En la sombra

En la sombra


Segunda parte » 87

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Salí de la habitación y me tropecé con Willy y mi padre. Creo que Willy me abrazó. Creo que le di dos besos a mi padre. ¿Es posible que él… me apretara el hombro? Visto de lejos, cualquiera habría pensado que se trataba de una familia saludándose e interactuando de manera normal y corriente, pero para nosotros se trataba de una demostración física de afecto descomedida y sin precedentes.

Los dos se quedaron mirándome, con los ojos muy abiertos. Estaba exhausto. Agobiado.

—Pareces mayor —comentó mi padre.

—Lo soy.

Nos subimos al Audi de mi padre y salimos disparados hacia Highgrove. Por el camino hablamos como si estuviéramos en una biblioteca. Casi entre susurros.

—¿Qué tal estás, Harold?

—Bueno, no sé. ¿Y tú?

—Tirando.

—¿Qué tal Kate?

—Bien.

—¿Me he perdido algo?

—No. Lo de siempre.

Bajé la ventanilla para contemplar el paisaje que desfilaba ante mis ojos, incapaz de asimilar tantos colores, tanto verde. Inspiré una bocanada de aire fresco y me pregunté cuál de aquellas dos realidades era un sueño: ¿los meses que había pasado en Afganistán o aquel viaje en coche? Los cañones de Dwyer, las cabras decapitadas, el niño de la carretilla… ¿Había sido real? ¿O lo real eran aquellos suaves asientos de cuero y la colonia de mi padre?

22

Me concedieron un mes de permiso. Los primeros días los pasé con amigos. Se enteraron de que había vuelto a casa, me llamaron y me invitaron a salir a tomar una copa.

—Vale, pero solo una.

A un lugar llamado el Cat and Custard Pot. Yo, sentado en un rincón oscuro con un gin-tonic en la mano. Ellos, riendo, charlando y planeando viajes, proyectos y vacaciones.

Todo el mundo hablaba muy alto. ¿Era algo nuevo o siempre había sido así?

Y decían que estaba muy callado.

—Sí, ya, supongo.

—¿Y eso?

—No sé.

Me apetecía estar callado, nada más.

Me sentía fuera de lugar, un poco con la cabeza en otra parte. A veces me entraba una especie de agobio. Otras me enfadaba. «¿Es que no sabéis lo que está ocurriendo en la otra punta del mundo ahora mismo?».

Llamé a Chels al cabo de un par de días y le pregunté si podíamos quedar. Se lo supliqué. Ella estaba en Ciudad del Cabo.

Me invitó a ir allí.

«Sí, eso es lo que necesito —pensé—. Un par de días con Chels y los suyos».

Más tarde, ella y yo nos escapamos a Botsuana para ver a la pandilla. Empezamos en casa de Teej y Mike. Nos recibieron con besos y abrazos sentidos; habían estado muertos de preocupación por mí. Y a partir de ahí no dejaron de atiborrarme de comida mientras Mike me pasaba una copa tras otra. Me sentía en el lugar y bajo el cielo que más adoraba del mundo, tan feliz que en cierto momento me pregunté si no estaría llorando.

Un par de días después, Chels y yo alquilamos una casa flotante para navegar por el río. La Kubu Queen. Nos apañábamos con cualquier cosa para comer y dormíamos en la cubierta superior del barco, a la luz de las estrellas. Trataba de relajarme bajo el cinturón de Orión y la Osa Menor, pero no me lo ponían fácil. La prensa se enteró de nuestro viaje y no hacíamos más que encontrarnos paparazzi cada vez que el barco se acercaba a la orilla.

Casi una semana después volvimos a Maun y celebramos una cena de despedida con Teej y Mike. Todos se fueron a dormir pronto, menos Teej, con quien estuve charlando un poco sobre la guerra. Muy poco. Era la primera vez que hablaba del tema desde que había vuelto a casa.

Willy y mi padre me habían preguntado, pero no como Teej.

Y Chelsy tampoco. ¿Pasaba de puntillas sobre el tema porque seguía resentida por que me hubiera ido? ¿O porque era consciente de que me costaba hablar de ello? No lo sabía, y tenía la sensación de que ella tampoco, de que ninguno de los dos estábamos seguros de nada.

Teej y yo también hablamos de eso.

—Le gusto —dije—. Me quiere, creo. Pero no le gusta lo que comporta estar conmigo, no le gusta todo lo que conlleva pertenecer a la realeza, lo de la prensa y demás, y eso va a estar siempre ahí. ¿Qué futuro tenemos?

Teej me preguntó a bocajarro si me veía casado con Chels.

Intenté explicarme. Me encantaba el desenfado de Chels, que fuera tan desacomplejada. Le daba igual lo que pensaran los demás. Llevaba minifaldas y botas de tacón alto, bailaba como quería, bebía tanto tequila como yo, y todo eso me gustaba mucho… pero no podía evitar que me preocupara lo que mi abuela pensara al respecto. O la gente. Y lo último que quería era que Chels cambiara para complacerlos.

Quería casarme y ser padre…, pero no estaba seguro.

—No todo el mundo está hecho para aguantar el escrutinio constante, Teej, y no sé si Chels lo soportaría. Ni si quiero pedirle que lo haga.

23

La prensa nos persiguió sin descanso desde que volvimos a Gran Bretaña: que si habíamos ido directos al apartamento que Chelsy tenía en Leeds, fuera del campus, que compartía con dos chicas, en quienes yo confiaba y, más importante aún, que confiaban en mí; que si había entrado en el apartamento a hurtadillas, oculto bajo una capucha y una gorra, y las había hecho reír; que si me gustaba hacerme pasar por estudiante universitario e iba a buscar pizza y salía por los pubs, incluso que me replanteaba si habría hecho bien no yendo a la universidad. Nada de todo aquello era cierto, ni una palabra.

