En la sombra

En la sombra


Segunda parte » 87

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Nos decíamos que vigilábamos por si aparecía el enemigo, y supongo que era lo que hacíamos, pero es imposible contemplar toda esa arena sin pensar también en la eternidad. Era como si aquel océano cambiante, aquellos remolinos y tolvaneras te hablaran del lugar minúsculo que ocupabas en el universo. Polvo eres y en polvo te convertirás. Incluso cuando me retiraba para irme a tumbar a mi catre y empezaba a dormirme, la arena ocupaba todos mis pensamientos.

La oía allí fuera, manteniendo conversaciones entre susurros con ella misma. La notaba en la boca. En los ojos. Soñaba con ella.

Y, cuando me despertaba, podía masticarla.

10

En mitad de Dwyer habían colocado un poste altísimo, una especie de columna de Nelson improvisada, en el que había clavadas docenas de flechas que apuntaban en todas direcciones. Cada flecha llevaba pintado el nombre del lugar que los soldados de Dwyer consideraban su hogar.

Sídney, Australia 11.624 km

Glasgow 5.880 km

Bridgwater Somerset 5.809 km

Esa primera mañana, al pasar junto al poste, se me ocurrió que quizá también debería añadir el mío.

Clarence House 5.561 km

Seguro que arrancaría algunas risas.

Pero no. De la misma manera que nadie tenía ganas de atraer la atención de los talibanes, yo tampoco tenía ganas de atraer la de mis compañeros reclutas. Mi objetivo principal era pasar desapercibido.

Una de las flechas apuntaba hacia «los Cañones», dos cañones de 105 mm situados en la parte trasera del inútil pabellón de las duchas. Casi a diario, varias veces al día, Dwyer disparaba aquellos cañones, lanzaba proyectiles gigantescos en una parábola humeante hacia las posiciones talibanes. El ruido te helaba la sangre, te freía el cerebro. (Un día los dispararon al menos un centenar de veces). Supe que continuaría oyendo ecos de aquel sonido el resto de mi vida, que resonaría para siempre en alguna parte de mi ser. Y que tampoco olvidaría el silencio abrumador que se instalaba cuando los cañones dejaban de disparar definitivamente.

11

La sala de operaciones era un cuchitril envuelto en camuflaje de desierto. El suelo era de un plástico grueso y negro formado por piezas que encajaban entre ellas, como un puzle, que producía un ruido raro al pisarlo. Lo más interesante de la habitación, del campamento entero en realidad, era la pared principal, en la que había un mapa gigante de la provincia de Helmand salpicado de chinchetas (amarillas, naranjas, verdes, azules) que representaban las unidades del grupo de batalla.

El cabo Baxter me dio la bienvenida. Mayor que yo, pero con el mismo color de pelo. Intercambiamos algunas bromas y una sonrisa resignada ante nuestra pertenencia involuntaria a la Liga de los Caballeros Pelirrojos. Y también a la Hermandad de la Calva Incipiente. Igual que yo, Baxter estaba perdiendo cobertura superior a marchas forzadas.

Le pregunté de dónde era.

—Del condado de Antrim.

—Irlandés, ¿eh?

—Así es.

Su tono cantarín me hizo pensar que encajaba bien las bromas. Me metí con los irlandeses y él me devolvió el fuego, riendo, aunque en su mirada de ojos azules se leía un inseguro: «Caramba, estoy tomándole el pelo a un príncipe».

Nos pusimos manos a la obra. Me enseñó varias radios colocadas en fila encima de la mesa que había debajo del mapa. Me enseñó el terminal Rover, un portátil diminuto y robusto con puntos cardinales dibujados en los laterales. «Las radios son tus oídos y el Rover, tus ojos». Ayudándome de ellos, tendría que componer una imagen del campo de batalla para tratar de controlar lo que ocurría tanto en tierra como en el aire. En cierto sentido, me dedicaría a lo mismo que cualquier controlador de tráfico aéreo de Heathrow: me pasaría el tiempo guiando reactores arriba y abajo. Sin embargo, a menudo el trabajo no tenía tanto glamour, me recordaba más al de un guardia de seguridad repasando con ojos somnolientos las imágenes que recogían docenas de cámaras montadas tanto en aeronaves en misiones de reconocimiento como en drones. La única batalla que libraba era contra el sueño.

—Adelante. Tome asiento, teniente Gales.

Me aclaré la garganta y me senté. Miré el Rover. Y seguí mirándolo.

Pasaron los minutos. Subí el volumen de las radios. Lo bajé.

Baxter se rio entre dientes.

—En eso consiste el trabajo. Bienvenido a la guerra.

12

El Rover tenía un nombre alternativo porque en el Ejército todo necesitaba un nombre alternativo.

Kill TV.

Tipo:

—¿Qué haces?

—Estoy viendo qué ponen en Kill TV.

Supuse que se lo habrían puesto de manera irónica. Si no, se trataba de publicidad descaradamente engañosa porque lo único que allí se mataba era el tiempo.

Vigilabas unas instalaciones abandonadas sospechosas de haber sido utilizadas por los talibanes.

No ocurría nada.

Vigilabas un entramado de túneles sospechoso de haber sido utilizado por los talibanes.

No ocurría nada.

Vigilabas una duna. Y otra duna.

Si hay algo más aburrido que ver cómo se seca la pintura es mirar un desierto… desierto. No me explicaba cómo Baxter no se había vuelto loco.

Así que se lo pregunté.

Dijo que, a pesar de las muchas horas en las que no ocurría nada, siempre acababa ocurriendo algo. El truco estaba en permanecer alerta a la espera de ese momento.

