En la sombra
Segunda parte » 87
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1
El ministro de Defensa británico anunció al mundo en febrero de 2007 mi participación en un despliegue militar; iba a capitanear un escuadrón de tanques ligeros a lo largo de la frontera iraquí, cerca de Basora. Era oficial. Partía a la guerra.
La reacción pública fue peculiar. La mitad de los británicos estaba furiosa y consideraba una locura poner en riesgo la vida del nieto menor de la reina. Sin importar que fuera el Repuesto, no era inteligente enviar a un miembro de la realeza a una zona de guerra. (Era la primera vez en veinticinco años que se hacía algo así).
La otra mitad, no obstante, se alegró muchísimo. ¿Por qué iba a recibir Harry un trato especial? Qué gasto del dinero de los contribuyentes sería entrenar al chico como soldado y no sacarle provecho.
Si muere, pues que muera, decían.
Desde luego ese era el sentir del enemigo. Por supuesto que sí, que nos envíen al chico, fue la respuesta de los insurgentes, que intentaban fomentar una guerra civil en Irak.
Uno de los líderes de la insurgencia presentó una invitación formal digna de una elegante cita para tomar el té.
«Esperamos la llegada del joven príncipe malcriado conteniendo el aliento por la emoción».
El líder de la insurgencia aseguró que había un plan para mí. Habían pensado secuestrarme, y luego decidirían qué hacer conmigo: torturarme, pedir un rescate, matarme…
En aparente contradicción directa con ese plan, concluía su mensaje con la promesa de que el bello príncipe regresaría junto a su abuela «sin orejas».
Recuerdo que, al oírlo, sentí las puntas de las orejas calientes. Retrocedí a la infancia, cuando un amigo sugirió que me operasen las orejas para retraerlas, y así prevenir o corregir la maldición familiar. Me negué en redondo.
Días después, otro líder de la insurgencia invocó a mi madre. Dijo que yo debía aprender de su ejemplo y romper con mi familia. «Rebélate contra los imperialistas, Harry».
O, de no ser así, advirtió, «la sangre de un príncipe se derramará en nuestro desierto».
Me habría preocupado que Chels oyera cualquiera de esas amenazas, pero, como desde que habíamos empezado a salir, ella había sufrido tanto acoso de la prensa, ya había desconectado por completo. Para Chels no existían los periódicos. Y tenía prohibido internet.
El Ejército británico, no obstante, estaba totalmente conectado. Dos meses después de anunciar mi despliegue, el jefe del Ejército, el general Dannatt, lo canceló de golpe. Además de las amenazas públicas de los líderes de la insurgencia, la inteligencia británica averiguó que mi foto había sido distribuida entre un grupo de francotiradores iraquíes, con instrucciones que indicaban que yo era «la madre de todos los objetivos». Esos francotiradores eran la élite: hacía poco que habían abatido a seis soldados británicos. La misión se había vuelto demasiado peligrosa para mí y para cualquiera que tuviera la mala suerte de estar a mi lado. Me había convertido, según la valoración de Dannatt y de otras personas, en un «imán para las balas». Y la razón principal, según argumentó el general, era la prensa. En la declaración pública que hizo anunciando la cancelación de mi despliegue, reprendió a los periodistas por su exagerada cobertura de la noticia, sus desquiciadas especulaciones, que habían «exacerbado» el nivel de amenaza.
El personal de mi padre también emitió un comunicado público, en el que decía que yo estaba «muy disgustado», lo cual era cierto. Estaba destrozado. Cuando me llegó la noticia, me encontraba en el cuartel de Windsor, sentado con mis colegas. Me tomé un rato para recomponerme, y luego les conté las malas noticias. Aunque apenas habíamos pasado unos meses viajando y entrenando juntos, nos habíamos convertido en hermanos de armas, y en ese momento los dejaba solos.
No lo lamentaba solo por mí. Me preocupaba por mi equipo. Algún otro tendría que hacer mi trabajo y yo viviría para siempre con la duda, con la culpa. ¿Y si no les iba bien?
La semana siguiente, varios periódicos informaron de que yo sufría una depresión grave. Uno o dos, no obstante, publicaron que la repentina cancelación de mi despliegue había sido cosa mía. Una vez más, la cantinela del cobarde. Dijeron que, entre bambalinas, había presionado a mis superiores para que echaran el cierre.
2
Me planteé dejar el Ejército. ¿Qué sentido tenía seguir perteneciendo a él si no podía ser un soldado de verdad?
Lo hablé con Chels. Ella tenía sentimientos encontrados. Por una parte no podía ocultar su alivio. Por otra, sabía lo mucho que yo quería estar ahí por mi equipo. Sabía que hacía tiempo que sufría el acoso de la prensa y que el Ejército había sido la única salida saludable que había encontrado.
También sabía que yo creía en la misión.
Lo hablé con Willy. Él también estaba dividido. Empatizaba conmigo como soldado. Pero ¿como hermano? ¿Como hermano mayor altamente competitivo? No podía lamentar del todo el giro de los acontecimientos.
La mayor parte del tiempo, Willy yo no queríamos tener nada que ver con la tontería esa del Heredero y el Repuesto. Sin embargo, de vez en cuando, me sorprendía ver que para él sí tenía importancia en cierto sentido. En lo profesional y lo personal le preocupaba el lugar que yo ocupaba, lo que estaba haciendo.
Como no obtuve consuelo por ningún lado, lo busqué en el vodka con Red Bull. Y en el gin-tonic. En esa época me fotografiaron entrando y saliendo de numerosos pubs, clubes y fiestas privadas, a altas horas de la madrugada.
