En la sombra
Segunda parte » 87
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Entré y me quedé mirándolo mientras escribía largo y tendido, a mi parecer desmesuradamente. Al pobre de antes debía de haberle pasado de todo.
De nuevo sin mirarme, me dijo que me quitara la ropa detrás de la cortina y que enseguida estaba conmigo.
Me desvestí, me tumbé en la camilla y estuve esperando cinco minutos.
El médico por fin abrió la cortina.
Me miró, parpadeó una vez y dijo:
—Uy, no sabía que era usted.
—Ya. Pensé que se lo habrían dicho, pero tengo la impresión de que no es el caso.
—Bueno, pues aquí está. Eeeh, vale, es usted. Hum… ¿Me recuerda qué era lo que le pasaba?
Le enseñé la verga, bien suave gracias a Elizabeth Arden.
Pero no vio nada.
Le expliqué que no había nada que ver, que era una lacra invisible. Por alguna razón que desconocía, en mi caso particular, la dolencia se había manifestado en forma de hipersensibilidad aumentada…
Me preguntó qué me había pasado.
Le conté que había ido al Polo Norte y que ahora yo tenía el Polo Sur congelado.
Su cara, como Alicia en el país de las maravillas, decía: «Curiorífico y rarífico».
Le describí de corrido las disfunciones.
—Todo me cuesta. Sentarme, andar… Y del sexo mejor ni hablar.
Es más, era como si estuviera en plena faena todo el rato, o a punto de. Le dije que me estaba volviendo loco. Había cometido el error de buscar lo que me pasaba en Google y había leído cosas horribles sobre «penectomías parciales»; nadie quiere leer esa expresión cuando busca en internet los síntomas de una enfermedad.
El médico me aseguró que era poco probable que hubiera que hacerme eso.
«¿Poco probable?».
Me dijo que iba a intentar descartar otras cosas. Me hizo un reconocimiento exhaustivo bastante invasivo. Se podría decir que no le quedó piedra por mover.
Al final declaró que la cura más factible era el tiempo.
—¿Qué quiere decir?
—El tiempo lo cura todo —sentenció.
¿En serio, doctor? En mi caso no ha sido así.
44
Fue duro ver a Chels en la boda de Willy. Todavía sentía muchas cosas por ella; cosas que había reprimido y que ni me había imaginado. También noté ciertos sentimientos cuando vi la ristra de tíos ansiosos que la seguían, rodeándola y atosigándola para que bailara con ellos.
Esa noche me dejé llevar por los celos. Se lo dije y luego me sentí peor. Y un poco ridículo.
Tenía que pasar página, conocer gente nueva. El tiempo, como había pronosticado el médico, me curó la verga. ¿A qué esperaba para obrar su magia con mi corazón?
Mis amigos me ayudaron. Me hablaron de gente y me organizaron citas y encuentros.
Todo en vano. Así que no estaba prestando mucha atención cuando me mencionaron otro nombre en el verano de 2011. Me hablaron un poco de ella (fantástica, guapísima, guay…) y de su situación sentimental. Me dijeron que acababa de quedarse soltera, ¡y seguro que no por mucho tiempo!
—Tío, está libre. Y tú también.
—¿Yo también?
—¡Y os parecéis mucho! Estoy convencido de que os vais a llevar bien.
Puse los ojos en blanco. ¿Desde cuándo se cumplen esa clase de predicciones?
Pero, maravillas del destino, se cumplió. Sí que nos llevábamos bien. Estuvimos en la barra charlando y riéndonos, y fue como si no existiera nada más: ni nuestros amigos, ni las paredes, ni las copas, ni el camarero. Luego propuse volver a Clarence House para tomar la última.
Estuvimos sentados hablando y escuchando música. Estábamos animados, con el puntillo. Cuando la fiesta se acabó y la gente se marchó, acompañé a Florence a casa. Así se llamaba, Florence. Aunque todo el mundo la llamaba Flea.
Me dijo que vivía en Notting Hill. Era una calle tranquila. Cuando aparcamos delante de su casa, me preguntó si me apetecía entrar a tomar un té. Yo acepté.
Le dije al guardaespaldas que fuera a darse una vuelta a la manzana y acabó dando como ochocientas.
Creo que fue esa noche cuando Flea me contó lo de aquel antepasado lejano suyo. ¿O no? De hecho, creo que fue otro día. Me parece que me lo contó un amigo después. Sea como fuere, esa persona lideró la carga de la Brigada Ligera, el fatídico avance de la artillería rusa en Crimea. Por culpa de ese incompetente, además de seguramente chalado, murieron cientos de hombres. Un capítulo vergonzoso, el polo opuesto a la batalla de Rorke’s Drift, pero ahí estaba yo, todo optimista, siguiendo su ejemplo, adelante a toda máquina. Mientras me tomaba ese primer té, me pregunté si ella sería la elegida.
Teníamos una conexión muy fuerte.
Pero yo también estaba chalado. Y me di cuenta de que ella lo sabía; me lo había leído en la cara, que de póquer no tenía nada. «Ojalá le parezca adorable», pensé.
Y así pasó. Las semanas siguientes fueron idílicas. Nos veíamos con frecuencia, nos reíamos mucho y nadie sabía nada.
Me dejé llevar por la esperanza.
Entonces la prensa se enteró y se bajó el telón de nuestro idilio.
Flea me llamó llorando. Había ocho paparazzi delante de su casa. La habían seguido por medio Londres.
Acababa de leer en un periódico una descripción de ella que decía que era «modelo de ropa interior», ¡solo por una imagen de una sesión de fotos de hacía muchísimos años! Su vida se reducía a una foto, me dijo. Qué simplista y degradante.
