En la sombra
Segunda parte » 87
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En ese momento llegaron corriendo mis dos guardaespaldas (a diferencia de lo que había pasado en mi anterior periodo de servicio, en esa ocasión me habían acompañado, más que nada porque había alojamiento adecuado para ellos y porque podían pasar desapercibidos: vivíamos con millares de personas más).
—¡Nos atacan! —exclamó uno.
Oímos explosiones a lo lejos, cerca de los hangares donde estaban las aeronaves. Salí corriendo hacia mi Apache, pero los guardaespaldas me detuvieron. Demasiado peligroso.
Oímos gritos en el exterior.
—¡Preparaos! ¡PREPARAOS!
Todos nos pusimos el equipo de protección y nos plantamos ante la puerta a la espera de más instrucciones. Mientras comprobaba por segunda vez que llevaba bien sujetos el chaleco y el casco, un guardaespaldas parloteaba sin parar:
—Sabía que iba a ocurrir esto, es que lo sabía, se lo advertí a todo el mundo, pero nadie me hizo caso. «Calla», me respondían, pero yo se lo advertí, se lo advertí, a Harry va a acabar pasándole algo. Me mandaron a la mierda, y ahora mira.
Era un escocés cuyo marcado acento a menudo me recordaba a Sean Connery, lo cual resultaba encantador en circunstancias normales, pero en esos momentos era como si Sean Connery sufriera un ataque de pánico. Atajé su perorata sobre que era una Casandra en un mundo ingrato y le dije que cerrara el pico.
Me sentía desnudo. Tenía mi 9 mm, pero el SA80A estaba bajo llave. Tenía a mis guardaespaldas, pero necesitaba mi Apache. Ese era el único lugar en el que me sentiría seguro… y útil. Necesitaba descargar una lluvia de fuego sobre nuestros atacantes, fueran quienes fuesen.
Más explosiones, y más fuertes. Las ventanas retemblaron y empezamos a ver llamas. Los Cobras estadounidenses pasaron con estruendo sobre nuestras cabezas y el edificio entero se estremeció. Los Cobras dispararon. Luego abrieron fuego los Apaches. Un rugido sobrecogedor inundó la habitación. Todos sentíamos pavor y los efectos de la adrenalina, pero los pilotos de Apache estábamos especialmente inquietos, ansiosos por subir a nuestras cabinas.
Alguien me recordó que Bastion tenía el tamaño aproximado de la ciudad de Reading. ¿Cómo íbamos a encontrar el camino desde allí hasta los helicópteros, sin un mapa y bajo fuego enemigo?
Fue entonces cuando oímos la sirena que indicaba el final del ataque.
Después cesó, y también enmudecieron los rotores de los helicópteros.
Bastion volvía a estar a salvo.
Sin embargo, se había pagado por ello un precio terrible: dos soldados estadounidenses habían muerto. Había diecisiete soldados británicos y norteamericanos heridos.
A lo largo de todo aquel día y el siguiente reconstruimos lo que había pasado. Unos combatientes talibanes se habían procurado uniformes estadounidenses, habían cortado un agujero en la valla y se habían colado.
—¿Cortaron un agujero en la valla?
—Eso es.
—¿Por qué?
En pocas palabras, por mí.
Buscaban al príncipe Harry, dijeron.
Los talibanes lo confirmaron mediante un comunicado: «El príncipe Harry era nuestro objetivo». Y la fecha del ataque tampoco se había dejado al azar. Lo habían organizado, proclamaban, para que coincidiera con mi cumpleaños.
No sabía si creérmelo.
No quería creérmelo.
Sin embargo, una cosa quedaba clara más allá de toda duda: los talibanes estaban al corriente de mi presencia en la base y de los detalles más nimios de mi periodo de servicio gracias a la cobertura ininterrumpida que la prensa británica les había dedicado esa semana.
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Después del ataque se contempló la posibilidad de retirarme del campo de batalla. Una vez más.
No soportaba ni pensarlo; la idea misma me parecía inconcebible.
Para distraerme y no dar vueltas a aquella posibilidad, me refugié en el trabajo hasta pillarle el ritmo a mis tareas.
Me ayudó lo rígido que era mi horario: dos días de operaciones planificadas, tres de VHR (muy alta disponibilidad). En otras palabras, esperar sentado en una tienda de campaña a que te llamaran.
La tienda de VHR, por su aspecto y su ambiente, recordaba a un dormitorio de residencia universitaria. El compañerismo, el aburrimiento…, el desorden. Había unos cuantos sofás de cuero agrietado, una bandera británica en la pared y aperitivos por todas partes. Pasábamos el rato jugando al FIFA, bebiendo café a litros y hojeando revistas para tíos (la Loaded era muy popular). Pero entonces sonaba la alarma y mis días de estudiante, junto con toda otra etapa de mi vida, de pronto quedaban a un millón de kilómetros de distancia.
Uno de los muchachos decía que éramos bomberos venidos a más, y no andaba desencaminado. Nunca alcanzábamos un sueño profundo ni nos relajábamos por completo, porque había que estar siempre listos para actuar. Ya nos encontráramos tomando una taza de té, comiendo un helado, llorando por una chica o charlando de fútbol, nuestros sentidos permanecían alerta y nuestros músculos, tensos, siempre a la espera de esa alarma.
La alarma en sí era un teléfono. Rojo, liso, sin botones ni rosca, solo una base y un auricular. Su timbre sonaba anticuado, y británico a rabiar. Brrrang. El sonido me resultaba vagamente familiar, aunque al principio no sabía ubicarlo. Al final caí en la cuenta: era exactamente como el teléfono que la abuela tenía en su gran escritorio de Sandringham, en el enorme salón donde cogía las llamadas entre partida y partida de bridge.
