En la sombra
Primera parte » 58
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Aunque… por supuesto que había estado tomando cocaína por aquella época. En casa de alguien, durante un fin de semana de caza, me ofrecieron una raya, y desde entonces había consumido algunas más. No era muy divertido, y no me hacía sentir especialmente contento tal como parecía que les pasaba a los demás, pero sí que hacía que me sintiera diferente, y ese era mi objetivo principal. Sentir. Ser diferente. Era un joven de diecisiete años dispuesto a probar casi cualquier cosa que alterara el orden preestablecido.
Al menos, eso era de lo que intentaba autoconvencerme. Por entonces, era tan capaz de mentirme a mí mismo como le había mentido a aquel miembro del personal.
Pero luego me di cuenta de que la cocaína no merecía la pena. Los riesgos superaban muy mucho a los beneficios. La amenaza de ser descubierto, la perspectiva de arruinar el Jubileo de Oro de la abuela, siempre en la cuerda floja con los locos de la prensa… Nada compensaba todo aquello.
La parte buena es que jugué bien mis cartas. Después de responder al bulo de aquel periodista, él no dijo nada. Tal como me imaginaba, no tenía ninguna foto, y, cuando el farol no le funcionó, se quitó de en medio sin hacer ruido. (Bueno, no se quitó del todo; se coló en Clarence House y se hizo muy buen amigo de Camila y de mi padre). Yo me sentía avergonzado por haber mentido. Pero también estaba orgulloso. Al verme en aquel aprieto, en una crisis que me producía auténtico pánico, no conservé la misma serenidad de la abuela, pero al menos conseguí proyectarla. Había canalizado una parte de su superpoder, de su heroico estoicismo. Lamenté haberle metido una trola al miembro del personal, pero la alternativa habría sido diez veces peor.
De modo que… ¿buen trabajo?
Tal vez no me hubieran adoptado, después de todo.
37
El martes, el día culminante del Jubileo, millones de personas vieron a la abuela dirigirse desde el palacio hasta la iglesia. Se celebraba una misa especial de acción de gracias. La abuela viajó con el abuelo en un carruaje de oro. Todo en él lo era, cada centímetro cuadrado, de deslumbrante oro. Puertas de oro, ruedas de oro, techo de oro, y encima de todo una corona de oro sostenida en alto por tres ángeles de reluciente oro fundido. El carruaje había sido construido trece años antes de la revolución de Estados Unidos, y aún rodaba perfectamente. Mientras los conducía a ella y al abuelo por las calles, en algún punto distante una magnífica formación coral entonó con fuerza el himno de la coronación. «Rejoice! Rejoice!». Por supuesto que nos alegrábamos. Incluso para los antimonárquicos más gruñones era difícil no sentir por lo menos un poquito de emoción.
Ese día se celebró una comida, creo, y una cena, pero todo resultó un tanto decepcionante. El acto más importante, como todo el mundo reconocía, había tenido lugar la noche anterior en los jardines del exterior del palacio de Buckingham: un concierto ofrecido por algunos de los mayores artistas musicales del siglo. Paul McCartney cantó «Her Majesty».
Brian May, desde el tejado, interpretó «God Save the Queen». Qué maravilla, dijeron muchos. Y qué milagro que la abuela estuviera tan puesta al día, que fuera tan moderna como para tolerar, y ya no digamos disfrutar, ese despliegue de rock.
Sentado justamente detrás de ella, no podía evitar pensar lo mismo. Al verla seguir el ritmo con el pie y balancearse al compás de la música me entraron ganas de abrazarla, aunque por supuesto no lo hice. Estaba fuera de toda lógica. Nunca lo había hecho y no imaginaba ninguna circunstancia bajo la cual un comportamiento así pudiera ser autorizado.
Corría una famosa historia sobre mi madre intentando abrazar a la abuela. De hecho, más que abrazarla se abalanzó sobre ella, si puede darse crédito a los testigos. La abuela hizo un movimiento brusco para evitar el contacto y la cosa terminó de una forma muy extraña, entre desvíos de miradas y disculpas a medio pronunciar. Cada vez que trataba de figurarme la escena me imaginaba a un carterista pillado con las manos en la masa o a un jugador de rugby practicando un toque de tobillo. Mientras observaba a la abuela seguir el ritmo de Brian May, me preguntaba si mi padre lo habría intentado alguna vez. Seguramente no. Cuando tenía cinco o seis años la abuela lo dejó para marcharse a un viaje oficial que duró varios meses, y a su regreso lo saludó estrechándole la mano con firmeza. Claro que eso debió de ser más de lo que jamás obtuvo del abuelo. De hecho, el abuelo era tan distante y estaba tan ocupado viajando y trabajando que apenas vio a mi padre durante varios de sus primeros años de vida.
Mientras el concierto seguía y seguía, empecé a sentirme cansado. Me dolía la cabeza a causa del volumen de la música y también del estrés de las últimas semanas. La abuela, sin embargo, no daba ninguna muestra de desfallecimiento. Continuaba igual de fresca. Continuaba marcando el ritmo con el pie y balanceándose.
En un impulso, me incliné para mirarla más de cerca. Y vi algo en sus oídos. Algo… ¿de oro?
De oro como el carruaje.
De oro, como los ángeles.
Me acerqué más. Tal vez no fuera de oro.
No; más bien era amarillo.
Sí. Tapones para los oídos de color amarillo.
Bajé la vista a mi regazo y sonreí. Cuando volví a levantar la cabeza, observé con regocijo cómo la abuela seguía el ritmo de una música que no podía oír, o de una música para la que había hallado una forma sutil e inteligente de… guardar las distancias. De controlarla.
En ese momento sentí más ganas que nunca de darle un abrazo a mi abuela.
