo.
Pero sobre todo esperábamos que los cronistas de la realeza continuaran escribiendo sobre mierda en lugar de removerla.
De modo que cuando la Casa Real nos animó a proporcionar más información sobre la boda a dichos cronistas, conocidos como la royal rota, un sistema rotativo de acreditación exclusiva, obedecimos. Y aproveché para avisar a la Casa Real de que durante el Gran Día, el día más feliz de nuestras vidas, no quería ver ni a uno solo de ellos en el interior de la capilla salvo que Murdoch en persona se disculpara por el tema de las escuchas.
La Casa Real se rio. El personal de palacio nos advirtió que impedir la entrada a la royal rota a la ceremonia sería declarar una guerra sin cuartel.
«Pues vayamos a la guerra».
Estaba harto de la royal rota, tanto de sus cronistas como de la práctica en sí, un sistema completamente obsoleto. Se había creado hacía unos cuarenta años para proporcionar contenido exclusivo sobre la familia real a los medios de comunicación británicos, y apestaba. Defendía la competencia desleal, promocionaba el amiguismo y alentaba a una pequeña horda de gacetilleros a creerse con derecho a todo.
Tras semanas de peleas y discusiones, se llegó a un acuerdo: la royal rota tendría vetada la entrada a la capilla, pero podía reunirse fuera.
Una pequeña victoria, que celebré como un gran triunfo.
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Mi padre se ofreció a ayudarnos a elegir la música para la ceremonia y una noche nos invitó a Clarence House a cenar y… a un concierto.
Sacó su «radio» y empezamos a poner música, música preciosa, de todo tipo. Apoyaba por completo nuestro deseo de contar con una orquesta en lugar de un organista, y nos hizo escuchar una selección de orquestas para que nos hiciéramos una idea.
Al cabo de un rato, enlazamos con música clásica y comentó lo mucho que le gustaba Beethoven.
Meg habló de su pasión por Chopin.
Siempre le había gustado, pero en Canadá acabó dependiendo de él; por lo visto, la música de Chopin era lo único que conseguía calmar a Guy y a Bogart.
Se lo ponía día y noche.
Mi padre sonrió con gesto comprensivo.
En cuanto terminaba una pieza, se apresuraba a colocar otro CD en su «radio» y empezaba a tararear o a llevar el ritmo con los pies al compás de la siguiente. Estaba relajado, ingenioso, encantador, y yo no dejaba de sacudir la cabeza, asombrado. Sabía que mi padre adoraba la música, pero nunca hubiera imaginado hasta qué punto.
Meg hacía aflorar en él cualidades que pocas veces había visto. Mi padre rejuvenecía ante ella. Lo presencié, vi cómo se afianzaba aquella conexión entre ellos, y sentí que el vínculo que me unía a él se fortalecía al mismo tiempo. Había tanta gente portándose con ella de manera tan mezquina que el corazón no me cabía en el pecho al ver que mi padre la trataba como la princesa en la que iba —o en la que estaba destinada— a convertirse.
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Después de todo el estrés que comportó solicitar permiso a mi abuela para casarme con Meg, creía que nunca tendría el valor de volver a pedirle nada más.
Y, aun así, me atreví con una nueva petición: «Abuela, por favor, ¿podría dejarme la barba para la boda?».
No se trataba de una petición cualquiera. Había quien consideraba que las barbas eran una clara violación del protocolo y la tradición, sobre todo teniendo en cuenta que iba a casarme de uniforme. El Ejército británico no permitía llevar barba.
Sin embargo, ya no estaba en el Ejército y necesitaba aferrarme a algo que había logrado contener mi ansiedad.
No tenía lógica, pero así era. Me había dejado barba durante el viaje al Polo Sur y no me la había afeitado a mi regreso, y me había ayudado, junto con la terapia, la meditación y otras cuantas cosas, a mitigar mis nervios. No sabía explicarlo, aunque había encontrado artículos donde se describía aquel fenómeno. Puede que fuera algo freudiano, la barba como manta de apego. O quizá junguiano, la barba como máscara. Se debiese a lo que se debiera, me proporcionaba tranquilidad, y quería estar lo más tranquilo posible el día de mi boda.