No me gustaba nada despertarme y encontrar una foto mía en la primera plana de un periódico sensacionalista. Pero lo que de verdad no podía soportar era el sonido de una foto siendo disparada. Ese clic, ese ruido horrible por encima del hombro, a mis espaldas o en mi perímetro visual, siempre me había hecho saltar, siempre me había puesto el corazón a mil. Tras mi paso por Sandhurst, me sonaba al amartillamiento de un arma o al despliegue de una navaja. Y entonces, incluso un poco peor, un poco más traumático, llegó ese flash cegador.
Genial, pensé. El Ejército me había capacitado para reconocer mejor las amenazas, para intuirlas, para cargarme de adrenalina ante ellas, y en ese momento me había dejado en la cuneta.
Estaba en una situación nefasta.
De alguna forma, los paparazzi lo sabían. Fue en esa época en la que empecé a pegarme con sus cámaras, que me provocaban deliberadamente. Me rozaban, palmoteaban, empujaban o directamente me sacudían con la esperanza de que reaccionara, esperando que atacara, porque eso les daría una foto mejor y así se embolsarían más dinero. Una foto mía en 2007 podía alcanzar un valor de hasta treinta mil libras. El anticipo de compra de un piso. Pero ¿una foto mía haciendo algo agresivo? Eso podía suponer el anticipo de una casa de campo.
Me metí en una pelea que se convirtió en primicia. Yo acabé con la nariz hinchada, y mi guardaespaldas estaba furioso.
—¡Has hecho ricos a esos paparazzi, Harry! ¿Estás contento?
—¿Contento? —dije yo—. No, no estoy contento.
Los paparazzi siempre habían sido unos personajes grotescos, pero, cuando alcancé la madurez, empeoraron. Podías verlo en sus ojos, en su lenguaje corporal. Eran más obstinados, estaban más radicalizados, tal como se habían radicalizado los hombres jóvenes en Irak. Sus mulás eran los editores, los mismos que habían jurado hacerlo mejor tras la muerte de mi madre. Los editores prometieron públicamente no volver a enviar jamás a sus fotógrafos a perseguir a la gente y, en ese momento, diez años después, volvían a las andadas. Lo justificaban no enviando más a sus propios fotógrafos directamente; en lugar de hacerlo, contrataban a agencias de paparazzi que enviaban a los fotógrafos, que era exactamente lo mismo. Los editores seguían incitando a matones y buscavidas con cuantiosas recompensas por acosar a la familia real, o a cualquiera con el infortunio de ser considerado famoso o carne de noticia.
Y a nadie parecía importarle una mierda. Recuerdo salir de un club de Londres y verme rodeado por un enjambre de veinte paparazzi. Me rodearon, luego rodearon el coche de policía en el que me subí: se abalanzaban sobre el capó, todos tapándose la cara con bufandas de equipos de fútbol y con la capucha puesta, el uniforme internacional de los terroristas. Fue uno de los momentos más aterradores de mi vida, y sabía que a nadie le importaba. «Es el precio que hay que pagar», decía la gente, aunque yo nunca entendí a qué se referían.
¿El precio de qué?
Tenía una relación muy estrecha con uno de mis guardaespaldas. Billy. Lo llamaba Billy la Roca, porque era duro y sólido como una piedra. Una vez apartó de un golpe una granada que alguien me lanzó desde la multitud. Por suerte, resultó ser un artefacto falso. Le prometí a Billy que no volvería a arremeter contra ningún otro paparazzi. Pero tampoco podía limitarme a pasar como si nada junto a sus emboscadas. Así que, cuando salíamos de un club, dije:
—Vas a tener que meterme en el maletero del coche, Billy.
Me miró atónito.
—¿En serio?
—Es la única forma de no sentir la tentación de abalanzarme sobre ellos y tampoco podrán sacar dinero conmigo.
En ambos casos, salía ganando.
No le conté a Billy que era algo que mi madre solía hacer.
Aquello fue el principio de una curiosa rutina entre nosotros. Cuando salíamos de un pub o de un club en 2007, yo hacía que el coche estacionara en un callejón trasero o en algún aparcamiento, me metía en el maletero y dejaba que Billy lo cerrara. Me quedaba ahí tumbado, en la oscuridad, con las manos cruzadas sobre el pecho, mientras Billy y otro guardaespaldas me trasladaban a casa. Me sentía como en un ataúd. Y me daba igual.
3
Para conmemorar el décimo aniversario del fallecimiento de nuestra madre, Willy y yo organizamos un concierto en su honor. La recaudación sería destinada a sus obras de beneficencia favoritas y a una causa benéfica que yo acababa de emprender: Sentebale. Su misión: la lucha contra el VIH en Lesoto, especialmente entre los niños. (Sentebale es la palabra en lengua sesoto para «nomeolvides», la flor favorita de mi madre).
Mientras planificábamos el concierto, Willy y yo mantuvimos las emociones a raya. Nos centramos en el trabajo. «Es por el aniversario, tenemos que hacerlo, hay un millón de detalles que solucionar y punto». El recinto debía ser lo bastante grande (el estadio de Wembley), las entradas debían tener un precio adecuado (cuarenta y cinco libras) y los intérpretes debían ser de primera (Elton John, Duran Duran, P. Diddy). Pero la noche del evento, mientras estábamos entre bambalinas, contemplando todos esos rostros, sintiendo la energía pulsante, esa acumulación de amor y nostalgia por nuestra madre, nos desmoronamos.
Entonces Elton salió a escena. Se sentó en un piano de cola y el público enloqueció. Le pedí que cantara «Candle in the Wind», pero él dijo que no, que no quería ponerse macabro. En lugar de esa escogió «Your Song».
