En la sombra
Tercera parte » 87
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—Se podría decir lo mismo de vuestros actos y decisiones. También nos afectan a nosotros. Como agasajar a los mismos editores y periodistas que nos atacan a mi mujer y a mí…
El Abejorro, o quizá el Avispón, intervino para recordarme una cosa:
—Señor, esto ya lo hemos hablado. Es necesario relacionarse con la prensa.
—Relacionarse sí, pero no tener una aventura sórdida.
Intenté cambiar de estrategia.
—Todos en esta familia habéis demandado a la prensa, la abuela incluida. ¿Por qué yo no puedo?
Cri, cri. Se hizo el silencio.
Seguimos discutiendo y entonces dije:
—No nos queda otra opción. Y no habríamos llegado a este punto si hubierais velado por nosotros. Y por la monarquía, ya de paso. Os estáis haciendo un flaco favor dejándola desamparada.
Miré a toda la mesa. Caras impasibles. ¿Era falta de comprensión? ¿Disonancia cognitiva? ¿Tenían una misión a más largo plazo en marcha? ¿O… realmente no sabían nada y estaban tan metidos en su burbuja, dentro de otra burbuja, que no se habían percatado de lo mal que estaban las cosas?
Por poner un ejemplo, un antiguo estudiante de Eton había dicho en la revista Tatler que me había casado con Meg porque las «extranjeras» son más «fáciles» que las chicas «de un origen adecuado».
Y el Daily Mail había dicho que Meg había «ascendido en la escala social», ya que había pasado de «esclava a realeza» en solo ciento cincuenta años.
Y en las redes sociales la llamaban repetidamente «maniquí de yate», «escort» y «cazafortunas», así como «zorra», «puta», «golfa» e incluso «n… de mierda». Algunas de esas publicaciones estaban en la sección de comentarios de las tres cuentas de redes sociales de la Casa Real y nadie se había dignado eliminarlas.
Y había un tuit que decía: «Querida duquesa, no es que te odie, pero ojalá la próxima vez que te baje la regla estés en un acuario lleno de tiburones».
Y habían salido a la luz unos mensajes racistas de Jo Marney, la novia de Henry Bolton, líder del Partido por la Independencia del Reino Unido; en uno decía que mi prometida «afroamericana» iba a «mancillar» la familia real y a allanar el camino para la entrada de un «rey negro»; y en otro aseveraba que la señorita Marney nunca se acostaría con un «negro».
«Esto es el Reino Unido, no África».
Y el Mail se había quejado de que Meg era incapaz de apartar las manos de su tripa embarazada, que no hacía más que tocarse insistentemente como si fuera un súcubo.
Las cosas estaban fuera de control, hasta el punto de que setenta y dos parlamentarias de los dos principales partidos condenaron las «connotaciones colonialistas» de la cobertura mediática de la duquesa de Sussex.
Mi familia no se pronunció al respecto ni una sola vez, ni en público ni en privado.
Yo era consciente de su tendencia a justificarlo todo, y me dijeron que a Camila y a Kate les había pasado lo mismo. Pero esto era diferente. Un equipo de especialistas en datos y analistas informáticos llevó a cabo un estudio en el que examinaron en detalle cuatrocientos tuits infames sobre Meg. Llegaron a la conclusión de que aquella avalancha de odio era muy atípica y estaba a años luz de cualquier acción dirigida contra Camila o Kate. No había en la historia ningún precedente ni nada parecido al tuit donde llamaban a Meg «la reina de la isla de los monos».
Y no era cuestión de susceptibilidades y egos heridos. Era un odio con consecuencias físicas. La ciencia ha demostrado miles de veces que ser objeto de odio y mofa en público es perjudicial para la salud. Al mismo tiempo, los efectos sociales daban todavía más miedo. Hay personas más propensas a verter ese odio y a dejarse influenciar por él. De ahí el paquete que nos enviaron a la oficina, en cuyo interior había un polvo blanco sospechoso y una nota racista repugnante.
Miré a mi abuela y al resto y les recordé que Meg y yo estábamos lidiando con una situación totalmente excepcional, y encima solos. Nuestro entregado personal era escaso, muy joven y no contaba con suficientes fondos.
El Abejorro y el Avispón carraspearon y dijeron que tendríamos que haber puesto en su conocimiento que no teníamos suficientes recursos.
«¿Ponerlo en su conocimiento?», pensé. Repuse que se lo había rogado en repetidas ocasiones, a todos, y uno de nuestros mejores asistentes había mandado múltiples peticiones.
Mi abuela miró directamente al Abejorro y al Avispón y les preguntó:
—¿Es eso cierto?
El Abejorro la miró directamente a los ojos y, con el Avispón asintiendo vigorosamente con la cabeza para mostrar su acuerdo, repuso:
—Su Majestad, nosotros no hemos recibido ninguna petición.
71
Meg y yo asistimos a los premios WellChild, un acto anual para homenajear a niños que padecen enfermedades graves. Era octubre de 2019.
Yo había ido muchas veces a lo largo de los años, ya que era patrocinador real de la organización desde 2007, y siempre era descorazonador. Los niños son muy valientes y sus padres están muy orgullosos de ellos, pero a la vez es una tortura. Esa noche se dieron varios premios a la inspiración y a la fortaleza y yo le otorgué uno a un preescolar especialmente resiliente.