Había ido dos veces al apartamento que Chels tenía en Leeds.

Apenas conocía a sus compañeras de piso.

Y nunca jamás me había arrepentido de no ir a la universidad.

Pero la prensa iba cada vez a más. Ahora ya incluso vendían fantasías, fantasmas, mientras me seguían y me acosaban, a mí y a mi círculo íntimo. Chels me dijo que los paparazzi la perseguían cada vez que iba o volvía de clase y me pidió que hiciera algo.

Le dije que lo intentaría, que lo sentía mucho.

Cuando volvió a Ciudad del Cabo, me llamó y me contó que continuaban siguiéndola a todas partes y que estaba volviéndose loca. No se explicaba cómo era posible que supieran siempre dónde estaba o dónde iba a estar. No podía más. Lo hablé con Marko, quien me aconsejó que le pidiera al hermano de Chels que revisara los bajos del coche.

Cómo no, le habían colocado un dispositivo de rastreo.

Marko y yo supimos indicarle a su hermano qué debía buscar exactamente, y dónde, porque le había ocurrido a mucha gente a mi alrededor.

Chels insistió en que no estaba segura de si estaba preparada para aquello. ¿La vida entera con alguien pegado a sus talones?

¿Qué podía decirle?

La echaría mucho de menos, muchísimo. Pero entendía muy bien que antepusiera su libertad.

Si yo tuviera elección, tampoco querría vivir así.

24

La llamaban Flack.

Era divertida. Cariñosa. Y caía muy bien. La conocí en un restaurante al que había acudido con unos amigos, meses después de que mi relación con Chels hubiera terminado.

—Spike, esta es Flack.

—Hola. ¿A qué te dedicas, Flack?

Trabajaba en la televisión, dijo. Era presentadora.

—Lo siento, no veo mucho la tele —me disculpé.

No pareció sorprenderle que no la conociera, lo cual me gustó. Carecía del ego desmedido de muchos famosos.

Aun después de que me explicara quién era y lo que hacía, continué dudando de que la hubiera visto alguna vez.

—¿Cómo dices que te llamas?

—Caroline Flack.

Días después, quedamos una noche para cenar y jugar al póquer en el piso de Marko, en Bramham Gardens. Al cabo de un rato, me ausenté un momento, disfrazado con uno de los sombreros de vaquero de Marko, para ir a hablar con la Roca. Cuando salí del edificio, me encendí un cigarrillo, miré a la derecha y… allí, detrás de un coche aparcado, vi dos pares de pies.

Y dos cabezas que se asomaban y se agachaban.

Quienes fueran, no me reconocieron con el sombrero de Marko, así que pude acercarme con toda tranquilidad al coche de policía de Billy, inclinarme hacia él y susurrarle:

—Aeronave no identificada a las tres.

—¿Qué? ¡No!

—Billy, ¿cómo lo han sabido?

—A mí que me registren.

—Nadie sabe que estoy aquí. ¿Me han puesto un localizador? ¿Han conseguido entrar en mi móvil? ¿O en el de Flack?

Billy salió disparado del coche, rodeó la manzana y sorprendió a los dos paparazzi. Les gritó. Pero ellos le contestaron de la misma manera. Creyéndose con derecho a hacer lo que hacían. Envalentonados.

Esa noche no consiguieron la foto que perseguían, una pequeña victoria. Sin embargo, muy poco después nos pillaron a Flack y a mí, y esas sí desataron la locura. En cuestión de horas, una horda de periodistas se instaló delante de la casa de los padres de Flack, y de sus amigos, y de su abuela. En una publicación describían a Flack como mi «caprichito proletario», porque una vez había trabajado en una fábrica o algo por el estilo.

«Joder, ¿de verdad somos tan insufriblemente esnobs en este país?», pensé.

Seguimos viéndonos de vez en cuando, pero nunca más volvimos a sentirnos libres. Continuamos, creo, porque nos lo pasábamos bien juntos, y porque no queríamos reconocer la derrota a manos de aquellos imbéciles. Pero la relación estaba tocada de manera irremediable y al final decidimos que no valía la pena seguir aguantando aquel nivel de cansancio y acoso.

Sobre todo por su familia.

Nos dijimos adiós. Adiós y buena suerte.

25

Acudí a un cóctel en el palacio de Kensington con el general Dannatt, acompañado de JLP. Cuando llamamos a la puerta del apartamento del general, estaba más nervioso que cuando me fui a la guerra.

El general y su mujer, Pippa, nos recibieron con suma cordialidad y me felicitaron por mi trabajo en el Ejército.

Sonreí, pero enseguida fruncí el ceño. Ya, dijeron, lamentaban que hubiera tenido que interrumpirlo.

—La prensa… Lo echan todo a perder, ¿verdad?

—Y que usted lo diga.

El general me sirvió un gin-tonic. Tomamos asiento en la zona de sillones mientras bebía un buen trago y sentía cómo la ginebra bajaba por la garganta, tras lo que solté que necesitaba volver. Necesitaba completar mi periodo de servicio como era debido.

El general se quedó mirándome.

—Ya. Entiendo. Bien, en ese caso…

Empezó a pensar en voz alta, sopesando las distintas alternativas al tiempo que analizaba las derivaciones políticas y las ramificaciones de cada una de ellas.

—¿Y qué le parece… piloto de helicóptero?

