En la sombra
Primera parte » 58
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Me habían inculcado todas esas virtudes desde muy pequeño, pero ahora las había experimentado en carne propia y las llevaba estampadas en la cara. No era un bautismo religioso, pero esa especie de mascarilla facial tenía para mí el mismo efecto. Mi padre era una persona muy religiosa, rezaba todas las noches, pero ahora, en ese instante, también yo me sentía cerca de Dios. Si amabas la naturaleza, según decía siempre mi padre, debías saber cuándo dejarla tranquila y cuándo intervenir en ella, lo cual implicaba practicar la caza selectiva, y eso implicaba matar. Era una forma de culto.
En la despensa, Sandy y yo nos quitamos la ropa y nos ayudamos mutuamente a comprobar que no tuviéramos garrapatas. Esos bichos abundaban en los ciervos rojos, y, si se te agarraba una a la pierna, se te metía muy dentro de la piel y muchas veces trepaba hasta los testículos. Un pobre guardabosques había muerto hacía poco de la enfermedad de Lyme.
Estaba muy asustado. Cada peca me parecía una condena a muerte.
—¿Eso es una garrapata? ¿Lo es?
—¡No, muchacho, no!
Me vestí.
Me volví hacia Sandy para despedirme de él y agradecerle la experiencia. Tenía ganas de estrecharle la mano, de darle un abrazo. Pero una serena vocecilla dentro de mí me decía: «No, muchacho, no».
28
A Willy también le gustaba cazar, y esa fue su excusa para no venir a Klosters ese año. Prefería quedarse en la finca de la abuela, en Norfolk, ocho mil hectáreas que los dos adorábamos: Sandringham.
—Prefiero cazar perdices —le dijo a nuestro padre.
Era mentira. Nuestro padre no lo sabía, pero yo sí. La verdadera razón por la que Willy se quedaba en casa era que no soportaba el Muro.
Antes de esquiar en Klosters, siempre teníamos que caminar hasta un lugar determinado al pie de la montaña y quedarnos plantados delante de unos setenta fotógrafos colocados en tres o cuatro hileras ascendentes; el Muro. Apuntaban con el objetivo, gritaban nuestros nombres y efectuaban disparos con las cámaras mientras nosotros entornábamos los ojos, nos removíamos nerviosos y escuchábamos a nuestro padre responder a sus preguntas estúpidas. El Muro era el precio que teníamos que pagar por una hora de esquí sin moscones. Solo nos dejaban un rato en paz si antes posábamos delante del Muro.
A mi padre no le gustaba el Muro, eso lo sabía todo el mundo; pero Willy y yo lo odiábamos profundamente.
De modo que Willy se quedó en casa, descargándose con las perdices. Yo también me habría quedado si hubiera podido, pero no tenía edad suficiente para hacerme respetar como él.
En ausencia de Willy, mi padre y yo teníamos que enfrentarnos solos al Muro, lo cual lo hacía mucho más desagradable. Yo permanecía cerca de mi padre durante los zumbidos y los disparos de las cámaras. Recuerdos de las Spice Girls. Recuerdos de mi madre, que también odiaba Klosters.
«Por eso está escondida —pensé—. Por esto. Por esta mierda».
Mi madre tenía otros motivos además del Muro para detestar Klosters. Cuando yo tenía tres años, mi padre y un amigo suyo sufrieron un horrible accidente esquiando allí. Les sorprendió una tremenda avalancha. Mi padre escapó por poco, pero su amigo no lo consiguió. Quedó enterrado bajo aquella montaña, y sus últimas boqueadas debieron de ser resuellos ahogados por la nieve. Mi madre a menudo hablaba de él con lágrimas en los ojos.
Después del Muro, intentaba centrarme en pasármelo en grande. Me encantaba esquiar y se me daba bien. Pero una vez que empezaban a asaltarme pensamientos sobre mi madre, quedaba enterrado bajo mi propia avalancha de emociones. Y de preguntas. «¿Está bien divertirse en un sitio que mamá odia? ¿Estoy siendo malo con ella si hoy me divierto esquiando aquí? ¿Soy un mal hijo porque me hace ilusión montarme en el telesilla con papá, solos él y yo? ¿Sabrá mamá que la echo de menos, y a Willy, pero que también me gusta tener a papá para mí un poquito?».
¿Cómo iba a explicarle todo aquello cuando volviera?
Cierto tiempo después de esas vacaciones en Klosters, compartí con Willy mi teoría de que nuestra madre estaba escondida en alguna parte. Él reconoció que antes pensaba lo mismo, pero al final había descartado la idea.
—Se ha ido, Harold. No va a volver.
No, no, no. No quería escuchar nada de eso.
—¡No, Willy! ¡Ella siempre decía que tenía ganas de desaparecer! ¡Tú la oíste!
—Sí, sí que lo decía. ¡Pero escucha, Harold, ella nunca nos haría una cosa así!
Yo también había pensado lo mismo, y se lo comenté.
—¡Pero tampoco se habría muerto, Willy! ¡Eso tampoco nos lo haría!
—Tienes razón, Harold.
29
Descendimos por el largo camino de acceso de la casa, pasamos junto a los ponis blancos de la abuela cruzando el campo de golf, al lado del green donde una vez la Reina Madre consiguió un hoyo en uno, junto al policía en su pequeña caseta (saludo militar), superamos unos cuantos badenes, y luego cruzamos un pequeño puente de piedra y salimos a un tranquilo camino rural.
Mi padre conducía entornando los ojos frente al parabrisas.
—Hace una tarde espléndida, ¿verdad?
Balmoral. Era el verano de 2001.
