En la sombra

En la sombra


Tercera parte » 87

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Nos contó que él estaba de viaje por trabajo, así que la casa estaba vacía, esperándonos.

Era pedir demasiado. Qué generoso.

Pero aceptamos entusiasmados.

Le pregunté que por qué nos la había ofrecido.

—Por mi madre.

—¿Y eso…?

—Adoraba a la tuya.

Me pilló totalmente por sorpresa.

—Desde su visita a Harlem —añadió—. Por eso. Según Maxine Perry, tu madre era un pedazo de pan.

Luego nos dijo que la suya había muerto hacía diez años y que aún no lo había superado.

Quise decirle que se le iría pasando.

Pero no dije nada.

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Aquella casa era como Xanadú. Techos altos, obras de arte de valor incalculable, una piscina maravillosa… Parecía un palacio, pero sobre todo era ultrasegura. Es más, la seguridad estaba incluida y corría a cuenta de Tyler.

Los últimos días del mes de marzo de 2020 los dedicamos a inspeccionar, desempaquetar y ubicarnos. Pasillos, armarios, habitaciones… Había muchísimo que descubrir y un montón de recovecos aptos para que Archie se escondiera.

Meg lo cogió de la mano y se lo fue enseñando todo. ¡Mira la estatua! ¡Y la fuente! ¡Mira los colibrís del jardín!

En el vestíbulo de entrada vio un cuadro que le llamó la atención sobremanera. Siempre empezaba el día mirándolo fijamente. Era una escena de la antigua Roma. Nosotros nos preguntábamos por qué.

Pero no teníamos ni idea.

Una semana después nos sentíamos como en casa. Archie dio sus primeros pasos en el jardín de Tyler, en pleno apogeo del confinamiento por la pandemia mundial. Le aplaudimos, lo abrazamos y lo vitoreamos. Por un momento pensé en lo bonito que sería contárselo a su abuelo y su tío Willy.

No mucho después de hacer sus pinitos, desfiló hacia el vestíbulo para contemplar su cuadro favorito. Se quedó mirándolo y balbuceó como afirmando.

Meg se acercó para verlo de cerca.

Entonces se percató de que en el marco había una placa.

Diosa de la caza. Diana.

Cuando se lo contamos a Tyler, nos dijo que él no sabía nada, que ni se acordaba de que ese cuadro estaba ahí.

—Se me ha puesto la piel de gallina.

—Y a nosotros.

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De madrugada, mientras el resto dormía, yo recorría la casa comprobando las puertas y las ventanas. Luego me sentaba en la terraza o en el borde del jardín y me liaba un porro.

La casa miraba hacia un valle y estaba en una ladera donde había muchas ranas. Me quedaba escuchando su canto nocturno y aspiraba el aire floral. Entre las ranas, los aromas, los árboles y el cielo inmenso lleno de estrellas, me teletransportaba a Botsuana.

Pero puede que no fuera solo por la flora y la fauna.

Era más bien por la sensación de seguridad y… vida.

Sacamos mucho trabajo adelante. Y teníamos mucho más que hacer.

Creamos una fundación y retomé el contacto con gente que conocía del ámbito de la conservación del medioambiente. Todo empezaba a estar bajo control… hasta que la prensa, no sé cómo, averiguó que estábamos en casa de Tyler. Tardaron seis semanas exactamente, igual que en Canadá. De repente, los drones invadieron el cielo y los paparazzi ocuparon la calle y el valle.

Rompieron la valla.

La tapamos.

Dejamos de salir al exterior. El jardín estaba a plena vista de los paparazzi.

Luego llegaron los helicópteros.

Desgraciadamente, íbamos a tener que irnos de allí. Había que buscar otro sitio sin demora, y eso implicaba pagar la seguridad de nuestro bolsillo. Busqué mis cuadernos y empecé a contactar de nuevo con empresas de seguridad. Meg y yo nos sentamos a calcular cuánto dinero podíamos invertir en seguridad y cuánto en vivienda. Justo entonces, mientras revisábamos el presupuesto, recibí la noticia: mi padre iba a cerrar el grifo.