Vaya. Eché la espalda hacia atrás. Nunca me lo había planteado. Tal vez porque Willy y mi padre —y el abuelo, y el tío Andrés— eran pilotos. Siempre había querido seguir mi propio camino, hacer lo que me gustara a mí, pero el general Dannatt dijo que era la mejor opción. La única. Estaría más seguro, por decirlo de alguna manera, por encima del campo de batalla, entre las nubes. Igual que quienes me rodearan. Aunque la prensa averiguara que había regresado a Afganistán, aunque volvieran a cometer una estupidez —y la cometerían, de eso no me cabía ninguna duda—, no importaría. Tal vez los talibanes averiguaran dónde estaba, pero ya podían intentar localizarme en el aire si querían.

—¿Cuánto se tarda en obtener la habilitación de piloto, general?

—Unos dos años.

Negué con la cabeza.

—Demasiado tiempo, señor.

El hombre se encogió de hombros.

—Se tarda lo que se tarda. Y con motivo.

Había que estudiar bastante, se explicó.

Maldición. La vida se empeñaba en arrastrarme de vuelta a clase a cada paso que daba.

Le di las gracias y le dije que lo pensaría.

26

Sin embargo, ese verano de 2008 apenas le dediqué un pensamiento.

No pensé mucho en nada, salvo en aquellos tres soldados heridos que iban en el mismo avión que yo de vuelta a casa. Y quería que los demás también lo hicieran, y que se hablara de ellos. Era necesario que se reflexionara y se prestara más atención a los soldados británicos que volvían a casa del campo de batalla.

Dediqué todo mi tiempo a tratar de encontrar la manera de cambiar aquella situación.

Mientras tanto, la Casa Real me mantenía ocupado. Me enviaron a Estados Unidos, mi primer viaje de trabajo oficial a aquel país. (Había estado una vez en Colorado, haciendo rafting y visitando Disney World con mi madre). JLP participó en el diseño del itinerario y estaba al tanto de mis preferencias. Quería visitar a soldados heridos y dejar una corona en el World Trade Center. Y también deseaba conocer a las familias de quienes murieron el 11 de septiembre de 2001. Logró que todo aquello se hiciera realidad.

A excepción de esas ocasiones en concreto, apenas conservo ningún otro recuerdo de aquel viaje. Sí que leía noticias sobre el revuelo que se producía en los lugares que visitaba y los debates exaltados sobre mi madre, motivados en gran parte por el amor que profesaba por Estados Unidos y por los viajes históricos que había realizado al país, pero lo que más recuerdo es acompañar a soldados heridos, visitar cementerios militares y hablar con familias sumidas en el dolor.

Les sostenía la mano, asentía y les decía: «Te comprendo». Creo que era un consuelo mutuo. Siempre es mejor compartir el dolor.

Regresé a Gran Bretaña reafirmado en el convencimiento de que no estaba haciéndose lo suficiente por los afectados por la guerra contra el terrorismo. Decidí volcar en ello todos mis esfuerzos, hasta la extenuación. Estaba agotado, pero no me daba cuenta, y muchas mañanas me levantaba sintiéndome cansado y sin fuerzas. Sin embargo, ¿cómo iba a parar cuando tanta gente necesitaba ayuda? Cuando tanta gente sufría.

Por aquella época me enteré de que existía Help for Heroes, una organización benéfica nacional de reciente creación. Me gustó mucho lo que hacían, el empeño que ponían en concienciar a la población acerca de la difícil situación de los soldados. Willy y yo nos pusimos en contacto con ellos.

—¿Qué podemos hacer?

Los fundadores, padres de un soldado, dijeron que quizá había algo.

—¿Les importaría llevar nuestra pulsera?

¡Por supuesto! Las lucimos durante un partido de fútbol, con Kate, y tuvo una repercusión asombrosa. La demanda de pulseras se disparó y empezaron a llegar donaciones. Fue el inicio de una larga y trascendente relación. Y un recordatorio indiscutible del poder que teníamos como plataforma.

Aun así, la mayor parte de mi trabajo se desarrollaba alejado de los focos. Pasé muchos días en el hospital Selly Oak, y en Headly Court, hablando con soldados, escuchando sus historias, tratando de proporcionarles un momento de paz o unas risas. Nunca avisé a la prensa y creo que solo dejé que lo hiciera la Casa Real una vez. No quería ver a un periodista a un kilómetro de distancia durante aquellos encuentros, que, aunque superficiales a simple vista, eran desgarradoramente íntimos.

—¿También estuviste en la provincia de Helmand?

—Ya te digo.

—¿Perdiste a algún compañero?

—Desde luego.

—¿Hay algo que pueda hacer?

—Ya lo estás haciendo, compañero.

Acompañaba a aquellos hombres y mujeres destrozados junto a sus camas, a menudo rodeados de sus familias. Recuerdo a un chico joven, vendado de pies a cabeza, en coma inducido. Sus padres estaban allí. Me contaron que estaban escribiendo un diario de su recuperación y me pidieron que lo leyera. Lo hice. Luego, con su permiso, yo también le escribí algo para que lo leyera cuando despertara. Después, nos abrazamos, y a la hora de despedirnos fue como si lo hiciera de mi familia.

En cierta ocasión, visité un centro de medicina física y rehabilitación por un compromiso oficial y me encontré con uno de los soldados del vuelo de vuelta a casa. Ben. Me contó que un IED le había arrancado el brazo izquierdo y la pierna derecha. Dijo que aquel día hacía un calor de mil demonios. Estaba corriendo, oyó una explosión y de pronto se encontraba a seis metros del suelo.

Recordaba haber visto cómo su pierna se separaba del cuerpo.

Me lo contó con una leve y encomiable sonrisa.