Ascendimos por una colina empinada, pasamos junto a la destilería de whisky, recorrimos un camino ventoso y descendimos entre campos de pasto de ovejas que estaban plagados de conejos. Es decir, de los conejos que habían tenido la suerte de escapar de nosotros, ya que ese mismo día nos habíamos cargado a un buen puñado. Al cabo de unos minutos, enfilamos un sendero polvoriento y recorrimos cuatrocientos metros hasta una valla para ciervos. Salté del coche y abrí la verja del prado. Ahora, por fin, como estábamos en caminos privados y alejados, podía conducir. Con otro salto me coloqué al volante, pisé el acelerador y puse en práctica todo lo aprendido durante aquellas lecciones de conducción que mi padre me dio durante años, a menudo sentado en su regazo. Avancé a través del brezo purpúreo y me adentré en los rincones más profundos de aquel inmenso páramo de Escocia. Frente a nosotros, como un viejo amigo, se hallaba Lochnagar, salpicado de nieve.
Llegamos al último puente de madera; los neumáticos producían aquella relajante melodía que siempre asociaba con Escocia. Tric, trac, tric, trac… Tric, trac, tric, trac. Justo debajo de nosotros, un riachuelo burbujeaba en la superficie tras la intensa lluvia. El aire estaba saturado de mosquitos. Entre los árboles, en los últimos instantes de luz diurna, logramos adivinar la imagen de unos ciervos enormes observándonos. Justo llegábamos a un gran claro. A la derecha había un viejo pabellón de caza construido con piedras; a la izquierda, el frío arroyo avanzaba hasta el río atravesando el bosque; y allí estaba: ¡Inchnabobart!
Entramos corriendo en el pabellón de caza. ¡La cálida cocina! ¡La vieja chimenea! Me dejé caer sobre el guardafuegos, con su raído asiento rojo, y aspiré el olor de aquella enorme pirámide de leña de abedul apilada a su lado. Si existe algún olor más embriagador o sensual que el del abedul, no sé cuál puede ser. El abuelo, que había salido media hora antes que nosotros, ya estaba ocupándose de la parrilla al fondo del pabellón. Se hallaba de pie en medio de una densa nube de humo y le corrían lágrimas por las mejillas. Llevaba puesta una gorra plana, que de vez en cuando utilizaba para enjugarse la frente o golpear a una mosca. Cuando oyó crepitar los filetes de venado, les dio la vuelta con unas enormes pinzas de cocina y a continuación colocó en la parrilla una rosca de salchichas de Cumberland. Yo solía suplicarle que preparara una cazuela de su especialidad, espaguetis a la boloñesa. Esa noche, por algún motivo no lo hice.
La especialidad de la abuela era el aderezo de la ensalada, y había preparado una gran cantidad. A continuación recorrió la larga mesa encendiendo las velas y todos ocupamos las sillas de madera con asientos de anea que crujían al sentarse. Con frecuencia recibíamos a algún invitado en esas cenas, algún personaje famoso o eminente. Muchas veces me encontraba conversando sobre la temperatura de la carne o el fresquito que hacía esa noche con algún primer ministro o un obispo. Pero esa noche solo estábamos los de la familia.
Llegó mi bisabuela, y me apresuré a ofrecerle la mano. Siempre le ofrecía la mano, pues mi padre así me lo había inculcado, pero esa noche vi que Gan-Gan realmente necesitaba esa ayuda extra. Acababa de celebrar su centésimo primer cumpleaños y se la veía delicada.
Sin embargo, conservaba su elegancia. Iba vestida de azul, según recuerdo. Toda de azul. Una chaqueta de punto de color azul, una falda de cuadros escoceses de color azul, y un sombrero azul. El azul era su color favorito.
Pidió un cóctel martini, y al cabo de unos instantes alguien le acercó un vaso helado lleno de ginebra. La observé dar un sorbo, evitando con pericia la rodaja de limón que flotaba en la superficie, y en un impulso decidí unirme a ella. Nunca me había tomado un cóctel delante de mi familia, de modo que sería todo un acontecimiento. Una pequeña rebelión.
Pero resultó ser una rebelión en vano. Nadie se preocupó. Nadie se dio cuenta. Nadie, excepto Gan-Gan, que se espabiló momentáneamente al verme jugar a ser adulto, con la ginebra y la tónica en la mano.
Me senté a su lado. La conversación empezó como una charla desenfadada, y poco a poco se volvió más profunda. Hubo una conexión especial. Esa noche Gan-Gan hablaba conmigo en serio, me escuchaba. No acababa de creérmelo, y me pregunté por qué. ¿Sería la ginebra? ¿Serían los diez centímetros que había crecido desde el verano? Con una estatura de un metro y casi ochenta y cinco centímetros, era uno de los miembros más altos de la familia. Eso sumado al hecho de que Gan-Gan se estaba encogiendo hacía que sobresaliera muy por encima de ella.
Me gustaría recordar de qué estuvimos hablando exactamente. Me gustaría haberle hecho más preguntas y haber tomado nota de las respuestas. Ella fue la reina durante la Segunda Guerra Mundial. Vivía en el palacio de Buckingham mientras las bombas de Hitler caían del cielo. (Nueve impactaron directamente en el palacio). Había cenado con Churchill; con el de los tiempos de la guerra. Y también ella gozó durante un tiempo de la elocuencia propia de Churchill. Se había hecho popular por su afirmación de que jamás, por muy feas que se pusieran las cosas, abandonaría Inglaterra, y la gente la adoraba por ello. Yo la adoraba por ello. Amaba mi país, y la idea de declarar que jamás lo abandonaría me pareció maravillosa.
Claro que otras de las cosas que dijo le acarrearon mala fama. Era de otra época, y disfrutó siendo reina de una forma que a algunos les parecía indecente. Pero yo no veía nada de eso. Era mi Gan-Gan. Había nacido tres años antes de que se inventara el avión y sin embargo fue capaz de tocar los bongós en su centésimo cumpleaños. Ahora me cogía la mano como si yo fuera un caballero que había regresado a su hogar tras la guerra, y me hablaba con cariño y con sentido del humor; y esa noche, esa noche mágica, también con respeto.