—Ya —musité—. Sé de qué me hablas.
Estaban indagando, rebuscando, llamando a toda persona que la conociera. Ya habían dado con su familia. Le estaban haciendo exactamente lo mismo que a Caroline Flack, que aún seguía en el punto de mira.
Flea no paraba de decirme que no podía seguir así.
Estaba vigilada las veinticuatro horas del día, como si fuera un criminal. Se oían sirenas de fondo.
Estaba disgustada y lloraba; yo también quería llorar, pero no lo hice, claro.
—No puedo seguir así, Harry —me dijo una vez más.
Tenía el teléfono en altavoz. Estaba en la segunda planta de Clarence House, apostado en la ventana, rodeado de muebles maravillosos. Era una habitación agradable, con luz tenue. La alfombra era una obra de arte. Apoyé la cara en el cristal frío y pulido y le pedí a Flea que quedáramos una última vez, para hablarlo.
Los soldados pasaron por delante de casa. Era el cambio de guardia.
—No —contestó con firmeza.
Semanas después me llamó uno de los amigos que habían organizado la encerrona en el bar.
—¿Te has enterado? ¡Flea ha vuelto con su ex!
—¿Sí?
—Se ve que no podía ser.
—Ya.
Me dijo que al parecer había sido la madre quien le había dicho a Flea que cortara la relación y quien la había advertido de que la prensa iba a destrozarle la vida. «Te van a seguir hasta las puertas del infierno».
—Sí —repuse yo—. Hay que hacer caso a las madres.
45
No podía dormir.
No dormía, vaya. Estaba tan frustrado y tan sumamente desanimado que me pasaba las noches despierto, dando vueltas y pensando, echando mucho de menos la televisión.
Pero estaba viviendo en una base militar; mi cuarto parecía una celda.
Y por las mañanas, después de no haber dormido nada, me tocaba pilotar un Apache.
La fórmula perfecta para el desastre.
Probé varias hierbas medicinales. Algo hicieron; me ayudaron a dormir una o dos horas, pero muchas mañanas me levantaba con el cerebro fundido.
Un día el Ejército me informó de que había llegado la hora de ponerse en marcha; íbamos a hacer una serie de maniobras y ejercicios.
Pensé que quizá era justo lo que necesitaba para levantarme el ánimo.
O a lo mejor era la gota que colmaría el vaso.
Primero me mandaron al sudoeste de Estados Unidos. Estuve alrededor de una semana sobrevolando Gila Bend, un pueblo inhóspito con unas condiciones que por lo visto eran similares a las de Afganistán. Cada vez me manejaba mejor con el Apache y mis misiles eran más letales; me sentía como en casa rodeado de polvo. Reventé muchos cactus. Ojalá pudiera decir que no me lo pasé bien.
Luego estuve en Cornualles, en un lugar desolado que se llama Bodmin Moor.
Era enero de 2012.
Pasé de un calor infernal a un frío extremo. En enero hace frío siempre en cualquier páramo, pero justo cuando llegué había una tormenta invernal descomunal.
Estaba en un barracón con veinte soldados más. Los primeros días fueron de aclimatamiento. Nos levantábamos a las cinco de la mañana y estimulábamos el flujo sanguíneo con una carrera y una vomitona; luego nos apiñábamos en clase y nos enseñaban los novedosos métodos que habían ideado los malos para secuestrar gente. Muchos iban a ponerlos en práctica con nosotros en los días siguientes, durante una expedición por el páramo helado mientras intentábamos orientarnos. Este ejercicio se llamaba «evasión y huida», y era uno de los últimos escollos a los que se enfrentaban pilotos y tripulantes de vuelo antes de cualquier despliegue.
Nos llevaron en camión a un lugar remoto y allí practicamos varias tareas de campo y aprendimos técnicas de supervivencia. Cogimos una gallina, la matamos, la desplumamos y nos la comimos. Luego empezó a llover y nos empapamos enseguida. Estábamos derrengados. A los superiores parecía que les hacía gracia.
Me cogieron junto con otros dos, nos montaron en un camión y nos llevaron a un sitio mucho más remoto.
—Fuera.
Observamos el terreno y el cielo con los ojos entornados.
—¿En serio? ¿Aquí?
La lluvia arreciaba y era más fría. Los instructores nos dijeron a gritos que nos imagináramos que nuestro helicóptero acababa de estrellarse tras las líneas enemigas y que la única forma de sobrevivir era ir a pie de una punta del páramo a la otra, un recorrido de dieciséis kilómetros. Entonces nos acordamos del metarrelato que nos habían contado: éramos un ejército cristiano que se enfrentaba a una milicia simpatizante con los musulmanes.
Nuestra misión era eludir al enemigo y huir de aquel terreno inhóspito.
A por ello.
El camión se alejó retumbando.
Mojados y ateridos, miramos alrededor y luego nos miramos nosotros.
—Vaya mierda.
Teníamos un mapa y una brújula para todos y una tienda de campaña unipersonal cada uno que básicamente era un calcetín impermeable de tamaño humano. La comida estaba prohibida.
—¿Por dónde vamos?
—¿Por allí?
—Vale.
Bodmin estaba desierto y se suponía que no vivía nadie allí, pero a lo lejos se veía alguna que otra granja con las ventanas iluminadas y humo saliendo de la chimenea de ladrillo. Nos moríamos de ganas por llamar a alguna puerta. En tiempos mejores la gente ayudaba a los soldados en ejercicio, pero las cosas habían cambiado. El Ejército había reprendido muchas veces a los vecinos por abrirles la puerta a desconocidos pertrechados con una tienda unipersonal; sabían que no podían hacerlo.