El día anterior a mi visita había recibido la pierna ortopédica. Le eché un vistazo.

—Muy bonita, compañero. ¡Y parece bastante resistente!

—Pronto lo veremos —contestó.

Según el programa de rehabilitación que estaba siguiendo, ese día tenía que subir y bajar un muro de escalada.

Me quedé por allí para verlo.

Se colocó un arnés, agarró una cuerda y trepó por la pared. Entusiasmado, lanzó un grito de júbilo al llegar arriba, saludó y descendió de nuevo.

Yo estaba boquiabierto. Nunca me había sentido tan orgulloso… de ser británico, de ser soldado, de ser su hermano de armas. Se lo dije. Le dije que quería invitarlo a una cerveza por haber llegado a lo alto de la pared. No, no, a una caja de cervezas.

Se echó a reír.

—¡A eso no te diré que no, compañero!

Comentó que quería correr una maratón.

Le dije que si alguna vez lo hacía, cuando lo hiciera, me encontraría esperando en la línea de meta.

27

Hacia finales de ese verano, fui a Botsuana a ver a Teej y a Mike. Hacía poco habían hecho un trabajo excepcional con la serie Planeta Tierra de David Attenborough, y otros documentales para la BBC, y en aquellos momentos estaban rodando uno nuevo, de gran importancia, sobre elefantes. Varias manadas, estresadas por la sequía y la reducción de su hábitat, estaban huyendo de manera precipitada a Namibia en busca de comida y se abalanzaban a los brazos de los cazadores furtivos, centenares de ellos, que los esperaban armados con AK-47. Teej y Mike esperaban que el documental llamara la atención sobre aquellas matanzas cada vez más frecuentes.

Les pregunté si podía ayudar en algo. No lo dudaron.

—Pues claro, Spike.

De hecho, se ofrecieron a contratarme como cámara. Aparecería en los títulos de crédito, pero, eso sí, sin cobrar.

No habían dejado de alabar lo cambiado que estaba desde el primer día. Siempre había sido un trabajador nato, pero era evidente que el Ejército me había enseñado a recibir órdenes. Nunca tenían que repetirme las cosas dos veces.

A menudo, mientras rodábamos por aquellos parajes subidos al camión plataforma, miraba a lo lejos y pensaba: «Qué curioso, toda la vida quejándome de los fotógrafos que se especializan en robarte la libertad y aquí me tienes, trabajando de fotógrafo, luchando por preservar la libertad de estos animales majestuosos. Sintiéndome cada vez más libre».

Y, por si aquello no fuera suficientemente irónico, además grababa cómo los veterinarios les colocaban dispositivos de rastreo a los animales. (Los localizadores ayudarían a los investigadores a estudiar las pautas de migración de las manadas). Hasta ese momento, no podía decir que aquellos dispositivos me trajeran los mejores recuerdos.

Un día grabamos cómo un veterinario le disparaba un dardo a un elefante macho y luego le colocaba un collar con un localizador. Sin embargo, el dardo solo había raspado la dura piel del animal, que se recuperó y salió disparado.

—¡Coge la cámara, Spike! ¡Corre! —gritó Mike.

El elefante se alejaba muy deprisa a través de la maleza siguiendo un camino de tierra que desaparecía en algunas partes. El veterinario y yo intentamos no perderlo de vista. No podía creer lo rápido que era aquel animal. Recorrió ocho kilómetros antes de empezar a reducir la velocidad y acabar deteniéndose. Me quedé a cierta distancia y, cuando el veterinario llegó a mi altura, vi que le disparaba otro dardo. Finalmente, el pobre animal se desplomó.

Momentos después, oímos el rugido del camión en el que iba Mike.

—¡Buen trabajo, Spike!

Yo estaba jadeando, con las manos en las rodillas, bañado en sudor.

Mike miró al suelo, espantado.

—Spike, ¿y los zapatos?

—Ah, ya. Los dejé en el camión. No me ha dado tiempo de cogerlos.

—¿Has corrido ocho kilómetros… a través del bosque… descalzo?

Me eché a reír.

—Me dijiste que corriera. Como decís, el Ejército me ha enseñado a recibir órdenes.

28

Con la llegada del nuevo año, 2009, un vídeo se hizo viral.

Era de hacía tres años y aparecía yo junto a otros compañeros, cadetes como yo.

Estábamos en un aeropuerto. ¿Chipre, quizá? ¿O esperando para embarcar con destino a Chipre?

El vídeo lo grabé yo. Estaba matando el tiempo antes de subir al avión, haciendo el tonto, y tomé una panorámica del grupo mientras iba comentando algo sobre cada uno de ellos. Cuando llegué a mi compañero y buen amigo Ahmed Raza Kahn, un paquistaní, dije: «Ah, nuestro pequeño amigo paqui…».

No sabía que paqui era un insulto. De pequeño, había oído a mucha gente usar esa palabra y no había visto que nadie torciera el gesto o se molestara, nunca había considerado racistas a esas personas. Y tampoco sabía nada sobre los prejuicios inconscientes. Tenía veintiún años, había crecido aislado del mundo real y envuelto en privilegios, y creía que aquella palabra era igual que «yanqui». Inocua.

Se lo envié a otro cadete, que estaba preparando un vídeo de fin de año, y a partir de ahí comenzó a circular, pasando de un ordenador a otro, hasta que acabó en manos de alguien que se lo vendió al News of the World.

Empezaron a llegar las críticas iracundas.

La gente decía que no había aprendido nada.

La gente decía que no había madurado ni una pizca después de la debacle nazi.

El príncipe Harry es peor que bobo, decían, peor que un fiestero, es racista.