Si Kill TV era aburrida, Kill Radio era una locura. Todos los auriculares de la mesa emitían una cháchara constante en una docena de acentos (británico, estadounidense, neerlandés, francés), eso por no hablar de las diferentes personalidades.

Intenté emparejar los acentos con los indicativos. Los pilotos estadounidenses eran Dude. Los neerlandeses, Rammit. Los franceses, Mirage o Rage. Los británicos, Vapor.

A los helicópteros Apache los llamaban Ugly, esto es, Feos.

Mi indicativo personal era Viuda Seis Siete.

Baxter me dijo que cogiera unos auriculares y que saludara.

—Preséntate.

Cuando lo hice, las voces se animaron, volvieron su atención hacia mí. Eran como polluelos exigiendo comida. Y su alimento era información.

—¿Quién eres?

—¿Qué pasa por allí abajo?

—¿Adónde voy?

Además de información, lo que solían pedir era permiso. Para entrar en mi espacio aéreo o salir de él. La normativa les prohibía pasar por encima de ti sin asegurarse de que era seguro, de que no estaba librándose un combate en tierra, de que Dwyer no estaba disparando su artillería pesada. En otras palabras, debían asegurarse de si se trataba de una ROZ (zona de operaciones restringida) caliente o fría. Todo lo relativo a la guerra giraba en torno a esa cuestión binaria. Las hostilidades, el tiempo, el agua, la comida… ¿Frío o caliente?

Me gustaba ese papel, el del guardián de la ROZ. Me gustaba la idea de trabajar codo con codo con pilotos de cazas, de ser los ojos y los oídos de hombres y mujeres altamente cualificados, su último vínculo con tierra firme, su alfa y omega. Yo era… el suelo.

Su dependencia de mí, la necesidad de tenerme ahí, creaba lazos instantáneos. Fluían emociones extrañas, se creaba una curiosa intimidad.

—Ey, hola, Viuda Seis Siete.

—Ey, Dude.

—¿Cómo va el día?

—Tranquilo de momento, Dude.

Éramos compañeros al momento. Camaradas. Lo sentías.

Después de que se comunicaran conmigo, se los pasaba al FAC de Garmsir, una pequeña población cercana, junto al río Helmand.

—Gracias, Viuda Seis Siete. Buenas noches.

—Recibido, Dude. Cuídate.

13

Tras obtener permiso para atravesar mi espacio aéreo, el piloto no siempre lo cruzaba sin más y seguía su camino, a veces debía hacerlo como una flecha y necesitaba conocer de inmediato las condiciones en tierra. Cada segundo era vital. Tenía la vida y la muerte en mis manos. Yo estaba sentado tranquilamente a mi mesa, con una bebida gaseosa y un boli («Oh, un bolígrafo. Guau»), pero también en medio de la acción. La tarea para la que me había formado era emocionante, pero también aterradora. Poco antes de mi llegada, un FAC se había equivocado en un número cuando estaba leyéndole las coordenadas a un F-15 estadounidense; como resultado, una bomba errante había caído sobre las fuerzas británicas en lugar de sobre el enemigo. Habían muerto tres soldados y otros dos habían sufrido mutilaciones importantes. Así que todo lo que dijera, palabras y cifras, tendría consecuencias. Nosotros «proporcionábamos apoyo», esa era la frase que se usaba constantemente, pero aprendí que solo se trataba de un eufemismo. A veces también infligíamos la muerte en la misma medida que los pilotos, y, cuando lo que estaba en juego eran vidas, había que ser preciso.

Lo confieso: estaba contento. Realizaba un trabajo importante, patriótico. Ponía en práctica conocimientos y habilidades que había adquirido en los valles de Yorkshire, y en Sandringham, incluso podría remontarme a mi infancia. Y a Balmoral. Una línea clara conectaba mis salidas de caza acompañado de Sandy con el trabajo que llevaba a cabo allí. Era un soldado británico, en un campo de batalla, por fin, un papel para el que había estado preparándome toda la vida.

También era Viuda Seis Siete. Había tenido multitud de apodos a lo largo de mi existencia, pero aquel fue el primero que casi consideraba un alias. Podía esconderme detrás de él por completo. Por primera vez, solo era un nombre, un nombre y un número aleatorios. Sin títulos. Y sin guardaespaldas. «¿Esto es lo que los demás sienten a diario?». Paladeé la normalidad, me regodeé en ella, y también reflexioné sobre lo lejos que había tenido que irme para encontrarla. En el centro de Afganistán, en pleno invierno, en mitad de la noche, en medio de una guerra, hablando con un hombre que se encontraba a cuatro kilómetros y medio por encima de mí… ¿Hasta qué punto es anormal tu vida para que ese sea el primer lugar en el que te sientes normal?

Después de cada acción se instalaba la calma durante un tiempo, una calma que, psicológicamente, a veces resultaba más difícil de sobrellevar. El aburrimiento era el enemigo y lo combatíamos jugando al rugby utilizando como balón un rollo de papel higiénico bien envuelto en cinta adhesiva, o corriendo sin movernos del sitio. También hacíamos miles de flexiones y levantábamos peso con un equipo rudimentario que confeccionábamos asegurando cajones de madera a unas barras metálicas. Hacíamos sacos de boxeo con talegos. Leíamos, organizábamos campeonatos de ajedrez, parecíamos marmotas. Vi adultos dormir como troncos doce horas diarias.

También comíamos sin parar. La cocina de Dwyer estaba bien provista. Pasta. Patatas fritas. Judías. Disponíamos de treinta minutos semanales para hablar por el teléfono satelital. La tarjeta del teléfono se llamaba Paradigm y tenía un código en la parte de atrás que había que introducir en el teclado. A continuación, un robot, una bonita voz femenina, te informaba de cuántos minutos te quedaban. Y acto seguido…

—Spike, ¿eres tú?

