En la sombra
Tercera parte » 87
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Nuestra idea era quedarnos en Oxfordshire mientras duraran las obras. Nos encantaba estar allí. El aire fresco, los verdes jardines… y ni un solo paparazzi. Lo mejor de todo era que podríamos recurrir a la inestimable ayuda del viejo mayordomo de mi padre, Kevin. Conocía la casa de Oxfordshire, y sabría cómo convertirla en un hogar rápidamente. Todavía mejor, me conocía a mí, me había tenido en brazos siendo yo un bebé, y había entablado amistad con mi madre cuando esta deambulaba por el castillo de Windsor en busca de una cara amable. Kevin me había contado que mi madre era la única persona de la familia que se había aventurado «abajo», para charlar con el personal. De hecho, muchas veces había bajado a la cocina sin que nadie la viera y había hecho compañía a Kevin mientras veían la tele y picaban o bebían algo. El día del funeral de mi madre, recayó sobre él la responsabilidad de recibirnos a Willy y a mí a nuestra vuelta de Highgrove y el hombre recordaba que había estado ensayando lo que nos diría mientras esperaba nuestra llegada, en los escalones de la entrada. Pero cuando el vehículo se detuvo y nos abrió la puerta del coche, dije: «¿Cómo lo llevas, Kevin?».
Según él, había sido un detalle.
Según yo, fue una muestra más de contención.
Meg adoraba a Kevin, y viceversa, así que creí que podría ser el comienzo de algo bueno. Un cambio de ambiente muy necesario, igual de necesario que un aliado de nuestro lado. Hasta que un día miré el teléfono y vi que tenía un mensaje de nuestro equipo avisándome de que The Sun y el Daily Mail pretendían publicar un reportaje sensacionalista en el que se incluirían fotografías aéreas detalladas de Oxfordshire.
Había un helicóptero sobrevolando la propiedad con un paparazzi colgado de la puerta mientras dirigía el teleobjetivo hacia las ventanas, también las del dormitorio.
Así acabó el sueño de Oxfordshire.
60
Llegué a casa de la oficina y me encontré a Meg sentada en la escalera.
Estaba llorando. A lágrima viva.
—Cariño, ¿qué ha ocurrido?
Estaba convencido de que habíamos perdido al bebé.
Me acerqué a ella de rodillas. Me dijo entre sollozos que no quería seguir así.
—¿Cómo?
—Viviendo de esta manera.
Al principio no supe a qué se refería.
No lo entendí, o quizá no quise entenderlo. Mi cabeza se negaba a procesar la información.
No dejaba de decir que era muy triste y doloroso.
—¿El qué?
—Que te odien así… ¿Por qué?
Se preguntaba qué había hecho. Necesitaba saberlo. ¿Qué pecado había cometido para merecer que la trataran así?
Solo quería que aquello acabara, no solo por ella, sino por todos. Por mí, por su madre. Pero ella no podía pararlo, así que había decidido que lo mejor era quitarse de en medio.
—¿Quitarte de en medio?
Dijo que, si desaparecía, la prensa se iría y yo ya no tendría que vivir de aquella manera. Nuestro hijo nunca tendría que vivir de aquella manera.
—Está claro —no dejaba de repetir—, muy claro. Dejar de respirar. Dejar de existir. Todo esto ocurre porque existo.
Le rogué que no dijera aquellas cosas. Le prometí que saldríamos adelante, como fuera. Y que, mientras tanto, buscaríamos la ayuda que necesitaba.
Le pedí que fuera fuerte, que aguantara.
Por increíble que parezca, mientras la tranquilizaba, y la abrazaba, no podía evitar pensar como un puto miembro de la realeza. Aquella noche teníamos un compromiso relacionado con Sentebale, en el Royal Albert Hall, y no dejaba de repetirme: «No podemos llegar tarde, no podemos llegar tarde. ¡Nos despellejarán vivos! Y le echarán la culpa a ella».
Poco a poco, muy poco a poco, comprendí que el retraso era el menor de nuestros problemas.
Le dije que por supuesto no hacía falta que acudiera al compromiso. Yo tenía que ir, dejarme ver un momento, pero volvería a casa enseguida.
Pero ella hizo hincapié en que no se fiaba de sí misma si la dejaba sola ni una hora tal como estaba en aquellos momentos.
Así que nos pusimos nuestras mejores galas, ella se pintó los labios con un color oscurísimo para desviar la atención de sus ojos enrojecidos y salimos por la puerta.
El coche se detuvo frente al Albert Royal Hall y Meg me agarró la mano cuando emergimos a los flashes cegadores de la prensa y las luces destellantes de los coches de policía que nos habían escoltado hasta allí. Me la apretó con fuerza. Y continuó apretándomela, con mayor resolución, cuando entramos. La firmeza de su mano me animó. Pensé que Meg aguantaba. Mejor eso que dejarse ir.
Pero cuando nos sentamos en el palco real y las luces se apagaron, se dejó ir. Fue incapaz de reprimir las lágrimas. Lloró en silencio.
La música empezó a sonar y nos volvimos para mirar al frente. Estuvimos toda la actuación (Cirque du Soleil) con las manos firmemente entrelazadas mientras yo le prometía entre susurros: «Confía en mí. No dejaré que te pase nada».
61
Me desperté con un mensaje de Jason.
«Malas noticias».
¿Y ahora qué?
El Mail on Sunday había publicado la carta personal que Meg le había escrito a su padre. La carta que mi abuela y mi padre la habían animado a escribir.
Era febrero de 2019.
Estaba en la cama y Meg dormía a mi lado.
Esperé un poco y luego le di la noticia con suavidad.