En la tienda de VHR siempre éramos cuatro. Dos tripulaciones de dos hombres cada una, piloto y artillero. Yo era artillero y mi piloto era Dave: un chico alto y desgarbado, con constitución de maratoniano, como resultó que, en verdad, era. Tenía el pelo corto y moreno y un épico bronceado cortesía del desierto.
Su rasgo más llamativo era un sentido del humor profundamente enigmático. Varias veces al día, yo me preguntaba: «¿Habla Dave en serio? ¿Lo dice con sarcasmo?». Nunca sabía distinguirlo. «Voy a tardar en calar a este tipo», pensaba, pero nunca lo logré.
Al oír el timbrazo del teléfono rojo, tres de nosotros lo soltábamos todo y salíamos disparados hacia el Apache, mientras el cuarto levantaba el auricular para que una voz desde el otro extremo le proporcionase los detalles de la operación. ¿Era una medevac (evacuación médica)? ¿Una TIC (tropas en contacto)? En el segundo caso, ¿a qué distancia estaban las tropas y cuánto tardaríamos en llegar hasta ellas?
Una vez dentro del Apache, encendíamos el aire acondicionado y nos poníamos el arnés y la protección personal. Yo encendía una de las cuatro radios, recibía más detalles sobre la misión e introducía las coordenadas de GPS en el ordenador de a bordo. La primera vez que se arranca un Apache, realizar las comprobaciones previas lleva una hora, si no más. Al cabo de unas semanas en Bastion, Dave y yo lo habíamos rebajado a ocho minutos, y aun así se antojaba una eternidad.
Siempre íbamos cargados. Llenos a rebosar de combustible y armados hasta los dientes con una dotación completa de misiles, además de suficientes proyectiles de 30 mm para dejar un bloque de pisos de hormigón hecho un queso gruyer; se notaba cómo todo aquel peso te lastraba, te ataba a la Tierra. En mi primera misión, una TIC, me irritó aquella sensación, el contraste entre nuestra urgencia y la gravedad terrestre.
Recuerdo superar las murallas de sacos terreros de Bastion con un margen de apenas unos centímetros, sin inmutarme, sin pararme a pensar un instante en aquella pared. Había trabajo que hacer, vidas que salvar. Después, al cabo de unos segundos, empezó a parpadear una luz de advertencia en la cabina. ENG CHIPS.
Lo que significaba: Aterrizar. Ahora mismo.
Mierda. Íbamos a tener que posarnos en territorio talibán. Empecé a pensar en los páramos de Bodmin Moor.
Luego pensé… ¿y si no hacíamos caso de la luz de advertencia?
No, Dave ya estaba dando media vuelta hacia Bastion.
Él tenía más experiencia de vuelo. Ya había cumplido tres periodos de servicio y conocía al dedillo aquellas señales de aviso. De algunas podías desentenderte —parpadeaban todo el rato y había que arrancar el fusible para que te dejaran en paz—, pero de esa, no.
Me sentía timado, quería pasar a la acción, a toda costa. Estaba dispuesto a arriesgarme a estrellarme, a que me tomaran prisionero, lo que fuera. «No estábamos allí para razonar», como dijo el bisabuelo de Flea; o Tennyson, da lo mismo. De lo que se trataba era de acudir «a la brecha».[4]
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Nunca llegué a acostumbrarme a lo rápido que era el Apache.
Por lo general sobrevolábamos la zona designada como objetivo a una civilizada velocidad de setenta nudos pero, a menudo, cuando nos dirigíamos a toda prisa hacia ella, le metíamos caña y forzábamos la máquina hasta alcanzar los ciento cuarenta y cinco. Además, como íbamos casi a ras de suelo, se antojaba tres veces más rápido. Qué privilegio, pensaba yo, experimentar esa clase de potencia en estado puro, y ponerla al servicio de nuestro bando.
Volar a muy baja cota era el procedimiento habitual en cualquier operación, porque dificultaba que los talibanes nos vieran llegar. Por desgracia, facilitaba que los niños del lugar nos lanzaran piedras, cosa que hacían a todas horas. La capacidad antiaérea de los talibanes, más allá de un puñado de misiles rusos, venía a reducirse a las piedras que tiraban esos críos.
El problema no era esquivar a los talibanes sino encontrarlos. En los cuatro años transcurridos desde mi periodo de servicio anterior, habían mejorado mucho en lo tocante a escaparse. Los humanos saben adaptarse, pero nunca más que en tiempos de guerra. Los talibanes habían calculado los minutos exactos que tenían desde el primer contacto con nuestras tropas hasta que asomaba la caballería por el horizonte, y sus relojes internos eran muy precisos: disparaban a tantos de nuestros muchachos como podían y luego se largaban.
También se escondían mejor. Podían desaparecer sin esfuerzo en una aldea, mezclarse entre la población civil o esfumarse en su red de túneles. No huían corriendo sin más: era algo mucho más difuso, más místico.
Nosotros no renunciábamos a la búsqueda a las primeras de cambio. Trazábamos círculos y hacíamos barridos de un lado a otro, a veces durante dos horas (el Apache se quedaba sin combustible pasado ese periodo). En algunas ocasiones, al final de esos ciento veinte minutos seguíamos reacios a rendirnos, de modo que repostábamos y volvíamos a la carga.
Hubo un día en que repostamos tres veces y pasamos un total de ocho horas en el aire.
Cuando por fin regresamos a la base, la situación era crítica: se me habían acabado las bolsas para mear.
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Fui el primero de mi escuadrón que apretó el gatillo con rabia.
