En la sombra

En la sombra


Segunda parte » 87

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Siempre había sido sensible al calor. Como mi padre. Él y yo bromeábamos sobre el tema. No estamos hechos para este mundo, decíamos. Un par de condenados muñecos de nieve. El comedor de Sandringham, por ejemplo, era nuestra versión del Infierno de Dante. El aire de Sandringham en general era templado, pero el comedor rozaba lo subtropical. Mi padre y yo siempre esperábamos a que la abuela mirara para otro lado, y entonces uno de los dos saltaba, corría hasta una ventana y la abría unos centímetros. «Ah, bendito aire fresco». Pero los corgis siempre nos delataban. El aire fresco les hacía gimotear, y entonces la abuela preguntaba: «¿Hay corriente?», momento en el cual un criado se aprestaba a cerrar la ventana. (Ese golpe seco, inevitable porque las ventanas eran muy antiguas, siempre tenía algo de puerta de celda al cerrarse). Sin embargo, en el momento del que hablo, cada vez que estaba a punto de hacer una aparición en público, con independencia de dónde fuera, me sentía como si estuviese en el comedor de Sandringham. Durante un discurso me entró tanto calor que me convencí de que todo el mundo se había dado cuenta y lo estaba comentando. En un cóctel busqué desesperadamente a alguien que también sufriera un golpe de calor, porque necesitaba persuadirme de que no era el único.

Pero lo era.

Como suele pasar con el miedo, el mío hizo metástasis. Pronto no fueron solo las apariciones públicas, sino todos los lugares concurridos. Todas las aglomeraciones. Llegué a temer estar rodeado, sin más, de otros seres humanos.

Por encima de todo, temía a las cámaras. Nunca me habían gustado, por supuesto, pero empecé a no soportarlas. El inconfundible chasquido del obturador que se abría y se cerraba… podía dejarme fuera de combate durante un día entero.

No tenía elección: empecé a quedarme en casa. Día tras día, noche tras noche, me apoltronaba, pedía comida y veía 24. O Friends. Creo que es posible que en 2013 viera todos los episodios de Friends.

Decidí que era un Chandler.

Mis amigos de verdad, y no de ficción, dejaban caer que no parecía el mismo. Como si tuviera la gripe. A veces me daba por pensar que quizá, en efecto, no era el mismo. Tal vez fuera eso lo que pasaba. Tal vez se tratase de una suerte de metamorfosis. «Está aflorando una nueva personalidad y voy a tener que resignarme a ser esa nueva persona, esa persona asustada, durante el resto de mis días».

O quizá siempre había sido así y lo que sucedía era que empezaba a volverse evidente.

Mi psique, como el agua, había encontrado su nivel.

Busqué y rebusqué explicaciones en Google. Introduje mis síntomas en diversos motores de búsqueda médicos. No paré de intentar hacerme un autodiagnóstico, ponerle nombre a lo que me pasaba… cuando la respuesta la tenía ante las narices. Había conocido a muchos soldados, muchos jóvenes hombres y mujeres que padecían estrés postraumático, y les había oído describir cuánto les costaba salir de casa, lo incómodos que se sentían entre otras personas, lo que sufrían para entrar en lugares públicos, sobre todo si había ruido. Me habían contado que programaban sus visitas a una tienda o supermercado con mucho cuidado, para asegurarse de llegar minutos antes de la hora del cierre y así evitar las aglomeraciones y el jaleo. Yo había sentido una profunda empatía hacia ellos, y aun así nunca había atado cabos. Jamás se me había ocurrido que yo también sufría estrés postraumático. A pesar de todo mi trabajo con soldados heridos, todos mis esfuerzos por ayudarles, toda mi lucha por crear unos juegos que pusieran de relieve su situación, nunca caí en la cuenta de que yo era un soldado herido.

Y mi guerra no había empezado en Afganistán.

Empezó en agosto de 1997.

62

Una noche, llamé por teléfono a mi amigo Thomas, el hermano de mi querido compañero Henners. Thomas, tan divertido e ingenioso. Thomas, el de la risa contagiosa.

Thomas, recordatorio vivo de tiempos mejores.

Estaba en Clarence House, sentado en el suelo de la sala de la tele. Probablemente viendo Friends.

—Hola, Boose, ¿qué haces?

Se rio. Nadie más lo llamaba Boose.

—¡Harrí-is! ¡Hola!

