En la sombra
Primera parte » 58
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—Incluso mi padre me recuerda que ni Willy ni yo podemos ser normales.
Le dije que solo Willy entendía lo que era vivir en una pecera surrealista, en la que los acontecimientos normales se trataban como anormales, y que lo anormal se normalizaba de forma rutinaria.
Eso era lo que estaba intentando decir, empezando a decir, pero luego eché otro vistazo colina abajo. Pobreza, enfermedad, huérfanos…, muerte. Convirtió todo lo demás en basura. En Lesoto, sin importar por lo que estuvieras pasando, eras muy rico comparado con otras personas. De pronto me sentí avergonzado y me pregunté si el periodista tendría el sentido común suficiente para sentirse avergonzado también. Ahí sentado, con toda aquella pobreza a nuestros pies, ¿y hablando sobre las chicas de la página tres? ¡Venga ya!
Después de la entrevista, fui a buscar a George y nos tomamos una cerveza. Muchas cervezas. Litros de cerveza.
Creo que esa también fue la noche que me fumé una bolsa de supermercado llena de maría.
No lo recomiendo.
Aunque claro, podría haber sido otra noche. Es difícil de precisar cuando se trata de una bolsa llena de maría.
45
George y yo volamos desde Lesoto a Ciudad del Cabo para encontrarnos con unos amigos y con Marko.
Marzo de 2004.
Nos alojábamos en casa del cónsul general, y una noche hablamos de invitar a un grupo de personas. A cenar. Solo había un pequeño problema. No conocíamos a nadie en Ciudad del Cabo.
Pero…, un momento, eso no era del todo cierto. Hacía unos años sí que había conocido a alguien, a una chica de Sudáfrica. En el club de polo de Berkshire.
Chelsy.
Recuerdo que era…
Diferente.
Repasé la agenda del móvil y encontré su número.
—Llámala —dijo Marko.
—¿De verdad?
—¿Por qué no?
Para mi sorpresa, el número estaba operativo. Y ella respondió.
Tartamudeando, le recordé quién era, le dije que estaba en su ciudad y que me preguntaba si le apetecería venir…
Ella respondió insegura. Parecía que no creyera que fuera yo. Aturullado, le pasé el móvil a Marko, quien le juró que de verdad era yo y que la invitación era sincera, y que la velada sería muy informal, nada de que preocuparse. Indolora. A lo mejor hasta lo pasaba bien.
Ella preguntó si podía asistir con una amiga. Y con su hermano.
—¡Claro que sí! Cuantos más seamos, mejor lo pasaremos.
Horas después, allí estaba ella, pasando con gracilidad por la puerta. Resultó que el recuerdo no me había engañado. Era… diferente. Esa fue la palabra que me vino a la cabeza cuando la conocí y en la que pensé en ese encuentro más reciente, y luego, una y otra vez, durante la barbacoa. Diferente.
Al contrario que tantas personas a las que conocía, ella parecía totalmente ajena a las apariencias, a la propiedad, a mi condición de miembro de la realeza. Al contrario que tantas otras chicas que había conocido, no estaba imaginándose cómo le sentaría la corona en cuanto me estrechó la mano. Parecía inmune a esa afección tan común que a veces ha dado en llamarse «síndrome del trono». Era parecida al efecto que los actores y músicos tienen sobre la gente, salvo que en el caso de actores y músicos la causa inicial es el talento. Yo no tenía talento —eso me habían repetido hasta la saciedad—, así que todas las reacciones que provocaba no tenían nada que ver conmigo. Estaban relacionadas con mi familia, mi título y, en consecuencia, siempre me avergonzaba, porque no me las merecía.
Siempre había querido saber cómo sería conocer a una mujer y no ver cómo se quedaba atónita ante la mención de mi título, sino que yo consiguiera hacerla sentir así gracias a mi inteligencia y mis sentimientos. Con Chelsy era una auténtica posibilidad. No solo se mostró desinteresada en mi título, es que parecía que le aburría. «Ah, que eres príncipe, ¡menuda lata!».
Chelsy no sabía nada sobre mi biografía y mucho menos sobre mi familia. Mi abuela, Willy, mi padre…, ¿quiénes eran esos? Mejor todavía, su falta de curiosidad era asombrosa. Seguramente ni siquiera sabía nada sobre mi madre; o era demasiado joven para recordar los trágicos acontecimientos de agosto de 1997. No podía estar seguro de que fuera así, claro está, porque debo decir en favor de Chelsy que no hablamos de eso. Pero sí hablamos del tema más importante que teníamos en común: África. Chelsy, nacida y criada en Zimbabue, y que en ese momento residía en Ciudad del Cabo, amaba África con toda su alma. Su padre era dueño de una enorme finca con coto de caza, y ese era el eje de su mundo. Aunque había disfrutado de sus años en un internado británico, Stowe, siempre había vuelto corriendo a casa en vacaciones. Le dije que lo entendía. Le conté las experiencias en África que me habían cambiado la vida, mis primeros viajes de formación. Le conté lo de la extraña visita del leopardo. Ella asentía en silencio. Lo entendía.
—Es maravilloso. África te ofrece momentos así, si estás listo. Si te lo mereces.
En algún instante de la velada le conté que estaba a punto de entrar en el Ejército. No pude valorar su reacción. ¿A lo mejor no reaccionó para nada? Al menos no pareció motivo para dejar de vernos.
Luego le dije que George, Marko y yo íbamos a ir a Botsuana al día siguiente. Íbamos a reunirnos con Adi y con otras personas para remontar el río en barca.
—¿Te apetece venir con nosotros?
Ella sonrió tímidamente y se lo pensó un momento. Su amiga y ella tenían otros planes…
—Bueno, qué lástima.
Pero me dijo que los cancelarían y que les encantaría acompañarnos.