El líder de los tories me criticó públicamente. Un ministro de gabinete me puso a caldo por televisión. El tío de Ahmed expresó su repulsa en la BBC.

Yo estaba en Highgrove, viendo el escándalo que se había montado, incapaz de procesarlo.

La oficina de mi padre publicó una disculpa en mi nombre. Yo también quise emitir otra, pero el personal de la Casa Real me aconsejó que no lo hiciera.

—No es la mejor estrategia, señor.

—A la mierda la estrategia.

Me daba igual la estrategia. Lo que no me daba igual era que la gente creyera que era racista. Lo que no me daba igual era ser racista.

En cualquier caso, allí quien importaba era Ahmed. Me puse en contacto con él directamente y le pedí disculpas. Dijo que le constaba que yo no era racista. Que no pasaba nada.

Pero sí pasaba. Y su perdón, su deferencia natural, solo me hizo sentir peor.

29

Mientras la controversia continuaba, me mandaron a la base aérea de la RAF en Barkston Heath. Un momento raro para empezar la instrucción de vuelo, para empezar cualquier tipo de formación. Mi legendariamente escasa capacidad de concentración nunca había sido tan escasa. Aunque quizá también fuera el mejor momento, me dije. Quería esconderme del resto de mis congéneres, huir del planeta, pero, ya que no había cohetes disponibles, tendría que conformarme con un avión.

No obstante, antes de subirme a uno, el Ejército debía asegurarse de que estaba capacitado para ello. Exploraron mi cuerpo y mi mente durante semanas.

Limpio, ni rastro de drogas, concluyeron. Pareció sorprenderles.

Y, a pesar de los vídeos que venían a mostrar lo contrario, no era bobo del todo.

Así que… vía libre.

Dijeron que mi primera aeronave sería una Firefly. De un amarillo vivo, ala fija, una sola hélice.

Una máquina normal y corriente, sin complicaciones, según mi primer instructor de vuelo, el sargento mayor Booley.

Me subí a ella y pensé: «¿En serio?». Me pareció de todo menos corriente.

Me volví hacia Booley, lo estudié. Él tampoco era un hombre corriente. Bajo, fornido, duro. Había combatido en Irak y en los Balcanes y, a tenor de lo que había visto y vivido, podría haber sido una persona difícil de tratar, pero lo cierto era que sus años en servicio activo no parecían haberle afectado de manera negativa. Al contrario, era todo amabilidad.

Por su propio bien. Yo tenía tantas cosas en la cabeza que me presentaba a nuestras clases completamente ensimismado, lo cual repercutía en mi rendimiento. Siempre esperaba que Booley perdiera la paciencia en algún momento y empezara a gritarme, pero nunca lo hizo. De hecho, después de una de aquellas clases, me invitó a salir en moto por el campo. «Vamos a despejar la cabeza, teniente Gales».

Y funcionó. Mano de santo. La moto, una preciosa Triumph 675, resultó ser el recordatorio ideal de lo que buscaba en aquellas clases de vuelo. Velocidad y sensación de poder.

Y libertad.

Poco después descubrí que no éramos libres: la prensa nos había seguido desde el principio y nos había hecho fotos frente a la casa de Booley.

Tras un periodo de aclimatación a la cabina de la Firefly, de familiarizarme con el panel de control, por fin despegamos. En uno de nuestros primeros vuelos juntos, Booley hizo que la avioneta entrara en pérdida de manera intencionada y sin avisar. Noté que el ala izquierda se inclinaba, una sensación inquietante de desorden, de entropía, y luego, tras varios segundos que me parecieron décadas, Booley recuperó la aeronave y niveló las alas.

Lo miré con los ojos abiertos.

—Pero ¿qué co…?

¿Había sido un intento de suicidio abortado a la mitad?

No, contestó con suma tranquilidad, había sido el paso a la fase siguiente de mi adiestramiento. Me explicó que había un sinfín de cosas que podían torcerse en el aire y que tenía que enseñarme lo que había que hacer, pero también cómo hacerlo.

Permanece. Tranquilo.

Durante el siguiente vuelo, hizo lo mismo. Sin embargo, en esa ocasión no recuperó la aeronave. Nos precipitábamos hacia el suelo en medio de giros y tirabuzones cuando dijo:

—Le toca.

—¿El qué?

—Hacerlo a usted.

Miró los controles. Me hice con ellos, agravé la situación y recuperé la aeronave justo a tiempo.

Miré a Booley, esperando sus felicitaciones.

Nada. Ni la menor reacción.

A partir de entonces, Booley repitió aquella maniobra una y otra vez: apagaba el motor y entrábamos en caída libre. Al tiempo que el metal chirriante y el ruido blanco que producía el motor apagado se hacían ensordecedores, él se volvía hacia la izquierda con toda calma:

—Le toca.

—¿Me toca?

—El control es suyo.

—El control es mío.

Después de encender el motor de nuevo, después de regresar a la base sanos y salvos, nunca había celebraciones. Ni tampoco se hablaba demasiado. En la cabina de Booley no se daban medallas solo por hacer lo que había que hacer.

Finalmente, una mañana de cielos despejados, después de haber dado varias vueltas rutinarias sobre el aeródromo, aterrizamos con suavidad y Booley se bajó como si la Firefly estuviera en llamas.

—¿Qué pasa?

—Le toca, teniente Gales.

—¿El qué?

—Volar solo.

—Ah. De acuerdo.

Y despegué. (Después de asegurarme de que llevaba bien puesto el paracaídas). Di un par de vueltas sobre el aeródromo mientras hablaba conmigo mismo.

