En la sombra
Segunda parte » 87
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Llegó el día en que Nige me soltó y me dejó en libertad cual pájaro herido tras recuperarse, y gracias a su certificación el Ejército me declaró apto para pilotar Apaches.
Pero en realidad no… Era una engañifa. En vez de pilotar Apaches, tocaba sentarse en un aula sin ventanas y leer sobre ellos.
Me pareció muy cruel. Me prometieron que iba a manejar helicópteros y en vez de eso me dieron una pila de deberes.
El curso duró tres meses y yo estuve a punto de volverme loco. Al final de la jornada, me arrastraba hasta el cuartel, me metía en mi cuarto (que parecía una celda) y me desahogaba por teléfono con algún amigo o con mi guardaespaldas. Me planteé seriamente tirar la toalla. Le decía a todo el mundo con irritación que yo nunca había querido pilotar Apaches. Lo que quería pilotar era el Lynx. Era más fácil de aprender, lo cual significaba volver antes a la guerra. Pero mi superior, el coronel David Meyer, desestimó la idea.
—Ni en broma, Harry.
—¿Por qué, coronel?
—Porque tiene experiencia práctica reconociendo terrenos, se desempeñó muy bien como FAC y es muy buen piloto, así que va a volar con el Apache.
—Pero…
—Sé por su forma de pilotar y de interpretar el terreno que está usted donde le corresponde.
¿Donde me corresponde? ¡El curso era una tortura!
Y aun así todos los días llegaba puntualmente con mis archivadores de anillas llenitos de datos sobre los motores del Apache, atendía en clase y me dejaba la piel para no perder el ritmo. Intentaba aprovechar todo lo que me habían enseñado mis instructores de vuelo, desde Booley hasta Nige, y me tomaba las clases como si fueran una aeronave cayendo en picado y yo tuviera la misión de recuperar el control.
Y un día… se acabó. Me dijeron que por fin iba a abrocharme el cinturón de un Apache de verdad…
… para rodar en pista.
—¿Están de coña?
Me dijeron que eran cuatro clases.
—¿Cuatro clases para aprender a… rodar en pista?
Al final resultó que cuatro clases no eran suficientes para asimilar todo lo que había que saber sobre rodar en pista con ese pájaro descomunal. Cuando estaba en faena era como si la aeronave tuviera zancos y estuviera sobre una cama de gelatina. Había momentos en los que realmente dudaba que fuera a conseguirlo, como si aquel fuera el final de un viaje que ni siquiera había empezado.
En parte yo achacaba mis dificultades a la disposición de los asientos. Tanto en el Firefly como en la Ardilla el instructor estaba siempre a mi lado, de tal forma que podía acercarse y enmendar mis errores en el acto o mostrarme cómo hacerlo. Booley, por ejemplo, se hacía con los mandos y Nige se encargaba de los pedales, y yo los imitaba. Me di cuenta de que muchas de las cosas que había aprendido en la vida las sabía gracias a esta especie de proceso de imitación. A diferencia de mucha gente, yo necesitaba un guía, un gurú, un compañero.
Pero en el Apache el instructor estaba delante o detrás, es decir, no lo veía.
Estaba totalmente solo.
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La disposición de los asientos pasó a ser un problema menor. Me fui acostumbrando poco a poco al Apache, y había días que incluso estaba a gusto.
Aprendí a estar solo, a pensar solo y a funcionar solo. Aprendí a comunicarme con esa bestia tan grande, veloz, agresiva y maravillosa, a hablar su mismo idioma y escucharla cuando quería decirme algo. Aprendí a llevar a cabo varias técnicas usando las manos y los pies a la vez. Aprendí a apreciar aquella máquina prodigiosa que, aun pesando una barbaridad, era tan ágil como una bailarina de ballet. Es el helicóptero más complejo del mundo en términos tecnológicos y a la vez el más veloz. Entendí por qué había tan poca gente capaz de pilotar el Apache y por qué costaba millones de dólares formar a cada una de esas personas.
Ahora tocaba hacerlo todo… de noche.
Empezamos con un ejercicio que se llamaba «la bolsa», que consistía en lo que su propio nombre indica: tapaban las ventabas del Apache y era como estar dentro de una bolsa de papel marrón. Luego tenías que recopilar información sobre las condiciones fuera del aparato usando los instrumentos y los indicadores. Era inquietante y desconcertante, pero eficaz. Te veías obligado a desarrollar una especie de segundo sentido de la vista.
Luego volamos de noche de verdad. Rodeamos la base y fuimos más allá gradualmente. Temblé un poco cuando navegamos por encima de la llanura de Salisbury, los valles y bosques inhóspitos por los que me arrastré y gateé cuando hicimos los primeros ejercicios. Después sobrevolamos zonas más pobladas. Y luego, Londres, con su Támesis reluciente bajo el cielo nocturno, el London Eye haciéndole un guiño a las estrellas, el Parlamento, el Big Ben, los palacios… Pensé en mi abuela. ¿Estaría despierta? ¿Estarían los corgis poniéndose cómodos mientras yo daba vueltas grácilmente sobre su cabeza mullida?
¿Estaría izada la bandera?
En la oscuridad aprendí a dominar la mira monocular, la tecnología más increíble y emblemática del Apache. Un sensor del morro enviaba imágenes a través de un cable que pasaba por la cabina hasta la mira, pinzada al casco justo delante del ojo derecho. Gracias a ella sabía lo que había en el exterior. Mis sentidos se reducían a ese portalito. Al principio era como escribir con el dedo gordo del pie o respirar por la oreja, pero luego se convirtió en algo instintivo y hasta místico.