46
Pasamos tres días caminando, riendo, bebiendo y mezclándonos con los animales. No solo con animales salvajes. Por casualidad conocimos a un encantador de serpientes, que nos enseñó su cobra y su serpiente de cascabel. Dejó que las serpientes le subieran y bajaran por los hombros, los brazos y nos ofreció un espectáculo privado.
Esa misma noche, más tarde, Chelsy y yo nos dimos nuestro primer beso bajo las estrellas.
George, mientras tanto, se coló hasta los huesos por la amiga de Chelsy.
Cuando llegó el momento de que ellas volvieran a casa, George regresara a Australia, y Marko, a Londres, nos despedimos todos con mucha tristeza.
De pronto me encontré a solas en la sabana, con la única compañía de Adi.
¿Y ahora qué?
Nos enteramos de que había un campamento cerca. Dos cineastas estaban rodando un documental de fauna salvaje y nos habían invitado a visitarlos y conocerlos.
Nos montamos en un Land Cruiser y no tardamos en plantarnos en una estridente fiesta de la sabana. Hombres y mujeres bebiendo, bailando y todos con extrañas máscaras de animales hechas con cartulina y escobillas limpiapipas. Un carnaval a lo Okavango en toda regla.
Los cabecillas de aquel sarao eran una pareja de treintañeros: Teej y Mike. Supuse que eran los cineastas. De hecho, tenían una productora de cine, además de aquel campamento. Me presenté y les dediqué un cumplido por su habilidad de celebrar una juerga de las que hacen historia. Se rieron y dijeron que ya pagarían las consecuencias al día siguiente.
Ambos tenían que madrugar para trabajar.
Les pregunté si podía apuntarme para ayudar. Me encantaría ver cómo rodaban.
Se quedaron mirándome y se miraron el uno al otro. Sabían quién era yo, y aunque ya era bastante sorprendente conocerme en la sabana, la idea de contratarme como ayudante les parecía demasiado.
—Pues claro que puedes venir —dijo Mike—. Pero tendrás que trabajar. Levantar cajas pesadas, cargar con las cámaras.
Vi por sus expresiones que esperaban que con aquello desistiría de ayudar.
—Me parece genial —dije sonriendo.
Se quedaron en shock. Y encantados.
Sentí algo parecido al amor a primera vista. Y fue recíproco.
Teej y Mike eran africanos. Ella era de Ciudad del Cabo; él, de Nairobi. Teej había nacido en Italia, había pasado sus primeros años de vida en Milán, y se sentía especialmente orgullosa de sus raíces milanesas, que eran la causa de su apasionamiento, según dijo; eso era lo más próximo a un arrebato de presunción que pudieras contemplar en ella. Incluso se crio hablando italiano, aunque ya lo había olvidado, confesó con tristeza. Salvo que no era así. Siempre que ingresaba en un hospital, impactaba a todo el mundo hablando italiano con fluidez cuando despertaba de la anestesia.
Mike se había criado en una finca ganadera, había aprendido a montar a caballo poco después de aprender a caminar. La casualidad quiso que su vecino fuera uno de los primeros cineastas de fauna salvaje de la historia. Siempre que tenía un minuto libre, salía corriendo a la casa del vecino para sentarse con él y bombardearlo a preguntas. Mike había encontrado su verdadera vocación y el vecino supo verlo y la alentó.
Tanto Teej como Mike tenían talento, eran muy inteligentes y estaban totalmente entregados a la fauna salvaje. Yo quería pasar tanto tiempo como fuera posible con ellos, no solo en aquel viaje, sino en general. El problema era si ellos me dejarían hacerlo.
A menudo pillaba a Teej mirándome, evaluándome, con una sonrisa curiosa, como si yo fuera un ser salvaje que se hubiera presentado por sorpresa en su campamento. Pero en lugar de ahuyentarme o utilizarme, como habrían hecho muchos, ella se acercaba y… me mimaba. Décadas de observación de la vida salvaje le habían aportado sensibilidad hacia ella, reverencia por ella, la consideraba una virtud e incluso un derecho esencial. Mike y ella eran las primeras personas que valoraban lo que me quedara de espíritu salvaje, sin importar lo que se hubiera perdido a causa del dolor… y los paparazzi. Les escandalizaba que otros quisieran eliminarlo de raíz, que otros estuvieran encantados con la idea de encerrarme en una jaula.
En ese viaje, o tal vez en el siguiente, pregunté a Teej y a Mike cómo se habían conocido. Ambos sonrieron con expresión de culpabilidad.
—Por un amigo en común —masculló Mike.
—En una cita a ciegas —susurró Teej.
La escena se desarrolló en un pequeño restaurante. Cuando Mike entró, Teej ya estaba sentada a la mesa, de espaldas a la puerta. No vio a Mike, solo oyó su voz, pero incluso antes de volverse supo, por el tono, por el timbre de voz, por el cambio de la temperatura de la sala, que tenía un grave problema.
Conectaron de maravilla durante la cena y, al día siguiente, Teej fue a casa de Mike a tomar un café. Al entrar, ella estuvo a punto de desmayarse. Sobre la última balda de la librería de Mike había un libro de su mismísimo abuelo, Robert Ardrey, un famoso científico, ensayista y escritor. (Lo nominaron a un Oscar por el guion de la película Kartum). Además de los libros del abuelo de Teej, Mike tenía todos los demás libros favoritos de Teej «colocados en el mismo orden que ella los tenía en sus estanterías». Teej, atónita, se tapó la boca con una mano. Eso era sincronicidad. Era una señal. Ella no regresó más a su propio piso, salvo para embalar sus cosas. Ambos estaban juntos desde entonces.
