En la sombra

En la sombra


Primera parte » 58

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El juego requería de un bate, una pelota de tenis y un desprecio total por la propia integridad física. Había cuatro jugadores: un lanzador, un bateador y dos más que intentaban atrapar la pelota en el centro del pasillo, cada uno con un pie en el pasillo y el otro en un dormitorio, que no siempre era de los nuestros. Muchas veces interrumpíamos a otros chicos que intentaban trabajar. Ellos nos suplicaban que nos marcháramos.

«Lo sentimos —decíamos nosotros—. Nuestro trabajo es este».

El radiador representaba la portería, y había un eterno debate sobre qué se consideraba una captura de pelota. ¿Si rebotaba en la pared? Sí, había captura. ¿Y si rebotaba en la ventana? No, no había captura.

Un día el mayor deportista del grupo se lanzó a atrapar una pelota de forma poco ortodoxa y se dio de morros contra un extintor colgado en la pared. Se le partió la lengua por la mitad. Uno pensaría que, después de eso, después de que la moqueta quedara para siempre manchada con su sangre, pondríamos fin al críquet de pasillo.

Pues no.

Cuando no jugábamos, nos dedicábamos a holgazanear en el dormitorio. Éramos muy buenos adoptando posturas de indolencia suprema. La gracia era aparentar que no tenías ningún objetivo en la vida, como si el único motivo por el que estabas dispuesto a moverte fuera portarte mal o, mejor aún, hacer alguna estupidez. Hacia el final de mi primer semestre allí se nos ocurrió una estupidez supina.

Alguien comentó que mi pelo era un completo desastre. Como una mata de hierbajos.

—Ya… ¿Y qué puedo hacer?

—Deja que pruebe.

—¿Tú?

—Sí, deja que te lo afeite.

Hum… Aquello no sonaba nada bien.

Pero no quería rajarme, quería ser un tío guay. Un tío divertido.

—Vale.

Un chico fue a por la maquinilla. Otro me empujó hasta el asiento. Con qué rapidez, qué alegremente, tras toda una vida creciendo libre y sano, el pelo empezó a caerme a mechones de la cabeza. Cuando terminaron de raparme, miré al suelo y vi una docena de pequeñas pirámides pelirrojas, como volcanes vistos desde el aire, y supe que había cometido un error garrafal.

Corrí hasta el espejo. Sospechas confirmadas. Aullé horrorizado.

Mis amigos también aullaban. Aullidos de risa.

Empecé a correr en círculos. Quería viajar atrás en el tiempo. Quería coger el pelo del suelo y volver a pegármelo en la cabeza. Quería despertarme de aquella pesadilla. Como no sabía a quién más recurrir, violé la regla de oro, la orden sagrada que no debía desobedecerse jamás, y subí corriendo al dormitorio de Willy.

Por supuesto, no había nada que Willy pudiera hacer. Tan solo esperaba que me dijera: «No pasa nada, tranquilo, no te pongas nervioso, Harold», pero en vez de eso se carcajeó como los demás. Recuerdo que se sentó frente al escritorio, enterró la cabeza en un libro y rio mientras yo, plantado frente a él, acariciaba los bultitos de mi cabeza recién rapada.

—Harold, ¿qué has hecho?

Menuda pregunta. Hablaba igual que Stewie, de Padre de familia. ¿Acaso no saltaba a la vista?

—No deberías haber hecho eso, Harold.

¿Así que la cosa iba de repetir obviedades?

Dijo unas cuantas cosas más que no me ayudaron en absoluto, y me marché.

El peor ridículo estaba aún por llegar. Unos días después, en la primera plana del Daily Mirror, un tabloide, aparecía yo con mi nuevo corte de pelo.

El titular: «Harry, el Cabeza Rapada».

No podía imaginarme de dónde habían sacado la información. Un compañero debía de habérselo contado a alguien, que se lo contó a alguien, que lo contó a los periódicos. No tenían ninguna foto, menos mal. Pero se la habían inventado. La portada incluía una imagen generada por ordenador del Repuesto, calvo como una bola de billar. Una mentira. Peor que una mentira, en realidad.

Estaba feo, pero no tanto.

19

No imaginaba que las cosas aún podían empeorar más. Qué tremendo error para un miembro de la familia real creer que, cuando se trata de los medios de comunicación, las cosas no pueden empeorar. Unas semanas más tarde, el mismo periódico volvía a sacarme en primera plana: «Harry ha tenido un accidente».

Me había roto un hueso del pulgar jugando al rugby, poca cosa, pero el periódico decidió pintarlo como si estuviera debatiéndome entre la vida y la muerte. Algo así es de mal gusto en cualquier circunstancia, pero… ¿cuando solo había pasado poco más de un año desde el supuesto accidente de mi madre?

Venga, tíos.

Había tratado con la prensa británica toda la vida, pero nunca hasta entonces me habían señalado con el dedo. De hecho, desde la muerte de mi madre la prensa se regía por un acuerdo tácito con respecto a sus dos hijos, y el acuerdo decía lo siguiente: «Apartaos de ellos. Dejad que reciban su educación en paz».

Al parecer, el acuerdo ya no tenía validez, puesto que allí estaba yo, en la mismísima primera plana, y me pintaban como a un blandengue. O un idiota. O las dos cosas.

A las puertas de la muerte.