Uno de los dos tíos de mi equipo era mi colega Phil. Me caía bien, pero empecé a adorar al otro cuando nos dijo que un verano estuvo haciendo una ruta en Bodmin Moor y que sabía dónde estábamos. De hecho, sabía cómo sacarnos de allí.
Él nos guio y nosotros lo seguimos como niños, a lo largo de la noche hasta el nuevo día.
Al amanecer llegamos a un bosque de abetos. La temperatura se acercó a bajo cero y llovía más fuerte. Mandamos a la mierda las tiendas individuales y nos acurrucamos juntos, incluso hicimos la cucharita, peleándonos por estar en medio, que se estaba más calentito. Como yo ya conocía a Phil, hacer la cucharita con él fue menos embarazoso, aunque en realidad no. Y lo mismo con el otro tío. «Oye, ¿eso es tu mano?». Después de dormir unas horas, si es que a eso se lo puede llamar dormir, nos despegamos y reanudamos la larga marcha.
Parte del ejercicio consistía en parar en varios puestos de control y llevar a cabo una tarea. Conseguimos pasar por todos y hacer la tarea, y en el último puesto, una especie de refugio, nos dijeron que habíamos terminado.
Era plena noche y estaba totalmente oscuro. Aparecieron los encargados y nos dijeron:
—¡Buen trabajo! Lo han conseguido.
Casi me quedo en el sitio.
Nos montaron en un camión y nos dijeron que volvíamos a la base. De repente apareció un grupo de tíos con cazadora de camuflaje y pasamontañas negro. Lo primero que pensé fue que era una emboscada del IRA para llevarse a lord Mountbatten; no sé por qué, a lo mejor por un vestigio del terrorismo arraigado en mi ADN, a pesar de ser circunstancias totalmente distintas.
Oímos explosiones y disparos; asaltaron el camión y nos gritaron que agacháramos la cabeza. Nos taparon los ojos, nos esposaron con bridas y nos sacaron a rastras.
Nos metieron a empujones en lo que parecía un búnker subterráneo. Había eco y las paredes estaban húmedas, mojadas. Nos llevaron de sala en sala. Nos quitaban la bolsa de la cabeza y luego nos la ponían otra vez. En algunas salas nos trataban bien y en otras como si fuéramos mierda. Era un carrusel de emociones. Nos ofrecían agua y acto seguido nos ponían de rodillas y nos ordenaban que pusiéramos las manos detrás de la cabeza. Media hora… Una… Y así de tensión en tensión.
Llevábamos sin dormir casi setenta y dos horas.
Muchas de las cosas que nos hicieron eran ilegales según la Convención de Ginebra, pero ese era el objetivo.
En un momento dado me vendaron los ojos y me llevaron a una sala; me di cuenta de que no estaba solo, y tuve la sensación de que la otra persona era Phil, pero a lo mejor era el otro tío. O alguien de otro equipo. No me atreví a preguntar.
Entonces oímos voces a lo lejos, arriba o abajo, dentro del edificio. Y luego un ruido raro, como agua corriendo.
Querían confundirnos y desorientarnos.
Yo estaba congelado. Creo que nunca he pasado tanto frío, muchísimo peor que en el Polo Norte. Empecé a sentirme entumecido y aletargado. La puerta se abrió de golpe y me puse en guardia. Los captores irrumpieron y nos quitaron la venda de los ojos. Estaba en lo cierto: era Phil. También estaba el otro tío. Nos obligaron a desnudarnos. Nos señalaban el cuerpo, la polla flácida, y hablaban sin parar de lo pequeña que la teníamos. Me entraron ganas de decir: «No sabéis ni la mitad del mal que padece este apéndice».
Nos interrogaron, pero no abrimos la boca.
Nos pusieron en salas separadas y siguieron interrogándonos.
Me dijeron que me arrodillara. Entraron dos hombres y se pusieron a gritarme.
Luego se fueron.
Empezó a sonar música de fondo, sonidos atonales, como si un crío de dos años estuviera maltratando un violín.
—¿Qué es eso?
—¡A callar! —contestó alguien.
Estaba convencido de que no era una grabación, sino un niño que a lo mejor también estaba cautivo. Por Dios de mi vida, qué le estaría haciendo al violín; es más, qué le estarían haciendo al crío.
Los tíos volvieron y se centraron en Phil. Lo habían estudiado y habían rebuscado en sus redes sociales, y empezaron a hablar de su familia y de su novia y él se asustó. Era increíble la de cosas que sabían. ¿Cómo era posible que unas personas totalmente desconocidas supieran todo eso?
Sonreí. Bienvenido a la fiesta, colega.
No me lo estaba tomando muy en serio. Uno de los hombres me agarró y me empujó contra la pared. Llevaba un pasamontañas. Me presionó el cuello con el antebrazo mientras me escupía las palabras. Luego me presionó los hombros contra el hormigón. Me ordenó que me pusiera a un metro de la pared con las manos por encima de la cabeza y que apoyara los diez dedos sobre el muro.
Una postura muy tensa.
Pasaron dos minutos.
Diez.
Se me agarrotaron los hombros.
Me costaba respirar.
Apareció una mujer con una kufiya. No paraba de decir no sé qué. No la entendía, me costaba seguirla.
Entonces me percaté. Estaba hablando de mi madre.
—Tu madre estaba embarazada cuando murió, ¿eh? ¡De un hermano tuyo! ¡Un bebé musulmán!