Recuerdo aquella noche como si fuera ayer. Estábamos en la tienda de VHR, sonó el teléfono rojo y todos corrimos a las aeronaves. Dave y yo cumplimos a toda prisa con el chequeo prevuelo y recibí los detalles de la misión: uno de los puntos de control más cercanos a Bastion estaba bajo ataque con fuego de armas cortas. Teníamos que llegar hasta allí lo antes posible y descubrir de dónde provenían los disparos. Despegamos, superamos la muralla y ascendimos en vertical hasta los quinientos metros. Al cabo de unos instantes pude pasear la mira nocturna por la zona designada.
—¡Allí!
Ocho puntos calientes a ocho kilómetros de distancia: borrones térmicos que se alejaban a pie de la zona donde se había producido el contacto.
—¡Tienen que ser ellos! —dijo Dave.
—¡Sí, aquí no hay fuerzas amigas de patrulla! Sobre todo a esta hora.
—Vamos a asegurarnos. Confirma que no hay patrullas fuera del recinto.
Llamé al J-TAC, el controlador de ataque terminal conjunto. Confirmado: no había patrullas.
Sobrevolamos los ocho puntos calientes, que enseguida se dividieron en dos grupos de cuatro. Manteniendo una distancia regular, avanzaron poco a poco por un camino. Esa era nuestra técnica de patrulla; ¿nos estaban imitando?
Acto seguido se subieron a unos ciclomotores, algunos en pareja, otros solos. Informé a Control de que teníamos a la vista a los ocho objetivos y solicité autorización, permiso para disparar. Era una condición indispensable antes de entablar combate, siempre, a menos que se tratase de un caso de defensa propia o peligro inminente.
Bajo mi asiento tenía un cañón de 30 mm, más dos Hellfires en el ala, misiles guiados de cincuenta kilos que podían equiparse con diferentes ojivas, una de las cuales era excelente para desintegrar objetivos de alto valor. Aparte de los Hellfires, llevábamos unos cuantos cohetes aire-tierra sin sistema de guiado, que en nuestro Apache en concreto eran de tipo flechette. Para disparar esos proyectiles había que inclinar el helicóptero bajando el morro en un ángulo muy preciso; solo entonces salían disparados como una nube de dardos. Eso era la flechette, en pocas palabras: una descarga letal de ochenta dardos de tungsteno de trece centímetros. Recordaba que en Garmsir había oído que nuestras fuerzas habían tenido que recoger de los árboles pedazos de talibanes después de un impacto directo de esa arma.
Dave y yo estábamos preparados para dispararla, pero aún no había llegado el permiso.
Esperamos. Y esperamos. Y vimos cómo los talibanes se alejaban a toda velocidad en distintas direcciones.
—Si me entero —le dije a Dave— de que uno de estos tíos ha herido o matado a uno de los nuestros después de que les dejemos escapar…
Escogimos dos motocicletas y las seguimos por una calzada serpenteante.
En un momento dado, se separaron.
Elegimos una y la seguimos.
Por fin llegó la respuesta de Control.
—Las personas a las que seguís…, ¿cuál es su situación?
Sacudí la cabeza y pensé: «Pues la mayoría de ellas ya no están, porque habéis sido demasiado lentos».
—Se han separado y solo tenemos una moto —dije.
—Permiso para disparar.
Dave dijo que usáramos el Hellfire. A mí la idea de usarlo me ponía nervioso, sin embargo; en lugar de eso, disparé con el cañón de 30 mm.
Un error. Le di a la motocicleta. Un hombre cayó, presumiblemente muerto, pero el otro saltó y se metió corriendo en un edificio.
Empezamos a rodearlo y avisamos a las tropas de tierra.
—Tenías razón —le dije a Dave—. Debería haber usado el Hellfire.
—No te preocupes —respondió el—. Era tu primera vez.
Mucho después de regresar a la base, hice una especie de repaso mental. Había entrado en combate antes, había matado antes, pero ese había sido mi contacto más directo con el enemigo, en toda mi vida. Los otros encuentros se me habían antojado más impersonales, mientras que en este último caso había sido blanco a la vista, dedo en el gatillo, fuego.
Me pregunté a mí mismo cómo me sentía.
¿Traumatizado?
No.
¿Triste?
No.
¿Sorprendido?
No. Preparado en todos los sentidos. Había hecho mi trabajo, aquel para el que me habían adiestrado.
Me pregunté si estaba siendo cruel, si no me habría insensibilizado. Me pregunté si mi ausencia de reacción estaba relacionada con mi arraigada ambivalencia hacia la muerte.
No lo creía.
En realidad, era una simple cuestión de cálculo. Aquellas eran malas personas que hacían cosas malas a nuestros muchachos. Hacían cosas malas al mundo. Si el tipo al que acababa de retirar del campo de batalla no había matado ya a soldados británicos, pronto lo habría hecho. Quitarlo de en medio significaba salvar vidas británicas, ahorrarle sufrimiento a familias británicas. Quitarlo de en medio significaba menos jóvenes vendados como momias y despachados a casa en camas de hospital, como los muchachos con los que había compartido avión cuatro años antes, los heridos y heridas a los que había visitado en Selly Oak y otros hospitales o los valientes con los que había viajado al Polo Norte.
Y así, la idea que más me rondaba por la cabeza aquel día, mi único pensamiento, era que ojalá Control nos hubiera contestado antes y nos hubiese dado permiso para disparar enseguida, para que hubiéramos pillado a los otros siete.