Era ridículo, lo sé. Un padre que deja de pasarle dinero a su hijo de treinta y tantos. Pero no era solo mi progenitor; también era mi jefe, mi banquero, mi auditor y el administrador de mi dinero durante toda mi vida adulta. Cerrarme el grifo implicaba despedirme sin indemnización y lanzarme al vacío después de toda una vida de servicio. Es más, después de toda una vida de incapacitarme como trabajador.

Me sentí como cuando ceban a los animales antes de llevarlos al matadero, como un ternero amamantado. Yo nunca pedí depender financieramente de mi padre. Me vi forzado a aceptar esa condición surrealista, un show de Truman interminable en el que nunca llevaba dinero encima, ni tenía coche propio ni llaves de casa; donde nunca compraba nada en internet, ni recibía paquetes de Amazon ni cogía apenas el metro (solo una vez, cuando estudiaba en Eton y fuimos de excursión al teatro). En la prensa me llamaban «gorrón». Pero no es lo mismo ser un gorrón que tener vetado aprender a ser independiente. Después de décadas infantilizándome de forma rigurosa y sistemática, me dejaban de repente a mi suerte y encima se mofaban de mí por ser inmaduro y no valerme por mí mismo.

Meg y yo nos pasábamos las noches en vela pensando en cómo íbamos a pagar una casa y la seguridad. Siempre tendríamos la opción de coger una parte de la herencia de mi madre, pero esa era la última opción. En nuestra cabeza ese dinero era para Archie… y alguien más.

Meg estaba embarazada.

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Encontramos una casa con una rebaja considerable. Estaba en la costa, en las afueras de Santa Bárbara. Tenía muchas estancias, jardines amplios, un parque infantil y hasta un estanque con carpas koi.

La persona de la agencia inmobiliaria nos advirtió que estaban estresadas.

Nosotros también. Nos íbamos a llevar todos divinamente.

No. Nos explicó que necesitaban cuidados muy concretos y que tendríamos que contratar a un experto.

—Ajá. ¿Y dónde lo encontramos?

Nos dijo que no lo sabía.

Nos reímos. Problemas del primer mundo.

Nos hizo el recorrido. Era como estar en un sueño. Le pedimos a Tyler su opinión y nos dijo: «Comprad». Así que reunimos las arras, pedimos la hipoteca y nos mudamos en julio de 2020.

La mudanza en sí nos llevó un par de horas. Todas nuestras pertenencias cupieron en trece maletas. La primera noche nos tomamos algo tranquilamente, hicimos pollo asado y nos acostamos pronto.

Todo iba bien.

Aun así, Meg seguía muy estresada.

Había surgido una cuestión urgente en relación con su caso contra los tabloides. El Mail estaba haciendo de las suyas. Su primer intento de defensa los había dejado en ridículo manifiestamente, así que ahora estaban probando con otra, más ridícula todavía. Argüían que habían publicado la carta que Meg le había escrito a su padre porque en un artículo de la revista People se citaba a varios amigos suyos… de forma anónima. Los tabloides alegaban que Meg había orquestado lo de las citas y que había usado a sus amistades como portavoces de facto, y que por eso el Mail tenía todo el derecho a publicar la carta de marras.

Es más, querían que los respectivos nombres de dichos amigos, antes anónimos, se infiriesen de los autos… para acabar con ellos. Meg estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en su mano para evitarlo. Se quedaba despierta hasta tarde intentando dar con una forma de ayudarlos, y encima la primera mañana en la casa nueva se levantó con dolor abdominal.

Y sangrando.

Se desplomó sobre el suelo.

Fuimos corriendo al hospital más cercano. Cuando la doctora entró en la habitación, no escuché nada de lo que dijo. Solo me fijé en su cara y su lenguaje corporal. Lo supe enseguida. Los dos lo supimos. Había perdido mucha sangre.

Aun así, oírlo fue durísimo.

Meg me agarró. La abracé y empezamos a llorar.

En toda mi vida solo me he sentido así de impotente en cuatro ocasiones.

Una vez que iba con mi madre y Willy en la parte de atrás del coche y los paparazzi nos seguían.

Aquella vez en el Apache, sobrevolando Afganistán, cuando no me dieron autorización para cumplir con mi deber.

En Nott Cott, cuando mi mujer embarazada me habló de suicidio.

Y en ese momento.

Salimos del hospital con un bebé nonato en una cajita y fuimos a un lugar secreto que solo nosotros conocíamos.

