En la sombra
Primera parte » 58
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Yo estaba colado por la señorita Roberts. Estaba seguro de que me casaría con ella algún día. También recuerdo a dos señoritas Lynn. La señorita Lynn mayor y la señorita Lynn menor. Eran hermanas. Yo bebía los vientos por la segunda. Creía que con ella también me iba a casar.
Tres veces por semana, después de la cena, las matronas ayudaban a los niños más pequeños con su baño nocturno. Todavía veo la larga hilera de bañeras blancas, cada una con un niño recostado como un pequeño faraón, esperando su lavado de pelo personalizado.
(Para los niños mayores, que habían alcanzado la pubertad, había dos bañeras en una habitación separada, tras una puerta amarilla). Las matronas circulaban por la fila de bañeras con cepillos duros y pastillas de jabón de flores. Cada niño tenía su propia toalla, con su número de la escuela bordado. El mío era el 116.
Después de lavar con champú al niño, las matronas le echaban la cabeza hacia atrás y le practicaban un lento y placentero aclarado.
Desconcertante al máximo.
Las matronas también ayudaban con la crucial extracción de piojos. Los brotes eran habituales. Rara era la semana en la que no le detectaban un caso galopante a algún niño. Todos le señalábamos y nos reíamos. «Ñi, ñi, ñi, tienes liendres». Al cabo de poco había una matrona de rodillas sobre el paciente para frotarle el cuero cabelludo con algún producto y luego pasarle un peine especial para eliminar los bichos muertos.
Al cumplir los trece, superé la edad de que las matronas me ayudaran a bañarme, pero seguía contando con que me arroparan por la noche y seguía valorando como el oro sus saludos por la mañana. Eran las primeras caras que veíamos todas las jornadas. Entraban en tromba en nuestras habitaciones y descorrían las cortinas.
—¡Buenos días, muchachos! —Legañoso, alzaba la vista y contemplaba un bello rostro enmarcado por un halo de sol…
«¿Esa es…? ¿Podría ser…?».
Nunca lo era.
La matrona con la que más trataba era Pat. A diferencia de otras, Pat no nos provocaba calenturas. Pat era fría. Era bajita, poquita cosa, siempre con cara de cansada y el pelo grasiento por delante de los ojos. No parecía disfrutar mucho de la vida, aunque es cierto que había dos cosas que sin falta le causaban satisfacción: pillar a un niño en un sitio en el que no tenía que estar y sofocar cualquier conato de alboroto. Antes de toda pelea de almohadas, apostábamos un vigía a la puerta. Si Pat (o los directores) se acercaban, el centinela tenía instrucciones de gritar: «¡KV! ¡KV!». ¿Latín, creo? Alguien dijo que significaba: «¡Viene el director!». Según otro quería decir: «¡Cuidado!».
En cualquier caso, cuando lo oíamos sabíamos que había que largarse o fingir que dormíamos.
Solo los chicos más novatos y estúpidos acudían a Pat cuando tenían un problema. O, peor aún, un corte. Ella no lo vendaba, sino que lo toqueteaba con el dedo o lo rociaba con algo que hacía que doliese el doble. No era una sádica; tan solo parecía sufrir de «disempatía». Era raro, porque el sufrimiento no le era desconocido; Pat cargaba con muchas cruces.
La mayor parecían ser los problemas de rodilla y columna. La última la tenía desviada y las primeras, en un estado de rigidez crónica. Caminar le costaba, las escaleras eran un tormento. Bajaba de espaldas, a paso de tortuga. A menudo nos parábamos en el rellano, por debajo de ella, haciendo bailecillos burlones o poniendo muecas.
¿Necesito decir qué niño lo hacía con más entusiasmo?
Nunca nos preocupó que Pat nos pillara. Ella era un galápago y nosotros, ranas arborícolas. Aun así, de vez en cuando el galápago tenía un golpe de suerte. Lanzaba el brazo y asía un puñado de niño. ¡Ajá! En esos casos, el muchacho en cuestión estaba bien jodido.
Eso no nos arredraba. Seguíamos choteándonos de ella cuando bajaba las escaleras, porque la recompensa merecía el riesgo. Para mí, esa recompensa no era atormentar a la pobre Pat, sino hacer reír a mis compañeros. Era algo que me hacía sentir bien, sobre todo cuando yo hacía meses que no reía.
Tal vez Pat lo supiera, porque, en ocasiones, se volvía, me veía actuando como un verdadero cretino y ella también se reía. Eso era lo mejor. Me encantaba hacer que mis amigos se troncharan, pero nada me gustaba más que lograr que Pat, siempre tan tristona, se partiera de risa.
9
Los llamábamos «días del tentempié».
Eran los martes, jueves y sábados, creo. Inmediatamente después de almorzar, formábamos cola en el pasillo, pegados a la pared, y estirábamos el cuello para ver, algo más allá, la mesa de los snacks, donde había una montaña de chucherías. Munchies, Skittles, barritas Mars y, lo mejor de todo, los caramelos blandos Opal Fruits. (Me tomé como una gran ofensa que se cambiaran el nombre por Starburst. Pura herejía; como que se cambiara de nombre Gran Bretaña).
Con solo ver aquella mesa de tentempiés nos entraban mareos. Salivando, hablábamos del subidón de azúcar que se avecinaba como los granjeros comentan un pronóstico de lluvia en plena sequía. Entretanto, yo había ideado una manera de conseguir un chute de azúcar tamaño familiar. Juntaba todos mis Opal Fruits y los estrujaba hasta formar una gigantesca bola de caramelo, que luego me embutía en un lado de la boca. A medida que aquel pegote se derretía, mi torrente sanguíneo se convertía en una espumeante catarata de dextrosa. «Todo lo que te venga a la mano para hacer hazlo con empeño».