Subí al escenario, empecé con mi pequeño discurso y vi a Meg. Me retrotraje a un año atrás, a cuando asistimos a ese mismo acto pocas semanas después de hacer el test de embarazo. Nos embargaba la esperanza, aunque también estábamos preocupados, como tantos futuros padres. Pero ahora tenemos en casa un crío sano. Sin embargo, estos padres y sus hijos no habían corrido la misma suerte. Se me llenó el corazón de gratitud y compasión y se me hizo un nudo en la garganta. Me quedé sin palabras. Me aferré fuerte al atril y me incliné hacia delante. El presentador, que había sido amigo de mi madre, se acercó a mí y me acarició el hombro. Eso me ayudó, y también el estallido de aplausos del público; gracias a eso recuperé la voz. Poco después Willy me mandó un mensaje. Estaba de servicio en Pakistán. Me dijo que me había visto mal y que estaba preocupado por mí.
Le di las gracias por interesarse y le aseguré que estaba bien. Me había puesto emotivo en una sala llena de chavales enfermos y sus respectivas familias porque yo también era padre desde hacía poco; no era tan raro.
Me dijo que no estaba bien y me repitió que necesitaba ayuda.
Le recordé que ya estaba viendo a una psicóloga. De hecho, no hacía mucho me había preguntado si podía ir conmigo a una sesión porque sospechaba que me estaban «lavando el cerebro».
—Pues ven —le había contestado—. Seguro que nos hace bien a los dos.
Nunca vino.
Su estrategia era obvia: yo no estaba bien, por lo que tampoco estaba en mis cabales y por eso me comportaba de forma cuestionable.
Me costó mucho no pasarme de la raya con los mensajes. Aun así, el intercambio derivó en una discusión que se alargó setenta y dos horas. Nos pasamos varios días en un bucle hasta altas horas de la noche; nunca nos habíamos enfrentado tanto como en ese intercambio masivo de mensajes. Estábamos enfadados y a la vez a miles de kilómetros, y era como si no hablásemos el mismo idioma. De vez en cuando pensaba que mi mayor miedo se estaba haciendo realidad: después de llevar varios meses viendo a la psicóloga y de esforzarme mucho en ser más consciente e independiente, mi hermano no me reconocía. Ya no se identificaba conmigo ni me… aceptaba.
Puede que fuera el estrés de los años anteriores, de las décadas anteriores, manifestándose por fin.
Guardé los mensajes. Aún los conservo. A veces los leo entre apenado y confundido y pienso: «¿Cómo llegamos a ese punto?».
Lo último que me dijo fue que me quería, que me apreciaba mucho y que haría lo que hiciera falta para ayudarme.
Me dijo que no se me ocurriera pensar lo contrario.
72
Meg y yo hablamos de hacer una escapada, pero no nos referíamos a pasar el día en Wimbledon ni a un fin de semana con Elton.
Nos referíamos a quitarnos de en medio.
Una de sus amistades tenía un conocido que podía dejarnos una casa en la isla de Vancouver, un lugar tranquilo, verde y, al parecer, apartado. Solo se podía llegar en ferry o en avión, según nos dijo.
Era noviembre de 2019.
Nos fuimos con Archie, Guy, Pula y la niñera. Llegamos amparados por la oscuridad una noche de tormenta y los días siguientes los dedicamos a relajarnos. No fue difícil. Ya no estábamos preocupados día y noche por la posibilidad de que nos tendieran una emboscada. La casa estaba justo en el límite de un bosque de un verde vivo; tenía jardines enormes para que Archie y los perros jugaran y estábamos casi rodeados por el mar claro y frío. Por las mañanas podría darme un baño vigorizante. Lo mejor de todo era que nadie sabía que estábamos allí. Salíamos a caminar, montábamos en kayak y jugábamos… en paz.
Al cabo de unos días tuvimos que ir a por provisiones. Salimos tímidamente y fuimos en coche al pueblo más cercano. Íbamos andando por la calle como si estuviéramos en una película de miedo. ¿Cuándo iban a asaltarnos? ¿Por dónde iban a aparecer?
Pero no pasó nada. La gente no se puso como loca ni se quedaba mirándonos. Tampoco sacaba el iPhone. Todo el mundo sabía, o se lo imaginaba, que no estábamos pasando por un buen momento. Nos dieron espacio, pero a la vez nos hacían sentir bienvenidos cuando nos sonreían y nos saludaban. Nos sentíamos parte de la comunidad, gente normal y corriente.
Duró seis semanas.
El Daily Mail publicó nuestra dirección.
Los barcos rodearon la casa en cuestión de horas. Una invasión marítima. Los teleobjetivos sobresalían de las cubiertas como si fueran armas, todos ellos apuntando hacia las ventanas, hacia nuestro hijo.
Se acabó lo de jugar en los jardines.
Cogimos a Archie y lo metimos en casa.
Lo grababan durante las tomas a través de las ventanas de la cocina.
Bajábamos las persianas.
La siguiente vez que fuimos al pueblo, había cuarenta paparazzi repartidos por el camino. Cuarenta. Los contamos. Algunos nos siguieron. En nuestro ultramarinos favorito habían puesto un cartel lastimero en el escaparate que decía: MEDIOS NO.
Volvimos corriendo a casa, bajamos aún más las persianas y nos sumimos de nuevo en una especie de crepúsculo eterno.
Meg dijo que sentía que había vuelto al punto de partida. De nuevo en Canadá temerosa de levantar las persianas.
Pero eso no bastaba. Las cámaras de seguridad de la valla trasera captaron poco después a un chico joven y esquelético merodeando y escudriñando en busca de una manera de entrar. Y haciendo fotos por encima de la valla. Iba vestido con un chaleco acolchado mugriento y unos pantalones sucios con los bajos enrollados por encima de unos zapatos andrajosos, y con pinta de no tener ningún reparo. Era Steve Dennett, un paparazzi freelance que ya nos había espiado antes. Estaba trabajando para Splash!