Ojalá le hubiera preguntado por su marido, el rey Jorge VI, que había muerto joven. O por su cuñado, el rey Eduardo VIII, a quien al parecer detestaba. Ese hombre había renunciado a la Corona por amor. Y Gan-Gan creía en el amor, pero nada era más importante que la Corona. Además, según se decía, la mujer que él había elegido le inspiraba desprecio.
Ojalá le hubiera preguntado por sus parientes lejanos de Glamis, la tierra de Macbeth.
Ella había visto muchas cosas, sabía muchas cosas, había muchas cosas que aprender de ella. Pero yo no tenía la madurez suficiente, a pesar del rápido estirón, ni la valentía suficiente, a pesar de la ginebra.
Sin embargo, la hice reír. Eso era normalmente tarea de mi padre; tenía una habilidad tremenda para encontrarle a Gan-Gan el punto de la risa floja. La quería todo lo que era capaz de querer a alguien, o tal vez más. Recuerdo que nos miró varias veces, y parecía contento de ver que yo era capaz de arrancarle tales risas a su persona favorita.
En un momento dado, le hablé a Gan-Gan de Ali G, el personaje interpretado por Sacha Baron Cohen. Le enseñé a decir «Booyakasha» y le mostré cómo levantar los dedos en el aire igual que hacía Sacha. Ella no lo pillaba, no tenía ni idea de qué le estaba diciendo, pero lo pasó de maravilla intentando poner los dedos de aquella forma y pronunciar la palabra. Cada vez que la repetía, «Booyakasha», daba un gritito, y eso hacía sonreír a todos los demás. Y a mí eso me ponía contento, me emocionaba. Hacía que sintiera… que formaba parte del clan.
Esa era mi familia, y esa noche como mínimo yo desempeñaba un papel destacado.
Y ese papel, por una vez, no era el del Díscolo.
30
Unas semanas más tarde, de vuelta en Eton, me encontré cruzando una puerta doble de color azul, casi exactamente del mismo tono que una de las faldas escocesas de Gan-Gan. Pensé en ella y en cuánto le habría gustado esa puerta.
Era la puerta de la sala del televisor, uno de mis lugares de refugio.
Casi a diario, justo después de comer, mis amigos y yo nos dirigíamos a esa sala y veíamos un rato la serie Vecinos, o quizá Home and Away, antes de pasar a los deportes. Pero ese día de septiembre de 2001 la sala estaba abarrotada y en la televisión no daban Vecinos.
Daban noticias.
Noticias que parecían una pesadilla.
¿Edificios en llamas?
—Guau, vaya. ¿Qué es?
—Nueva York.
Intentaba alcanzar a ver la pantalla entre todos los chicos apiñados en la sala. Le pregunté al de mi derecha qué estaba ocurriendo.
Me dijo que Estados Unidos había sufrido un ataque.
Los terroristas habían estrellado aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York.
La gente… saltaba al vacío. Desde las azoteas de edificios de medio kilómetro de altura.
En la sala cada vez éramos más; los chicos se apiñaban en el centro, se mordían los labios y las uñas, se tiraban de los lóbulos de las orejas… Atónitos y en silencio, con la confusión propia de nuestra edad, observábamos el único pedazo de mundo que habíamos visto desaparecer entre nubes de humo tóxico.
—Es la Tercera Guerra Mundial —musitó alguien.
La puerta azul se abrió de golpe y entró una marea de chicos.
Nadie decía ni mu.
Cuánto caos, cuánto dolor.
¿Qué podía hacerse? ¿Qué podíamos hacer nosotros?
¿Qué debíamos hacer?
Al cabo de unos días, cumplí diecisiete años.
31
Muchas veces era lo primero que me decía a mí mismo al despertarme por la mañana: «Puede que hoy sea el día».
Me lo repetía después de desayunar: «Puede que aparezca esta mañana».
Volvía a repetírmelo después de comer: «Puede que aparezca durante la tarde».
A fin de cuentas, ya habían pasado cuatro años. Seguramente ya se habría establecido, ya habría forjado una nueva vida, una nueva identidad. «Quizá, por fin, aparezca hoy, dé una rueda de prensa y sorprenda al mundo entero». Tras contestar a las preguntas de los atónitos periodistas, se inclinaría sobre el micrófono: «¡William! ¡Harry! Si podéis oírme, ¡venid conmigo!».
Por la noche, en sueños, era cuando daba más rienda suelta a la imaginación. En esencia, el contenido era el mismo, pero los escenarios y los trajes variaban ligeramente. A veces, ella orquestaba un regreso triunfal; otras veces, me tropezaba con ella en alguna parte. En una esquina. En una tienda. Siempre aparecía disfrazada. Llevaba una aparatosa peluca rubia, o unas enormes gafas de sol. Y, con todo, yo siempre la reconocía.
Avanzaba un paso y susurraba: «Mamá, ¿eres tú?».
Antes de que ella pudiera responderme, antes de que lograra averiguar dónde había estado y por qué no había regresado, me despertaba.
Miraba el dormitorio a mi alrededor con un sentimiento de decepción devastador.
Solo había sido un sueño. Otro sueño.
Pero entonces me decía a mí mismo: «¿Quizá eso significa… que hoy es el día?».
Era como esos fanáticos religiosos que creen que el mundo se acabará en tal o cual fecha, y cuando pasa el día y no sucede nada, su fe permanece intacta de todos modos.
«Debo de haber interpretado mal las señales, o he mirado mal el calendario».
