En la sombra

En la sombra


Tercera parte » 87

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Finalmente, Angela se personó como por arte de magia en el palacio de Kensington. La recibí en la Sala de Audiencias.

Me presentó un recibo, que firmé, y a continuación me entregó la tiara.

Le di las gracias, aunque añadí que nos habría facilitado mucho la vida haberla tenido antes.

Echó fuego por los ojos y empezó a leerme la cartilla.

—Angela, ¿de verdad quiere hacer esto ahora? ¿De verdad? ¿Justo ahora?

Me lanzó una mirada que me hizo estremecer y distinguí en su expresión una clara advertencia.

«Esto no quedará así».

45

Meg llevaba meses tratando de tranquilizar a su padre. No había día que el hombre no leyera algo nuevo sobre él, algo despectivo que se tomaba a pecho. Vivía con el orgullo permanentemente herido. A diario se publicaba una nueva foto más humillante que la anterior. Thomas Markle comprando un retrete. Thomas Markle comprando un paquete de seis cervezas. Thomas Markle con la barriga colgando por encima del cinturón.

Lo entendíamos. Meg le decía que sabíamos cómo se sentía. La prensa, los paparazzi, eran lo peor. Y también era consciente de que resultaba imposible no prestar atención a lo que se publicaba, pero «por favor, intenta evitarlos en persona. Evita a cualquiera que se te acerque, papá. No te fíes de la gente que finge ser tu amiga». Poco a poco, empezamos a creer que estaba mejor, mentalmente.

Hasta que Jason nos llamó el sábado anterior a la boda.

—Tenemos un problema.

—¿Qué pasa?

—El Mail on Sunday va a publicar que el padre de Meg ha estado trabajando con los paparazzi y que se ha prestado a un montaje con robados a cambio de dinero.

Llamamos al padre de Meg de inmediato y le contamos lo que iba a ocurrir. Le preguntamos si era cierto. ¿Se había prestado a un montaje a cambio de dinero?

—No.

—Puede que consigamos que no salga a la luz, papá —le dijo Meg—, pero, si al final se descubre que mientes, nunca más podremos impedir que publiquen nada sobre nosotros, o sobre nuestros hijos, por falso que sea. No es ninguna tontería. Tienes que decirnos la verdad.

Juró que él nunca había hecho un montaje, que no había participado en ninguna farsa, que no conocía a aquel paparazzi en cuestión.

—Le creo —me susurró Meg.

Le dijimos que, en ese caso, saliera de México enseguida, que no imaginaba el acoso al que estaba a punto de verse sometido y que por lo tanto lo mejor era que viniera a Gran Bretaña. De inmediato. Que le buscaríamos un apartamento donde esconderse y poder estar tranquilo hasta que saliera el vuelo.

Air New Zealand, primera clase, reservado y pagado por Meg.

Enseguida le enviaríamos un coche con seguridad privada para que fuera a recogerlo.

Dijo que tenía cosas que hacer.

A Meg le cambió la cara. Ocurría algo.

Se volvió hacia mí y suspiró.

—Está mintiendo.

La historia salió a la luz a la mañana siguiente y fue peor de lo que temíamos. Había imágenes del padre de Meg reuniéndose con el paparazzi en un cibercafé y una serie de fotos que dejaban claro que se trataba de un montaje, entre ellas una en la que leía un libro sobre el Reino Unido, como si se preparara para la boda. Las fotos, por las que podrían haber pagado cien mil libras, parecían demostrar más allá de ninguna duda que el padre de Meg había mentido. Quizá había participado en el montaje para sacar algo de dinero o porque tenían algo con lo que podían presionarlo. No lo sabíamos.

«¡El padre de Meg Markle es un artista de la estafa!». «¡Participó en un montaje a cambio de dinero!».

A una semana de la boda, aquello era lo que estaba en boca de todos.

A pesar de que las fotos se habían tomado hacía semanas, se las habían guardado para publicarlas cuando más daño podían hacer.

Poco después de que la historia saliera a la luz, Thomas Markle nos envió un mensaje: «Estoy avergonzado».

Le llamamos.

Y le escribimos.

Y volvimos a llamarle.

«No estamos enfadados, por favor, coge el teléfono».

No respondió.

Luego nos enteramos, junto con el resto del mundo, de que por lo visto había sufrido un ataque al corazón y no iba a asistir a la boda.

46

Al día siguiente, Meg recibió un mensaje de Kate.

Al parecer, había un problema con los vestidos de las damas de honor. Había que hacerles arreglos. Los vestidos, de alta costura francesa, los habían cosido a mano partiendo únicamente de las medidas, por lo que no era de sorprender que necesitaran arreglos.

Meg no le contestó de inmediato. Sí, recibía una infinidad de mensajes relacionados con la boda, y además intentaba controlar el caos que rodeaba todo lo relacionado con su padre. Así que escribió a Kate a la mañana siguiente diciéndole que el sastre estaba listo. En el palacio. Se llamaba Ajay.

No fue suficiente.

Buscaron una hora para hablar esa misma tarde.

—El vestido de Charlotte le va demasiado grande, largo y ancho. Se echó a llorar cuando se lo probó en casa —señaló Kate.

—Vale, y yo te dije que tenías al sastre disponible desde las ocho de la mañana. Aquí. En Kensington. ¿No puedes llevar a Charlotte para que le haga los arreglos como las otras madres?

—No, hay que hacer de nuevo todos los vestidos.

Y añadió que el diseñador de su vestido de novia coincidía con ella.