Una noche estaba volando en círculos sobre Londres y me quedé ciego momentáneamente. Por una milésima de segundo pensé que iba a caer en el Támesis. Veía colores brillantes, sobre todo verde esmeralda, y tras unos segundos caí en la cuenta: alguien desde tierra nos había apuntado con un puntero láser. Estaba desorientado. Y cabreado. Pero me dije que tenía que dar las gracias por la experiencia y por tener la oportunidad de practicar. Y también, contra toda lógica, por el recuerdo pasajero que se me vino a la cabeza de repente: cuando Mohammed Fayed, el padre del novio de nuestra madre, nos regaló a Willy y a mí sendos punteros láser de los almacenes Harrods, que eran de su propiedad. A lo mejor quería engatusarnos. En caso afirmativo, lo consiguió. Nos encantaron.
Los movíamos por todas partes como si fueran sables de luz.
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Tuve un último instructor hacia el final de mi formación con el Apache, en el aeródromo de Wattisham, en Suffolk.
Su misión era darme los retoques finales.
Cuando nos conocimos, al darnos la mano, me sonrió con complicidad.
Yo le devolví la sonrisa.
Él siguió sonriendo.
Yo volví a sonreír, pero empecé a preguntarme si pasaba algo.
Pensaba que iba a hacerme un cumplido… o a pedirme un favor, pero me preguntó que si reconocía su voz.
—No.
Me dijo que era del equipo que me extrajo.
—Ah, ¿en 2008?
—Sí.
Me acordé de que esa noche hablamos brevemente por radio.
—Recuerdo que se quedó muy chafado.
—Ya lo creo.
—Se lo noté en la voz.
—Pues sí, me quedé hecho polvo.
—Y mírese ahora —dijo con una sonrisa más ancha.
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En unos días iba a cumplir veinticinco años, pero para mí era un cumpleaños más. Mis amigos me decían que los veinticinco eran una edad clave, ese momento en el que mucha gente joven se encontraba con una bifurcación en el camino de su vida. A los veinticinco toca dar un paso concreto al frente o… empezar a recular. Yo estaba listo para seguir adelante. En muchos sentidos, era como si llevara años volando a ciegas, como en «la bolsa».
Me acordé de que los veinticinco eran una edad importante en mi familia. Mi abuela, por ejemplo, a esa edad se convirtió en la sexagesimoprimera monarca de la historia de Inglaterra.
Así que decidí conmemorar ese hito haciendo un viaje.
Volví a Botsuana.
Estábamos todos allí y entre la tarta y los cócteles me dijeron que estaba muy diferente… otra vez. Después de mi primer periodo de servicio, parecía más mayor, más serio, pero, según me dijeron, ahora me veían… con los pies en la tierra.
Pensé que era extraño que aprender a volar me hubiera ayudado a poner los pies en la tierra.
Las personas que más me han querido y alabado son Teej y Mike. Sin embargo, una noche de madrugada, Mike me pidió que me sentara y me habló seriamente con el corazón en la mano. Estábamos en su cocina y se explayó sobre mi relación con África. Me dijo que ya era hora de que ese vínculo cambiara. Hasta ese momento se había basado en una dinámica muy representativa de los británicos en dicho continente: arramblar con todo. Pero ya era hora de dar algo a cambio. Llevaba años escuchándolos a él y a Teej lamentarse de las crisis que azotan el lugar: cambio climático, caza furtiva, sequía, incendios… Yo era la única persona de su entorno que tenía cierta influencia, una especie de altavoz internacional; la única persona que podía hacer algo de verdad.
—¿Y qué hago, Mike?
—Arrojar luz.
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Nos subimos unos cuantos a varias barcas y navegamos río arriba.
Estuvimos unos días de acampada y exploramos islas remotas. No había nadie en varios kilómetros a la redonda.
Una tarde paramos en la isla de Kingfisher, nos servimos unas copas y vimos el atardecer. Estaba lloviendo y la luz se veía rosa. Pusimos música suave y onírica y perdimos la noción del tiempo. Cuando llegó el momento de volver al agua, mientras desatracábamos, nos dimos cuenta de que teníamos dos problemas serios.
La oscuridad.
Y una tormenta muy fuerte.
Ya es complicado enfrentarse a cualquiera de las dos cosas en un río como el Okavango, pero a ambas a la vez… Mal asunto.
Y entonces se levantó aire.
Entre la oscuridad y el torbellino era imposible navegar. El río estaba embravecido y el encargado de llevarnos estaba ebrio. Nos chocábamos todo el rato con bancos de arena.
Pensé que posiblemente nos tocara pasar la noche en el río.
Dije gritando que iba a ponerme al timón.
Había rayos y relámpagos, los truenos lo sacudían todo… Éramos doce repartidos en dos barcas y nos quedamos todos mudos. Hasta los más acostumbrados al continente africano estaban tensos, aunque intentamos aparentar que lo teníamos todo controlado, con la música a todo volumen.
De repente el río era más estrecho y viramos bruscamente en un recodo. No veíamos el momento de retroceder, pero hicimos acopio de paciencia y obedecimos al río, nos dejamos llevar por él.
Y, entonces, un relámpago descomunal lo iluminó todo como si fuera de día. Fueron dos segundos, pero nos dio tiempo a ver en medio del río, justo delante de nosotros, una manada de elefantes enormes.
En el fulgor miré fijamente a uno. Vislumbré sus colmillos níveos alzados, su piel mojada y arrugada, la marca del agua a la altura de los hombros, sus orejas gigantes, que parecían alas de ángel.
—Hostia puta —susurró alguien.
Quitamos la música.
Ambos pilotos apagaron el motor.