Y aun así, aun así… Mucho más tarde, hablando del tema con un amigo, este me preguntó si no habría influido en mis sentimientos el hecho de que aquellos asesinos fueran en moto, el vehículo favorito de los paparazzi de todo el mundo. ¿Podía afirmar con el corazón en la mano que, mientras perseguía a aquella cuadrilla de ciclomotores, ni una sola partícula de mi ser estaba pensando en la jauría de motoristas que persiguió a un Mercedes hasta un túnel parisino?
¿O las manadas de motoristas que me habían perseguido un millar de veces?
No hubiese sabido decirlo.
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Uno de nuestros drones había observado cómo los talibanes adiestraban a sus combatientes.
A pesar de lo que solía creerse, los talibanes tenían buen equipo. No estaba ni por asomo a la altura del nuestro, pero era bueno y eficaz… cuando se usaba correctamente. Por lo tanto, a menudo tenían que poner al día a sus soldados. Había frecuentes cursillos en el desierto, en los que los instructores hacían demostraciones del último material llegado de Rusia e Irán. En eso parecía consistir la lección que grabaron los drones: una clase de tiro.
Sonó el teléfono rojo. Olvidadas quedaron las tazas de café y los mandos de la PlayStation. Corrimos a los Apaches y volamos rumbo norte a toda pastilla, a ocho metros del suelo.
Empezaba a oscurecer. Los controladores nos ordenaron que esperásemos a unos ocho kilómetros.
Cada vez era más de noche y apenas distinguíamos la zona designada. Solo veíamos sombras que se movían de un lado a otro.
Ciclomotores apoyados en una pared.
—Esperad —nos dijeron.
Dimos vueltas y vueltas.
—Esperad.
Respiración superficial.
Entonces llegó la señal: se acabó la lección de tiro. A la carga; vamos, vamos, vamos.
El instructor, que era el objetivo de alto valor, se había subido a una moto y llevaba a uno de sus alumnos de paquete. Volamos como flechas hacia ellos y comprobamos que circulaban a cuarenta kilómetros por hora y que uno de ellos llevaba una ametralladora PKM con el cañón caliente. Coloqué el pulgar sobre el cursor, contemplé la pantalla y esperé. «¡Ahí!». Apreté un gatillo para disparar el designador láser y otro para lanzar el misil.
La palanca con la que acababa de disparar era sorprendentemente parecida a la del mando de la PlayStation con el que había estado jugando hacía nada.
El misil impactó justo al lado de los radios de la moto. De manual: era exactamente donde me habían enseñado a apuntar. Si tirabas más arriba, te arriesgabas a que le pasara por encima de la cabeza. Si tirabas demasiado bajo, no alcanzarías sino tierra y arena.
«Delta Hotel». Impacto directo.
Lo completé con una ráfaga del 30 mm.
Donde antes estaba la motocicleta había una nube de humo y llamas.
—Bien hecho —dijo Dave.
Volvimos al campamento y evaluamos el vídeo.
Un blanco perfecto.
Jugamos un rato más a la PlayStation.
Nos acostamos temprano.
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Puede resultar difícil ser preciso con los Hellfires. Los Apaches vuelan a unas velocidades tan tremebundas que cuesta apuntar con el pulso firme. Es decir, a algunos les cuesta. Yo desarrollé una puntería finísima, como si lanzara dardos en un pub.
Y eso que mis objetivos se movían deprisa. La moto más veloz a la que disparé viajaba a unos cincuenta kilómetros por hora. El conductor, un comandante talibán que llevaba todo el día dirigiendo el fuego contra nuestras fuerzas, iba encorvado sobre el manillar, mirando hacia atrás mientras lo perseguíamos. Viajaba intencionadamente de una aldea a otra, usando de escudo a los civiles. Ancianos y niños para él no eran más que accesorios.
Nuestras ventanas de oportunidad eran esos intervalos de un minuto en los que circulaba entre aldeas.
Recuerdo que Dave me informó:
—Tienes doscientos metros hasta que llegue a una zona prohibida.
En otras palabras, doscientos metros hasta que aquel comandante talibán se escondiera detrás de otro niño. Volví a oír a Dave:
—Te vienen árboles por la izquierda, una pared por la derecha.
—Recibido.
Dave orientó la aeronave a las cinco del objetivo y bajó a ciento ochenta metros.
—Ahora…
Disparé. El Hellfire se estrelló contra la moto y la mandó volando a una arboleda. Dave sobrevoló la zona y, a través de las columnas de humo, vimos una bola de fuego. Y la moto. Pero no un cadáver.
Yo estaba dispuesto a asegurarme ametrallando la zona con el 30 mm, pero no veía nada que ametrallar.
Trazamos círculos y más círculos. Me estaba poniendo nervioso.
—¿Se ha escapado, tío?
—¡Allí está!
Quince metros a la derecha de la moto: un cuerpo en el suelo.
Confirmado.
Volamos a casa.
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Tres veces nos mandaron al mismo dichoso lugar: una hilera de búnkeres que daban a una transitada carretera. Nos había llegado información de que allí se congregaban de forma habitual grupos de combatientes talibanes. Llegaban en tres coches hechos polvo, armados con lanzacohetes y ametralladoras, se apostaban y esperaban a que pasaran camiones por la carretera.
Los controladores les habían visto reventar por lo menos un convoy.
En ocasiones había media docena de hombres, otras veces hasta treinta. Talibanes, sin sombra de duda.
Sin embargo, tres veces que habíamos volado hasta allí para entablar combate, tres veces que nos habían negado el permiso para disparar. Nunca supimos por qué.
En esa ocasión estábamos decididos a que no pasara lo mismo.
Llegamos enseguida y vimos que se acercaba un camión por la carretera y que los hombres apuntaban. Estaba a punto de suceder algo malo. Ese camión está perdido, dijimos, a menos que hagamos algo.