38
Ese verano me hallaba sentado junto a mi padre, posiblemente en Balmoral, aunque podría haber sido en Clarence House, donde ahora vivía más o menos a tiempo completo. Se había trasladado allí poco después de la muerte de Gan-Gan; y donde vivía él, vivía yo.
Cuando no me encontraba en Manor House.
Con el último año en Eton a la vista, mi padre quería hablar sobre cómo me planteaba mi vida de después. La mayoría de mis compañeros iban a ir a la universidad. Willy ya estudiaba en St. Andrews y le estaba yendo muy bien. Henners acababa de terminar sus exámenes de último curso en Harrow School y planeaba marcharse a Newcastle.
—¿Y tú, mi querido hijo? ¿Has pensado un poco en… el futuro?
Claro, sí. Sí que lo había pensado. Durante varios años le había hablado muy seriamente sobre trabajar en el complejo de esquí de Lech am Arlberg, adonde mi madre solía llevarnos. Qué recuerdos tan maravillosos. En concreto, quería trabajar en la caseta de fondues que había en el centro del pueblo y que mi madre adoraba. Esas fondues podían cambiarte la vida. (Sí, así de chiflado estaba yo). Pero ese día le expliqué a mi padre que había renunciado a aquella fantasía, y él suspiró aliviado.
Sin embargo, me atraía la idea de convertirme en monitor de esquí.
Mi padre volvió a ponerse tenso.
—De eso, ni hablar.
—Vale.
Hubo una larga pausa.
—¿Qué tal… guía de safaris?
—No, mi querido hijo.
No iba a resultarme fácil.
Una parte de mí deseaba de veras hacer algo totalmente fuera de lo común, algo que obligara a toda la familia y a todo el país a dar un respingo y decir: «¿Qué narices…?». Una parte de mí deseaba abandonarlo todo, desaparecer; igual que había hecho mi madre. Y otros príncipes. ¿No fue en la India, mucho tiempo atrás, donde un tío salió del palacio y se sentó debajo de un maravilloso baniano? Leímos la historia en la escuela. O se suponía que debíamos leerla.
Sin embargo, otra parte de mí sentía una ambición enorme. La gente daba por sentado que el Repuesto no tenía o no debería tener ambiciones. La gente daba por sentado que los miembros de la realeza generalmente no tenían vocación ni deseos de desarrollar una carrera. Eres de la familia real; te lo dan todo hecho. ¿Por qué preocuparte? Pero en realidad a mí me preocupaba bastante forjarme mi propio camino, encontrar mi función en este mundo. No quería convertirme en uno de esos aprovechados bebedores de cócteles y causantes de miradas de exasperación a los que todo el mundo evitaba en las reuniones familiares. En mi familia ya había muchos, y se remontaban a varios siglos atrás.
Mi padre, sin ir más lejos, podría haberse convertido en uno de ellos. Siempre le habían quitado de la cabeza el emplearse a fondo, según me explicó. Le habían advertido que no era conveniente que trabajara demasiado, no debía esforzarse en exceso, por temor a que pudiera hacerle sombra a la reina. Pero él se había rebelado, había escuchado su voz interior y había descubierto que le entusiasmaba trabajar.
Y quería lo mismo para mí.
Por eso no me presionó para que fuera a la universidad. Sabía que no lo llevaba en la sangre. En sí, no es que tuviera nada en contra de cursar estudios universitarios. De hecho, la Universidad de Bristol me parecía interesante. Me habría volcado en los estudios de literatura, incluso me habría planteado cursar historia del arte. (Muchas chicas guapas se matriculaban de esa asignatura). Pero no me imaginaba a mí mismo varios años con la cabeza metida en los libros. Y mi tutor en Eton tampoco. «La universidad no es para ti, Harry», me había dicho sin rodeos. Ahora, mi padre se sumaba a esa misma opinión. No constituía ningún secreto, según me dijo con tacto, que yo no era «el intelectual de la familia».
No pretendía herirme. Aun así, me estremecí.
Le dimos vueltas y vueltas al tema los dos juntos, y en mi cabeza lo revisé todo de cabo a rabo, y por eliminación acabamos dando con la idea del Ejército. Tenía sentido. Se correspondía con mi deseo de hacer algo distinto, de desaparecer. La carrera militar me apartaría de los ávidos ojos del pueblo y de la prensa. Y al mismo tiempo encajaba con mi deseo de marcar la diferencia.
Además, se avenía con mi personalidad. Mis juguetes más preciados de niño siempre habían sido figuras de soldaditos. Con ellas, me pasaba horas y horas planificando y llevando a cabo batallas épicas en el palacio de Kensington y en los jardines de Highgrove, diseñados por Rosemary Verey. También me tomaba cada partida de paintball como si el futuro de la Commonwealth dependiera del resultado.
Mi padre sonreía.
—Sí, mi querido hijo. El Ejército parece lo mejor. —Y añadió—: Pero antes…
Mucha gente se toma un año sabático porque es lo que toca hacer. Mi padre, sin embargo, consideraba que era uno de los periodos más formativos en la vida de una persona.
—¡Tienes que ver mundo, mi querido hijo! ¡Vivir aventuras!
De modo que me senté junto a Marko para intentar decidir cómo debían ser esas aventuras. Primero nos centramos en Australia. Pasaría medio año trabajando en una granja.
Estupendo.
Y la segunda mitad del año, la pasaría en África. Le expliqué a Marko que deseaba unirme a la lucha contra el sida. No hacía falta especificar que sería un homenaje a mi madre, la continuación directa de su labor.
Marko se marchó, llevó a cabo algunas investigaciones, y luego volvió a buscarme.
—Lesoto —me dijo.
—No he oído hablar nunca de ese sitio —le confesé.