Sonreí. Nadie más me llamaba «Harrí-is».

Me contó que lo pillaba saliendo de una cena de negocios. Estaba encantado de tener a alguien con quien charlar de camino a casa.

Su voz, tan parecida a la de su hermano, me reconfortó al instante. Me hizo sentir feliz, aunque Thomas no lo estaba. Él también lo estaba pasando mal, me contó. Andaba metido en un divorcio, y había sufrido otros reveses.

La conversación fue a parar inexorablemente a aquel revés original, el manantial de todos los reveses: Henners. Thomas echaba muchísimo de menos a su hermano. Yo también, le dije. Yo también, tío.

Me dio las gracias por haber hablado en un acto de recaudación de fondos para la obra benéfica de Henners.

—No me la hubiese perdido por nada del mundo. Para eso están los amigos.

Pensé en aquella gala. Y en el ataque de pánico que había sufrido antes.

Luego rememoramos momentos pasados, al azar. Thomas y Henners, Willy y yo, mañanas de sábado, holgazaneando con mi madre, viendo la tele, haciendo concursos de eructos.

—¡Tu madre era como otro adolescente más!

—Sí que lo era, tío.

Ir con mi madre a ver a Andrew Lloyd Webber.

Henners y yo haciéndole un calvo a las cámaras de seguridad de Ludgrove.

Los dos nos echamos a reír.

Él me recordó que Henners y yo pasábamos juntos tanto tiempo que la gente nos llamaba Jack y Russell. ¿A lo mejor era porque Willy y yo teníamos perros de raza Jack Russell? Ay, me preguntaba dónde estaría Henners. ¿Estaba con mi madre? ¿Estaba con los muertos de Afganistán? ¿Estaba allí también Gan-Gan? Me sacó de golpe de esas cavilaciones oír a Thomas gritando.

—Boose, tío, ¿estás bien?

Voces furiosas, empujones, una pelea. Puse el móvil en manos libres, crucé el pasillo a la carrera, subí las escaleras e irrumpí en la habitación de la policía, gritando que mi amigo tenía problemas. Nos inclinamos alrededor del teléfono, atentos, pero ya habían colgado.

Era evidente: estaban atracando a Thomas. Por suerte, acababa de mencionar el nombre del restaurante en el que había cenado, que se encontraba en Battersea. Además, yo sabía dónde vivía. Miramos un mapa: solo había una ruta lógica ente los dos puntos. Varios guardaespaldas y yo fuimos hasta allí a toda velocidad y encontramos a Thomas en un lado de la calzada, cerca de Albert Bridge. Le habían pegado y estaba alterado. Lo acompañamos a la comisaría más cercana, donde puso una denuncia. Después lo llevamos en coche a casa.

Por el camino, no paró de darme las gracias por acudir a su rescate.

Lo abracé con fuerza. «Para eso están los amigos».

63

Me asignaron un escritorio en el aeródromo de Wattisham, para mi horror. Nunca había querido un escritorio. No soportaba estar sentado ante uno. A mi padre le encantaba el suyo, parecía clavado a él, enamorado de él, rodeado de sus libros y sacos de correo. Yo nunca fui así.

También se me asignó un nuevo cometido: refinar mi conocimiento del Apache. Quizá con miras a convertirme en instructor. Ese sí que era un trabajo que en mi opinión podía, tal vez, resultar divertido. Enseñar a otros a volar.

Pero no lo fue. No me sentía llamado a ello.

Una vez más, planteé la idea de volver a la guerra. Una vez más, la respuesta fue un «no» rotundo. Aunque las Fuerzas Armadas estuvieran dispuestas a enviarme, lo de Afganistán iba a menos.

Libia se estaba calentando, sin embargo. «¿Qué hay de eso?».

No, dijo el Ejército, que denegó mi petición de todas las maneras que supo, oficiales y extraoficiales.

«Todo el mundo se ha cansado ya de ver a Harry en una zona de guerra».

Al final de una habitual jornada de trabajo, me marchaba de Wattisham y volvía en coche al palacio de Kensington. Ya no vivía con mi padre y Camila: me habían asignado un espacio para mí solo, un apartamento en el «semisótano» del palacio; en otras palabras, medio enterrado.

