En la sombra

En la sombra


Primera parte » 58

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Pasadas dos semanas, varios cadetes se habían rendido. Nos despertamos y vimos que sus camas estaban hechas y sus cosas habían desaparecido. A ninguno nos pareció mal. Esa mierda no era para todo el mundo. Antes de que se apagaran las luces, algunos de mis compañeros cadetes confesaron que temían ser los siguientes.

Sin embargo, yo nunca tiré la toalla. En términos generales estaba bien. El campo de entrenamiento no era una merienda en el parque, pero tenía el convencimiento de que estaba donde necesitaba estar. Sabía que no podían romperme. Me pregunté si sería porque ya estaba roto.

Además, no importaba cómo nos trataran, sucedía lejos de la prensa y, para mí, cada día era como estar de vacaciones. El centro de entrenamiento era como el club H. Daba igual qué tuvieran preparado los sargentos instructores; siempre, sin falta, estaba la bonificación de que no había paparazzi. En realidad, nada era capaz de dañarme en un lugar donde la prensa no podía localizarme.

Y entonces me encontraron. Un periodista del periódico The Sun se coló en el recinto y se paseó por ahí con una falsa bomba de humo para intentar demostrar… ¿el qué? Nadie lo supo. The Sun dijo que su reportero, el falso transeúnte solitario, intentaba dejar en evidencia la laxa seguridad del centro de entrenamiento, para demostrar que el príncipe Harry se encontraba en peligro.

La parte realmente aterradora fue que algunos lectores se creyeron esa basura.

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Cada día, al despertarnos a las cinco de la mañana, nos obligaban a beber una botella entera de agua. El recipiente pertenecía al Ejército, era de plástico negro, un resto de la guerra de los bóers. Cualquier líquido contenido allí sabía a plástico de primera generación. Y a pis. Además, estaba caliente como la orina. Así que, después de tragar, momentos antes de salir a pegarnos la carrera de la mañana, algunos de nosotros caíamos al suelo y vomitábamos toda el agua de golpe.

Daba igual. Al día siguiente, tenías que volver a tragarte el agua con sabor a pis plástico de la misma botella y luego salir al exterior para otra carrera posvómito.

Ay, las carreras… Corríamos a todas horas. Corríamos alrededor de una pista. Corríamos por un camino. Corríamos por lo profundo del bosque. Corríamos por praderas. Algunas veces corríamos cargando cuarenta kilos a la espalda y, otras veces, un enorme tronco. Corríamos y corríamos y corríamos hasta caer desmayados, lo que, en ocasiones, ocurría cuando todavía estábamos corriendo. Nos quedábamos ahí tirados, semiconscientes, con la sangre bombeándonos en las piernas, como perros atontados persiguiendo ardillas.

Entre carrera y carrera, tirábamos de nuestro cuerpo cuerda arriba, lo retorcíamos para escalar muros o acabábamos chocándolo con los demás. Por la noche, algo más intenso que el dolor se nos metía en los huesos. Era una pulsación intensa y estremecedora. No había forma de soportar esa sensación salvo que te disociaras de ella: que le dijeras a la mente que tú no eras eso. Debías salir de ti mismo. Los sargentos instructores decían que era parte de su plan maestro. Matar al yo.

Entonces estaríamos todos en la misma onda. Entonces seríamos, de verdad, una unidad.

Cuando el protagonismo del yo desaparece, nos prometieron, la idea de servicio ocupa su lugar.

«El pelotón, la patria… será todo cuanto os importe, cadetes. Y será suficiente, joder».

No sabía qué opinarían los demás cadetes al respecto, pero yo me lo creí. ¿El yo? Estaba más que dispuesto a desprenderme de ese peso muerto. ¿La identidad? Quedáosla toda.

Podía entender que, para alguien aferrado al yo, a su identidad, esa experiencia resultara difícil. Para mí no. La disfruté con pausa y constancia; sentía que estaba siendo reducido a una esencia, que me estaban eliminando las impurezas, y que solo quedaría lo vital.

Se parecía un poco a lo experimentado en Tooloombilla. Solo que con más intensidad.

Lo veía como un inmenso regalo, hecho por los sargentos instructores, por la Commonwealth.

Les tomé mucho cariño por ese motivo. Por la noche, antes de que apagaran la luz, daba las gracias.

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Tras esas primeras cinco semanas, tras el cierre del campo de entrenamiento, los sargentos instructores relajaron un poco el ritmo. Aunque fuera ligeramente. No nos gritaban tanto. Nos trataban como soldados.

Como tales, no obstante, había llegado la hora de que habláramos de guerra. De cómo hacerla, de cómo ganarla. Parte de esto implicaba unas clases teóricas mortalmente aburridas.