Seguimos navegando por el río desbordado totalmente callados, a la espera del siguiente relámpago. Cuando llegó, vimos de nuevo a esas criaturas majestuosas. Esta vez, me quedé mirando al elefante que tenía más cerca y me adentré en uno de sus ojos. El animal me devolvió la mirada y entonces se me vino a la mente el ojo omnividente del Apache, y el Koh-i-Noor, y también una lente de cámara, convexa y vítrea como ese ojo. Delante de él me sentía seguro, no como con la lente, que siempre me ponía nervioso. No me juzgaba, no me captaba…, estaba ahí sin más. Como mucho vi… lágrimas. ¿Era eso posible?
Se sabe que los elefantes lloran. Celebran funerales por sus seres queridos y cuando se topan con un semejante muerto paran para presentar sus respetos. Me pregunté si al adentrarnos con las barcas habíamos interrumpido alguna ceremonia, alguna especie de reunión o de ensayo; hay una historia antigua que cuenta que alguien descubrió a un elefante practicando en privado unos pasos de baile muy complicados para un desfile en el que iba a participar.
La tormenta fue a peor. Teníamos que salir de allí. Arrancamos las barcas y nos alejamos. Nos despedimos de los elefantes en un susurro. Me adentré con cuidado en la corriente, me encendí un cigarro y le dije a mi memoria que retuviera ese encuentro, ese momento increíble en el que la frontera entre mi persona y todo lo que me rodeaba se difuminó e incluso directamente desapareció.
Durante una milésima de segundo, me sentí parte de un todo y todo cobró sentido.
Me dije que no debía olvidar lo que había percibido estando tan cerca de la verdad, la auténtica verdad: no todo es bueno en la vida, pero tampoco malo.
Que no debía olvidar lo que había sentido al entender por fin a qué se refería Mike cuando me dijo: «Arrojar luz».
39
Conseguí la insignia de las alas. Fue mi padre, en su papel de coronel jefe del Ejército del Aire, quien me la puso en el pecho.
Era mayo de 2010.
Fue un buen día. Él, con su boina azul, me hizo entrega oficialmente de la mía. Me la puse y ambos hicimos el saludo. Fue casi más íntimo que un abrazo.
Camila estaba por allí. Y las hermanas de mi madre. Y Chels. Habíamos vuelto.
Lo dejamos poco después.
Una vez más, no nos quedó más remedio. Seguíamos teniendo los mismos problemas, no se habían solucionado. Además, ella quería viajar, pasárselo bien y disfrutar de su juventud, pero yo, una vez más, estaba a las puertas de la guerra. Me quedaba poco para irme. Si seguíamos juntos, casi no íbamos a vernos en los dos años siguientes, y eso de relación tenía poco. A ninguno de los dos nos sorprendió acabar estancados emocionalmente, como siempre.
—Adiós, Chels.
—Adiós, Hazza.
Supongo que el día que me dieron las alas ella también consiguió las suyas.
Hicimos nuestro último viaje a Botsuana. El último paseo río arriba. La última visita a Teej y Mike.
Nos lo pasamos genial y, como es normal, tuvimos dudas sobre la decisión que habíamos tomado. Yo a veces probaba o proponía ideas para que lo nuestro funcionara, y Chels me seguía la corriente. Obviamente, nos estábamos engañando y lo sabíamos, así que Teej acabó interviniendo.
—Chicos, se acabó. Estáis posponiendo algo inevitable y además os estáis volviendo locos.
Nos alojábamos en una tienda plantada en su jardín. Se sentó con nosotros y nos soltó verdades como puños mientras nos agarraba la mano a ambos. Nos miró a los ojos y nos instó a dejarlo definitivamente.
—No podéis seguir perdiendo el tiempo. Es lo más valioso del mundo.
Yo sabía que tenía razón. Ya me lo dijo una vez el sargento mayor Booley: «Le toca».
Así que me esforcé por sacarme la relación de la cabeza; cualquier relación, de hecho. En el vuelo de vuelta de Botsuana, me dije que tenía que mantenerme ocupado el poco tiempo que me quedaba antes de partir a Afganistán.
Para conseguirlo fui a Lesoto con Willy. Visitamos varias escuelas creadas por Sentebale. El príncipe Seeiso vino con nosotros; él y yo cofundamos la organización benéfica en 2006, poco después de que muriera su madre (que también participó activamente en la lucha contra el VIH). Nos llevó a ver a un montón de chavales con historias a cual más desgarradora. En Lesoto, la esperanza de vida media por entonces estaba en los cuarenta y pico años, mientras que en el Reino Unido era de setenta y nueve para los hombres y de ochenta y dos para las mujeres. Es decir, ser niño en Lesoto era como ser alguien de mediana edad en Manchester, y si bien las razones eran varias y complejas la más relevante era el VIH.
Una cuarta parte de los adultos lesotenses estaban infectados.
Dos o tres días después fuimos con el príncipe Seeiso a visitar más escuelas remotas, sin ninguna conexión a la red nacional. Nos regaló ponis salvajes para hacer parte del viaje y mantas con motivos tribales para no pasar frío que nos pusimos a modo de capa.
La primera parada fue en una aldea gélida en las nubes: Semonkong. Está a algo más de dos mil metros por encima del nivel del mar, rodeada de montañas cubiertas de nieve. Los ponis exhalaban vaho caliente por la nariz mientras los obligábamos a subir y subir, pero llegó un momento en el que la pendiente era tan pronunciada que tuvimos que pasarnos a las camionetas.
Nada más llegar fuimos directamente a la escuela. Los niños que se dedicaban al pastoreo iban dos veces a la semana; allí asistían a clase y comían caliente. Nos sentamos en la penumbra, al lado de una lámpara de parafina, y observamos cómo se desarrollaba la clase. Luego nos acomodamos en el suelo con unos cuantos chavales; los más jóvenes tenían ocho años. Nos contaron el recorrido que hacían a diario para llegar a esa escuela que habíamos creado. Me pareció increíble: después de tirarse doce horas cuidando del ganado, andaban otras dos por puertos de montaña para estudiar matemáticas y aprender a leer y escribir. Hasta ese punto llegaban sus ganas de aprender. Se enfrentaban al dolor de pies, al frío extremo y a cosas peores. Durante su marcha estaban indefensos, totalmente a merced de la intemperie; algunos habían muerto por culpa de un rayo, y a muchos los habían atacado perros callejeros. Bajaron la voz y nos contaron que otros tantos habían sufrido abusos sexuales por parte de vagabundos, ladrones de ganado, nómadas y otros chicos.