Mientras Meg lloraba, yo cavé un agujero en la tierra debajo de un baniano enorme y puse dentro la cajita con cuidado.

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Cinco meses después. Navidades de 2020.

Fuimos a por un árbol con Archie a un mercadillo de Santa Bárbara.

Compramos una pícea de las más grandes que había.

Llevamos el árbol a casa, lo colocamos en el salón y lo decoramos. Magnífico. Retrocedimos y lo admiramos mientras dábamos las gracias por lo que teníamos. Casa nueva. Un hijo sano. Aparte, habíamos firmado varios contratos gracias a los cuales íbamos a poder reanudar nuestro trabajo, como poner de relieve causas que nos preocupaban y contar cosas que nos parecían esenciales. También íbamos a poder pagar por nuestra seguridad.

En Nochebuena hablamos por FaceTime con varios amigos, incluidos algunos de Gran Bretaña, y contemplamos a Archie corretear alrededor del árbol.

También abrimos los regalos, como manda la tradición de los Windsor.

Uno de los presentes eran un adornito navideño de… ¡la reina!

—¿¡Y esto!? —bramé.

Meg lo había visto en una tienda de barrio y había pensado que me gustaría.

Lo miré bajo la luz. La cara mi abuela la habían clavado. Lo colgué en una rama a la altura de los ojos. Me alegraba tenerla ahí. Meg y yo sonreímos. En ese momento, Archie, que estaba jugueteando alrededor del árbol, empujó la base y la abuela se cayó por el meneo.

Oí un chasquido.

Se había hecho añicos.

Archie fue corriendo a buscar un pulverizador. Por alguna razón, pensó que si rociaba los trocitos con agua se arreglaría.

—No, Archie… ¡No rocíes a Gan-Gan! —dijo Meg. Fui a por un recogedor de mano y barrí el suelo mientras pensaba: «Muy raro todo».

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La Casa Real anunció que había revisado tanto nuestro estatus como el acuerdo alcanzado en Sandringham.

Nos despojaron de todo menos de algunos patrocinios.

Era febrero de 2021.

Me dejaron sin nada, incluso sin mis vínculos militares. Ya no era capitán general de la Marina Real, título heredado de mi abuelo. Tampoco podría ponerme el uniforme militar de gala.

Me dije a mí mismo que nunca me quitarían el uniforme auténtico ni mi estatus militar real. Pero aun así.

La declaración proseguía diciendo que ya no le prestaríamos servicio de ningún tipo a la reina.

Lo expusieron como si hubiera sido de mutuo acuerdo. De eso nada.

Nosotros respondimos ese mismo día con nuestra propia declaración, donde decíamos que nunca dejaríamos de prestar servicio.

Este nuevo bloqueo de la Casa Real era como echarle gasolina al fuego. Desde que nos habíamos ido, los medios no habían hecho más que criticarnos todo el rato, pero esta ruptura oficial desencadenó una oleada nueva, aunque esta vez era diferente. En las redes sociales nos vilipendiaban a todas horas, día sí y día también, y los periódicos difundían calumnias sobre nosotros, historias inventadas que siempre atribuían a «asistentes», «internos con información privilegiada» o «fuentes de la Casa Real», cuyo personal era quien en realidad se las servía en bandeja, presumiblemente con autorización de mi familia.

Yo no leí nada e hice por oír lo menos posible. Evitaba entrar en internet, igual que en su momento evitaba entrar en el centro de Garmsir. Tenía el móvil en silencio y sin vibración. A veces me escribía algún que otro amigo con toda su buena intención: «Uf, lo siento por tal y cual», pero tuvimos que pedirles, a ellos y a todos, que no nos contaran lo que habían leído.

Para ser sincero, no me pilló tan de sorpresa que la Casa Real cortara lazos. Ya me había olido algo hacía unos meses. Justo antes del día del Recuerdo pregunté si podía alguien depositar una corona de flores en el cenotafio en mi nombre, ya que, evidentemente, yo no iba a estar allí.

Solicitud denegada.

En ese caso, ¿podía alguien depositar una corona de flores en cualquier parte de Gran Bretaña en mi nombre?

Solicitud denegada.

En ese caso, ¿podía alguien quizá depositar una corona de flores en cualquier país de la Commonwealth, donde fuera, en mi nombre?