Solicitamos permiso para entablar combate.
Permiso denegado.
Volvimos a preguntar.
—¡Control de tierra, solicito permiso para atacar a un objetivo hostil…!
—Esperen.
Bum. Un fogonazo enorme y una explosión en la calzada.
Pedimos permiso a gritos.
—Esperen…, estamos pendientes de la autorización del comandante de tierra.
Nos acercamos a toda velocidad y vimos cómo el camión saltaba en pedazos y los hombres se subían corriendo a sus desvencijados coches y motocicletas. Seguimos a dos de estas últimas. Suplicamos que nos dieran permiso para disparar. Se trataba ya de una clase distinta de autorización: no para impedir un acto, sino para responder a uno que acabábamos de presenciar.
Esa clase de permiso se denominaba 429 Alfa.
—¿Tenemos cuatro dos nueve alfa para entablar combate?
—Esperen.
Seguimos a aquellas dos motocicletas en su recorrido por varias aldeas, mientras despotricábamos contra la burocracia de la guerra y la renuencia de nuestros superiores a dejarnos hacer aquello para lo que nos habían adiestrado. A lo mejor, en nuestras quejas, no diferíamos de los soldados de cualquier otra guerra. Queríamos combatir: no entendíamos las cuestiones de fondo, la geopolítica subyacente; el panorama general. Algunos mandos decían a menudo, en público y en privado, que temían que cada talibán muerto crease tres más, de modo que actuaban con mucha cautela. A veces nos daba la impresión de que el alto mando tenía razón: estábamos creando más talibanes. Pero tenía que haber una respuesta mejor que quedarse flotando al margen mientras masacraban a inocentes.
Pasaron cinco minutos, que se convirtieron en diez y luego veinte.
Nunca recibimos ese permiso.
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Cada vez que matábamos un objetivo, quedaba grabado en vídeo.
Al Apache no se le escapaba nada. La cámara del morro lo grababa todo. En consecuencia, después de todas las misiones, se revisaba a fondo ese vídeo.
Al regresar a Bastion, nos metíamos en la sala donde se guardaban las cintas de los artilleros y metíamos la nuestra en un reproductor, que proyectaba la operación en unos televisores de plasma montados en la pared. El comandante de nuestro escuadrón pegaba la cara a la pantalla, escudriñando y mascullando con la nariz fruncida.
Aquel tipo no se limitaba a buscar errores, los ansiaba. Deseaba pillarnos en un desliz.
Lo poníamos de vuelta y media cuando no estaba delante. A punto estuvimos de soltarle alguno de esos epítetos a la cara. «Oye, ¿tú de qué lado estás?».
Pero eso era lo que él quería; intentaba provocarnos, inducirnos a decir algo impensable.
¿Por qué?
Envidia, decidimos.
Le reconcomía no haber apretado nunca un gatillo en la batalla. Nunca había atacado al enemigo.
De forma que nos atacaba a nosotros.
Por mucho que se esforzara, jamás encontró nada irregular en ninguna de nuestras muertes. Participé en seis misiones que terminaron con el cobro de vidas humanas, y todas ellas las consideró justificadas un hombre que quería crucificarnos. A mí también me lo parecieron.
Lo que hacía que la actitud del comandante del escuadrón resultara tan execrable era que explotaba un temor real y legítimo, un miedo que todos compartíamos. La de Afganistán fue una guerra de errores, de enormes daños colaterales: miles de inocentes muertos y mutilados; era algo que nos quitaba el sueño. De manera que mi propósito, desde el primer día, fue nunca acostarme con la duda de si había hecho lo correcto, de si mis objetivos habían sido los adecuados, de si había disparado a talibanes y solo a talibanes, sin civiles en las inmediaciones. Quería regresar a Gran Bretaña con todas las extremidades, pero más aún deseaba llegar a casa con la conciencia intacta, y eso conllevaba ser consciente de lo que hacía y por qué lo hacía en todo momento.
La mayoría de los soldados no saben con precisión cuántas muertes tienen en su haber. En condiciones de batalla a menudo se dispara de forma indiscriminada. Sin embargo, en la era de los Apaches y los ordenadores portátiles, todo lo que hice yo en el transcurso de dos periodos de servicio quedó grabado con su correspondiente sello de tiempo. Siempre podía decir con exactitud a cuántos combatientes enemigos había matado. Y me parecía esencial no tener miedo a esa cifra. Entre las muchas cosas que aprendí en las Fuerzas Armadas, una de las más importantes fue a rendir cuentas de mis propios actos.
Así pues, mi número: veinticinco. No era un dato que me colmara de satisfacción, pero tampoco me daba vergüenza. Como es natural, hubiese preferido no tener esa cifra en mi currículum militar, ni en mi cabeza, pero por las mismas hubiera preferido vivir en un mundo en el que no hubiese talibanes, un mundo sin guerra. Sin embargo, hasta para un practicante ocasional del pensamiento mágico como yo, hay realidades que no pueden cambiarse.
Cuando me hallaba sumido en el fragor y la confusión del combate, no pensaba en aquellos veinticinco como en personas. No se puede matar a personas si las ves como personas. En verdad, no se puede hacer daño a personas si las ves como personas. Eran piezas de ajedrez retiradas del tablero, Malos eliminados antes de que pudieran matar a Buenos. Me habían entrenado para «alterizarlos», y me habían entrenado bien. En cierto nivel, reconocía que este distanciamiento adquirido era problemático, pero también lo veía como una parte inevitable del oficio del soldado.
Otra realidad que no podía cambiarse.