Me dio vergüenza pensar en la de veces que me había quejado de tener que ir a clase. De cualquier cosa en general.
A pesar de lo mucho que habían sufrido, no dejaban de ser niños con una alegría incontenible. Estaban entusiasmados con los regalos que les habíamos llevado: abrigos y gorros de lana. Se los pusieron y empezaron a bailar y a cantar. Nos unimos a ellos.
Un chaval se quedó a un lado. Tenía la cara redonda, amplia y sincera. Era evidente que algo le oprimía el corazón. No quise ser indiscreto, pero tenía otro regalo en la mochila y se lo di. Era una linterna.
Le dije que esperaba que le sirviera para iluminar el camino todos los días cuando fuera al colegio.
Él sonrió.
Quise decirle que su sonrisa me ayudaría a iluminar el mío, y lo intenté.
Por desgracia, no hablaba bien su idioma.
40
Poco después de volver al Reino Unido, la Casa Real anunció que Willy iba a casarse.
Era noviembre de 2010.
Primera noticia que tenía. En todo el tiempo que habíamos estado juntos en Lesoto ni siquiera lo había mencionado.
La prensa publicó floridos artículos sobre el momento en que me di cuenta de que Willy y Kate estaban hechos el uno para el otro, cuando percibí que su amor era muy fuerte y decidí regalarle el anillo que mi madre me había dejado en herencia, el mítico zafiro; un momento fraternal lleno de ternura, un momento de unión entre los tres… Sandeces. Nada de eso había pasado. Yo no le di el anillo a mi hermano porque yo no tenía ningún anillo. Lo tenía él. Lo pidió después de que muriese mi madre y yo no tuve ningún problema en que se lo quedara.
A partir de entonces Willy se centró en los preparativos de la boda. Yo le deseé lo mejor y me encerré en mí mismo. Reflexioné largo y tendido sobre mi soltería. Siempre había dado por hecho que yo sería el primero en casarme, me moría de ganas. Me veía siendo un marido joven, un padre joven, porque no quería convertirme en mi progenitor. Él tuvo hijos ya siendo mayor, y a mí siempre me ha parecido que eso era problemático, una barrera entre nosotros. Cuando llegó a la mediana edad, se volvió más sedentario, más predecible. Le gustaba su rutina. No era el típico padre que juega al pillapilla incansablemente o que te lanza la pelota hasta que se hace de noche. Lo fue en algún momento. Cuando íbamos a Sandringham nos perseguía por todas partes para atraparnos, se inventaba juegos chulísimos, como cuando nos envolvía en una manta como si fuéramos perritos calientes hasta que gritábamos de impotencia muertos de risa y luego tiraba de un extremo y salíamos disparados por el otro. Creo que Willy y yo nunca nos hemos reído tanto. Sin embargo, dejó de involucrarse en ese tipo de juegos físicos mucho antes de lo que nosotros hubiéramos necesitado. Ya no tenía ganas y le faltaba el aire.
Pero yo me había jurado que a mí no iba a pasarme eso. Ni hablar.
Aunque estaba empezando a dudar.
¿Era yo realmente esa persona que se había propuesto ser padre joven? ¿O mi verdadero yo era el que se afanaba en encontrar a la persona ideal, a la pareja perfecta, mientras intentaba averiguar quién era?
¿Por qué no había conseguido todavía eso que tanto anhelaba?
¿Y si nunca lo conseguía? ¿Qué sentido tendría la vida? ¿Cuál sería mi meta?
La guerra, pensé. Si todo lo demás iba mal, como solía pasarme, siempre me quedaría ser soldado (si es que me daban una fecha de despliegue).
Y después de una guerra siempre hay labores benéficas que hacer. Desde el viaje a Lesoto, cada vez me atraía más la idea de trabajar por la causa de mi madre. Y estaba dispuesto a apoyar la causa que me había encomendado Mike en su cocina. Eso bastaba para tener una vida plena, pensé.
Como por arte de serendipia, mis pensamientos tomaron forma cuando supe de un grupo de soldados lesionados que estaba planeando hacer una expedición por el Polo Norte. Querían recaudar varios millones para la asociación Walking With The Wounded y ser las primeras personas amputadas en llegar allí por sus propios medios. Me invitaron a ir con ellos.
Yo me moría de ganas por unirme, pero había un problema. El viaje estaba previsto para principios de abril, peligrosamente cerca de la fecha de la boda de Willy. Si iba, más me valía no tener complicaciones y llegar a tiempo para la ceremonia.
Pero quién te garantiza ir al Polo Norte y volver sin ninguna complicación. Allí todo son obstáculos. La inestabilidad es una constante, sobre todo en lo relativo al clima. Así que solo de pensarlo me ponía nervioso, y la Casa Real el doble.
Le pedí consejo a JLP.
—Es una oportunidad única —dijo sonriendo.
—Sí que lo es.
—Ve.
Pero añadió que antes tenía que ir a otro sitio.
A raíz de varias conversaciones que habíamos empezado cinco años antes, después de mi debacle nazi, había organizado un viaje a Berlín.