Solicitud denegada.

Me dijeron que no se le permitiría a ningún representante de ningún sitio depositar ninguna clase de corona de flores en la tumba de ningún militar en nombre del príncipe Harry.

Alegué que sería mi primer día del Recuerdo sin rendir homenaje a los caídos, entre los que se encontraban amigos míos muy queridos.

Solicitud denegada.

Al final llamé a uno de mis instructores de Sandhurst para pedirle que depositara la corona de flores por mí. Me sugirió el monumento conmemorativo de Irak y Afganistán, en Londres, que precisamente lo había descubierto hacía unos años…

… mi abuela.

—Sí, genial. Gracias.

Me dijo que para él sería un honor y añadió:

—Por cierto, capitán Gales. Que les den. Se han pasado.

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No estaba seguro de qué era ni de qué hacía exactamente. Lo único que sabía era que afirmaba que tenía «poderes».

Era consciente de que la probabilidad de que me timara era muy alta, pero varios amigos de confianza me habían recomendado fervientemente que acudiera a aquella mujer, así que me dije: «¿Qué mal me va a hacer?».

Luego, en cuanto nos sentamos, sentí una energía a su alrededor.

«Guau, noto algo», pensé.

Me dijo que ella también notaba algo a mi alrededor.

—Tu madre está contigo.

—Sí. Lo noto desde hace poco.

—No. Me refiero a ahora mismo.

Se me encendió el cuello y empezaron a llorarme los ojos.

—Sabe que estás buscando la luz. Percibe tu desconcierto. Sabe que tienes muchas preguntas.

—Sí.

—Las respuestas llegarán a su debido tiempo. En algún momento del futuro. Sé paciente.

¿Paciente? La palabra se me quedó atascada en la garganta.

Por lo pronto, me dijo la mujer, mi madre estaba muy orgullosa de mí. Y me apoyaba plenamente. Sabía que no era fácil.

¿El qué no era fácil?

—Tu madre dice que estás viviendo la vida que ella no pudo vivir, la vida que quería para ti.

Tragué saliva. Quería creer lo que oía. Quería que todo lo que me estaba diciendo esa mujer fuera verdad. Pero necesitaba pruebas. Una señal. Lo que fuera.

—Dice algo de… un adorno.

—¿Un adorno?

—Estaba presente.

—¿Dónde?

—Dice que… un adorno navideño, de una madre o una abuela, se cayó… o se rompió…

—Archie intentó arreglarlo.

—Dice que le dio la risa floja con eso.

86

Jardines de Frogmore.

Horas después del funeral de mi abuelo.

Llevaba media hora paseando con Willy y mi padre, pero me sentía como cuando en el Ejército me hacían marchar varios días al principio de ser soldado. Estaba hecho polvo.

Llegamos a un punto muerto al mismo tiempo que a las ruinas góticas. Después de tanto rodeo, estábamos de nuevo donde habíamos empezado.

Mi padre y Willy seguían afirmando que no sabían por qué me había ido de Gran Bretaña, que no entendían nada, y yo estuve a punto de darme la vuelta e irme.

Luego uno de los dos sacó el tema de la prensa. Me preguntaron por la demanda de las escuchas.

Todavía no habían preguntado por Meg, pero lo de la demanda bien que les interesaba, porque les afectaba directamente.

—Ahí sigue.

—Es un suicidio —masculló mi padre.

—Puede, pero me merece la pena.

Les dije que pronto demostraría que los periodistas eran unos mentirosos de cuidado, unos malhechores. Iba a vivir para ver a algunos entrar en la cárcel. Por eso me atacaban con tanta saña, porque sabían que tenía pruebas concluyentes.

No lo hacía por mí; era un asunto de interés público.

Mi padre meneó la cabeza y reconoció, cito textualmente, que los periodistas eran «la escoria de la sociedad», aunque añadió: «Pero…».

Resoplé. Cuando se trataba de la prensa, él siempre tenía un pero, porque, si bien no soportaba el odio que rezumaban, ay, le encantaba cuando profesaban amor. Se podría argumentar que desde hacía décadas ese era el germen del problema; de todos los problemas, de hecho. Privado de amor desde pequeño y amedrentado por sus compañeros de colegio, se sentía peligrosa y compulsivamente atraído por el elixir que le ofrecían.