—Tu padre le ha dado tu carta al Mail.
—No.
—Meg, no sé qué decir, les ha dado tu carta.
Para mí, aquel momento marcó un antes y un después. Con respecto al señor Markle, pero también respecto a la prensa. Había ocurrido muchas otras veces, pero para mí aquello fue la gota que colmó el vaso. No quería volver a oír hablar ni de protocolos, ni de tradición, ni de estrategia. Se había acabado.
Fin.
El diario sabía que era ilegal publicar la carta, lo sabían muy bien, y lo habían hecho de todos modos. ¿Por qué? Porque también sabían que nadie saldría en defensa de Meg. Sabían que no contaba con el apoyo incondicional de mi familia, porque ¿de qué otra manera habrían averiguado lo de la carta si no era a través de personas cercanas a la familia? O de la propia familia. La prensa sabía que la única vía que Meg tenía era recurrir a la ley y denunciarlos, y que no lo haría porque la familia solo tenía un abogado, y ese abogado estaba bajo el control de la Casa Real, y la Casa Real jamás lo autorizaría a actuar en representación de Meg.
No había nada en la carta de lo que avergonzarse. Una hija rogándole a su padre que se comportara como era debido. Meg no hubiera cambiado ni una sola palabra. Siempre había sido consciente de que podrían interceptarla, de que un vecino de su padre, o uno de los paparazzi que tenían vigilada su casa, podrían robarle el correo. Todo era posible. Pero jamás hubiera imaginado que su propio padre la pondría en venta, o que un diario se haría con ella … y se decidiría a publicarla.
Y a manipularla. De hecho, puede que aquello fuera lo más injurioso de todo, la manera en que los editores cortaron y pegaron las palabras de Meg para que sonaran menos cariñosas.
Y por si no fuera lo bastante invasivo ver algo tan profundamente íntimo arrastrado por las portadas de los diarios para entretenimiento de los británicos mientras desayunaban sus tostadas con mermelada, la mortificación se multiplicó de manera exponencial con las entrevistas simultáneas con supuestos expertos en caligrafía que analizaron la carta de Meg e infirieron que era una persona horrible por la manera en que trazaba el palito que atravesaba las tes o dibujaba la curva de las erres.
¿La letra inclinada hacia la derecha? Excesivamente emocional.
¿Muy estilizada? Actriz consumada.
¿Un eje de simetría irregular? Sin control de los impulsos.
Nunca olvidaré la cara de Meg cuando le hablé de las calumnias que circulaban. Conocía muy bien aquella sensación, era inconfundible: desaliento en estado puro. Un profundo pesar por la pérdida de su padre, pero también de su propia inocencia. Me recordó con voz queda, como si alguien pudiera estar oyéndonos, que había dado clases de caligrafía en el instituto, y que gracias a ellas tenía una letra impecable. La gente la elogiaba. Incluso había usado aquella habilidad para ganar algún dinero en la universidad. Por las noches y durante los fines de semana, escribía a mano invitaciones de boda y cumpleaños para pagarse el alquiler. ¿Y de pronto alguien pretendía decir que aquello era una especie de ventana a su alma? ¿Y que la ventana estaba sucia?
«Atormentar a Meghan Markle se ha convertido en un deporte nacional que nos avergüenza», decía un titular de The Guardian.
Muy cierto. El problema era que nadie se avergonzaba. Nadie sentía ni la menor punzada de mala conciencia. ¿Puede que les asaltaran los remordimientos cuando lograran provocar un divorcio? ¿O haría falta una nueva muerte?
¿Qué había ocurrido con el bochorno que habían sentido a finales de la década de 1990?
Meg quería demandarlos. Y yo también. En realidad, estábamos convencidos de que no nos quedaba otra elección. Si no los demandábamos después de aquello, ¿qué clase de mensaje estaríamos enviando? A la prensa. Al mundo. De manera que nos reunimos de nuevo con el abogado de la Casa Real.
Nos dieron largas.
Me puse en contacto con mi padre y con Willy. Los dos habían demandado a la prensa en el pasado por invasiones de la intimidad y calumnias. Mi padre por las llamadas «cartas de la araña negra», dirigidas a miembros del Gobierno. Willy por unas fotos en topless de Kate.
Sin embargo, los dos se opusieron con vehemencia a la idea de que Meg y yo emprendiéramos ninguna acción legal.
Les pregunté por qué.
Vacilaron y balbucearon. La única respuesta que obtuve fue que no era aconsejable, nada más. La misma adhesión a las normas de siempre.
«Cualquiera diría que queremos demandar a uno de sus amigos», le comenté a Meg.
62
Willy pidió que nos viéramos. Quería hablar de todo lo que estaba ocurriendo, de aquella bola de nieve cada vez más grande.
Solo él y yo.
Coincidió que Meg estaba fuera, había ido a visitar a unas amigas, así que el momento no podía ser mejor. Lo invité a venir a casa.
Una hora más tarde se presentó en Nott Cott, un lugar que no había vuelto a pisar desde que Meg se había mudado allí. Parecía que venía acalorado.
Era media tarde. Le ofrecí algo de beber y le pregunté por la familia.
Todos estaban bien.
No me preguntó por la mía. Simplemente fue con todo. Todas las fichas al centro de la mesa.
—Meg es una persona difícil —dijo.
—¿De verdad?
—Es maleducada, brusca y se ha enemistado con la mitad del personal.