Era una alimaña. Pero quién nos garantizaba que el siguiente no fuera peor.
Teníamos que irnos de allí.
Aun así…
Aunque hubiera sido brevemente, saborear la libertad nos hizo reflexionar. ¿Y si pudiéramos llevar esa vida… siempre? Podríamos pasar una parte del año en un lugar apartado y seguir trabajando para la reina, pero fuera del alcance de la prensa.
Libres. Sin prensa, sin dramas y sin mentiras, pero también exentos de ese supuesto «interés público» que alegaban para justificar su cobertura desenfrenada sobre nosotros.
La cuestión era… dónde.
Nos planteamos Nueva Zelanda. También Sudáfrica. Quizá medio año en Ciudad del Cabo. Podría funcionar. Lejos del drama, pero más cerca de mis labores de conservación… y de otros dieciocho países de la Commonwealth.
Ya se lo había comentado a mi abuela una vez. Incluso dio el visto bueno. Y luego se lo expuse a mi padre en Clarence House, con el Avispón presente. Me dijo que lo pusiera por escrito, lo cual hice acto seguido. A los pocos días salió en todas las portadas y se montó un follón enorme. Así que, a finales de diciembre de 2019, cuando hablé con mi padre por teléfono para decirle que íbamos muy en serio con lo de pasar parte del año en el extranjero, no aguanté más cuando me dijo que se lo mandara por escrito.
—Eh… Ya lo hice, papá, y faltó tiempo para que lo filtraran y echaran nuestros planes por tierra.
—Si quieres que te ayude tienes que ponerlo por escrito, mi querido hijo. Estas cosas tienen que pasar por el Gobierno.
Por el amor de…
Así que a principios de enero de 2020 le mandé una carta con marcas de agua en la que exponía la idea en líneas generales, con listados y muchos datos. Mientras duró el intercambio, marqué siempre las misivas como PRIVADO Y CONFIDENCIAL e insistí en la cuestión fundamental: estábamos dispuestos a sacrificar lo que hiciera falta por conseguir algo de paz y seguridad, incluido el título de duques de Sussex.
Lo llamé para saber qué opinaba.
No me cogió el teléfono.
Poco después me mandó un e-mail muy largo que decía que teníamos que sentarnos y hablar del asunto; que le gustaría que volviéramos en cuanto fuera posible.
«¡Estás de suerte, papá! Voy a Gran Bretaña dentro de poco… a ver a la abuela. Así que, ¿cuándo nos vemos?».
«No antes de que acabe enero».
«¿Cómo? Queda más de un mes».
«Estoy en Escocia. No puedo irme antes».
«De verdad espero y confío en que podamos retomar esta conversación sin que la gente se entere y esto se convierta en un circo».
Él contestó con una amenaza siniestra:
«Si procedes sin que hablemos previamente, estarás desobedeciendo tanto las órdenes de la monarquía como las mías».
73
Llamé a mi abuela por teléfono el 3 de enero.
Le conté que íbamos a ir a Gran Bretaña y que tenía muchas ganas de verla.
Le dije explícitamente que esperaba que pudiéramos conversar sobre nuestro plan de crear una nueva modalidad de trabajo.
No le hizo gracia, pero tampoco le sorprendió. Sabía que no éramos felices y que ese día llegaría.
Tenía la sensación de que una charla en condiciones con mi abuela ayudaría a poner fin a nuestro calvario.
—Abuela, ¿tienes tiempo?
—¡Claro! Esta semana estoy libre. Tengo la agenda despejada.
—Genial. Meg y yo podemos ir a tomar el té y luego volver a Londres en coche. Tenemos un compromiso en Canada House al día siguiente.
—¿Queréis quedaros aquí a dormir? Llegaréis cansados del viaje.
Con «aquí» se refería a Sandringham. Sí, así sería más fácil, y se lo dije.
—Estupendo, gracias.
—¿Tienes en mente ver también a tu padre?
—Se lo pregunté, pero me dijo que le resultaba imposible. Está en Escocia y no puede irse hasta que acabe el mes.
Hizo un ruidito, un suspiro o un resoplido deliberado. No pude contener la risa.
—Solo voy a decir una cosa al respecto —repuso ella.
—Dime.
—Tu padre siempre se sale con la suya.
Dos días después, el 5 de enero, mientras Meg y yo nos subíamos al avión en Vancouver, recibí una nota desesperada de nuestro personal, que a su vez había recibido una nota desesperada del Abejorro. Mi abuela no iba a estar disponible. «En un principio Su Majestad pensó que sí era posible, pero no… El duque de Sussex no puede venir mañana a Norfolk. Su Majestad hará por reorganizar la reunión este mes. No se emitirá ningún comunicado antes de que haya tenido lugar dicha reunión».
Le dije a Meg:
—No me dejan ver a mi propia abuela.
Cuando llegamos me planteé subirme a un coche y presentarme en Sandringham igualmente. A la mierda el Abejorro. ¿Quién se creía que era para impedirme nada? Visualicé a la policía de palacio dándome el alto en la entrada. Me visualicé saltándome la seguridad y atravesando la verja con el capó. Qué fantasía tan entretenida, y una forma divertida de invertir el viaje desde el aeropuerto, pero no. Debía esperar el momento oportuno.
Cuando llegamos a Frogmore, llamé a mi abuela. Visualicé el aparato sonando en su escritorio. Es más, lo oía en la cabeza, riiing, como el teléfono rojo de la tienda de la VHR.