El piso tenía tres ventanas altas, pero dejaban pasar poca luz, de manera que la diferencia entre el amanecer, el ocaso y el mediodía era simbólica, por decir algo. A veces no tenía sentido ni plantearse la diferencia gracias al señor R., que vivía en el piso de arriba y era aficionado a aparcar su gigantesco Discovery gris pegado a las ventanas, con lo que tapaba por completo toda la luz.

Le escribí una nota en la que le pedía con educación que adelantase unos centímetros la posición de su coche. Contraatacó con una respuesta en la que me mandaba a freír espárragos. Después fue a ver a la abuela y le solicitó que me dijera lo mismo.

Ella nunca me habló del tema, pero el hecho de que el señor R., que era uno de los secretarios privados de la abuela, se sintiera lo bastante seguro y respaldado para quejarse de mí a la monarca me demostró mi verdadero lugar en el escalafón.

Tendría que luchar, me dije. Tendría que aclararle cuatro cosas a la cara a aquella persona. Pero pensé que mejor no. El apartamento, en realidad, casaba con mi estado de ánimo. La penumbra al mediodía casaba con mi estado de ánimo.

Además, era la primera vez que vivía solo, en un sitio que no fuera la casa de mi padre, de modo que, si hacía un balance general, en realidad no podía quejarme.

Un día invité a un amigo, que me comentó que el apartamento le recordaba a una tejonera. O a lo mejor se lo comenté yo a él. Sea como fuere, era verdad, y no me importó.

Estábamos charlando, mi amigo y yo, tomando una copa, cuando de pronto una sábana cayó delante de mis ventanas y luego empezó a sacudirse. Mi amigo se levantó, se acercó a la ventana y dijo:

—Spike…, ¿qué narices…?

De la sábana caía una catarata de lo que parecía ser… ¿confeti marrón?

No.

¿Purpurina?

No.

—Spike, ¿esto es pelo? —preguntó mi amigo.

Lo era. La señora R. estaba rapando a uno de sus hijos y sacudía la sábana en la que había recogido los cabellos cortados. El auténtico problema estribaba en que yo tenía las tres ventanas abiertas y aquel día corría brisa. En el apartamento entraron ráfagas de pelo fino. Mi amigo y yo tosimos, nos reímos y nos quitamos pelusa de la lengua.

Lo que no se metió en el piso aterrizó como lluvia de verano en el jardín compartido, en el que florecían justo entonces la menta y el romero.

Me pasé días redactando una contundente misiva para la señora R. en mi cabeza. Nunca la mandé. Era consciente de que estaba siendo injusto: ella no sabía que me estaba llenando la casa de pelo. Es más, tampoco sabía el auténtico origen de mi antipatía hacia ella. Era culpable de una infracción de tráfico incluso más imperdonable que la de su marido. Todos los días, la señora R. aparcaba en el antiguo sitio de mi madre.

Todavía la veo estacionando como si tal cosa en esa plaza, justo donde mi madre dejaba su BMW verde. Estaba mal por mi parte, no me cabía duda, pero en cierta medida eso era algo que no le perdonaba a la señora R.

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Era tío. Willy y Kate habían tenido a su primer hijo, George, y era precioso. No veía la hora de hablarle de rugby y de la batalla de Rorke’s Drift, de cómo era volar y del críquet de pasillo… y a lo mejor darle uno o dos consejillos sobre cómo sobrevivir en la pecera.

Los periodistas, sin embargo, vieron la buena nueva como una oportunidad para preguntarme… si estaba hundido en la miseria.

¿Qué?

El bebé me había hecho bajar un escalón en la línea sucesoria, por lo que había pasado a ser el cuarto heredero al trono en vez del tercero. Así que los periodistas me decían que vaya jugarreta, ¿no?

—Estarás de broma.

—Tiene que haber un poco de resquemor.

—No podría ser más feliz.

Una verdad a medias.

Estaba encantado por Willy y por Kate, y me resultaba indiferente mi puesto en la línea sucesoria.

Sin embargo, aunque no fuera por ninguno de aquellos dos motivos, no era ni mucho menos feliz.

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Angola. Viajé a aquel país devastado por la guerra, en visita oficial, y pasé específicamente por varios lugares donde la vida cotidiana se había visto emponzoñada por las minas terrestres, entre ellos una localidad que se tenía por el punto más minado de toda África.

Agosto de 2013.