Lo mejor eran los ejercicios de simulación sobre las distintas maneras de caer muerto, o no, según la instrucción.

Las siglas de estos ejercicios eran QBRN. Químicos, biológicos, radiológicos, nucleares. La práctica consistía en ponerse el equipo de protección, quitárselo, limpiarlo y retirar las toxinas y otros restos que pudieran lanzarnos, bombardearnos o rociarnos. Cavamos incontables trincheras, nos poníamos máscaras, nos enroscábamos en posición fetal y ensayábamos el Apocalipsis una y otra vez.

Un día, los sargentos instructores nos reunieron en el exterior de un edificio de ladrillo rojo, que habían transformado en una cámara de gas CS. Nos ordenaron entrar y lanzaron el gas. Nos quitamos las máscaras antigás, volvimos a ponérnoslas y a quitárnoslas. Si no eras lo bastante rápido, tragabas una bocanada y te entraba en los pulmones. Pero no siempre se podía ser rápido, y ese era el objetivo, así que, al final, todo el mundo tragaba gas. Se suponía que los ejercicios estaban relacionados con la guerra; para mí estaban relacionados con la muerte. El único leitmotiv del entrenamiento militar era la muerte. Cómo evitarla, pero también cómo encararla: de frente.

Por tanto, parecía algo natural, casi inevitable, que nos subieran en un autobús y nos llevaran al cementerio militar de Brookwood, para plantarnos ante las lápidas a escuchar a alguien recitando un poema.

«Por los caídos».

El poema era de una época previa a las más cruentas guerras del siglo XX, por lo que tenía cierto toque de inocencia.

Ellos no envejecerán,

como lo haremos los que quedamos…

Resulta impactante cuántos momentos de nuestro entrenamiento inicial se vieron intercalados, elevados, por la poesía. La gloria de morir, la belleza de morir, la necesidad de morir…; nos taladraban la cabeza con esas ideas junto con las habilidades para evitar la muerte. A veces era algo explícito, pero otras nos lo topábamos de frente. Siempre que nos llevaban en grupo al interior de la capilla, elevábamos la vista y lo veíamos grabado en piedra: Dulce et decorum est pro patria mori.

Dulce y apropiado es morir por la patria.

Palabras que escribió por vez primera un antiguo romano, un exiliado, y luego fueron reinterpretadas por un soldado británico que había muerto por su patria. Reinterpretadas con ironía, aunque nadie nos lo dijo. Sin duda no fueron grabadas con ironía en esa inscripción de piedra.

La poesía, para mí, era ligeramente preferible a la historia. Y a la psicología. Y a la estrategia militar. Tuerzo el gesto solo de pensar en esas largas horas, esas sillas duras de la sala Faraday y la sala Churchill, leyendo libros y memorizando fechas, analizando famosas batallas, escribiendo trabajos sobre los conceptos más ininteligibles de la estrategia militar. Para mí, esos fueron los auténticos retos de Sandhurst.

Si me hubieran dado a elegir, habría escogido cinco semanas más en el campo de entrenamiento.

Me quedé dormido en la sala Churchill más de una vez.

—¡Usted, señor Gales! ¡Está dormido!

Para cuando nos entraba el sueño nos aconsejaron dar saltos, a fin de aumentar el riego sanguíneo. Aunque era un método controvertido. Al ponerte de pie estabas informando al instructor que él o ella era un aburrimiento. ¿De qué humor estaría cuando tuviera que corregir tu próximo trabajo?

Las semanas se solapaban. La novena semana —¿o fue la décima?—, aprendimos a usar la bayoneta. Era una mañana ventosa. Fue en un campo de Castlemartin, en Gales. Los sargentos instructores ponían a todo volumen su atronadora música punk para despertar al animal que llevábamos dentro y luego nos lanzábamos a la carrera contra muñecos de arena, con las bayonetas en alto, destrozándolos y gritando: «¡Matar! ¡Matar! ¡Matar!».

Cuando soplaban los silbatos, el ejercicio había «terminado», pero algunos chavales no podían parar. Seguían clavando las bayonetas y acuchillando sus muñecos. Un rápido vistazo al lado oscuro de la naturaleza humana. Luego todos nos reíamos y fingíamos no haber visto lo que acababa de suceder.

Duodécima semana —¿o tal vez fuera la decimotercera?—, tocaban las armas y las granadas. Yo era un buen tirador. Había estado disparando a conejos, palomas y ardillas con una carabina del calibre 22 desde que tenía doce años.

Pero en ese momento mejoré.

Y mucho.