Eso no quiere decir que fuese una especie de autómata. Jamás olvidé aquella sala de la tele de Eton, la de las puertas azules, en la que vi derretirse las Torres Gemelas mientras la gente saltaba de las azoteas y las ventanas altas. Jamás olvidé a los progenitores, cónyuges e hijos que conocí en Nueva York, agarrados a fotos de madres y padres que habían muerto aplastados, vaporizados o quemados vivos. El 11 de septiembre fue abominable e indeleble, y todos los responsables, junto con sus simpatizantes y colaboradores, sus aliados y sucesores, eran enemigos no solo nuestros, sino de la humanidad. Combatir contra ellos significaba vengar uno de los crímenes más atroces de la historia mundial y evitar que se repitiera.
Para cuando mi periodo de servicio se acercaba a su fin, alrededor de la Navidad de 2012, tenía algunas preguntas y reservas acerca de la guerra, pero ninguna de ellas era de índole moral. Seguía creyendo en la Misión, y los únicos disparos que me daban que pensar eran los que no había realizado. Por ejemplo, la noche que nos llamaron para ayudar a unos gurkas. Un nido de combatientes talibanes los tenía inmovilizados y, cuando llegamos, se cayeron las comunicaciones, de modo que no hubo manera de que les auxiliáramos. Todavía me reconcome: oír a mis hermanos gurkas pidiendo ayuda por radio, recordar a todos los gurkas a los que había conocido y querido y no poder hacer nada.
Mientras cerraba las bolsas y me despedía, fui sincero conmigo mismo: lamentaba bastantes cosas, pero eran sanas. Lamentaba lo que no había hecho, los británicos y estadounidenses a los que no había podido ayudar.
Lamentaba que no hubiésemos rematado la faena.
Por encima de todo, lamentaba que hubiese llegado la hora de marcharme.
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Llené el macuto de ropa polvorienta, además de dos recuerdos: una alfombra comprada en un bazar y un casquillo de 30 mm del Apache.
La primera semana de 2013.
Antes de poder subir al avión con mis camaradas, entré en una tienda de campaña y me senté en la única silla vacía.
La obligatoria entrevista de despedida.
El periodista al que habían escogido me preguntó qué había hecho en Afganistán.
Se lo conté.
Me preguntó si había disparado contra el enemigo.
—¿Qué? Sí.
Echó la cabeza hacia atrás, sorprendido.
¿Qué se creía que hacíamos allí? ¿Vender suscripciones a revistas?
Me preguntó si había matado a alguien.
—Sí…
Una vez más, sorpresa.
Intenté explicárselo.
—Es una guerra, tío, ¿no lo sabes?
La conversación derivó hacia la prensa. Le expliqué al reportero que en mi opinión la prensa británica era una mierda, sobre todo en lo relativo a mi hermano y mi cuñada, que acababan de anunciar que estaban embarazados para, a renglón seguido, ser asediados.
—Merecen tener al bebé en paz —dije.
Reconocí que mi padre me había rogado que dejara de pensar en la prensa, que no leyera los periódicos. Reconocí que me sentía culpable cada vez que lo hacía, porque eso me volvía cómplice.
—Todo el mundo es culpable por comprar periódicos, pero esperemos que nadie se crea de verdad lo que aparece en ellos.
Sin embargo, lo creían, claro. Ese era el problema. El británico, uno de los pueblos más alfabetizados del planeta, era también el más crédulo. Aunque no se lo creyeran todo a pies juntillas, siempre quedaba ese poso de duda: «Hum, cuando el río suena…». Aunque se desmintiera una falsedad y quedara desacreditada más allá de toda duda, aquel residuo de credulidad inicial persistía.
Sobre todo si la falsedad era negativa. De todos los sesgos humanos, el de la «negatividad» es el más indeleble. Lo llevamos integrado en el cerebro. Prioriza lo negativo, prioriza lo negativo; así sobrevivieron nuestros antepasados. Con eso cuentan nuestros malditos periódicos, me daban ganas de decir.
Pero no lo dije. No era esa clase de conversación; de hecho, no era ni una conversación. El periodista estaba ansioso por seguir adelante, preguntar por Las Vegas.
Harry el Díscolo, ¿eh? El Señorito.
Despedirme de Afganistán me inspiraba una mezcla de emociones complejas, pero no veía la hora de decirle adiós a aquel sujeto.
Primero volé con mi escuadrón hasta Chipre, para efectuar lo que las Fuerzas Armadas llamaban «descompresión». No me habían mandado a descomprimirme después de mi periodo de servicio anterior, de manera que estaba emocionado, aunque no tanto como mis guardaespaldas. «¡Por fin! ¡Podremos tomar cerveza fría!».
Cada uno de nosotros recibió exactamente dos latas. Ni una más. No me gusta la cerveza, de manera que entregué las mías a un soldado que tenía pinta de necesitarlas más que yo. Reaccionó como si le hubiera regalado un Rolex.
Después nos llevaron a ver una comedia. La asistencia era casi obligatoria. Quienquiera que lo organizara lo había hecho con buenas intenciones: algo ameno y ligero después de una temporada en el infierno. Y para ser sincero, algunos de nosotros nos reímos; pero la mayoría, no. Lo estábamos pasando mal sin saber que lo estábamos pasando mal. Teníamos recuerdos que procesar, heridas mentales que sanar, dudas existenciales que rumiar. (Nos habían explicado que había un capellán a nuestra disposición si necesitábamos hablar, pero no recuerdo que nadie se le acercase). De modo que presenciamos aquella comedia sentados con la misma actitud que en la tienda de VHR, en un estado de animación suspendida; en compás de espera.
Me sentí mal por aquellos cómicos. Un bolo complicado.
Antes de partir de Chipre, alguien me informó de que salía en todos los periódicos.
Ah, ¿sí?