I hope you don’t mind
That I put down in words
How wonderful life is while you’re in the world.[2]
La cantó con un brillo en la mirada y sonriendo, radiante gracias a los buenos recuerdos. Willy y yo intentamos mantener el mismo ánimo, pero entonces empezaron a aparecer fotos de nuestra madre en la pantalla. En cada una de ellas estaba más espectacular. Pasamos de desmoronarnos a dejarnos llevar por la emoción.
Cuando acabó la canción, Elton se levantó de un salto y nos presentó.
—¡Sus altezas reales, el príncipe William y el príncipe Harry!
El aplauso fue ensordecedor como nunca lo habíamos oído. Nos habían aplaudido en la calle, en los partidos de polo, en desfiles y óperas, pero jamás en un lugar con tanta resonancia ni en un contexto tan cargado de emotividad. Willy salió a escena y yo lo seguí; ambos llevábamos americana y el cuello de la camisa desabrochado, como si fuéramos al baile del colegio. Ambos estábamos terriblemente nerviosos. No estábamos acostumbrados a hablar en público de ningún tema, pero menos todavía de nuestra madre. (De hecho, no estábamos acostumbrados ni siquiera a hablar en privado sobre ella). Sin embargo, al encontrarnos frente a sesenta y cinco mil personas y a otros quinientos millones viéndonos en directo desde ciento cuarenta países, nos quedamos paralizados.
A lo mejor esa fue la razón por la que en realidad… ¿no dijimos nada? Ahora veo el vídeo y resulta impactante. Ese era el momento, quizá el único, para describirla, para ahondar en nuestros sentimientos y encontrar las palabras para recordar al mundo sus admirables cualidades, esa magia que solo se da una vez en un milenio, su desaparición… Pero no lo hicimos. No estoy sugiriendo que hubiéramos debido hacerle un homenaje formal, aunque quizá sí un pequeño tributo personal.
No hicimos nada de eso.
Todavía nos sobrepasaba, todavía nos dolía demasiado.
Lo único que dije que fue auténtico, que me salió del alma, fue un reconocimiento público a los muchachos de mi equipo.
—También me gustaría aprovechar la oportunidad para saludar a los chicos del escuadrón A, de la caballería de la Guardia Real, que están sirviendo en Irak en este momento. Me gustaría estar allí con vosotros. ¡Siento no poder estar! Pero, a vosotros, y a todos los destinados a operaciones en este momento, ambos os queremos decir: ¡manteneos a salvo!
4
Días después me encontraba en Botsuana, con Chels. Habíamos ido a ver a Teej y a Mike. Adi también estaba allí, la primera vez que coincidían en un mismo lugar aquellas cuatro personas tan especiales para mí. Era como si hubiera llevado a Chels a casa para presentarle a mis padres y a mi hermano. Todos sabíamos que se trataba de un paso muy importante.
Por suerte, Teej, Mike y Adi se quedaron prendados de ella, y Chels fue testigo de lo mucho que ellos significaban para mí.
Una tarde, estábamos preparándonos para salir a dar un paseo cuando Teej empezó a atosigarme.
—¡Llévate un gorro!
—Que sí.
—¡Y crema solar! ¡Mucha crema solar! ¡Con lo blanco que eres vas a quemarte, Spike!
—Vale, vale.
—Spike…
—Que sí, mami.
Se me escapó, sin más. Lo oí y me quedé callado. Teej lo oyó y se quedó callada. Pero no me corregí. Teej parecía sorprendida, pero también emocionada. Igual que yo. Y empecé a llamarla «mami» a partir de entonces. Me encontraba cómodo haciéndolo. Y ella lo agradecía. Aunque siempre me dirigía a Teej como «mami», nunca como «mamá».
Mamá solo había una.
En general, la visita estuvo muy bien. Aunque el estrés nunca me abandonaba, lo cual se hacía evidente en lo mucho que bebía.
Durante aquellos días, Chels y yo alquilamos un barco para navegar por el río y lo que más recuerdo son el Southern Comfort y la sambuca. (Sambuca Gold por el día, Sambuca Black por la noche). Por las mañanas me despertaba con la cara pegada a la almohada y la sensación de no tener la cabeza unida al cuello. Estaba disfrutando, sí, pero también sobrellevaba a mi manera una mezcla de rabia y culpabilidad por no estar en la guerra, por no estar al frente de mis muchachos. Y no lo llevaba bien. Ninguno dijo nada, ni Chels, ni Adi, ni Teej, ni Mike. Quizá no lo vieran. Es probable que se me diera bien disimular. Visto desde fuera, quizá todo aquel exceso con la bebida se confundiera con estar de fiesta. En realidad, era lo que me decía a mí mismo, pero en el fondo sabía que no era cierto.
Tenía que hacer algo. No podía seguir de aquella manera.
Así que tan pronto como regresé a Gran Bretaña solicité reunirme con mi superior, el coronel Ed Smyth-Osbourne.
Admiraba al coronel Ed. Me fascinaba. Estaba hecho de otra pasta. Pensándolo bien, nunca había conocido a nadie hecho de una pasta que siquiera se le pareciera. Los ingredientes básicos eran distintos: hierro viejo, lana de acero, el coraje de un león. Igual que su aspecto. Tenía el rostro alargado, caballuno, pero sin la delicadeza equina, y unas ostensibles patillas. De ojos grandes y mirada serena cargada de sabiduría y estoicismo. Los míos, por el contrario, seguían enrojecidos por el desenfreno de Okavango y los dirigía a todas partes con nerviosismo mientras le lanzaba mi discurso.
—Coronel, necesito volver a estar operativo como sea o tendré que dejar el Ejército.