Me contaron esta historia junto a la hoguera del campamento. Con Marko y aquel grupo, la hoguera era fundamental, pero con Teej y Mike era sagrada. Pasaban de mano en mano las mismas bebidas, se contaban las mismas historias fascinantes, pero tenía un carácter más de ritual. Hay pocos lugares en los que me haya sentido más próximo a la verdad, o más vivo.
Teej se dio cuenta. Entendió hasta qué punto me sentía en casa estando con ellos.
—Creo que tu cuerpo nació en Gran Bretaña, pero tu alma nació aquí, en África —me dijo.
Posiblemente, el mejor cumplido que nadie me haya hecho jamás.
Tras un par de días de caminar con ellos, comer con ellos y enamorarme de ellos, sentía una paz abrumadora.
Y una necesidad igual de abrumadora de volver a ver a Chelsy.
¿Qué hago?, me preguntaba. ¿Cómo conseguir que suceda? ¿Cómo entrar en Ciudad del Cabo sin que la prensa se entere y lo fastidie todo?
—¡Vamos en coche! —sugirió Adi.
—¿En coche? Hum… Sí. ¡Genial!
Al fin y al cabo solo eran dos días de ruta.
Nos montamos en un coche, condujimos sin parar, bebiendo whisky y engullendo chocolate para recargar pilas. Llegué a la puerta de la casa de Chelsy descalzo, despeinado, tocado con un gorro de lana mugriento y una enorme sonrisa que me arrugaba la cara sucia.
Ella ahogó un grito… y se rio.
Luego… abrió la puerta un poco más.
47
Chels y yo aprendimos una lección importante. África era África…, pero Inglaterra sería siempre Inglaterra.
Poco después de haber aterrizado en Heathrow nos hicieron un robado.
Para mí nunca resultaba agradable, pero tampoco me sorprendía. Hubo unos años, después de la desaparición de mi madre, en los que casi no me hicieron robados, pero en ese momento era una constante. Aconsejé a Chelsy que lo considerara una enfermedad crónica, algo que gestionar.
Pero ella no estaba segura de querer padecer una enfermedad crónica.
Le dije que lo entendía. Era un sentimiento totalmente válido. Sin embargo, mi vida era así y, si Chelsy quería compartir cualquier parte de ella, tendría que compartir también eso.
Le mentí diciéndole que ya se acostumbraría.
A partir de entonces, calculé que tenía un cincuenta por ciento de posibilidades, tal vez un cuarenta, de ver de nuevo a Chels. Lo más probable era que la prensa volviera a costarme perder a otra persona que me gustaba. Intenté convencerme de que estaba bien, de que en ese momento no tenía tiempo para una relación.
Tenía trabajo que hacer.
Para empezar, me enfrentaba a los exámenes de acceso requeridos para la Real Academia Militar de Sandhurst.
Duraban cuatro días y no se parecían para nada a los exámenes de Eton. Había parte de teoría, parte de prueba escrita, pero la mayoría eran test para evaluar tu fortaleza psicológica y dotes para el liderazgo.
Resultó que… yo tenía ambas cualidades. Aprobé con honores.
Estaba encantado. Mis problemas de concentración, el trauma por lo de mi madre, ninguna de esas condiciones interfirió. Ninguna de ellas jugó en mi contra en el Ejército británico. Por el contrario, descubrí que esas circunstancias me convertían en alguien más idóneo. El Ejército estaba buscando precisamente a tipos como yo.
¿Qué ha dicho, jovencito? ¿Que sus padres están divorciados? ¿Su madre muerta? ¿Un trauma psicológico por un duelo sin superar? ¡Pase por aquí!
Junto con la noticia de que había aprobado los exámenes recibí una fecha para presentarme en destino, con varios meses de antelación. Lo que significaba que tenía tiempo de hacerme a la idea y atar cabos sueltos. Incluso mejor, tenía tiempo para pasarlo con Chels… si ella quería verme.
Y sí quería. Me invitó a regresar a Ciudad del Cabo para conocer a sus padres.
Así lo hice. Y me gustaron al instante. Era imposible que no le gustaran a alguien. Disfrutaban de las anécdotas divertidas, de los gin-tonics, de la buena comida, de las salidas de caza. Su padre era grande como un oso, con la espalda ancha, achuchable, pero también un alfa innegable. Su madre era menuda, escuchaba de maravilla y daba con frecuencia unos abrazos épicos. Yo no sabía qué deparaba el futuro, no quería adelantarme a los acontecimientos, pero sí pensaba: si pudieran crearse unos suegros ideales, no serían mucho mejores que estas personas.
48
Tenía que haber algo en el aire. Justo cuando me embarcaba en mi nueva relación amorosa, mi padre anunció que se casaba. Le había pedido permiso a mi abuela, y ella se lo había concedido. A regañadientes, según se publicó.
A pesar de que Willy y yo le pedimos que no lo hiciera, mi padre seguía adelante. Le estrechamos la mano y le deseamos lo mejor. Sin rencores. Reconocimos que por fin iba a estar con la mujer a la que amaba, la mujer que siempre había amado, la mujer que el destino tenía reservada para él desde el principio. A pesar de la amargura y la tristeza que sintiéramos al cerrar otro bucle de la historia de nuestra madre, entendimos que eso era irrelevante.
Además, empatizábamos con mi padre y Camila como pareja. Habían llevado la mala suerte a niveles insospechados. Después de años de anhelo frustrado, se encontraban, en ese momento, a escasos pasos de la felicidad… y no paraban de surgir nuevos obstáculos. Primero fue la controversia sobre la naturaleza de la ceremonia. El personal de la Casa Real insistía en que debía ser una ceremonia civil, porque mi padre, como futuro jefe de la Iglesia anglicana, no podía casarse por el rito religioso con una divorciada. Eso suscitó un acalorado debate sobre la localización de la ceremonia. Si la boda civil debía celebrarse en el castillo de Windsor, que era la primera opción de la pareja, Windsor debería obtener la licencia para la celebración de bodas civiles, y, si eso ocurría, cualquier británico estaría autorizado para casarse allí por lo civil. Nadie quería eso.