Supongo que muy dentro de mí sabía la verdad. La ilusión de que mi madre estuviera escondida, preparándose para regresar, nunca fue tan potente como para negar por completo la realidad. Pero sí lo bastante para conseguir retrasar la aparición del dolor más intenso. Todavía no había llorado su muerte, todavía no había derramado lágrimas, excepto aquella única vez junto a su tumba; todavía no había asimilado la cruda realidad. Una parte de mi cerebro lo sabía, pero la otra parte se mantenía completamente al margen, y la línea que separaba esas dos partes hacía que el debate de mi conciencia estuviera del todo dividido, polarizado, estancado. Tal como yo quería.
A veces tenía una seria conversación conmigo mismo. «Todos los demás creen que mamá está muerta, y punto, así que tal vez deberías subirte al carro».
Sin embargo, luego pensaba: «Me lo creeré cuando tenga pruebas».
Con pruebas concluyentes, me decía, podría llorar su muerte, derramar las lágrimas que hiciera falta y seguir adelante.
32
No recuerdo de dónde sacábamos la mercancía. De alguno de mis colegas, imagino. O de varios. Siempre que la conseguíamos, tomábamos posesión de un diminuto cuarto de baño de la planta superior, y allí formábamos una cadena sorprendentemente bien ideada. El que fumaba se sentaba a horcajadas encima de la taza del váter, junto a la ventana; el segundo se apoyaba en el lavabo; el tercero y el cuarto se sentaban dentro de la bañera vacía, con las piernas colgando, esperando a que les llegara el turno. Dabas una calada, echabas el humo por la ventana y pasabas a la siguiente posición, por orden rotativo, hasta que se terminaba el porro. Luego nos trasladábamos a la habitación de alguno y nos partíamos de risa mientras veíamos un par de episodios de una nueva serie, Padre de familia. Yo sentía un vínculo extrañamente fuerte con Stewie, un profeta sin honor.
Sabía que era una conducta inadecuada, que aquello estaba mal, y mis colegas también lo sabían. Solíamos comentar entre nosotros, mientras estábamos colocados, lo tontos que éramos por tirar por la borda los años de educación en Eton. Una vez incluso llegamos a hacer un pacto. Al inicio de la primera temporada de exámenes, a los que llamábamos «juicios», nos comprometimos a dejar de fumar hasta que hubiera terminado el último «juicio». Pero a la noche siguiente, mientras estaba tumbado en la cama, oí a mis colegas en el pasillo entre risitas y susurros. Iban hacia el cuarto de baño. «¡Joder! ¡Ya están rompiendo el pacto!». Me levanté de la cama y me uní a ellos. Mientras ocupábamos nuestras respectivas posiciones en la bañera, el lavabo y el váter, mientras la maría empezaba a hacer su efecto, negábamos con la cabeza.
Qué idiotas éramos al pensar que podíamos cambiar.
«Pásame el porro, colega».
Una noche, sentado en la taza del váter, di una calada fuerte, levanté la cabeza para mirar la luna y luego bajé la vista a los jardines de la escuela. Vi a varios agentes de la Policía del Valle del Támesis caminando de un lado a otro. Estaban allí montando guardia por mí. Pero en lugar de hacer que me sintiera protegido, hacían que me sintiera enjaulado.
Más allá de donde ellos estaban, sin embargo, se hallaba la seguridad. Allí, en el exterior, todo era paz y tranquilidad. «Qué bonito», pensé. Cuánta tranquilidad hay en el mundo de ahí fuera… para algunos. Para aquellos que tienen la libertad de ir a buscarla.
Justo en ese momento vi algo que cruzó el patio como un rayo. Se paró en seco bajo una de las farolas naranjas de la calle. Yo también me quedé quieto, y me asomé un poco a la ventana.
¡Un zorro! ¡Y me miraba directamente a mí!
—¡Mirad!
—¿Qué pasa, tío?
—Nada.
Me dirigí al zorro en voz baja:
—Hola, colega. ¿Cómo va eso?
—¿Qué estás diciendo?
—Nada, nada.
A lo mejor fue por la maría —sin duda fue por eso—, pero sentí una potente e intensa afinidad con aquel zorro. Sentía un vínculo más fuerte con él que con los chicos del cuarto de baño o con los demás compañeros de Eton; más incluso que con los Windsor que vivían lejos, en el castillo. En realidad, aquel pequeño zorro, como el leopardo en Botsuana, era como un mensajero enviado por alguien desde otro mundo. O tal vez desde el futuro.
Ojalá hubiera sabido quién lo enviaba.
Y cuál era el mensaje.
33
Siempre que volvía a casa de la escuela, me escondía.
Me escondía arriba, en nuestro cuarto. Me escondía en mis nuevos videojuegos. No paraba de jugar a Halo contra un estadounidense que se había puesto el nombre de Profeta y que solo me conocía como BillandBaz.
Me escondía en el sótano, debajo de Highgrove, a menudo junto con Willy.
Lo llamábamos «el club H». Mucha gente pensaba que la «H» era de Harry, pero era de Highgrove.