Además, mi futura esposa no me había visto nunca sin ella. Le encantaba, le gustaba tirar de ella para darme un beso. No quería que se encontrara con un completo desconocido al final del pasillo.
Se lo expliqué a la abuela y aseguró que lo entendía. Además, a su propio marido le gustaba lucir una pequeña barbita de vez en cuando. Dijo que sí, que podía dejármela. Sin embargo, cuando se lo conté a mi hermano, este se… ¿molestó?
Dijo que no estaba bien. Que si el Ejército, que si las normas, etcétera.
Le di una pequeña clase de historia. Mencioné algunos miembros de la realeza que habían llevado barba y uniforme. El rey Enrique VII. Jorge V. El príncipe Alberto. Y, ya en nuestra época, el príncipe Miguel de Kent.
Le sugerí amablemente que lo buscara en Imágenes de Google.
Dijo que no era lo mismo.
Cuando le hice saber que, en realidad, su opinión no importaba dado que ya lo había consultado con la abuela y ella había dado el visto bueno, se puso hecho una furia. Alzó la voz.
—¡Has ido a pedirle permiso!
—Sí.
—¿Y qué te ha dicho la abuela?
—Que me la dejara.
—¡La has puesto en un compromiso, Harold! ¿Qué otra cosa iba a decirte?
—¿Que qué iba a decirme? ¡Pero si es la reina! Si no hubiera querido que llevara barba, creo que me lo habría dicho sin problemas.
Sin embargo, Willy estaba convencido de que la abuela tenía debilidad por mí, que me consentía mientras que a él le ponía el listón tan alto que era prácticamente imposible de alcanzar. Por todo aquello del… Heredero, el Repuesto, etcétera. Aquello lo sacaba de sus casillas.
La discusión continuó, tanto en persona como por teléfono, durante más de una semana. Willy era incapaz de dejarlo correr.
En cierto momento incluso llegó a ordenarme, en calidad de Heredero dirigiéndose al Repuesto, que me afeitara.
—¿Va en serio?
—No te lo pido, te lo ordeno: aféitate.
—Por amor de Dios, Willy, ¿por qué tiene tanta importancia?
—Porque a mí no me dejaron llevarla.
Ah… Así que se trataba de eso. Después de volver de una misión con las Fuerzas Especiales, Willy lucía una barba poblada y alguien le dijo que fuera un buen chico y que se afeitara. No soportaba la idea de que yo disfrutara de un privilegio que a él le habían negado.
Además, sospechaba que también le recordaba que le habían impedido casarse con el uniforme que él quería.
Y no tardó en confirmar mis sospechas. Lo soltó sin más durante una de aquellas discusiones por lo de la barba: estaba resentido porque a mí se me permitía casarme con mi casaca de la caballería de la Guardia Real, que era la que él habría querido llevar para su boda.
Estaba comportándose de manera ridícula, y se lo dije. Pero se enfadaba cada vez más.
Finalmente le espeté sin muchos miramientos que su hermano barbudo estaba a punto de casarse y que podía aceptarlo o no. Lo que decidiera era cosa suya.
42
Me presenté en mi despedida de soltero con ganas de pasármelo bien. De reír, de disfrutar un rato, de olvidarme del estrés durante unas horas. Aunque también temía pasármelo demasiado bien, acabar borracho y que Willy y sus amigos aprovecharan para afeitarme la barba mientras dormía la mona.
De hecho, Willy me había dicho, explícitamente y muy serio, que aquel era su plan.
De manera que, mientras disfrutaba, procuraba tener a mi hermano vigilado en todo momento.