—Motor a fondo. Rueda sobre la línea blanca. Levanta suelo…, ¡despacio! Baja el morro. ¡No lo cales! Vira en el ascenso. Nivela. Vale, ahora estás a favor del viento. Comunícate con la torre. Comprueba la señalización terrestre.

»Chequeos previos al aterrizaje.

»¡Reduce potencia!

»Empieza a descender en el viraje.

»Ahí está; ahora, tranquilo.

»Sal del viraje, endereza, enderézala.

»Trayectoria de vuelo de tres grados, morro en la cabecera.

»Solicita permiso para aterrizar.

»Apunta la aeronave hacia donde quieres posarla…

Hice un aterrizaje con un solo rebote, sin incidentes, y rodé por la pista. A una persona normal y corriente, le habría parecido el vuelo más anodino de la historia de la aviación. Para mí fue uno de los momentos más maravillosos de mi vida.

¿Ya podía considerar que sabía pilotar? En absoluto. Pero estaba en camino.

Me bajé y me acerqué a Booley a grandes zancadas. Cómo me habría gustado chocar los cinco con él y llevármelo de copas, pero aquello quedaba totalmente descartado.

Lo que no deseaba de ninguna de las maneras era despedirme de él y, sin embargo, era lo que debía hacer. Después de volar solo, debía emprender la nueva etapa de mi instrucción.

Como le gustaba decir a Booley, me tocaba.

30

Me enviaron a la base aérea de la RAF en Shawbury, donde descubrí que los helicópteros eran mucho más complicados que las Firefly.

Incluso las comprobaciones previas al vuelo eran más exhaustivas.

Contemplé la miríada de interruptores y conmutadores y pensé: «¿Cómo voy a memorizar todo esto?».

No sé cómo, pero lo hice. Poco a poco, bajo la atenta mirada de mis dos nuevos instructores, los sargentos mayores Lazel y Mitchell, me los aprendí todos.

No tardamos en empezar a practicar el despegue, con los rotores batiendo las nubes espumosas, una de las mejores sensaciones que puedan experimentarse. La forma más auténtica de volar, en muchos sentidos. La primera vez que ascendimos, en vertical, pensé: «He nacido para esto».

Sin embargo, también aprendí que hacer volar el helicóptero no era lo difícil. Lo difícil era el vuelo estacionario. Se dedicaban seis clases como mínimo a esa única maniobra, que si bien al principio parecía sencilla, enseguida resultaba ser imposible. De hecho, cuanto más la practicabas, más imposible parecía.

Principalmente se debía a un fenómeno al que llamábamos «monos basculantes». Nada más despegar, el helicóptero es víctima de una diabólica confluencia de factores: el flujo de aire, la corriente descendente, la gravedad. Primero se tambalea, luego se balancea, luego cabecea y da bandazos… como si unos monos invisibles estuvieran colgados de los patines y les dieran tirones. Para aterrizar el helicóptero, hay que quitarse de encima a esos monos basculantes y la única manera de hacerlo es… olvidándote de ellos.

Lo cual es más fácil decirlo que hacerlo. No había modo de vencerlos, y tampoco era un gran consuelo que los demás pilotos que se formaban conmigo se encontraran en la misma situación que yo. No había día que aquellos pequeños cabrones, aquellos diablillos invisibles no aparecieran en nuestras conversaciones. Acabamos odiándolos y teniéndole pavor a la vergüenza y la rabia de que nos pusieran a prueba una y otra vez. Ninguno de nosotros era capaz de dar con el modo de recuperar el equilibrio de la aeronave y dejarla en el suelo sin abollar el fuselaje. O hacerle un arañazo a los patines. Abandonar la pista de aterrizaje dejando tras de ti una marca larga y sinuosa, esa era la humillación suprema.

Cuando llegó el día de nuestro primer vuelo a solas, todos estábamos desquiciados. «Los monos voladores», «los monos voladores», era lo único de lo que se hablaba en el comedor. Cuando me llegó el turno, subí al helicóptero, recé y pedí autorización a la torre para despegar. «Vía libre». Encendí el motor, alcé el vuelo, di varias vueltas alrededor del campo, sin problemas, a pesar del viento, que soplaba con fuerza.

Y llegó la hora H.

Había ocho círculos dibujados en el área de estacionamiento. Tenía que aterrizar en uno de ellos. A la izquierda del área se alzaba un edificio naranja de ladrillos y enormes ventanales en el que los demás pilotos y estudiantes esperaban su turno. Sabía que todos estaban pegados a aquellas ventanas, mirando, cuando sentí que los monos basculantes hacían acto de presencia. La aeronave empezó a mecerse.

—¡Largo! —grité—. ¡Dejadme en paz!

Me peleé con los controles y conseguí dejar el helicóptero dentro de un círculo.

Al entrar en el edificio naranja, saqué pecho, orgulloso de mí mismo, y ocupé mi puesto delante de las ventanas para ver qué tal les iba a los demás. Sudoroso, pero sonriente.

Ese día, varios aspirantes a piloto se vieron obligados a abortar sus aterrizajes. Uno tuvo que posarse en una zona de hierba que había al lado. Otro aterrizó con tantos bamboleos y el motor tan caliente que la ambulancia y los camiones de bomberos acudieron de inmediato.

Cuando entró en el edificio naranja, supe por su mirada que se sentía igual que me habría sentido yo en su lugar.

Una parte de él deseaba con toda su alma haberse estrellado y haber muerto entre las llamas.

31

Yo por entonces vivía en Shropshire con Willy, que también estaba formándose para ser piloto. Había encontrado una casa de campo en una finca a diez minutos de la base y me propuso vivir con él. O puede que me invitara yo.