Ese sótano había sido un refugio antibombas. Para llegar abajo, había que cruzar una gruesa puerta blanca a nivel de calle, luego descender un empinado tramo de escalones de piedra, avanzar a tientas a lo largo de una superficie de piedra húmeda, bajar tres escalones más, seguir descendiendo por un largo pasillo húmedo con el techo bajo y arqueado, pasar junto a varias bodegas de vinos donde Camila guardaba sus botellas más preciadas, dejar atrás una fresquera y varios cuartos trasteros llenos de cuadros, equipos de polo y regalos absurdos de gobiernos extranjeros y potentados. (Nadie los quería pero no podíamos volver a regalarlos, ni donarlos, ni tirarlos, de manera que se habían incluido cuidadosamente en el inventario antes de guardarlos a cal y canto). Pasado el último cuarto trastero había unas puertas verdes con unos pequeños pomos de latón, y al otro lado se encontraba el club H. No tenía ventanas, pero las paredes de ladrillo, pintadas de color hueso, evitaban que resultara claustrofóbico. Además, teníamos el espacio equipado con bonitas piezas de diversas residencias reales. Una alfombra persa, unos sofás marroquís de color rojo, una mesa de madera y una diana electrónica. También habíamos instalado un enorme equipo de sonido. No sonaba especialmente bien, pero sí a todo volumen. En un rincón había un carrito para bebidas, bien provisto gracias a nuestra creatividad a la hora de tomarlas en préstamo, de modo que allí siempre se respiraba un ligero olor a cerveza y otras bebidas alcohólicas. Sin embargo, gracias a un gran conducto de ventilación bien construido, también olía a flores. Constantemente entraba el aire fresco de los jardines de mi padre, con notas de lavanda y madreselva.
Willy y yo solíamos inaugurar las noches del fin de semana colándonos en algún pub cercano, donde tomábamos algunas copas, unas cuantas pintas de mordedura de serpiente, y luego reuníamos a un grupo de colegas y nos los llevábamos al club H. Nunca éramos más de quince, aunque por algún motivo tampoco éramos menos.
Me vienen a la cabeza algunos nombres: Badger. Casper. Nisha. Lizzie. Skippy. Emma. Rose. Olivia. Chimp. Pell. Todos nos llevábamos bien, y a veces incluso mejor que bien. Había mucho besuqueo inocente, bastante relacionado con la ingesta de alcohol, lo cual no era tan inocente. Ron con Coca-Cola, o vodka, muchas veces servido en vasos largos, rociado con Red Bull al gusto.
A menudo nos poníamos piripis, y a veces íbamos colocadísimos. Sin embargo, allí nadie consumió ni trajo drogas jamás. Nuestros guardaespaldas siempre andaban cerca, lo cual imponía control, pero era algo más que eso; teníamos claros los límites.
El club H era el escondite perfecto para un adolescente, pero en especial para la clase de adolescente que yo era. Cuando quería paz, el club H me la proporcionaba. Cuando quería portarme mal, el club H era el lugar más seguro donde pasar a la acción. Cuando quería soledad, ¿qué mejor que un refugio antiaéreo en mitad de la campiña británica?
A Willy le pasaba igual. Muchas veces me parecía que estaba más tranquilo allí que en ninguna otra parte del mundo. Y creo que para él era un alivio contar con un lugar donde no tuviera la necesidad de fingir que yo era un desconocido.
Cuando estábamos los dos solos, jugábamos a juegos, escuchábamos música… Y hablábamos. Con un fondo musical a todo volumen en el que sonaba Bob Marley, o Fatboy Slim, o DJ Sakin, o Yomanda, Willy a veces intentaba hablarme de nuestra madre. El club H nos parecía el único lugar lo bastante seguro para abordar ese tabú.
Solo había un problema: yo no estaba predispuesto. En cuanto tocábamos esa cuestión… cambiaba de tema.
Él se quedaba frustrado. Y yo no prestaba atención a su frustración. Lo más probable es que no me diera ni cuenta.
Esa torpeza emocional, esa indisposición para empatizar, no era algo que yo eligiera. Simplemente, no era capaz de hacerlo. Ni siquiera me encontraba cerca de sentirme preparado para ello.
Uno de los temas que siempre me salvaba era lo fantástico que resultaba poder actuar sin que nos vieran. Hablábamos largo y tendido sobre el gozo, el lujo, de la privacidad, de poder pasar un par de horas lejos de la mirada fisgona de la prensa. Ese era nuestro verdadero paraíso, nos decíamos, donde aquellos tíos no podrían encontrarnos jamás.
Y entonces nos encontraron.
A finales de 2001, Marko me hizo una visita en Eton. Quedamos para comer en una cafetería del centro de la ciudad, lo cual me pareció todo un detalle. Si a eso le sumaba que era la excusa perfecta para hacer novillos y escabullirme de la escuela, no podía por menos que sonreír de oreja a oreja.
Pero no; la mirada sombría de Marko indicaba que el motivo por el que estaba allí no era precisamente divertido.
—¿Qué pasa, Marko?
—Me han pedido que descubra la verdad, Harry.
—¿Sobre qué?
Sospechaba que se refería a mi reciente pérdida de virginidad, un humillante episodio con una mujer mayor a la que le gustaban mucho los caballos y que me trató igual que a un joven semental. La monté deprisa, tras lo cual me dio un azote en el culo y me mandó a paseo. Uno de mis muchos errores fue dejar que ocurriera en un campo, justo detrás de un pub muy concurrido.
Sin duda alguien nos había visto.
—¿La verdad sobre qué, Marko?
—Sobre si tomas drogas, Harry.
—¿Qué?
Al parecer la persona responsable del tabloide más importante del Reino Unido había telefoneado hacía poco a la oficina de mi padre para decirle que tenía supuestas pruebas de que yo consumía drogas en varios lugares, incluido el club H. Y también un cobertizo para bicicletas detrás de un pub. (No el mismo pub donde había perdido la virginidad). La oficina de mi padre mandó de inmediato a Marko a un encuentro clandestino con uno de los secuaces de esa persona en una turbia habitación de hotel, y este le planteó a Marko la cuestión. La misma que ahora Marko me planteaba a mí.
Volvió a preguntarme si era cierto.
Mentiras, dije. Todo mentiras.
Me leyó punto por punto lo que para aquella persona constituía un motivo de prueba. Yo se lo rebatí todo. Mal, mal, mal. Los hechos de base, los detalles; todo estaba mal.
Entonces le hice una pregunta a Marko. ¿Quién coño era esa persona?