Me las vi y me las deseé para volver la cabeza y mirarla. No dije nada, pero le grité con los ojos: «¿Esto lo haces por mi bien o por el tuyo? ¿Es parte del ejercicio o es que te da morbo?».
Se fue hecha una fiera. Uno de los captores me escupió en la cara.
Se oían disparos.
Un helicóptero.
Nos llevaron a rastras a otra sala y alguien dijo:
—Vale, ya. ¡Se acabó el ejercicio!
Luego hubo una sesión de evaluación. Un instructor medio se disculpó por lo que habían dicho sobre mi madre.
—Nos ha costado dar con algo que le sorprendiera que supiéramos.
Yo no dije nada.
—Pensamos que había que ponerlo a prueba.
No contesté.
—Pero se nos ha ido un poco de las manos.
—Vale.
Con el tiempo me enteré de que otros dos soldados que habían hecho el mismo ejercicio habían enloquecido.
46
Todavía no me había recuperado de lo de Bodmin Moor cuando mi abuela me dijo que quería que fuera al Caribe. Una visita de dos semanas para conmemorar sus sesenta años en el trono y mi primer viaje oficial en su nombre.
Me pareció raro que me apartaran de mis deberes militares tan de repente, de la noche a la mañana, sobre todo teniendo en cuenta que quedaba muy poco para mi despliegue.
Pero luego me di cuenta de que no era tan raro.
Al fin y al cabo, ella era mi comandante.
Era marzo de 2012. Volé a Belice y fui directamente del aeropuerto al primer acto; la gente se apiñaba en las carreteras y agitaba pancartas y banderas. En la primera parada y en las sucesivas, mis anfitriones y yo brindamos por mi abuela con alcohol casero, y yo bailé varias veces un baile popular llamado «punta».
También probé la sopa de pata por primera vez, mucho más potente que el alcohol casero.
En una de las paradas me dirigí en criollo a un grupo: Unu come, mek we goo paati, es decir, «¡Venga, fiesta!». La gente se volvió loca.
Me aclamaban y coreaban mi nombre, pero también el de mi madre. En una parada una señora me abrazo y gritó: «¡El hijo de Diana!», y luego se desmayó.
Visité la ciudad perdida de Xunantunich, que siglos atrás fue una boyante metrópoli maya, según me contó el guía. Subí al Castillo, un templo de piedra con intricados grabados de jeroglíficos, frisos y rostros. Una vez en la cúspide me dijeron que aquel sitio era el punto más alto del país. Las vistas eran impresionantes, pero miré hacia abajo inevitablemente, donde yacían los huesos de infinidad de miembros de la realeza maya. Era una especie de abadía de Westminster maya.
En las Bahamas traté con ministros, músicos, periodistas, deportistas y curas. Estuve en servicios religiosos, en festivales callejeros y en una cena oficial. Más brindis. Fui a la isla Harbour en una lancha motora que se averió y empezó a hundirse. Mientras el barco hacía agua, apareció la prensa. Ojalá pudiera haberles dicho: «Muchas gracias, pero no, en la vida»; lo que pasaba era que, o nos íbamos con ellos, o nos íbamos nadando.
Estuve con India Hicks, la ahijada de mi padre y una de las damas de honor de mi madre, y me enseñó la playa de la isla Harbour. La arena era de un rosa vivo. «¿Arena rosa?». Era como estar colocado, no del todo desagradable. Me dio una explicación científica de a qué se debía, pero no la entendí.
En algún momento estuve en un estadio lleno de niños. A pesar de vivir en la miseria más deplorable y de afrontar dificultades a diario, me recibieron con risas y vítores de alegría. Estuvimos jugando y bailando y hasta boxeé un poco. Siempre me han encantado los niños, pero con este grupo sentí una conexión más fuerte porque acababa de apadrinar a Jasper, el hijo de Marko. Un gran honor, además de una señal de mi evolución como hombre, o al menos eso esperaba.
Hacia el final de la visita los niños bahameños me rodearon y me dieron un regalo: una corona de plata enorme y una capa roja.
—Para Su Majestad —dijo uno.
—Se la entregaré personalmente.
Di muchos abrazos de camino a la salida del estadio, y en el vuelo hacia la siguiente parada porté la corona con orgullo. Parecía una cesta de Pascua de lo grande que era y al personal le dio un ataque de risa.
—Parece usted idiota, señor.
—Puede ser, pero la voy a llevar puesta en la siguiente parada.
—¡No, señor, por favor!
Sigo sin saber cómo consiguieron quitarme la idea de la cabeza.
En Jamaica intimé con el primer ministro, participé en una carrera con Usain Bolt (gané, aunque hice trampa) y bailé con una mujer al ritmo de «One Love», la canción de Bob Marley.
Let’s get together to fight this holy Armagiddyon (one love).[3]
En cada parada planté un árbol o varios. Es una tradición real, aunque yo le di mi toque. Normalmente, al llegar a este tipo de actos, el árbol ya está en el suelo y tú te limitas a echar tierra en el agujero, como dicta el protocolo; pero insistí en hacerlo yo. Cubrí las raíces y lo regué con mis propias manos. A la gente le sorprendió que rompiera el protocolo, les pareció radical.
—Quiero estar seguro de que este árbol crezca —repuse yo.
47
Cuando volví a casa, todo fueron elogios. Según el personal de la Casa Real, había representado muy bien a la Corona. Acudí a informar a mi abuela, le hablé del viaje.
—Magnífico. Bien hecho —me dijo.
Pensaba que me merecía celebrarlo y lo celebré. Además, ante la perspectiva de la guerra, o lo celebraba en ese momento, o quizá ya no pudiera.