Por lo tanto, la decisión fue que la boda se celebrara en el Guildhall, el salón consistorial de Windsor.
Pero, entonces, falleció el papa.
«¿Qué tiene que ver el papa con nuestro padre?», pregunté, desconcertado, a Willy.
Pues resulta que tenía mucho que ver. Mi padre y Camila no querían casarse el mismo día del fallecimiento del sumo pontífice. Mal karma. Menos cobertura mediática. Y más concretamente: mi abuela quería que mi padre la representara en el funeral.
Los planes de boda volvieron a cambiar una vez más.
Retraso tras retraso; si escuchabas con atención, podías oír, retumbando por toda la Casa Real, gritos y gemidos de desesperación. Aunque no se podía adivinar quién los profería: si los planificadores de la boda o Camila (o nuestro padre).
Además de sentir pena por ellos, no podía evitar pensar que alguna fuerza del universo (¿mi madre?) estaba impidiendo más que bendiciendo su unión. A lo mejor es que el universo retrasa aquello que no aprueba.
Cuando la boda se celebró por fin —sin mi abuela, quien decidió no asistir—, fue algo catártico para casi todo el mundo, incluso para mí. Mientras permanecía cerca del altar estuve la mayor parte del tiempo con la cabeza gacha, mirando al suelo, al igual que había hecho durante el funeral de mi madre, pero sí lancé un par de miradas furtivas al novio y la novia, y, cada vez que lo hacía, pensaba: «Bien por vosotros».
Aunque también pensaba: «Adiós».
Sabía, sin lugar a dudas, que aquel matrimonio alejaría a nuestro padre de nosotros. No en un sentido literal, ni tampoco de una forma deliberada ni maliciosa; pero aun así… lo alejaría. Mi padre entraba en un nuevo espacio, un espacio cerrado, un espacio estrictamente insular. Intuía que Willy y yo veríamos menos a nuestro padre y eso me hacía sentir emociones encontradas. No me alegraba la idea de perder a un segundo progenitor, y no sabía cómo sentirme ante la idea de tener una madrastra que, según pensaba, me había sacrificado en el altar erigido para sus relaciones públicas. Sin embargo, veía a mi padre sonreír y era difícil negarlo y más difícil todavía negar la causa: Camila. Yo quería muchas cosas, pero me sorprendí a mí mismo al descubrir, durante la boda, que lo que más deseaba, a pesar de todo, era que mi padre fuera feliz.
Por extraño que parezca, quería que Camila fuera feliz.
¿A lo mejor resultaba menos peligrosa siendo feliz?
Se publicó que Willy y yo salimos a escondidas de la iglesia y le colgamos un letrero de «Recién casados» en el coche. Para nada. En cualquier caso, si se me hubiera ocurrido, les habría colgado un cartel de «Que seáis felices».
Sí que recuerdo haberme quedado mirando cómo se alejaban en el coche y pensar: «Son felices. Son felices de verdad».
Maldita sea, yo quería que todos fuéramos felices.
49
Más o menos por esa misma época, justo antes de la boda, o tal vez justo después, me fui con Willy a realizar el entrenamiento del Servicio Especial de Embarcaciones de la Marina Real británica. No era una formación oficial. Se trataba sencillamente de un grupo de chavales con juguetes, como decíamos nosotros. La gran parte del tiempo era una juerga, aunque esa unidad especial procedía de una larga y solemne tradición.
Nuestra familia siempre había mantenido unos lazos estrechos con el entorno militar británico. A veces, ese vínculo suponía una visita oficial, o una comida informal de tanto en tanto. Otras veces, conllevaba mantener conversaciones privadas con hombres y mujeres que regresaban a casa de los distintos conflictos bélicos. Aunque, en otras ocasiones, significaba tomar parte en rigurosos ejercicios. Nada demostraba mejor el respeto hacia la labor que desempeñaban los militares que hacer, o intentar hacer, lo mismo que ellos.
Esos ejercicios siempre se mantenían en secreto para la prensa. El Ejército lo prefería así, y sabe Dios que la realeza también.
Mi madre fue quien nos llevó a Willy y a mí a nuestra primera práctica militar: una «Killing House» o instalación de entrenamiento para el combate en entornos urbanos, en Herefordshire. Nos metieron a los tres en una habitación y nos indicaron que no nos moviéramos. A continuación, la habitación quedó a oscuras. Un pelotón derribó la puerta de una patada. Luego tiraron unas bombas lumínicas de aturdimiento y nosotros nos morimos de miedo, que era su objetivo. Querían enseñarnos a reaccionar «por si» alguna vez nuestras vidas corrían peligro.
¿«Por si»? Eso nos hizo reír. ¿Es que no habían visto nuestra correspondencia?
Pero ese día con Willy fue diferente. Mucho más físico, más participativo. Menos relacionado con la formación y más con la adrenalina. Navegamos a toda pastilla por Poole Harbour en lanchas motoras, «abordamos» una fragata, trepamos por sus escalerillas de cable mientras disparábamos subfusiles MP5, calibre 9 mm, cargados con balas de pintura. En un ejercicio bajamos a toda prisa por una escalerilla metálica hasta la bodega de una fragata. Alguien cortó la luz, para hacer la maniobra más interesante, supongo. Totalmente a oscuras, a cuatro peldaños del suelo, me caí y aterricé sobre la rodilla izquierda, justo encima de un clavo que sobresalía del suelo.
Un dolor cegador me recorrió el cuerpo.