Y fuimos para allá. Era diciembre de 2010. Un día de mucho frío, palpé las marcas de bala en los muros de la ciudad, cicatrices recientes consecuencia de la descabellada promesa de Hitler de luchar hasta el último aliento. Visité el antiguo emplazamiento del Muro, que también albergó las cámaras de tortura de las SS, y estoy seguro de que oí los gritos de agonía mezclados con el viento. Conocí a una mujer que había estado en Auschwitz. Me contó cómo fue su confinamiento, los horrores que vio, lo que oía, los olores… Me contó cosas durísimas, tan duras como necesario es escucharlas. Pero no voy a reproducirlas. No me corresponde a mí hacerlo.
Yo ya me había dado cuenta de que la foto en la que salía vestido de nazi había sido fruto de varias carencias; de pensamiento, de personalidad y educativas, pero no solo a nivel académico, sino también personal. No sabía mucho sobre los nazis, no me había molestado en aprender ni había preguntado a profesores, familiares o supervivientes.
Me propuse cambiar eso.
No podía ser quien pretendía ser si no lo cambiaba.
41
El avión aterrizó en el archipiélago de Svalbard. Era marzo de 2011. Al bajarme, miré alrededor despacio para asimilar lo que estaba viendo. Blanco por todas partes. Hasta donde me llegaba la vista, solo se veía una blancura nívea y marfileña. Montañas blancas, colinas blancas y bancos de nieve blancos atravesados por carreteras estrechas también blancas, además de escasas. La mayoría de los dos mil habitantes que vivían allí tenía moto de nieve en vez de coche.
Era un paisaje totalmente minimalista y sobrio. «¿Y si me mudo aquí?», pensé.
A lo mejor esa era mi meta.
Pero luego me enteré de que estaba prohibido por ley salir del pueblo sin arma porque en las colinas cercanas rondaban osos polares muertos de hambre, así que a lo mejor no era buena idea.
Fuimos por carretera a Longyearbyen, el pueblo más septentrional del mundo, a tan solo unos mil doscientos kilómetros del vértice del planeta. Allí conocí a mis compañeros de expedición: el capitán Guy Disney, un soldado de caballería que había perdido la parte inferior de la pierna derecha por culpa de un lanzacohetes RPG; el capitán Martin Hewitt, un paracaidista con un brazo paralizado por un disparo; el soldado raso Jaco Van Gass, también paracaidista, que tenía gran parte de la pierna izquierda desfigurada y solo medio brazo izquierdo por culpa de otro lanzacohetes (llamaba desenfadadamente «Nemo» al muñón del brazo, y siempre que lo decía nos desternillábamos); y el sargento Steve Young, un galés con la columna partida por culpa de un IED. Los médicos le dijeron que no volvería a andar, pero allí estaba, a punto de arrastrar un trineo de noventa kilos por el Polo Norte.
Un grupo muy inspirador. Les dije que para mí era un honor ir con ellos, el mero hecho de estar en su compañía, y que daba igual que hiciera treinta grados bajo cero. En realidad hacía tan mal tiempo que tuvimos que posponer la partida.
Uf, la boda de Willy… Me tapé la cara con las manos.
Nos tiramos varios días esperando, preparándonos y comiendo pizza y bolsas de patatas en el pub del pueblo. Hicimos ejercicios para aclimatarnos a las temperaturas extremas. Probamos los trajes de inmersión naranjas y nos sumergimos en el océano Ártico. Me impactó que el agua estuviera mucho más caliente en comparación con el aire helador del exterior.
Pero, sobre todo, nos fuimos conociendo poco a poco y creando un vínculo.
El mal tiempo por fin amainó y nos subimos a un avión Antonov para ir a un campamento polar provisional, desde donde fuimos en helicóptero hasta más o menos trescientos kilómetros del Polo. Era alrededor de la una de la madrugada cuando aterrizamos, pero había tanta luz que parecía que estábamos en un desierto a mediodía. La oscuridad brillaba por su ausencia, había desaparecido por completo. Nos despedimos con la mano de los helicópteros y nos pusimos en marcha.
Unos técnicos expertos en las condiciones árticas habían instado al equipo a no sudar, porque en el Polo Norte cualquier clase de humedad se congela al instante, y eso puede causar problemas de todo tipo. Pero a mí nadie me había informado. No estuve presente en las sesiones de entrenamiento con los técnicos. Así que al finalizar la expedición el primer día, después de acarrear esos trineos tan pesados y de sudar a chorros, estaba convencido de que se me había congelado la ropa. Y lo más preocupante era que estaba empezando a notar los primeros problemas en los dedos y las orejas.
Quemaduras leves.
No me quejé. No se me habría ocurrido teniendo en cuenta la gente con la que me encontraba. Pero tampoco sentí la necesidad de hacerlo. A pesar del malestar, me sentía afortunado de estar con aquellos héroes apoyando una buena causa en un sitio al que muy pocos tenían acceso. De hecho, cuando llegó el momento de irme al cuarto día, no quería. Además, aún no habíamos llegado al Polo.
Por desgracia, no me quedaba más remedio. O me iba ya o no llegaría a la boda de mi hermano.
Me subí a un helicóptero que me llevaría al aeródromo de Barneo, desde donde salía mi avión.
El piloto dudó. Me insistió en que no podía irme sin ver el Polo.
—Después de venir hasta aquí, no puedes irte sin verlo.
Así que me llevó él. Bajamos de un salto y lo único que vimos fue una blancura absoluta. Entre los dos localizamos el punto exacto con el GPS.
La cima del mundo.
Yo solo.
Con la bandera del Reino Unido.
Volví al helicóptero para ir a Barneo. Pero entonces se desató una tormenta muy fuerte en la cima del mundo y hubo que cancelar el vuelo, todos los vuelos. Vientos huracanados empezaron a azotar la zona; eran tan intensos que hasta agrietaron la pista.
Había que repararla.