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A finales de verano nos enviaron a Gales y nos sometieron a un severo ejercicio llamado «tramo largo». Una marcha sin descanso, consistente en caminar y correr por terreno difícil durante varios días, subiendo y bajando por zonas rurales yermas, con una carga de equipamiento atada a la espalda, equivalente al peso de un adolescente. Y lo que era peor, Europa sufría una histórica ola de calor, y nos pusimos en marcha en la cresta de la ola, el día más caluroso del año.

Un viernes. Nos dijeron que el ejercicio seguiría hasta el domingo por la noche.

A última hora del sábado, durante nuestro único descanso obligado, dormimos en sacos, en un camino de tierra. Transcurridas dos horas, nos despertó un trueno y una lluvia torrencial. Yo estaba en un equipo de cinco cadetes y nos levantamos, miramos hacia la lluvia y bebimos las gotas de agua. Fue una sensación maravillosa. Pero nos mojamos. Y era la hora de retomar la marcha.

Calados hasta los huesos, con la lluvia que caía, la marcha se transformó en algo muy distinto. Íbamos gruñendo, jadeando, rugiendo, resbalando. Poco a poco sentí que mi determinación iba esfumándose.

En una parada momentánea, en un puesto de control, sentí que me ardían los pies. Me senté en el suelo, me quité la bota y el calcetín derechos y vi que tenía en carne viva la planta del pie.

Pie de trinchera.

El soldado que tenía a mi lado sacudió la cabeza.

—Mierda, no puedes seguir.

Me quedé abatido. Aunque confieso que también aliviado.

Estábamos en un camino rural. En un campo cercano había una ambulancia. Yo caminé tambaleante en su dirección. Cuando ya estaba cerca, los técnicos sanitarios me levantaron para subirme al vehículo por la plataforma trasera. Me examinaron los pies y dijeron que la marcha había acabado para mí.

Asentí en silencio y me dejé caer, despatarrado.

Mi equipo estaba preparándose para marchar.

—Adiós, muchachos. Os veré en el campo.

Sin embargo, justo en ese momento, apareció uno de los sargentos instructores. El sargento Spence. Pidió hablar conmigo. Bajé de un salto por la plataforma trasera de la ambulancia y avancé cojeando a su lado hasta un árbol cercano.

Con la espalda apoyada en el tronco, me habló con tono sereno. Era la primera vez en meses que no me gritaba.

—Señor Gales, tiene por delante un último empujón. Le quedan literalmente unos diez o doce kilómetros, eso es todo. Lo sé, lo sé, tiene los pies hechos una mierda, pero le sugiero que no abandone. Sé que puede hacerlo. Usted sabe que puede hacerlo. Un empujón. Jamás se lo perdonará a sí mismo si no lo hace.

Y se alejó caminando.

Yo volví renqueante a la ambulancia y pedí toda la cinta de óxido de zinc que tuvieran. Me vendé los pies con fuerza y volví a embutirlos en las botas.

Colina arriba, colina abajo, yo seguí adelante, intentando pensar en cosas que me distrajeran de la agonía. Nos acercamos a un arroyo. Pensé que el agua helada sería una bendición. Pero no. Lo único que sentí fueron las piedras del lecho clavándoseme en la piel en carne viva.

Los últimos seis kilómetros están entre los pasos más difíciles que he dado en este planeta. Cuando cruzamos la línea de meta empecé a hiperventilar por el alivio.

Una hora después, de regreso en el campo de entrenamiento, todo el mundo se puso las deportivas. Durante los días posteriores, nos movíamos por los barracones arrastrando los pies, como ancianos.

Pero éramos ancianos orgullosos.

En algún momento, me acerqué cojeando al sargento instructor Spence y le di las gracias.

Él me sonrió tímidamente y se alejó.

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A pesar de estar agotado, a pesar de sentirme un poco solo, era feliz. Estaba más en forma que nunca, pensaba y veía con más claridad que en toda mi vida. El sentimiento era parecido al descrito por las personas que ingresan en una orden monástica. Todo parecía iluminado.

Como en el caso de los monjes, cada cadete tenía su propia celda. La estancia debía estar en perfecto estado de revista a todas horas. Nuestras pequeñas camas debían estar hechas: bien hechas. Nuestras botas negras debían estar lustradas: relucientes como pintura húmeda. La puerta de la celda debía estar abierta y apuntalada, siempre. Aunque estaba permitido cerrarla de noche, los sargentos instructores podían entrar en cualquier momento, y a menudo lo hacían.

Algunos cadetes se quejaban con amargura: «¡No tenemos privacidad!».

Eso me hacía reír. ¿Privacidad? ¿Qué es eso?

