En la sombra
Epílogo
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Epílogo
Ayudé a Meg a subirse a la barca. Esta se tambaleó y me coloqué corriendo en el centro para enderezarla.
Ella se sentó en la popa y yo me hice con los remos, pero fue en vano.
«Nos hemos quedado atascados».
El lodo espeso del fondo nos tenía bien cogidos.
Mi tío Charles se acercó a la orilla y nos dio un empujoncito. Nos despedimos de él y de mis dos tías con la mano.
—Adiós. Nos vemos ahora.
Mientras nos deslizábamos por el estanque, contemplé el terreno ondulante y los árboles centenarios, las miles de hectáreas de verde donde se crio mi madre y donde encontraba cierta paz aunque las cosas no fueran bien.
Unos minutos después llegamos a la isla y bajamos con cuidado a la orilla. Guie a Meg por el sendero, alrededor de un seto vivo y a través del laberinto. Allí estaba el óvalo de piedra de color blanco grisáceo.
Ir a ese sitio nunca era fácil, pero en esa ocasión…
Era el vigésimo quinto aniversario.
Y la primera vez de Meg.
Por fin llevaba a casa a la chica de mis sueños para que conociera a mi madre.
Nos abrazamos y, tras vacilar, fui yo primero. Coloqué unas flores en la tumba. Meg me dejó solo un momento y hablé con mi madre mentalmente. Le dije que la echaba de menos y le pedí que me orientara y me ayudara a ver las cosas con claridad.
Me pareció que Meg también quería estar con ella un momento, así que rodeé el seto vivo y contemplé el estanque. Cuando volví estaba de rodillas con los ojos cerrados y las palmas apoyadas en la piedra.
De camino a la barca le pregunté qué le había pedido.
—Claridad y orientación.
Los días posteriores los dedicamos a un viaje relámpago por trabajo: Manchester, Düsseldorf y vuelta a Londres para los premios WellChild. Pero ese día, el 8 de septiembre de 2022, recibí una llamada sobre la hora de la comida.
Número desconocido.
—¿Hola?
Era mi padre. La salud de mi abuela había empeorado.
Estaba en Balmoral, por descontado. Allí los días de finales de verano eran maravillosos y melancólicos. Colgó (tenía que llamar a mucha gente) y acto seguido escribí a Willy para preguntarle si él y Kate iban a volar hacia allí y, en caso afirmativo, cuándo y en qué términos.
No contestó. Meg y yo miramos vuelos.
La prensa empezó a llamar; no podíamos seguir demorando la decisión. Le dijimos a nuestro equipo que lo confirmaran: no íbamos a asistir a los premios WellChild porque teníamos que ir a Escocia.
Entonces mi padre llamó otra vez.
Me dijo que era bienvenido en Balmoral, pero… sin ella. Empezó a exponer sus razones, pero no tenían ningún sentido, y además fue irrespetuoso. No se lo toleré.
—Ni se te ocurra hablar así de mi mujer.
Arrepentido, dijo tartamudeando que simplemente no quería que aquello se llenara de gente. No iba a ir la mujer de nadie, ni siquiera Kate, me dijo, así que Meg tampoco debería.
—Pues haber empezado por ahí.
Ya era media tarde y no había ningún vuelo comercial a Aberdeen. Y Willy todavía no había contestado, así que mi única opción era un vuelo chárter a Luton.
Dos horas después ya estaba embarcando.
Me pasé casi todo el vuelo contemplando las nubes, reviviendo la última vez que había hablado con mi abuela. Habíamos estado charlando largo y tendido hacía cuatro días. Tocamos muchos temas: su salud, por supuesto; el caos de Downing Street; los Braemar Games, a los que sentía no poder asistir por no encontrarse bien… También hablamos de la devastadora sequía. Meg y yo nos estábamos alojando en Frogmore y el césped estaba en muy malas condiciones.
—Está como mi cabeza, abuela, ¡lleno de calvas y parches marrones!
Se echó a reír.
Le dije que se cuidara y que esperaba que nos viéramos pronto.
Cuando el avión empezó a descender, vi que mi móvil se iluminaba. Era un mensaje de Meg: «Llámame en cuanto leas esto».
Consulté la página web de la BBC.