«¡Tropas en contacto!».
Entonces oí su voz.
—¿Diga?
—Hola, abuela. Soy Harry. Perdóname, no debí de entenderte bien el otro día cuando me dijiste que no tenías nada en la agenda para hoy.
—Ha surgido algo de lo que no estaba al tanto.
Su voz sonaba rara.
—¿Y puedo pasarme mañana, abuela?
—Eh, bueno, voy a estar ocupada toda la semana.
Añadió que al menos eso era lo que le había dicho el Abejorro…
—¿Está contigo ahora mismo?
No respondió.
74
Nos enteramos por Sara de que The Sun iba a publicar de forma inminente un artículo que contaba que el duque y la duquesa de Sussex estaban tomando distancia de sus obligaciones para con la Casa Real a fin de pasar más tiempo en Canadá. Al parecer, el reportero encargado era un pobre desgraciado, el editor de la sección de farándula del periódico.
¿Por qué él? ¿Por qué precisamente el tío que llevaba la farándula?
Porque se había reciclado y ahora era una especie de cuasi cronista de la realeza, en gran medida gracias a su relación con un amigo particularmente cercano de la secretaria de comunicación de Willy, la cual le facilitaba cotilleos (casi siempre falsos).
El tío se aseguraba de no dar pie con bola, y eso mismo había pasado con su «exclusiva» más reciente, la trama de la tiara. También se aseguró de meter con calzador su artículo en el periódico a toda prisa, porque probablemente estaba trabajando de común acuerdo con la Casa Real, cuyo personal estaba dispuesto a tomarnos la delantera e inventarse una historia. No queríamos que eso pasara. No queríamos que nadie diera la primicia ni que se tergiversara la noticia.
Teníamos que publicar una declaración ya.
Llamé a mi abuela otra vez y le conté lo de The Sun. Le dije que a lo mejor teníamos que improvisar una declaración. Ella lo entendió y dio su permiso, siempre y cuando no diera lugar a «especulaciones».
No le conté exactamente qué íbamos a decir. No me lo preguntó, pero tampoco yo lo sabía todavía. No obstante, le conté lo esencial y le mencioné cierta información básica del memorando que mi padre me había exigido y que ella había visto.
Debíamos redactar la declaración con mucha precisión. Y tenía que ser templada, apacible. No queríamos echarle la culpa a nadie ni añadir leña al fuego. Tampoco debía dar lugar a especulaciones.
Tremendo ejercicio de escritura.
Nos dimos cuenta enseguida de que era imposible; no nos daba tiempo a publicar la declaración antes que ellos.
Nos abrimos una botella de vino. «Procede, pobre desgraciado, procede».
Y eso hizo. The Sun publicó el artículo más tarde esa misma noche, y luego en la primera plana de la mañana.
El titular decía: «¡Adiós muy buenas!».
Como era de esperar, describía nuestra marcha como una «escapada» despreocupada y hedonista para retozar, en vez de como un retiro prudente y un intento de preservar la salud. También incluía un dato revelador: la propuesta de renunciar a nuestro título de duques de Sussex. Esa información solo aparecía en un documento: la carta privada y confidencial que le había mandado a mi padre.
Y poquísima gente tenía acceso a ella. Ni siquiera se lo habíamos contado a nuestro círculo de amigos.
El 7 de enero seguimos trabajando en el borrador, comparecimos en público brevemente y nos reunimos con nuestro personal. Al final, como sabíamos que no tardarían en filtrar más información, el 8 de enero nos atrincheramos en lo más profundo del palacio de Buckingham, en uno de los salones de recepciones principales, con dos veteranas de nuestro personal.
Siempre me ha gustado ese salón, con sus paredes claras y sus lámparas de araña. Pero en ese momento me pareció especialmente bonito y me quedé pensando en si siempre había sido así, con esa apariencia tan… regia.
En un rincón había un escritorio de madera imponente que usamos como área de trabajo. Nos fuimos turnando para escribir en un ordenador portátil. Probamos varias expresiones. Queríamos manifestar que íbamos a desempeñar un papel menor, a distanciarnos un poco, pero no a dejar el cargo. Era difícil dar con las palabras y el tono adecuados. Debía sonar serio pero respetuoso.
De vez en cuando nos echábamos en una butaca cercana o descansábamos la vista mirando por los dos ventanales que daban a los jardines. Cuando necesitaba un descanso más largo, me ponía a caminar por la alfombra oceánica. En la otra punta del salón, en el rincón de la derecha, había una puerta pequeña que daba a la Suite Belga; Meg y yo pasamos allí una noche. En el rincón cercano había una puerta de dos hojas de madera muy alta, la típica que se imagina la gente cuando piensa en un palacio. Por ella se accedía a un salón en el que había estado mil veces de cóctel. Me retrotraje a esos encuentros, a los buenos ratos que había pasado allí.
Me acordé de que la estancia que estaba justo a la derecha era donde nos reuníamos en familia para tomar algo antes de la comida de Navidad.
Salí al vestíbulo. Había un árbol navideño enorme y precioso, aún con las luces encendidas. Me quedé delante de él rememorando el pasado. Cogí dos adornos, unos corgis suaves y pequeñitos, y se los di al personal que nos acompañaba. Les dije que eran un recuerdo de esa misión tan rara.
Se emocionaron, pero a la vez se sintieron mal.
—Nadie va a echarlos de menos —les aseguré.
Aquellas palabras me parecieron cargadas de un doble sentido.