Procedió a ilustrarme. Era un país sin salida al mar. Un país maravilloso. Enclavado dentro de Sudáfrica. Sufrían necesidades y había mucho trabajo que hacer.
Yo estaba rebosante de alegría. Un plan, por fin.
Poco después, le hice una visita a Henners. Pasé un fin de semana en Edimburgo. Era otoño de 2002. Fuimos a un restaurante y se lo conté todo. «¡Qué bien, Haz!». Él también iba a tomarse un año sabático, en África Oriental. En Uganda, según recuerdo. Iba a trabajar en una escuela rural. No obstante, de momento estaba trabajando a tiempo parcial, en Ludgrove. Hacía de ayudante, lo que en Ludgrove equivalía a ser el chico para todo. Era un trabajo muy guay, decía. Podía estar con los niños y andaba por toda la escuela arreglando cosas.
—¡Además, puedes comerte todas las fresas y las zanahorias que quieras! —bromeé.
Pero él se lo tomaba muy en serio.
—Me gusta enseñar, Haz.
Vaya.
Hablamos, emocionados, de África, hicimos planes para reunirnos allí. Después de Uganda, después de la universidad, Henners probablemente también entraría en el Ejército. Sería de los Royal Green Jackets. Aunque no era exactamente una decisión propia; su familia había lucido el uniforme militar durante generaciones. También hablamos de la posibilidad de reunirnos allí. Tal vez un día, dijo, nos encontraríamos marchando en formación hacia la batalla o ayudando a personas en la otra punta del mundo.
El futuro. Nos preguntábamos qué nos depararía. A mí me preocupaba, pero a Henners no. Él no se tomaba en serio el futuro, no se tomaba nada en serio. Hay que tomarse la vida como viene, Haz. Así era Henners, por siempre y para siempre. Yo envidiaba su serenidad.
Pero por el momento lo que pensaba hacer era dirigirse a uno de los casinos de Edimburgo. Me preguntó si quería acompañarlo.
—Ah, no puedo —repuse.
No podía arriesgarme a que me vieran en un casino. Se armaría un escándalo de miedo.
—Qué pena —dijo él.
—Adiós.
Nos despedimos, y prometimos que volveríamos a hablar pronto.
Dos meses después, un domingo por la mañana, justo antes de las Navidades de 2002… La noticia debió de llegarme en forma de llamada telefónica, aunque solo tengo un vago recuerdo del momento en que levanté el auricular y escuché las palabras. Henners y otro chico que salían de una fiesta cerca de Ludgrove se habían estrellado contra un árbol. Aunque la llamada es como una nebulosa en mi memoria, sí que recuerdo bien mi reacción. Igual que cuando mi padre me dijo lo de mi madre.
—Vale, así que Henners ha tenido un accidente. Pero está en el hospital, ¿verdad? ¿Se pondrá bien?
No, no se puso bien.
Y el otro chico, el que conducía, se hallaba en estado crítico.
Willy y yo asistimos al funeral. Fue en una pequeña iglesia parroquial cerca de donde Henners había nacido. Recuerdo a cientos de personas apiñadas en bancos de madera que crujían al sentarse. Recuerdo, después de la misa, haber hecho cola para abrazar a los padres de Henners, Alex y Claire, y a sus hermanos, Thomas y Charlie.
Creo que, mientras esperábamos, oí comentarios sobre el accidente entre susurros.
—Había niebla, ¿sabes?
—No iban muy lejos…
—Pero ¿adónde iban?
—¿Y a esas horas de la noche?
—¡Estaban en una fiesta y el equipo de música se escacharró!
—Y fueron a buscar otro.
—¡No!
—Iban a pedirle prestado un reproductor de CD a un amigo. Vivía muy cerca… Pensaron que no valía la pena ponerse el cinturón de seguridad…
Exactamente igual que mi madre.
Y, sin embargo, a diferencia de mi madre, no había forma de disfrazar aquello de desaparición. Era una muerte, y no había forma de darle la vuelta.
También, a diferencia de mi madre, Henners no iba tan deprisa.
Porque a él no lo estaban persiguiendo.
A treinta kilómetros por hora como mucho, decía todo el mundo.
Y, sin embargo, el coche fue directo contra un árbol viejo.
Los viejos son mucho peor que los jóvenes, me explicó alguien.
39
No permitieron que me marchara de Eton hasta que hube actuado en el teatro. Lo que me dijeron fue lo siguiente: era necesario que tomara parte en una de las representaciones formales antes de que me validaran el billete y me dejaran suelto en la jungla.
Sonaba ridículo, pero en Eton se tomaban muy en serio las representaciones. El departamento de teatro ponía en escena varias obras todos los años, y la de final de curso era la más importante de todas con diferencia.
A finales de la primavera de 2003 le tocó a Mucho ruido y pocas nueces, de Shakespeare.
Me asignaron el papel de Conrado, un personaje secundario. Era, tal vez, un bebedor, tal vez un borracho, cosa que daba pie a la prensa para todo tipo de frases ingeniosas que me catalogaran como a un borracho a mí también.
«Vaya, ¿a quién tenemos aquí? El papel le viene que ni pintado, ¿no?».
Los artículos se escribían solos.
El profesor de teatro de Eton no dijo nada de que me hubiera elegido aposta para el papel cuando me lo asignó. Solo me dijo que sería Conrado —«Pásalo bien, Harry»—, y no le di vueltas a los motivos que pudiera tener. No le hubiera dado vueltas ni siquiera de haber sospechado que se estaba burlando de mí, porque quería marcharme de Eton, y para eso tenía que salir al escenario.