Chels.

Tu antigua vida, al otro lado de la línea. Aquello siempre te cortaba la respiración. Pensar en casa nunca me resultaba fácil por una compleja serie de motivos. Pero que me llegara su eco era como recibir una puñalada en el pecho.

Si no llamaba a Chels, llamaba a mi padre.

—¿Cómo estás, mi querido hijo?

—Tirando. Ya sabes.

Me pidió que le escribiera en lugar de llamarlo. Le encantaban mis cartas.

Prefería la correspondencia.

14

A veces me preocupaba estar perdiéndome la verdadera guerra. ¿Estaría sentado en realidad en la sala de espera de la guerra? Temía que la verdadera guerra estaba librándose al otro lado del valle, donde veía las gruesas columnas de humo que acompañaban a las explosiones, casi siempre en Garmsir y alrededores. Un lugar de gran importancia estratégica. Se trataba de una vía de entrada crítica, un puerto fluvial a través del cual se abastecían los talibanes, sobre todo de armamento. Además de una puerta de entrada de nuevos combatientes, a quienes les entregaban un AK-47 y un puñado de balas y los dirigían hacia nosotros a través de su laberinto de trincheras. Era su prueba de iniciación, a la que los talibanes llamaban su «bautismo de sangre».

«¿Sandy y Tiggy trabajaban para los talibanes?».

Sucedía a menudo. Aparecía un recluta talibán, nos disparaba y nosotros respondíamos con una potencia veinte veces mayor. El recluta talibán que sobreviviera a aquella cortina de fuego era ascendido y enviado a combatir y a morir a una población de mayor importancia, como Gereshk o Lashkar Gah, a la que algunos llamaban Lash Vegas. Sin embargo, la mayoría no sobrevivía. Los talibanes dejaban que sus cadáveres se pudrieran. Vi perros del tamaño de lobos royendo los huesos de más de un recluta en el campo de batalla.

Empecé a rogarles a mis superiores que me sacaran de allí. No era el único que lo pedía, pero por motivos distintos. Yo solicitaba que me trasladaran más cerca del frente. «Envíenme a Garmsir».

Finalmente, en la Nochebuena de 2007, aprobaron mi solicitud. Debía sustituir a un FAC que volvía a casa de la base de operaciones avanzada Delhi, la cual se encontraba en una escuela abandonada de Garmsir.

Tenía un pequeño patio de gravilla y el tejado era de chapa ondulada. Unos decían que la escuela había sido una escuela de agronomía. Otros que una madrasa. En cualquier caso, en aquellos momentos pertenecía a la Commonwealth. Y era mi nuevo hogar.

Así como el de una compañía de gurkas.

Reclutados en Nepal, procedentes de los pueblos más remotos que salpicaban las estribaciones de la cordillera del Himalaya, los gurkas habían combatido en todas las guerras británicas de los últimos dos siglos y se habían distinguido en todas ellas. Peleaban como tigres, no se rendían nunca, lo cual les garantizaba un lugar especial en el Ejército británico… y en mi corazón. Había oído hablar de los gurkas desde que era niño; de hecho, fue uno de los primeros uniformes que llevé. En Sandhurst, los gurkas siempre interpretaban el papel de enemigo durante los ejercicios militares, lo cual resultaba bastante ridículo porque todos los tenían en alta estima.

Tras los ejercicios, siempre había un gurka que se acercaba a mí y me ofrecía una taza de chocolate caliente. Mostraban una gran reverencia por la realeza. Un rey, para ellos, era un ser divino. (De hecho, consideraban que su propio rey era la reencarnación del dios hindú Visnú). Así que un príncipe debía de andarle cerca. Era lo que había vivido desde pequeño y de pronto ocurría de nuevo. Cuando paseaba por Delhi, los gurkas me saludaban con una reverencia. Me llamaban saab.

«Sí, saab». «No, saab».

Yo les rogaba que no lo hicieran, que solo era el teniente Gales, Viuda Seis Siete.

Ellos reían. «Ni en broma, saab».

Y tampoco concebían que pudiera ir solo a ningún sitio. Los miembros de la realeza precisaban una escolta real. A menudo me dirigía a la cantina, o al baño, y de pronto me percataba de una sombra a mi derecha. Y a continuación de otra a mi izquierda. «Hola, saab». Era violento, aunque entrañable. Los adoraba, igual que los afganos del lugar, quienes les vendían todos los pollos y corderos que quisieran y con quienes incluso intercambiaban recetas. El Ejército siempre repetía que había que ganarse los «corazones y las mentes» de los afganos, refiriéndose a conseguir que la gente del lugar abrazara la democracia y la libertad, pero los únicos que parecían hacerlo de verdad eran los gurkas.

Cuando no me escoltaban, se dedicaban a cebarme. Los gurkas expresaban su amor a través de la comida. Y aunque todos se consideraban un chef de cinco estrellas, parecía que solo tuvieran una especialidad: el curri de cordero.

Recuerdo que un día oí unos rotores por encima de mí. Levanté la cabeza. Toda la base levantó la cabeza. Un helicóptero descendía lentamente. Y colgando de los patines, envuelta en una red, había una cabra. Un regalo de Navidad para los gurkas.

El helicóptero se posó en medio de una gran polvareda. Un tipo bajó de un salto, calvo, medio rubio, la viva imagen de un oficial británico.

También tenía un aire vagamente familiar.

—Conozco a ese tío —dije en voz alta. Y chasqué los dedos—. ¡Pero si es el bueno de Bevan!