La entrevista.
Mierda. La había olvidado por completo.
Al parecer, había causado mucho revuelo al reconocer que había matado gente. En una guerra.
Me ponían a caer de un burro por… ¿matar?
Y tomármelo a la ligera.
Había mencionado, de pasada, que los controles del Apache recordaban a los mandos de un videojuego. Y por tanto:
«¡Harry compara matar con un videojuego!».
Tiré el periódico al suelo. ¿Dónde estaba ese capellán?
59
Le mandé un mensaje de texto a Cress para decirle que había llegado a casa.
Me respondió que se sentía aliviada, lo que a su vez me alivió a mí, porque de antemano no sabía qué esperar.
Quería verla y, aun así, en aquel primer cruce de mensajes, no concretamos ningún plan. Se apreciaba cierta distancia, cierta rigidez.
«Te noto diferente, Harry».
«Bueno, yo no me siento diferente».
No quería que pensase que había cambiado.
Una semana más tarde, unos amigos montaron una cena. ¡Bienvenido a casa, Spike! En casa de mi colega Arthur. Cress se presentó con mi prima Eugenie, alias Euge. Las abracé a las dos y vi sus caras de sorpresa.
Las dos dijeron que parecía otra persona.
¿Más fornido? ¿Más grande? ¿Más viejo?
Sí, sí, todo eso; pero también algo que no sabían identificar.
Fuera lo que fuese, en apariencia a Cressida la asustaba o le causaba rechazo.
Decidimos, en consecuencia, que aquello no era un reencuentro. No podía serlo, porque no puedes reencontrarte con alguien a quien no conoces. Si queríamos seguir viéndonos —y yo tenía claro que sí— había que empezar de cero.
—Hola, soy Cress.
—Hola, soy Haz. Encantado de conocerte.
60
Cada día me levantaba, iba a la base y hacía mi trabajo sin obtener de él ninguna satisfacción. Me parecía inútil.
Y aburrido. Me moría de aburrimiento.
Peor aún: por primera vez en años, sentía que no tenía un propósito, una meta.
Ahora, ¿qué?, me preguntaba todas las noches.
Les supliqué a mis superiores que me mandaran de vuelta.
—¿De vuelta adónde?
—A la guerra.
—Ah —dijeron—; ja, ja, no.
En marzo de 2013 se me hizo saber que la Casa Real quería mandarme a otra gira real, la primera desde el Caribe. En esa ocasión: Estados Unidos.
Me alegré de interrumpir la monotonía. Por otro lado, me preocupaba volver al escenario del crimen. Me veía venir días y días de preguntas sobre Las Vegas.
No, me aseguró el personal de la Casa Real. Imposible. El tiempo y la guerra habían eclipsado lo de Las Vegas. Aquella iba a ser una visita de estricto interés humano, para fomentar la rehabilitación de los soldados británicos y estadounidenses heridos. «Nadie mencionará Las Vegas, señor». La escena salta a mayo de 2013 y mi visita a la devastación que había dejado a su paso el huracán Sandy, acompañado por el gobernador de New Jersey, Chris Christie. El gobernador me regaló un forro polar azul, algo que la prensa reinterpretó como… su manera de mantenerme vestido. En realidad, Christie también lo presentó así. Un periodista le preguntó qué pensaba de mi estancia en Las Vegas, y el gobernador juró que, si pasaba el día entero con él, «nadie va a acabar desnudo». La ocurrencia arrancó muchas risas, porque Christie es famoso por estar rollizo.
Antes de Jersey había pasado por Washington D. C., donde me había encontrado con el presidente Barack Obama y la primera dama Michelle Obama y había visitado el Cementerio Nacional de Arlington, donde había depositado una corona en la Tumba del Soldado Desconocido. Ya había colocado docenas de coronas, pero el ritual era diferente en Estados Unidos. En vez de ponerla sobre la tumba tú mismo, un soldado de guantes blancos lo hacía por ti. Después posabas una mano, durante un segundo, sobre la corona. Ese paso adicional, esa asociación con otro soldado vivo, me conmovió. Al llevar la mano a la corona durante ese segundo extra, me temblaron un poco las piernas, pues me asaltaron imágenes de todos los hombres y las mujeres con los que había servido. Pensé en la muerte, las heridas, el dolor, desde la provincia de Helmand hasta el huracán Sandy y el túnel de Alma, y me pregunté cómo se las ingeniaban los demás para seguir adelante con sus vidas, cuando yo sentía tantas dudas y confusión… y algo más.
¿Qué?, me pregunté.
¿Tristeza?
¿Apatía?
No sabía ponerle nombre. Y, sin ser capaz de nombrarlo, sentí una especie de vértigo.
¿Qué me estaba pasando?
La visita a Estados Unidos duró en total solo cinco días; fue una verdadera vorágine. Tantas escenas, caras y momentos memorables. Sin embargo, en el vuelo de regreso a casa, solo pensaba en una parte.
Una parada en Colorado. Un evento llamado los Warrior Games, una especie de Juegos Olímpicos para soldados heridos en los que participaron doscientos hombres y mujeres, cada uno de los cuales me pareció una fuente de inspiración.
Los observé con detenimiento, les vi pasárselo en grande y competir sin cuartel, y les pregunté… ¿cómo?
«Es el deporte», me dijeron. La ruta más directa a la curación.
La mayoría eran deportistas natos, y me explicaron que aquellos juegos les habían proporcionado una poco común oportunidad de redescubrir y expresar sus talentos físicos, a pesar de sus lesiones. La competición había hecho que sus heridas, tanto físicas como mentales, desaparecieran. Quizá solo por un momento, o un día, pero eso era suficiente. Más que suficiente. Una vez que se hace desaparecer una herida aunque sea por un instante, deja de tener el control y pasas a tenerlo tú.