Lo contrario del día del tentempié era el día de escribir cartas. A todos los niños nos exigían que nos sentáramos para redactar una misiva a nuestros padres. En el mejor de los casos, era una pesadez. Yo apenas recordaba la época en que mis padres no estaban divorciados, de manera que escribirles sin aludir a sus reproches mutuos o su accidentada ruptura requería la fineza de un diplomático de carrera.
«Querido papá, ¿cómo está mamá?».
Hum. No.
«Querida mamá, papá dice que no has…».
No.
Sin embargo, tras la desaparición de mi madre, el día de las cartas se volvió imposible.
Me cuentan que las matronas me pidieron que escribiera una carta «final» a mi madre. Tengo un vago recuerdo de que quise protestar alegando que seguía viva, y aun así me callé, por miedo a que me tomaran por loco. Además, ¿qué sentido tendría? Por otro lado, mi madre leería la carta cuando saliera de su escondrijo, de modo que tampoco sería un esfuerzo del todo inútil.
Lo más probable es que juntara cuatro líneas deprisa y corriendo para cubrir el expediente, diciendo que la echaba de menos, que la escuela iba bien, etcétera, etcétera. Seguramente doblé el papel una vez y se lo entregué a la matrona. Recuerdo que, acto seguido, lamenté no haberme tomado más en serio la tarea. Deseé haber escarbado en lo más hondo de mi ser para contarle a mi madre todo aquello que me lastraba el corazón, sobre todo mis remordimientos acerca de nuestra última conversación telefónica. Me había llamado a media tarde, la noche del accidente, pero yo estaba corriendo con Willy y mis primos y no quería parar de jugar, de modo que me había mostrado seco con ella. Impaciente por volver a mis juegos, había abreviado la charla con mi madre. Deseaba haberme disculpado por eso; deseaba haber buscado las palabras adecuadas para describir lo mucho que la quería.
No sabía que esa búsqueda llevaría décadas.
10
Un mes más tarde, llegaron las vacaciones de mitad del trimestre. Por fin iría a casa.
Espera, no; no iría.
Al parecer, mi padre no quería verme pasar el tiempo libre deambulando sin nada que hacer por el palacio de St. James, donde vivía casi todo el tiempo desde su ruptura con mi madre y donde Willy y yo nos habíamos alojado siempre que nos tocaba estar con él. Temía la que podía liar yo solo en aquel gran palacio. Temía que pudiera hojear un periódico o escuchar una radio. Más aún, temía que me fotografiaran por una ventana abierta o mientras jugaba con mis soldaditos en los jardines. Se imaginaba a los periodistas intentando hablar conmigo, gritando preguntas. «Hola, Harry, ¿echas de menos a tu mamá?». La nación entera estaba sumida en un dolor histérico, pero la histeria de la prensa había degenerado en psicosis.
Para empeorar las cosas, Willy no se encontraría en casa para vigilarme, porque estaba en Eton.
En consecuencia, mi padre anunció que me llevaría consigo en un viaje de trabajo que tenía planificado. A Sudáfrica.
—¿A Sudáfrica, papá? ¿En serio?
—Si, mi querido hijo. A Johanesburgo.
Tenía una reunión con Nelson Mandela… ¿y las Spice Girls?
Yo estaba tan emocionado como perplejo. «¿Las Spice Girls, papá?». Me explicó que iban a dar un concierto en Johanesburgo, de modo que irían a ver al presidente Mandela para presentarle sus respetos. «Genial —pensé—, eso explica por qué estarán allí las Spice Girls; ¿qué pasa con nosotros?». No lo entendía, y no estoy seguro de que mi padre quisiera que lo entendiese.
La verdad era que su equipo tenía la esperanza de que una foto suya con el dirigente político más reverenciado del mundo y el grupo musical femenino más popular del planeta le procurase algunos titulares positivos, que necesitaba como respirar. Desde la desaparición de mi madre, lo habían machacado. La gente le culpaba del divorcio y, por ende, de todo lo que había sucedido después. Sus índices de aprobación a escala mundial eran de un solo dígito. En Fiyi, por poner un ejemplo, se había cancelado una fiesta nacional en su honor.
Fuera cual fuese el motivo oficial del viaje, a mí me daba lo mismo. Estaba encantado de formar parte de él. Era una oportunidad de alejarme de Gran Bretaña y, mejor aún, de pasar tiempo de verdad con mi padre, que parecía algo ausente.
Claro que papá siempre había parecido un poco ausente. Siempre había dado la impresión de no estar del todo preparado para la paternidad: las responsabilidades, la paciencia, el tiempo. Él mismo, aunque es un hombre orgulloso, lo reconocería. ¿Y padre en solitario? No estaba hecho para eso.
Para ser justos, lo intentaba. Por las noches, yo gritaba hacia el piso de abajo: «¡Me voy a la cama, papá!». Y él siempre me contestaba con tono jovial: «Enseguida subo, mi querido hijo». Fiel a su palabra, al cabo de unos minutos lo tenía sentado en el borde de mi cama. Nunca olvidó que no me gustaba la oscuridad, de manera que me hacía suaves cosquillas en la cara hasta que me dormía. Tengo recuerdos muy afectuosos de sus manos en las mejillas, en la frente, y luego despertar para ver que se había marchado, como por arte de magia, siempre teniendo la consideración de dejar la puerta entreabierta.
Al margen de esos fugaces momentos, sin embargo, mi padre y yo, más que nada, coexistíamos. A él le costaba comunicarse, le costaba escuchar, le costaba mantener cualquier contacto íntimo cara a cara. De vez en cuando, después de un largo banquete con muchos platos, subía al dormitorio y me encontraba una carta suya sobre la almohada. En ella me informaba de lo orgulloso que estaba de mí por algo que había hecho o logrado. Yo sonreía y la guardaba debajo de la almohada, pero también me preguntaba por qué no me lo había dicho unos instantes antes, cuando estaba sentado justo enfrente de mí.