No era la primera vez que repetía lo que decía la prensa como un loro. Lo de la duquesa difícil y todas esas tonterías. Rumores, mentiras promovidas por su propio equipo, basura sensacionalista, y se lo dije… de nuevo. Le dije que esperaba más de mi propio hermano. Me sorprendió que aquello lo cabreara. ¿De verdad esperaba otra cosa? ¿Creía que iba a darle la razón en lo de que mi mujer era un monstruo?
Le pedí que intentara ver las cosas con perspectiva, que se tomara un momento para respirar y se preguntara si acaso Meg no era su cuñada y si aquella institución no sería tóxica para cualquier recién llegado. Y si, en el peor de los casos, su cuñada tenía problemas para adaptarse a sus nuevas responsabilidades, a su nueva familia, a otro país, a otra cultura, ¿no creía que era mejor darle un respiro? ¿De verdad no podía contar con él? ¿No podía ayudarla?
Willy no había ido a debatir nada. Había ido a imponer la ley. Quería que yo reconociera que era Meg quien se equivocaba y que le asegurara que haría algo al respecto.
¿Como qué? ¿Llamarla al orden? ¿Despedirla? ¿Divorciarme de ella? No lo sabía. Y Willy tampoco, porque no estaba siendo razonable. Cada vez que le pedía que se relajara e intentaba hacerle ver que lo que decía no tenía sentido, alzaba más la voz. Al poco ya estábamos interrumpiéndonos y gritándonos.
De todas las emociones exaltadas que invadían a mi hermano aquella tarde, hubo una que me llamó la atención. Parecía «agraviado». Parecía ofenderle que no me sometiera dócilmente, que me atreviera a llevarle la contraria, o a desobedecerlo, a poner en duda lo que él sabía que era cierto, porque así se lo habían asegurado sus asistentes de confianza. Había un guion y yo tenía la desfachatez de no seguirlo. Había entrado en modo Heredero absoluto y no comprendía por qué yo no interpretaba mi papel de Repuesto, como era mi deber.
Yo estaba sentado en el sofá y él de pie, a mi lado. Recuerdo que le dije:
—Deja que termine de hablar, Willy.
No iba a escucharme. Simplemente, no quería.
Y, siendo sinceros, él sentía lo mismo respecto a mí.
Me insultó. Me llamó de todo. Dijo que me negaba a asumir ninguna responsabilidad por lo que estaba ocurriendo. Dijo que me daban igual mis obligaciones y las personas que trabajaban para mí.
—Willy, ponme un ejemplo de…
Me interrumpió, dijo que él solo quería ayudarme.
—¿En serio? ¿Ayudarme? Disculpa…, ¿a esto es a lo que llamas ayuda?
Por lo que fuera, aquello lo puso furioso. Se acercó a mí, echando pestes.
Hasta entonces solo me había sentido incómodo, pero en aquel momento me asusté un poco. Me levanté, pasé por su lado rozándolo y me fui a la cocina, hacia el fregadero. Él me siguió, sermoneándome, gritándome.
Me serví un vaso de agua para mí y otro para él. Se lo tendí. Creo que ni siquiera se lo llevó a los labios.
—Willy, no puedo hablar contigo cuando te pones así.
Dejó el vaso, volvió a insultarme y se abalanzó sobre mí. Todo ocurrió muy deprisa. Muy, muy deprisa. Me arrancó la cadena al agarrarme por el cuello de la camisa y me tiró al suelo. Caí sobre el bol de los perros; se partió bajo mi espalda y se me clavaron los trozos. Me quedé en el suelo unos segundos, aturdido, luego me levanté y le dije que se fuera.
—¡Venga, pégame! ¡Te sentirás mejor si me pegas!
—¿Que haga qué?
—Vamos, si siempre nos hemos peleado. Te sentirás mejor si me pegas.
—No, el único que se sentirá mejor si te pego eres tú. Por favor…, vete.
Salió de la cocina, pero no se fue de Nott Cott. Se quedó en la sala de estar, no me cabía duda. Yo permanecí en la cocina. Transcurrieron un par de minutos, dos largos minutos. Regresó con cara de arrepentimiento y se disculpó.
Se dirigió a la salida. Esta vez lo seguí. Antes de irse, se volvió y me dijo:
—No hace falta que se lo cuentes a Meg.
—¿Te refieres a que me has atacado?
—Yo no te he atacado, Harold.
—Vale. No se lo diré.
—Bien, gracias.
Se fue.
Miré el teléfono. Una promesa era una promesa, así que no podía llamar a mi mujer, por mucho que quisiera.
Pero necesitaba hablar con alguien. De manera que llamé a mi psicóloga.
Gracias a Dios contestó.
Me disculpé por la intromisión, le dije que no sabía a quién más llamar. Le conté que me había peleado con Willy, que me había tirado al suelo. Me miré y le dije que tenía la camisa rasgada y la cadena rota.
Le expliqué que nos habíamos peleado miles de veces. No hacíamos otra cosa de pequeños. Pero que aquello era distinto.
La psicóloga me dijo que respirara hondo. Me pidió que le describiera la escena varias veces. Cada vez que lo hacía se parecía más a una pesadilla.
Y me tranquilizaba ligeramente.
—Estoy orgulloso de mí mismo —dije.
—¿Orgulloso, Harry? ¿Y eso por qué?
—Porque no se la devolví.
Mantuve mi promesa, no se lo conté a Meg.
Pero poco después de que ella regresara de su viaje, me vio salir de la ducha y ahogó un grito.
—Haz, ¿y esos arañazos y morados de la espalda?
No podía mentirle.
No pareció muy sorprendida, y no se enfadó.
Se entristeció profundamente.
63
Poco después de aquel día se anunció que las dos casas reales, Cambridge y Sussex, dejarían de compartir oficina. Dejaríamos de trabajar juntos en todos los ámbitos. Los Cuatro Fabulosos…, finito.