Leí el artículo varias veces. A pesar del sombrío mensaje implícito —algo muy grave le pasa al príncipe Harry—, me maravillaba el tono. Era jocoso. Para esa gente, mi existencia se reducía a algo con lo que jugar y bromear. Para ellos, yo no era un ser humano. No era un chico de catorce años luchando con uñas y dientes por salir adelante. Era un personaje de cómic, una marioneta a la que manipular y de la que burlarse por simple diversión. ¿Qué importaba si sus burlas convertían mis días, ya difíciles de por sí, en aún más difíciles, si me convertían en objeto de risas por parte de mis compañeros, por no decir del mundo? ¿Qué importaba si estaban torturando a un niño? Todo quedaba justificado porque yo pertenecía a la realeza, y en su mente eso era sinónimo de «no persona». Varios siglos atrás, a los miembros de la realeza se los consideraba seres divinos; ahora éramos insectos. Qué divertido, arrancarles las alas.

La oficina de mi padre presentó una queja formal, solicitó una retractación pública, acusó al periódico de estar acosando a su hijo menor.

El periódico mandó a la mierda a la oficina de mi padre.

Antes de intentar seguir adelante con mi vida, eché un último vistazo al artículo. De todas las cosas que me resultaban curiosas, la que de verdad me asombraba era que estaba redactado como el culo. Yo era un simple estudiante, se me daba fatal escribir, y sin embargo sabía lo suficiente para reconocer que lo que tenía delante era una clase magistral de analfabetismo.

Por poner un ejemplo: después de explicar que me habían herido de gravedad y que estaba casi en las últimas, el artículo proseguía advirtiendo de forma fehaciente que no podían revelar la naturaleza exacta de mi lesión porque la familia real lo había prohibido expresamente a los responsables del periódico. (Como si mi familia tuviera algún tipo de poder sobre esos morbosos). «Para su tranquilidad, podemos afirmar que las heridas de Harry NO son graves. Pero el accidente se consideró lo bastante serio como para trasladarlo al hospital. Pero en nuestra opinión tienen ustedes derecho a saber cuándo un heredero al trono sufre un accidente, por pequeño que sea, si resulta herido».

Los dos «pero» seguidos; el tono petulante, la falta de coherencia y la ausencia de cualquier argumento real; el histerismo y la falta de relevancia de todo junto. Me dijeron que quien había editado (o, lo más probable, escrito) ese párrafo infumable era un joven periodista cuyo nombre busqué por encima y pronto olvidé.

No creí que jamás volviera a toparme con ese nombre, ni con él. ¿Sería por su forma de escribir? No me lo imaginaba conservando el empleo de periodista durante mucho tiempo.

20

Se me ha olvidado quién fue el primero en utilizar el término. Alguien de la prensa, probablemente. O alguno de mis profesores. Fuera como fuese, tuvo éxito y se propagó. Me habían asignado mi papel en El melodrama de la Casa Real. Y antes de que tuviera la edad (legal) para tomarme una cerveza, ya se había convertido en un dogma.

«¿Harry? Sí, es el díscolo».

«El Díscolo» se convirtió en la corriente contra la que tenía que nadar, el viento que soplaba en mi contra, la expectativa diaria que jamás lograría quebrantar.

Yo no quería ser díscolo. Quería ser noble. Quería ser bueno, trabajador, maduro, y quería hacer algo de provecho con mi tiempo. Pero cada pequeña transgresión, cada paso en falso, cada retroceso era un detonante para que me endiñaran la trillada etiqueta y me sometieran a condena pública, lo cual reforzaba la idea popular de que yo era díscolo por naturaleza.

Las cosas habrían sido distintas si hubiera obtenido buenas notas. Pero no era así, y todo el mundo lo sabía. Mis informes eran de dominio público. La Commonwealth en pleno conocía mis dificultades académicas, que hacía tiempo que deberían haberme hecho tirar la toalla en Eton.

Pero nadie hablaba de la otra posible causa.

Mi madre.

El estudio y la concentración requieren una alianza con la mente, y durante mis años de adolescencia yo a mi mente le tenía declarada una guerra sin cuartel. Rechazaba permanentemente los pensamientos más sombríos, los miedos más fundamentales; los recuerdos más queridos. (Cuanto más querido era el recuerdo, más profundo era el dolor). Desarrollé estrategias para conseguirlo, unas sanas y otras no, pero todas bastante efectivas, y cuando no podía servirme de ellas —por ejemplo, cuando me obligaban a estar sentado en silencio con un libro—, me ponía histérico. Como es natural, trataba de evitar esas situaciones.

Evitaba a toda costa estar sentado en silencio con un libro.

En algún momento caí en la cuenta de que la base de toda formación académica reside en la memoria. Una lista de nombres, una columna de números, una fórmula matemática, un bello poema… Para aprenderlo, debías cargarlo en la parte del cerebro que almacena cosas, pero esa era la misma parte del cerebro que yo me resistía a utilizar. Mi memoria se había vuelto irregular desde la desaparición de mi madre, por deseo propio, y no quería poner solución a eso porque tener memoria equivalía a sentir dolor.

La ausencia de recuerdos era un bálsamo.

También es posible que no me acuerde bien de mi batalla con la memoria de por aquel entonces, porque sí que recuerdo que se me daba muy bien memorizar algunas cosas, como largos pasajes de Ace Ventura y El rey león. Los recitaba a menudo, delante de mis compañeros y para mí mismo. También tengo una foto mía, sentado en mi cuarto, frente al escritorio plegable, y allí, en uno de los compartimentos y entre un caos de papeles, hay una foto de mi madre enmarcada en plata. Ya ves. A pesar de que sé que no quería acordarme de ella, también me había propuesto firmemente no olvidarla.

Si para mí era difícil ser el díscolo y el tonto, para mi padre era angustioso, porque significaba que era lo opuesto a él.

Lo que más le inquietaba eran todas las molestias que me tomaba para evitar abrir un libro. A mi padre no solo le gustaban los libros, los glorificaba. Sobre todo a Shakespeare. Adoraba Enrique V. Se comparaba a sí mismo con el príncipe Hal. En su vida había múltiples Falstaffs, como lord Mountbatten, su querido tío abuelo, y Laurens van der Post, el irascible intelectual acólito de Carl Jung.