Era acogedora y tenía encanto. Estaba detrás de una arboleda muy frondosa, cerca de un senderito rural. En la nevera nunca faltaba comida envasada al vacío que nos mandaban los chefs de mi padre: pollo cremoso con arroz, curri de ternera… En la parte de atrás había una caballeriza maravillosa, lo cual explicaba el olor a caballo que inundaba toda la casa.

No vivíamos juntos desde Eton, así que ambos estábamos a gusto con el arreglo, nos lo pasábamos bien. Es más, estábamos juntos cuando tuvo lugar la caída triunfal del imperio mediático de Murdoch; qué gran momento. Después de varios meses de investigaciones, por fin habían identificado al grupo de periodistas y editores de su peor periódico. Los esposaron, los detuvieron y los acusaron de acosar a políticos, a famosos y… a la familia real. La corrupción por fin salía a la luz y se avecinaban sanciones.

Uno de los villanos que estaba a punto de ser desenmascarado era el Pulgar, el mismo periodista que hacía mucho se había inventado una historia absurda sobre la lesión en el pulgar que me hice en Eton. Yo me curé bien, pero él nunca ha tenido remedio. De hecho, fue a mucho peor. Ascendió en la jerarquía del mundo de la prensa y llegó a jefe. Tenía un equipo de clones comiendo de su mano (¿o de su pulgar?), y muchos accedieron ilegalmente a teléfonos ajenos a troche y moche, lo cual es un delito flagrante. Lo más gracioso es que el Pulgar decía que él no sabía nada del tema.

Otra que cayó fue… ¡Rehabber Kooks! La misma periodista asquerosa que cocinó la farsa de mi rehabilitación. Había «renunciado». La policía la detuvo dos días después.

Uf, qué alivio cuando nos enteramos.

Al resto de los conspiradores, acosadores y mentirosos les esperaba el mismo destino. Más pronto que tarde se iban a quedar sin trabajo y sin la fortuna que habían amasado de forma ilícita durante el festival de delitos más desenfrenado de la historia del Reino Unido.

Justicia.

No cabía en mí de gozo. Y Willy estaba igual. Fue increíble. Por fin se confirmaban nuestras sospechas y se resarcía a nuestro círculo de amigos más cercanos; no estábamos locos ni paranoicos. Algo pasaba realmente. Nos habían traicionado, como siempre habíamos sospechado, pero no los guardaespaldas ni nuestros mejores amigos, sino, una vez más, las ratas del periodismo británico de Fleet Street. Y la policía metropolitana, que no entiendo por qué no hizo su trabajo; se negaron en varias ocasiones a investigar y detener a esa gente que era obvio que había infringido la ley.

La cuestión es por qué. ¿Estaban comprados? ¿Era un complot? ¿Tenían miedo?

En breve íbamos a averiguarlo.

La gente estaba escandalizada. El hecho de que la prensa usara la enorme influencia que se le otorgaba para hacer el mal denotaba que la democracia se hallaba en un estado lamentable. Es más, que rastrearan y desbarataran a su antojo las medidas de seguridad necesarias para proteger a figuras destacadas y funcionarios públicos era como abrirle la puerta a los terroristas. Y eso sería el caos. No se salvaría nadie.

Los británicos llevaban generaciones riéndose irónicamente de que la prensa nacional fuera una basura, pero «qué le vamos a hacer», decían. Sin embargo, ahora ya a nadie le hacía gracia. Todo el mundo pensaba que era necesario hacer algo al respecto.

Incluso el diario dominical más conocido, el News of the World de Murdoch, empezó a agonizar. Ni siquiera estaba claro si iba a sobrevivir el principal responsable del escándalo de las escuchas. Los anunciantes estaban planteándose largarse y los lectores, boicotearlos. ¿Estaba pasando de verdad? ¿Había expirado por fin esa criatura circense grotesca y bicéfala que Murdoch había engendrado?

¿Era el comienzo de una nueva era?

Curiosamente, aunque esto nos puso de muy buen humor a los dos, apenas hablamos del tema de manera explícita. Nos reímos mucho cuando vivimos en la casa de campo, pasamos ratos muy buenos hablando de cualquier cosa, pero ese asunto apenas lo tocamos. Supongo que era demasiado doloroso. O que aún no estaba todo zanjado. Puede que no quisiéramos gafarlo, que no nos atreviéramos a descorchar el champán hasta que no viéramos a Rehabber Kooks y el Pulgar compartiendo celda.

O a lo mejor había cierta tensión latente entre nosotros que yo no acababa de entender. Cuando vivíamos juntos en la casa de campo, accedimos excepcionalmente a hacer una entrevista conjunta en un hangar de Shawbury, y Willy no hizo más que quejarse de mí: que si Harry es un guarro, que si Harry ronca…

Me giré y le eché una mirada. ¿Estaba de broma?

Yo limpio lo que ensucio y no ronco. Además, la pared que separaba nuestras respectivas habitaciones era gruesa, así que habría sido imposible que me oyera incluso aunque hubiera roncado. A los periodistas les dio un ataque de risa, así que metí baza.

—¡Qué mentiroso!

Lo único que conseguí es que se rieran más fuerte, Willy incluido.

Yo también me reí, porque normalmente estábamos de guasa, pero cuando vuelvo la vista atrás no puedo evitar preguntarme si había algo más. Yo estaba preparándome para ir al frente, que era para lo que Willy se había formado, pero la Casa Real echó por tierra sus planes. El Repuesto que se vaya a corretear al campo de batalla como pollo sin cabeza si quiere, pero el Heredero ni hablar.