Mencionó a mi abuelo como un ejemplo admirable de por qué no hay que hacerse demasiada mala sangre por la prensa. Los periódicos maltrataron al pobre hombre durante casi toda su vida, pero, mira ahora, ¡era un tesoro nacional! La prensa no paraba de elogiarlo.

¿Eso era todo? ¿Esperar a morirme para que las cosas se arreglasen?

—Mi querido hijo, si eres capaz de tolerarlo un poco más, aunque parezca raro, te respetarán por ello.

Me reí.

—Lo que quiero decir es que no te lo tomes como algo personal —prosiguió.

Hablando de tomarse las cosas como algo personal, les dije que, aunque yo aprendiera a tolerar a la prensa, incluso aunque le perdonara su maltrato, y repito, «aunque», superar que mi propia familia fuera su cómplice iba a llevarme mucho más tiempo. Tanto la oficina de mi padre como la de Willy se lo habían puesto fácil a esos desalmados, cuando no habían colaborado directamente con ellos.

Según la última y despiadada campaña, orquestada con su ayuda, Meg era una tirana. Era tan indignante que incluso después de que Meg y yo desmontáramos su mentira con un informe a Recursos Humanos de veinticinco páginas repleto de pruebas, iba a costarme mucho obviarlo sin más.

Mi padre reculó y Willy meneó la cabeza. Se pusieron a hablar entre ellos. Me dijeron que ya le habíamos dado mil vueltas a ese tema.

—Estás delirando, Harry.

Los que deliraban eran ellos.

Incluso si, en aras de la discusión, asumiera que mi padre, Willy y su respectivo personal no habían hecho nada explícito en contra de mi mujer, quien calla otorga. Y ese mutismo era irrecusable, crónico y desgarrador.

Mi padre me dijo:

—Mi querido hijo, has de entender que como institución no podemos decirle sin más a los medios lo que deben hacer.

Me reí resoplando otra vez. Era como si mi padre me dijera que no podía decirle a su ayuda de cámara lo que debía o no debía hacer.

Willy me dijo que yo no era el más indicado para hablar de colaborar con la prensa. ¿Qué había de mi charla con Oprah?

Un mes antes Oprah Winfrey nos había entrevistado a Meg y a mí. (Qué casualidad que, poco antes de que se emitiera la entrevista, empezaron a surgir en los periódicos los artículos esos sobre que Meg era una tirana). Desde que nos habíamos ido de Gran Bretaña, los ataques contra nosotros habían aumentado exponencialmente. Teníamos que hacer algo para intentar pararlos. Quedarnos callados no había servido de nada, solo lo había agravado. Creímos que no nos quedaba más remedio.

Varios amigos cercanos y gente querida para mí, incluidos los hijos de Hugh y Emilie, la propia Emilie e incluso Tiggy, me habían reprendido por lo de Oprah. ¿Cómo se me ocurría contar esas cosas sobre mi familia? Les dije que me costaba entender en qué se diferenciaba hablar con Oprah de lo que ellos y su personal llevaban décadas haciendo: informar a la prensa de extranjis y filtrar historias. Por no hablar de los muchos libros en los que habían participado, empezando por la criptoautobiografía de mi padre en conjunto con Jonathan Dimbleby en 1994. O las colaboraciones de Camila con el editor de prensa Geordie Greig. La única diferencia era que Meg y yo no nos habíamos escondido. Elegimos a una entrevistadora intachable y no nos amparamos en expresiones como «fuentes de la Casa Real»; la gente vio que éramos nosotros los que estábamos hablando.

Me quedé mirando las ruinas góticas. «No sé por qué me molesto», pensé. Mi padre y Willy no me estaban escuchado y yo a ellos tampoco. Nunca me habían dado ninguna explicación satisfactoria a sus actos y omisiones, y no iban a hacerlo jamás, porque no la había. Empecé a despedirme («Buena suerte, cuidaos…»), pero Willy estaba que echaba humo y me dijo gritando que, si todo estaba tan mal como yo lo había pintado, la culpa era mía por no haber pedido ayuda.

—¡Nunca has acudido a nosotros! ¡Nunca has acudido a mí!