Cuando yo tenía seis o siete años, mi padre viajó a Stratford y pronunció un vehemente discurso público en defensa de Shakespeare. Plantado en el lugar que vio nacer y morir al mayor escritor británico, mi padre criticó el abandono de las obras de teatro de Shakespeare por parte de las escuelas, su desaparición de las aulas británicas y de la conciencia colectiva de la nación. Aderezaba su vehemente alocución con citas de Hamlet, Macbeth, Otelo, La tempestad, El mercader de Venecia… Sacaba las frases de la nada, con la misma facilidad con que arrancaría los pétalos de alguna de las rosas del jardín de casa, y las lanzaba a la audiencia. Era una actuación teatral, pero no con la mera intención de procurar entretenimiento. Estaba lanzando un claro mensaje: «Todos vosotros deberíais poder hacer esto. Deberíais saberos estas líneas. Son nuestro legado común y deberíamos cuidarlas, salvaguardarlas. Y, en cambio, las estamos dejando morir».

Nunca dudé de hasta qué punto a mi padre le fastidiaba que yo fuera uno de esos bárbaros que ignoraban a Shakespeare. Y traté de cambiar. Abrí Hamlet. Hum… Un príncipe solitario, obsesionado con la muerte de un progenitor, ve cómo el que sigue con vida se enamora de quien usurpa el puesto de aquel que ha muerto…

Lo cerré de golpe. No, gracias.

Mi padre nunca dejó de presentar batalla. Últimamente pasaba más tiempo en Highgrove, la finca de ciento cuarenta hectáreas que poseía en Gloucestershire, y esta quedaba muy cerca de la carretera de Stratford, de manera que de vez en cuando me llevaba con él. Aparecíamos sin previo aviso y veíamos la obra de teatro que se estaba representando en aquel momento, a mi padre le daba igual cuál fuera. Y a mí también, aunque por motivos distintos.

Todo en conjunto era una tortura.

Muchas noches no entendía casi nada de lo que decían o hacían en el escenario. Pero cuando lo entendía era peor. Las palabras me quemaban por dentro. Me inquietaban. ¿Por qué tendría que querer saber algo de un reino «donde la muerte obliga a mantener en tristeza los corazones» y a que en él «solo se observe la imagen del dolor»? Lo único que conseguía con eso era recordar aquel agosto de 1997. ¿Por qué debería querer meditar sobre el hecho inalterable de que «todo el que vive debe morir, pasando de la naturaleza a la eternidad»? Yo no tenía tiempo de pensar en la eternidad.

La obra literaria que sí recuerdo que me gustó e incluso disfruté es una corta novela estadounidense. De ratones y hombres, de John Steinbeck. Nos asignaron la lectura en las «unidades» de lengua inglesa.

A diferencia de Shakespeare, Steinbeck no necesitaba un traductor. Escribía en lengua vernácula, llana y sencilla. Mejor todavía, era breve. De ratones y hombres: ciento cincuenta paginitas de nada.

Y lo mejor de todo: el argumento era entretenido. Dos tíos, George y Lennie, recorren California en busca de un lugar al que llamar hogar, intentando superar sus limitaciones. Ninguno de los dos es un genio, pero los problemas de Lennie parecen algo más que un simple coeficiente intelectual bajo. Lleva un ratón muerto en el bolsillo y lo acaricia con el dedo, para tranquilizarse. También mata a un cachorro de perro porque lo quiere muchísimo.

Una historia de amistad, de camaradería, de lealtad, llena de temas de los que sentía que podía hablar. George y Lennie me recordaban a Willy y a mí. Dos compañeros, dos nómadas, que vivían las mismas circunstancias y que se cuidaban mutuamente. Tal como Steinbeck pone en boca de uno de sus personajes: «Un hombre necesita a alguien, alguien que esté cerca. Uno se vuelve loco si no tiene a nadie».

Qué frase tan cierta. Deseaba compartirla con Willy.

Lástima que él siguiera fingiendo que no me conocía.

21

Debió de ser a principios de la primavera de 1999. Yo debía de haber dejado Eton para pasar el fin de semana en casa.

Me desperté y encontré a mi padre sentado en el borde de la cama, diciéndome que iba a volver a enviarme a África.

—¿A África, papá?

—Sí, mi querido hijo.

—¿Por qué?

Era el mismo problema de siempre, según me explicó. Tenía por delante unas largas vacaciones escolares, las de Semana Santa, y debía hacer algo conmigo. Así que iba a enviarme a África. A Botsuana, para ser precisos. A un safari.

—¡Un safari! ¿Contigo, papá?

No. Vaya. Esta vez él no vendría. Pero Willy sí.

Qué bien.

Y alguien muy especial, añadió, que nos haría de guía en África.

—¿Quién, papá?

—Marko.

¿Marko? Apenas conocía a ese hombre, aunque había oído hablar bien de él. Era el guardaespaldas de Willy, y este parecía tenerle mucho aprecio. De hecho, a Marko lo apreciaba todo el mundo. De todo el personal que rodeaba a mi padre, por consenso Marko era el mejor. El más duro, el más fuerte, el más apuesto.

Miembro de la Guardia Galesa desde hacía mucho tiempo. Anecdotista. Modelo de masculinidad de la cabeza a los pies.

Me sentía tan entusiasmado con la perspectiva de ese safari liderado por Marko que no sé cómo logré sobrevivir a las siguientes semanas en la escuela. De hecho, no recuerdo para nada esas semanas en la escuela. Los recuerdos se desvanecen por completo desde justo después de que mi padre me diera la noticia y vuelven a aparecer claramente en el momento en que me hallo embarcando en un avión de British Airways junto con Marko, Willy y Tiggy, una de nuestras niñeras. Nuestra niñera favorita, para ser exactos, aunque ella no soportaba que la llamáramos así. Se tiraba a la yugular del primero que lo intentara. «¡No soy la niñera, soy vuestra amiga!».