Hacia el final de la jornada, cuando por fin habíamos conseguido la versión definitiva, el personal empezó a inquietarse y manifestó su preocupación por la posibilidad de que se descubriera su implicación. De ser así, ¿qué pasaría con su trabajo? Pero las empleadas estaban sobre todo emocionadas. Tenían la sensación de que estaban en el lado del bien; ambas habían leído todos y cada uno de los insultos que se publicaban en la prensa y las redes sociales desde hacía muchos meses.
Lo dimos por terminado a las seis de la tarde. Nos juntamos alrededor del portátil y lo leímos una última vez. Una de las empleadas les mandó un mensaje a los respectivos secretarios privados de mi abuela, mi padre y Willy para ponerlos sobre aviso. El de mi hermano contestó enseguida: «Esto va a caer como una bomba».
Por supuesto, yo ya sabía que la noticia iba a dejar estupefactos y apenados a muchos británicos, y se me revolvía el estómago solo de pensarlo. Pero, cuando llegara el momento y supieran lo que había pasado en realidad, estaba seguro de que lo entenderían.
Una de las empleadas dijo:
—¿De verdad vamos a hacerlo?
—Sí —contestamos Meg y yo a la vez.
Mandamos la declaración a la persona encargada de las redes. Un minuto después, ahí estaba, en nuestra página de Instagram, la única plataforma que podíamos usar. Nos abrazamos con lágrimas en los ojos y recogimos nuestras cosas corriendo.
Meg y yo salimos del palacio y nos montamos en el coche. De camino a Frogmore a toda prisa, la noticia ya estaba en todas las emisoras de radio. Dejamos la preferida de Meg, Magic FM, y oímos en directo al locutor dejándose llevar por esa histeria tan característica de los británicos. Nos dimos la mano y sonreímos a los guardaespaldas, que iban en los asientos delanteros. Luego nos quedamos todos mirando por la ventanilla en silencio.
75
Días después hubo una reunión en Sandringham. Alguien la denominó «la cumbre de Sandringham», pero no recuerdo quién. Supongo que algún periodista.
De camino para allá recibí un mensaje de Marko sobre un artículo en The Times.
Willy había declarado que ahora él y yo éramos «entidades independientes».
«Llevo toda la vida respaldando a mi hermano, pero ya no puedo seguir haciéndolo», había dicho.
Meg había vuelto a Canadá para estar con Archie, así que iba a enfrentarme solo a la cumbre. Llegué pronto con la esperanza de hablar un momento con mi abuela. Estaba sentada en un banco delante de la chimenea y me puse a su lado. Noté que el Avispón se alarmaba. Salió zumbando y volvió poco después con mi padre, que se sentó a mi lado… anormalmente cerca. Justo después apareció Willy, que me miró con cara de querer matarme. «Hola, Harold». Se sentó enfrente de mí. En efecto, éramos entidades independientes.
Una vez reunidos allí todos los asistentes, nos sentamos en una mesa de conferencias alargada presidida por mi abuela. Delante de cada silla había un cuaderno y un lapicero oficiales.
El Abejorro y el Avispón expusieron brevemente en qué punto nos encontrábamos. El tema de la prensa no tardó en salir. Yo mencioné su trato cruel y delictivo y añadí que habían contado con mucha ayuda. La familia había mirado hacia otro lado y se había congraciado con los periódicos, dándoles así vía libre, y algunos miembros habían trabajado mano a mano con la prensa, ya fuera dándoles información, filtrando primicias y recompensándolos y agasajándolos de vez en cuando. Los periódicos tenían gran parte de la culpa de que se hubiera desencadenado aquella crisis (su modelo de negocio exigía que el conflicto fuera constante), pero no eran los únicos culpables.
Miré a Willy. Esperaba que interviniera, que me secundara y hablara de sus desesperantes experiencias con nuestro padre y Camila. Pero en vez de eso se quejó de que en los periódicos matutinos habían dado a entender que la razón de nuestra marcha era él.
—¡Me han acusado de intimidaros y de echaros de la familia!
Quise decirle que nosotros no sabíamos nada de ese artículo…, pero que se imaginara que lo habíamos filtrado nosotros para saber lo que habíamos vivido Meg y yo durante los tres últimos años.
Los secretarios privados empezaron a abordar con mi abuela «las cinco opciones».
—Su Majestad, ¿ha visto las cinco opciones?
—Sí —contestó ella.
Todos las habíamos visto. Habíamos recibido por correo electrónico cinco formas de proceder. La opción 1 era mantener el statu quo: Meg y yo nos quedábamos y todos intentábamos volver a la normalidad. La opción 5 era una ruptura total que implicaba no tener ninguna función monárquica y perder la seguridad.
La opción 3 era un término medio, un compromiso que se acercaba a lo que habíamos propuesto en un principio.
Les dije a todos los allí presentes que, ante todo, quería a toda costa mantener la seguridad. Eso era lo que más me preocupaba, la integridad física de mi familia. Quería evitar que la historia se repitiera y que hubiera otra muerte prematura como la que sacudió los cimientos de la familia hacía veintitrés años, y de la cual aún no nos habíamos recuperado.
Yo lo había consultado con varios veteranos de la Casa Real, gente ducha en su funcionamiento interno y en su historia, y todo el mundo me dijo que la mejor opción para todas las partes era la tercera: vivir en otro sitio parte del año, seguir trabajando, mantener la seguridad y volver a Gran Bretaña para actos benéficos, ceremonias y demás acontecimientos. Eso me dijeron dichos veteranos, que era la solución más sensata y que además entraría en vigor con efecto inmediato.