Entre otras cosas, al estudiar la obra descubrí que centrarse en el consumo de alcohol por parte de Conrado era una visión reduccionista basada en argumentos erróneos. El tío era fascinante en realidad. Leal, pero al mismo tiempo carente de moral. No dejaba de dar consejos, pero en el fondo se dejaba llevar por los demás. Por encima de todo, era un secuaz, cuya principal función, según parece, era provocar en la audiencia un par de carcajadas. Me resultó fácil meterme en un papel así, y durante las pruebas de vestuario descubrí que tenía un talento oculto. Formar parte de la realeza resultó no ser tan distinto a salir al escenario. Actuar siempre es actuar; lo de menos es el contexto.
La noche de la inauguración, mi padre estaba sentado en el mismo centro de la sala a rebosar del teatro Farrer, pasándoselo en grande. Ahí lo tenía, su sueño hecho realidad, uno de sus hijos representando a Shakespeare y demostrándole que el dinero invertido había valido la pena. Gritó, aulló y aplaudió. Lo que resulta inexplicable es que lo hiciera siempre en el momento equivocado. Iba extrañamente fuera de tiempo. Se quedaba callado cuando todos los demás se reían. Reía cuando todos los demás guardaban silencio. Más allá de llamar la atención, me distraía un huevo. El público pensaba que lo habíamos puesto allí adrede, que formaba parte de la representación.
«¿Quién es ese que no para de reírse cuando no toca? ¡Oh! ¿Es el príncipe de Gales?».
Después, entre bastidores, se deshizo en halagos.
—Has estado maravilloso, mi querido hijo.
Pero yo no podía evitar poner mala cara.
—¿Qué te pasa, mi querido hijo?
—¡No has parado de reírte cuando no era el momento, papá!
Él estaba desconcertado. Y yo también. ¿Cómo era posible que no tuviera ni idea de a qué me refería?
Al cabo de un rato lo comprendí. Me explicó que una vez, cuando tenía mi edad y actuó en una obra de Shakespeare en su escuela, el abuelo fue a verlo e hizo exactamente lo mismo. Se rio en los momentos en que no había nada de lo que reír y montó un espectáculo tremendo. Así, ¿mi padre estaba imitando a su propio padre? ¿Porque no sabía hacer de padre de otra forma? ¿O tal vez fuese algo más subliminal, algún gen recesivo que se manifestaba? ¿Cada nueva generación está condenada a repetir los errores de la anterior sin darse cuenta? Quería saberlo, y podría habérselo preguntado, pero no era la clase de tema que pudiera tratarse con mi padre. Ni con mi abuelo. De modo que me lo quité de la cabeza e intenté centrarme en la parte buena.
«Papá está aquí —me dije—, y está orgulloso, y eso no es poco».
Era mucho más de lo que tenían algunos chicos.
Le di las gracias por haber venido, y un beso en cada mejilla.
Tal como dice Conrado: «¿No podéis sacar ningún partido de vuestro descontento?».
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Completé mi formación en Eton en junio de 2003, gracias a horas de duro trabajo y algunas clases particulares concertadas por mi padre. Un logro nada despreciable para alguien tan poco erudito, tan limitado, tan disperso. Y, aunque no estaba precisamente orgulloso de mí mismo, porque no sabía cómo sentirme orgulloso, sí noté una clara pausa en mi imparable autocrítica interna.
Y entonces me acusaron de copiar.
Una profesora de dibujo presentó pruebas de que había copiado, que al final resultaron no ser pruebas de que había copiado. Resultaron no ser nada de nada, y, posteriormente, la junta examinadora me declaró inocente. Pero el daño ya estaba hecho. La acusación hizo mella.
Desolado, quise emitir un comunicado, dar una rueda de prensa, contar al mundo que: ¡yo hice el trabajo! ¡No copié!
La Casa Real no me lo permitió. En este caso, y en la mayoría, la Casa Real seguía a pies juntillas el lema familiar: «Nunca te quejes, nunca des explicaciones». Sobre todo, si el que se quejaba era un chico de dieciocho años.
Así que tuve que quedarme de brazos cruzados y calladito mientras la prensa me llamaba copión y tonto a diario. (¡Por un trabajo de dibujo! Es decir, ¿cómo se «copia» en un trabajo de dibujo?). Ese fue el inicio oficial del maldito apodo: el Príncipe Bobo. Del mismo modo que me adjudicaron el papel de Conrado sin consultarme y sin mi consentimiento, en este caso me adjudicaban ese otro papel. La diferencia era que representamos Mucho ruido y pocas nueces tres noches. El nuevo papel parecía ser para toda la vida.
«¿El príncipe Harry? Ah, sí, no es demasiado listo».
«No sabe aprobar un simple examen sin copiar, ¡eso he leído!».
Hablé con mi padre sobre ello. Estaba al borde de la desesperación.
Él me dijo lo que decía siempre: «Mi querido hijo, no lo leas y ya está».
Él nunca lo leía. Leía todo lo demás, desde Shakespeare hasta proposiciones de ley sobre el cambio climático, pero nunca las noticias. (Sí que veía la BBC, pero a menudo acababa tirando el mando a distancia contra la tele). El problema era que todos los demás sí lo leían. Todos mis familiares lo negaban, como mi padre, pero, incluso mientras te lo aseguraban a la cara, los criados de librea revoloteaban a su alrededor, ofreciéndoles todos los periódicos británicos servidos en bandeja de plata con la misma pulcritud que los scones y la mermelada de naranja.
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La finca se llamaba Tooloombilla. La familia propietaria eran los Hill.
Noel y Annie. Habían sido amigos de mi madre. (Annie había sido compañera de piso de mi madre cuando ella empezó a salir con mi padre). Marko me ayudó a localizarlos y, de alguna forma, convencerlos de que me aceptaran, durante el verano, como aprendiz, sin cobrar, de trabajador de la finca.