No sé si el coronel Ed se tomó en serio mi amenaza. Ni siquiera sé si yo mismo lo decía en serio. Aun así, el coronel Ed no podía permitirse pasarla por alto ni política, ni diplomática ni estratégicamente. Contar con un príncipe entre las filas era una gran ventaja desde el punto de vista de las relaciones públicas, una herramienta de reclutamiento poderosa. El coronel Ed era muy consciente de que, si me iba, era probable que sus superiores hicieran recaer la culpa sobre él, y los superiores de estos también, y así hasta llegar arriba.
En cualquier caso, ese día, lo que vi en él fue verdadera humanidad. El hombre lo entendió. Me comprendía como soldado. No quería ni pensar en la idea de que le impidieran pisar el campo de batalla. Cuando se prestó a ayudarme, lo hizo de corazón.
—Harry, quizá haya un modo…
Dijo que Irak quedaba completamente descartado. Por desgracia.
—Me temo que en eso no hay nada que hacer.
Pero añadió que tal vez podía probarse con Afganistán.
Fruncí el ceño.
—¿Afganistán?
Creí entender que mascullaba que era la «opción más segura».
—Vaaale…, más segura…
¿De qué narices hablaba? Afganistán era quinientas mil veces más peligroso que Irak. En aquellos momentos, el Reino Unido tenía desplegados siete mil soldados en Afganistán, donde participaban en uno de los combates más encarnizados desde la Segunda Guerra Mundial.
Pero ¿quién era yo para llevarle la contraria? Si el coronel Ed creía que Afganistán era más seguro y, además, estaba dispuesto a enviarme allí, genial.
—¿Qué haré en Afganistán, coronel?
—Labores de FAC. Serás controlador aéreo avanzado.
Parpadeé.
Me explicó que era un puesto muy solicitado. Los FAC se encargaban de la coordinación del apoyo aéreo para dar cobertura a los muchachos que estaban sobre el terreno, así como de los ataques aéreos, por no hablar de rescates, evacuaciones médicas, etcétera. No era nada nuevo, desde luego, pero últimamente se había demostrado vital en aquel nuevo estilo de guerra.
—¿Y eso por qué, señor?
—¡Porque los malditos talibanes están en todas partes! ¡Y en ninguna!
Era imposible encontrarlos, se explicó. El terreno era muy accidentado y estaba alejado de todo. Las montañas y los desiertos estaban llenos de túneles y cuevas, era como cazar cabras. O fantasmas. Se necesitaba una vista de pájaro.
Dado que los talibanes carecían de fuerza aérea, ni siquiera de un mísero avión, resultaba sencillo. Nosotros, los británicos, junto con los yanquis, éramos los amos del aire. Y los FAC ayudaban a que esa ventaja fuera aún mayor. Pongamos que un escuadrón estuviera de patrulla y quisiera conocer cuáles eran las amenazas más cercanas. Los FAC recababan la información que les proporcionaban los drones, los pilotos de cazas, los helicópteros y sus portátiles de alta tecnología y componían una imagen de trescientos sesenta grados del campo de batalla.
Pongamos que el mismo escuadrón de pronto cayera bajo fuego enemigo. Los FAC consultaban un menú —Apache, Tornado, Mirage, F-15, F-16, A-10—, solicitaban la aeronave más adecuada para la situación, o la mejor de las que hubiera disponibles, y la guiaban hacia el enemigo. Gracias a un hardware de vanguardia, los FAC no solo hacían llover bombas sobre el enemigo, sino que las colocaban sobre sus cabezas, como una corona.
A continuación, me explicó que todos los FAC tenían oportunidad de subir a un Hawk y vivir la experiencia de estar en el aire.
Cuando el coronel Ed terminó de hablar yo estaba salivando.
—Pues FAC, señor. ¿Cuándo parto?
—No tan rápido.
El puesto de controlador aéreo avanzado era un chollo, todo el mundo iba detrás de él, de manera que sería necesario mover algunos hilos. Además, no se trataba de un trabajo sencillo. Tanto la tecnología como la responsabilidad exigían una formación adecuada.
Lo primero es lo primero, dijo. Tendría que pasar por un duro proceso de habilitación.
—¿Dónde, señor?
—En la base aérea de la RAF en Leeming.
—¿En… los valles de Yorkshire?
5
Principios de otoño. Paredes de piedra, campos de cultivo, ovejas paciendo en verdes laderas. Espectaculares acantilados de caliza, peñascos y pedregales. Preciosos brezales salpicados de morado por todas partes. El paisaje no era tan famoso como el del Distrito de los Lagos, más al oeste, pero aun así resultaba imponente y había inspirado a algunos de los más grandes artistas de la historia de Gran Bretaña. Wordsworth, por nombrar a uno. Había conseguido librarme de leer a ese viejo caballero en la escuela, pero en esos momentos pensé que debía de ser condenadamente bueno si pasó algún tiempo por la zona.
Parecía un sacrilegio contemplar este lugar desde los riscos con intención de arrasarlo.
Por descontado se trataba de una aniquilación simulada. No volé ni un solo valle. Aun así, al final del día tenía la sensación de haberlo hecho. Estudiaba el Arte de la Destrucción, y lo primero que aprendí fue que la destrucción tiene una parte creativa. Empieza con la imaginación. Antes de destruir algo hay que visualizarlo destruido, y se me daba bastante bien imaginar los valles como un infierno humeante.
La rutina durante la instrucción era siempre la misma. Levantarse al alba. Un zumo de naranja, un bol de cereales, un desayuno inglés completo y luego directo a los campos. Cuando los primeros rayos de luz asomaban en el horizonte, yo empezaba a hablar con una aeronave, por lo general un Hawk. La aeronave alcanzaba su punto inicial, de cinco a ocho millas náuticas, y luego yo le proporcionaba el objetivo y le indicaba la ruta. La aeronave viraba y comenzaba. Yo la guiaba a través del aire, sobre los campos, usando distintas posiciones de referencia. Bosque en ele. Dique en te. Establo plateado. Me habían aconsejado que, a la hora de elegir dichas referencias, empezara con las grandes, que pasara luego a las medianas y que por fin fuera a por las pequeñas. Imagina el mundo como si fuera una jerarquía, decían. «¿Como una jerarquía dices? Creo que sabré apañármelas».