Pero, cómo no, mi familia me presionó para que eligiera la opción 1; de no hacerlo, solo aceptarían la 5.
Estuvimos discutiendo las cinco opciones casi una hora. Al final, el Abejorro se levantó y rodeó la mesa repartiendo un borrador de una declaración de la Casa Real que se haría pública en breve, donde se anunciaba la implementación de la opción 5.
—Un momento, a ver si lo entiendo. ¿Habéis redactado una declaración donde se anuncia la opción 5 sin haberlo discutido antes? O sea, ¿ya habéis tomado una decisión y habéis montado esta cumbre solo para aparentar?
Nadie contestó.
Quise saber si habían redactado una declaración por cada opción.
El Abejorro me aseguró que claro que sí.
Pregunté si podía verlas.
—Desafortunadamente, mi impresora no va bien y da la casualidad de que ha dejado de funcionar justo cuando me disponía a imprimir las demás declaraciones —repuso.
Me eché a reír.
—¿Me estáis tomando el pelo?
Todo el mundo miraba para otro lado o hacia abajo.
Me volví hacia mi abuela y le pregunté:
—¿Te importa si salgo un momento a que me dé el aire?
—¡Claro!
Al salir de la estancia me topé en el vestíbulo con lady Susan, que llevaba años trabajando para mi abuela, y con el señor R., mi vecino de arriba cuando vivía en la tejonera. Me notaron disgustado y me preguntaron si podían ayudarme en algo. Sonreí, les dije que no, les di las gracias y volví al salón.
En ese momento había cierto debate sobre la opción 3. ¿O era la 2? Empezó a dolerme la cabeza. Me estaban desgastando. Me importaba un pepino qué opción eligiéramos siempre y cuando conserváramos la seguridad. Les rogué que no me quitaran la protección policial armada, que me acompañaba y necesitaba desde que nací. Siempre había tenido prohibido salir de casa sin mis tres guardaespaldas, incluso cuando era el miembro más popular de la familia, y ahora que mi mujer, mi hijo y yo éramos el blanco de un odio inaudito, la principal propuesta en debate era dejarnos totalmente desamparados.
Qué locura.
Propuse sufragar los gastos de seguridad con mi dinero. No sabía cómo, pero daría con la forma.
Lo intenté una vez más:
—De verdad, a Meg y a mí nos dan igual los beneficios. Lo que queremos es trabajar, servir y… seguir vivos, por favor.
Simple y convincente, al parecer. Todos asintieron.
Cuando terminó la reunión, habíamos llegado a un acuerdo general básico. Aún habría que pormenorizar toda la información de ese pacto híbrido, pero lo haríamos durante un periodo de transición de doce meses; mientras tanto, seguiríamos teniendo seguridad.
Mi abuela se levantó y el resto la imitamos. Luego se marchó.
En lo que a mí se refería, aún tenía un asunto pendiente. Fui a buscar la oficina del Abejorro. Por suerte, me topé con el paje más amable de la reina, que siempre me había tenido cariño. Le pedí indicaciones y me dijo que él mismo me llevaba. Atravesamos la cocina, subimos por unas escaleras de servicio y fuimos por un pasillo estrecho.
—Por ahí —me dijo señalando.
Di varios pasos y me topé con una impresora enorme expulsando papeles sin parar. Apareció el ayudante del Abejorro.
—¡Hola!
—Esto funciona bien, ¿no? —dije señalando el aparato.
—¡Sí, alteza!
—O sea que no está rota.
—¡Esa máquina es indestructible, señor!
Le pregunté por la impresora de la oficina del Abejorro:
—¿Esa también funciona?
—¡Sí, señor, claro! ¿Necesita imprimir algo?
—No, gracias.
Avancé por el pasillo y franqueé una puerta. De repente, todo me resultó muy familiar. Entonces caí en la cuenta. En ese pasillo dormí las Navidades posteriores a mi vuelta del Polo Sur. Justo entonces apareció de frente el Abejorro. Me vio y me pareció que, para ser un abejorro, me miraba con ojos de carnero degollado. Sabía por qué estaba yo allí. Oyó el zumbido de la impresora y se dio cuenta de que lo había pillado.
—Eh, señor, por favor, no se preocupe más, no tiene tanta importancia.
—¿Seguro?
Me di la vuelta y volví abajo. Alguien sugirió que, antes de irme, Willy y yo saliéramos a despejarnos la cabeza.
—Vale.
Fuimos de arriba abajo bordeando los setos de tejo. Hacía mucho frío ese día. Yo llevaba una cazadora ligera y Willy solo un jersey, así que ambos estábamos tiritando.
Me quedé impresionado de nuevo por lo bonito que era todo. Me pasó lo mismo que en el salón de recepciones: era como si nunca hubiera visto un palacio. Aquellos jardines eran paradisiacos. ¿Por qué era tan difícil disfrutar de ellos?
Estaba preparado para el sermón. Pero no hubo ninguno. Willy estaba contenido. Quería saber qué tenía que decir. No recordaba cuándo había sido la última vez que mi hermano se había prestado a escucharme, pero era de agradecer.
Le conté que un antiguo miembro del personal había saboteado a Meg y había montado un complot. Y que había un miembro actual que tenía un amigo que cobraba por filtrar a la prensa información privada sobre mi mujer y yo. Mis fuentes, entre ellas periodistas y abogados, eran intachables. Aparte, yo había estado en New Scotland Yard.
Willy frunció el ceño. Él y Kate también tenían sus sospechas. Me dijo que lo investigaría.