Una sanguijuela asquerosa, deduje. Todos los que la conocían coincidían en que era una pústula en el culo para la humanidad, además de una periodista de mierda. Pero todo eso daba igual porque había conseguido abrirse paso hasta una posición desde donde ejercía un gran poder, y últimamente había decidido… emplearlo todo contra mí. Andaba a la caza del Repuesto, sin rodeos, y no tenía intención de disculparse por ello. No pensaba parar hasta haber conseguido tener mis huevos colgados en la pared de su despacho a modo de trofeo.
Estaba perdido.
—¿Por hacer lo que hacen todos los adolescentes, Marko?
—No, chico, no.
Según la periodista en cuestión, dijo Marko, yo era un adicto a las drogas.
—¿Un qué?
Y fuera como fuese, prosiguió Marko, eso era lo que iba a publicar.
Le sugerí lo que por mí la periodista podía hacer con su artículo. Le dije que fuera a verla y le dijera que se equivocaba en todo.
Él me prometió que así lo haría.
Unos días más tarde me telefoneó y me dijo que había hecho lo que le había pedido, pero que la periodista no se había creído nada y que ahora prometía ir no solo a por mí sino también a por él.
Seguro que mi padre haría algo, le dije. Le pararía los pies.
Se hizo un largo silencio.
No, respondió Marko. La oficina de mi padre había decidido… adoptar un enfoque diferente. En lugar de pedirle a la periodista que dejara de tirarse a la yugular de la gente, la Casa Real había decidido seguirle el juego. Pensaban actuar a lo Neville Chamberlain.
¿Me explicó Marko por qué? ¿O me enteré luego de que el motor principal de esa asquerosa estrategia era el mismo asesor al que mi padre y Camila habían contratado hacía poco, el mismo que había filtrado los detalles de nuestros encuentros privados con Camila? Ese asesor, dijo Marko, había decidido que el mejor enfoque para el caso era… sacrificarme a mí. Así, de un plumazo, apaciguarían a la periodista y mejoraría la reputación de mi padre, que estaba en horas bajas. Entre tanto despropósito, tanta extorsión y tanta artimaña, el asesor había descubierto un resquicio de esperanza, un pequeño premio de consolación para mi padre. Ya no sería más el marido infiel, sino que el mundo lo vería como el pobre padre abrumado que tenía que batallar a solas con un hijo consumido por las drogas.
34
Regresé a Eton e intenté quitarme todo eso de la cabeza y centrarme en los estudios.
Intenté conservar la calma.
Escuchaba una y otra vez el CD al que siempre recurría cuando necesitaba relajarme: Sonidos del Okavango. Cuarenta pistas: Grillos. Mandriles. Tormenta. Truenos. Pájaros. Leones y hienas disputándose una presa. Por la noche, tras apagar las luces, le daba al «play». Mi dormitorio sonaba como un afluente del Okavango. Era la única forma de que pudiera dormir.
Al cabo de unos días, el encuentro con Marko empezó a desdibujarse en mi conciencia. Empezaba a parecer una simple pesadilla.
Pero entonces me desperté a la verdadera pesadilla.
Un llamativo titular en primera plana: «La vergüenza de las drogas de Harry».
Era enero de 2002.
Siete páginas del interior del periódico contenían todas las mentiras que Marko me había expuesto y muchas más. La noticia no solo me describía como un consumidor habitual de drogas, afirmaba que recientemente había estado en un centro de rehabilitación. «¡Un centro de rehabilitación!». La periodista se había hecho con algunas fotos en las que aparecíamos Marko y yo durante una visita a un centro de rehabilitación del extrarradio unos meses antes, lo cual formaba parte de mis labores benéficas como miembro de la realeza, y las había utilizado haciendo que parecieran pruebas visuales de su invención difamatoria.
Miré las fotos y leí la noticia conmocionado. Me sentía asqueado, horrorizado. Me imaginaba a todo el mundo, a todos y todas mis compatriotas, leyendo esas cosas, creyéndoselas. Ya oía a gentes de todos los países de la Commonwealth cotilleando sobre mí.
«Madre mía, ese chico es una deshonra».
«Su pobre padre… ¡Después de todo lo que ha tenido que soportar!».
Además, se me partía el corazón al pensar que, en parte, todo eso era obra de mi propia familia, de mi propio padre y de mi futura madrastra; ellos habían secundado esas estupideces. ¿Y para qué? ¿Para vivir su vida un poco más tranquilos?
Llamé a Willy. No era capaz de articular palabra, y él tampoco. Se mostró más que comprensivo. («Qué injusto, Harold».). Había momentos en que incluso estaba más enfadado que yo por todo lo sucedido, porque tenía acceso a más detalles sobre el asesor y los tratos bajo mano que habían conducido a ese sacrificio público del Repuesto.
Y sin embargo, al mismo tiempo, me aseguraba que no podía hacerse nada de nada. Era la vida de nuestro padre. Era Camila. Era la vida de la realeza.
Era nuestra vida.
Telefoneé a Marko, y también él me ofreció consuelo.
Le pedí que me recordara el nombre de aquella periodista. Me lo dijo, y yo lo memoricé, pero en los años que han pasado desde entonces he evitado mencionarlo, y no deseo repetirlo aquí. Es algo que le ahorro al lector, pero también a mí mismo. Además, ¿será por pura coincidencia que el nombre de la mujer que cocinó la farsa de mi rehabilitación es un anagrama perfecto de Rehabber Kooks? ¿No es acaso una señal del universo?
¿Quién soy yo para ignorarla?
Después de varias semanas, los periódicos seguían haciéndose eco de la patraña de Rehabber Kooks, a la que añadían diversos detalles nuevos igualmente inventados sobre cosas que sucedían en el club H. Nuestro inocente club juvenil parecía un antro peor que el dormitorio de Calígula.