Conseguí levantarme, seguir adelante y terminar la maniobra. Pero al final del día saltamos desde el helipuerto del barco al agua y me di cuenta de que la rodilla no me respondía. No me respondía la pierna entera. Cuando salí del agua y me quité el traje seco, Willy me echó un vistazo y se quedó blanco.
La rodilla me sangraba a borbotones.
La Casa Real anunció que mi entrada en el Ejército se pospondría indefinidamente.
La prensa exigía saber por qué.
El gabinete de comunicación de la Casa Real les respondió: «El príncipe Harry se ha lesionado la rodilla jugando al rugby».
Mientras leía los periódicos con la pierna en alto, eché la cabeza hacia atrás y me reí. No podía evitar saborear una diminuta partícula de regodeo autocomplaciente al ver que la prensa, por una vez sin pretenderlo, había publicado una mentira sobre mí.
No obstante, pronto obtuvieron su venganza. Empezaron a propagar el rumor de que me daba miedo ingresar en el Ejército, de que estaba escaqueándome, poniendo como excusa una falsa lesión en la rodilla para postergarlo.
Dijeron que era un cobarde.
50
Uno de los amigos de Willy celebraba una fiesta. En el campo, cerca de Gloucestershire. Más que una fiesta de cumpleaños, era una fiesta de disfraces con una temática espeluznante. Nativos y colonos. Se requería a los invitados que vistieran de acuerdo a dicha temática.
Fue en enero de 2005.
No me gustaban para nada las fiestas de disfraces. Y no podía soportar las temáticas. En su último cumpleaños, o en el anterior, Willy había celebrado una de esas fiestas con temática: «Memorias de África». Me parecía irritante y desconcertante. Siempre que había ido a África vestía pantalones cortos y camiseta, quizá algún kikoi. «¿No me vale con eso, Willy?». Pero la fiesta de la que hablo ahora era muchísimo peor.
No tenía ni una sola prenda nativa ni colonial en mi armario. Estaba pasando unos días con mi padre y con Camila; algunos días estaba en St. James’s, otros, en Highgrove, y básicamente vivía con una sola maleta, así que me importaba un bledo la ropa. La mayor parte de los días parecía que me había vestido en una habitación a oscuras y desordenada. Por lo tanto, una fiesta de disfraces, y con temática, era mi peor pesadilla.
Que no contaran conmigo. Para nada.
Sin embargo, Willy insistió.
—Ya encontraremos algo que ponerte, Harold.
Su nueva novia prometió ayudarme.
Ella me gustaba. Era muy natural, cariñosa y amable. Había estado de año sabático en Florencia, sabía de fotografía y arte. Y de moda. Le encantaba la moda.
Se llamaba Kate. Ya no recuerdo qué atuendo nativo o colonial llevó a la fiesta, pero, con su ayuda, Willy había escogido una especie de… traje felino. Unos leotardos ajustados con (¿lo recuerdo bien?) una cola retorcida y que rebotaba. Se lo probó para que lo viéramos y parecía un cruce entre el personaje animado de Tigger y el bailarín Barýshnikov. Kate y yo lo pasamos de maravilla señalándolo con el dedo y dando vueltas por el espacio del probador. Resultaba ridículo, sobre todo visto en un espejo de tres hojas. Pero la ridiculez, afirmaron ambos, era el tema de la inminente fiesta.
Me gustaba ver a Kate reír. Es más, me gustaba hacerla reír. Y se me daba bastante bien. Mi lado cómico totalmente transparente conectó con su lado cómico totalmente disimulado. Siempre que me preocupaba el hecho de que fuera Kate la que apartara a Willy de mí, me consolaba con la idea de los ataques de risa que disfrutaríamos en el futuro, y me decía a mí mismo lo genial que sería cuando tuviera una novia formal que pudiera reír con nosotros. A lo mejor sería Chelsy.
Pensé que quizá podía hacer reír a Kate con mi disfraz.
Pero ¿de qué me disfrazaría? «¿De qué iba a ir Harold?» se convirtió en la pregunta que nos hacíamos constantemente.
El día de la fiesta decidimos que debía ir a una población cercana, Nailsworth, donde había una tienda de disfraces muy conocida. Seguro que allí encontraba algo.
Esa parte la tengo un poco borrosa, aunque sí que hay momentos que recuerdo con total claridad. La tienda tenía un olor inolvidable. Me acuerdo de que olía a humedad, como a moho, con otro aroma subyacente, algo indefinible, algún subproducto traído por el aire desde una habitación cerrada a cal y canto, donde había cientos de pares de pantalones, compartidos durante varias décadas por miles de hombres.
Fui recorriendo todas las hileras de prendas, rebuscando entre los colgadores, sin ver nada que me gustara. Como se me agotaba el tiempo, reduje mis opciones a dos.
Un uniforme de la aviación británica.
Y un uniforme nazi color arena.
Con un brazalete de la esvástica.
Una gorra plana.
Llamé a Willy y a Kate y les pedí su opinión.
—El uniforme nazi —me dijeron.
Lo alquilé, además de un ridículo bigote, y volví a casa. Me lo probé. Willy y Kate empezaron a reír a carcajadas. ¡Era peor que el traje de leopardo de Willy! ¡Mucho más ridículo!
Lo que, insisto, era el objetivo.
Sin embargo, el bigote necesitaba un retoque: recorté las puntas largas de ambos lados y lo convertí en un bigotito a lo Hitler. Luego añadí al conjunto unos pantalones cargo.
Salimos hacia la fiesta, donde nadie se sorprendió por mi disfraz. Todos los nativos y colonos estaban más preocupados de emborracharse y enrollarse entre ellos. Nadie se fijó en mí, lo que consideré una pequeña victoria.
Alguien, no obstante, sacó unas fotos. Días después, ese alguien lo vio como una oportunidad de ganar algún dinero, o algunos problemas, y se las vendió a un periodista. «¿Cuánto por unas fotos de una fiesta reciente a la que asistieron los príncipes?». Se suponía que la joya de la corona era una de Willy con sus leotardos.