Fiestas, clubes, pubs… Esa primavera salí mucho, pero intentaba no pensar en que, fuera donde fuese, siempre había dos paparazzi, dos seres muy malos y miserables: Taratontín y Taratontón.
Durante la mayor parte de mi vida adulta, siempre he visto paparazzi esperándome a la salida de lugares públicos; a veces una turba y otras solo algunos. Siempre eran caras distintas, aunque casi nunca llegaba a verlas. Pero últimamente estos dos estaban ahí en todo momento, bien visibles. Si los periodistas eran multitud, estaban justo en el medio; si no había nadie más, allí estaban ellos solitos.
Pero no solo en espacios públicos. A lo mejor decidía espontáneamente meterme por una calle secundaria y de repente salían de una cabina o de debajo de un coche aparcado. O si un día me marchaba de casa de un amigo convencido de que nadie sabía que había estado allí, me los encontraba plantados delante del edificio, en mitad de la calle.
Aparte de estar en todas partes, eran implacables, mucho más agresivos que los otros. Me bloqueaban el paso. Me perseguían hasta el coche de policía y no me dejaban entrar. Luego nos seguían por toda la calle.
¿Quiénes eran? ¿Cómo lo hacían? Dudo que tuvieran un sexto sentido o percepción extrasensorial. Más bien lo contrario: parecía que ni juntos sumaban un cerebro. ¿Qué clase de ardid estaban utilizando? ¿Un rastreador oculto? ¿Una fuente en la policía?
También seguían a Willy. Hablamos mucho de este asunto ese año, de sus inquietantes apariciones, de su implacabilidad y su idiotez, que iban de la mano, y de ese acercamiento tan descarado. Pero sobre todo de su omnipresencia.
—¿Cómo lo saben? ¿Cómo es posible que siempre se enteren?
Willy no tenía ni idea, pero yo estaba dispuesto a averiguarlo.
La Roca también. Se acercó a ellos varias veces y los interrogó mirándolos fijamente a los ojos. Consiguió hacerse una idea de ellos. Según contó, el más mayor, Taratontín, era rechoncho, tenía el pelo moreno y rapado y cuando sonreía se te helaba la sangre. Taratontón, sin embargo, nunca sonreía y rara vez hablaba. Al parecer estaba de prácticas y básicamente se limitaba a observar.
Pero Billy no averiguó qué estaban planeando.
Me seguían a todas partes, me molestaban y ganaban dinero a mi costa, pero no se conformaban con eso. También lo hacían delante de mis narices. Iban corriendo a mi lado y me provocaban, con los dedos en los botones de la cámara, echando doscientas fotos cada diez segundos. Muchos paparazzi buscaban una reacción, una trifulca, pero era como si Taratontín y Taratontón quisieran pelear a muerte. Me cegaba y fantaseaba con pegarles un puñetazo, pero luego respiraba profundamente y me decía: «No lo hagas». Eso era justo lo que querían, para demandarme y hacerse famosos.
Porque llegué a la conclusión de que ese era su plan. De eso se trataba: dos tíos que no son famosos que piensan en lo maravilloso que sería ser famosos y que intentan hacerse famosos asaltando y destrozándole la vida a los famosos.
¿Por qué querían fama? Eso nunca llegué a entenderlo. ¿Porque ser célebre significa tener libertad absoluta? Me da la risa. A veces la fama te da más libertad, supongo, pero ser de la realeza es como vivir encerrado en una jaula de oro.
Eso los gemelos no alcanzaban a entenderlo. Eran críos incapaces de percibir matices. Según su cosmología simplificada, yo era de la realeza y aquel era el precio que tenía que pagar por vivir en un castillo.
A veces me preguntaba qué habría pasado si hubiera podido hablar con ellos tranquilamente y explicarles que yo no vivía en ningún castillo, que esa era mi abuela; es más, Taratontín y Taratontón llevaban un estilo de vida mucho más lujoso que el mío. Lo sabía porque Billy había investigado en profundidad sus finanzas. Ambos tenían varias casas y coches de lujo pagados con las ganancias que sacaban vendiendo fotos mías y de mi familia. (También tenían cuentas bancarias en el extranjero, como sus patrocinadores, los magnates de la prensa que los financiaban, principalmente Murdoch y el cuarto vizconde de Rothermere, cuyo nombre no podría ser más dickensiano: Jonathan Harmsworth).
Fue por esa época cuando empecé a pensar que Murdoch era malvado. No, rectifico: empecé a saber que lo era. De primera mano. Cuando has vivido que los secuaces de un tercero te sigan por las calles de una ciudad grande y moderna, no te queda ninguna duda del lugar que ocupan en el continuo de la gran moral. Llevo toda la vida escuchando chistes sobre la relación de la mala conducta de la realeza con los siglos de endogamia a sus espaldas, pero entonces me di cuenta de que el maltrato psicológico de los medios no tenía nada que envidiarle a la ausencia de diversidad genética. Casarte con un primo es mucho menos arriesgado que convertirte en una fuente de beneficios para Murdoch Inc.
Por descontado, a mí no me gustaban las ideas políticas de Murdoch, que poco distaban de las de los talibanes. Y tampoco me agradaba que día tras día tergiversara la verdad y profanara gratuitamente hechos objetivos. En efecto, no se me ocurría nadie en los trescientos mil años de historia del ser humano que hubiera perjudicado hasta ese punto el sentido colectivo de la realidad. Pero, allá por 2012, lo que me ponía malo y a la vez me daba miedo era que el círculo de lacayos de Murdoch, tíos jóvenes, derrotados y desesperados dispuestos a hacer lo que fuera por conseguir que el Grinch les dedicara una sonrisa, no paraba de crecer.