Los Hill tenían tres hijos. Nikki, Eustie y George. El primogénito, George, tenía justo mi edad, aunque él parecía mucho mayor, tal vez por los años y años de trabajar bajo el abrasador sol australiano. En cuanto llegué supe que George sería mi mentor, mi jefe, mi tutor, en cierto sentido. Aunque Tooloombilla no se parecía en nada a Eton.
En realidad, no se parecía a ningún lugar donde yo hubiera estado.
Provengo de un lugar donde abunda el verde. La finca de los Hill era una oda al marrón. Yo venía de un sitio donde todos los movimientos se monitorizaban, catalogaban y estaban sujetos a juicio. La finca de los Hill era tan inmensa y remota que, en casi todo el día, no me veía nadie excepto George. Y algún que otro ualabí.
Sobre todo, yo provenía de un lugar que era templado, lluvioso, fresco. La finca de los Hill era un sitio caluroso.
No estaba seguro de poder soportar esa clase de calor. La zona rural del interior de Australia tenía un clima que yo no entendía y que mi cuerpo parecía no aceptar. Al igual que mi padre, languidecía con la simple mención del calor: ¿cómo se suponía que aguantaría en un horno dentro de una fragua, dentro de un reactor nuclear, situado sobre un volcán en activo?
No era un buen lugar para mí, pero peor lo llevaban mis guardaespaldas. Esos pobres tipos…, justo esa misión tenía que tocarles. Además, su alojamiento era más que espartano: una construcción anexa a las afueras de la finca. Rara vez los veía y a menudo me los imaginaba ahí fuera, sentados en calzoncillos delante de un ruidoso ventilador eléctrico mientras pulían refunfuñando sus currículos.
Los Hill me dejaban quedarme con ellos en la casa principal, un precioso y pequeño bungalow con revestimiento de tablones blancos, escalones de madera que conducían a un amplio porche, una puerta de entrada que emitía una especie de maullido cada vez que la abrías y un fuerte golpe cada vez que la soltabas para que se cerrara. La puerta tenía una tupida malla para evitar la entrada de mosquitos, que eran grandes como pájaros. Esa primera noche, sentado después de cenar, no podía oír otra cosa que los rítmicos golpes de los chupasangres contra la mosquitera.
No había mucho más que oír. Nos sentíamos todos un poco incómodos, intentando fingir que yo era un aprendiz de la finca y no un príncipe, intentando fingir que no estábamos pensando en mi madre, quien adoraba a Annie y a quien Annie también adoraba. Estaba claro que ella quería hablar de mi madre, pero, tal como me pasaba con Willy, no podía. Así que engullía la comida y la alababa y pedía repetir y me estrujaba el cerebro en busca de temas de conversación anodinos. Pero no se me ocurría ninguno. El calor ya había anulado mis habilidades cognitivas.
Mientras intentaba dormirme esas primeras noches en el interior rural de Australia, evocaba la imagen de Marko y, preocupado, le preguntaba: «¿De verdad hemos pensado esto bien, tío?».
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La solución a todos los problemas, como siempre, fue el trabajo. El trabajo duro, agotador e imparable; eso era lo que los Hill podían ofrecer, en grandes cantidades, y yo nunca tenía suficiente. Cuanto más trabajaba, menos calor sentía y más fácil me resultaba hablar —o no hablar— sentado a la mesa de la cena.
Sin embargo, no era un trabajo cualquiera. Ser aprendiz de finca requería resistencia, sin duda, aunque también exigía cierta destreza. Había que tener mano con los animales. Había que saber predecir el tiempo observando el cielo y el terreno.
Además había que tener un nivel superior de equitación. Yo había llegado a Australia creyendo que se me daban bien los caballos, pero los Hill eran como hunos y todos habían nacido sobre una silla de montar. Noel era hijo de un jugador de polo profesional. (Había sido el antiguo profesor de polo de mi padre). Annie era capaz de acariciar el morro de un caballo y decirte lo que el animal estaba pensando. Y George montaba en la silla con más facilidad que con la que la mayoría de las personas se mete en la cama.
Un típico día de trabajo empezaba en plena noche. Horas antes del amanecer, George y yo salíamos a trompicones al exterior, para encarar las primeras tareas en un intento de acabar tantas como fuera posible antes de que saliera el sol. Con las primeras luces del alba, ensillábamos y salíamos galopando hasta las afueras de las más de dieciséis mil hectáreas de la finca de los Hill (una extensión el doble de grande que Balmoral) y empezábamos a reunir. Es decir, a mover el rebaño de reses de un lado para otro. También íbamos a buscar vacas sueltas que se habían separado del hato por la noche y las llevábamos de vuelta con las demás. O cargábamos algunas en un camión y las llevábamos a otra zona. Nunca entendía muy bien por qué movíamos a una u otra vaca, pero sí me quedé con lo importante: las vacas necesitan su espacio.
Yo las entendía.
Siempre que George y yo encontrábamos un grupo de descarriadas, una pequeña camarilla de reses rebeldes, resultaba especialmente desafiante. Era fundamental mantenerlas reunidas. Si se desperdigaban, estábamos jodidos. Nos costaría horas volverlas a reunir y perderíamos toda la jornada. Si una salía disparada hacia una arboleda, por ejemplo, George o yo salíamos al galope tendido tras ella. De tanto en tanto, en plena persecución, te caías de la silla al chocar contra una rama baja y, a veces, quedabas inconsciente. Al recuperarte, te revisabas el cuerpo por si tenías algún hueso roto o una hemorragia interna, mientras tu caballo te contemplaba taciturno desde arriba.
El truco consistía en no dejar nunca que una persecución durara demasiado. Las persecuciones agotaban a la vaca, reducían su nivel de grasa corporal y recortaban su valor en el mercado. La grasa era dinero y no había margen de error para el ganado australiano, que era muy poco graso, para empezar. El agua escaseaba, la hierba también y la poca que había solían zampársela los canguros, a los que George y su familia veían como otras personas ven a las ratas.