Pero el periodista localizó algo más. «Perdón, pero ¿qué ven mis ojos? ¿El Repuesto? ¿Disfrazado de nazi?».
Según las informaciones que me han llegado, se regateó un poco con el precio. Se acordó una suma de cinco mil libras y, semanas después, la foto apareció en todos los periódicos del mundo, acompañada de titulares con letras gigantescas.
«¡Heil, Harry!».
«Herr Aberrante».
«Ira por Heil real».
Lo que siguió fue una tormenta de fuego tal que llegué a creer que me sepultaría. Y sentí que merecía ser sepultado. Hubo momentos durante las semanas y meses que siguieron en los que pensé que moriría de vergüenza.
La primera y lógica reacción a las fotos era: «¿En qué estaría pensando?». La respuesta más sencilla: «No pensé». Cuando vi las fotos, reconocí de inmediato que tenía el cerebro apagado, que tal vez llevara tiempo así. Quería salir de viaje por todo el Reino Unido, puerta por puerta, explicando a la gente: «No estaba pensando. No quería ofender a nadie». Pero eso no habría cambiado nada. El dictamen fue rápido, implacable. O bien era un nazi en la sombra o un retrasado mental.
Busqué apoyo en Willy. Él me entendía, pero no podía decir gran cosa. Luego llamé a mi padre. Para mi sorpresa, lo encontré sereno. Al principio sospeché de su actitud. Pensé que a lo mejor consideraba mi crisis como otra oportunidad para apuntalar su imagen pública. Pero me habló con tanta ternura, con tanta compasión sincera que me dejó desarmado. Y agradecido.
No pasó por alto lo ocurrido.
—Mi querido hijo, ¿cómo has podido hacer una tontería así?
Me puse colorado.
—Ya lo sé. Ya lo sé.
Sin embargo, enseguida añadió que eran las tonterías de la juventud, que él recordaba haber sido vilipendiando en público por pecadillos de juventud y que no era justo, porque cuando eres joven es la época en que, por definición, eres inmaduro. Todavía estás creciendo, estás convirtiéndote en lo que llegarás a ser, estás aprendiendo, me dijo. No se refirió a ninguna de esas situaciones humillantes de juventud en concreto. Pero yo ya las conocía. Su conversación más íntima se había filtrado a la prensa, sus comentarios más maliciosos se habían hecho públicos. Habían entrevistado a sus exnovias y sus puntuaciones sobre las habilidades amatorias de mi padre se habían publicado en la prensa sensacionalista, incluso en libros. Él era un entendido en humillaciones.
Me prometió que la furia que había suscitado lo ocurrido amainaría, que la vergüenza desaparecería. Sentí un gran cariño por él cuando me hizo esa promesa, aunque —o tal vez precisamente por eso— sabía que no era verdad. La vergüenza nunca desaparecería. Ni debía desaparecer.
El escándalo fue creciendo con los días. Se me vituperó en los periódicos, en la radio, en la televisión. Los miembros del Parlamento pedían mi cabeza. Uno dijo que se me debía prohibir la entrada en Sandhurst.
Para que todo quedara en el olvido, por tanto, según el personal de mi padre, haría falta un poco de ayuda. Tenía que protagonizar una especie de reparación pública.
Yo dije que me parecía bien. Cuanto antes mejor.
Y mi padre me envió a ver a un hombre santo.
51
Barbudo, con gafas, con el rostro arrugado, ojos negros y mirada de sabio, ese hombre era el rabino jefe del Reino Unido, según me habían informado. Sin embargo, enseguida entendí que era mucho más. Un académico eminente, un filósofo religioso, un escritor prolífico con más de veinticuatro libros de autoría propia, que pasaba la mayoría de sus días mirando por la ventana y pensando en las causas originarias del sufrimiento, la maldad o el odio.
Me ofreció una taza de té y entonces fue directo al grano. No se anduvo con rodeos. Condenaba mis actos. No fue agradable, pero debía hacerlo. No había manera de edulcorarlo. También enfrentó mi estupidez a su contexto histórico. Me habló sobre los seis millones, los exterminados. Judíos, polacos, disidentes, intelectuales, homosexuales. Niños, bebés y ancianos, reducidos a humo y cenizas.
Hace solo unas décadas.
Llegué a su casa sintiendo vergüenza. Después de aquello, sentía algo más: un profundo asco hacia mí mismo.
Sin embargo, ese no era el objetivo del rabino. Desde luego que no era la forma en que quería que me fuera después de verle. Me urgió a no sentirme destrozado por mi error, sino a sentirme motivado. Me habló con esa cualidad que uno suele encontrarse en las personas realmente sabias: el perdón. Me aseguró que todo el mundo hace estupideces o dice estupideces, pero que no tiene por qué ser su naturaleza intrínseca. Afirmó que yo estaba demostrando mi auténtica naturaleza al buscar la reparación. Al buscar la absolución.
Hasta donde él podía, y por su cualificación, me absolvió. Me concedió su perdón. Me dijo que llevara la cabeza en alto, que siguiera adelante, que usara la experiencia para hacer del mundo un lugar mejor. Para convertirme en maestro de ese acontecimiento. Pensé que a Henners le habría gustado cómo sonaba aquello. Henners y su amor por la enseñanza.
No importaba lo que hiciera, el clamor de prohibirme el ingreso en el Ejército iba en aumento. Los mandamases, no obstante, no daban su brazo a torcer. Si el príncipe Harry hubiera estado en el Ejército cuando se disfrazó de Führer, aseguraban, habría sufrido una sanción disciplinaria.
Pero todavía no estaba en el Ejército, añadieron.