Las reacciones fueron más o menos las esperadas. La gente se quejó, los periodistas dieron palmas como monos engorilados. La respuesta más descorazonadora fue la de mi familia. Silencio. Nunca hicieron ningún comentario público, nunca me dijeron nada en privado. No tuve noticias de mi padre, ni de mi abuela. Aquello me hizo pensar, me hizo reflexionar sobre el silencio que envolvía todo lo que nos sucedía a Meg y a mí. Hasta entonces siempre había creído que el hecho de que la familia no condenara explícitamente los ataques de la prensa no significaba que los justificara. Pero empecé a preguntarme si sería cierto. ¿Cómo podía saberlo? Si nunca decían nada, ¿por qué daba por sentado que sabía qué les parecía?
Y que siempre estaban de nuestro lado.
Aquello socavaba y ponía en duda todo lo que me habían enseñado, todo lo que había interiorizado desde pequeño sobre la familia, y sobre la monarquía, sobre su imparcialidad primordial, su función unificadora en lugar de divisoria. ¿Era todo mentira? ¿Era todo apariencia? Porque si no podíamos contar los unos con los otros, si no sabíamos defender a alguien que acababa de incorporarse a la familia, al primer miembro birracial, entonces ¿qué éramos en realidad? ¿Aquello era una monarquía constitucional de verdad? ¿Aquello era una verdadera familia?
¿Acaso «defenderse mutuamente» no era el pilar fundamental de toda familia?
64
Meg y yo trasladamos nuestra oficina al palacio de Buckingham.
Y también nos trasladamos a un nuevo hogar.
Frogmore estaba listo.
Aquel lugar nos había robado el corazón. Desde la primera vez que lo habíamos visto. Era como si estuviéramos destinados a vivir allí. Estábamos ansiosos por despertar por las mañanas e ir a dar un largo paseo por los jardines, a ver los cisnes. Sobre todo Steve el gruñón.
Conocimos a los jardineros de la reina, nos aprendimos sus nombres y los de todas las flores. Les emocionó comprobar lo mucho que apreciábamos, y valorábamos, su oficio.
En medio de todos aquellos cambios, nos reunimos con nuestra nueva jefa de comunicación, Sara, e ideamos una nueva estrategia con ella. El eje fundamental sería desentenderse por completo de la royal rota con la esperanza de poder empezar desde cero pronto.
Hacia finales de abril de 2019, días antes de que Meg saliera de cuentas, Willy me llamó por teléfono.
Yo estaba en el jardín.
Había pasado algo entre Camila y nuestro padre y él. Hablaba tan deprisa, y estaba tan alterado, que no me enteré bien de qué ocurría. En realidad, estaba furioso. Creí entender que la gente de Camila y nuestro padre le habían encajado a la prensa una o varias historias sobre Kate y él, y los niños, y que no iba a tolerarlo más. Dijo que les dabas la mano y se tomaban el brazo.
—Es la última vez que me hacen algo así.
Lo comprendía. Nos habían hecho lo mismo a Meg y a mí.
Era cierto que, estrictamente hablando, no habían sido ellos, sino la miembro más fanática del equipo de comunicación de mi padre, una fervorosa exaltada que había ideado y lanzado una nueva campaña para que Camila y mi padre tuvieran buena prensa a expensas de nosotros. Durante un tiempo, esa persona se había dedicado a filtrar historias poco favorecedoras, o falsas, sobre el Heredero y el Repuesto. Yo sospechaba que había sido ella, y solo ella, quien les había pasado la información sobre un viaje de caza que yo había hecho a Alemania en 2017, aunque en aquellas historias yo parecía un barón culón del siglo XVII con sed de sangre y trofeos cuando en realidad estaba colaborando con los granjeros alemanes en el sacrificio selectivo de jabalíes para proteger sus cosechas. Estaba convencido de que aquello había respondido a un trueque: un mayor acceso a mi padre a cambio de que el hijo de Camila, que había estado pendoneando por Londres dando pie a rumores sórdidos, desapareciera de las portadas. Me asqueaba que me utilizaran de aquella manera, y me enfurecía que se lo hicieran a Meg, pero debía reconocer que últimamente le ocurría a Willy con mayor frecuencia. Por lo que estaba que echaba humo, y con razón.
Ya se había enfrentado a nuestro padre a causa de aquella mujer, cara a cara. Yo lo había acompañado para darle apoyo moral. La escena había tenido lugar en Clarence House, en el despacho de nuestro padre. Recuerdo que las ventanas estaban abiertas de par en par y que las blancas cortinas se agitaban y movían hacia fuera y hacia dentro, así que debía de ser una tarde calurosa. Willy le planteó a las claras cómo era posible que permitiera que una extraña le hiciera aquello a sus hijos.
Nuestro padre saltó de inmediato. Empezó a gritar que Willy estaba paranoico. Que lo estábamos los dos, él y yo. Que el hecho de que la prensa no nos tratara bien a nosotros y a él sí no significaba que su personal estuviera detrás de aquello.
Sin embargo, teníamos pruebas. Periodistas, dentro de las propias salas de redacción, que nos habían asegurado que aquella mujer estaba vendiéndonos.
Nuestro padre se negó a escucharnos. Su respuesta fue desabrida, lamentable. Si la abuela podía tener a alguien así, ¿por qué él no?
Por ese alguien se refería a Angela. Entre los muchos servicios que realizaba para la abuela, se decía que filtrar historias era el que mejor se le daba.
Willy dijo que era una comparación absurda. ¿Por qué alguien en su sano juicio, y menos un hombre adulto, querría contar con su propia Angela?