Había trabajado para mi padre unos cuantos años. Incluso había pasado un invierno con nosotros en Klosters. (Me vino a la cabeza la imagen de él esquiando con una chaqueta Barbour, la quintaesencia de la aristocracia). Por lo visto, en aquellos momentos era el segundo del general de brigada. Y, por consiguiente, el encargado de llevarles cabras a los apreciados gurkas en nombre de su superior.

Yo estaba estupefacto, jamás habría esperado encontrármelo allí, pero él solo parecía ligeramente sorprendido… o interesado. Estaba más preocupado por las cabras. Además de la que iba en la red, Bevan había llevado otra acurrucada entre las rodillas durante todo el vuelo, la misma de la que iba tirando en aquellos momentos, como si fuera un cocker spaniel, para entregársela a los gurka.

Pobre Bevan. Era evidente que se había encariñado con el animalito y lo poco preparado que estaba para lo que vendría a continuación.

El gurka sacó su kukri y le cortó la cabeza a la cabra.

La cara parda y con barbas cayó al suelo como uno de aquellos rollos de papel higiénico envueltos en cinta adhesiva que utilizábamos a modo de balones de rugby.

De inmediato, el gurka recogió la sangre en una taza con la eficiencia de una mano experta. No se desperdiciaba nada.

En cuanto a la segunda cabra, el gurka me tendió el kukri y me preguntó si quería hacer los honores.

En casa tenía varios kukris que me habían regalado unos gurkas. Sabía manejarlos. Pero no, dije, no, gracias, aquí no, no es el momento.

No sabía muy bien por qué me había negado. Quizá porque ya había suficientes muertes a mi alrededor sin necesidad de contribuir a una más. De pronto me recordé diciéndole a George que me negaba en redondo a cortar huevos. ¿Dónde dibujaba la línea?

En el sufrimiento, ahí la dibujaba. Lo último que necesitaba aquella cabra era que yo me creyera Enrique VIII. Principalmente porque no dominaba la técnica y, si fallaba o calculaba mal, el pobre animal sufriría.

El gurka asintió.

—Como desee, saab.

Blandió el kukri.

Recuerdo que los ojos amarillentos de la cabra continuaron parpadeando incluso después de que la cabeza cayera al suelo.

15

El puesto de Delhi era similar al que tenía en Dwyer. Lo único que cambiaba era el tiempo que le dedicaba. Todas las horas del día. En Delhi siempre estaba de guardia.

La sala de operaciones era una antigua aula. Como aparentemente todo en Afganistán, la escuela que albergaba la base había sido bombardeada —vigas de madera colgando del techo, mesas volcadas, papeles y libros esparcidos por el suelo—, pero la sala de operaciones parecía haber sido la principal zona de impacto. Una zona catastrófica. Mirando el lado positivo, durante los turnos de noche, las paredes acribilladas ofrecían una vista imponente de las estrellas a través de los agujeros.

Recuerdo uno de esos turnos. Sería sobre la una de la madrugada cuando le pedí su código al piloto que nos sobrevolaba para poder introducirlo en mi Rover y ver su transmisión.

El piloto contestó con sequedad que estaba haciéndolo mal.

—¿El qué?

—No es el Rover, es el Longhorn.

—¿El Long qué?

—Eres nuevo, ¿verdad?

Me describió el Longhorn, una máquina de la que nadie se había molestado en hablarme. La busqué a mi alrededor y la encontré. Un maletín grande y negro cubierto de polvo. Lo limpié y lo encendí. El piloto me ayudó a ponerlo en funcionamiento. No sabía por qué motivo debía utilizar el Longhorn en lugar del Rover en su caso particular, pero no tenía ninguna intención de preguntarle e irritarlo aún más.

Y menos después de que aquella experiencia creara ciertos lazos. Desde entonces el trato fue de colegas.

Su indicativo era Magic.

Muchas veces me pasaba la noche entera charlando con Magic. A su tripulación y a él les gustaba hablar, reír, comer. (Creo recordar que una noche se pusieron morados de cangrejos frescos). Pero sobre todo les gustaba gastar bromas. Después de una incursión, Magic alejó la cámara y me dijo que mirara. Me acerqué a la pantalla. A seis mil metros, sus vistas de la curvatura de la Tierra eran impresionantes.

Despacio, la giró.

Unos pechos llenaron mi pantalla.

Una revista porno.

—Me la has colado, Magic.

Algunos pilotos eran mujeres. Los diálogos con ellas eran muy distintos. Una noche, estuve hablando con una piloto británica que mencionó lo bonita que estaba la luna.

—Está llena —dijo—. Deberías verla, Viuda Seis Siete.

—La veo. A través de uno de los agujeros de la pared. Está preciosa.

De pronto la radio cobró vida: un coro estridente de protestas. Los chicos de Dwyer nos dijeron que nos buscáramos un hotel. Noté que me sonrojaba. Esperaba que la piloto no hubiera creído que estaba ligando. Esperaba que tampoco lo creyera después de oír a los otros. Y, sobre todo, esperaba que ni ella ni los demás pilotos se enteraran de quién era y le contaran a la prensa británica que estaba aprovechando la guerra para conocer mujeres y que la prensa entonces la tratara como había tratado a todas las chicas que habían tenido algo que ver conmigo.

A pesar de todo, antes de que acabara el turno, la piloto y yo superamos aquel breve momento incómodo e hicimos un buen trabajo juntos. Me ayudó a controlar un búnker talibán, justo en mitad de tierra de nadie, cerca de los muros de Delhi. Captamos imágenes térmicas alrededor del búnker, formas humanas. Una docena, calculé. Puede que quince.

Talibanes, seguro, dijimos. ¿Quién si no iba a pulular por aquellas trincheras?