Meg le preguntó si estaba al tanto de lo que estaba ocurriendo en aquellos momentos. Con su padre.

Kate contestó que estaba muy al tanto, pero que si los vestidos.

—¡Y solo quedan cuatro días para la boda!

—Sí, Kate, lo sé…

Además, aquel no era el único problema que Kate tenía con la manera en que Meg estaba organizando la boda. Algo relacionado con una fiesta para los pajes.

—¿Para los pajes? La mitad de los niños que acuden a la boda vienen de Norteamérica. Ni siquiera han llegado todavía.

Continuaron un rato igual.

—No sé qué más decir. Si el vestido no le va bien, entonces ve a ver a Ajay con Charlotte. Lleva esperando todo el día.

—Muy bien.

Poco después llegué a casa y me encontré a Meg en el suelo. Llorando.

Me disgustó verla tan angustiada, pero no creía que se tratara de una catástrofe. Las emociones estaban a flor de piel después de todo el estrés de la semana anterior, del mes anterior, del día anterior. Era insoportable, pero pasajero. Le aseguré que Kate no lo hacía con mala intención.

De hecho, al día siguiente, Kate apareció con unas flores y una tarjeta de disculpa. La mejor amiga de Meg, Lindsay, estaba en la cocina cuando se presentó.

Me dije que solo había sido un pequeño malentendido.

47

En la víspera de la boda, me alojé en el Coworth Park Hotel. Una casa rural de ambiente íntimo. Me acompañaban varios amigos mientras tomábamos una copa. Uno comentó que parecía un poco distraído y contesté que quizá sí, que habían estado pasando muchas cosas.

No quería hablar demasiado. El asunto del padre de Meg, lo de Kate y el vestido, la preocupación constante de que alguien entre la multitud hiciera una locura… Era mejor no hablar de ello.

Alguien preguntó por mi hermano. ¿Dónde está Willy?

Volví a contestar sin contestar. Otro tema delicado.

Supuestamente iba a pasar la velada con nosotros. Pero, igual que el padre de Meg, lo había cancelado en el último momento.

Me lo había comunicado justo antes de que fuera a tomar el té con la abuela: «No puedo, Harold. Kate y los niños».

Le había recordado que era nuestra tradición, que habíamos cenado juntos la víspera de su boda, que habíamos ido juntos a saludar a la gente.

Se mantuvo firme.

—No puedo.

Lo presioné.

—¿Qué es lo que te pasa, Willy? Yo estuve contigo toda la noche antes de casarte con Kate. ¿A qué viene esto?

Me pregunté qué estaba ocurriendo de verdad. ¿Estaba resentido porque no era mi padrino? ¿Estaba enfadado porque se lo había pedido a mi viejo amigo Charlie? (La Casa Real publicó que Willy era el padrino, como habían hecho conmigo cuando Kate y él se habían casado). ¿Tendría aquello algo que ver?

¿O se trataba de los últimos coletazos del Barbagate?

¿O estaba molesto por lo de Kate y Meg?

No me dio ninguna pista, simplemente se limitó a contestar que no a todo, preguntándome a su vez por qué tenía tanta importancia.

—Ni siquiera entiendo por qué vas a saludar a la gente, Harold.

—Porque la oficina de prensa me dijo que lo hiciera. Igual que en tu boda.

—No tienes por qué hacer todo lo que te digan.

—¿Desde cuándo cojones es así?

Estaba harto. A pesar de nuestros desencuentros, siempre había creído que el vínculo que nos unía era fuerte. Creía que el amor fraternal siempre estaría por encima de un vestido de dama de honor o de una barba. Supongo que me equivocaba.

Más tarde, sobre las seis, Willy me envió un mensaje nada más acabar la reunión con la abuela. Había cambiado de opinión. Vendría.

¿Habría tenido la abuela algo que ver?

Me daba igual. Se lo agradecí, feliz, de corazón.

Poco después, nos encontramos fuera y nos subimos a un coche que nos llevó hasta King Edward Gate. Bajamos y paseamos entre la multitud agradeciéndoles que hubieran acudido a saludarnos.

La gente nos deseaba lo mejor, nos lanzaba besos.

Nos despedimos y volvimos a subir al coche.

Cuando nos alejábamos, le pregunté si quería venir a cenar conmigo. Mencioné que igual hasta podía quedarse a dormir, como había hecho yo antes de su boda.

Dijo que iría a cenar, pero que no podría quedarse.

—Venga, por favor, Willy.

—Lo siento, Harold. No puedo. Los niños.

48

Me alisé la pechera del uniforme de la caballería de la Guardia Real mientras esperaba junto al altar, viendo cómo Meg se dirigía hacia mí como en una nube. Había puesto todo mi empeño en escoger la música perfecta para el camino hasta el altar y al final me había decidido por Eterna fuente de luz divina de Händel.

En cuanto empecé a oír la voz de la solista resonando sobre nuestras cabezas, supe que había acertado.

En realidad, al tiempo que Meg se acercaba, di gracias por todas las elecciones que había hecho.

Me sorprendió que pudiera oír la música por encima del latido de mi propio corazón cuando Meghan subió el escalón y me dio la mano. El presente se diluyó y el pasado regresó en un torrente. Nuestros primeros mensajes vacilantes en Instagram. Nuestro primer encuentro en el Soho House. Nuestro primer viaje a Botsuana. Nuestros primeros intercambios emocionados después de que el teléfono se me cayera al río. Nuestro primer pollo asado. Nuestros primeros vuelos a uno y otro lado del Atlántico. La primera vez que le dije que la quería. Oírselo decir a ella. Guy entablillado. Steve, el cisne gruñón. La lucha encarnizada para mantenerla a salvo de la prensa. Y ahora estábamos allí, en la línea de meta. En la línea de salida.