Así que ahora Willy estaba preparándose para ser piloto de rescate, y a lo mejor en su fuero interno estaba frustrado. Si fuera así, estaba muy equivocado. Según yo lo veía, hacía una labor crucial y extraordinaria: salvaba vidas todas las semanas. Estaba orgulloso de él y tenía toda mi admiración, porque estaba dedicándose en cuerpo y alma a su preparación.

Aun así, tendría que haberme imaginado cómo se sentía. Yo mismo sabía de primera mano lo desesperanzador que era que no te dejaran participar en algo para lo que llevabas años preparándote.

32

Después de Shawbury estuve en Middle Wallop. Según el Ejército, ya había aprendido a pilotar un helicóptero, pero ahora tenía que aprender a hacerlo en términos tácticos mientras desempeñaba otras tareas. Muchas: interpretar un mapa, localizar un objetivo, lanzar misiles, comunicarme por radio y mear en una bolsa. Lo de hacer mil cosas a la vez a ciento cuarenta nudos de altura no está hecho para todo el mundo. Para conseguir ese truco mental Jedi primero tenía que reconfigurar el cerebro y renovar las sinapsis, y mi Yoda en ese proceso descomunal de neuroingeniería fue Nigel.

Alias Nige.

En él recayó la misión nada envidiable de convertirse en mi cuarto instructor de vuelo, y posiblemente el más importante.

Las sesiones las llevábamos a cabo en una aeronave conocida como Ardilla. Así se denomina de forma coloquial el helicóptero monomotor francés que usaban los estudiantes ingleses en su preparación. Pero Nige estaba más pendiente de las ardillas que correteaban por mi cabeza cuando me iba por las ramas que de la «ardilla» en la que estábamos sentados. Me aseguró que eran enemigas ancestrales de la concentración humana. Sin darme cuenta, se habían instalado en mi conciencia. También me dijo que eran más taimadas que los monos basculantes, incluso mucho más peligrosas.

Nige me recalcó que la única forma de librarse de ellas era tener una disciplina férrea. Es fácil controlar un helicóptero, pero controlar la mente requiere más tiempo y paciencia.

Tiempo y paciencia, pensé con impaciencia. No voy sobrado de ninguna de las dos cosas, Nige, así que manos a la obra…

Según él, también hacía falta cierto amor propio, y eso se manifestaba como seguridad en uno mismo.

—Seguridad, teniente Gales. Lo más importante es creer en uno mismo.

Sabía que tenía razón, pero me costaba visualizarme poniéndolo en práctica. La verdad era que yo no creía en mí mismo; no creía prácticamente en nada, y mucho menos en mi persona. Siempre que cometía un error, lo cual era muy habitual, era muy duro con Harry. Sentía que se me gripaba la mente, como cuando se sobrecalienta un motor. La nube roja me envolvía y era incapaz de pensar, dejaba de funcionar.

Cuando me pasaba eso, Nige me decía:

—Teniente Gales, no se cargue este vuelo por un simple error.

Pero al final me cargué muchos vuelos por un simple error.

A veces ese desprecio hacia mí mismo le salpicaba a él, y, cuando me leía la cartilla, luego yo se la devolvía.

—A tomar por culo, pilótelo usted.

Él meneaba la cabeza y contestaba:

—Yo no voy a tocar los controles, teniente Gales. Es usted el que nos va a llevar a tierra. Y ya cuando estemos abajo lo hablamos.

Tenía una voluntad hercúlea, aunque a primera vista no lo pareciera. Era de estatura y complexión medias y llevaba el pelo acerado perfectamente peinado con la raya a un lado, con el mono verde y las gafas de ver siempre impolutos. Era un civil metido a marine, un abuelo bondadoso al que le encantaba navegar, un tío guay. Pero tenía corazón de ninja.

Y en ese momento yo necesitaba un puto ninja.

33

Durante varios meses, Nige el Ninja se las apañó para enseñarme a pilotar un helicóptero mientras hacía miles de cosas a la vez, y además con cierto amor propio. Aunque eran clases de vuelo, las recuerdo como lecciones de vida, y con el paso del tiempo las buenas superaron a las malas.

Ya fueran bien o mal, las pasaba canutas en las sesiones de noventa minutos con Nige y la Ardilla. Después de aterrizar pensaba: «Necesito una siesta».

Pero antes, la sesión de evaluación.

Ahí Nige el Ninja sí que me lo hacía pasar mal de verdad, porque no era de los que te doraban la píldora. No se andaba con rodeos y te ofendía alegremente. Me cantaba las cuarenta cuando hacía falta y no reparaba en el tono que usaba.

Yo me ponía a la defensiva.

Él me presionaba.

Yo lo miraba con cara de odio.

Él me presionaba de nuevo.

Yo decía: «Sí, sí, ya lo pillo».

Él volvía a presionarme.

Yo dejaba de escucharlo.

Y el pobre Nige… seguía presionándome.

Ahora me doy cuenta de que era una de las personas más honradas que he conocido en la vida, y oír verdades, un secreto que él conocía y que mucha gente se niega a aceptar, suele doler. Él quería que yo creyera en mí mismo, pero no podía basar esa creencia en promesas y cumplidos falsos. El camino real hacia el control estaba empedrado de hechos.

No era que se opusiera rotundamente a hacer cumplidos. Un día, casi de pasada, me dijo que parecía que no tenía… miedo.

—Si me lo permite, teniente Gales, he de decir que no parece preocuparle mucho la idea de morir.

—Así es.

Le conté que dejé de temer a la muerte cuando tenía doce años.

Él lo entendió y asintió. Ambos pasamos página.

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