Y justo en el centro de ese círculo estaban estos dos gemelos amargados…
He tenido miles de encontronazos desagradables con Taratontín y Taratontón, pero hay uno que se lleva la palma. Fue en la boda de un amigo. Estábamos en un jardín vallado totalmente apartado. Yo estaba charlando con los invitados y de fondo se oían los pájaros cantando y el viento silbando entre las hojas. De repente, entre esos sonidos relajantes percibí un… clic.
Me di la vuelta y ahí estaban: un ojo y una lente cristalina en el seto vivo.
Y una cara rechoncha.
Y su rictus demoniaco.
Taratontín.
48
Lo único bueno de los gemelos era que me ayudaban a prepararme para la guerra. Me generaban una rabia asfixiante, que siempre viene bien antes de la batalla. Por su culpa también anhelaba estar en cualquier sitio menos en Inglaterra. «¿Cuándo llega la puñetera orden? Por favor, que llegue ya».
Y entonces, cómo no, como pasa casi siempre…
Estaba en un festival de música y mi prima me tocó el hombro.
—Harry, te presento a mi amiga Cressida.
—Eh, hola.
Estábamos en un ambiente poco favorable: mucha gente y cero privacidad. Además, yo seguía con el corazón roto. Sin embargo, el paisaje era precioso, sonaba buena música y hacía buen tiempo.
La conexión fue inmediata.
Poco después de ese día cenamos juntos. Me habló de su vida, de su familia, de sus ilusiones… Quería ser actriz. Tenía la voz suave y era tímida, así que jamás me habría imaginado que quisiera dedicarse a la interpretación. Se lo dije y ella me confesó que gracias a eso se sentía viva y libre. Me recordó al pilotaje.
Unas semanas después, tras una cita, la llevé a casa.
—Estoy justo al lado de King’s Road.
Aparcamos delante de una casa grande en una calle cuidada.
—¿Vives aquí? ¿Es tu casa?
—No.
Me explicó que había venido a pasar unos días con su tía.
La acompañé a las escaleras. No me invitó a entrar, pero yo no esperaba que lo hiciera; no quería, de hecho. Prefería tomármelo con calma. Me acerqué a ella, pero me falló la puntería. Podía aniquilar un cactus con un misil Hellfire a casi cinco kilómetros de distancia pero fui incapaz de acertar en sus labios. Se volvió, lo intenté otra vez mientras se giraba y nos salió algo parecido a un pico. Fue extremadamente embarazoso.
Llamé a mi prima a la mañana siguiente. Le dije sin mucho ánimo que la cita había ido bien, pero que el final había dejado mucho que desear. Ella no me lo negó. Ya había hablado con Cressida. Suspiró. Qué embarazoso.
Pero luego la buena noticia: su amiga estaba dispuesta a intentarlo.
Quedamos unos días después para cenar.
Cosas de la casualidad, su compañera de piso estaba saliendo con Charlie, un colega de toda la vida y hermano de mi difunto amigo Henners.
—Evidentemente es cosa del destino —dije en broma—. Seguro que nos lo pasaríamos genial los cuatro.
Pero no lo decía tan en broma.
Volvimos a intentar lo del beso. Fue menos embarazoso.
Espero.
La siguiente cita fue en casa de ella con su compañera de piso y Charlie. Copas, risas… Cuando me quise dar cuenta ya había algo entre nosotros.
Por desgracia, solo veía a Cress los fines de semana. Yo estaba ocupadísimo ultimando los preparativos para mi despliegue. Y luego me llegó la orden oficial, la fecha exacta del despliegue, y el tiempo empezó a pasar más rápido. Era la segunda vez en mi vida que tenía que decirle a una chica a la que acababa de conocer que en breve tendría que irme a la guerra.
—Te espero —repuso—. Pero no eternamente —añadió acto seguido—. A saber qué pasa.
—Cierto. A saber qué pasa.
—Para mí es más fácil decir que no estamos juntos.
—Sí, supongo que sí.
—Pero cuando vuelvas…
«Cuando». Eso dijo, no «Si».
Di las gracias.
Hay gente que dice «Si».
49
Mis amigos me recordaron lo del plan.
—¿Qué plan?
—Spike, ya sabes, el plan.
—Ah, sí… El plan.
Lo habíamos hablado hacía varios meses, pero ahora no estaba seguro.
Me presionaron sobremanera.
—Te vas a la guerra. Vas a mirar a la muerte de frente.
—Ya, gracias…
—Tienes que vivir. Ya. Aprovecha el momento.
—¿Cómo…?
—Carpe diem.
—Eh…, ¿qué?
—Carpe diem. Aprovecha el momento.
—Ah, lo mismo dicho de otra forma, ¿no?
—¡Las Vegas, Spike! ¿No te acuerdas? El plan.
—Ya, ya, el plan, pero… me parece arriesgado.
—¡Aprovecha…!
—… el momento, sí. Ya me he enterado.
Me había pasado una cosa hacía poco que me hizo pensar que en parte tenían razón, que eso del carpe diem no era solo palabrería. Esa primavera, de visita en Brasil, estaba jugando al polo para recaudar dinero para Sentebale y un jugador se cayó del caballo. Cuando yo era pequeño a mi padre le pasó lo mismo; el animal se desplomó y él se estampó y se lo tragó la tierra. Recuerdo que me llamó la atención que empezara a roncar. Entonces alguien gritó: «¡Se ha tragado la lengua!». Un jugador con muy buenos reflejos saltó del caballo y le salvó la vida a mi padre. Yo me acordé de ese momento e, inconscientemente, hice lo mismo: me bajé del caballo de un salto, fui corriendo hacia él y le saqué la lengua.