En los últimos meses, prácticamente nada había salido según lo planeado, aunque me recordé que nada de todo aquello era el plan. El plan era esto. Este amor.

Miré a mi padre de reojo, quien había acompañado a Meg durante la última parte del camino hasta el altar. No era su padre, pero aun así se trataba de alguien especial, y estaba emocionada. No compensaba el comportamiento de Thomas Markle ni cómo la prensa había usado al hombre, pero ayudó mucho.

La tía Jane se levantó y leyó un pasaje en honor a mi madre. Del Cantar de los Cantares.

Lo habíamos escogido Meg y yo.

¡Levántate, oh, amada mía! ¡Oh, hermosa mía, ven!

Ponme como un sello sobre tu corazón;

ponme como una marca sobre tu brazo.

Inquebrantable como la muerte es el amor;

inflexibles como el sepulcro son los celos.

Inquebrantable como la muerte. Inflexible como el sepulcro. Sí, pensé. Sí.

Vi que el arzobispo nos tendía los anillos con manos temblorosas. Yo lo había olvidado, pero estaba claro que él no: doce cámaras apuntadas hacia nosotros, dos mil millones de personas viéndonos por televisión, fotógrafos en el techo y una multitud expectante y bulliciosa esperándonos fuera.

Intercambiamos los anillos; el de Meg se había extraído del mismo fragmento de oro galés con el que se había hecho el de Kate.

La abuela me había dicho que prácticamente ya no quedaba nada.

El último pedacito de oro. Así era como veía a Meg.

El arzobispo llegó a la parte oficial, pronunció las palabras que nos convirtieron en el duque y la duquesa de Sussex, títulos concedidos por mi abuela, y nos unió hasta que la muerte nos separara, aunque ya lo había hecho días antes, en nuestro jardín, durante una pequeña ceremonia en la que solo estábamos nosotros dos. Guy y Pula fueron los únicos testigos. No había sido oficial, ni vinculante, salvo para nosotros. Estábamos agradecidos por todas y cada una de las personas que ocupaban y rodeaban la capilla de San Jorge, y por las que nos veían por televisión, pero nuestro amor había empezado en la intimidad, y hacerlo público casi siempre había comportado sufrimiento, de ahí que quisiéramos que la primera consagración de nuestro amor, que nuestros primeros votos fueran lo más íntimos posible. Por mágica que fuera la ceremonia, ambos habíamos acabado recelando ligeramente… de las multitudes.

Y nada mejor para recalcar esa sensación que recorrer el pasillo y ver, aparte de un mar de rostros sonrientes, francotiradores nada más salir de la capilla. En los tejados, entre las banderitas, tras las cascadas de serpentinas. La policía me dijo que no era lo habitual, pero que en nuestro caso había sido necesario.

Debido a la cantidad inaudita de amenazas que estaban descubriendo.

49

La luna de miel era un secreto celosamente guardado. Salimos de Londres en un vehículo camuflado como furgoneta de mudanzas que tenía las ventanillas cubiertas con cartones y partimos hacia el Mediterráneo durante diez días. Disfrutamos de la lejanía, del mar, del sol. Pero también estábamos agotados. La presión acumulada hasta la boda nos pasó factura.

Regresamos justo a tiempo para la celebración oficial del cumpleaños de mi abuela, en junio: el desfile de la bandera, la ceremonia donde los regimientos del Ejército británico desfilan portando sus colores. Y una de nuestras primeras apariciones en público como recién casados. Todos los presentes estaban de buen humor, animados. Hasta que… Kate le preguntó a Meg qué opinaba sobre su primer desfile de los colores de los regimientos.

Y Meg bromeó:

—Colorido.

Se hizo un silencio sepulcral que amenazó con tragarnos a todos.

Días después, Meg acudió a su primera salida real con mi abuela. Estaba nerviosa, pero se llevaron de fábula. Conectaron también gracias a su amor mutuo por los perros.

Volvió radiante de la salida.

—Hemos congeniado —me dijo—. ¡La reina y yo hemos congeniado de verdad! ¡Hemos hablado de las ganas que tengo de ser madre y me ha dicho que la mejor manera de inducir el parto es darse una vuelta en coche por un camino lleno de baches! Le he dicho que lo recordaría cuando llegara la ocasión.

Ambos estábamos convencidos de que las cosas por fin iban a cambiar.

La prensa, sin embargo, declaró que la salida había sido un absoluto desastre. Retrataron a Meg como una persona arrogante, engreída y desconocedora del protocolo real porque había cometido el error imperdonable de subir al coche antes que mi abuela.

En realidad, había hecho exactamente lo que le había pedido mi abuela. Le había dicho que subiera y eso había hecho.

Daba lo mismo. Durante días circularon historias acerca de la transgresión de Meg, de su total falta de clase, de la osadía de no llevar sombrero en presencia de mi abuela. La Casa Real había indicado a Meg de manera específica que no llevara sombrero. No solo eso, mi abuela había ido de verde para honrar a las víctimas del incendio de la torre Grenfell, pero nadie le había dicho a Meg que debía vestir de ese color, lo cual dio pie a que la acusaran de indiferencia ante las víctimas.