Yo siempre me estremecía y me reía entre dientes por la forma que George tenía de hablar con las reses errantes. Las arengaba, las humillaba y las insultaba, y tenía un insulto favorito en particular, una palabra que muchas personas pasan su vida sin usar. Él no podía pasar ni cinco minutos sin hacerlo. Muchos se meterían bajo la mesa al oírla, pero, para George, era como una navaja suiza del lenguaje: con infinitas aplicaciones y usos. (Además, con su acento australiano, casi conseguía que sonara bonito).
No era más que una de las decenas de palabras de toda la jerga de George. Por ejemplo, una «gorda» era una vaca rechoncha lista para el matadero. Un «cabestro» era un toro joven que iba a ser castrado aunque todavía no lo hubiera sido. Un «destetado» era un ternero al que acababan de separar de su madre. Un «piti» era una pausa para fumar. El «papeo» era la comida. Pasé mucho tiempo a finales de 2003 sentado en lo alto de una silla de montar, contemplando un destetado mientras me echaba un piti y soñaba con mi próximo papeo.
Algunas veces era duro, otras tedioso, pero reunir al ganado podía ser inesperadamente emotivo. Las hembras jóvenes eran más fáciles, iban adonde tú las empujaras, pero a los jóvenes machos les daba igual que les mandaras y detestaban que los separasen de sus madres. Lloraban, gemían y, algunas veces, cargaban contra ti. Una cornada violenta podía romperte una extremidad o desgarrarte una arteria. Pero yo no tenía miedo. En lugar de eso, sentía empatía. Y los jóvenes machos parecían darse cuenta.
El único trabajo del que no me ocupaba, la única tarea difícil de la que me escaqueaba era la de cortarles los huevos. Cada vez que George sacaba esa cuchilla alargada y reluciente yo levantaba las manos.
—Ni hablar, tío, yo no puedo.
—Tú mismo.
Al final del día me daba una ducha bien caliente, disfrutaba de una opípara cena y luego me sentaba con George en el porche a liarnos cigarrillos y beber cerveza helada a sorbos. Algunas veces escuchábamos música en su pequeño reproductor de CD, que me recordaba la «radio» de mi padre. O a Henners. «Iban a pedirle prestado un reproductor de CD…». A menudo nos limitábamos a permanecer sentados contemplando el horizonte. El terreno era tan plano que podías ver las tormentas anunciándose horas antes de que llegaran, los primeros rayos como telas de araña restallando en la lontananza. A medida que estos se agrandaban y se acercaban, el viento entraba soplando en la casa y mecía las cortinas. A continuación, las habitaciones parpadeaban con la luz blanca. Los primeros estallidos de los truenos hacían temblar el mobiliario. Y, al final, el diluvio. George lanzaba un suspiro. Sus padres suspiraban. La lluvia era hierba, era grasa. La lluvia era dinero.
Si no llovía, también se recibía como una bendición, porque, tras el vendaval, el cielo despejado se preñaba de estrellas. Le enseñé a George lo que la pandilla de Botsuana me había enseñado.
—¿Ves esa tan brillante junto a la luna? Es Venus. ¿Y ese grupo de allí? Es la constelación de Escorpio; el mejor lugar para contemplarla es el hemisferio sur. Y ahí están las Pléyades. Y esa es Sirio: la estrella más resplandeciente del cielo. Y allí está Orión: el Cazador. Al final todo está relacionado con la caza, ¿verdad? Cazadores, cazados…
—¿Qué quieres decir con eso, Harry?
—Nada, tío.
Lo que me parecía infinitamente hipnótico de las estrellas era lo lejos que estaban todas. La luz que vemos nació hace cientos de siglos. En otras palabras, cuando contemplas una estrella estás contemplando el pasado, una época muy anterior al momento en que cualquiera que hayas conocido o querido estuviera vivo.
O muerto.
O desaparecido.
George y yo solíamos meternos en el sobre a eso de las ocho y media. A menudo estábamos demasiado cansados incluso para desvestirnos. A mí ya no me asustaba la oscuridad, estaba deseándola. Me caía muerto de sueño y me despertaba renacido. Dolorido, pero listo para más.
No teníamos días libres. Entre el trabajo agotador, el calor agotador y las vacas agotadoras, sentía que me estaba consumiendo, cada mañana más delgado, con un kilo menos, más silencioso, con varias palabras menos. Incluso estaba suavizándose mi acento británico. Después de seis semanas ya no hablaba para nada como Willy y mi padre. Hablaba más parecido a George.
Y también me vestía un poco como él. Me acostumbré a llevar un sombrero vaquero de fieltro sin forma definida. Llevaba uno de los viejos látigos de cuero de George.
Al final, a juego con ese nuevo Harry, adopté un nuevo nombre. Spike.
Así fue como ocurrió: mi pelo nunca se recuperó del todo después de dejar que mis compañeros de Eton me lo raparan. Algunos mechones salían de punta como la hierba en verano, otros se quedaban pegados a la cabeza, como heno cubierto de laca. George solía señalarme la cabeza y decía: «¡Estás hecho un asco!». Sin embargo, en un viaje a Sídney, para ver el Mundial de rugby, había hecho una aparición oficial en el zoológico Taronga y me habían pedido que posara para una foto con un bicho llamado equidna. Un cruce entre erizo y oso hormiguero, con el pelo duro y de punta, razón por la cual los cuidadores del zoo lo llamaban Spike, pelopincho. El bicho parecía, como luego diría George, «un disparate».
Más claramente: se parecía a mí. Se me parecía mucho. Y cuando George vio mi foto posando con Spike, se partió de la risa.
«Haz…, ¡ese bicho tiene el pelo como tú!».