Mi madre, por desgracia, no lo veía igual. Ella no consideraba a Tiggy una niñera sino una rival. Es de dominio público que mi madre sospechaba que a Tiggy la estaban preparando para ser su sustituta en el futuro. (¿Vería en ella a su Repuesto?). Ahora, esa mujer que mi madre tanto temía que la sustituyera era su auténtica sustituta. Qué espantoso para mi madre. Cada abrazo y cada caricia en la cabeza que me daba Tiggy debería haber desencadenado en mí un sentimiento de culpabilidad, una punzada de deslealtad, y no recuerdo que fuera así. Únicamente recuerdo la intensa alegría al tener a Tiggy a mi lado diciéndome que me abrochara el cinturón de seguridad.

Volamos directamente a Johanesburgo, y de allí con una avioneta hasta Maun, la ciudad más grande del norte de Botsuana, donde nos unimos a un gran grupo de guías de safari que nos dirigieron hacia un convoy de Land Cruiser descapotables. Nos pusimos en marcha, directos hacia la más pura naturaleza salvaje, hacia el gran delta del Okavango, y pronto descubrí que probablemente se trataba del lugar más extraordinario del mundo.

El Okavango suele considerarse un río, pero eso es como decir que el castillo de Windsor es una casa. Se trata de un inmenso delta interior en pleno centro del desierto de Kalahari, a su vez uno de los más grandes del planeta, cuya parte baja está completamente seca la mayor parte del año. Pero hacia el final del verano empieza a llenarse a causa de las inundaciones que se producen río, arriba; pequeñas gotitas que empiezan como una simple lluvia en las tierras altas de Angola poco a poco forman un reguero y luego un flujo de agua constante que convierte el delta no en un río, sino en decenas de afluentes. Desde el espacio debe de verse como las cavidades de un corazón llenándose de sangre.

Con el agua llega la vida. Una plétora de animales, seguramente la mayor muestra de biodiversidad existente, acuden a beber, bañarse y aparearse. Imagina que de pronto apareciera el arca de Noé y a continuación volcara.

Cuanto más nos acercábamos a ese paraje encantado, más me costaba dar crédito a lo que veía. Leones, cebras, jirafas, hipopótamos… No cabía duda de que era un sueño. Por fin nos detuvimos; ese sería nuestro lugar de acampada durante la siguiente semana. El lugar bullía de actividad entre guías y expedicionarios, una docena de personas como mínimo. Mucho choque de palmas y mucho abrazo efusivo, y pronto nos empezaron a bombardear con nombres. «¡Harry, William! ¡Decidle hola a Adi!» (Veinte años, pelo largo, sonrisa agradable). «¡Harry, William! ¡Saludad a Roger y a David!».

Y en medio de todo ello estaba Marko, como un policía de tráfico, dirigiendo, pronunciando halagos, dando abrazos, gritando, riendo, siempre riendo.

En cuestión de segundos tuvo montado nuestro campamento. Grandes tiendas de campaña de lona verde, sillas de lona más ligera agrupadas en círculos, que incluían uno enorme alrededor de una hoguera cercada con piedras. Cuando pienso en ese viaje, mi mente se traslada de inmediato hasta ese fuego, tal como en aquel momento hacía mi cuerpecito enjuto. La hoguera era el lugar donde todos nos reuníamos durante intervalos regulares a lo largo del día. A primera hora de la mañana, de nuevo al mediodía, al anochecer; y, sobre todo, después de cenar. Contemplábamos las llamas y luego levantábamos la vista al universo. Las estrellas parecían chispas procedentes de la leña.

Uno de los guías bautizó la hoguera con el nombre de «televisión salvaje».

—Sí —convine—, cada vez que arrojamos un tronco nuevo, es como cambiar de canal.

A todos les encantó la idea.

Reparé en que el fuego hipnotizaba, o más bien producía efectos narcóticos, a todos los adultos del grupo. Bajo el resplandor anaranjado, su expresión se suavizaba y su lengua se soltaba. Luego, a medida que avanzaba la noche, sacaban el whisky y todos sufrían otra transformación profunda.

Las risas se volvían… más sonoras.

«Quiero más de esto, por favor», pensé. Más fuego, más charla, más risas. Toda mi vida me había asustado la oscuridad, y resultaba que África tenía una cura.

La hoguera del campamento.

22

Marko, el miembro más corpulento del grupo, también tenía la risa más sonora. Existía alguna relación entre el tamaño de su cuerpo y el alcance de su vozarrón. Del mismo modo, había una conexión similar entre el volumen de su voz y el vivo color de su pelo. Yo era pelirrojo y me daba vergüenza, pero Marko era pelirrojo hasta la médula y se enorgullecía de ello.

Lo miraba boquiabierto y pensaba: «Enséñame a ser así».

Marko, sin embargo, no era el típico profesor. Siempre andaba de aquí para allá, siempre estaba haciendo algo. Le gustaban muchas cosas: la comida, los viajes, la naturaleza, las armas de fuego, nosotros… Pero no tenía ningún interés en dar lecciones. Le iba más predicar con el ejemplo. Y pasarlo bien. Era un grandullón pelirrojo que sabía disfrutar de la vida; si querías unirte a su fiesta, fantástico, y si no, estupendo también. Muchas veces me pregunté, viéndolo devorar la cena, tragarse la ginebra, vociferar otro chiste o plantarle una sonora palmada en la espalda a otro miembro de la expedición, por qué no había más personas como ese tío.