Me dije que la Casa Real haría una llamada para aclarar lo sucedido.

No lo hizo.

50

Willy y Kate nos invitaron a tomar el té. Para relajar el ambiente.

Era junio de 2018.

Fuimos a media tarde. Meg miró atónita a su alrededor desde que cruzamos la puerta hasta que llegamos al estudio, pasando por la sala de estar y el distribuidor.

«Guau», murmuró varias veces.

El papel de las paredes, las molduras del techo, las estanterías de nogal repletas de volúmenes de colores armoniosos, las obras de arte de valor incalculable. Magnífico. Como un museo. Y así se lo hicimos saber. Los felicitamos por la reforma sin escatimar en cumplidos mientras pensábamos medio avergonzados en nuestras lámparas de IKEA y el sofá de ocasión que habíamos comprado recientemente en rebajas, con la tarjeta de crédito de Meg, en sofa.com.

En el estudio, Meg y yo nos sentamos en un confidente al final de la estancia mientras que Kate tomó asiento frente a nosotros, en un asiento tapizado de cuero delante de la chimenea. Willy estaba a su izquierda, en un sillón. Había una bandeja de té y pastas. Dedicamos los primeros diez minutos a la típica charla intranscendente. ¿Qué tal los niños? ¿Cómo ha ido la luna de miel?

Hasta que Meg abordó la cuestión de la tensión que existía entre los cuatro y dijo que tal vez se remontaba a la época en que entró a formar parte de la familia, a un malentendido al que quizá no le habían prestado la suficiente importancia. Kate había creído que Meg quería sus contactos con el mundo de la moda, pero Meg ya contaba con los suyos propios. ¿No podría ser que hubieran comenzado con mal pie? ¿Y que luego, añadió Meg, todo se magnificara con el tema de la boda y aquellos malditos vestidos de dama de honor?

Sin embargo, resultó que había más cosas… de las que no teníamos ni idea.

Al parecer, a Willy y a Kate les había molestado que no les hubiéramos regalado nada por Pascua.

¿Regalos por Pascua? ¿Era para tanto? Willy y yo nunca nos habíamos regalado nada por Pascua. Mi padre siempre le había dado mucha importancia a la Pascua, sin duda, pero eso era algo de mi padre.

Aun así, si Willy y Kate estaban molestos, les pedíamos disculpas.

En cuanto a nosotros, aprovechamos para decir que tampoco nos había entusiasmado que Willy y Kate cambiaran las tarjetas de sitio y decidieran dónde sentarse en nuestra boda. Habíamos seguido la tradición estadounidense y habíamos colocado a las parejas juntas, pero a Willy y a Kate no les gustaba esa tradición, por lo que su mesa fue la única donde los cónyuges se sentaron separados.

Insistieron en que no habían sido ellos, sino otra persona.

Y dijeron que nosotros habíamos hecho lo mismo en la boda de Pippa.

No era cierto. Por mucho que nos hubiera gustado. Un arreglo floral gigantesco se interponía entre nosotros, y aunque deseábamos sentarnos juntos con toda nuestra alma, no habíamos hecho nada al respecto.

Tuve la sensación de que exponer nuestros agravios no estaba arreglando nada. No nos llevaba a ninguna parte.

Kate volvió la vista hacia el jardín y, aferrando los bordes tapizados de su asiento con tanta fuerza que tenía los dedos blancos, dijo que se le debía una disculpa.

—¿Por qué? —preguntó Meg.

—Porque me ofendiste, Meghan.

—Te ruego que me digas cuándo.

—Te conté que se me había olvidado algo y contestaste que era cosa de las hormonas.

—Te prometo que no sé a qué te refieres.

Kate le recordó una conversación telefónica durante la que estuvieron hablando sobre el mejor momento para llevar a cabo los ensayos de boda.

—Ah, ¡sí! —exclamó Meg—. Ya me acuerdo: se te había olvidado algo y yo dije que no pasaba nada, que eran cosas del embarazo. Porque acababas de tener un hijo. Por las hormonas.

Kate abrió mucho los ojos.

—Sí. Hablaste de mis hormonas. ¡No tenemos tanta confianza para que hables de mis hormonas!

Meg también abrió mucho los ojos. Estaba sinceramente perpleja.

—Siento haber hablado de tus hormonas. Es que es así como hablo con mis amigas.

Willy apuntó a Meg con un dedo.

—Pues es de mala educación, Meghan. Aquí no se hacen esas cosas.

—Si no te importa, aparta tu dedo de mi cara.

¿De verdad estaba ocurriendo aquello? ¿De verdad habíamos acabado de aquella manera? ¿Gritándonos porque unos habían cambiado unas tarjetas de sitio y alguien había mentado las hormonas de otra persona?

Meg dijo que ella nunca había hecho nada de manera intencionada para ofender a Kate y que, si lo había hecho, le rogaba que se lo advirtiera para que no sucediera de nuevo.

Nos abrazamos. Por decir algo.

Y luego pensamos que era mejor volver a casa.

51

El personal notaba la fricción, leía la prensa y había discusiones frecuentes en la oficina. La gente empezó a tomar partido. El equipo Cambridge contra el equipo Sussex. Rivalidad, celos, agendas encontradas… Todo enrareció el ambiente.