Repasé la lista de comprobación por si acaso. Patrón de vida, lo llaman en el Ejército. ¿Se ven mujeres? ¿Se ven niños? ¿Se ven perros? ¿Gatos? ¿Hay algo que indique que el objetivo pudiera encontrarse junto a un hospital? ¿Un colegio?

¿Algún civil?

No. Un no tras otro.

Todo apuntaba a que se trataba de talibanes y nada más que talibanes.

Planifiqué un ataque para el día siguiente y me asignaron dos pilotos estadounidenses para llevarlo a cabo: Dude Cero Uno y Dude Cero Dos. Les informé del objetivo y les dije que quería un JDAM (Munición de Ataque Directo Conjunto) de novecientos diez kilos. No sabía por qué nos complicábamos tanto usando un nombre tan farragoso. ¿Por qué no lo llamábamos bomba y listo? Quizá porque no se trataba de una bomba cualquiera; esta llevaba incorporado un sistema de guiado por radar.

Y era pesada. Pesaba lo mismo que un rinoceronte blanco.

Por lo general, cuando se trataba de un grupúsculo de combatientes talibanes, se solía solicitar un JDAM de doscientos veinticinco kilos, pero consideré que no sería suficiente para penetrar en los búnkeres fortificados que veía en la pantalla.

De acuerdo, los FAC nunca teníamos suficiente con doscientos kilos. Siempre queríamos las de novecientos. O todo o nada, ese era nuestro lema. Sin embargo, en aquel caso en concreto estaba completamente convencido de que solo lograríamos algo si íbamos con todo. El entramado de búnkeres resistiría cualquier bomba de peso inferior. Y no solo quería un JDAM de novecientos diez kilos sobre el búnker, también quería que la segunda aeronave le siguiera con un cañón de 20 mm con que ametrallar las trincheras que partían del búnker y abatir a quienes fueran asomando.

Negativo, dijo Dude Cero Uno.

Los estadounidenses no vieron la necesidad de usar una bomba de novecientos kilos.

—Preferimos lanzar dos bombas de doscientos, Viuda Seis Siete.

Qué poco estadounidense.

Estaba absolutamente convencido de que yo tenía razón y habría querido defender mi postura, pero era nuevo y me faltaba seguridad en mí mismo. Se trataba de mi primer ataque aéreo. Así que me limité a decir:

—Recibido.

Nochevieja. Mantuve los F-15 listos y preparados, a unos ochos kilómetros, para que el ruido de los motores no ahuyentara al objetivo. Cuando consideré que las condiciones eran las adecuadas y todo estaba tranquilo, los llamé.

—Viuda Seis Siete, estamos en posición final, armamento preparado para atacar.

—Formación Dude, autorizados para atacar.

—Autorizados para atacar.

Se dirigieron disparados hacia el objetivo.

En mi pantalla, vi la mira del piloto sobre el búnker.

Un segundo.

Dos.

Destello blanco. Una explosión estruendosa. Las paredes de la sala de operaciones se estremecieron. Cayeron trozos y polvo del techo.

Oí la voz de Dude Cero Uno.

—Delta Hotel (impacto dentro del área letal), espere evaluación de daños.

Unas columnas de humo se alzaron en el desierto.

Como me temía, poco después varios talibanes salieron corriendo de la trinchera. Gruñí frente a la pantalla del Rover y salí de allí con paso airado.

Hacía frío y el cielo estaba teñido de un azul reverberante. Oí a Dude Cero Uno y Dude Cero Dos por encima de mi cabeza, cada vez más lejos. Oí el eco de las bombas. Y luego todo quedó en silencio.

No han escapado todos, me dije a modo de consuelo. Como mínimo hay diez que no han logrado salir de la trinchera.

Aun así…, con una grande no habrían tenido nada que hacer.

La próxima vez, me dije. La próxima vez confiaré en mi instinto.

16

Me ascendieron, por decirlo de alguna manera. Me destinaron a un puesto de observación en una posición elevada que llevaba bastante tiempo trayendo a los talibanes por la calle de la amargura. Era nuestro y ellos lo querían. Si no podían hacerse con él entonces lo destruirían. Lo habían atacado decenas de veces durante los meses anteriores a mi traslado.

Unas horas después de mi llegada al puesto de observación, volvieron a intentarlo.

El tableteo de los AK-47, balas silbando por todas partes. Era como si alguien estuviera lanzándonos avisperos por la ventana. Estaba con cuatro gurkas, quienes dispararon un misil Javelin en la dirección de la que procedía el fuego.

Luego me dijeron que me sentara detrás de la ametralladora de calibre 50.

—¡Adelante, saab!

Me metí en el nido. Así las grandes agarraderas, me coloqué los tapones para los oídos y apunté a través de la red que colgaba delante de la ventana. Apreté el gatillo con fuerza. Fue como si un tren me atravesara el pecho. Y hacía el mismo ruido que una locomotora. Chu-chu-chu-chu-chu-chu. La ametralladora escupía balas al otro lado del desierto mientras los casquillos volaban por el puesto como palomitas de maíz. Era la primera vez que disparaba un arma de calibre 50. Tenía una potencia increíble.

En mi línea de visión directa había tierras de cultivo abandonadas, acequias y árboles. Arrasé con todo. También un edificio viejo con dos cúpulas que parecían unos ojos de rana. Las acribillé.

Mientras tanto, Dwyer empezó a disparar sus cañones.

Aquello era un caos.