Mi abuela había muerto.
Mi padre era el rey.
Me puse la corbata negra, salí del avión bajo una llovizna espesa y fui volando a Balmoral en un coche prestado. Cuando franqueé la entrada llovía más y estaba tan oscuro que los flashes de las cámaras casi me dejaron ciego.
Hacía frío y fui corriendo encorvado hacia el vestíbulo, donde me recibió mi tía Ana.
Le di un abrazo y le pregunté dónde estaban mi padre y Willy. Y Camila.
Me dijo que en Birkhall.
Luego me preguntó si quería ver a mi abuela.
—Sí, por favor.
Me llevó arriba, a su habitación. Me mentalicé antes de entrar. La estancia estaba en penumbra y me resultó ajena; solo había estado allí una vez en mi vida. Avancé con inseguridad y la vi. Me quedé quieto, mirándola fijamente durante un buen rato. Hice acopio de fuerzas y seguí avanzando mientras pensaba en lo mucho que me dolió no ver a mi madre antes de irse. Años lamentando no tener una prueba, posponiendo el luto porque necesitaba algo tangible. Entonces pensé: «Una prueba. Ojo con lo que deseas».
Le dije susurrando que esperaba que fuera feliz y que estuviera con el abuelo. Que la admiraba por haber desempeñado sus funciones hasta el final. El Jubileo, la bienvenida a la nueva primera ministra… El día que cumplió noventa años mi padre le hizo un homenaje muy emotivo con una cita de Shakespeare sobre Isabel I:
… muchos días, ninguno sin una buena acción para coronarlo.
Siempre fiel.
Salí de la habitación, recorrí el pasillo enmoquetado de tartán y pasé por delante de la estatua de la reina Victoria. «Su Majestad». Llamé a Meg para decirle que había llegado sano y salvo y luego fui a la sala de estar, donde cené con casi toda la familia, aunque mi padre, Willy y Camila aún no habían aparecido.
Hacia el final de la cena me preparé para las gaitas, pero por respeto a mi abuela no hubo música. En su lugar, un silencio sobrecogedor.
Cuando se hizo tarde, todo el mundo se retiró a su habitación excepto yo. Me quedé deambulando, subiendo y bajando escaleras, recorriendo los pasillos, y acabé en el cuarto de los niños. Los lavamanos antiguos, la bañera…, todo estaba igual que hacía veinticinco años. Me pasé casi toda la noche viajando al pasado mentalmente mientras en el presente intentaba organizar un viaje con el teléfono.
La opción más rápida era unirme a mi padre o a Willy… Era eso o coger el primer vuelo de British Airways desde Balmoral. Compré el billete y fui de las primeras personas en embarcar.
Al poco de acomodarme en una fila del principio, noté una presencia a la derecha.
—Mi más sentido pésame —dijo el pasajero antes de seguir avanzando por el pasillo.
—Gracias.
Poco después, otra presencia.
—Mis condolencias, Harry.
—Muchas gracias…
Casi todos los pasajeros se pararon y me dedicaron unas palabras amables. Sentí una afinidad muy fuerte con ellos.
«Nuestro país. Nuestra reina», pensé.
Meg me recibió en la entrada de Frogmore con un largo abrazo que yo venía necesitando con urgencia. Nos sentamos ante un calendario con una copa de vino. El viaje relámpago había mutado en odisea. Como mínimo, diez días más. Y muy complicados, por cierto. Es más, íbamos a estar separados de los niños mucho más de lo previsto; era la primera vez que pasábamos tanto tiempo lejos de ellos.
Cuando se celebró el funeral, Willy y yo prácticamente no cruzamos palabra; nos limitamos a desempeñar cada uno su papel de siempre y a hacer el mismo recorrido, de nuevo a la zaga de un féretro cubierto con el estandarte real y montado sobre un carro de armas. Mismo trayecto y mismo panorama, pero esta vez íbamos uno al lado del otro, no como en otros funerales. Y además había música.
Cuando llegamos a la capilla de San Jorge, con el clamor de las gaitas de fondo, pensé en la cantidad de momentos importantes que había vivido bajo aquel techo: la despedida de mi abuelo, mi boda… Me emocioné pensando incluso en los más comunes, como los domingos de Pascua, con toda la familia presente. De repente me sorprendí secándome las lágrimas.