Tampoco ayudaba que hubiera que trabajar a destajo. La demanda de la prensa era tal, los desmentidos eran tan habituales, que no disponíamos ni de las personas ni de los recursos necesarios para llegar a todo. En el mejor de los casos, éramos capaces de ocuparnos del diez por ciento de lo que se publicaba. Los nervios estaban a flor de piel, la gente saltaba a la mínima. En un ambiente así, las críticas constructivas no existían. Cualquier opinión se recibía como una afrenta, como un insulto.

Más de una vez un empleado se había desplomado sobre la mesa y se había echado a llorar.

Y Willy culpaba de absolutamente todo aquello a una sola persona. A Meg. Me lo dijo varias veces, y le contrariaba que le hiciera notar que estaba pasándose de la raya. Se limitaba a repetir lo que decía la prensa, a propagar historias falsas que había leído o le habían contado. Le dije que lo más irónico de todo era que los verdaderos malos de la película eran las personas que él había incorporado a la oficina, gente del Gobierno, quienes lejos de mantenerse al margen de aquel tipo de conflictos… parecían adictos a ellos. Eran maestros dando puñaladas por la espalda, tenían un don para la intriga y enfrentaban a nuestro personal de manera constante.

Y en medio de todo aquello, Meg lograba conservar la calma. A pesar de lo que ciertas personas decían de ella, jamás la oí hablar mal de nadie o a nadie. Al contrario, la vi redoblando sus esfuerzos para tender puentes, para desplegar amabilidad. Enviaba notas de agradecimiento de su puño y letra, se preocupaba por los empleados que estaban enfermos, enviaba cestas de comida, flores o detallitos a quien estuviera pasando por un mal momento, deprimido o enfermo y no fuera a trabajar. La oficina solía ser fría y oscura y ella la hizo más cálida comprando lámparas y radiadores que pagó con su tarjeta de crédito personal. Llevaba pizza y galletas, organizaba tés y meriendas informales. Compartía todos los regalos que recibía, la ropa, los perfumes, el maquillaje, con las mujeres de la oficina.

Nunca dejaba de asombrarme su capacidad, o su empeño, para ver siempre el lado bueno de las personas.

Hubo un detalle que me hizo comprender el corazón tan grande que tenía. Me enteré de que el señor R., el vecino de arriba de cuando vivía en la tejonera, había sufrido una tragedia. Su hijo había muerto.

Meg no conocía al señor R. Ni tampoco a su hijo. Pero sabía que habían sido mis vecinos, y a menudo los había visto paseando a los perros. La noticia la apenó profundamente y escribió una carta al padre para expresarle sus condolencias y decirle lo mucho que le gustaría darle un abrazo, aunque no sabía si sería apropiado. Adjuntó una gardenia a la carta para que la plantara en recuerdo de su hijo.

Una semana después, el señor R. apareció en la puerta de casa, en Nott Cott. Le tendió a Meg una nota de agradecimiento y le dio un abrazo muy sentido.

Me sentí muy orgulloso de ella, y muy apenado por mis rencillas con el señor R.

Igual que me apenaban las rencillas de mi familia con mi mujer.

52

No queríamos esperar. Los dos deseábamos formar una familia de inmediato. Teníamos unos horarios de locura, unos trabajos muy exigentes, el momento no era el propicio, pero ¿qué se le iba a hacer? Aquella siempre había sido nuestra prioridad.

Nos preocupaba que el estrés de nuestra vida diaria nos impidiera concebir, porque ya había empezado a hacer mella en Meg. A pesar de los pasteles de carne, había perdido mucho peso a lo largo del último año. Ella aseguraba que comía más que nunca, pero aun así seguía adelgazando.

Unos amigos nos recomendaron una doctora ayurvédica que les había ayudado en la misma situación. Según tenía entendido, la medicina ayurvédica clasificaba a las personas en categorías. No recuerdo en qué categoría colocó a Meg, pero la mujer confirmó nuestras sospechas de que la pérdida de peso de Meg podría dificultar la concepción.

Nos prometió que si ganaba unos tres kilos se quedaría embarazada.

Así que Meg comió sin parar, y pronto engordó los kilos recomendados mientras mirábamos el calendario ilusionados.

Hacia finales de verano de 2018, fuimos a Escocia, al castillo de Mey, a pasar unos días con mi padre. El vínculo entre Meg y mi padre, que siempre había sido fuerte, se fortaleció durante esa semana. Una noche, mientras tomábamos unos cócteles antes de cenar y sonaba Fred Astaire de fondo, salió a relucir que Meg compartía fecha de nacimiento con la persona predilecta de mi padre: Gan-Gan.

El 4 de agosto.

—Qué curioso —comentó mi padre con una sonrisa.

El recuerdo de Gan-Gan, y aquella casualidad que la relacionaba con mi mujer, repentinamente lo pusieron de buen humor y empezó a contar historias que yo nunca había oído, con mucho teatro, pavoneándose ante Meg.

Hubo una en concreto que nos encantó a los dos, despertó nuestra imaginación. Era sobre las selkies.

—¿Las qué, papá?

—Las sirenas escocesas.

Adoptaban forma de foca y surcaban las aguas frente al castillo, a un tiro de piedra de donde estábamos sentados.

—Así que, cuando ves una foca, nunca sabes si es una foca de verdad… Cantadle. A menudo responden —nos recomendó.

—¡Venga ya, eso son cuentos de hadas, papá!

—¡No, lo digo muy en serio!

¿Lo imaginé o mi padre también prometió que las selkies concedían deseos?

Durante la cena, charlamos un rato sobre el estrés al que habíamos estado sometidos y comentamos que ojalá supiéramos cómo hacer que la prensa nos dejara tranquilos… aunque solo fuera durante una temporada.