Acordamos mantenernos en contacto.
76
Nada más entrar en el coche me dijeron que la Casa Real había emitido un tajante desmentido para acallar el cuento de la intimidación de esa misma mañana. El desmentido estaba firmado nada menos que… por mí. Y por Willy. ¿Mi nombre suscribiendo palabras de otras personas sin rostro? ¿Palabras que no había visto y mucho menos aprobado? Me quedé anonadado.
Volví a Frogmore y desde allí participé a distancia durante los días posteriores en la redacción de la declaración definitiva, que se hizo pública el 18 de enero de 2020.
La Casa Real anunció que el duque y la duquesa de Sussex habían decidido tomar distancia; que ya no representaríamos «de manera oficial» a la reina; que durante los doce meses de transición el título de altezas quedaría en suspenso; y que nos habíamos ofrecido a devolver la subvención soberana invertida en la reforma de Frogmore Cottage.
Sobre la situación de nuestra seguridad se decía rotundamente que no había «nada que añadir».
Volví a Vancouver. Qué gusto reencontrarme con Meg, Archie y los perros. Aun así, estuve varios días como ausente. Una parte de mí seguía en Gran Bretaña, en Sandringham. Me pasé horas pegado al teléfono y a internet, atento a las repercusiones. Los periódicos y los troles desataron tal ira contra nosotros que incluso nos dio miedo.
«No nos engañemos, esto es un insulto», clamaba el Daily Mail, que convocó a un «jurado de Fleet Street» para considerar nuestros «delitos». Entre otras personas, estaba formado por el antiguo secretario de prensa de la reina, que, junto con sus compañeros, concluyó diciendo que en lo sucesivo iban a tratarnos «sin piedad».
Meneé la cabeza. «Sin piedad». Qué lenguaje tan bélico.
Estaba claro que había algo más aparte de mera indignación. Esos hombres y mujeres me veían como una amenaza existencial. Si nuestra marcha representaba una amenaza para la monarquía, como decían algunos, también afectaría a toda la gente que se ganaba la vida cubriendo noticias sobre dicha institución.
Así que debían acabar con nosotros.
Una de ese grupo, que había escrito un libro sobre mi persona y que seguramente dependía de mí para pagarse el pegamento de la dentadura postiza y la comida de su gato, fue a la televisión a explicar en directo muy confiada que Meg y yo nos habíamos ido de Gran Bretaña sin siquiera pedirle permiso a mi abuela. Según ella, no lo habíamos hablado con nadie, tampoco con mi padre. Soltó aquella sarta de falsedades con una seguridad tan firme que incluso yo estuve tentado de creerla, así que en muchos círculos su versión de los hechos se convirtió enseguida en «la verdad». «¡Harry se la juega a la reina!». Ese fue el discurso que caló. Ya lo veía colándose en los libros de historia. Me imaginé a los estudiantes de Ludgrove, de ahí a unas décadas, tragándose a la fuerza esos disparates.
Estuve sentado hasta tarde dándole vueltas, analizando lo que iba ocurriendo y preguntándome qué le pasaba a esa gente, por qué eran así.
¿Era solo por dinero?
Siempre era por eso. Llevo toda la vida escuchando que la monarquía cuesta mucho dinero y es anacrónica, y ahora nos estaban usando a Meg y a mí para demostrarlo. Se referían a nuestra boda como «prueba A». Después de invertir millones en ella, nosotros vamos y nos largamos. Qué ingratos.
Pero la boda en sí la pagó la familia, y una parte importante de la cantidad restante se invirtió en seguridad, que en gran medida era necesaria porque la prensa se dedicaba a dar pábulo al racismo y al resentimiento de clase. Los propios especialistas en seguridad nos dijeron que los francotiradores y los perros rastreadores no eran solo por nosotros, sino también para evitar que alguien se liara a pegar tiros contra la multitud apiñada en el Long Walk o que un kamikaze se inmolara en pleno desfile.
A lo mejor el dinero era la causa principal de todas y cada una de las polémicas vinculadas a la monarquía. La indecisión de los británicos viene de largo. Muchos apoyan a la Corona, pero a muchos otros les inquieta el gasto que conlleva, inquietud que aumenta al no saber a cuánto asciende dicho gasto, que varía en función de quién haga los cálculos. La Corona le cuesta dinero a los contribuyentes, sí. Pero también aporta mucho a las arcas del Estado y genera muchos ingresos gracias al turismo, y todo el mundo se beneficia de ellos. Lo que no se puede negar es que si existe es gracias a las tierras conseguidas y afianzadas cuando el sistema era injusto y la riqueza se obtenía mediante la explotación de trabajadores, el matonismo, las anexiones y la esclavitud.
Según el último estudio que había visto, la monarquía le cuesta al contribuyente medio lo mismo que consumir una pinta al año. A la luz de su buen quehacer, parece que la inversión merece bastante la pena. Pero nadie quiere escuchar a un príncipe hablar en favor de la existencia de la monarquía, como tampoco quiere escucharlo hablar en su contra. Los análisis coste-beneficio se los dejo a otros.
Como es normal, este tema me genera sentimientos complejos, pero mi postura no lo es. Siempre apoyaré a mi reina, comandante en jefe y abuela. Incluso ahora que se ha ido. Mi problema nunca ha sido la monarquía ni el concepto en sí, sino la prensa y la relación malsana que se ha establecido entre ella y la Casa Real. Adoro mi patria y adoro a mi familia, y siempre lo haré. Pero me habría gustado que, en el segundo peor momento de mi vida, ambas hubieran estado ahí apoyándome.