Así que yo era perfectamente libre de hacer el tonto.
52
Nuestro nuevo secretario personal se llamaba Jamie Lowther-Pinkerton. Sin embargo, no recuerdo que ni Willy ni yo lo llamáramos de otra forma que no fuera JLP.
Tendríamos que haberle llamado Marko II. O quizá Marko 2.0. Se suponía que debía ser el sustituto de Marko, pero también una versión más oficial, más específica y más permanente de nuestro querido amigo.
Todas las cosas que Marko había hecho de manera informal, el preocuparse por nosotros, guiarnos y aconsejarnos, JLP las hacía formalmente, según nos dijeron. De hecho, fue Marko quien lo encontró, se lo recomendó a nuestro padre y luego lo formó. Por eso ya confiábamos en él desde un principio. Llegaba a nuestras vidas con un sello de aprobación incuestionable. Marko afirmó que era un buen hombre.
Tremendamente tranquilo, ligeramente estirado, JLP llevaba unos gemelos de oro brillantes y un anillo grabado también de oro, símbolos de su rectitud, constancia y una creencia férrea en un estilo inalterable. JLP siempre daba la sensación de que, incluso la mañana del Armagedón, se prendería y colocaría sus amuletos antes de salir de casa.
No obstante, a pesar de su aspecto impecable, de su pulida apariencia exterior, JLP estaba muy curtido y era una fuerza de la naturaleza; el producto del mejor entrenamiento militar del Reino Unido, lo que suponía, entre otras cosas, que a él no le iban las chorradas. No las hacía, no las aceptaba, y todo el mundo, de punta a punta del país, parecía saberlo. Cuando los oficiales británicos decidieron lanzar un ataque masivo contra el cartel colombiano de la droga, escogieron a JLP para dirigirlo. Cuando el actor Ewan McGregor decidió realizar un viaje de tres meses en moto cruzando Mongolia, Siberia y Ucrania, para lo cual precisó un entrenamiento en supervivencia, recurrió a JLP.
Para mí, el mejor rasgo de JLP era la reverencia que sentía hacia la verdad, su dominio de la verdad. Era lo opuesto a tantas personas del Gobierno y del personal de la Casa Real. Por eso, poco después de que empezara a trabajar para Willy y para mí, le pedí que averiguara parte de cierta verdad: quería ver los informes confidenciales de la policía sobre el accidente de mi madre.
Él miró hacia abajo, apartó los ojos. Sí, trabajaba para Willy y para mí, pero también le preocupábamos nosotros, la tradición y la cadena de mando. Mi petición parecía poner en peligro esos tres elementos. Esbozó una mueca y frunció el ceño, que era una zona amorfa de su rostro, ya que JLP no tenía mucho pelo. Al final, se peinó hacia atrás los pelillos negros que le quedaban y me aseguró que, de conseguir los informes mencionados, resultaría muy traumático para mí.
—Muy traumático de verdad, Harry.
—Sí. Ya lo sé. De eso se trata precisamente.
Él asintió en silencio.
—Ah. Hum… Entiendo.
Pasados unos días me llevó a un pequeño despacho, situado al final de una escalera trasera del palacio de St. James, y me entregó un sobre marrón con la indicación de NO DOBLAR. Me contó que había decidido no enseñarme todos los informes policiales. Los había revisado y había retirado los más… «problemáticos».
—Por tu bien.
Me sentí decepcionado. Pero no discutí. Si JLP consideraba que yo no podía aguantarlos, seguramente tenía razón.
Le agradecí que me protegiera.
Dijo que me dejaba a solas para que los leyera y salió del despacho.
Inspiré varias veces y abrí el sobre.
Fotos de exteriores. En el exterior del túnel donde ocurrió el accidente. Una vista de la entrada del túnel.
Fotos de interiores. Unos metros en el interior del túnel.
Fotos de la parte central del túnel. Muy adentro. Hacia el final del túnel y hasta la salida por el otro extremo.
Y por fin… primeros planos del Mercedes accidentado, del que se dijo que se adentró en el túnel hacia la media noche y que nunca volvió a salir de una sola pieza.
Todas parecían fotos de la policía. Pero entonces caí en la cuenta de que muchas de ellas, si no la mayoría, eran de los paparazzi y de otros fotógrafos que se encontraban en el lugar del accidente. La policía de París les había confiscado las cámaras. Algunas imágenes se tomaron minutos después del accidente; otras, mucho más tarde. En algunas se veía a los agentes de policía recorriendo el lugar, en otras se veía a transeúntes curiosos deambulando por allí y mirando atónitos. Todas transmitían una sensación de caos, una atmósfera de vergonzoso carnaval.
Entonces pasé a las fotografías más detalladas, más claras, tomadas más de cerca en el interior del Mercedes. Se veía el cuerpo sin vida del amigo de mi madre, a quien ya conocía como su novio. Estaba el guardaespaldas de mi madre, quien sobrevivió al accidente, aunque sufrió graves lesiones. Y estaba el conductor, abatido sobre el volante. Muchos lo culparon del accidente, porque supuestamente le encontraron alcohol en sangre, y porque estaba muerto y no podía defenderse.
Al final llegué a las fotos de mi madre. La envolvían unas luces, como auras, casi halos luminosos. Qué raro. El color de las luces era el mismo que el de su pelo: dorado. No supe de dónde salían esas luces, no podía imaginarlo, aunque se me ocurrieron toda clase de explicaciones sobrenaturales.
Cuando me di cuenta de su verdadero origen, se me hizo un nudo en el estómago.