Al final de cada jornada, me sentaba en mi celda, pulía las botas, escupiendo en ellas, frotándolas y consiguiendo que fueran espejos en los que se reflejara mi cabeza rapada. No importaba en qué institución cayera: al parecer, un corte de pelo trágicamente feo era lo primero que me tocaba. Luego escribía un mensaje de texto a Chels. (Me permitieron conservar el móvil por razones de seguridad). Algunas veces le contaba cómo iban las cosas, o le decía que la echaba de menos. A continuación prestaba el móvil a cualquier otro cadete que quisiera mandar un mensaje a su novia o novio.

Después apagaban las luces.

Ningún problema. Ya no me daba miedo, ni por asomo, la oscuridad.

58

Ya era oficial. Ya no era el príncipe Harry. Era el segundo teniente Gales del Regimiento Blues and Royals, segundo regimiento más antiguo del Ejército británico, perteneciente a la caballería de la Guardia Real y Guardia del monarca.

La ceremonia de «graduación», como la llamaban, tuvo lugar el 12 de abril de 2006.

Cerca de mí estaban mi padre y Camila, mi abuelo, Tiggy y Marko.

Y mi abuela, claro.

Hacía décadas que ella no asistía a una ceremonia de tales características, por eso su aparición fue todo un honor. Sonrió, para que todo el mundo lo viera, cuando pasé marchando ante ella.

Y Willy me dedicó un saludo militar. En ese momento, él también estaba en Sandhurst. Era un compañero cadete. (Había empezado después que yo, porque, antes, había ido a la universidad). No podía recurrir a su típica actitud cuando estábamos compartiendo una institución, no podía fingir no conocerme, o habría sido un insubordinado.

Durante un breve instante, el Repuesto superó en rango al Heredero.

Mi abuela pasó revista a las tropas. Cuando llegó a mi altura, me dijo: «Ah, hola».

Yo sonreí y me sonrojé.

La ceremonia de graduación fue seguida por la interpretación de «Auld Lang Syne», y luego el general adjunto subió con su caballo blanco las escalinatas del Old College.

Al final se ofreció un almuerzo en el Old College. Mi abuela pronunció un bonito discurso. A medida que el día iba apagándose, los adultos se marcharon y empezó la fiesta de verdad. Una noche de mucha bebida y risas desternillantes. Mi acompañante era Chels. Al final, de hecho, celebramos una segunda graduación, la del alcohol. Me desperté a la mañana siguiente con una sonrisa de oreja a oreja y un ligero dolor de cabeza.

Siguiente parada, me dije mientras me afeitaba frente al espejo, Irak.

Más específicamente: el sur de Irak. Mi unidad iba a relevar a otra unidad que había pasado meses realizando un reconocimiento avanzado de la zona. Era una misión peligrosa, ya que había que esquivar constantemente a los francotiradores y los artefactos explosivos improvisados colocados en la carretera. En ese mismo mes habían sido abatidos diez soldados británicos. En los seis meses anteriores, cuarenta.

Sopesé cómo me sentía. No estaba asustado. Estaba comprometido. Estaba impaciente. Pero, además, la guerra, la muerte, cualquier cosa era mejor que quedarme en el Reino Unido, que era, en sí mismo, otro tipo de batalla. Hacía poco tiempo, los periódicos habían difundido una historia sobre un mensaje de voz que me había enviado Willy fingiendo ser Chels. También habían publicado una noticia diciendo que yo le había pedido ayuda a JLP para un trabajo de investigación de Sandhurst. Ambas noticias, por una vez, eran ciertas. La cuestión era: ¿cómo podía conocer la prensa detalles tan privados de mi vida?

Eso me ponía paranoico. Y a Willy también. Nos hacía pensar en la supuesta locura de mi madre desde una perspectiva muy distinta.

Empezamos a analizar de cerca a nuestro círculo más cercano, a cuestionar a los amigos en quienes más confiábamos y en sus amigos. ¿Con quién habían hablado? ¿A quién le habían hecho confidencias? Nadie estaba fuera de sospecha porque nadie podía estarlo. Dudábamos incluso de nuestros guardaespaldas, y siempre los habíamos adorado. (Joder, en ese momento, yo mismo era un guardaespaldas, el guardián de la reina). Siempre habían sido como hermanos para nosotros. Pero, así las cosas, también eran sospechosos.

Durante una fracción de segundo llegamos a dudar incluso de Marko. Así de tóxicas se habían vuelto las sospechas. Nadie se libraba. Alguna persona, o personas, muy próxima a mí y a Willy, estaba filtrando información a los periódicos, por eso debía tenerse en cuenta a todo el mundo.

Pensé que sería un alivio estar en una auténtica zona de guerra, donde nada de todo eso fuera parte de mis cálculos diarios.

Pedía, por favor, que me llevaran a un campo de batalla con normas claras de combate.

Donde existiera cierto sentido del honor.

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