Por lo tanto, la perspectiva de pasar días y días con acceso sin restricciones a mi padre me llenaba de euforia.
Luego se impuso la realidad. Aquel era un viaje de trabajo para mi padre. Y para mí. El concierto de las Spice Girls suponía mi primera aparición en público desde el funeral y yo sabía, por intuición y por fragmentos de conversaciones ajenas que había captado, que la opinión pública se moría de curiosidad por conocer mi estado de ánimo. No quería decepcionarles, pero también deseaba perderlos de vista a todos. Recuerdo que, al pisar la alfombra roja con una sonrisa forzada en la cara, de repente deseé encontrarme en mi cama del palacio de St. James.
A mi lado caminaba la Baby Spice, calzada con unos zapatos de plástico blanco con plataforma de treinta centímetros. Yo me obsesioné con esas plataformas a la vez que ella se obsesionaba con mis mejillas, que no paraba de pellizcar. ¡Qué mofletes! ¡Qué mono! Luego la Spice Pija se adelantó con paso decidido y me agarró de la mano. Más adelante avisté a la Spice Pelirroja, la única con la que sentía cierta afinidad, por el color de pelo. Además, se había hecho famosa en el mundo entero por llevar un minivestido confeccionado con la bandera británica. «¿Por qué hay una bandera del Reino Unido en el ataúd?». Tanto ella como el resto de las Spice Girls me hacían carantoñas, a la vez que bromeaban con los periodistas, que me gritaban: «Harry, aquí, Harry, Harry, ¿cómo estás, Harry?». Preguntas que no eran tales. Preguntas que eran trampas, que ellos me lanzaban a la cabeza como cuchillos de carnicero. A los periodistas les traía sin cuidado cómo estaba, solo intentaban sonsacarme algo jugoso, algo noticiable.
Yo miré hacia sus flashes, enseñé los dientes y no dije nada.
Si a mí aquellas luces me hacían sentir cohibido, a las Spice Girls las embriagaban. Sí, sí y mil veces sí; esa era su actitud cada vez que saltaba otro flash. Por mí, perfecto. Cuanto más protagonismo tuvieran ellas, más podía esconderme yo. Recuerdo que hablaron con la prensa sobre su música y su misión. Yo no sabía que tuvieran una misión, pero una de las Spice comparó la cruzada del grupo contra el sexismo con la lucha de Mandela contra el apartheid.
Por fin, alguien dijo que era hora de que empezara el concierto. «Tú ve por allí. Sigue a tu padre».
¿Un concierto? ¿Mi padre?
Inaudito. Estaba ocurriendo ante mis narices y me seguía pareciendo imposible de creer. Pero lo vi con mis propios ojos: mi padre, siguiendo el ritmo con la cabeza y el pie como un fan más.
If you want my future, forget my past
If you wanna get with me, better make it fast.[1]
Después, camino del exterior, hubo más flashes. En esa ocasión no estaban presentes las Spice Girls para desviar la atención. Nos encontrábamos solos mi padre y yo.
Estiré el brazo, le agarré la mano y no la solté.
Recuerdo, con la misma luminosidad que los flashes: quererlo.
Necesitarlo.
11
A la mañana siguiente, mi padre y yo viajamos hasta un precioso lodge a orillas de un río serpenteante. KwaZulu-Natal. No me era desconocida la historia de aquel lugar, donde los casacas rojas y los guerreros zulúes habían combatido en el verano de 1879. Había oído todas las anécdotas y las leyendas, y había visto la película Zulú infinidad de veces. Sin embargo, estaba a punto de convertirme en un verdadero experto, me dijo mi padre. Había hecho preparativos para que escucháramos, sentados ante una hoguera, cómo un historiador de fama mundial, David Rattray, recreaba la batalla.
Quizá fuera la primera lección que escuché con verdadero interés.
Los hombres que habían luchado sobre aquel terreno, explicó el señor Rattray, fueron héroes. En los dos bandos: héroes. Los zulúes eran feroces y unos auténticos magos con una lanza corta llamada iklwa, nombre que debía al sonido de succión que emitía cuando la arrancaban del pecho de una víctima. Y, aun así, apenas ciento cincuenta soldados británicos consiguieron rechazar a cuatro mil zulúes, y la milagrosa defensa de aquella plaza, conocida como batalla de Rorke’s Drift, se incorporó de inmediato a la mitología patria. Se concedió la Cruz Victoria a once soldados, el máximo que se haya otorgado nunca a un solo regimiento por una única acción bélica. Otros dos soldados, que rechazaron a los zulúes un día antes de la batalla de Rorke’s Drift, fueron los primeros en obtener la Cruz Victoria a título póstumo.
—¿Póstumo, papá?
—Ejem, sí.
—¿Qué significa?
—Después de…, ya sabes…
—¿De qué?
—De morir, mi querido hijo.
Aunque sea motivo de orgullo para muchos británicos, aquella batalla fue consecuencia del imperialismo, el colonialismo y el nacionalismo; en pocas palabras, del robo. Gran Bretaña estaba allí sin permiso, invadiendo una nación soberana con la intención de quedársela por la fuerza, lo que significa que la preciosa sangre de los mejores muchachos de Gran Bretaña fue malgastada aquel día, a ojos de algunos, entre ellos el señor Rattray. El historiador no pasó de puntillas sobre esos detalles escabrosos. Cuando le parecía necesario, condenaba a los británicos sin ambages (los lugareños lo llamaban el zulú blanco). Pero yo era demasiado joven: le oía y al mismo tiempo, no. Tal vez había visto la película Zulú demasiadas veces, tal vez había simulado demasiadas batallas con mis casacas rojas de juguete. Tenía una visión de la batalla, de Gran Bretaña, que no aceptaba nuevos datos. Así que me centré en los pasajes que hablaban del viril arrojo y el poderío británico, y lo que debiera haberme horrorizado se convirtió en una fuente de inspiración.