«Sí —pensé—. Lo entiendo».
Por lo tanto, en el vuelo de regreso a Gran Bretaña, no me quitaba de la cabeza esos juegos, y me pregunté si podríamos organizar algo parecido en mi país. Una versión de esos Warrior Games pero quizá con más soldados, más visibilidad, más beneficios para los participantes. Garabateé unas notas en una hoja de papel y, para cuando el avión aterrizó, ya tenía perfilada la idea esencial.
¡Unos Juegos Paralímpicos para soldados de todo el mundo! ¡En el Olympic Park de Londres! ¡Donde acababa de celebrarse la Olimpiada!
Con todo el apoyo y la cooperación de la Casa Real. ¿Quizá?
Era mucho pedir, pero me parecía que había acumulado algo de capital político. A pesar de Las Vegas, a pesar de que al menos un artículo me presentaba como una especie de criminal de guerra, a pesar de las luces y sombras de mi historial como el díscolo, los británicos parecían tener una opinión a grandes rasgos positiva sobre el Repuesto. Cundía cierta sensación de que estaba madurando. Además, la mayoría de los británicos veían con buenos ojos a la comunidad militar en su conjunto, a pesar de lo impopular que era la guerra. Sin duda apoyarían un proyecto para ayudar a los soldados y sus familias.
El primer paso sería vendérselo a la junta de la Fundación Real, que supervisaba mis proyectos benéficos y los de Willy y Kate. Se trataba de nuestra fundación, de modo que me dije que no habría problema.
Además, el calendario obraba a mi favor. Estábamos a principios de verano de 2013. Willy y Kate, que se encontraban a unas semanas de tener a su primer hijo, iban a estar fuera de servicio durante una temporada. En consecuencia, la fundación no tenía ningún proyecto programado. Sus siete millones de libras, en números redondos, estaban ahí parados, sin hacer nada. Y si aquellos Warrior Games internacionales funcionaban, darían más visibilidad a la fundación, lo cual animaría a los donantes y cubriría con creces sus gastos. Habría muchos más fondos cuando Willy y Kate volvieran al trabajo a jornada completa. Por todo ello, rebosaba confianza en los días previos a aquella primera reunión.
Sin embargo, cuando llegó el día fijado, la cosa cambió. Me di cuenta de lo mucho que ansiaba aquello, para los soldados y sus familias pero también, siendo franco, para mí. Y aquel repentino ataque de nervios me impidió ofrecer mi mejor versión. Aun así, superé el trago y la junta dio el visto bueno.
Emocionado, me puse en contacto con Willy, esperando que él compartiera mi ilusión.
Se mostró profundamente irritado. Hubiese preferido que se lo consultara antes.
Yo había dado por sentado, le dije, que otros lo habían hecho.
Se quejó de que iba a gastar todos los fondos de la Fundación Real.
Farfullé que eso era absurdo. Me habían dicho que solo haría falta una contribución de medio millón de libras para poner en marcha los juegos, lo cual suponía una mera fracción del dinero de la fundación. Además, procedería del Endeavour Fund, una rama de la fundación que yo había creado específicamente para la recuperación de los veteranos. El resto saldría de donantes y patrocinadores.
¿Qué estaba pasando allí?, me pregunté.
Entonces caí en la cuenta: Dios mío, rivalidad entre hermanos.
Me tapé los ojos con la mano. ¿No habíamos superado aquello? ¿Todo ese rollo del Heredero contra el Repuesto? ¿No estábamos un poco mayorcitos para esa cansina dinámica infantil?
Pero aunque no lo estuviéramos, aunque Willy se empeñara en mostrarse competitivo, en convertir nuestra relación de hermanos en una especie de olimpiada particular, ¿no me llevaba ya él una ventaja insuperable? Estaba casado y tenía un bebé en camino, mientras que yo engullía comida para llevar, a solas y de pie ante el fregadero.
¡El fregadero de nuestro padre! ¡Seguía viviendo con papá!
La partida ha terminado, tío. Tú ganas.
61
Esperaba magia. Pensaba que aquella tarea complicada pero ennoblecedora de crear los International Warrior Games me propulsaría a la etapa siguiente de mi vida tras la guerra. No fue el caso. En lugar de eso, día a día, me sentía más apático. Más desesperanzado. Más perdido.
Para finales de verano de 2013, pasaba por un mal momento, alternando entre rachas de letargo debilitante y ataques de pánico terroríficos.
Mi vida oficial consistía en dar la cara en público, comparecer ante gente, pronunciar discursos y charlas y conceder entrevistas, y de pronto me veía casi incapaz de cumplir esas funciones básicas. Horas antes de un discurso o una aparición pública se me empapaba el cuerpo en sudor. Después, durante el acto en sí, me veía incapaz de pensar, con la cabeza tomada por el miedo y las fantasías de fuga.
Una y otra vez logré por los pelos contener el impulso de escapar, pero veía venir el día en que no sería capaz, en que realmente huiría corriendo de un estrado o una sala. En verdad, ese día parecía acercarse a gran velocidad, y ya me figuraba los titulares a toda página, lo que siempre hacía que mi ansiedad se triplicara.
El pánico a menudo comenzaba cuando me ponía el traje a primera hora de la mañana. Parece extraño, pero ese era mi desencadenante: El Traje. Al abotonarme la camisa sentía que se me disparaba la tensión. Al hacerme el nudo de la corbata sentía que se me formaba otro en la garganta. Para cuando me ponía la americana y me ataba los zapatos, me corría el sudor por las mejillas y la espalda.