Mi padre asintió. Pero creyó que era importante recordarnos que lo mejor era…

—Que sí, papá, que sí, ya lo sabemos: no leerla.

Al día siguiente, el buen ambiente continuaba a la hora del té. Reíamos y charlábamos tranquilamente cuando el mayordomo de mi padre irrumpió en la habitación arrastrando un teléfono fijo detrás de él.

—Alteza real, Su Majestad.

Mi padre se sentó muy derecho.

—Claro.

Alargó la mano hacia el auricular.

—Disculpe, señor, pero desea hablar con la duquesa.

—Ah.

Todos nos quedamos atónitos. Meg alargó la mano hacia el teléfono con gesto inseguro.

Por lo visto, mi abuela llamaba para hablar con Meg sobre su padre en relación con la carta que Meg le había escrito a ella solicitándole consejo y ayuda. Meg decía que no sabía cómo hacer que la prensa dejara de entrevistarlo y lo incitara a decir cosas horribles. Mi abuela le recomendó que se olvidara de la prensa, que fuera a ver a su padre y que intentara hacerlo entrar en vereda.

Meg le explicó que vivía en una pequeña ciudad fronteriza de México y que no sabía cómo iba a cruzar el aeropuerto, abrirse paso entre la prensa que rodeaba la casa de su padre, volver a cruzar esa parte de la ciudad y regresar sana y salva sin levantar rumores.

Mi abuela reconoció que el plan no estaba exento de problemas.

—En ese caso, tal vez lo mejor sea escribirle una carta.

Mi padre coincidió. Una magnífica idea.

53

Meg y yo bajamos a la playa que se extendía delante del castillo. Hacía frío, pero el sol brillaba con fuerza.

Estábamos en las rocas, contemplando el mar, cuando en medio de las sedosas islas de algas vimos… algo.

Una cabeza.

Un par de ojos enternecedores.

—¡Mira! ¡Una foca!

La cabeza se meció arriba y abajo. Nos miraba fijamente.

—¡Mira! ¡Otra!

Como nos había dicho mi padre, corrí a la orilla y les canté. Les di una serenata.

—Arúúú.

Nada.

Meg decidió acompañarme y, ¿cómo no?, a ella le contestaron.

«Es mágica de verdad», pensé. Hasta las focas lo sabían.

De pronto, un sinfín de cabezas empezaron a asomar por toda el agua, respondiendo a su canto.

«Arúúú».

Una ópera de focas.

Puede que se tratara de una tonta superstición, pero me daba igual, lo consideré un buen augurio. Me quité la ropa, me metí en el agua y nadé hacia ellas.

Más tarde, el chef australiano de mi padre se mostró horrorizado. Nos dijo que había sido una malísima idea, incluso más imprudente que zambullirse en las aguas negrísimas del Okavango haciendo caso omiso del peligro. Dijo que aquella parte de la costa escocesa estaba infestada de orcas y cantarle a las focas era como atraerlas a una muerte sangrienta.

Sacudí la cabeza.

Era un cuento de hadas tan bonito…

¿Cómo se había vuelto tan sombrío tan deprisa?

54

Meg tenía un retraso.

Compramos dos test de embarazo, por si acaso, y se los hizo en el cuarto de baño de Nott Cott.

Yo me tumbé en la cama y mientras esperaba a que saliera… me quedé dormido.

Cuando me desperté, Meg estaba a mi lado.

—¿Qué ha pasado? ¿Es…?

Dijo que no lo había mirado. Que quería esperar a hacerlo conmigo.

Las «varitas mágicas» estaban en la mesita de noche, junto a las pocas cosas que solía tener allí encima, entre ellas la cajita azul con el mechón de pelo de mi madre. «De acuerdo —me dije—, bien. Veamos qué puede hacer mamá con este asunto».

Alargué la mano hacia los test y eché un vistazo a las ventanitas.

Azul.

Un azul intensísimo. En las dos.

El azul significaba… embarazo.

—Oh, vaya.

—Bien.

—Bueno, pues…

Nos abrazamos, nos besamos.

Volví a dejar las varitas en la mesita de noche.

«Gracias, selkies», pensé.

«Gracias, mamá», pensé.

55

Euge iba a casarse con Jack y todos estábamos locos de alegría por ella. Por ella y, siendo egoístas, por nosotros, porque Jack era una de las personas que mejor nos caían. Meg y yo estábamos a punto de salir de gira en nuestro primer viaje oficial al extranjero una vez casados, pero retrasamos la partida unos cuantos días para poder asistir a la boda.

Además, los distintos encuentros relacionados con la boda nos ofrecerían la oportunidad de llevarnos a la familia a un aparte y darles la buena noticia uno a uno.

Asaltamos a mi padre en su despacho de Windsor, justo antes de un cóctel que se celebraba en honor de los novios. Estaba sentado a su gran escritorio, el que le ofrecía sus vistas favoritas sobre el Long Walk, la larga avenida que desemboca en el castillo. Todas las ventanas estaban abiertas, para airear la estancia, y una brisa revolvía los papeles, que estaban apilados en pequeñas torres, coronadas con pisapapeles. La noticia de que iba a ser abuelo por cuarta vez pareció llenarlo de alegría y su amplia sonrisa me reconfortó.