De camino a casa me dije que el viaje entero había sido un exitazo. No solo había supuesto una emocionante aventura, sino también una experiencia que me había unido a mi padre. Sin duda la vida en lo sucesivo sería muy diferente.
12
La mayoría de mis profesores eran unos benditos que me dejaban en paz, porque entendían por lo que estaba pasando y no querían echar leña al fuego. El señor Dawson, que tocaba el órgano en la capilla, fue amabilísimo. El señor Little, profesor de batería, mostró conmigo una paciencia infinita. Confinado en una silla de ruedas, llegaba a dar su clase de tambor en furgoneta, y tardábamos una eternidad en sacarlo de ella y llevarlo hasta el aula. Después teníamos que dejar tiempo suficiente para que volviera hasta el vehículo tras la lección, de manera que nunca teníamos más de veinte minutos reales de clase. A mí no me importaba y, a cambio, el señor Little nunca se quejó de que mi habilidad con el instrumento no llegara a mejorar.
Otros profesores, sin embargo, no me dieron tregua. Como el de historia, el señor Hughes-Games.
Día y noche, desde la casa del señor Hughes-Games, situada junto a los campos de deporte, llegaban los gañidos estridentes de sus pointers, Tosca y Beade. Eran unos perros preciosos, de pelaje manchado y ojos grises, a los que el señor Hughes-Games quería como si fueran sus hijos. Tenía fotos de ellos enmarcadas en plata sobre el escritorio, lo cual era uno de los motivos por los que muchos chicos lo consideraban un tanto excéntrico. De modo que me quedé a cuadros cuando descubrí que el señor Hughes-Games consideraba que el raro era yo. ¿Qué puede haber más raro, me dijo un día, que un príncipe británico que desconoce la historia de su país?
—No me cabe en la cabeza, Gales. Estamos hablando de sus parientes, sangre de su sangre; ¿acaso eso no significa nada para usted?
—Menos que nada, señor.
No era solo que no supiera nada sobre la historia de mi familia: tampoco quería saber nada.
Me gustaba la historia británica… en teoría. Había partes que me parecían interesantes. Conocía algunos detalles sobre la firma de la Carta Magna, por ejemplo —en junio de 1215, en Runnymede—, pero eso era porque una vez había entrevisto el lugar donde se produjo a través de la ventanilla del coche de mi padre. Al lado mismo del río. Un sitio precioso, un enclave perfecto para acordar la paz, pensé. Ahora bien, ¿detalles ínfimos sobre la Conquista Normanda? ¿O los pormenores del pique entre Enrique VIII y el papa? ¿O las diferencias entre la Primera y la Segunda Cruzada?
Venga ya.
La situación llegó a un punto crítico un día en el que el señor Hughes-Games hablaba sobre Carlos Eduardo Estuardo, o Carlos III, como se autoproclamaba él. El pretendiente al trono. El señor Hughes-Games tenía una opinión muy clara sobre el interfecto. Mientras la compartía con nosotros, hecho una furia, yo contemplaba mi lápiz y trataba de no dormirme.
De repente el señor Hughes-Games paró y planteó una pregunta sobre la vida de Carlos. La respuesta estaba chupada para quien hubiese estudiado, que era nadie.
—Gales, usted tiene que saberlo.
—¿Por qué yo?
—¡Porque es su familia!
Risas.
Bajé la cabeza. Los otros chicos sabían que era de la realeza, por supuesto. Si lo olvidaban por un instante, allí estaban mi omnipresente guardaespaldas (armado) y la policía uniformada que había repartida por todo el recinto para recordárselo. Pero ¿necesitaba anunciarlo a los cuatro vientos el señor Hughes-Games? ¿Necesitaba emplear esa palabra tan espinosa: familia? Mi familia me había declarado una nulidad; el Repuesto. No me quejaba, pero tampoco necesitaba recrearme en ello. Resultaba mucho mejor, en mi opinión, no pensar en ciertos detalles, como la regla fundamental de los viajes reales: mi padre y William jamás podían ir juntos en el mismo vuelo, porque no debía existir ninguna posibilidad de que el primero y el segundo en la línea sucesoria al trono fallecieran de un plumazo. Sin embargo, a nadie le importaba un pimiento con quién viajara yo; el Repuesto siempre se podía reponer. Yo eso lo sabía, y sabía cuál era mi lugar, por lo que no sentía necesidad de desvivirme por estudiarlo. ¿Por qué memorizar los nombres de los repuestos pasados? ¿Qué sentido tenía eso?
Es más, ¿por qué estudiar mi linaje cuando, nada más empezar a escalar por el árbol genealógico, se llegaba a la misma rama cortada, mi madre?
Después de clase me acerqué a la mesa del señor Hughes-Games y le pedí que, por favor, parase.
—¿Que pare de qué, Gales?
—De ponerme en ridículo, señor.
Sus cejas volaron hasta el flequillo, como pájaros espantados.
Le expliqué que sería cruel señalar a cualquier otro chico como hacía conmigo, hacerle a cualquier otro estudiante de Ludgrove aquellas preguntas cargadas de intención sobre un tataratataraloquesea.
El señor Hughes-Games carraspeó y resopló. Se había pasado de la raya y lo sabía, pero era testarudo.
—Le viene bien, Gales. Cuanto más le exijo, más aprende.
Al cabo de unos días, sin embargo, al principio de la clase, el señor Hughes-Games me hizo una propuesta de paz, al estilo de la Carta Magna. Me regaló una de aquellas reglas de madera que llevaban grabados en ambos lados los nombres de todos los monarcas británicos desde Haroldo en 1066. (Una regla de quienes dictaban las reglas, ¿lo pillan?). La descendencia real entera, pulgada a pulgada, hasta llegar a la abuela. Me dijo que podía guardarla en mi pupitre y consultarla cuando quisiera.