Cada vez que indicaba una posición de referencia, el piloto respondía: «Conforme».
O: «A la vista». Me gustaba.
Me encantaban la rítmica, la poesía, la salmodia de todo el proceso. Y encontraba significados más profundos en los ejercicios. A menudo pensaba: «Todo se reduce a lo mismo, ¿no? A conseguir que la gente vea el mundo igual que tú. Y que lo repita».
Por lo general, el piloto volaba bajo, a unos ciento cincuenta metros del suelo, a la misma altura del sol en esos primeros momentos de la mañana, pero a veces lo hacía descender tanto que lo obligaba a subir y volver a bajar sobre el perfil del vuelo trazado. Se dirigía hacia mí a la velocidad del sonido, frenaba y ascendía de manera pronunciada en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Después de aquello, yo empezaba con una nueva tanda de descripciones y detalles. Cuando el piloto alcanzaba su techo de vuelo y ejecutaba un tonel, cuando se estabilizaba y comenzaba a notar las fuerzas g negativas, veía el mundo exactamente como yo se lo dibujaba y luego descendía en picado.
De pronto él gritaba:
—¡Blanco a la vista! —Y luego—: ¡Atacando!
Y entonces yo contestaba:
—Objetivo eliminado.
Lo cual solo significaba que sus bombas eran fantasmas desvaneciéndose en el aire.
A continuación, imaginaba el estruendo de las explosiones.
Las semanas pasaron volando.
6
Una vez que recibí la instrucción necesaria como FAC, tuve que formarme para el combate, lo cual implicaba dominar veintiocho «controles» de combate distintos.
Un control es básicamente una interacción con una aeronave. Cada control era una representación, una pequeña puesta en escena. Por ejemplo, imaginemos que dos aeronaves entran en tu espacio aéreo. «Buenos días, aquí Dude Cero Uno y Dude Cero Dos. Somos dos F-15 con dos PGM a bordo, además de un JDAM, con noventa minutos en el puesto de patrulla y nos encontramos a dos millas náuticas al este de su posición a nivel de vuelo 150 listos para misión y control…».
Yo tenía que saber de manera precisa qué estaban diciendo y cómo contestarles con la misma precisión en su propio argot.
Por desgracia, no podía hacerlo en una zona de instrucción habitual. Las zonas habituales, como la llanura de Salisbury, estaban demasiado a la vista de todos. Alguien se percataría de mi presencia, avisaría a la prensa, mi tapadera se iría al traste y volveríamos a estar en las mismas. Por ese motivo, el coronel Ed y yo decidimos que tendría que aprender los controles en un lugar alejado de todo, en un lugar como…
Sandringham.
Los dos sonreímos ante la idea. Y luego nos echamos a reír.
El último sitio en el que nadie imaginaría que el príncipe Harry se prepararía para el combate. En la propiedad campestre de mi abuela.
Me alojaba en un pequeño hotel cerca de Sandringham, el Knights Hill. Lo conocía de toda la vida, había pasado en coche por delante un millón de veces. Cada vez que íbamos a ver a la abuela por Navidad, nuestros guardaespaldas dormían allí. Habitación individual: cien libras.
En verano, el Knights Hill solía estar lleno gracias a los observadores de aves y las bodas. Pero en aquellos momentos, en otoño, apenas había nadie.
Adoraba aquella privacidad, que habría sido completa de no ser por la señora mayor del pub del hotel, que me miraba con ojos desorbitados cada vez que me veía pasar por allí.
Solo, casi anónimo, mi existencia se reducía a una única tarea y, además, me resultaba interesante, estaba que no cabía en mí de dicha. Intentaba que no se me notara cuando llamaba a Chelsy por las noches, pero ese tipo de felicidad es difícil de ocultar.
Recuerdo una conversación difícil. ¿Qué estábamos haciendo? ¿Hacia dónde iba lo nuestro?
Ella sabía que la quería mucho. Pero se sentía invisible. «No soy un blanco a la vista».
Chelsy sabía lo desesperado que estaba por ir a la guerra. ¿De verdad no podía perdonarme que estuviera un poco distante? No supe qué contestar.
Le expliqué que aquello era lo que necesitaba hacer, lo que había deseado toda mi vida, y que quería volcarme en ello en cuerpo y alma. Si eso significaba que quedaba menos cuerpo y menos alma para otras cosas u otras personas, bueno… Lo sentía.
7
Mi padre sabía que estaba en el Knights Hill y lo que pretendía. Y además se encontraba a dos pasos de allí, en Sandringham, pasando una temporada. Aun así, nunca se había dejado caer por el hotel. Supongo que quería darme espacio.
Además, continuaba disfrutando de su nuevo estado de recién casado, a pesar de que hacía más de dos años de la boda.
Un día, alzó la vista hacia el cielo, vio una aeronave Typhoon haciendo pases rasantes sobre el rompeolas y se imaginó que se trataba de mí. Se montó en su Audi y vino a verme.
Me encontró en las marismas, en un quad, hablando con un Typhoon a varios kilómetros de distancia. Mientras esperaba a que la aeronave apareciera sobre nuestras cabezas, estuvimos charlando un rato. Dijo que se notaba que se me daba bien, pero, sobre todo, que se veía que estaba trabajando duro y que eso le gustaba mucho.