No recuerdo muy bien qué sucedió después, aunque tampoco hace falta porque ha quedado registrado. La prensa estaba allí, a mi lado, grabando. Odiaba que estuvieran en aquel lugar, pero me habían ordenado que los llevara a dar una vuelta. A cambio, ellos habían acordado que no publicarían ninguna imagen ni información que estuviera relacionada conmigo hasta que me encontrara fuera del país.

La prensa quiso saber cuántos talibanes habíamos matado.

¿Cómo íbamos a saberlo?

Unos cuantos, dijimos.

Creía que iba a estar en ese puesto de observación bastante tiempo, pero poco después de ese día me trasladaron al norte, a la base de operaciones avanzada Edinburgh. Me subí a un Chinook lleno de sacas de correos y me tumbé entre ellas para esconderme. Cuarenta minutos después desembarqué de un salto y acabé hundido en el barro hasta las rodillas. ¿Cuándo narices había llovido? Me llevaron a mi cuartel, una casa protegida con sacos de arena. Un catre diminuto.

Y un compañero de habitación. Un oficial de transmisiones estonio.

Hicimos buenas migas. Me dio una de sus insignias como regalo de bienvenida.

A ocho kilómetros de allí estaba Musa Qala, una población que anteriormente había sido una fortaleza talibán. Nos habíamos hecho con ella en 2006, tras uno de los combates más duros en los últimos cincuenta años en el que hubieran participado los soldados británicos. Fueron sometidos más de un millar de talibanes. Sin embargo, a pesar del precio que hubo que pagar, poco después perdimos la población. Habíamos vuelto a conquistarla por segunda vez y estábamos decididos a conservarla.

Aunque estaba costando. Un IED (artefacto explosivo improvisado) había hecho volar por los aires a uno de nuestros muchachos.

Además, no éramos bien recibidos ni entre la población ni en sus alrededores. La gente del lugar que había cooperado con nosotros había sido torturada y habían clavado sus cabezas en estacas a lo largo de las murallas de la ciudad.

No había ni corazones ni mentes que ganar.

17

Había salido de patrulla. Atravesamos Musa Qala en un convoy de tanques Scimitar de la base de operaciones avanzada Edinburgh y continuamos adelante. La carretera nos llevó hasta un uadi donde no tardamos en encontrar un IED.

El primero con el que me topaba.

Llamar a los artificieros formaba parte de mi trabajo. Una hora después llegó el Chinook. Busqué un lugar seguro donde pudiera aterrizar, lancé una granada de humo para indicarle el sitio idóneo y para que comprobaran la dirección del viento.

Un equipo bajó al instante del helicóptero y se acercó al IED. Una tarea lenta y cuidadosa. Tardaron siglos. Mientras tanto, estábamos totalmente expuestos. Éramos conscientes de que el contacto con los talibanes podía producirse en cualquier momento. Oímos el zumbido de unas motos a nuestro alrededor. Exploradores talibanes, sin ninguna duda, tratando de determinar nuestra posición. Cuando las motos se acercaron demasiado, disparamos bengalas a modo de advertencia.

Los campos de amapolas se extendían a lo lejos. Me los quedé mirando, pensativo, recordando el famoso poema: «En los campos de Flandes se mecen las amapolas…». En el Reino Unido, la amapola simboliza el recuerdo, pero allí solo era la moneda de cambio. Aquellas plantas no tardarían en convertirse en heroína, y su venta financiaría las balas que los talibanes nos dispararían y los IED que nos dejarían en las carreteras y los uadis.

Como aquel.

Finalmente los artificieros volaron el IED. Una nube en forma de hongo se alzó en el aire, tan saturado de arena que costaba imaginar que pudiera contener un grano más.

Los artificieros recogieron y se fueron, y nosotros continuamos hacia el norte, adentrándonos en el desierto.

18

Formamos un cuadrado con los vehículos al que llamábamos puerto. Al día siguiente, y al otro, y así todos los días salíamos a patrullar alrededor de la población.

Una demostración de fuerza a través de nuestra presencia, nos habían dicho.

No permanezcáis siempre en el mismo sitio, nos habían dicho.

Que los talibanes no sepan a qué atenerse, nos habían dicho. Desconcertadlos.

Aunque, en términos generales, la misión de la base consistía en proporcionar apoyo a la ofensiva estadounidense en curso. El rugido de los reactores estadounidenses sobre nuestras cabezas y las explosiones en un pueblo cercano eran constantes. Trabajábamos en estrecha colaboración con ellos entrando en combate con los talibanes con frecuencia.

Hacía un par de días que habíamos establecido el puerto en terreno elevado cuando divisamos a unos pastores a lo lejos. Lo único que se veía en kilómetros a la redonda era a aquellos hombres y sus ovejas. La escena parecía la mar de inocente. Sin embargo, los pastores empezaron a acercarse demasiado a los estadounidenses y estos se pusieron nerviosos. Hicieron varios disparos de advertencia e, inevitablemente, alcanzaron a uno de los pastores, que iba en moto. Desde nuestra posición era imposible determinar si había sido accidental o deliberado. Las ovejas se desperdigaron y vimos que los estadounidenses salían de inmediato en busca de los pastores.

Cuando se fueron, me acerqué con unos cuantos soldados fiyianos y recogimos la moto. Le pasé un trapo y la dejé a un lado. La cuidé. Después de que los estadounidenses interrogaran al pastor, lo vendaran y lo soltaran, el hombre acudió a nosotros.

Le sorprendió que hubiéramos recuperado la moto.

Y aún más que la hubiéramos limpiado.

Y casi le dio un síncope cuando se la devolvimos.

19

Al día siguiente, o quizá al otro, tres periodistas se sumaron a nuestro convoy. Me ordenaron que los llevara al campo de batalla y les diera una vuelta, incidiendo de manera explícita en que la prohibición de publicar cualquier noticia seguía vigente.