Tras el cóctel, Meg y yo nos llevamos a Willy a un aparte en el salón de San Jorge, una estancia de grandes dimensiones, con armaduras en las paredes. Un lugar extraño para un momento extraño. Le susurramos la buena nueva y Willy sonrió y dijo que teníamos que contárselo a Kate, que se encontraba en la otra punta de la habitación, hablando con Pippa. Le dije que ya lo haríamos más tarde, pero él insistió, así que nos acercamos para contárselo y Kate también nos dedicó una sonrisa radiante y nos felicitó con efusividad.

Los dos reaccionaron exactamente como había esperado… y deseado.

56

Días después, el embarazo se anunció de manera oficial. Según la prensa, Meg sufría fatiga y mareos y no podía retener ningún alimento, sobre todo por las mañanas, aunque nada de aquello era cierto. Estaba cansada, pero por lo demás era una dinamo. De hecho, daba gracias de no sufrir excesivas náuseas matutinas teniendo en cuenta lo dura que iba a ser la gira que estábamos a punto de emprender.

Allí donde íbamos nos recibían multitudes, a las que no decepcionó. Australia, Tonga, Fiyi, Nueva Zelanda, todo el mundo se quedaba prendado de ella. Recuerdo un discurso especialmente emotivo tras el que recibió una ovación cerrada.

Brillaba de tal manera que a mitad de la gira me sentí obligado a… ponerla sobre aviso.

—Estás haciéndolo de maravilla, cariño. De maravilla, de verdad. Haces que parezca facilísimo. Así empezó todo… con mi madre.

Puede que me tomara por loco o paranoico, pero todo el mundo sabía que la situación de mi madre empeoró cuando le demostró al mundo, cuando le demostró a la familia, que estaba mejor preparada para ir de gira, para tratar con la gente, para formar parte de la realeza de lo que le correspondía por nacimiento.

Ahí fue donde las cosas dieron un verdadero giro.

Regresamos a casa en medio de recibimientos jubilosos y titulares exultantes. Meg, la futura madre, la impecable representante de la Casa Real, fue aclamada.

No publicaron nada negativo.

Y creímos que todo había cambiado, que por fin había cambiado.

Hasta que cambió de nuevo. Y vaya si cambió.

Las historias empezaron a llegar como olas a la orilla. Primero un artículo difamatorio y disparatado escrito por un biografillo de mi padre que aseguraba que yo había tenido una rabieta antes de la boda. Luego otro que era pura ficción y según el cual Meg trataba mal al personal, empleaba mano dura y cometía el pecado imperdonable de enviar correos electrónicos a la gente a horas intempestivas. (Lo que ocurría era que solía estar despierta a esas horas, tratando de mantener el contacto con sus trasnochadoras amistades de Estados Unidos, pero no esperaba una respuesta inmediata). También se dijo que había hecho que nuestra asistente se fuera cuando en realidad había sido el departamento de Recursos Humanos de la Casa Real quien le había solicitado la dimisión después de que aportáramos pruebas de que la asistente en cuestión había utilizado su posición con Meg para obtener regalos. Sin embargo, como no podíamos hablar acerca de los motivos de su marcha, los rumores llenaron los vacíos y, en muchos sentidos, aquel fue el verdadero inicio de todos los problemas. Poco después, el relato de la «duquesa difícil» empezó a calar en la prensa.

Luego apareció un pasquín sobre la tiara en un diario sensacionalista. El artículo decía que Meg había solicitado cierta tiara que pertenecía a mi madre y que, cuando la reina había rechazado la petición, yo había perdido los papeles: «¡A Meghan se le da lo que pida!».

Días después llegó el golpe de gracia: un relato de pura ciencia ficción de una cronista real que describía el «gélido y escalonado desapego» (madre mía) entre Kate y Meg, asegurando que, según «dos fuentes», Meg había hecho llorar a Kate por el asunto de los vestidos de dama de honor.

Nunca había podido tragar a aquella cronista en concreto. Siempre, siempre contaba las cosas al revés, pero aquello ya pasaba de castaño oscuro.

Leí el artículo con incredulidad. Meg no. Seguía decidida a no leer lo que se publicara sobre nosotros. Sin embargo, teniendo en cuenta que en el Reino Unido no se habló de otra cosa durante las siguientes veinticuatro horas, acabaron llegándole rumores. Nunca olvidaré mientras viva su voz cuando me miró a los ojos y dijo:

—Haz, ¿que la hice llorar? ¿Yo le hice llorar a ella?

57

Concertamos un segundo encuentro con Willy y Kate.

En aquella ocasión en nuestro campo.

El 10 de diciembre de 2018. A media tarde.

Nos reunimos en el pequeño anexo de la parte delantera, y esa vez no hubo charla intrascendente: Kate fue directa al grano y reconoció que lo que contaba la prensa acerca de que Meg la había hecho llorar era totalmente falso.

—Meghan, sé que fui yo quien te hizo llorar a ti.

Suspiré. Pensé que no podíamos empezar mejor.

Meg agradeció la disculpa, pero quiso saber por qué la prensa había dicho aquello y qué estaba haciéndose para aclararlo. En otras palabras: ¿por qué su oficina no había salido en defensa de Meg? ¿Por qué no habían llamado a la mujer execrable que había escrito la historia y le habían exigido que se retractara?

Kate, aturullada, no contestó, y Willy intervino con evasivas que pretendían mostrar que estaban de nuestro lado, pero yo sabía qué ocurría en realidad. La Casa Real no podía llamar a la cronista porque inevitablemente daría pie a la contrarréplica: «Bueno, pues si la historia no fue así, ¿qué sucedió en realidad? ¿Qué ocurrió entre las duquesas?». Y esa puerta no debía abrirse jamás, porque pondría en un aprieto a la futura reina.