Mi padre siempre había sido un trabajador nato. Creía en el trabajo. Solía decir que todo el mundo debía trabajar. Aunque su trabajo también era una especie de religión, estaba completamente volcado en salvar el planeta. Llevaba décadas luchando para concienciar a todo el mundo sobre el cambio climático, infatigable, a pesar de las burlas crueles de la prensa, que lo tildaban de exagerado y catastrofista. No sé cuántas veces, ya entrada la noche, Willy y yo lo encontrábamos sentado a su escritorio entre montañas de sacas azules de correos, su correspondencia. En más de una ocasión lo habíamos descubierto con la cara apoyada en la mesa, profundamente dormido. Lo zarandeábamos con suavidad y él levantaba de pronto la cabeza, con un trozo de papel pegado en la frente.
Además de la importancia del trabajo, también creía en la magia de volar. Al fin y al cabo, era piloto de helicóptero, por lo que disfrutaba viendo cómo dirigía esos reactores sobre las marismas a velocidades de vértigo. Comenté que los pobres habitantes de Wolferton no compartían su entusiasmo. Un reactor de diez toneladas rugiendo por encima de sus tejados no levantaba pasiones precisamente. La base aérea de la RAF en Marham había recibido docenas de quejas. Se suponía que Sandringham era una zona de exclusión aérea.
Todas las quejas recibían respuesta: la guerra es así.
Me encantaba ver a mi padre, sentir lo orgulloso que estaba de mí, y sus elogios me levantaron el ánimo, pero tenía que seguir trabajando. Me encontraba en medio de un control, no podía decirle al Typhoon que por favor esperara un momento.
—Claro, claro, mi querido hijo, a trabajar se ha dicho.
Se alejó en el coche. Mientras avanzaba por la carretera, le dije al Typhoon:
—Nuevo objetivo. Audi gris. Se dirige al sudeste desde mi posición. Hacia un establo grande y plateado orientado este-oeste.
El Typhoon siguió a mi padre, pasó por encima de él en vuelo rasante, a punto de hacer añicos las ventanillas del Audi.
Pero le perdoné la vida en el último momento. A mi orden.
El caza prosiguió para reducir a cenizas un establo plateado.
8
Inglaterra se había metido en la semifinal de la Copa Mundial de Rugby de 2007. Nadie lo hubiera imaginado. Nadie había apostado por que Inglaterra llegara a ninguna parte y de pronto estaban a las puertas de ganarlo todo. La fiebre del rugby se propagó entre millones de ciudadanos británicos, yo entre ellos.
De ahí que, cuando ese octubre me invitaron a la semifinal, no lo dudé. Acepté de inmediato.
Además, ese año, la semifinal se celebraba en París, una ciudad en la que nunca había estado.
La Copa Mundial puso un chófer a mi disposición y, la primera noche en la Ciudad de la Luz, le pregunté si conocía el túnel donde mi madre…
Vi cómo abría los ojos en el retrovisor.
Era irlandés, con cara de buena persona, y no me resultó difícil adivinar sus pensamientos: «Pero ¿qué cojones? No me han contratado para esto».
Le dije que el túnel se llamaba Pont de l’Alma.
Sí, sí. Lo conocía.
—Quiero atravesarlo.
—¿Quiere atravesar el túnel?
—A ciento cinco kilómetros por hora, para ser precisos.
—¿Ciento cinco?
—Sí.
La velocidad exacta a la que supuestamente iba el coche de mi madre, según la policía, en el momento del accidente. No a más de ciento noventa kilómetros por hora, como en un principio había informado la prensa.
El conductor miró hacia el asiento del acompañante. La Roca asintió muy serio.
—Adelante.
Billy añadió que, si alguna vez revelaba a cualquier otro ser humano lo que le habíamos pedido que hiciera, lo encontraríamos y entonces tendría que hacer frente a las consecuencias.
El chófer asintió con solemnidad.
Y hacia allí nos dirigimos, sorteando el tráfico, pasando por delante del Ritz, donde mi madre cenó por última vez aquella noche de agosto con su novio. Llegamos a la boca del túnel y continuamos embalados, salvamos el resalto a la entrada del túnel, el bache que supuestamente hizo que el Mercedes de mi madre se desviara de su rumbo.
Pero el resalto no fue nada. Apenas lo notamos.
Cuando el coche entró en el túnel, me incliné hacia delante, vi que la luz adoptaba un tono anaranjado desvaído, vi las columnas de cemento desfilar por mi lado a toda velocidad. Las conté, conté mis latidos, y en cuestión de segundos salimos por el otro lado.
Me recosté en el asiento.
—¿Ya está? —dije en voz baja—. No es… nada. Un túnel recto, nada más.
Siempre había imaginado que se trataría de un paso peligroso en el que había que prestar mucha atención, pero era un simple túnel, corto y sin mayores complejidades.
—No se explica que alguien pueda morir ahí dentro.
El conductor y la Roca no contestaron.
Me volví hacia la ventanilla.
—Otra vez.
El conductor me miró fijamente por el retrovisor.
—¿Otra vez?
—Sí. Por favor.
Volvimos a atravesarlo.
—Es suficiente. Gracias.
Había sido una pésima idea. Había tenido malas ideas a lo largo de mis veintitrés años, muchas, pero aquella se llevaba la palma. Me dije que solo lo hacía para cerrar aquel capítulo, pero no era cierto. En el fondo, lo que esperaba sentir en aquel túnel era lo que había sentido cuando JLP me había dado los informes policiales: desconfianza. Duda. Sin embargo, aquella fue la noche en que todas las dudas se disiparon.
«Está muerta —pensé—. Dios mío, se ha ido para siempre de verdad».
Desde luego encontré el cierre que supuestamente buscaba. Eso y mucho más. Y ya no habría vuelta atrás.