Yo iba en un Spartan, al frente del convoy, acompañado por los periodistas, que no hacían más que estorbar, asomándose cada dos por tres. Querían salir, hacer fotos, grabar algo. Sin embargo, no era seguro. Los estadounidenses todavía estaban limpiando la zona.

Estaba en la torreta cuando un periodista me dio unos golpecitos en la pierna y, por enésima vez, volvió a pedir permiso para salir.

Suspiré.

—Vale. Pero tengan cuidado con las minas. Y no se alejen.

Salieron del Spartan en tropel y empezaron a preparar la cámara.

Poco después, atacaron a los chicos que iban por delante. Las balas silbaban sobre nuestras cabezas.

Los periodistas se quedaron paralizados y me miraron con gesto desvalido.

—¡No se queden ahí parados! ¡Adentro!

Si ya de entrada no los quería allí, aún menos me apetecía que les sucediera algo bajo mi custodia. Solo me faltaba la muerte de un periodista sobre mi conciencia. Lo cual no dejaba de ser irónico.

No sé si fue al cabo de unas horas o de unos días que nos enteramos de que los estadounidenses habían lanzado un misil Hellfire sobre el pueblo que teníamos más cerca. Hubo muchos heridos. Sacaron a un niño del pueblo en una carretilla, colina arriba, con las piernas colgando por el borde. Las tenía hechas polvo.

La empujaban dos hombres, que se dirigían derechos hacia nosotros. No sabía qué relación tenían con el niño. ¿Eran familiares? ¿Amigos? Cuando llegaron junto a nosotros, no conseguimos entendernos. Ninguno hablaba inglés. Pero era evidente que el niño estaba muy mal, y vi que nuestros médicos se disponían a tratarlo de inmediato.

Un intérprete intentaba tranquilizar al niño mientras hablaba con los hombres que lo habían llevado hasta allí para tratar de averiguar qué había sucedido.

—¿Cómo ha ocurrido?

—Estadounidenses.

Quise acercarme, pero me detuvo un sargento en su sexto periodo de servicio.

—No, jefe, mejor que no lo vea o no podrá quitárselo de la cabeza.

Retrocedí.

Minutos después, oí un silbido y luego algo que pasaba volando. A continuación, hubo una explosión atronadora a nuestra espalda.

La sentí en el cerebro.

Miré a mi alrededor. Todo el mundo se había echado al suelo salvo otras dos personas y yo.

—¿De dónde ha venido?

Varios muchachos señalaron a lo lejos. Estaban desesperados por devolver el fuego y me pidieron permiso.

—¡Sí!

Pero los talibanes que habían disparado ya no estaban. Habíamos perdido nuestra oportunidad.

Esperamos a que bajara la adrenalina, a que cesara el pitido de los oídos. Costó. Recuerdo que uno de nuestros muchachos no dejaba de susurrar: «Joder, por un pelo».

Estuvimos horas tratando de entender qué había ocurrido. Algunos creíamos que los estadounidenses eran los responsables de las heridas del niño; otros, que el niño no era más que un peón sacrificable de la típica treta que empleaban los talibanes. Que la carretilla solo había sido una pequeña farsa para que permaneciéramos en la colina, distraídos, quietos, y así poder fijar nuestra posición. El enemigo le había destrozado las piernas al crío de la carretilla y luego lo había utilizado como cebo.

—¿Y por qué el niño y los hombres iban a prestarse a algo así?

—Porque, de no hacerlo, se los habrían cargado.

—Junto con todos sus seres queridos.

20

Las luces de Musa Qala se veían a lo lejos. Era febrero de 2008.

Los tanques formaban un puerto y cenábamos nuestras raciones de combate, hablando en voz baja.

Tras la cena, sobre la medianoche, me puse con el turno de radio. Había desplegado la mesa de la parte trasera del Spartan y estaba sentado a ella, con la puerta grande abierta, mientras tomaba notas frente a la radio. La única luz procedía de una bombilla envuelta en una rejilla protectora que proyectaba un resplandor tenue sobre mi cabeza. Las estrellas del desierto alumbraban más que la bombilla, y parecían más próximas.

La radio estaba conectada a la batería del Spartan por lo que de vez en cuando tenía que encender el motor para cargar la batería. No me gustaba hacer ruido por miedo a atraer la atención de los talibanes, pero no quedaba más remedio.

Pasado un rato, me puse a ordenar el Spartan y me serví una taza de chocolate de un termo, aunque no logré entrar en calor. Era imposible. El desierto puede llegar a ser muy frío. Llevaba el uniforme especial de desierto, botas de desierto, una chaqueta acolchada verde, un gorro de lana… y seguía temblando.

Subí ligeramente el volumen de la radio intentando distinguir las voces entre las interferencias y el ruido de fondo. Informes de misiones. Información sobre entregas de correos. Estaban transmitiendo mensajes a través de la red del grupo de batalla, ninguno relacionado con mi escuadrón.

Creo que sería alrededor de la una de la madrugada cuando oí que varias personas hablaban sobre Zorro Rojo.

Cero Alfa, el oficial al mando, le contaba a alguien que si Zorro Rojo esto, que si Zorro Rojo aquello… Tomé algunas notas, pero dejé de escribir y levanté la cabeza hacia las estrellas cuando oí que mencionaban al escuadrón C.

Según las voces, el tal Zorro Rojo estaba metido en un buen lío, de eso no cabía duda.

Deduje que Zorro Rojo era una persona. ¿Había hecho algo mal?

No.

¿Alguien quería hacerle algo?

Sí.