Flashes. Eran flashes. Y en el interior de esas luces había rostros fantasmales y otros que se veían a medias; eran los paparazzi y sus reflejos y refracciones en todas las superficies metálicas lisas y en los parabrisas. Esos hombres que la habían perseguido… no dejaron de fotografiarla mientras ella yacía tirada entre los asientos, inconsciente o semiinconsciente; en su frenesí, de vez en cuando, se fotografiaban los unos a los otros. Ninguno de esos paparazzi estaba ocupándose de ver cómo estaba mi madre, ni le ofrecían ayuda, ni siquiera la consolaban. Solo disparaban, disparaban y disparaban.
Yo no lo sabía. No lo habría imaginado ni en sueños. Me habían contado que los paparazzi perseguían a mi madre, que intentaban darle caza como una jauría de perros salvajes, pero jamás se me habría ocurrido que, al igual que una jauría hambrienta, también se habían dado un banquete con su cuerpo indefenso. Antes de ver las fotos, no habría imaginado que lo último que vio mi madre en esta tierra fue el flash de una cámara.
A menos que… En ese momento, la miré mucho más de cerca: no había heridas visibles. Sí, estaba desplomada en el asiento, en una postura antinatural, pero, en general…, estaba bien. Mejor que bien. Con su americana negra, su pelo reluciente, su piel radiante… Los médicos del hospital donde la llevaron no dejaban de comentar lo guapa que era. Me quedé mirando, intentando forzar el llanto, pero no podía, porque estaba tan preciosa y tan viva…
Quizá las fotos que había retirado JLP eran más explícitas. A lo mejor mostraban la muerte en términos más claros. Sin embargo, no consideré muy a fondo esa posibilidad. Cerré el sobre con decisión y me dije: «Está escondida».
Había pedido el informe porque buscaba pruebas, pero el informe no probaba nada, salvo que mi madre había estado en un accidente de coche, tras el cual parecía, en general, ilesa, mientras aquellos que la perseguían continuaban acosándola. Eso era todo. En lugar de servirme como prueba, descubrí más razones para sentir rabia. En aquel pequeño despacho, sentado ante el sobre con la inscripción NO DOBLAR, me envolvió la nube roja; aunque esta vez no era una nube, sino una tormenta torrencial.
53
Llevaba una pequeña bolsa con algunos objetos personales para pasar la noche, además de una tabla de planchar, que transportaba como si nada bajo el brazo, como si fuera una tabla de surf. El Ejército me había ordenado llevarla. Desde ese momento, mis camisas y pantalones no podían tener ni una sola arruga.
Sabía tanto de usar una tabla de planchar como de conducir un tanque; menos, en realidad. Pero eso era problema del Ejército. En ese momento, yo era el problema del Ejército.
Les deseé buena suerte.
Mi padre también lo hizo. Fue él quien me dejó en Camberley, Surrey, en la Real Academia Militar de Sandhurst.
Era mayo de 2005.
Se mantuvo a un lado y me miró mientras me colocaba la chapa identificativa roja con mi nombre, «Gales», y me registraba para entrar. Les dijo a los periodistas lo orgulloso que se sentía.
Luego me alargó la mano.
—Adelante, mi querido hijo.
Foto de rigor. Clic.
Me asignaron a un pelotón de veintinueve chicos y chicas. A primera hora del día siguiente, tras ponernos nuestro nuevo uniforme de combate, desfilamos hasta una antigua sala centenaria. Se olía la historia en el aire, como si su aroma rezumara, cual vapor, de las paredes revestidas de madera. Recitamos un juramento dedicado a la reina. «Juro lealtad a la Corona y a la patria…». El tipo que tenía a mi lado me clavó un codo en las costillas.
—¡Seguro que has dicho «a mi abuela» en lugar de «a la reina»!
Esa fue la última vez, durante las cinco semanas siguientes, que él o cualquiera se atrevió a hacer una broma. El campo de entrenamiento militar no tenía nada de chistoso.
Campo de entrenamiento militar: un nombre muy benévolo para lo que ocurría allí. Nos forzaban hasta alcanzar nuestro límite físico, mental y espiritual. Nos llevaban —o nos empujaban— hasta un punto que sobrepasaba nuestra resistencia y, luego, un poco más allá, dirigidos por un imperturbable grupo de amables sádicos: los sargentos instructores (también llamados «sargentos de color» por llevar, históricamente, los colores de sus batallones). Eran unos tipos corpulentos, chillones y extremadamente masculinos y, que a pesar de eso, tenían todos unos perritos diminutos. Jamás he oído ni leído explicación alguna para esto y no me la imagino. Solo diré que era raro ver a esos ogros cargados de testosterona, y casi todos calvos, haciendo carantoñas a sus caniches, shih tzus y carlinos.
Diría que nos trataban como perros si no fuera porque trataban a sus perros mucho mejor que a nosotros. A nosotros nunca nos decían: «¡Buen chico!». Se nos pegaban a la cara y nos gritaban entre el vapor de la nube de loción para después del afeitado, y nunca jamás aflojaban. Nos denigraban, nos acosaban, nos chillaban y no ocultaban para nada sus intenciones. Querían destrozarnos.
Si no podían destrozarnos, genial. ¡Bienvenido al Ejército! Si lo conseguían, mejor todavía. Mejor saberlo de inmediato. Mejor que nos destrozaran ellos que no el enemigo.
Aplicaban todo un abanico de estrategias. Coacción física, intimidación psicológica y… ¿sentido del humor? Recuerdo que un sargento instructor me apartó del grupo. «Señor Gales, yo estaba de guardia un día en el palacio de Windsor, con mi gorro militar de piel de oso, cuando se me acercó un niño y me tiró grava en las botas. Y ese niño… ¡era usted!».
Bromeaba, aunque yo no estaba muy seguro de si debía reír y tampoco de que fuera verdad. No me sonaba su cara y desde luego no recordaba haber tirado grava a ningún miembro de la Guardia Real. Pero, por si era cierto, me disculpé y esperé que ambos pudiéramos olvidarlo.