Desde que éramos pequeños, Willy siempre había adoptado esa posición ante todo. Yo tengo que acudir él y arrodillarme expresa, directa y oficialmente. Si no, el Heredero no me auxilia. Me pregunté por qué tenía que ir yo a pedirle ayuda a mi hermano cuando mi mujer y yo teníamos problemas.

Si nos estuviera atacando un oso en su presencia, ¿se quedaría esperando a que le pidiéramos ayuda?

Le recordé el acuerdo de Sandringham. Le pedí que me ayudara con ese asunto; lo violaron, lo trituraron y nos despojaron de todo y él no movió ni un dedo.

—¡Fue la abuela! ¡Ve a quejarte a ella!

Lo rechacé con la mano, indignado, y él me embistió y me cogió de la camisa.

—Harold, escucha.

Me zafé e intenté evitar su mirada, pero él me obligó a mirarlo a los ojos.

—¡Escúchame! ¡Te quiero, Harold! Quiero que seas feliz.

Las palabras se me escaparon de la boca:

—Yo también te quiero…, pero ¡mira que eres terco!

—¿Y tú no?

Me zafé otra vez.

Él volvió a agarrarme y me giró para no perder el contacto visual.

—¡Harold, que me escuches! Yo solo quiero que seas feliz, te lo juro por la memoria de mamá.

Se calló. Yo también. Y mi padre.

Lo había hecho.

Había usado el código secreto, la clave universal. Desde pequeños, solo podíamos usar esas palabras en momentos de crisis extrema. «Te lo juro por la memoria de mamá». Durante casi veinticinco años habíamos reservado ese juramento demoledor para esas veces en las que uno de los dos necesitaba que el otro lo escuchara, que lo creyera sin más. Esas veces en las que lo demás no funcionaba.

Me paré en seco (esa era la idea), pero no por el hecho de que hubiera usado la clave, sino porque no funcionó. Sencillamente, no me lo creía, no me fiaba del todo. Y viceversa. Él también se percató. Se dio cuenta de que el sufrimiento y la duda eran tales que ni siquiera esas palabras sagradas nos redimían.

Pensé en lo perdidos que estábamos, en lo mucho que nos habíamos distanciado. En lo maltrechos que habían quedado nuestro amor y nuestro vínculo. ¿Y por qué? Porque una panda de memos, arpías, criminales mediocres y sádicos de manual que habita en Fleet Street tiene la necesidad de divertirse y engrosar sus ganancias (y resolver sus problemas personales) a costa de atormentar a una familia disfuncional muy extensa y vetusta.

Willy no estaba del todo por la labor de aceptar la derrota.

—He llegado a sentirme muy mal por todo lo que ha pasado, como si estuviera enfermo de verdad, pero…, pero te juro por la memoria de mamá que yo solo quiero que seas feliz.

—Lo dudo mucho, sinceramente —le dije con voz entrecortada.

De repente, recuerdos de nuestra relación empezaron a invadirme, pero uno de ellos destacó. Estábamos en España hacía unos años, en un valle maravilloso bañado por esa luz clara y brillante tan característica y singular del Mediterráneo, ambos de rodillas detrás de una cortina de lona verde con el sonido de los cuernos de caza de fondo. Nos calamos la gorra y empezaron a aparecer las primeras perdices. Pum. Cayeron varias. Le dimos la escopeta a los cargadores y nos dieron una nueva. Pum. Cayeron más. Cambio de escopeta otra vez. Estábamos sudando a chorros. El suelo se iba llenando de aves que servirían de sustento a los pueblos cercanos durante semanas. Pum. Último disparo, no podíamos fallar. Nos levantamos por fin, empapados y muertos de hambre; pero estábamos felices, porque éramos jóvenes y estábamos juntos, en nuestra salsa, en el lugar que realmente nos correspondía, lejos de ellos y cerca de la naturaleza. Fue un momento tan extraordinario que nos miramos e hicimos algo de lo más inusual: abrazarnos. Con todas nuestras fuerzas.