Esperaba que atravesar el túnel en coche acabara con el dolor, con aquella década de dolor constante, o que al menos me proporcionara un respiro. En cambio, dio paso al inicio del Dolor, segunda parte.
Era cerca de la una de la mañana. El chófer nos dejó a Billy y a mí en un bar, donde bebí sin parar. Conocí a unos tipos con los que estuve bebiendo y metiéndome, buscando pelea. Cuando nos echaron del pub y la Roca me llevó de vuelta al hotel, también intenté pelearme con él. Le grité en la cara, quise pegarle, le di palmetazos en la cabeza.
Apenas se inmutó. Simplemente frunció el ceño, como un padre con una paciencia de santo.
Le pegué de nuevo. Le tenía aprecio, pero quería hacerle daño.
Ya me había visto antes de aquella manera. Una vez, tal vez dos. Oí que le decía a otro guardaespaldas que menuda nochecita les estaba dando el niño.
Vaya, conque el niño. Ya te daré yo a ti el niño.
No sé cómo, Billy y el otro guardaespaldas me subieron a mi habitación y me metieron en la cama. Pero después de que se fueran, volví a levantarme.
Miré a mi alrededor. El sol empezaba a salir. Me asomé al pasillo. Había un guardaespaldas en una silla, junto a la puerta, pero estaba profundamente dormido. Pasé por su lado de puntillas, me metí en el ascensor y salí del hotel.
De todas las normas que regían mi vida, aquella se consideraba la más inviolable. Nunca te separes de tus guardaespaldas. Nunca te aventures tú solo, en ninguna parte, y menos aún en una ciudad extrajera.
Paseé junto al Sena. Entreví los Campos Elíseos a lo lejos. Estuve junto a una noria gigante. Pasé frente a pequeños puestos de libros, frente a gente que tomaba café y comía croissants. Fumaba, con la mirada perdida. Tengo el leve recuerdo de que hubo quien me reconoció y se me quedó mirando, pero por suerte aquello fue antes de la era de los smartphones. Nadie se detuvo a sacarme una foto.
Más tarde, después de haber dormido, llamé a Willy y le conté lo de la noche anterior.
No le sorprendió nada de lo ocurrido. Por lo visto, él también había cruzado el túnel.
Iba a ir a París para la final de rugby, así que decidimos repetirlo juntos.
Después, hablamos del accidente por primera vez. De la reciente investigación. Los dos estábamos de acuerdo en que dejaba bastante que desear. El informe final era un insulto. Un despropósito plagado de errores de hecho básicos donde la lógica brillaba por su ausencia. Planteaba más preguntas de las que contestaba.
¿Cómo era posible, nos preguntamos, después de los años que habían pasado, de tanto dinero invertido…?
Especialmente la conclusión del sumario, que el chófer de nuestra madre estaba borracho y, por consiguiente, esa era la única causa del accidente, resultaba simplista y absurda. Aunque el hombre hubiera bebido, aunque hubiera estado como una cuba, no habría tenido ningún problema para conducir por aquel túnel tan corto.
Salvo que lo siguieran unos paparazzi y lo deslumbraran.
¿Por qué se habían ido de rositas aquellos paparazzi?
¿Por qué no estaban en la cárcel?
¿Quién los había enviado? ¿Y por qué esas personas tampoco estaban en la cárcel?
¿Qué otro motivo podía haber salvo que la corrupción y los encubrimientos estuvieran a la orden del día?
Coincidíamos en todas aquellas cuestiones, y también en lo que debíamos hacer a continuación. Emitiríamos un comunicado, solicitaríamos de manera conjunta que se reabriera la investigación. Puede que convocáramos una rueda de prensa.
Quienes deciden nos disuadieron.
9
Un mes después fui a la base aérea de la RAF en Brize Norton y subí a bordo de un C-17. El avión transportaba a docenas de soldados, pero yo era el único polizón. Con ayuda del coronel Ed y JLP, embarqué en secreto y me colé en un pequeño cuarto que había detrás de la cabina de mando sin que nadie me viera.
El cuarto contaba con literas para la tripulación durante los vuelos nocturnos. Cuando se encendieron los grandes motores y la aeronave empezó a deslizarse por la pista de despegue con un rugido, me tumbé en la litera inferior y usé mi pequeña mochila a modo de almohada. En algún lugar de la bodega de carga se encontraba mi macuto, en el que había metido cuidadosamente tres pares de pantalones de camuflaje, tres camisetas limpias, unas gafas de esquí, un colchón hinchable, un pequeño cuaderno y un tubo de crema solar. Más que suficiente. Puedo decir con total sinceridad que no me había dejado nada que necesitara o me importase, salvo unas cuantas joyas de mi madre, la cajita azul con el mechón de pelo y la foto enmarcada en plata que solía tener en mi mesa de Eton, todo lo cual estaba a buen recaudo. Y, por descontado, mis armas. Había entregado mi 9 mm y mi SA80A a un empleado de gesto serio que los había guardado en una maleta metálica que también iba en la bodega. Aquello era lo que más echaba en falta ya que, por primera vez en mi vida, a excepción del tambaleante paseo matutino por París, me aventuraba en el ancho mundo sin guardaespaldas armados.
El vuelo se me hizo eterno. ¿Siete horas? ¿Nueve? No podría precisarlo. Me pareció una semana. Intenté dormir, pero no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Me pasé casi todo el viaje con la mirada fija. En la litera de arriba. En mis pies. Escuchaba el ruido de los motores, las conversaciones de los demás soldados que iban a bordo. Repasaba mi vida. Pensaba en mi padre y en Willy. Y en Chels.