Me puse el mismo equipo de protección que había llevado mi madre en su histórica visita a Angola. Hasta trabajé con la misma entidad sin ánimo de lucro que la había invitado a ella: Halo Trust. Sentí una profunda frustración al enterarme, por boca de los ejecutivos y trabajadores de campo de la organización, de que la labor sobre la que mi madre había puesto el foco, y en verdad la cruzada global entera que ella había contribuido a lanzar, se encontraban en esos momentos en un callejón sin salida. Falta de recursos, falta de voluntad.

Aquella había sido la causa que mi madre había defendido con más pasión al final. (Había visitado Bosnia tres semanas antes de viajar a París en agosto de 1997). Muchos todavía la recordaban metiéndose a pie, sola, en un campo de minas activo, detonando una por control remoto mientras anunciaba con valentía: «Una menos, faltan diecisiete millones». Su visión de un mundo libre de minas terrestres había parecido al alcance de la mano en aquel entonces. Años después, daba la impresión de que el mundo estuviera retrocediendo.

Retomar su causa y detonar yo mismo una mina hizo que me sintiera más cercano a ella y me confirió fuerzas y esperanza. Por unos breves momentos. Sin embargo, en líneas generales me sentía como si a diario cruzase un campo de minas psicológico y emocional. Nunca sabía cuándo iba a producirse la siguiente explosión de pánico.

Al regresar a Gran Bretaña, volví a enfrascarme en la investigación. Estaba desesperado por encontrar una causa, un tratamiento. Incluso hablé con mi padre, me sinceré con él. «Papá, lo estoy pasando muy mal, con ataques de pánico y ansiedad». Él me mandó a un médico, lo cual fue un gesto amable por su parte, pero era un doctor de medicina general sin conocimientos ni ideas nuevas. Quería recetarme pastillas.

Yo no quería tomar pastillas.

No hasta haber agotado otros remedios, incluidos los homeopáticos. En mis indagaciones había encontrado a muchas personas que recomendaban el magnesio, al que atribuían propiedades calmantes. Era cierto, pero en grandes cantidades también tenía efectos secundarios desagradables —de tipo laxante— que descubrí por las malas en la boda de un amigo.

Cenando una noche en Highgrove, mi padre y yo hablamos largo y tendido sobre lo que estaba sufriendo. Le di los detalles y le conté una anécdota tras otra. Hacia el final de la comida, bajó la vista a su plato y dijo con voz queda:

—Supongo que es culpa mía. Tendría que haberte procurado la ayuda que necesitabas hace años.

Le aseguré que no era culpa suya, pero que agradecía la disculpa.

A medida que se acercaba el otoño mi ansiedad fue a peor, creo que por la proximidad de mi cumpleaños, el postrero de la veintena. Los últimos coletazos de mi juventud, pensé. Me asaltaban todas las dudas y temores tradicionales, y me hacía las mismas preguntas básicas que se planteaba la gente al hacerse mayor. ¿Quién soy? ¿Adónde voy? Normal, me dije; la única diferencia era que la prensa se hacía un muy anormal eco de esos interrogantes internos.

«¿Por qué no se casa el príncipe Harry?».

Sacaron a la luz todas y cada una de las relaciones que había tenido en mi vida, todas las chicas con las que había salido, las metieron en una batidora y contrataron a «expertos», también conocidos como charlatanes, para intentar obtener la respuesta. Salieron libros sobre mí que se zambullían en mi vida amorosa y hacían hincapié en todos los fracasos y desencuentros románticos. Creo recordar que uno detallaba mi coqueteo con Cameron Diaz. Sencillamente, Harry no se veía saliendo con ella, informaba el autor. Y no le faltaba razón, dado que no habíamos coincidido nunca. Nunca había estado a menos de cincuenta metros de la señorita Diaz, por si faltaba alguna prueba de que las biografías sobre la realeza están hechas para aquellos a quienes les gusta leer auténticas patrañas.

Detrás de toda esta farisea preocupación por mí había algo más sustancial que el cotilleo, algo que entroncaba con los pilares mismos de la monarquía, una institución basada en el matrimonio. Las grandes controversias que habían rodeado a reyes y reinas, desde tiempos inmemoriales, solían centrarse en con quién se casaban y con quién no, y en los hijos que eran el resultado de esos enlaces. Nadie era miembro de pleno derecho de la familia real, ni siquiera un auténtico ser humano, hasta que no se casaba. No era ninguna coincidencia que la abuela, jefa de Estado de dieciséis países, comenzara cada discurso diciendo: «Mi marido y yo…». Cuando Willy y Kate se casaron, pasaron a ser los duques de Cambridge, pero más importante fue que se convirtieron en una Casa, y como tal tenían derecho a más personal, más coches, una residencia más grande, un despacho más imponente, recursos extra y membrete grabado. A mí esas ventajas no me molestaban, pero sí me importaba el respeto. Como solterón irredento, era un extraño, una no persona dentro de mi propia familia. Si quería que eso cambiara, tenía que pasar por el altar. Así de fácil.