Y creo que en el futuro, cuando echen la vista atrás, ellos pensarán lo mismo.
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La cuestión era adónde nos mudábamos.
Nos planteamos Canadá. En general, nuestra experiencia había sido buena. Casi habíamos llegado a sentirnos como en casa. No nos costaba imaginarnos viviendo allí de por vida. Pensamos que, si dábamos con un lugar que la prensa no conociera, Canadá sería la respuesta.
Meg se puso en contacto con una de sus amistades de Vancouver que nos derivó a un agente inmobiliario, y así empezamos a buscar casa. Íbamos poco a poco e intentábamos ser positivos. Lo de menos era dónde íbamos a vivir; lo importante era que la Casa Real cumpliera con su obligación (y lo que a mi parecer era una promesa implícita) de protegernos.
—¿Crees que acabarán quitándonos la seguridad? —me preguntó Meg una noche.
—Nunca. Y menos teniendo en cuenta el clima de odio imperante y lo que le pasó a mi madre.
Tampoco a la luz de lo que había ocurrido con mi tío Andrés. A pesar de estar involucrado en un escándalo vergonzoso, acusado de haber abusado sexualmente de una chica joven, nadie había sugerido siquiera retirarle la seguridad. Puede que la gente tuviera muchos motivos de queja contra nosotros, pero los delitos sexuales no eran uno de ellos.
Era febrero de 2020.
Cogí a Archie en brazos después de su siesta y lo llevé al jardín. Hacía frío pero estaba soleado. Contemplamos el agua, palpamos hojas secas y cogimos piedras y palitos. Le di un beso en la mejilla regordeta y le hice cosquillas. Luego miré hacia abajo para leer un mensaje que me había mandado Lloyde, el jefe del equipo de seguridad.
Tenía que decirme algo.
Atravesé el jardín con Archie a cuestas, se lo pasé a Meg y me dirigí a través de la hierba empapada a la casa donde se alojaban Lloyde y los demás guardaespaldas. Nos sentamos en un banco, ambos ataviados con un plumas, con las olas meciéndose suavemente al fondo, y me dijo que nos habían quitado la seguridad. Habían recibido la orden de evacuar.
—Pero no pueden.
—Eso pensaba yo, pero al parecer sí.
Lloyde me dijo que estábamos expuestos a un nivel de amenaza mucho más elevado que el de casi todos los miembros de la realeza y equiparable al de la reina. Y, a pesar de ello, esa era la orden y no había lugar a discusión.
«Pues se acabó», pensé. Mi peor pesadilla se había hecho realidad. Había pasado lo peor que podía pasar. O sea que, si alguien quisiera hacernos daño y nos encontrara, me tocaría enfrentarme a él solo con una pistola.
«Eh, no, sin pistola. Esto es Canadá».
Llamé a mi padre varias veces, pero no me lo cogió.
Justo entonces me llegó un mensaje de Willy: «¿Puedes hablar?».
Qué bien. Seguro que después de nuestro reciente paseo por los jardines de Sandringham sería comprensivo y daría un paso al frente.
Me dijo que era decisión del Gobierno y que no había nada que hacer.
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Lloyde le había rogado a sus superiores, al otro lado del charco, que al menos pospusieran la fecha de su retirada. Lo había intentado, me enseñó los e-mails. «¡No podemos dejarlos aquí así sin más!».
Esto fue lo que le contestaron: «La decisión ya está tomada. A partir del 31 de marzo, están solos».
Moví cielo y tierra para buscar sustitutos. Hablé con asesores y pedí presupuestos. Llené un cuaderno entero con la información que recopilé. La Casa Real me remitió a una compañía que me dio un presupuesto de… seis millones al año.
Colgué despacio.
Y, por si fuera poco, me enteré de una noticia horrible: Caroline Flack, una buena amiga mía, se había quitado la vida. Al parecer, ya no podía más. Los años de acoso implacable a manos de la prensa habían acabado con ella. Me sentí fatal por su familia. No se me olvida lo mucho que sufrieron por su pecado mortal de salir conmigo.
Recuerdo que la noche que nos conocimos me pareció muy divertida y desenfadada, la viva imagen del desparpajo.
Entonces jamás se me habría pasado por la cabeza que acabaría así.
Pensé que era un aviso importante. No estaba exagerando. Mis advertencias podían materializarse en cualquier momento. Meg y yo realmente nos enfrentábamos a una cuestión de vida o muerte.
Y el tiempo pasaba.
En marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud declaró una pandemia mundial y Canadá empezó a plantearse la posibilidad de cerrar las fronteras.
Pero Meg lo tuvo claro.
—Van a cerrar las fronteras sí o sí, así que ya podemos pensar en un destino y… hacer las maletas.
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Estábamos hablando con Tyler Perry, el actor, guionista y director. Antes de casarnos, le había mandado una nota inesperada a Meg, donde le decía que había visto lo que estaba pasando y que no estaba sola. Mientras charlábamos con él en FaceTime, tanto Meg como yo intentábamos poner buena cara, pero por dentro estábamos mal.
Tyler se dio cuenta y nos preguntó qué pasaba.
Le contamos lo más relevante: nos habíamos quedado sin seguridad, iban a cerrar las fronteras y… no teníamos adónde ir.
—Guau. Vale, muchas cosas. Venga, respirad profundamente.
Ese era el problema, que no podíamos.
—¿Y si os quedáis en mi casa?…
—¿Cómo?
—En Los Ángeles. Tiene control de acceso, es segura. Allí no va a pasaros nada, yo me encargo.