Por esa época, una de las mejores amigas de mi padre vino de visita a Highgrove. La acompañaba su marido. Mi padre me pidió que les mostrara la finca, y yo los guie por todo el jardín, pero no tenían ni el más mínimo interés por la lavanda ni por la madreselva.
—¿Dónde está el club H? —me preguntó la mujer, impaciente.
Era una ávida devoradora de toda clase de periódicos.
La llevé hasta la puerta, la abrí y señalé la oscura escalera.
Ella inspiró con fuerza y sonrió.
—¡Oh, si hasta huele a marihuana!
Pero no era cierto. Olía a tierra húmeda, piedra y musgo. Olía a flores recién cortadas, a tierra limpia… y puede que un poco a cerveza. Era un olor delicioso, a pura materia orgánica, pero esa mujer se había dejado llevar por el poder de la sugestión. Incluso cuando le juré que no había marihuana, que allí abajo jamás nos habíamos drogado, me respondió guiñándome el ojo.
Creí que iba a pedirme que le vendiera una bolsita.
35
Nuestra familia ya no crecía. No había en el horizonte nuevas nupcias, ni nuevos bebés. Mis tías y mis tíos, Sofía y Eduardo, Fergie y Andrés, habían dejado de traer nuevos miembros a sus familias. Y mi padre también, por supuesto. Habíamos entrado en una época estática.
Pero ahora, en 2002, me di cuenta, al igual que los demás, de que la familia no siempre iba a permanecer estática. Pronto seríamos menos.
Tanto la princesa Margarita como Gan-Gan estaban enfermas.
A la princesa Margarita no la conocía; la llamaba tía Margo. Era mi tía abuela, sí, compartíamos un 12,5 por ciento de nuestro ADN, pasábamos juntos las vacaciones largas; y, sin embargo, era prácticamente una total desconocida. Como la mayoría de los británicos, principalmente sabía cosas de ella por los demás. Conocía a rasgos generales su penosa vida. Grandes amores frustrados por culpa de la Casa Real. Muestras exageradas de autodestrucción esparcidas por los tabloides. Un matrimonio precipitado que ya desde el principio parecía condenado al fracaso y que acabó siendo peor de lo que se esperaba. Su marido le dejaba notas envenenadas por toda la casa, listas hirientes con todo lo que en ella suponía un problema. «¡Veinticuatro razones por las que te odio!».
Al hacerme mayor, la mujer no me inspiraba nada más allá de una ligera lástima y un gran nerviosismo. Podía matar una planta solo con mirarla. En general, cuando ella andaba cerca, yo guardaba las distancias. En alguna de aquellas más que raras ocasiones en que nuestros caminos se cruzaban, cuando se dignaba reconocer mi presencia y dirigirme la palabra, yo me preguntaba si tenía alguna opinión de mí. Daba la impresión de que no. O en cualquier caso, dado el tono que empleaba, su opinión no era muy favorable.
Entonces, unas Navidades, se aclaró el misterio. Toda la familia nos reunimos en Nochebuena para abrir los regalos, como siempre, una tradición germánica que sobrevivió al anglicanizar el apellido original de la familia, Saxe-Coburg-Gotha, como Windsor. Estábamos en Sandringham, en una gran sala con una larga mesa cubierta por un mantel blanco con tarjetas blancas que contenían nuestros nombres. Por costumbre, al empezar la noche, cada uno buscábamos nuestro sitio y nos plantábamos delante del montón de regalos. Luego todos empezábamos a abrirlos a la vez. Un todos contra todos en que los miembros de la familia se apuntaban sus tantos hablando al mismo tiempo, tirando de los lazos y rasgando el papel de regalo.
De pie frente a mi montón de regalos, decidí abrir primero el paquete más pequeño. En la tarjeta ponía: «De la tía Margo».
Levanté la cabeza para localizarla.
—¡Gracias, tía Margo! —grité.
—Espero que te guste, Harry.
Rompí el papel. Era…
¿Un bolígrafo?
—Oh, un bolígrafo. Guau —exclamé.
—Sí, un bolígrafo —respondió ella.
—Muchas gracias —le dije yo.
Pero no era un bolígrafo cualquiera, señaló. Tenía un diminuto pez de goma alrededor.
—¡Ah, un bolígrafo con un pez! Vale —repuse.
«Esto es muy cruel», me dije a mí mismo.
De vez en cuando, a medida que me hacía mayor, me asaltaba la idea de que la tía Margo y yo deberíamos haber sido amigos, ya que teníamos muchas cosas en común. Éramos dos Repuestos. Su relación con la abuela no era exactamente igual que la mía con Willy, pero se le parecía mucho. La rivalidad latente, la intensa actitud competitiva (fomentada en gran medida por el hermano mayor); todo me resultaba muy familiar. Además, la tía Margo no era muy diferente de mi madre. Las dos eran unas rebeldes, a las dos las habían catalogado de seductoras. (Pablo Picasso era uno de los muchos hombres obsesionados con Margo). De modo que cuando a principios de 2002 supe que había caído enferma, deseé haber tenido más tiempo para conocerla. Pero era demasiado tarde. Ya no podía valerse por sí misma. Después de que se quemara gravemente los pies en la bañera, quedó confinada a una silla de ruedas, y luego se decía que su estado empeoró a marchas forzadas.
Cuando murió, el 9 de febrero de 2002, mi primer pensamiento fue que sería un duro golpe para Gan-Gan, cuya salud también se estaba deteriorando.
La abuela intentó convencer a Gan-Gan para que no asistiera al funeral, pero ella se levantó a rastras de su cama de convalecencia, y pocos días después sufrió una mala caída.