Todo lo cual convertía mi vigesimonoveno cumpleaños en un hito complejo y, según qué días, una compleja migraña.

Me echaba a temblar con solo pensar en lo que podría sentir en mi siguiente cumpleaños, el de los treinta. Eso sí que marcaría un antes y un después. Por no hablar de la herencia que activaría. Al cumplir la treintena recibiría una abultada suma de dinero que me había dejado mi madre. Me reñí por tomarme eso a la tremenda: la mayoría de las personas matarían por heredar dinero. Para mí, sin embargo, era otro recordatorio de su ausencia, otra señal del vacío que había dejado y que libras y euros jamás podrían llenar.

Lo mejor, decidí, era alejarme de los cumpleaños, alejarme de todo. Decidí conmemorar el aniversario de mi llegada a la Tierra viajando a su fin. Ya había estado en el Polo Norte; caminaría hasta el Polo Sur.

Otra expedición en compañía de Walking With The Wounded.

La gente me advirtió de que en el Polo Sur hacía más frío todavía que en el Norte. Me reí. Resultaba inconcebible. Ya se me había congelado el pene, tío; ¿no era eso la definición misma de «peor, imposible»?

Además, en esa ocasión sabría cómo tomar las precauciones adecuadas: ropa interior más ajustada, más acolchamiento, etcétera. Mejor aún, un amigo muy cercano contrató a una costurera para que me hiciera un forro a medida para el rabo. Cuadrado, mullido, estaba elaborado con vellón de finísimo borrego y…

Dejémoslo correr.

66

En mitad de los preparativos para el asalto al Polo, me reuní con mi nuevo secretario privado, Ed Lane Fox, a quien todos llamábamos Elf.

Noviembre de 2013.

Excapitán de caballería de la Guardia Real, Elf era esbelto, elegante y pulcro. A muchas personas les recordaba a Willy, pero eso se debía más a sus entradas que a su personalidad. A mí, más que a mi hermano mayor, me recordaba a un perro de carreras. Como un galgo, no paraba nunca. Perseguía al conejo hasta las últimas consecuencias. En otras palabras, estaba dedicado en cuerpo y alma a la Causa, fuera esta la que fuese en cualquier momento dado.

Su mayor don, con todo, quizá fuera su talento para ir al meollo de las cosas, para calibrar y simplificar situaciones y problemas, lo cual lo convertía en el hombre perfecto para ayudarme a poner en práctica la ambiciosa idea de unos International Warrior Games.

Desde el momento en que ya teníamos a nuestra disposición parte del dinero, aconsejó Elf, el siguiente punto del orden del día era encontrar a alguien con la extraordinaria capacidad organizativa y los contactos sociales y políticos necesarios para asumir un trabajo de esa envergadura. Él conocía al hombre ideal.

Sir Keith Mills.

Por supuesto, dije yo. Sir Keith había organizado los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres, que tanto éxito habían tenido.

En efecto, ¿quién sino él?

—Invitemos a sir Keith a tomar una taza de té en el palacio de Kensington.

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Podría construir una réplica a escala de aquella sala. Dos ventanales, un sofá rojo pequeño y una lámpara de araña que proyectaba una suave luz sobre un óleo de un caballo. Ya había celebrado reuniones allí pero, cuando entré en la habitación aquel día, sentí que sería el enclave de uno de los encuentros más cruciales de mi vida, por lo que se me quedó grabado hasta el último detalle de la escena.

Intenté mantener la calma mientras le indicaba a sir Keith que se sentara en una silla y le preguntaba cómo tomaba el té.

Tras unos minutos de charla para romper el hielo, le expliqué mi propuesta.

Sir Keith me escuchó con respeto y mirada de ave rapaz, pero, cuando terminé, empezó a echar balones fuera.

La idea le parecía maravillosa, me dijo, pero él estaba semijubilado. «Intento rebajar el volumen de proyectos, ya me entiende». Quería simplificar su vida, centrarse en sus pasiones, sobre todo la vela. La Copa América y demás.