La prensa publicó que habíamos roto. (Uno de los titulares rezaba: HAN DEJADO AL SEÑORITO). La distancia y nuestros distintos objetivos vitales habían podido con nosotros. Si mantener una relación en el mismo país era complicado, mi partida hacia la guerra lo convertía en algo inviable. Por supuesto, no era cierto. No habíamos roto. La despedida de Chels había sido tierna y emotiva y me había prometido que me esperaría.
Por eso mismo Chels sabía que no debía prestar atención a lo que dijo la prensa acerca de cómo había reaccionado yo ante la ruptura. Según publicaron, había ido de bar en bar poniéndome fino a vodkas antes de meterme con paso tambaleante en el coche que estaba esperándome. De hecho, un periódico incluso llegó a preguntar a la madre de un soldado que había muerto en combate recientemente qué pensaba acerca de que yo apareciera en público en estado de embriaguez.
(No le parecía bien).
«Si muero en Afganistán —me dije—, al menos no tendré que volver a ver más titulares falsos ni leer más mentiras flagrantes sobre mí».
Reflexioné mucho sobre la muerte durante ese vuelo. ¿Qué significaría? ¿Me importaba? Me imaginé mi funeral. ¿Sería un funeral de Estado? ¿Privado? Imaginé los titulares: «Chao, Harry».
¿Cómo me recordaría la historia? ¿Por los titulares? ¿O por quien era en realidad?
¿Caminaría Willy tras mi ataúd? ¿Y el abuelo? ¿Y mi padre?
Antes de que embarcara, JLP me hizo tomar asiento y me dijo que debía actualizar el testamento. «¿El testamento? ¿En serio?».
Si ocurría algo, dijo, la Casa Real necesitaba saber qué quería que se hiciera con mis pertenencias y dónde deseaba que… se me enterrara. Me lo planteó de manera directa y con absoluta tranquilidad, como cuando le preguntas a alguien dónde le gustaría ir a comer. Tenía un don especial para esas cosas. La realidad era la que era, ¿para qué andarse con rodeos?
Aparté la mirada. No se me ocurría ningún sitio donde quisiera pasar lo que hubiera después. No se me ocurría ningún sitio que considerara sagrado, aparte de Althorp, tal vez, y eso quedaba descartado por completo. Así que dije: «¿Frogmore?».
Era bonito, y estaba ligeramente apartado del mundo. Tranquilo.
JLP asintió. Se ocuparía de todo.
En medio de esos pensamientos y recuerdos conseguí echar una cabezada y cuando volví a abrir los ojos descendíamos hacia la base aérea de Kandahar.
Había llegado el momento de ponerse el equipo de protección. El momento de ponerse el kevlar.
Esperé a que desembarcara todo el mundo, momento en el que unos tipos de las Fuerzas Especiales aparecieron en el cuarto. Me devolvieron mis armas y me entregaron un vial de morfina, que debía llevar siempre conmigo. Estábamos en un lugar donde el dolor, las heridas y los traumatismos estaban a la orden del día. Me hicieron descender del avión sin perder tiempo para subir a un 4×4 con ventanillas tintadas y asientos polvorientos en el que nos dirigimos a otra parte de la base, a un barracón en el que entramos apresuradamente.
Vacío. No había ni un alma. «¿Dónde se ha metido la gente? Joder, ¿se ha declarado la paz mientras estaba en el aire?».
No, toda la base estaba fuera en una misión.
Miré a mi alrededor. Por lo visto estaban a mitad de comer cuando habían tenido que irse. Las mesas estaban cubiertas de cajas de pizza medio vacías. Intenté recordar lo que había comido en el vuelo. Nada. Empecé a engullir trozos de pizza fría.
Hice mi examen en simulador, la última barrera previa a conseguir mi habilitación en el puesto de trabajo. Poco después, subí a un Chinook y me trasladaron a un puesto avanzado mucho más pequeño, a unos ochenta kilómetros de allí. La base de operaciones avanzada Dwyer. Un nombre largo y rimbombante para algo que a duras penas era más que un castillo de arena hecho con sacos.
Vino a buscarme un soldado cubierto de polvo que había recibido órdenes de enseñarme las instalaciones.
—Bienvenido a Dwyer.
—Gracias.
Le pregunté por qué se llamaba así la base.
—Por uno de nuestros chicos. Muerto en combate. El vehículo topó con una mina terrestre.
El breve paseo dejó claro que Dwyer era incluso más espartano de lo que parecía desde el Chinook. No había calefacción, muy poca luz y el agua escaseaba. Tenía hecha la instalación, más o menos, pero las cañerías solían atascarse o helarse. También había un edificio que pretendía ser el «pabellón de las duchas», pero me avisaron de que lo usara por mi cuenta y riesgo.
—Básicamente —me dijo mi guía durante la visita—, renuncias a ir limpio y te centras en no pasar frío.
—¿Tanto frío hace aquí?
Intentó no reírse.
Dwyer daba cabida a unos cincuenta soldados, casi todos del regimiento de artillería y de la caballería de la Guardia Real. Los fui conociendo de dos en dos o de tres en tres. Todos tenían el pelo de color arena, con lo cual me refiero a que lo llevaban apelmazado de arena. El rostro, el cuello y las pestañas, todo estaba incrustado de arena. Parecían filetes de pescado empanados antes de freír.
Al cabo de una hora yo también tenía el mismo aspecto.
Todos y todo en Dwyer estaba o cubierto de arena o salpicado de arena o pintado de color arena. Y más allá de las tiendas de color arena, de los sacos de arena y de los terraplenes de arena, había un mar infinito de… arena. Fina, muy fina, como polvo de talco. Los muchachos pasaban gran parte del día con la mirada fija en ella. Así que, tras acabar la visita, después de que me asignaran un catre y me dieran algo de comer, me uní a ellos.