—Caramba —dije—. Gracias.
13
Entrada la noche, cuando ya estaban apagadas las luces, algunos salíamos a hurtadillas a deambular por los pasillos. Era una violación flagrante de las normas, pero me sentía solo y echaba de menos mi casa, probablemente padecía ansiedad y depresión y no soportaba estar encerrado en el dormitorio compartido.
Había un profesor en concreto que, cada vez que me sorprendía, me arreaba un tortazo tremendo, siempre con un ejemplar de la New English Bible. La versión en tapa dura; «y tan dura», pensaba yo. Que me golpearan con ella hacía que me sintiera mal conmigo mismo, con el profesor y con la Biblia. A pesar de todo, a la noche siguiente volvía a la carga y me saltaba de nuevo las normas.
Si no pululaba por los pasillos, pululaba por los terrenos de la escuela, por lo general con mi mejor amigo, Henners. También él se llamaba Henry sobre el papel, pero yo siempre le llamaba Henners y él a mí, Haz.
Flaco, sin músculos y con el pelo de punta en permanente estado de rebeldía, Henners era todo corazón.
Siempre que sonreía, la gente se derretía. (Era el único chico que me hablaba de mi madre después de que desapareciera). Sin embargo, esa sonrisa irresistible, esa ternura, hacían que la gente olvidara que Henners podía ser muy, pero que muy díscolo.
Más allá de los terrenos de la escuela había una enorme granja de esas donde los clientes recogen con sus propias manos lo que compran, al otro lado de una valla baja, que un día Henners y yo saltamos para aterrizar de bruces en un sembrado de zanahorias. Surco tras surco. Cerca había unas fresas gordas y sabrosas. Fuimos avanzando a la par que nos atiborrábamos, alzando la cabeza de vez en cuando como suricatos para asegurarnos de que no había moros en la costa. Cada vez que muerdo una fresa siento que estoy de nuevo allí, en aquellos campos, con el encantador Henners.
Días más tarde, regresamos. En esa ocasión, cuando ya nos habíamos puesto las botas y saltado la valla de regreso, oímos nuestros nombres.
Íbamos avanzando por un camino de carro en dirección a las canchas de tenis, y nos volvimos poco a poco. Uno de los profesores venía derecho hacia nosotros.
—¡Ustedes! ¡Alto!
—Hola, señor.
—¿Qué hacen?
—Nada, señor.
—Han estado en la granja.
—¡No!
—Enséñenme las manos.
Lo hicimos. Pillados: las palmas rojas. El profesor reaccionó como si fuera sangre.
No recuerdo cuál fue nuestro castigo. ¿Otro golpe de Biblia? ¿Quedarnos después de clase? (Lo que a menudo llamábamos «detención» o «det»). ¿Un viaje al despacho del señor Gerald? Fuera lo que fuese, sé que no me importó. Ludgrove no podía aplicarme tortura alguna que sobrepasara lo que sucedía en mi interior.
14
El señor Marston, mientras patrullaba por el comedor, a menudo llevaba una campanilla que me recordaba a la de la recepción de un hotel. «Ding, ¿tienen una habitación?». La tocaba siempre que quería llamar la atención de un grupo de muchachos. El sonido era constante… y totalmente inútil.
A los niños abandonados les da igual una campana.
Con frecuencia, el señor Marston sentía la necesidad de efectuar un anuncio durante las comidas. Empezaba a hablar y, al constatar que nadie le escuchaba o ni siquiera bajaba la voz, tocaba la campana.
Ding.
Cien chicos seguían hablando y riendo.
Él tocaba más fuerte.
¡Ding! ¡Ding! ¡Ding!
Con cada campanillazo que no lograba imponer silencio, la cara del señor Marston adquiría una tonalidad más intensa de rojo.
—¡Señores! ¿Harán el favor de ESCUCHAR?
«No», era la sencilla respuesta. No le haríamos el favor. Y tampoco era falta de respeto: era una simple cuestión de acústica. No lo oíamos. El comedor era demasiado espacioso y nosotros estábamos demasiado absortos en nuestras conversaciones.
Eso él no lo aceptaba. Se ponía suspicaz, como si el poco caso que le hacíamos a su campana formara parte de una conspiración organizada de mayor calado. No sé los demás, pero yo no estaba conchabado con nadie. Y tampoco era cierto que no le hiciera caso. Muy al contrario: no le podía quitar la vista de encima. A menudo me preguntaba qué habría dicho alguien de fuera que presenciara aquel espectáculo: cien chavales charlando como si tal cosa mientras un adulto plantado ante ellos sacudía de forma tan frenética como infructuosa una minúscula campanilla de latón.
Para agravar aquella sensación general de desquiciamiento, había un hospital psiquiátrico carretera abajo: Broadmoor. Cuando yo ya llevaba un tiempo en Ludgrove, un paciente de Broadmoor se escapó y mató a un niño de una aldea vecina. La respuesta del psiquiátrico fue instalar una sirena de advertencia, que probaban de vez en cuando para asegurarse de que funcionaba. Cuando sonaba era como el Día del Juicio Final. La campanilla del señor Marston a lo bestia.
Se lo mencioné un día a mi padre, quien asintió con aire de entendido. Había visitado hacía poco una institución parecida como parte de su labor benéfica. Los pacientes le habían parecido en su mayoría apacibles, me aseguró, aunque uno le llamó la atención. Un tipo bajito que afirmaba ser el príncipe de Gales.
Mi padre le había hecho un gesto admonitorio con el dedo a la vez que lo reprendía con severidad.
—Vamos a ver; ¡usted no puede ser el príncipe de Gales! El príncipe de Gales soy yo.
El paciente se limitó a responderle con el mismo gesto.
—¡Imposible! ¡Yo soy el príncipe de Gales!