Se puso a toser y recuperó la respiración.
Estoy bastante seguro de que ese mismo día extendió un cheque por una cantidad considerable para Sentebale.
Yo aprendí una lección igual de valiosa: carpe tus diems mientras puedas.
Así que les dije a mis amigos: «Vale, vamos a Las Vegas».
Un año antes, después de las maniobras de Gila Bend, mis colegas y yo alquilamos varias Harleys y fuimos desde Phoenix hasta Las Vegas. La prensa no se enteró. Así que, tras pasar un finde de despedida con Cressida, fui a Nevada otra vez para repetirlo.
Incluso fuimos al mismo hotel y compartimos la misma suite.
Tenía dos plantas que se comunicaban a través de unas escaleras enormes de mármol blanco por las que parecía que en cualquier momento iban a aparecer Elvis y Wayne Newton cogidos del brazo. Pero no hacía falta usarlas, porque había ascensor. Y también mesa de billar.
Lo mejor era el salón. Tenía seis ventanales enormes que daban al Strip y un sofá en forma de L justo delante, desde donde se veía dicha avenida y las montañas a lo lejos; también había un televisor de plasma en la pared. Mucha opulencia. Yo había estado en varios palacios en su día y puedo decir que aquel sitio parecía uno.
La primera o la segunda noche (lo tengo todo un poco borroso con tanto neón), pedimos comida y cócteles y estuvimos charlando animadamente y poniéndonos al día. ¿Cómo nos había ido todo desde la última vez en Las Vegas?
—Bueno, teniente Gales, ¿ansioso por volver a la guerra?
—Sí, la verdad es que sí.
Todo el mundo se quedó atónito.
Cenamos en un asador y comimos como reyes. Solomillo a la neoyorquina, tres tipos de pasta y un vino tinto muy bueno. Luego fuimos a un casino, jugamos al blackjack y a la ruleta, y perdimos. Estaba cansado, así que me excusé y me fui a la suite.
«Sí —me dije suspirando al meterme bajo las sábanas—. Soy esa clase de persona que se retira pronto y le pide al resto que por favor no haga mucho ruido».
Por la mañana pedimos el desayuno y bloody marys al servicio de habitaciones y luego fuimos a la piscina. Allí en Las Vegas era temporada de fiestas piscineras y en ese momento había una en pleno apogeo. Compramos cincuenta pelotas hinchables y las repartimos por allí para romper el hielo.
Así de frikis éramos, además de necesitados.
No yo, mis amigos. Mi intención no era conocer gente nueva. Tenía novia y pretendía que así siguiera siendo. Le escribí varias veces desde la piscina para que estuviera tranquila.
Pero no dejaban de darme de beber, así que cuando el sol empezó a esconderse detrás de las montañas yo ya estaba perjudicado y con muchas ideas en la cabeza…
Llegué a la conclusión de que quería un recuerdo de aquel viaje. Algo que simbolizase mi sentido de la libertad y del carpe diem.
¿Un tatuaje, por ejemplo…?
¡Sí, justo eso!
¿En el hombro?
No, se ve mucho.
¿En la parte baja de la espalda?
No, demasiado… atrevido.
¿En el pie?
Sí. ¡En la planta! Donde antaño me había quedado sin piel, ¡ahora tendría varias capas de simbolismo!
Bueno, ¿y qué iba a tatuarme?
Estuve dándole muchas vueltas. ¿Qué era importante para mí? ¿Sagrado?
Claro: Botsuana.
Había visto un estudio de tatuajes un poco más abajo. Pensé que ojalá tuvieran un buen atlas donde se viera bien Botsuana.
Fui a buscar a la Roca y le dije que nos íbamos y adónde. Él sonrió.
—Ni hablar.
Mis amigos lo respaldaron.
—Ni de coña.
De hecho, juraron que me lo impedirían físicamente. Me dijeron que no iba a hacerme ningún tatuaje, no bajo su tutela, y menos aún el mapa de Botsuana en el pie. Me juraron que me retendrían y que me dejarían inconsciente, lo que hiciera falta.
—¡Los tatuajes no se borran, Spike! ¡Son para toda la vida!
Lo último que recuerdo con claridad de aquella tarde son sus argumentos y sus amenazas.
Me di por vencido. Lo del tatuaje podía esperar al día siguiente.
En su lugar nos fuimos en tropel a un club. Yo me acurruqué en un extremo de un banco de piel y observe la procesión de chicas que iban y venían y hablaban con mis colegas. Yo charlé con una o dos y las animé a que se centraran en mis amigos. Pero el resto del tiempo me lo pasé mirando a la nada y pensando en que me habían obligado a renunciar a mi ilusión de hacerme un tatuaje.
A eso de las dos de la mañana volvimos a la suite. Mis colegas invitaron a cuatro o cinco empleadas del hotel, y también a dos chicas que habían conocido en las mesas de blackjack. Poco después alguien propuso jugar al billar, y la verdad es que me pareció buena idea. Coloqué las bolas y jugué con los guardaespaldas.
Me percaté de que las chicas del blackjack estaban por ahí merodeando. Me daban mala espina, pero no quise ser maleducado cuando preguntaron si podían jugar. Nos fuimos turnando, pero a nadie se le daba muy bien.
Se me ocurrió subir la apuesta: una partida de billar erótico.
Gritos de entusiasmo.