Pero nuestro padre seguía empeñado en que la abuela contaba con alguien así, no dejaba de repetirlo. Y que ya era hora de que él también.
Me alegré de que Willy considerara que aún podía recurrir a mí para hablar de Camila y nuestro padre a pesar de todo lo que había ocurrido entre nosotros en aquellos últimos tiempos. De ahí que, viendo la oportunidad de abordar nuestras tensiones recientes, relacioné lo que les habían hecho a él con lo que la prensa le había hecho a Meg.
Willy me espetó que con nosotros dos él tenía otro tipo de problemas.
Y de pronto dirigió toda su rabia hacia mí. No recuerdo sus palabras exactas porque estaba cansado de tantas peleas, por no hablar del reciente traslado a Frogmore, a la nueva oficina… Y, además, estaba centrado en el nacimiento inminente de nuestro primer hijo. Pero sí recuerdo los detalles materiales de la escena. Los narcisos en flor, los brotes de hierba, un reactor despegando en Heathrow y dirigiéndose hacia el oeste, inusualmente bajo, mientras el pecho me reverberaba por el ruido de los motores. Recuerdo pensar que era curioso que oyera a Willy por encima del reactor. No entendía cómo podía seguir albergando tanta rabia después del encuentro en Nott Cott.
Él siguió sin parar, hasta que perdí el hilo. No le entendía y dejé de prestar atención. Me quedé en silencio, esperando a que se calmara.
Y entonces volví la vista. Meg salía de la casa y se dirigía hacia mí. Me apresuré a quitar el altavoz del móvil, pero ya lo había oído. Y Willy hablaba tan alto que incluso se le oía sin el altavoz.
Las lágrimas brillaban en sus ojos a la luz del sol primaveral. Quise decir algo, pero ella se detuvo y negó con la cabeza.
Se agarró la barriga, dio media vuelta y entró en casa de nuevo.
65
Doria había ido a pasar un tiempo con nosotros, a la espera de la llegada del bebé. Ni Meg ni ella solían alejarse demasiado. Ninguno de nosotros. Simplemente estábamos por allí, a la espera, yendo a dar un paseo de vez en cuando, viendo las vacas.
Hacía una semana que Meg había salido de cuentas cuando el equipo de comunicación y la Casa Real empezaron a presionarme. ¿Cuándo llegará el bebé? Ya se sabe que la prensa no puede estar esperando indefinidamente.
Vaya. ¿La prensa empezaba a impacientarse? ¡Dios no lo quisiera!
La doctora de Meg había probado con varios remedios homeopáticos para acelerar el proceso, pero nuestro pequeño okupa parecía no tener prisa. (No recuerdo si en algún momento llegamos a probar la sugerencia de la abuela de ir en coche por un camino lleno de baches). Al final decidimos ir al hospital y asegurarnos de que todo iba bien.
Y nos preparamos por si la doctora decía que había llegado el momento.
Subimos a un monovolumen anodino y salimos de Frogmore sin llamar la atención de los periodistas apostados en las puertas. Era la última clase de vehículo en la que sospecharían que pudiéramos ir. Poco tiempo después, llegamos al Portland Hospital y nos condujeron rápidamente a un ascensor secreto y luego a una habitación privada. Nuestra doctora entró, nos puso al día y dijo que había llegado el momento de inducir el parto.
Meg estaba muy tranquila. Yo también. Pero vi dos formas de «optimizar» aquella tranquilidad. Una: pollo del Nando’s. (Traído por nuestros guardaespaldas). Dos: una botella de gas de la risa junto a la cama de Meg. Le di varias caladas, lentas y profundas. Meg, que botaba sobre una pelota gigante y morada, dándole un empujoncito a la naturaleza, un método de eficacia contrastada, reía y ponía los ojos en blanco.
Volví a darle unas cuantas caladas y yo también acabé botando.
Cuando las contracciones empezaron a hacerse más frecuentes, y más intensas, vino una enfermera que quiso administrarle un poco de gas de la risa a Meg. Ya no quedaba. La enfermera miró la botella, me miró a mí y vi cómo caía lentamente en lo que había ocurrido: «Santo cielo, se lo ha acabado el marido».
—Lo siento —dije la mar de suave.
Meg se echó a reír, la enfermera no pudo por menos que hacer lo mismo y fue a por otra botella de inmediato.
Meg se metió en una bañera y yo puse música relajante, Deva Premal, un remix de mantras en sánscrito convertidos en cánticos emotivos. (Premal aseguraba que había oído su primer mantra en el vientre materno, cantado por su padre, y que, cuando este estaba muriendo, ella le había cantado el mismo mantra a él). Algo muy intenso y profundo.
En la bolsa de viaje llevábamos las mismas velas eléctricas que había repartido por el jardín la noche que le había pedido que se casara conmigo. Las dispuse por toda la habitación. También coloqué una foto enmarcada de mi madre en una mesita. Idea de Meg.
El tiempo pasaba. Una hora tras otra. La dilatación era mínima.
Meg empezó a hacer respiraciones profundas para aliviar el dolor. Hasta que llegó un momento en que las respiraciones ya no hacían efecto. El dolor era tal que necesitó la epidural.
El anestesista vino corriendo. Fuera música y luces.
Vaya. El ambiente cambió.
Le administró una inyección en la base de la médula espinal.
Pero el dolor persistía. Por lo visto, el medicamento no llegaba donde debía hacerlo.
El anestesista volvió y le administró una segunda inyección.
A partir de entonces, todo se calmó y se aceleró.