A mi padre le gustaba contar anécdotas, y aquella era una de las mejores de su repertorio. Siempre terminaba con un ramalazo filosófico: si aquel enfermo mental podía estar tan convencido de su identidad, con la misma certidumbre que mi padre, era inevitable plantearse unas Grandes Preguntas. ¿Quién podía decir cuál de los dos estaba cuerdo? ¿Quién podía estar seguro de no ser el enfermo mental, viviendo una fantasía mientras amigos y familiares le seguían la corriente?
—¿Quién sabe si soy de verdad el príncipe de Gales? ¿Quién sabe si soy siquiera tu verdadero padre? ¡A lo mejor tu padre de verdad está en Broadmoor, mi querido hijo!
Se tronchaba de risa, aunque el chiste tuviera maldita la gracia a la vista del rumor que circulaba por aquel entonces de que mi verdadero padre era uno de los examantes de mi madre: el comandante James Hewitt. Una de las causas del rumor era la cabellera pelirroja del comandante Hewitt, pero otra era el sadismo. A los lectores de los tabloides les encantaba la idea de que el hijo pequeño del príncipe Carlos no fuera hijo del príncipe Carlos. De ese «chiste» no se cansaban nunca, por algún motivo. Quizá les hiciera más llevadera su vida pensar que la de un joven príncipe era un hazmerreír.
Lo mismo daba que mi madre no hubiera conocido al comandante Hewitt hasta mucho después de que yo naciera: la historia era demasiado buena para dejarla correr. La prensa la rescataba a modo de refrito, la adornaba, y hasta se decía que algunos periodistas andaban a la caza de mi ADN para contrastarla: mi primer indicio de que, después de torturar a mi madre y forzarla a esconderse, pronto vendrían a por mí.
Aún hoy, casi todas mis biografías y cualquier perfil de cierta extensión que aparezca en un periódico o una revista mencionan al comandante Hewitt y tratan con cierta seriedad la hipótesis de su paternidad. Eso incluye una descripción del momento en el que mi padre por fin tuvo un franco cara a cara conmigo para asegurarme que el comandante Hewitt no era mi verdadero padre. Una escena vívida, intensa, conmovedora y totalmente inventada. Si mi padre pensaba algo acerca del comandante Hewitt, se lo guardó para sí.
15
Es legendaria la frase de mi madre de que había tres personas en su matrimonio, pero su cálculo era erróneo.
Nos dejó a Willy y a mí fuera de la ecuación.
No entendíamos lo que les pasaba a ella y a mi padre, está claro, pero intuíamos bastante y captábamos la presencia de la Otra Mujer, porque sufríamos los efectos secundarios. Willy abrigó sospechas sobre la Otra Mujer durante mucho tiempo, cosa que le confundía y atormentaba; cuando se confirmaron esas sospechas, sintió unos remordimientos atroces por no haber hecho ni dicho nada antes.
Yo era demasiado pequeño, creo, para sospechar nada, aunque no pude evitar notar la falta de estabilidad, la ausencia de cariño y amor de nuestro hogar.
De pronto, con la desaparición de mi madre, el cálculo daba un vuelco para inclinarse a favor de mi padre. Era libre de ver a la Otra Mujer, sin esconderse, tanto como quisiera. Pero verla no era suficiente: mi padre quería hacer partícipe a la opinión pública, actuar con luz y taquígrafos. Y el primer paso en esa dirección era ganarse a «los niños».
Primero le tocó a Willy. Ya se había topado con la Otra Mujer una vez, en palacio, pero en esa ocasión le llegó a Eton una invitación formal para acudir a un encuentro íntimo, con toda la carne en el asador. En Highgrove, creo. A la hora del té, si no me equivoco. Más tarde supe por él que la reunión había ido bien, aunque no entró en detalles. Se limitó a transmitirme la impresión de que la Otra Mujer, Camila, había hecho un esfuerzo, cosa que le parecía de agradecer; eso es todo lo que quiso contarme.
A continuación llegó mi turno. Me dije: «No pasa nada, es como ponerse una inyección. Cierra los ojos y no te darás ni cuenta».
Tengo un vago recuerdo de ver a Camila tan calmada (o aburrida) como yo. A ninguno de los dos nos preocupaba demasiado la opinión del otro. Ella no era mi madre y yo no era su mayor obstáculo. En otras palabras, no era el Heredero. Aquella escena conmigo era una pura formalidad.
Me pregunto qué tema de conversación encontramos. Los caballos, probablemente. A Camila le encantaban y yo sabía montar. No se me ocurre sobre qué otra materia pudimos charlar.
Recuerdo que me pregunté, justo antes del té, si sería cruel conmigo; si sería como todas las madrastras malvadas de los cuentos. Pero no lo fue. Al igual que Willy, eso me hizo sentir verdadera gratitud.
Al final, una vez superado aquel par de tensos encuentros con Camila, faltaba un último cónclave con nuestro padre.
—Y bien, ¿qué pensáis, niños?
Pensábamos que él tenía que ser feliz. Sí, Camila había desempeñado un papel protagonista en el desmoronamiento del matrimonio de nuestros padres y, sí, eso significaba que había tenido que ver con la desaparición de nuestra madre, pero entendíamos que se había visto arrastrada, como todos los demás, por la traicionera corriente de los acontecimientos. No la culpábamos y, a decir verdad, estábamos dispuestos a perdonarla de mil amores si podía hacer feliz a nuestro padre. Pues veíamos que, como nosotros, no lo era. Reconocíamos las miradas ausentes, los suspiros huecos, la frustración siempre visible en su rostro. No podíamos estar seguros al cien por cien, porque nuestro padre no hablaba de sus sentimientos, pero habíamos compuesto, con los años, un retrato de él bastante fidedigno, basado en pequeños descuidos suyos.