Entonces me di cuenta de que, en cierto modo, la muerte siempre había estado presente incluso en nuestros momentos más bonitos, en mis recuerdos más felices. Nuestra vida se había cimentado sobre ella y su sombra oscurecía nuestros días más felices. Al echar la vista atrás, no veía lugares en el tiempo, sino danzas con la muerte. Nos veía empapándonos de ella. Nos bautizaron, nos coronaron, nos recibimos, nos casamos, nos graduaron y volamos sobre los restos mortales de nuestros seres queridos. El propio castillo de Windsor era una tumba cuyos muros estaban llenos de antepasados. La torre de Londres se mantenía en pie con la sangre de animales que, mil años atrás, los constructores originales emplearon para atemperar la argamasa de los ladrillos. La gente ajena nos veía como una secta, pero quizá fuéramos devotos de la muerte, y eso es un poquito depravado, ¿no? ¿Es que no teníamos suficiente ni siquiera tras haber enterrado a mi abuelo? ¿Por qué seguíamos merodeando cerca de la «tierra inexplorada de cuya frontera ningún viajero regresa»?[8]

Aunque esta descripción quizá se adapta mejor a Estados Unidos.

Willy seguía hablando y mi padre lo pisaba. Yo no quería seguir escuchando ni una palabra más. En mi mente ya estaba de camino a California y una voz decía: «Ya basta de muerte, se acabó. ¿A qué esperaba esta familia para liberarse y vivir?».

87

Esta vez fue un poco más fácil. Puede que porque el caos y el estrés de antaño se habían quedado al otro lado del charco.

Cuando llegó el gran día, ambos nos sentíamos más seguros y tranquilos, más… estables. Qué alegría no tener que preocuparnos por los horarios, los protocolos ni los periodistas apostados en la entrada.

Llegamos al hospital en coche con calma y cordura y los guardaespaldas nos trajeron la comida, igual que la otra vez. En este caso, hamburguesa con patatas de In-N-Out para mí y fajitas de un restaurante mexicano de la zona para Meg. Después de devorar, hicimos el bailecito del parto por toda la habitación.

Allí dentro todo era alegría y amor.

No obstante, después de muchas horas Meg le preguntó a la doctora:

—¿Cuándo?

—Dentro de poco. Ya queda menos.

Esta vez no toqué el gas de la risa (porque no había). Estuve bien presente, ayudando a mi mujer a empujar.

Cuando la doctora dijo que era cuestión de minutos, le dije a Meg que quería que lo primero que viera la bebita fuera mi cara.

Sabíamos que era niña.

Ella asintió y me apretó la mano.

Me puse al lado de la doctora y ambos nos agachamos como si fuéramos a rezar.

—¡Está coronando! —exclamó la doctora.

«Coronando», pensé. Qué fuerte.

Estaba azul. Me dio miedo que no le estuviera llegando el aire. ¿Se estaba asfixiando? Miré a Meg.

—Venga, cielo, un empujón más, ya no queda nada.

—Ahí, ahí —dijo la doctora mientras me guiaba las manos—. Justo ahí.

Un grito y acto seguido un silencio puro y acuoso. A diferencia de como pasa a veces, el pasado y el futuro no mutaron en uno, sino que el pasado no importaba y el futuro no existía. Solo había un presente muy intenso. Entonces la doctora se volvió hacia mí y gritó:

—¡Ya!

Metí las manos por debajo de la cabecita y el cuello y, con mucho tacto y decisión, como en las películas, saqué a nuestra adorada hija de ese mundo para traerla a este. La envolví con los brazos un segundo e intenté sonreírle y verle la cara, pero, la verdad, no veía nada. Solo quería decir: «Hola. ¿Tú de dónde sales? ¿Se está mejor allí? ¿Es tranquilo? ¿Tienes miedo?».

«No lo tengas, todo irá bien».

«No dejaré que te pase nada».

Se la entregué a Meg. Piel con piel, eso había dicho la enfermera.

Tiempo después, ya con el bebé en casa y una vez hechos al nuevo ritmo de nuestra familia de cuatro, estábamos Meg y yo piel con piel y ella dijo:

—Nunca he estado tan enamorada de ti como en ese momento.

—¿En serio?

—En serio.

Meg a veces plasmaba sus pensamientos en una especie de diario. Me lo enseñó.

Los leí como si fueran un poema de amor.

Los leí como si fueran un testimonio, una renovación de nuestros votos.

Los leí como si fueran una citación, una conmemoración, una proclamación.

Los leí como si fueran un decreto.

«Eso lo significó todo», decía.

«Eso es un hombre».

Mi amor.

«Eso no es un Repuesto».

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