Por qué no intentaban parecérsele, por lo menos.

Me habría gustado preguntarle a Willy qué se sentía al tener a un hombre como él cuidándote, guiándote, pero al parecer la regla de Eton se hacía extensiva a Botsuana: Willy no quería saber nada de mí en la jungla, igual que en la escuela.

Lo que más me tranquilizaba de Marko era su experiencia en la Guardia Galesa. A veces, durante aquel viaje, lo miraba y veía en él a los ocho miembros del regimiento con sus casacas rojas, llevando aquel ataúd sobre los hombros y avanzando por el pasillo de la abadía… Intentaba recordarme a mí mismo que Marko no estaba allí aquel día. Intentaba recordarme a mí mismo que, de todos modos, la caja estaba vacía.

Todo iba bien.

Cuando Tiggy me sugería con más o menos insistencia que me fuera a la cama, siempre antes que los demás, yo lo hacía sin rechistar. Los días eran largos y la tienda de campaña era un nidito de lo más acogedor. La lona desprendía un agradable aroma a libros viejos, el suelo estaba cubierto con suaves pieles de antílope y mi cama estaba envuelta en una cálida alfombra africana. Por primera vez en meses, o en años, el sueño me vencía al instante. Claro que ayudaba mucho tener el resplandor de la hoguera pegado a la tienda, oír a los adultos justo al otro lado y a los animales un poco más lejos. Aullidos, balidos, rugidos… Menudo jaleo formaban después de que oscureciera; era el momento en que se activaban. Su hora de máximo ajetreo. Cuanto más tarde se hacía, más escándalo armaban. Me resultaba relajante, y también cómico, ya que, por mucho ruido que hicieran los animales, seguía oyendo reír a Marko.

Una noche, antes de quedarme dormido, me prometí a mí mismo una cosa: «Voy a encontrar la manera de hacer reír a ese hombre».

23

Como a mí, a Marko le encantaban los dulces.

Como a mí, sobre todo le chiflaba el pudin (que él siempre llamaba «pud»). Por eso se me ocurrió la idea de aderezar su pudin con salsa de tabasco.

Al principio dio un alarido, pero enseguida vio que se trataba de una broma y se echó a reír. ¡Cómo se reía! Luego se dio cuenta de que había sido yo, ¡y aún se rio más!

Yo no veía el momento de repetirlo.

A la noche siguiente, cuando todo el mundo se encontraba concentrado cenando, me escabullí de la tienda que hacía las veces de comedor. Recorrí el camino, cincuenta metros, hasta la tienda donde estaba la cocina, entré y vertí una taza de café llena de salsa de tabasco en el cuenco de pudin de Marko. (El pudin era de pan con mantequilla, el favorito de mi madre). El personal de la cocina me vio, pero yo me llevé el dedo a los labios. Y se echaron a reír.

Cuando me colé de nuevo en la tienda donde los demás estaban cenando, le guiñé un ojo a Tiggy. La había convertido en mi confidente, y la trastada le pareció magnífica. No recuerdo si a Willy también le conté lo que me traía entre manos. Seguramente no. Sé que no le habría parecido bien.

Estaba impaciente, contando los minutos que faltaban para que sirvieran el postre, aguantándome la risa.

De repente alguien gritó.

—¡Ah!

Y alguien más también gritó.

—¡Qué narices…!

Todos nos volvimos a la vez. Al otro lado de la tienda, que estaba abierta, vimos una cola peluda de color tostado que cortaba el aire con un silbido.

—¡Un leopardo!

Todo el mundo se quedó petrificado. Menos yo. Avancé un paso hacia el animal.

Marko me aferró por el hombro.

El leopardo se alejó, grácil cual bailarina, por el mismo camino que yo acababa de recorrer.

Cuando me volví, vi que los adultos se miraban unos a otros, boquiabiertos.

—¡Joder!

Entonces sus ojos se posaron en mí.

—¡¡¡Joder!!!

Todos estaban pensando lo mismo, se imaginaban el enorme titular en las calles del Reino Unido: «El príncipe Harry atacado por un leopardo».

Se hundiría el mundo. Rodarían cabezas.

Yo, sin embargo, no pensaba en nada de eso. Pensaba en mi madre. Ese leopardo era, sin ninguna duda, una señal enviada por ella, un mensajero dirigido allí para decirme: «Todo va bien. Y todo irá bien».

Y al mismo tiempo pensé: «¡Qué horror!».

¿Y si por fin mi madre salía de su escondite y descubría que a su hijo pequeño se lo habían comido vivo?

24

Como miembro de la realeza, siempre te enseñaban a mantener cierta distancia de seguridad con el resto de la creación. Incluso delante de la multitud debías conservar siempre una discreta separación que denotara que tú eras tú, y ellos eran ellos. La distancia era lo correcto; era lo seguro; era la supervivencia. La distancia era una de las cosas esenciales que formaban parte de la vida de la realeza, tanto como salir al balcón y saludar a la multitud a las puertas del palacio de Buckingham, con la familia alrededor.

Claro que también en la familia había distancias. Por mucho que quisieras a alguien, nunca podías cruzar el abismo que separa, por poner un ejemplo, a un monarca de un niño. O al Heredero y al Repuesto. Era una distancia física, pero también emocional. Y no se trataba solo del decreto de Willy por el que debía respetarse su espacio; la generación más mayor mantenía una prohibición sin apenas margen de tolerancia con respecto a cualquier contacto físico. Nada de abrazos, ni besos, ni palmadas en la espalda. De vez en cuando, quizá una leve caricia en la mejilla… en ocasiones especiales.