Fue mi padre quien me explicó que no podía moverse de su cama de Royal Lodge, la extensa casa de campo en la que había vivido durante los últimos cincuenta años cuando no ocupaba su residencia principal, Clarence House. Royal Lodge estaba a unos cinco kilómetros al sur del castillo de Windsor, dentro de Windsor Great Park, en los límites de la finca perteneciente a la familia real; pero, igual que el castillo, tenía cierto aire de otra época. Unos techos vertiginosamente altos. Un camino empedrado que serpenteaba con serenidad entre rutilantes jardines.
La habían construido poco después de la muerte de Cromwell.
Me reconfortó saber que Gan-Gan se encontraba allí, en un lugar que sabía que adoraba. Estaba en su propia cama, según me dijo mi padre, y no sufría.
La abuela iba a verla a menudo.
Unos días más tarde, mientras estaba estudiando en Eton, recibí la llamada. Ojalá me acordara de quién era la voz del otro lado del teléfono; alguien de la Casa Real, creo. Recuerdo que fue justo antes de Pascua, en un día cálido y luminoso, con los rayos del sol colándose por la ventana y llenándola de vivos colores.
—Alteza, la Reina Madre ha muerto.
Un golpe para Willy y para mí, unos días más tarde. Gente de negro, caras afligidas, miradas llenas de déjà vu. Avanzábamos despacio detrás del carro de armas mientras sonaban las gaitas, cientos de gaitas. Ese sonido me hizo retroceder en el tiempo.
Empecé a temblar.
De nuevo recorrimos el horrible trecho hasta la abadía de Westminster. Luego subimos a un coche y nos unimos al cortejo fúnebre: desde el centro de la ciudad por Whitehall hasta The Mall, y de allí a la capilla de San Jorge.
Durante toda la mañana mis ojos no paraban de posarse en la parte superior del ataúd de Gan-Gan, donde habían depositado la corona. Sus tres mil diamantes y la cruz de piedras preciosas refulgían con la luz del sol de primavera. En el centro de la corona había un diamante del tamaño de una pelota de críquet. No era solo un diamante, de hecho; se trataba del gran diamante del mundo, un gigante de ciento cinco quilates llamado Koh-i-Noor. Era el diamante de mayor tamaño que un ser humano hubiera visto jamás. Fue adquirido por el Imperio británico en su época de esplendor, o más bien robado, según algunos. Había oído decir que era fascinante, y también que encerraba una maldición. Hubo hombres que lucharon por él, que murieron por él, y por eso se decía que la maldición afectaba a los varones.
Solo las mujeres estaban autorizadas a llevarlo.
36
Qué extraño, después de tanto luto, simplemente… celebrar una fiesta. Pero unos meses después llegó el Jubileo de Oro. El cincuenta aniversario del reinado de la abuela.
Durante cuatro días del verano de 2002, Willy y yo no parábamos de cambiarnos un elegante traje por otro y de subirnos a coches negros que arrancaban a toda pastilla hacia donde tenía lugar otra celebración, otro desfile, otra recepción u otra gala.
El Reino Unido estaba ebrio. La gente bailaba por las calles, cantaba en los balcones y los terrados de los edificios. Todo el mundo lucía alguna versión de la bandera británica. En una nación famosa por su reserva, era una impactante señal de entusiasmo sin límites.
Impactante para mí, al menos, porque la abuela no parecía nada impactada. Y lo que más me impactaba era lo poco impactada que estaba ella. No era que no sintiera emociones. Al contrario, siempre había pensado que la abuela sentía todas las emociones normales en un ser humano. Solo que sabía controlarlas mejor que el resto de los mortales.
Permanecí a su lado o detrás de ella durante la mayor parte de la celebración del Jubileo de Oro, y a menudo me asaltaba un pensamiento: «Si esto no consigue alterarla, verdaderamente se ha ganado su fama de gozar de una serenidad imperturbable. En cuyo caso, ¿quizá yo soy adoptado? Porque yo soy un manojo de nervios».
Tenía varias razones para estar nervioso, pero la principal era un escándalo en el punto de mira. Justo antes del Jubileo, un miembro del personal de la Casa Real me llamó a su pequeño despacho y, sin grandes rodeos, me preguntó:
—Harry, ¿está tomando cocaína?
Eso me recordó a la comida con Marko.
—¿Qué? ¿Que si estoy…? ¿Cómo podría…? ¡No!
—Hum… Bueno. ¿Puede ser que haya alguna foto? ¿Es posible que alguien tenga por ahí una foto suya tomando cocaína?
—¡No, por Dios! ¡Eso es ridículo! ¿Por qué?
Me explicó que se había topado con un periodista de prensa que afirmaba tener en su poder una foto donde se veía al príncipe Harry metiéndose una raya.
—Es un mentiroso. No es verdad.
—Ya. Imagínese que ese periodista está dispuesto a encerrar esa foto bajo llave para siempre. Pero a cambio quiere sentarse con usted y explicarle que lo que está haciendo es muy peligroso. Quiere darle un consejo vital.
—Ah, qué siniestro. Y taimado. Diabólico, de hecho, porque, si consiento en acudir a esa reunión, estoy admitiendo que soy culpable.
—Claro.
Me dije a mí mismo que, después de lo de Rehabber Kooks, todos querían echarme el guante. Ella había acertado con un golpe directo, y ahora todos sus contrincantes se habían puesto en fila para intentarlo.
¿Cuándo terminaría aquello?
Me tranquilicé pensando que ese periodista no tenía ninguna información, que solo estaba echando el anzuelo. Debía de haber oído rumores y estaba intentando seguirles la pista. «Tú aguanta», me dije a mí mismo, y luego le pedí al miembro del personal que llamara a ese periodista liante, que negara rotundamente su afirmación y que rechazara el trato. Sobre todo, que le denegara la petición de reunirse conmigo.
«No pienso ceder a ningún chantaje».
El miembro del personal asintió. De acuerdo.