«¿Por qué ahora? —me pregunté—. ¿Por qué?».
Al día siguiente a mediodía Meg y yo volvimos a Estados Unidos.
Nos tiramos varios días abrazando a los niños sin parar, encima de ellos todo el rato, y no dejaba de recordarlos con mi abuela. En la última visita. Archie se dedicó a hacer profundas reverencias cual caballero, mientras que Lilibet, su hermana pequeña, se agarraba a las espinillas de la monarca. «Qué niños tan adorables», dijo mi abuela algo perpleja. Se había imaginado que serían un poco más… ¿estadounidenses, quizá? Lo que en su cabeza quería decir más revoltosos.
Aunque me alegraba muchísimo de estar en casa de nuevo, de vuelta a llevarlos al colegio y a las lecturas de Las jirafas no pueden bailar, no pude evitar… recordar. Las imágenes se sucedían en mi cabeza día y noche.
De pie delante de ella durante mi desfile de graduación, con los hombros hacia atrás, vislumbrando su media sonrisa. Plantado a su lado en el balcón diciéndole algo que la pilló desprevenida y la hizo reír en alto a pesar de la solemnidad de la ocasión. Todas esas veces que le susurraba algo gracioso al oído mientras aspiraba su fragancia. Dándole dos besos en un acto público, no hacía mucho, y posando suavemente la mano sobre su hombro; ahí me di cuenta de lo frágil que estaba. Cuando hicimos ese vídeo tan guasón para el estreno de los Invictus Games, donde reveló su don para la comedia. La gente se moría de la risa; nadie se imaginaba que tuviera un sentido del humor tan socarrón, pero ¡siempre ha sido así! Era uno de nuestros secretillos. De hecho, en todas las fotos que tenemos juntos, cada vez que salimos intercambiando una mirada o haciendo contacto visual, se percibe claramente que teníamos nuestros secretos.
Decían que teníamos «una relación singular», y ahora no podía dejar de pensar en esa «singularidad» que ya nunca más se daría, en la ausencia de visitas…
«En fin, así son las cosas, ¿no? Es ley de vida», me dije.
Con todo, como pasa con muchas despedidas, ojalá hubiera tenido la oportunidad de darle el último adiós.
Poco después de volver, se coló un colibrí en casa. Me costó un montón sacarlo fuera. Llegué a plantearme que quizá teníamos que empezar a cerrar las puertas, aunque eso significara privarnos de las maravillosas brisas marinas.
«Oye, a lo mejor es una señal», me dijo un colega.
Según él, algunas culturas consideran que los colibrís son espíritus; visitantes, por así decirlo. Los aztecas pensaban que los guerreros se reencarnaban en ellos. Y los exploradores españoles los llamaban «aves de la resurrección».
¿No me digas?
Leí un poco al respecto y me enteré de que los colibrís no eran solo visitantes, sino también viajeros. Son los pájaros más ligeros y veloces del mundo y recorren distancias enormes, desde su hábitat invernal en México hasta las zonas de nidificación en Alaska. Cuando te topes con un colibrí, en realidad estarás viendo un Odiseo minúsculo y centelleante.
Por eso, evidentemente, cuando el colibrí volvió y se lanzó en picado por la cocina y revoloteó por el espacio aéreo sagrado que llamábamos «Lili Land», donde estaba el parque del bebé, con todos sus juguetes y peluches, pensé con esperanza y avidez, tonto de mí: «¿Esta casa es un desvío… o su destino?».
Por una milésima de segundo sentí la tentación de dejarlo tranquilo, de permitir que se quedara.
Pero no.
Usé la red de pesca de Archie para cogerlo del techo con cuidado y lo llevé fuera.
Las patas parecían pestañas y las alas eran como pétalos de flor.
Lo tenía entre las palmas ahuecadas y lo dejé con suavidad sobre una pared donde daba el sol.
«Adiós, amigo».
Pero no se movió.
Se quedó quieto.
«No, no puede ser», pensé.
«Venga, vete».
«Eres libre».
«A volar».
Y de repente, contra todo pronóstico y toda expectativa, aquella criatura diminuta mágica y maravillosa se activó y echó a volar.