A juzgar por el tono de las voces, estaban a punto de cargarse a Zorro Rojo. Bebí un trago de chocolate caliente, miré la radio con incredulidad y supe con total certeza que el tal Zorro Rojo era yo.

A continuación, las voces dijeron de manera más explícita que la tapadera de Zorro Rojo había saltado por los aires, que había quedado expuesto ante el enemigo y que había que extraerlo de inmediato.

Joder, dije. Joder, joder, ¡joder!

De pronto pensé en Eton. En el zorro que había visto por la ventana del cuarto de baño, yendo colocado. Así que al final sí que se trataba de un mensajero del futuro. «Un día te encontrarás solo, en plena noche, rodeado de oscuridad, perseguido como yo… A ver si te gusta».

A la mañana siguiente salimos de patrulla y yo estaba completamente paranoico, preocupado por si alguien me reconocía. Llevaba la cabeza envuelta en una kufiya, gafas de esquí oscuras y no dejaba de mirar a ambos lados mientras mantenía el dedo tenso sobre el gatillo de mi ametralladora.

Cuando hubo anochecido, las Fuerzas Especiales fueron a recogerme en un Chinook escoltado por dos Apaches con los que yo charlaba por radio. Crucé el valle, de vuelta a la base de operaciones avanzada Edinburgh. Aterrizamos en medio de la oscuridad, no veía nada. Entré corriendo en la base y a continuación en una tienda de lona verde, aún más oscura.

Oí un chirrido.

Se encendió una luz débil.

Delante de mí había un hombre enroscando una bombillita en un casquillo que colgaba del techo.

El coronel Ed.

El rostro me pareció más alargado que nunca, y llevaba un abrigo largo y verde que parecía sacado de la Primera Guerra Mundial. Me puso al corriente de lo que había ocurrido. Una revista australiana había levantado la liebre y le había contado a todo el mundo que yo estaba en Afganistán. La revista era intrascendente, así que al principio nadie había reparado en la noticia, hasta que un capullo de Estados Unidos leyó el artículo, lo publicó en su página web de pacotilla y los rastreadores dieron con él. La noticia estaba en todas partes. El secreto peor guardado del universo era que el príncipe Harry se encontraba en la provincia de Helmand.

—Así que… Se acabó.

El coronel Ed se disculpó. Sabía que no era la manera ni el momento en que me hubiera gustado acabar mi periodo de servicio. Por otro lado, el coronel Ed quería que supiera que sus superiores llevaban semanas presionándolo para que me sacara de allí, así que podía dar gracias de que no hubiera sido más corto. Había eludido a quienes deciden, y a los talibanes, y había cumplido un periodo de servicio nada despreciable con un magnífico expediente. Bravo, dijo.

Estuve a punto de rogarle que me dejara quedarme, pero comprendí que era imposible. Mi presencia pondría en grave peligro a quienes me rodearan. Incluido el coronel Ed. Ahora que los talibanes sabían que me encontraba en el país, y aproximadamente dónde, volcarían todos sus esfuerzos en eliminarme. El Ejército no deseaba que muriera, pero volvía a ocurrir lo mismo que el año anterior: al Ejército sobre todo le interesaba que otros no murieran por mi culpa.

Y estaba de acuerdo.

Salí de la tienda tras estrecharle la mano, recogí mis escasas pertenencias, me despedí rápidamente de unas cuantas personas y volví a subir al Chinook, cuyo rotor seguía girando.

Una hora después me encontraba en Kandahar.

Me duché, me afeité y me preparé para subir a un avión con destino a Gran Bretaña. Había más soldados pululando por allí a la espera de embarcar, igual que yo, aunque de un ánimo muy distinto. Se sentían exultantes. Volvían a casa.

Era incapaz de apartar la mirada del suelo.

Pasado un tiempo, nos dimos cuenta de que estábamos tardando en embarcar más de lo habitual.

¿A qué se debe el retraso?, preguntamos, impacientes.

Un miembro de la tripulación nos informó de que estábamos esperando a un último pasajero.

¿A quién?

Tenían que cargar el ataúd de un soldado danés en la bodega.

Todos guardamos silencio.

Cuando por fin embarcamos, y despegamos, la cortina de la parte delantera del avión se abrió unos segundos. Vi a tres personas en camillas. Me desabroché el cinturón, crucé el pasillo y vi que se trataba de tres soldados británicos gravemente heridos. Uno, recuerdo, tenía heridas espantosas producidas por un IED. Otro iba envuelto en plástico de los pies a la cabeza. A pesar de estar inconsciente, asía con fuerza una probeta que contenía fragmentos de metralla que le habían extraído del cuello y la cabeza.

Hablé con el médico que los atendía y le pregunté si sobrevivirían. No lo sabía. Y si lo hacían, dijo, les esperaba un camino muy duro por delante.

Me reproché no haber prestado más atención a lo que ocurría a mi alrededor. Me pasé el resto del vuelo pensando en la cantidad de jóvenes, hombres y mujeres, que volvían a casa en circunstancias similares, y en los que ni siquiera volvían. Pensé en toda aquella gente que prefería no saber absolutamente nada de aquella guerra. Muchos se oponían a ella, pero pocos sabían apenas nada acerca del conflicto. Me pregunté por qué. ¿A quién correspondía informar al respecto?

Ah, sí, pensé. A la prensa.

21

Aterricé el 1 de marzo de 2008. La rueda de prensa obligatoria se interponía entre mi estómago y una comida en condiciones. Tomé aire, me presenté ante el periodista escogido y contesté a sus preguntas. Utilizó la palabra «héroe», algo que no me representaba.

—Los héroes son quienes iban en el avión. Por no hablar de los que aún siguen en Delhi, Dwyer y Edinburgh.

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