Mientras la arreglaba, me junté con varios ingenieros. Bebimos vodka, estuvimos en su sauna improvisada y nos metimos en el agua, que estaba helada. No pocas veces echaba la cabeza hacia atrás, me tomaba otro chupito de aquel vodka tan rico y me obligaba a no estresarme ni por la pista, ni por la boda ni por nada.
La tormenta paró y reconstruyeron la pista (o la rehicieron en otro sitio, no me acuerdo). El avión se deslizó por el hielo entre retumbos y me llevó hasta el cielo azul. Saludé por la ventana. Adiós, hermanos.
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La víspera de la boda, Willy y yo cenamos con mi padre en Clarence House. También estaban los padrinos de mi hermano, James y Thomas.
Se había contado que el padrino iba a ser yo, pero era una mentira descarada; no obstante, como eso era lo que la gente esperaba, a la Casa Real no le quedó más remedio que decir que así era. Lo cierto es que Willy no quería que fuera yo quien diera el discurso que correspondía al padrino. Pensaba que era peligroso darme un micrófono y correr el riesgo de que me saliera del guion y dijera algo totalmente fuera de lugar.
No se equivocaba.
Al margen de eso, la mentira servía para amparar a James y a Thomas, dos ciudadanos de a pie inocentes. Si se hubiera hecho público que iban a ser ellos los padrinos de Willy, la prensa rabiosa se habría encargado de perseguirlos, vigilarlos, pincharles el teléfono, investigarlos y destrozar la vida a sus familias. Ambos eran tímidos y tranquilos. No aguantarían un ataque de ese calibre, y tampoco cabía esperar que lo hicieran.
Willy me lo explicó bien y yo ni me inmuté. Lo entendía. Incluso nos reímos y especulamos sobre las barbaridades que podría haber soltado en el discurso. Así que fue una cena de preboda agradable y divertida, a pesar de que mi hermano estaba de los nervios, como es normal en una situación así. Thomas y James lo obligaron a tomarse un par de copas de ron con Coca-Cola que al parecer lo ayudaron a calmarse. Yo, mientras tanto, entretuve al personal con anécdotas sobre el Polo Norte. Mi padre mostró interés y se solidarizó conmigo cuando mencioné que se me habían quemado las orejas y las mejillas por el frío. Me costó contenerme para no hablar de más y contarle que también se había visto afectado mi pene; de vuelta en casa, descubrí con horror que me había pasado lo mismo en las partes bajas; las orejas y las mejillas ya se me estaban curando, pero la verga no.
La cosa fue de mal en peor según pasaron los días.
No sé por qué era tan reacio a hablar de mi pene con mi padre o cualquiera de los caballeros allí presentes. Mi miembro era un asunto de dominio (e interés) público. La prensa había escrito largo y tendido sobre él. Libros y periódicos, incluido The New York Times, recogían cientos de historias sobre el hecho de que Willy y yo no estábamos circuncidados. Según todas ellas, mi madre lo impidió; si bien es totalmente cierto que es más probable que se te congele el pene si no estás circuncidado, era todo mentira. Me dieron el tijeretazo de bebé.
Después de cenar nos mudamos a la sala de estar y vimos las noticias. Los reporteros estaban entrevistando a la gente que había acampado delante de Clarence House con la esperanza de conseguir sitio en primera fila para la boda. Nos acercamos a la ventana y vimos a miles de personas con tiendas y sacos de dormir en el Mall, la alameda que va desde el palacio de Buckingham hasta Trafalgar Square. Había mucha gente bebiendo y cantando. Algunos estaban cocinando en hornillos portátiles. Otros deambulaban, coreaban y celebraban. Parecía que eran ellos los que iban a casarse al día siguiente.
Willy, ya achispado por el ron, gritó:
—¡Vamos a bajar a verlos!
Le escribió un mensaje al equipo de seguridad para decírselo y le contestaron: «Lo desaconsejamos encarecidamente».
Él replicó: «No, es lo que corresponde. Quiero salir. ¡Necesito ver a la gente!».
Me pidió que fuera con él. Me lo suplicó.
Vi en sus ojos que estaba muy perjudicado por el ron. Necesitaba un compinche.
Aquel papel me era dolorosamente familiar, pero vale.
Salimos a la calle y bordeamos la multitud dándole la mano a la gente, que le deseaba lo mejor a Willy y le decía que lo querían y que querían a Kate. Todo el mundo nos sonreía con la cara llorosa y nos miraba con el mismo cariño y la misma lástima que aquel día de agosto de 1997. Empecé a negar con la cabeza inevitablemente. Era la víspera del gran día de Willy, uno de los mejores de su vida, y fue imposible no oír el eco del peor, tanto para él como para mí.
Lo miré varias veces. Tenía las mejillas muy rojas, como si fuera él quien sufría de congelación. Puede que justo por eso nos despidiéramos de la gente y nos recogiéramos pronto. Estaba piripi.
Pero es que además estábamos agotados física y emocionalmente. Necesitábamos descansar.
Por eso me quedé de piedra cuando fui a recogerlo por la mañana y le vi la cara demacrada y los ojos rojos; parecía que no había dormido nada.
—¿Todo bien?
—Sí, sí, todo bien.
Pero no era verdad.
Se había puesto el uniforme rojo vivo de la Guardia Irlandesa en vez del uniforme y la levita de la caballería de la Guardia Real. ¿Sería ese el problema? Le había preguntado a la abuela si podía ponerse lo segundo y ella había desestimado la idea con una sentencia: era el Heredero y debía llevar el uniforme de gala principal. Willy estaba mustio porque prácticamente no había tenido ni voz ni voto en la elección de la vestimenta para el día de su boda; lo habían atado de pies y manos a pesar de ser una ocasión tan especial. Me había dicho varias veces que se sentía frustrado.