Pero en África todo aquello dejaba de ser así. En África la distancia desaparecía. Todas las criaturas se relacionaban libremente. Únicamente el león caminaba con la cabeza erguida, únicamente el elefante se movía con los aires de un emperador, y ni siquiera ellos se mantenían por completo distantes. Se mezclaban a diario con los de su especie. No tenían elección. Sí, había depredadores y presas, la vida podía ser desagradable, violenta y corta, pero a mis ojos de adolescente todo aquello era democracia en estado puro. Una utopía.

Y eso sin tener en cuenta los efusivos abrazos y los choques de palmas de todos los guías y demás miembros de la expedición.

Por otra parte, quizá no fuera la simple proximidad de otros seres vivos lo que me gustaba. Quizá fuera la cantidad tan increíblemente numerosa de ellos. En cuestión de pocas horas me había trasladado de una tierra árida, yerma y muerta a un paisaje verde rebosante de fertilidad. Quizá fuera eso lo que más anhelaba: la vida.

Quizá fuera ese el verdadero milagro que hallé en Okavango en abril de 1999.

Creo que no pestañeé ni una sola vez en toda la semana. Creo que no dejé de sonreír, ni siquiera durmiendo. Si me hubiera transportado a la era jurásica, no habría experimentado mayor asombro; y no eran solo los grandes ejemplares los que me cautivaban. Adoraba también las criaturas más insignificantes. Y a las aves. Gracias a Adi, sin duda el guía más hábil de nuestro grupo, empecé a reconocer a los buitres encapuchados, a las garzas ganaderas, a los abejarucos carmesís del sur, a los pigargos vocingleros en pleno vuelo. Incluso los insectos me parecían atractivos. Adi me enseñó a observarlos de verdad.

—Mira al suelo —me decía—, fíjate en las distintas especies de escarabajos, admira la belleza de las larvas. Aprende a apreciar también la arquitectura barroca de los montículos que forman las termitas, que son las estructuras más altas construidas por un animal después de los humanos. Hay muchas cosas que aprender, Harry, muchas cosas que apreciar.

—Claro, Adi.

Siempre que salía a dar un paseo con él, aunque nos topáramos con el cuerpo de algún animal recién muerto completamente cubierto por gusanos o perros salvajes, aunque tropezáramos con alguna montaña de caca de elefante de la que brotaban hongos que recordaban al sombrero de copa de Artful Dodger, el joven carterista de la novela Oliver Twist, Adi no se inmutaba.

—Es el ciclo de la vida, Harry.

De todos los animales de nuestro medio, decía Adi, el más majestuoso era el agua. El Okavango era un ser vivo más. Él, de pequeño, lo había recorrido entero a pie, con su padre, llevando solo un saco de dormir. Se conocía el Okavango de cabo a rabo, y sentía por él algo parecido al amor romántico. Su superficie era una tersa mejilla que él a menudo acariciaba suavemente.

Sin embargo, también sentía por el río una especie de serena admiración. De respeto. En sus entrañas residía la muerte, decía. Cocodrilos hambrientos, hipopótamos enfurecidos, todos agazapados allí, en la oscuridad, esperando un descuido tuyo. Los hipopótamos mataban a quinientas personas al año; Adi no cesaba de repetírmelo una y otra vez, y a pesar de los años que han pasado, todavía puedo oír su voz: «Nunca te adentres en las aguas oscuras, Harry».

Una noche, alrededor del fuego, todos los guías y los expedicionarios comentaban cosas sobre el río, y, a grito pelado, contaban anécdotas sobre cómo lo habían recorrido montados a caballo, a nado o en barco, sobre el temor que les infundía; todos atropellándose y hablando a la vez. Esa noche me enteré de todo: de la cualidad mística del río, de su sacralidad, de su rareza.

Hablando de rarezas… En el aire flotaba cierto olor a marihuana.

Las voces eran cada vez más potentes, y las historias, más absurdas.

Pregunté si podía probar.

Todos se rieron a carcajadas.

—¡Y un carajo!

Willy me observaba con horror.

Pero yo no me achiqué. Defendí mi petición con insistencia. Tenía experiencia, dije.

Todas las cabezas se volvieron hacia mí.

—¿En serio?

Hacía poco que Henners y yo nos habíamos hecho con dos paquetes de seis botellines de Smirnoff Ice y habíamos bebido hasta perder el conocimiento, presumí. Además, Tiggy siempre me dejaba dar un trago de su petaca durante las salidas de caza. (Ginebra Sloe; nunca salía sin ella). Me pareció mejor soltarlo todo de golpe y que así supieran cuánta experiencia tenía.

Los adultos intercambiaron miradas maliciosas. Uno de ellos se encogió de hombros, lio otro porro y me lo pasó.

Di una calada. Tosí y me entraron arcadas. La maría africana era mucho más fuerte que la de Eton. Y el colocón era más leve.

Pero al menos ya era un hombre hecho y derecho.

No. La verdad es que aún era un bebé de teta.

El «porro» era en realidad albahaca fresca liada en un trozo de papel de fumar mugriento.

25

Hugh y Emilie eran viejos amigos de mi padre. Vivían en Norfolk, y solíamos hacerles visitas de una semana o dos, durante las vacaciones de la escuela o en verano. Tenían cuatro hijos, con los que a Willy y a mí siempre nos mandaban jugar, como tiernos cachorros en medio de una manada de pitbulls.

Jugábamos a diversos juegos. Un día al escondite, otro día a atrapar la bandera. Pero el juego siempre era una excusa para una batalla masiva, y, fuera la clase de batalla que fuese, nunca había ganadores porque no había reglas. Tirarse de los pelos, sacarse los ojos, retorcerse el brazo, aplicarse una llave de estrangulación…, todo valía en el amor y en la guerra, y en la casa de campo de Hugh y Emilie.