A los diez minutos yo ya iba perdiendo y estaba en paños menores, los cuales acabé quitándome también. Fue algo inocente, una tontería, o eso pensé yo. Hasta el día siguiente. Vi a uno de mis amigos fuera del hotel, bajo el sol cegador del desierto, mirando el teléfono con la boca abierta.
—Spike —me dijo—, una de las chicas del blackjack te hizo fotos y… las ha vendido. Estás por todas partes, tío.
En concreto, era mi culo lo que estaba en todas partes. El mundo entero me estaba viendo desnudo… aprovechando el «diem».
La Roca, con el teléfono en la mano, no paraba de decir: «Esto pinta fatal, H».
Billy sabía que aquello iba a ser un mal trago para mí, pero también sabía que para él y los otros guardaespaldas tampoco iba a ser plato de buen gusto. No era descabellado que los despidieran por culpa de lo que había pasado.
Me reprendí a mí mismo: ¿cómo se me ocurría?, ¿cómo podía ser tan tonto?, ¿por qué me había fiado? Había dado por supuesto que la gente tiene buena fe y que esas tías chungas tendrían un mínimo de decencia, pero iba a estar pagando las consecuencias de por vida. Esas fotos no iban a desaparecer nunca. Eran indelebles. Al lado de esto, el tatuaje de Botsuana en el pie era una mancha de tinta china.
Me sentía tan culpable y avergonzado que a veces me costaba respirar. Mientras tanto, en casa, la prensa ya había empezado a despellejarme vivo.
Me imaginé a Cress leyendo los artículos. Pensé en mis superiores del Ejército.
¿Quién me daría la patada primero?
A la espera de averiguarlo, cogí un avión a Escocia para reunirme con mi familia en Balmoral. Era agosto, así que estaban todos allí. «Venga, genial —pensé—. Lo que le faltaba a esta pesadilla kafkiana es Balmoral, con sus recuerdos difíciles y el aniversario de la muerte de mi madre a la vuelta de la esquina».
Al poco de llegar estuve con mi padre en Birkhall. Para mi sorpresa y alivio, fue amable. Incluso estaba perplejo. Me dijo que me compadecía, que había estado en mi lugar, aunque nunca desnudo en primera plana. En realidad, eso no era cierto. Cuando yo tenía alrededor de ocho años salieron unas imágenes de él desnudo en un periódico alemán; las habían hecho con un teleobjetivo mientras estaba de vacaciones en Francia.
Pero ambos corrimos un tupido velo.
Lo que sí era verdad es que él se había sentido desnudo delante del mundo entero, y eso era algo que ambos teníamos en común. Estuvimos hablando largo y tendido sobre lo rara que era la vida, sentados al lado de una ventana mientras observábamos a las ardillas rojas de Birkhall brincando por la hierba.
Carpe diem, ardillas.
50
Mis superiores en el Ejército, igual que mi padre, estaban perplejos. A ellos les daba lo mismo que jugara al billar en la intimidad de una habitación de hotel, desnudo o no. Mi posición no había cambiado, afirmaron. Los preparativos seguían en marcha.
Mis compañeros en el Ejército también me defendieron. Hombres y mujeres de uniforme de todo el mundo posaron desnudos, o casi, cubriéndose las partes íntimas con cascos, armas o boinas, y colgaron las fotos en internet como gesto de solidaridad con el príncipe Harry.
Por lo que respecta a Cress, después de oír mi minuciosa y abochornada explicación, concluyó lo mismo: había sido un memo, no un libertino.
Me disculpé por avergonzarla.
Lo mejor de todo fue que no despidieron, ni castigaron siquiera, a ninguno de mis guardaespaldas, más que nada porque mantuve en secreto que se encontraban conmigo en aquel momento.
Sin embargo, la prensa británica, aun sabiendo que partía a la guerra, siguió rasgándose las vestiduras como si hubiese cometido un crimen imperdonable.
Era un buen momento para marcharse.
Septiembre de 2012. El mismo vuelo eterno, pero en aquella ocasión no viajaba de polizón. No hubo cuarto escondido ni litera secreta. En aquella ocasión, se me permitió sentarme con el resto de los soldados, sentirme parte de un equipo.
Cuando tomamos tierra en Camp Bastion, sin embargo, comprendí que en realidad no era uno más de los muchachos. Algunos parecían nerviosos, como si les apretara el cuello del uniforme o tuvieran la nuez más grande. Yo recordaba esa sensación, pero para mí aquello era una vuelta a casa. Después de más de cuatro años, y contra todo pronóstico, por fin había regresado. Como capitán. (Me habían ascendido desde mi primer periodo de servicio).
Mi alojamiento era mejor que la vez anterior. A decir verdad, comparado con el de mi periodo de servicio previo, resultaba digno de Las Vegas. A los pilotos nos trataban como si fuéramos —la palabra era inevitable, todo el mundo la empleaba— la realeza. Camas blandas, habitaciones limpias. Y por «habitaciones» me refiero a habitaciones de verdad, nada de trincheras o tiendas de campaña. Cada una iba equipada incluso con un aparato de aire acondicionado.
Nos dieron una semana para familiarizarnos con Bastion y recuperarnos del desfase horario. El resto de los habitantes de la base nos enseñaron con mucha amabilidad cómo funcionaba todo.
—¡Capitán Gales, aquí están las letrinas!
—¡Capitán Gales, aquí es donde encontrará pizza caliente!
Aquello recordaba un poco a una acampada hasta que, en la víspera de mi vigésimo octavo cumpleaños, mientras estaba sentado en mi habitación organizando mis trastos, las sirenas empezaron a sonar. Me asomé al pasillo y vi que se abrían de golpe muchas otras puertas por las que brotaban otras tantas cabezas.