Le aseguré que estaba elegantísimo con el arpa irlandesa, la corona imperial y la gorra de forraje con el lema del regimiento: Quis Separabit?, «¿Quién nos separará?».
Al parecer no se conmovió.
Yo, sin embargo, no iba elegante ni me sentía cómodo con el uniforme de los Blues and Royals, que era lo que debía llevar según el protocolo. Era la primera vez que me lo ponía y esperaba tardar mucho tiempo en repetir. Tenía unas hombreras y unos puños enormes, y me imaginaba a la gente diciendo: «¿Y ese idiota quién es?». Me sentía como si fuera una versión kitsch de Johnny Bravo.
Nos subimos al Bentley de color ciruela. Ambos esperamos callados a que el conductor arrancara.
El coche empezó a moverse por fin y yo rompí el silencio.
—Hueles a alcohol.
Eran las secuelas del ron de la noche anterior.
A modo de mofa, abrí un poco la ventanilla, me tapé la nariz y le ofrecí pastillas de menta.
Estiró la comisura de los labios ligeramente hacia arriba.
El Bentley paró a los dos minutos.
—Qué rápido —dije.
Me asomé a la ventana: la abadía de Westminster.
Se me revolvió el estómago, como siempre. «Qué mejor lugar para casarse que el mismo sitio donde se celebró el funeral de tu madre».
Le eché una mirada a Willy. ¿Estaría él pensando lo mismo?
Entramos con paso vacilante, hombro con hombro. Miré otra vez su uniforme, la gorra. «¿Quién nos separará?». Éramos soldados, hombres hechos y derechos, pero avanzábamos con el mismo andar incierto e infantil que cuando íbamos detrás del féretro de nuestra madre. «¿Por qué nos obligaron a hacer eso los mayores?». Nos adentramos en la iglesia, recorrimos el pasillo y nos dirigimos a una sala que había en un lateral del altar: la cripta. Aquel edificio rezumaba muerte por todas partes.
No me refiero solo a los recuerdos del funeral de mi madre. Estábamos rodeados de más de tres mil cuerpos, enterrados debajo de los bancos y encajonados en los muros. Héroes de guerra, poetas, científicos y santos, la flor y nata de la Commonwealth: Isaac Newton, Charles Dickens y Chaucer estaban allí sepultados junto con trece reyes y dieciocho reinas.
Aún se me hacía muy duro imaginarme a mi madre en el reino de los muertos. ¿Estaba de verdad ella, que había bailado con Travolta, se había peleado con Elton y había encandilado a los Reagan, en el más allá con Newton y Chaucer?
Entre aquellos pensamientos sobre mi madre y la muerte y mi pene maltrecho, me dio miedo la posibilidad de ponerme tan nervioso como el novio, así que empecé a dar vueltas y a sacudir los brazos; de fondo oía el murmullo de la gente en los bancos. Llevaban dos horas allí sentados.
—Seguro que muchos se están meando —le dije a Willy para aliviar la tensión.
Él ni se inmutó. Se levantó y se puso también a dar vueltas.
Volví a intentarlo.
—¡El anillo! ¡No! ¿Dónde lo he metido? Joder, ¿dónde está? —Lo saqué y añadí—: ¡Ufff!
Me sonrió levemente y siguió dando vueltas.
No lo habría perdido ni aunque hubiese querido. Habían añadido un bolsillo interior especial a mi guerrera para meterlo. Fue idea mía; me tomé muy en serio la honrosa y solemne tarea de portar el anillo.
Lo sostuve bajo la luz. Era una alianza finita de oro galés hecha a partir de un fragmento obsequiado a la familia real hacía casi un siglo. El anillo de boda de mi abuela y el de la princesa Margarita también habían salido de ahí, pero tenía entendido que ya casi se había consumido. Para cuando yo me casara, si es que llegaba a suceder, puede que ya no quedara nada.
No tengo recuerdo de salir de la cripta e ir hacia el altar; tampoco de las lecturas ni del momento en que saqué el anillo y se lo di a mi hermano. No me acuerdo de casi nada de la ceremonia. Pero sí recuerdo a Kate recorriendo el pasillo (estaba impresionante) y a Willy y a ella volviendo por él y franqueando la puerta para subirse al carruaje que los llevaría al palacio de Buckingham, camino de la relación eterna que habían prometido mantener. Recuerdo que pensé: «Adiós».
Adoraba a mi cuñada. Es más, para mí era como la hermana que nunca había tenido, y me alegraba saber que siempre iba a estar al lado de Willy. Era la pareja ideal para mi hermano mayor. Se percibía que eran felices juntos, y yo me alegraba por ellos. Pero, debajo de aquel techo tan detestable, no pude evitar pensar instintivamente que aquello era otra despedida. Otro desgarro. Mi hermano, al que había escoltado esa mañana a través de la abadía de Westminster, acababa de irse… para no volver. Era evidente. Ya nunca más iba a ser Willy y solo Willy. Ya nunca más íbamos a cabalgar campo a través en Lesoto con la capa al viento. Ya nunca más íbamos a compartir una casa de campo con olor a caballo mientras aprendíamos a pilotar. «¿Quién nos separará?».
La vida, hermano.
Sentí lo mismo cuando se casó mi padre, tuve el mismo presentimiento, y ¿acaso no se cumplió? Cuando comenzó la era Camila, como ya había pronosticado, empecé a verlo cada vez menos. No hay duda de que las bodas son momentos felices, pero también son funerales velados, porque lo normal es que la gente desaparezca después de decir los votos.
Entonces se me pasó por la cabeza que la identidad es una jerarquía. Nuestra esencia es una, y luego pasa a ser otra, y luego otra, y así sucesivamente hasta la muerte…, una detrás de otra. Cada identidad nueva asume el trono del yo, pero te aleja un poco de tu verdadero ser, el que quizá sea tu esencia, el niño que fuiste. Sí, es lógico y razonable evolucionar, madurar y seguir el camino de la sabiduría, pero con cada iteración esa pureza infantil se diluye, como el fragmento de oro mermado.