Por ejemplo, por esas fechas confesó que de niño lo habían «hostigado». Los abuelos, para endurecerlo, lo habían despachado a Gordonstoun, un internado en el que padeció un acoso escolar encarnizado. Las víctimas por antonomasia de los abusones de Gordonstoun, dijo, eran los chicos creativos, sensibles, aficionados a la lectura… En otras palabras, mi padre. Sus mejores cualidades eran carnaza para los matones. Le recuerdo murmurando con tono ominoso:
—Casi no sobrevivo.
¿Cómo lo había conseguido? Con la cabeza gacha y agarrado a su oso de peluche, que todavía conservaba años más tarde. Teddy acompañaba a mi padre a todas partes. Era un objeto lamentable, con los brazos rotos, deshilachado y cubierto de parches. Tenía el mismo aspecto que yo imaginaba que debía de presentar mi padre después de que los acosadores se cebaran en él. Teddy expresaba de forma elocuente, mejor de lo que mi padre podría nunca, la soledad esencial de su infancia.
Willy y yo coincidíamos en que merecía algo mejor. Sin ánimo de faltar a Teddy, merecía estar acompañado de verdad. Por eso, cuando llegó la pregunta, Willy y yo prometimos a nuestro padre que daríamos la bienvenida a la familia a Camila.
Lo único que pedíamos a cambio era que no se casase con ella. «No necesitas contraer segundas nupcias», le rogamos. Una boda crearía polémica, incitaría a la prensa, haría que el país entero, el mundo entero, comparase a nuestra madre y Camila, cosa que no quería nadie. Y menos que nadie, Camila.
Le dijimos que le apoyábamos. Le dijimos que aprobábamos a Camila.
«Pero, por favor, no te cases con ella. Estad juntos y punto, papá».
No respondió.
Pero ella sí. Sin perder tiempo. Al poco de nuestros encuentros privados con ella, empezó a desarrollar su estrategia a largo plazo, una campaña dirigida al matrimonio y, con el tiempo, la Corona (con el beneplácito de nuestro padre, supusimos). Empezaron a aparecer noticias en todos los periódicos sobre su conversación con Willy, crónicas que recogían detalles minuciosos, ninguno de los cuales provenía de mi hermano, por supuesto.
Solo podía haberlos filtrado la única otra persona presente.
Y la filtración venía instigada, a todas luces, por el nuevo experto en comunicación que Camila había convencido a nuestro padre de que contratase.
16
A principios de otoño de 1998, después de terminar los estudios en Ludgrove la primavera anterior, ingresé en el internado de Eton.
Un profundo impacto.
Tratándose del mejor centro educativo del mundo para hombres, Eton ya estaba pensado para impactar, creo. El impacto debía de formar parte de sus estatutos y quizá hasta de las instrucciones que les impartió a sus primeros arquitectos el fundador del colegio, mi antepasado Enrique VI. Este consideraba que Eton debía ser una especie de santuario, un templo sagrado, y a tal efecto quería que abrumase los sentidos, para que los visitantes se sintieran como humildes y deferentes peregrinos.
En mi caso, misión cumplida.
(Enrique llegó a ceder a la escuela valiosísimos objetos religiosos, entre ellos una parte de la corona de espinas de Jesús. Un gran poeta llamó al centro «La sombra sagrada de Enrique»).
Con el paso de los siglos, la misión de Eton se había vuelto un tanto menos pía, pero el currículo había devenido más exageradamente riguroso. No en vano Eton había pasado a referirse a sí mismo no como una escuela sino sencillamente como… La Escuela. Para quienes estaban en el ajo, no había otra opción, así de claro. Dieciocho primeros ministros se habían formado en las aulas de Eton, además de treinta y siete receptores de la Cruz Victoria. Era el paraíso para los chicos brillantes pero, por lo mismo, solo podía ser el purgatorio para un muchacho que lo era muy poco.
La situación quedó de manifiesto de forma incuestionable durante mi primerísima lección de francés. Estupefacto, descubrí que el profesor impartía la clase entera en un francés rápido y sin pausas. Daba por supuesto, por algún motivo, que todos dominábamos el idioma.
Quizá los demás sí, ¿pero yo? ¿Dominarlo? ¿Porque me había defendido más o menos en el examen de acceso? Au contraire, mon ami!
Al acabar me acerqué a él y le expliqué que se había producido un espantoso error y me había metido en la clase equivocada. Él me dijo que me tranquilizase y me aseguró que me pondría al día en un visto y no visto. El hombre no lo entendía; tenía fe en mí. De modo que acudí al profesor encargado de mi residencia y le rogué que me pusieran con los que hablaban más lento, los que aprendían muy despacito, los muchachos exactement comme moi.
Accedió a mi petición, pero aquello fue un mero parche.
Una o dos veces le confesé a un profesor o compañero que no solo estaba en la clase equivocada sino en el sitio equivocado. Aquello me venía muy, muy grande. Siempre me contestaban lo mismo: no te preocupes, te apañarás…
—¡Y no olvides que siempre tienes a tu hermano aquí!
Pero no era yo quien lo olvidaba: Willy me había dicho que fingiera no conocerlo.
—¿Qué?
—No me conoces, Harold. Ni yo a ti.
Durante los dos años anteriores, me explicó, Eton había sido su santuario. Sin tener que cargar con un hermano pequeño que le incordiara con sus preguntas y metiera las narices en su círculo social. Se estaba forjando una vida propia y no pensaba renunciar a ella.
Nada de todo aquello me venía muy de nuevas. Willy siempre había odiado que la gente cometiese el error de considerarnos un dos por uno. Aborrecía que nuestra madre nos vistiera con la misma ropa (no ayudaba que su gusto en ropa infantil tendiera a los extremos; a menudo parecíamos los gemelos de Alicia en el País de las Maravillas). Yo apenas me fijaba, porque no me importaba la ropa, ni la mía ni la de los demás. Mientras no llevásemos kilt, con ese preocupante cuchillo en el calcetín y el trasero expuesto a la brisa, todo me iba bien. Sin embargo, para Willy era una verdadera agonía llevar el mismo blazer y los mismos pantalones cortos ajustados que yo. Y en aquel momento, que estudiáramos en la misma escuela le parecía un auténtico suplicio.