La fiesta se celebraba en la casa de campo de un amigo, en Hampshire. Ni en la costa sur, ni en Canadá, ni en África, sitios de los que se informó como el lugar de su localización.
Asistieron quince amigos además de mi hermano.
El anfitrión había convertido la pista interior de tenis en un circuito de juegos para muchachotes:
Guantes de boxeo gigantes.
Arcos y flechas a lo El señor de los anillos.
Un toro mecánico.
Nos pintamos la cara y armamos jaleo como si fuéramos bobos. Fue muy divertido.
Un par de horas después, estaba agotado, y aliviado al oír que alguien gritaba que la cena estaba lista.
Celebramos un gran pícnic en un establo grande y espacioso y luego desfilamos hacia un campo de tiro improvisado.
Armar hasta los dientes a aquella panda de borrachos… Una idea arriesgada. En cualquier caso, no sé cómo, nadie salió herido.
Cuando nos cansamos de disparar rifles, me disfrazaron de pollo gigante, con plumas y de color amarillo, y me enviaron al campo de tiro para dispararme fuegos artificiales. De acuerdo, me ofrecí yo. «Quien se acerque más ¡gana!». Fue como volver a aquellos largos fines de semana en Norfolk, esquivando fuegos artificiales con los hijos de Hugh y Emilie.
Me pregunté si a Willy le pasaría lo mismo.
¿Cómo nos habíamos alejado tanto, con lo unidos que estábamos en aquella época?
¿De verdad nos habíamos alejado?
Me dije que quizá aún estábamos a tiempo de recuperar aquella intimidad.
Ahora que iba a casarme.
43
Había habido debates acalorados en los pasillos del palacio acerca de si Meg podía —o debía— llevar velo. Algunos decían que no era posible.
Consideraban que una divorciada no debería ni planteárselo.
Pero, curiosamente, quienes deciden mostraron cierta flexibilidad en el asunto.
A continuación vino la cuestión de la tiara. Mis tías preguntaron si a Meg le gustaría llevar la de mi madre. Aquello nos llegó al corazón a los dos, y Meg se pasó muchísimas horas con la diseñadora del vestido de novia para que el velo conjuntara con la tiara y tuviera un ribete festoneado similar.
Sin embargo, poco antes de la boda, mi abuela se puso en contacto con nosotros y nos ofreció su colección de tiaras. Incluso nos invitó al palacio de Buckingham para que Meg se las probara. «Os ruego que vengáis», recuerdo que dijo.
Fue una mañana fuera de lo habitual. Entramos en el vestidor privado de la abuela, situado a continuación de su dormitorio, un lugar en el que yo nunca había estado. Un experto joyero acompañaba a la abuela, un historiador eminente que conocía el linaje de cada piedra de la colección real. También estaba presente la vestidora y confidente de la abuela, Angela. Había cinco tiaras dispuestas en una mesa, y la abuela le indicó a Meg que se las probara delante del espejo de cuerpo entero. Yo me quedé detrás, mirando.
Una era toda de esmeraldas. Otra de aguamarinas. Cada nueva tiara era más soberbia y deslumbrante que la anterior. Me quedé sin palabras.
No fui el único.
—Las tiaras te quedan bien —le dijo la abuela a Meg.
—Gracias, señora —contestó Meg, conmovida.
Sin embargo, de las cinco, una destacaba sobre las demás. Todo el mundo estuvo de acuerdo. Era bellísima, parecía hecha para Meg. La abuela dijo que la guardarían en una caja fuerte de inmediato y que tenía ganas de ver cómo la llevaba Meg cuando llegara el Gran Día.
—Y procura practicar cómo ponértela —añadió—. Con tu peluquero. Tiene su dificultad y no te aconsejo dejarlo para el día de la boda.
Nos fuimos del palacio sintiéndonos abrumados, queridos y agradecidos.