Su doctora volvió dos horas después y se enfundó unos guantes de goma. «Ha llegado el momento». Me coloqué junto a la cabecera de la cama y le cogí la mano a Meg, animándola. «Empuja, cariño. Respira». La doctora le dio un pequeño espejo de mano. No quise mirar, pero ¿cómo evitarlo? Le eché un vistazo y vi cómo coronaba la cabeza del bebé. Estaba encajado. Enredado. «Oh, no, por favor, no». La doctora levantó la vista con un gesto que no parecía augurar nada bueno. Las cosas estaban poniéndose feas.
—Cariño, necesito que empujes —le dije a Meg.
Pero no le dije por qué. No le dije nada del cordón, no le dije nada de la probabilidad de una cesárea de emergencia. Solo añadí:
—Con todas tus fuerzas.
Y lo hizo.
Vi la carita, el cuello, el pecho, los brazos diminutos, moviéndose, retorciéndose. Vida, vida… ¡Increíble! «Vaya, desde luego es una lucha por la libertad desde el principio».
Una enfermera envolvió al niño en una mantita y lo colocó sobre el pecho de Meg. Los dos lloramos al verlo, al conocerlo. Un niño sano, y de pronto ya estaba allí, con nosotros.
Nuestra doctora ayurvédica nos había advertido que, durante su primer minuto de vida, el bebé asimila todo lo que se le dice. «Así que susurradle, hacedle saber lo mucho que lo deseabais, comunicadle vuestro amor. Habladle».
Y eso hicimos.
No recuerdo haber llamado a nadie, ni que enviara ningún mensaje. Sí recuerdo a las enfermeras haciéndole las pruebas pertinentes a mi hijo recién nacido y salir de allí poco después. Entrar en el ascensor, bajar al aparcamiento subterráneo, subir al monovolumen y adiós. Solo un par de horas después de que naciera nuestro hijo nos encontrábamos de vuelta en Frogmore. Ya había amanecido y estábamos a salvo en casa antes de que se hiciera público oficialmente que…
¿Meg estaba de parto?
Sara y yo tuvimos una desavenencia acerca de ese asunto. Yo defendía que Meg ya no estaba de parto, y ella que a la prensa había que darle la historia llena de dramatismo y suspense que pedía.
Protesté, insistí en que lo que publicaríamos no sería cierto.
En fin, la verdad no importaba. Fidelizar la atención de la gente, eso era lo importante.
Unas horas después, me encontraba frente a las caballerizas de Windsor, comunicando al mundo que el bebé era un niño. Días después anunciamos el nombre: Archie.
La prensa estaba indignada. Dijeron que se la habíamos jugado.
Y así era.
Creían que no nos habíamos portado como buenos… ¿socios?
Alucinante. ¿De verdad todavía nos consideraban socios? ¿De verdad esperaban una deferencia especial, un trato preferente, después de cómo se habían comportado con nosotros los últimos tres años?
Y entonces demostraron al mundo la verdadera clase de «socios» que eran. Un locutor de radio de la BBC publicó una foto en sus redes sociales: un hombre y una mujer dándole la mano a un chimpancé.
El pie de foto rezaba: «El bebé real sale del hospital».
66
Fui a tomar el té con la abuela, una visita larga, justo antes de que se fuera a Balmoral. La puse al día de todo lo que había sucedido. Estaba al tanto de algunas cosas, pero me encargué de llenar lagunas importantes.
Estaba escandalizada.
Horrorizada.
Prometió que nos enviaría al Abejorro para que hablara con nosotros.
Había tratado con empleados de la Casa Real toda la vida, con montones de ellos, pero por entonces me relacionaba principalmente con tres, todos ellos hombres blancos de mediana edad que habían logrado consolidar su poder a través de una serie de audaces maniobras maquiavélicas. Tenían nombres normales, nombres sumamente británicos, pero encajaban mejor en categorías zoológicas. El Abejorro. El Moscardón. Y el Avispón.
El Abejorro era un hombre velludo y de cara ovalada que solía pasearse con porte tranquilo y majestuoso, como si el resto de la humanidad le debiera pleitesía. Mostraba tanto aplomo que nadie le temía. Gran error. A veces, el último que se cometía.
El Moscardón había pasado gran parte de su carrera junto a la mierda, y desde luego atraído por ella. Los menudillos del Gobierno, y de los medios de comunicación, las entrañas infestadas de gusanos, le encantaban, se alimentaba de ellas, se frotaba las manos con fruición, aunque fingía lo contrario. Se esforzaba por aparentar un aire de despreocupación, como si estuviera por encima de aquellas cosas, sereno, eficiente y siempre servicial.
El Avispón era desgarbado, encantador, arrogante, desbordaba energía. Era un maestro aparentando deferencia, incluso servilismo. Tú exponías un hecho, algo que, en un principio, no admitía discusión —«El sol sale por las mañanas»— y él farfullaba que tal vez conviniera considerar por un momento la posibilidad de que no estuvieras bien informado: «Bueno, je, je, no sé qué decirle, su alteza real, verá, todo depende de lo que usted entienda por “mañanas”, señor».
Su aspecto enclenque y su aparente modestia podrían tentarte a diferir y defender tu postura, y era entonces cuando te anotaba en su lista. Poco después, y sin aviso, te propinaba tal aguijonazo que lanzabas un grito, confuso. ¿De dónde cojones había venido aquello?
Yo les tenía una gran antipatía y ellos no me soportaban. Me consideraban irrelevante en el mejor de los casos, imbécil en el peor. Pero, ante todo, sabían que los veía como usurpadores. En el fondo, sospechaba que se consideraban el Verdadero Monarca y que estaban aprovechándose de la reina en su vejez, sacando partido a su posición influyente mientras solo aparentaban servirla.