Como yo era el más pequeño en edad y tamaño, siempre me llevaba la peor parte. Pero también era yo quien más liaba las cosas, quien más pedía a gritos que le dieran palos, de modo que tenía merecido todo lo que me pasaba. Me daba igual acabar con un ojo a la funerala, con los morros hinchados o perdido de moratones. Al contrario. A lo mejor era porque me gustaba hacerme el duro. A lo mejor tan solo buscaba sentir algo. Fuera cual fuese el motivo, mi sencilla filosofía en las peleas era esta: más, por favor.

Los seis disfrazábamos nuestras batallas lúdicas con nombres históricos. La casa de Hugh y Emilie se convertía en Waterloo, el Somme o Rorke’s Drift. Parece que aún nos veo cargando unos contra otros y gritando: «¡Zulú!».

Las líneas de combate eran líneas de sangre, pero no siempre. No siempre era Windsor contra el resto del mundo. Nos mezclábamos unos con otros, y a veces me tocaba luchar junto a Willy y a veces contra él. Sin embargo, cualesquiera que fuesen las alianzas, con frecuencia uno o dos de los hijos de Hugh y Emilie acababan agrediendo a Willy. Lo oía gritar pidiendo socorro y ya notaba la nube roja acercándose, como si un vaso sanguíneo fuera a reventarme detrás de los ojos. Perdía todo el control, toda la capacidad de centrarme en nada que no fuera la familia, el país, el clan, y me abalanzaba contra quien fuera, contra todos. Patadas, puñetazos, estrangulamientos, tirones de piernas.

Los hijos de Hugh y Emilie no sabían qué hacer. Y es que no podía hacerse nada.

—¡Apartaos de él! ¡Está loco!

No sé hasta qué punto era bueno peleando, pero siempre me las apañaba para distraerlos y que Willy pudiera escapar. Él comprobaba sus heridas, se sonaba la nariz y volvía derecho a la carga. Cuando la pelea terminaba por fin, cuando nos marchábamos juntos renqueando, siempre me sentía lleno de amor por él, y veía que él a su vez sentía amor pero también cierta vergüenza. Yo medía la mitad que Willy, pesaba la mitad que Willy. Yo era el hermano menor; se suponía que era él quien debía salvarme a mí, y no al revés.

Con el tiempo, las peleas fueron subiendo en intensidad. Introdujimos pequeñas armas rudimentarias. Nos lanzábamos bengalas, nos fabricábamos lanzacohetes con los tubos de las pelotas de golf. Eran batallas nocturnas en las que dos de nosotros defendíamos un fortín de piedra en el centro de un campo abierto. Aún puedo notar el olor del humo y oír el silbido cuando el proyectil salía disparado contra una víctima cuya única armadura consistía en una chaqueta acolchada, unos guantes de lana y, a veces, aunque pocas, unas gafas de esquí.

La escalada con las armas fue en aumento. Empezamos a utilizar pistolas de aire comprimido que disparábamos de cerca. ¿Cómo es que nadie resultó lisiado? ¿Cómo es que nadie perdió un ojo?

Un día estábamos los seis en el bosque, cerca de la casa, buscando ardillas y palomas a las que eliminar. Había un viejo Land Rover del Ejército. Willy y los demás sonrieron.

—Harold, súbete y escápate, y nosotros te dispararemos.

—¿Con qué?

—Con escopetas.

—No, gracias.

—Ya las estamos cargando. Súbete al coche y conduce o te disparamos aquí mismo.

Subí al coche y me alejé.

Al cabo de un momento oí un disparo. Los perdigones rebotaron en la parte trasera del vehículo.

Di un chillido y pisé el acelerador.

En alguna parte de la finca había un edificio en construcción. (Hugh y Emilie se estaban haciendo una casa nueva). Pronto se convirtió en el escenario de la que posiblemente fuera nuestra batalla más cruenta. Estaba oscureciendo. Uno de los hermanos se encontraba en el interior de la casa en obras, recibiendo fuego a discreción. Cuando se batió en retirada, empezamos a bombardearlo con cohetes.

Y, de pronto…, desapareció.

—¿Dónde está Nick?

Encendimos una linterna. Ni rastro de Nick.

Avanzamos poco a poco, con cautela, y dimos con un gigantesco agujero en la tierra, parecido a un pozo cuadrado, junto al edificio de la obra. Nos asomamos por el borde y enfocamos el fondo con la linterna. Muy abajo, Nick yacía tumbado boca arriba, entre gemidos. Qué suerte tenía de estar vivo, joder, convinimos todos.

Qué gran oportunidad, nos dijimos.

Encendimos unos cuantos petardos, de los gordos, y los arrojamos al fondo del pozo.

26

Cuando no había otros niños alrededor, ningún enemigo común, Willy y yo nos peleábamos entre nosotros.

La mayoría de las veces ocurría en el asiento trasero del coche, mientras nuestro padre nos llevaba a alguna parte. A una casa de campo. O a pescar salmones. Una vez en Escocia, de camino al río Spey, empezamos a reñir, y pronto se desató una batalla campal en la que rodábamos de un lado a otro, intercambiando puñetazos.

Mi padre se detuvo bruscamente en la cuneta y le gritó a Willy que bajara del coche.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

Mi padre no sintió la necesidad de dar explicaciones.

—Fuera.

Willy se volvió hacia mí, furioso. Tenía la impresión de que yo siempre me salía con la mía. Bajó del coche, se encaminó con decisión al vehículo donde viajaban los guardaespaldas, entró y se abrochó el cinturón de seguridad. (Desde la desaparición de mi madre, siempre nos abrochábamos el cinturón de seguridad). El convoy reanudó la marcha.

De vez en cuando, me volvía a mirar por la ventanilla trasera.

Detrás de nosotros, logré divisar al futuro rey de Inglaterra, maquinando su venganza.