A partir de entonces, solo me llamaba Spike. Y luego se apuntaron mis guardaespaldas. De hecho, mi nombre en clave para hablar de mí por el walkie-talkie era Spike. Algunos de ellos incluso se hicieron camisetas que vestían cuando me protegían: «Spike 2003».
A mis colegas de casa no tardó en llegarles el rumor de mi nuevo apodo, y lo adoptaron. Me convertí en Spike, cuando no era Haz, Baz o el Príncipe Aprendiz, o Harold, o «mi querido hijo», o Flacucho, apodo que me pusieron algunas personas del personal de la Casa Real. La identidad siempre había sido un problema, pero con media docena de nombres formales y una docena de apodos, estaba convirtiéndose en un laberinto de espejos.
La mayoría de los días me daba igual cómo me llamaran. La mayoría de los días pensaba: me da igual quién sea, mientras sea alguien nuevo, alguien diferente al príncipe Harry. Pero entonces llegaba un paquete oficial de Londres, de la Casa Real, y mi antiguo yo, mi antigua vida, la vida de la realeza, volvía a toda prisa.
El paquete solía llegar por correo regular, aunque algunas veces era bajo el brazo de un nuevo guardaespaldas. (El cambio de guardias era constante, cada dos semanas, para que estuvieran descansados y pudieran visitar a su familia). El paquete contenía cartas de mi padre, papeleo oficial, además de algunos informes sobre las obras benéficas de las que me ocupaba. Todas con el siguiente sello: A LA ATENCIÓN DE SU MAJESTAD EL PRÍNCIPE HARRY DE GALES.
Un día, el paquete contenía una serie de memorandos remitidos por el gabinete de comunicación de la Casa Real sobre una cuestión delicada. El antiguo mayordomo de mi madre había escrito un libro donde lo contaba todo (donde, en realidad, no decía nada). No era más que una versión de los hechos escrita por alguien para justificarse y enfocada por completo en sí mismo. Mi madre llegó a considerarlo un querido amigo y confiaba en él de forma implícita. Nosotros también. Y ahora pasaba esto. Él estaba aprovechándose de la desaparición de mi madre para sacar dinero. Me hizo hervir la sangre. Quise coger un avión enseguida para volver a casa y enfrentarme a él. Llamé a mi padre para anunciarle que iba a regresar. Estoy seguro de que fue la única conversación que tuvimos mientras permanecí en Australia. Mi padre —y Willy, en otra llamada por separado— me convenció para que no lo hiciera.
Ambos dijeron que lo único que podíamos hacer era publicar un comunicado conjunto expresando nuestra repulsa.
Y así lo hicimos. O ellos lo hicieron. Yo no tuve nada que ver con la redacción. (Personalmente, yo habría ido mucho más lejos). Con un tono comedido, el comunicado reprendía al mayordomo por su traición y solicitaba públicamente un encuentro con él, para dejar en evidencia su motivación y analizar las supuestas revelaciones que él alegaba.
El mayordomo nos respondió públicamente y dijo que estaba dispuesto a celebrar un encuentro. Sin embargo, no tenía intenciones constructivas. Hizo la siguiente declaración a un periódico: «Me encantaría cantarles las cuarenta».
¿Él quería cantarnos las cuarenta a nosotros?
Esperaba con ansia ese encuentro. Contaba los días.
Como era de prever, jamás se produjo.
Yo no supe por qué; supuse que la Casa Real lo había anulado.
Pensé que era una pena.
Consideraba a ese hombre como el novillo descarriado que se nos escapó ese verano.
43
No recuerdo cómo me enteré de lo del primer hombre que intentó colarse en la finca. ¿A lo mejor fue por George? ¿Mientras estábamos fuera reuniendo al ganado?
Sí que recuerdo que fue la policía local la que echó el guante al intruso y se deshizo de él.
Fue en diciembre de 2003.
La policía se sentía satisfecha. Pero yo me quedé hecho polvo. Sabía qué ocurriría a continuación. Los paparazzi eran como hormigas. Nunca había solo uno.
Como ya había imaginado, al día siguiente, dos más se colaron en la finca.
Era hora de marcharse.
Les debía tanto a los Hill que no quería pagarles arruinándoles la vida. No quería ser la causa de que perdieran el único recurso más valioso que el agua: la privacidad. Les di las gracias por las nueve mejores semanas de mi vida y cogí un avión para volver a casa, donde llegué justo antes de Navidad.
Fui directamente a un club mi primera noche en casa. Y la siguiente. Y la siguiente. La prensa creía que seguía en Australia y decidí que su ignorancia me concedía carta blanca.
Una noche conocí a una chica, charlé con ella mientras tomábamos una copa. Yo no sabía que era una chica de la página tres. (Ese era el término misógino, aceptado y cosificador para referirse a las chicas en topless que salían cada día en la página tres del periódico sensacionalista The Sun, de Rupert Murdoch). No me habría importado de haberlo sabido. Parecía una chica inteligente y divertida.
Salí del club con una gorra de béisbol. Estaba plagado de paparazzi. Hasta ahí me duró la carta blanca. Intenté confundirme entre la multitud, iba caminando como si nada por la calle con mi guardaespaldas. Pasamos por St. James’s Square y nos subimos a un coche de la policía secreta. Justo cuando nos alejábamos, un Mercedes con los cristales tintados invadió la calzada, se abalanzó sobre nuestro coche y estuvo a punto de estamparse de frente contra una de las puertas traseras. Lo vimos venir; el conductor no iba mirando al frente, pues estaba demasiado ocupado intentando sacarnos fotos. La noticia publicada en prensa a la mañana siguiente debería haber hablado del príncipe Harry a punto de morir en un accidente por culpa de un paparazzi temerario. En lugar de eso, la noticia hablaba del príncipe Harry, quien había conocido y, supuestamente, besado a una chica de la página tres, junto con un comentario encendido sobre las horrorosas citas del Repuesto… Mira que salir con una mujer tan descarriada…
El tercero en la línea sucesoria al trono… ¿saliendo con esa chica?