Al menos eso fue lo que pensé ese día. Mi hermano mayor había avanzado, había ascendido en la línea, y a partir de ese momento primero sería marido, luego padre, después abuelo y así sucesivamente. Otra persona, muchas distintas, y ninguna sería Willy, sino el duque de Cambridge, título elegido por mi abuela. Bien por él, pensé. Genial. Pero yo iba a perderlo igual.
Creo que reaccioné de forma parecida a cuando me subí a un Apache por primera vez. Estaba acostumbrado a tener a alguien al lado, un modelo, y ahora me sentía totalmente desamparado.
Y además eunuco.
¿Qué pretendía decirme el universo privándome a la vez de mi pene y de mi hermano?
Horas después, en el convite, dije unas palabras breves. No fue un discurso; me limité a presentar en un par de minutos a los verdaderos padrinos. Willy me dijo que tenía que hacer de compère.
Tuve que buscar qué significaba esa palabra: maestro de ceremonias.
La prensa se explayó sobre los preparativos de mi presentación; dijeron que llamé a Chels para ensayar varias líneas con ella, que al principio se resistió y que luego cedió y me recomendó encarecidamente que no mencionara las «piernas de infarto de Kate». Gilipolleces. Yo no llamé a Chels para comentar nada; no estábamos en contacto, y justo por eso Willy me preguntó si podía invitarla a la boda. No quería que ninguno de los dos se sintiera incómodo.
En realidad ensayé con JLP, pero la mayoría lo improvisé. Conté alguna gracieta sobre nuestra infancia, una anécdota tonta de la época en la que Willy jugaba al waterpolo, y luego leí varios fragmentos hilarantes rescatados de las cartas de apoyo que enviaba la gente. Un tío de Estados Unidos escribió diciendo que, como quería hacer algo especial por la nueva duquesa de Cambridge, se había propuesto atrapar muchos armiños, cuya piel es tradicional entre la realeza. Este yanqui tan apasionado explicaba que su intención era capturar ni más ni menos que mil armiños para fabricar la prenda que tenía en mente (Dios, ¿sería una tienda de campaña?), pero que por desgracia solo había conseguido coger… dos.
Había sido un mal año, decía.
Seguí contando que el yanqui improvisó e hizo lo mejor que pudo, como suelen hacer ellos, y alcé la prenda en cuestión.
La sala entera se quedó boquiabierta.
Era un tanga.
Un trozo suave y peludo de piel de armiño en forma de «V», no mucho más grande que el bolsillo de la guerrera donde guardaba el anillo, con varios cordeles de seda.
El asombro dio paso a una oleada de carcajadas cálidas y gratificantes.
Cuando se extinguieron las risas, concluí con un tono más serio hablando sobre mi madre.
—Le habría encantado estar hoy aquí. Le habría encantado Kate y le habría encantado ser testigo de vuestro amor.
Lo dije sin levantar la vista. No quería encontrarme con la mirada de mi padre ni con la de Camila, y menos aún con la de Willy. No lloraba desde el funeral de mi madre y no quería romper la racha en ese momento.
Tampoco quería verle la cara a nadie más, solo a ella: la visualicé perfectamente aquel día, el más importante de la vida de Willy, rebosante de alegría y riéndose sin reparos del armiño inerte.
43
Cuando alcanzaron la cima del mundo, los cuatro soldados lesionados abrieron una botella de champán y brindaron por mi abuela. Tuvieron el bonito detalle de llamarme por teléfono para hacerme partícipe de su alegría.
Habían batido un récord mundial: recaudar una cantidad ingente de dinero para los veteranos de guerra lesionados y llegar al mismísimo Polo Norte. Menudo logro. Los felicité y les dije que los echaba de menos y que ojalá hubiera estado presente.
Era una mentira piadosa. Mi pene fluctuaba entre la sensibilidad extrema y la antesala del trauma. El último sitio en el que quería estar era Congelistán.
Había probado varios remedios caseros, entre ellos uno que me dijo una amiga, que me recomendó encarecidamente que me pusiera crema Elizabeth Arden.
—Mi madre se ponía esa crema en los labios. ¿Me estás diciendo que me la ponga en la verga?
—Hazme caso, Harry. Funciona.
Me hice con un tubo y nada más abrirlo me teletransporté en el tiempo. Fue como si mi madre estuviera ahí mismo conmigo.
Cogí un poquitín y lo apliqué… ahí abajo.
Decir que fue raro creo que sería quedarse corto.
Tenía que ir al médico ya. Pero no podía pedirle a la Casa Real que me buscara uno. Si alguien del personal se enteraba de lo que me pasaba, se lo filtraría a la prensa y mi verga acabaría en todas las portadas. Tampoco podía llamar por mi cuenta a alguien al azar. Si eso ya era imposible en circunstancias normales, ahora el doble. «Hola, soy el príncipe Harry. Verá, resulta que tengo un problemilla en las partes bajas y me gustaría saber si puedo pasarme para…».
Le pedí a un colega que me buscara muy discretamente un dermatólogo especializado en ciertos apéndices y en… figuras públicas. Toda una hazaña.
Pero él me contestó y me dijo que su padre conocía al tío perfecto. Me dio el nombre y la dirección, me subí al coche con los guardaespaldas y fuimos volando. Era un edificio normal y corriente en Harley Street, una calle donde vivían muchos médicos. Uno de los guardaespaldas me coló por una puerta trasera que daba a una consulta. El médico estaba sentado en una mesa de madera grande anotando algo, supongo que relacionado con el paciente anterior. Sin levantar la vista de sus notas, dijo:
—Sí, sí, adelante.