27

La primera vez que maté una presa, Tiggy me dijo:

—¡Bien hecho, querido!

Hincó los dedos largos y delgados en el cuerpo del conejo, por debajo de la capa de pelo reventada, recogió un poco de sangre con la palma de la mano y me embadurnó cariñosamente con ella la frente, las mejillas y la nariz.

—Bueno —añadió con su voz gutural—, ya estás bautizado.

El bautismo de sangre… Una tradición de tiempos remotos. Una muestra de respeto hacia la presa muerta, un acto de comunión por parte de quien le ha dado muerte. Y también una forma de señalar el paso de niño a… No; a hombre no. Eso no. Pero casi.

Y así, a pesar de mi torso sin pelo y mi voz de pito, tras el bautismo yo me consideraba un cazador hecho y derecho. Sin embargo, alrededor de mi decimoquinto cumpleaños me informaron de que iba a pasar por el verdadero rito iniciático de la caza a rececho.

El ciervo rojo.

Ocurrió en Balmoral. A primera hora de la mañana, con niebla en las montañas y una ligera neblina en las zonas bajas. Mi guarda, Sandy, era más viejo que Matusalén. Tenía pinta de cazar mastodontes. De la vieja escuela, así es como Willy y yo lo describíamos a él y a las personas por el estilo. Sandy hablaba como en la vieja escuela, olía a la vieja escuela y, sobre todo, se vestía como en la vieja escuela. Chaqueta de camuflaje desgastada sobre un jersey verde raído, pantalones bombachos de tweed al estilo de Balmoral, calcetines llenos de abrojos y botas de montaña de goretex. En la cabeza llevaba una clásica gorra plana de tweed que tenía el triple de años que yo, oscurecida por el sudor acumulado durante siglos.

Avancé sigilosamente junto a él a través del brezo y de la ciénaga durante toda la mañana. El ciervo apareció ante mí. Poco a poco nos situamos más cerca, mucho más cerca, hasta que nos paramos y lo observamos masticar hierba seca. Sandy se aseguró de que seguíamos teniendo el viento en contra.

En ese momento señaló hacia mí, a mi escopeta. Era la hora de la verdad.

Se apartó un poco para dejarme espacio.

Levantó los prismáticos. Podía oír su respiración sibilante mientras yo apuntaba despacio, hasta que apreté el gatillo. Se oyó un estallido brusco y atronador. Luego, silencio.

Nos pusimos de pie y caminamos hasta la presa. Cuando la alcanzamos, me sentí aliviado. Ya tenía la mirada empañada. Lo preocupante siempre era causarle una herida al animal sin llegar a matarlo y hacer que huyera al bosque obligándolo a sufrir en solitario durante horas. A medida que su mirada se iba apagando más y más, Sandy se arrodilló a su lado, sacó su reluciente cuchillo, se lo clavó en el cuello y le abrió el vientre en canal. Me hizo una señal para que me arrodillara también, y lo hice.

Pensaba que íbamos a ponernos a rezar.

—¡Más cerca! —me espetó Sandy.

Me acerqué, lo suficiente para notar el olor del sobaco de Sandy. Él me colocó una mano detrás del cuello, y entonces pensé que iba a abrazarme, a felicitarme. «Buen chico». Pero en vez de eso me metió la cabeza en el cuerpo de la res muerta.

Quise apartarme, pero Sandy me empujó más fuerte. Me sorprendió su fuerza abrumadora. Y el olor infernal. Noté cómo me subía el desayuno desde el estómago. «Por favor, por favor, no permitas que vomite en el cuerpo de un ciervo». Al cabo de un minuto ya no notaba ningún tipo de olor, porque no podía respirar. Tenía la nariz y la boca llenas de sangre, vísceras y un calor intenso y desagradable.

«Bueno —pensé—, esto es la muerte. El bautizo de sangre total».

Pero no fue como imaginaba.

Empecé a perder la conciencia. Adiós, mundo.

Sandy me apartó del animal.

Llené los pulmones del aire fresco de la mañana. Me dispuse a limpiarme la cara, que chorreaba sangre, pero Sandy me sujetó la mano.

—No, muchacho, no.

—¿Qué?

—¡Deja que se seque, muchacho! ¡Deja que se seque!

Avisamos por radio a los soldados que aguardaban en el valle. Nos mandaron caballos. Mientras esperábamos, nos pusimos manos a la obra, a destripar el ciervo. Le quitamos el estómago y esparcimos los trozos de desecho por la colina para los halcones y los buitres, le arrancamos el hígado y el corazón, le cortamos el pene, con cuidado para no reventar la uretra, ya que nos habríamos puesto perdidos de orín y no nos habríamos quitado el olor ni con diez baños escoceses.

Llegaron los caballos. Colocamos el ciervo destripado sobre un semental blanco, lo enviamos directo a la despensa y regresamos al castillo caminando juntos.

A medida que se me secaba la cara y se me calmaba el estómago, empecé a sentirme lleno de orgullo. Había sido bueno con el ciervo, tal como me habían enseñado. Un disparo limpio directo al corazón. Además de ser indolora, la muerte instantánea conservaba la carne en buen estado. Si solo lo hubiera herido, o hubiera permitido que nos viera, se le habría acelerado el corazón, su sangre se habría llenado de adrenalina y los filetes serían incomestibles. La sangre de mi cara no tenía adrenalina, lo cual demostraba mi buena puntería.

También había sido bueno con la naturaleza. Controlar la población de ciervos implicaba salvar el conjunto de la raza y asegurarles comida suficiente durante el invierno.

Finalmente, había sido bueno con la comunidad. Un buen ciervo en la despensa significaba una gran cantidad de carne de calidad para toda la gente de Balmoral.

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