Una semana después, nos pusimos en contacto con Angela y le preguntamos si podía enviarnos la tiara para que Meg practicara cómo ponérsela. Habíamos estado haciendo averiguaciones y, hablando con Kate sobre su propia experiencia, nos había quedado claro que el consejo de la abuela no era gratuito. La colocación de la tiara era un proceso complejo y minucioso. Primero había que coserla al velo y, luego, el peluquero tenía que fijarla a una plaquita que Meg llevaría en el pelo. Intricado, laborioso… Aquello requería al menos un ensayo general.
Sin embargo, por algún motivo, Angela no respondió a ninguno de nuestros mensajes.
Continuamos intentándolo.
Nada.
Cuando por fin logramos ponernos en contacto con ella, dijo que la tiara no podía salir del palacio sin un ordenanza y escolta policial.
Aquello nos pareció… un poco exagerado, pero, de acuerdo, si lo exigía el protocolo, buscaríamos un ordenanza y un oficial de policía para aligerar las cosas. Se acababa el tiempo.
Inexplicablemente, contestó que no podía ser.
¿Por qué?
Porque tenía una agenda muy apretada.
Resultaba obvio que estaba poniendo trabas, pero ¿por qué? No se nos ocurría qué motivos podría tener. Barajé la idea de acudir a la abuela, pero lo más probable era que aquello desencadenara una confrontación abierta y no estaba seguro de qué lado se pondría mi abuela.
Además, en mi opinión, Angela era una persona problemática, y lo último que necesitaba era convertirla en mi enemiga.
Sin olvidar lo más importante de todo: la tiara seguía en su poder.
Tenía todas las cartas en la mano.
44
A pesar de que la prensa había dejado a Meg bastante tranquila y estaban más centrados en la boda inminente, el daño ya estaba hecho. Tras dieciocho meses de tratarla como a un trapo, habían conseguido atizar a los troles, que empezaron a arrastrarse fuera de sus sótanos y madrigueras. Desde que habíamos reconocido que éramos pareja, habíamos recibido un aluvión de insultos racistas y amenazas de muerte a través de las redes sociales. («¡Hasta luego, traidor a la raza!»). Pero, en aquellos momentos, el nivel oficial de amenaza con el que trabajaba la seguridad del palacio para asignar personal y armas había alcanzado cotas altísimas. En conversaciones con la policía anteriores a la boda, nos enteramos de que nos habíamos convertido en el objetivo codiciado de terroristas y extremistas. Me recordó al general Dannatt diciendo que yo era un imán para las balas, que cualquiera que estuviera a mi lado no estaría seguro. Bueno, pues volvía a ser un imán para las balas, pero a mi lado estaría la persona que más quería en el mundo.
Incluso se llegó a publicar que la Casa Real había decidido adiestrar a Meg en guerra de guerrillas y técnicas de supervivencia por si se producía un intento de secuestro. Un libro que fue un éxito de ventas relata el día en que las Fuerzas Especiales vinieron a nuestra casa y se llevaron a Meg para someterla a varios días de entrenamiento intenso que implicaban meterla a empujones en asientos traseros y maleteros para salir disparados hacia casas seguras… cuando es todo mentira. Al contrario, la Casa Real planteó la idea de no proporcionarle ninguna protección porque en aquellos momentos yo ocupaba la sexta posición en la línea de sucesión al trono. ¡Ojalá la mitad de lo publicado sobre las Fuerzas Especiales hubiera sido cierto! Ojalá hubiera podido llamar a mis compañeros de las Fuerzas Especiales para pedirles que vinieran a entrenar a Meg y a ponerme a mí al día. O, aún mejor, que hubieran podido participar encargándose de nuestra protección. Ya puestos, ojalá hubiera podido enviar a las Fuerzas Especiales a por aquella tiara.
Angela aún no nos la había enviado.
El peluquero de Meg vino desde Francia para el ensayo, pero la tiara seguía sin aparecer. Así que volvió a irse.
De nuevo, llamamos a Angela. De nuevo, nada.