Una conclusión a la que había llegado, por desgracia, a través de la experiencia. Por poner un ejemplo: Meg y yo ya habíamos hablado con el Avispón sobre el tema de la prensa, y él había convenido en que la situación era insostenible y en que había que detener aquello antes de que alguien saliera malparado. «¡Por supuesto! ¡Nadie se lo discutirá!». Propuso que la Casa Real convocara una reunión con los medios de comunicación más importantes para exponerles nuestras quejas.
Le dije a Meg que por fin alguien lo entendía.
No volvimos a saber nada de él.
De manera que me mostré escéptico cuando la abuela se ofreció a enviarnos al Abejorro, pero me dije que debía mantener la mente abierta, que quizá aquella vez sería distinto porque se trataba de un encargo directo de la abuela.
Días después, Meg y yo recibimos al Abejorro en Frogmore, lo invitamos a pasar a nuestra sala de estar, le ofrecimos una copa de rosado y le hicimos una exposición detallada. Él tomaba notas minuciosas y se tapaba la boca con frecuencia, sacudiendo la cabeza. Dijo que había visto los titulares, pero que hasta ese momento no había sido consciente del efecto que podían tener en una pareja joven.
Que aquella avalancha de odio y mentiras no tenía precedentes en la historia británica. «Nunca había visto nada tan desproporcionado».
Le dimos las gracias. Le agradecimos que lo entendiera.
Prometió que discutiría el asunto con todas las partes necesarias y que volvería a ponerse en contacto con nosotros con un plan de acción, con una serie de soluciones concretas.
No volvimos a saber nada de él.
67
Meg y yo hablamos por teléfono con Elton John y su marido, David, y les confesamos que necesitábamos ayuda.
—Nos estamos volviendo locos, chicos.
—Veníos aquí —dijo Elton.
Refiriéndose a su casa de Francia.
Era verano de 2019.
Y eso hicimos. Pasamos unos días tumbados en su terraza, empapándonos de su sol. Disfrutamos de largos y reparadores momentos contemplando aquel mar cerúleo, envueltos en una atmósfera decadente, y no solo por el lujoso enclave. Cualquier clase de libertad, por limitada que fuera, había acabado convirtiéndose en un verdadero lujo. Estar alejados del foco mediático aunque solo fuera unas horas era como salir de la cárcel.
Una tarde fuimos a dar una vuelta en moto con David, siguiendo la carretera de la costa. Yo conducía la scooter y Meg iba detrás, con los brazos en alto y gritando de alegría mientras pasábamos zumbando por pueblecitos, nos llegaba el olor de lo que cocinaban a través de las ventanas abiertas y saludábamos a los niños que jugaban en los jardines. Todos nos devolvían el saludo y sonreían. No nos conocían.
La mejor parte de la visita fue ver a Elton, a David y a sus dos hijos desvivirse por Archie. A menudo sorprendía a Elton estudiando la cara de mi hijo, y sabía lo que pensaba: en mi madre. Lo sabía porque a mí también solía ocurrirme. De vez en cuando, una expresión cruzaba el rostro de Archie y se me detenía la respiración. Estuve a punto de confesarle a Elton cuánto me habría gustado que mi madre pudiera tener a su nieto en brazos, lo a menudo que, cuando abrazaba a Archie, la sentía a ella… o deseaba hacerlo. Me habría gustado hablarle de los abrazos teñidos de nostalgia, de las veces que lo arropaba y se me partía el corazón.
«¿Hay algo capaz de ponerte frente al pasado como la paternidad?».
La última noche todos experimentamos el típico malestar del final de las vacaciones. «¿Por qué no podíamos vivir así para siempre?». Íbamos de la terraza a la piscina y de la piscina a la terraza mientras Elton nos ofrecía cócteles y David y yo charlábamos sobre la actualidad. Y sobre la situación lamentable de la prensa. Y sobre cómo afectaba aquello a la del Reino Unido.
Pasamos a hablar de libros. David mencionó las memorias de Elton, en las que llevaba años trabajando intensamente. Por fin las había acabado y Elton no cabía en sí de orgullo, y además ya estaba cerca la fecha de publicación.
—¡Enhorabuena, Elton!
Elton comentó que se publicarían por entregas.
—Ah, ¿sí?
—Sí. En el Daily Mail.
Vio la cara que puse y volvió la suya hacia el otro lado.
—Elton, ¿cómo co…?
—¡Quiero que la gente las lea!
—Pero, Elton… ¿Precisamente la gente que te ha amargado la existencia?
—Exacto. ¿Quiénes mejor que ellos para publicarlas? ¿Dónde mejor que justo en el diario que tanto daño me ha hecho toda mi vida?
—¿Quiénes mejor? Es que… no lo entiendo.
Era una noche cálida, por lo que ya estaba sudando, pero en aquel momento las gotas de sudor empezaron a caerme por la frente. Le recordé las mentiras específicas que el Mail había publicado sobre él y que habían dado la vuelta al mundo. Joder, hacía poco más de diez años que Elton los había demandado, después de que dijeran que había prohibido que la gente se dirigiera a él durante un acto benéfico.
Al final le habían extendido un cheque por cien mil libras.
Le recordé sus propias palabras, muy significativas, durante una entrevista: «Pueden decir que soy un hijo de p… gordo y viejo. Pueden decir que soy un desgraciado sin talento. Incluso pueden llamarme maricón. Pero que no cuenten mentiras sobre mí».
No supo qué contestar.
Pero no seguí presionándolo.