La monarquía debía ser protegida siempre y a toda costa.

Pasamos de qué hacer con la historia a de dónde había salido. ¿Quién podría haber tramado algo así? ¿Quién podría haberlo filtrado a la prensa? ¿Quién?

Le dimos vueltas y más vueltas. La lista de sospechosos se redujo a pasos agigantados.

Por fin, ¡por fin!, Willy se recostó en el asiento y reconoció que…, ejem, mientras nosotros estábamos de gira por Australia, Kate y él habían ido a cenar con Camila y mi padre… y, por desgracia, dijo medio avergonzado, quizá él podría haber dejado escapar que había habido un conflicto entre las parejas…

Me llevé una mano a la cara. Meg se quedó helada. Se instaló un silencio sepulcral.

Bueno, por fin salía a la luz.

—Tú…, precisamente tú…, deberías saber… —le dije a Willy.

Asintió. Lo sabía.

Más silencio.

Se marcharon. ¿Cómo iban a quedarse?

58

La cosa siguió y siguió. Una historia tras otra. En ocasiones me recordaba al señor Marston tocando la maldita campanilla una y otra vez.

¿Cómo olvidar el aluvión de noticias de portada sobre Meg que la pintaban a ella solita como la responsable del fin del mundo? En concreto, la habían «pillado» comiendo una tostada de aguacate e incidían, al borde de la apoplejía, en que la cosecha de aguacates estaba acelerando la destrucción de las selvas tropicales, desestabilizando países en vías de desarrollo y ayudando a financiar el terrorismo. Por descontado, no hacía mucho los mismos medios habían quedado extasiados ante la pasión de Kate por los aguacates. («¡Oh, es que le dejan una piel radiante!»).

Fue por aquella época que el relato que sobrevolaba todas aquellas publicaciones empezó a cambiar de manera evidente. Ya no se trataba de la rivalidad entre dos mujeres, de dos duquesas enfrentadas, ni siquiera de dos casas reales. De pronto todo giraba en torno a que cierta persona era una bruja de la que todo el mundo huía como de la peste, y esa persona era mi mujer. Y resultaba evidente que, en la creación de ese otro relato, la prensa estaba recibiendo ayuda de una o más personas pertenecientes a la Casa Real.

De alguien que la tenía tomada con Meg.

Un día era: «Por favor, a Meg se le ve el tirante del sujetador». (Meghan la Barriobajera).

Al día siguiente: «Uf, ¿de verdad se ha puesto ese vestido?». (Meghan la Vulgar).

Al otro: «¡Santo cielo, lleva las uñas pintadas de negro!». (Meghan la Gótica).

Al otro: «Madre mía, todavía no sabe hacer una reverencia como es debido». (Meghan la Estadounidense).

Al otro: «¡Vaya, ha vuelto a cerrar ella misma la puerta del coche!». (Meghan la Engreída).

59

Alquilamos una casa en Oxfordshire. Un lugar al que poder escapar de la vorágine de vez en cuando, pero también de Nott Cott, el cual, a pesar de su encanto, era demasiado pequeño. Y se nos caía encima.

La situación llegó a tal extremo que un día tuve que llamar a mi abuela. Le dije que necesitábamos otro lugar donde vivir. Le expliqué que Willy y Kate no se habían ido de Nott Cott solo porque se les quedara pequeña, habían huido de ella por la cantidad de reparaciones que necesitaba, y por la falta de espacio, y que en esos momentos nosotros nos encontrábamos en la misma situación. Con dos perros juguetones… y un hijo en camino…

Le conté que había comentado nuestro problema de alojamiento con la Casa Real y que nos habían ofrecido varias propiedades, pero creíamos que todas eran demasiado grandes. Demasiado espléndidas. Y demasiado caras de reformar.

Mi abuela estuvo valorándolo y volvimos a hablar unos días después.

—Frogmore —dijo.

—¿Frogmore, abuela?

—Sí, Frogmore.

—¿Frogmore House?

La conocía bien. Era donde nos habían hecho las fotos del compromiso.

—No, no, Frogmore Cottage. Cerca de Frogmore House.

Dijo que estaba más o menos apartada. Medio escondida. Sus primeros inquilinos habían sido la reina Carlota y sus hijas, luego había servido de residencia a un secretario personal de la reina Victoria y más tarde la habían dividido en viviendas más pequeñas. Pero podía reagruparse de nuevo. Según la abuela era un lugar precioso. E histórico. Parte del Patrimonio de la Corona. Encantador.

Le dije que Meg y yo estábamos enamorados de los jardines de Frogmore, que solíamos pasear por ellos y que, si la casa se encontraba cerca, en ese caso sería ideal.

—Parece que esté en obras —me advirtió—. Cuatro paredes y poco más, pero id a echarle un vistazo y decidme si os convence.

Fuimos ese mismo día, y la abuela tenía razón. La casa nos robó el corazón. Encantadora, llena de potencial. Pegada al Cementerio Real, pero ¿qué más daba? A Meg y a mí no nos importaba. No molestaríamos a los muertos si ellos prometían no molestarnos a nosotros.

Llamé a mi abuela y le dije que Frogmore Cottage sería un sueño hecho realidad. Le di las gracias profusamente. Con su permiso, nos sentamos a planear las reformas indispensables con los constructores a fin de hacer el lugar habitable: tuberías, agua, calefacción.

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