El esnobismo, el clasismo, resultaba vomitivo. Las anticuadas prioridades eran incomprensibles.
Sin embargo, todo eso potenció mi sensación de alegría y alivio a la hora de huir. Otra vez.
Año sabático, segunda parte.
Días después estaba en un avión con destino a Lesoto.
Mejor todavía, se decidió que podía llevarme a un colega.
El plan, en el pasado, había sido irme con Henners.
Como ya no podía ser, se lo pedí a George.
44
Lesoto era precioso. Aunque también es uno de los lugares más deprimentes del planeta. Fue el epicentro de la epidemia global del sida y, en 2004, el Gobierno acababa de declarar la catástrofe sanitaria. Decenas de miles de personas habían fallecido víctimas de la enfermedad y la nación estaba convirtiéndose en un gigantesco orfanato. Aquí y allá se veían pasar niños pequeños correteando, con la mirada perdida.
«¿Dónde está mi papá? ¿Dónde está mi mamá?».
George y yo nos presentamos voluntarios para ayudar en diversas obras benéficas y escuelas. Ambos quedamos impresionados por las maravillosas personas que conocimos, por su resiliencia, su elegancia, su valor y su buen ánimo ante tanto sufrimiento. Trabajamos tan duro como lo habíamos hecho en la finca de George, con alegría y muchas ganas. Construíamos escuelas. Reparábamos escuelas. Mezclábamos grava, volcábamos cemento, lo que fuera necesario.
Con ese mismo espíritu de servicio, un día accedí a hacer algo que, en otra situación, me habría resultado impensable: una entrevista. Si de verdad quería arrojar un poco de luz sobre las condiciones del país, no tenía otra opción: debía colaborar con la temida prensa.
Pero aquello era algo más que cooperar. Sería mi primera sesión a solas con un periodista.
Nos reunimos en una colina de verde hierba, a primera hora de una mañana. El periodista empezó por preguntarme: ¿por qué ese lugar, entre todos los lugares del mundo?
Respondí que los niños de Lesoto estaban en una situación problemática, que me encantaban los niños y que los entendía tan bien, de forma tan natural, que quería ayudarlos.
El reportero me presionaba. ¿Por qué me encantaban los niños?
Le respondí de la mejor forma que se me ocurrió: ¿por mi increíble inmadurez?
Estaba siendo superficial, pero el periodista rio entre dientes y pasó a la pregunta siguiente. El tema de los niños había abierto la puerta al tema de mi infancia y eso era un portal hacia el único tema sobre el que ese periodista, o cualquiera, querían preguntarme en realidad.
—¿Piensa en… ella… mucho durante una experiencia como esta?
Yo aparté la mirada, colina abajo, y respondí con una serie de palabras inconexas.
—Por desgracia ya ha pasado mucho tiempo, hum…, no para mí, sino para la mayoría, ha pasado mucho tiempo desde su fallecimiento, pero las cosas que se han sabido son malas, todas las cosas que han salido a la luz, todas esas grabaciones…
Me refería a las grabaciones que había hecho mi madre antes de morir, una especie de semiconfesión, que acababan de ser filtradas a la prensa coincidiendo con la publicación de las memorias del mayordomo. Años después de haber sido perseguida hasta tener que ocultarse, mi madre seguía siendo acosada y difamada; no tenía sentido. En 1997 se produjo un momento de reconocimiento nacional, un periodo de remordimiento y reflexión colectivos entre todos los británicos. Todos habían admitido que la prensa era una jauría de monstruos, aunque los consumidores también aceptaron su parte de culpa. La mayoría afirmaba que debíamos mejorar nuestra actitud en general. Años después, en el momento de la entrevista, todo se había olvidado. La historia se repetía a diario y yo le dije al periodista que era «una vergüenza».
No fue una declaración histórica. Sin embargo, sí representaba la primera vez que tanto Willy como yo hablábamos en público sobre nuestra madre. Me sorprendió ser yo el primero. Willy siempre era el primero, en todo, y me pregunté cómo les sentaría aquello: a él, al mundo, pero, sobre todo, a mi padre. (No muy bien, según me contó Marko más adelante. Mi padre era totalmente contrario a que yo me pronunciara sobre ese tema; no quería que ninguno de sus hijos hablara sobre nuestra madre, por miedo a causar un revuelo, a distraerlo de sus funciones y, tal vez, a que arrojara una luz poco favorecedora sobre la figura de Camila).
Al final, con una chulería totalmente impostada, me encogí de hombros y le dije al periodista:
—Las malas noticias venden. Es así de simple.
Y hablando de malas noticias…, el entrevistador pasó a referirse a mi escándalo más reciente.
La chica de la página tres, claro está.
Comentó que algunas personas empezaban a cuestionar si de verdad habría aprendido algo en mi paso por la clínica de rehabilitación. ¿De verdad me había «convertido»? No recuerdo si usó esa palabra, «convertido», pero al menos un periódico sí lo hizo.
¿Necesitaba Harry ser convertido?
¿Harry el Hereje?
Casi no podía distinguir al periodista tras la nube roja que de repente me envolvía. ¿Cómo habíamos empezado a hablar de eso? Solté de sopetón algo así como que yo no era normal, lo que provocó que el reportero quedara boquiabierto. «Allá vamos». Estaba consiguiendo su titular, su chute de noticias. ¿Estaba poniendo los ojos en blanco?
¿Y se suponía que el adicto era yo?
Le expliqué a lo que me refería con ser normal. Yo no llevaba una vida normal, porque no podía.