Lo quería. Siempre lo querré.
Y tampoco quería echar al traste las vacaciones.
68
Fue maravilloso contemplar a mi mujer enamorando a un país entero.
Sudáfrica.
Era septiembre de 2019.
Otra gira por el extranjero representando a la reina y otro triunfo. Desde Ciudad del Cabo hasta Johanesburgo, la gente no se cansaba de Meg.
Gracias a eso, días antes de volver a casa, los dos nos sentíamos más seguros, un poco más valientes, así que nos pusimos la armadura de combate y anunciamos que íbamos a demandar a tres de los cuatro tabloides ingleses (incluido el que había publicado la carta de Meg para su padre) por su vergonzosa conducta y por su arraigada costumbre de pincharle el teléfono a la gente.
En parte fue cosa de Elton y David. Hacia el final de nuestra última visita, nos hablaron de un conocido suyo que era abogado, un tío encantador que conocía mejor que nadie lo del escándalo de las escuchas. Me habló de lo que sabía y me mostró un montón de testimonios de audiencias públicas; cuando le dije que ojalá yo pudiera hacer algo al respecto y me quejé de que la Casa Real había bloqueado todos mis intentos, me sugirió una alternativa de una elegancia pasmosa.
—¿Por qué no te buscas tu propio abogado?
—¿Me estás diciendo que podríamos…? —titubeé.
Qué buena idea. Jamás se me habría ocurrido.
Me habían condicionado hasta tal punto que siempre hacía lo que me decían.
69
Llamé a mi abuela para decírselo de antemano. Y a mi padre. A Willy le mandé un mensaje.
También se lo dije al Abejorro para ponerlo sobre aviso de la demanda y para que supiera que teníamos la declaración lista; además le pedí que, por favor, redirigiera a nuestra oficina las solicitudes de prensa que inevitablemente iba a desencadenar aquello. ¡Nos deseó suerte! Así que me hizo gracia cuando me enteré de que él y el Avispón afirmaban no haber recibido ningún aviso previo.
Anunciar la demanda era exponer nuestro caso ante el mundo entero:
Mi mujer ha pasado a ser una de las últimas víctimas de los tabloides nacionales, que llevan a cabo campañas contra la gente sin pensar en las consecuencias. En este caso, se trata de una campaña implacable que ha ido a más durante el último año, a lo largo de su embarazo y de la crianza de nuestro hijo recién nacido… No sé ni por dónde empezar a explicar lo doloroso que ha sido… Si bien esta acción podría no ser la más segura, es la correcta, porque mi mayor miedo es que la historia se repita… Perdí a mi madre en el pasado y ahora veo a mi mujer ser víctima de las mismas fuerzas poderosas.
No se dio tanta cobertura al asunto de la demanda como a su osadía de cerrar ella sola la puerta del coche, por poner un ejemplo. De hecho, casi no salió en los medios. No obstante, los amigos sí se enteraron y muchos preguntaron que «por qué ahora».
Muy simple. En pocas semanas iban a cambiar las leyes sobre el derecho a la intimidad en el Reino Unido en favor de los tabloides. Queríamos exponer el caso antes de que alguien nos sacara ventaja.
Los amigos también preguntaron por qué nos planteábamos siquiera demandar cuando la prensa nos estaba alabando por el triunfo de Sudáfrica, cuya cobertura había sido muy positiva.
Yo expliqué que ese era el quid de la cuestión. No queríamos ni necesitábamos buena prensa, sino evitar que se fueran de rositas y siguieran con el acoso y las mentiras, sobre todo cuando estas pueden destrozarle la vida a gente inocente.
Quizá sonó como si me creyera moralmente superior, como si se me hubieran subido los humos a la cabeza. Pero poco después de anunciar la demanda leí un artículo espantoso en el Express que me dio energía: «Las flores de Meghan Markle que podrían haber puesto en riesgo la vida de la princesa Charlotte».
El último «escándalo» se refería a las tiaras de flores de nuestras damas de honor y se remontaba al año anterior. Las piezas incluían lirios del valle, que son potencialmente venenosos para los niños siempre y cuando se los coman.
Incluso si así fuera, la reacción sería un malestar físico que preocuparía a los padres, pero que muy rara vez tenía consecuencias mortales.
Poco importó que las tiaras las hubiera elaborado una florista profesional. O que no fuera Meg quien tomó esa decisión tan «temeraria». O que otras novias de la realeza, Kate y mi madre incluidas, también hubieran llevado lirios del valle.
Nada de eso importó, porque la historia de Meghan la Asesina era demasiado buena para dejarla pasar.
En la imagen adjunta salía mi pobre sobrina con la cara desfigurada por el paroxismo de la agonía: un estornudo. Al lado había una foto de Meg tan campante, ignorando la muerte inminente del angelito.
70
Me emplazaron a ir al palacio de Buckingham para comer con mi abuela y mi padre. El Abejorro me mandó una invitación muy escueta por e-mail, cuyo tono no decía: «¿Te importaría pasarte por aquí?».
Sino más bien: «Mueve el culo y ven».
Me puse un traje y me subí al coche.
Lo primero que vi nada más entrar en la sala fue la cara del Abejorro y del Avispón. Una emboscada. Yo pensaba que había ido a una comida familiar, pero al parecer no.
Sin nadie de mi personal y sin Meg, tuve que afrontar solo la reprimenda por las acciones legales que había emprendido. Mi padre me dijo que era tremendamente perjudicial para la reputación familiar.
—¿Y eso?
—Hace nuestra relación con los medios más complicada.
—Complicada. Es una manera de decirlo.
—Todo lo que haces afecta a la familia entera.