Le dije que no se preocupase.
—Olvidaré que te conozco.
Sin embargo, Eton no iba a ponérnoslo fácil. Creyendo que nos hacían un favor, nos colocaron bajo el mismo condenado techo. La residencia de Manor House.
Por lo menos yo estaba en la planta baja.
Willy se alojaba arriba, con los mayores.
17
Muchos de los sesenta alumnos de Manor House eran igual de amables que Willy. Su indiferencia, sin embargo, no me molestaba tanto como su desenvoltura. Incluso los de mi edad actuaban como si hubieran nacido en la propia escuela. Ludgrove tenía sus inconvenientes, pero allí por lo menos sabía por dónde me movía, sabía cómo engañar a Pat, sabía cuándo se repartían las golosinas y cómo sobrevivir a los días en que tocaba escribir cartas. Con el tiempo había conseguido abrirme camino hasta lo alto de la pirámide de Ludgrove. Ahora, en Eton, volvía a estar abajo de todo.
Vuelta a empezar.
Peor aún; sin mi mejor amigo, Henners. Él iba a otra escuela.
Ni siquiera sabía cómo vestirme por la mañana. Todos los alumnos de Eton debían llevar una levita negra, una camisa blanca sin cuello, un cuello blanco almidonado sujeto a la camisa con un broche… además de unos pantalones de raya diplomática, unos gruesos zapatos negros y una corbata que más bien parecía una tira de tela doblada por dentro del cuello blanco removible. Un conjunto formal, decían; pero no era formal, era fúnebre. Y había un motivo. Se suponía que debíamos estar de duelo permanente por la muerte del viejo Enrique VI. (O, si no, por el rey Jorge, una de las primeras personas en dar apoyo a la escuela, quien solía invitar a los alumnos al castillo para tomar el té, o algo así). Aunque Enrique era el abuelo del abuelo del abuelo del abuelo de mi tatarabuelo, y aunque yo lamentaba su muerte y el dolor que por ella hubieran podido sentir quienes lo amaban, no me hacía ninguna gracia la idea de pasarme el día entero llorando a ese hombre. Cualquier chico de mi edad debería negarse rotundamente a tomar parte en un funeral interminable, pero para uno que acababa de perder a su madre aquello era como recibir a diario una patada en los huevos.
Primera mañana: tardé una eternidad en abrocharme los pantalones, abotonarme el chaleco y dar forma al cuello almidonado antes de conseguir, por fin, salir por la puerta. Estaba frenético, desesperado por no llegar tarde, lo que habría significado verme obligado a escribir mi nombre en un gran libro, El Libro de los Tardones, una de las muchas tradiciones que tendría que aprender, junto con una larga lista de palabras y expresiones. Las clases ya no eran clases, eran «unidades». Los profesores ya no eran profesores, eran «jueces». Los cigarrillos eran «pitis». (Al parecer allí todo el mundo tenía una fuerte tendencia a fumar «pitis»). Las «cámaras» eran las reuniones de media mañana de los «jueces», cuando hablaban de los alumnos, sobre todo de los problemáticos. A mí a menudo me pitaban los oídos durante las «cámaras».
Decidí que lo mío en Eton sería el deporte. A los chicos deportistas se los clasificaba en dos grupos: los dry bobs (que practicaban deportes en seco) y los wet bobs (que practicaban deportes acuáticos). Los dry bobs jugaban al críquet, al fútbol, al rugby y al polo. Los wet bobs practicaban remo, vela o natación. Yo era uno de los de secano que de vez en cuando se pasaba al grupo acuático. Practicaba todos los deportes en seco, pero el rugby me robó el corazón. Un bello deporte, además de una buena excusa para arremeter contra lo que se me pusiera por delante. El rugby me permitía descargar la rabia, esa rabia mía a la que algunos se habían aficionado a llamar «nube roja». Además, yo no sentía el dolor de la misma forma que los demás chicos, lo que me convertía en un peligro en el terreno de juego. Nadie sabía cómo responder ante un chico que literalmente buscaba el dolor externo para equipararlo al que sentía en su interior.
Hice algunos amigos. No fue fácil. Les exigía condiciones especiales. Necesitaba que un amigo fuera alguien que no se burlara de mí por formar parte de la realeza, alguien que no hiciera cosas como mencionar que yo era «el Repuesto». Necesitaba que fuera alguien que me tratara de forma normal, lo que significaba ignorar al guardaespaldas armado que dormía a poca distancia de mi habitación, cuyo trabajo consistía en evitar que me secuestraran o me asesinaran. (Por no mencionar el rastreador electrónico o la alarma antipánico que llevaba encima todo el tiempo). Todos mis amigos cumplían esos requisitos.
A veces mis nuevos amigos y yo nos escapábamos, íbamos al puente de Windsor, que cruzaba el río Támesis y conectaba Eton con Windsor. En concreto, nos reuníamos debajo del puente, donde podíamos fumar «pitis» en privado. Mis colegas parecían pasarlo bien con esa travesura, pero yo solo lo hacía porque tenía puesto el piloto automático. Claro que me apetecía un cigarrillo después de una comida en un McDonald’s, ¿a quién no? Pero, puestos a escaparnos, prefería ir al campo de golf del castillo de Windsor y tomarme una cervecita mientras golpeaba la pelota de un lado a otro.
Aun así, aceptaba como un autómata todos los cigarrillos que me ofrecían; y con esa misma actitud de dejarme llevar sin pensar por mí mismo, pronto me estrené con la maría.