Precisamente tenía previsto irse de vacaciones al día siguiente.

¿Cómo convencer a un hombre que está a horas de empezar unas vacaciones de que se arremangue y emprenda un proyecto imposible?

«No hay manera», pensé.

Sin embargo, la clave misma de aquellos juegos era no rendirse nunca, de manera que seguí probando. Le insistí y le insistí, le hablé de los soldados a los que había conocido, de sus historias y también un poco de la mía. Una de las primeras y más completas crónicas de mi participación en la guerra que le he dado a nadie.

Poco a poco fui viendo que mi pasión, mi entusiasmo, estaban haciendo mella en las defensas de sir Keith.

Con la frente arrugada, me dijo:

—Bueno… ¿Con quién cuenta de momento en este proyecto?

Miré a Elf, que me devolvió la mirada.

—Eso es lo bueno, sir Keith. Verá…, usted es el primero.

Soltó una risilla.

—Muy astuto.

—No, no, hablo en serio. Puede volver a juntar el mismo equipo, si así lo desea. Contratar a quien quiera.

A pesar de que mi intención era venderle el producto de manera descarada, no le estaba diciendo ninguna mentira. Aún no habíamos logrado engatusar a nadie más para que se uniera a nosotros, de modo que tendría carta blanca. Podría organizar un grupo formado por quien él quisiera, contratar a todas y cada una de las personas que le habían ayudado a montar unos Juegos Olímpicos tan soberbios.

Asintió con la cabeza.

—¿Cuándo tenía pensado hacerlo?

—En septiembre.

—¿Qué?

—En septiembre.

—¿Quiere decir dentro de diez meses?

—Sí.

—Imposible.

—Tiene que ser entonces.

Quería que los juegos coincidieran con los actos del centenario de la Primera Guerra Mundial. Consideraba que era vital establecer esa conexión.

Sir Keith suspiró y prometió que se lo pensaría.

Yo sabía lo que eso significaba.

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Unas semanas más tarde, volé a la Antártida y aterricé en una base científica llamada Novolázarevskaya, una minúscula aldea de cabañas y casetas prefabricadas. El puñado de almas intrépidas que vivían allí fueron unos anfitriones fabulosos. Me alojaron y me dieron de comer: sus sopas eran maravillosas. No me cansaba de comerlas.

¿A lo mejor porque estábamos a treinta y cinco bajo cero?

—¿Más sopa de pollo y fideos, bien caliente, Harry?

—Sí, por favor.

El equipo y yo pasamos una semana o dos haciendo acopio de hidratos de carbono y preparando el material. Además de trasegando vodka, ni que decir tiene. Por fin, una soñolienta mañana… nos pusimos en marcha. Subimos a una avioneta, volamos a la parte superior de la meseta de hielo y paramos a repostar. La aeronave aterrizó en una extensión blanca, maciza y lisa, como en un sueño. No había nada a la vista en ninguna dirección salvo unos cuantos bidones gigantes de combustible. Rodamos hasta ellos y bajé mientras los pilotos llenaban el depósito. Reinaba un silencio sacrosanto —ni un ave, ni un coche, ni un árbol— pero este era solo una parte de aquella nada más general que lo abarcaba todo. No había olores, ni viento, ni esquinas pronunciadas ni contornos distinguibles que distrajeran de aquella vista interminable y enloquecedoramente hermosa. Caminé unos pasos para estar solo durante unos instantes.

Nunca había pisado un sitio donde reinara una paz ni remotamente parecida. Abrumado por la alegría, hice el pino. Meses y meses de ansiedad quedaron atrás… durante unos minutos.

Volvimos al avión y volamos hasta el punto de partida de la expedición. Cuando empezamos, por fin, a caminar, lo recordé: «Ah, sí, tengo un dedo del pie roto».

Desde hacía poco, a decir verdad. Un fin de semana en Norfolk con los amigotes. Bebimos, fumamos y estuvimos de fiesta hasta el amanecer, y luego, cuando intentábamos dejar en su sitio los muebles que habíamos movido, se me cayó sobre el pie una pesada silla con ruedas metálicas.

Una lesión tonta, pero incapacitante; apenas podía caminar. Daba lo mismo, estaba decidido a no defraudar al equipo.

De algún modo logré mantener el ritmo de mis compañeros de caminata, nueve horas al día, tirando de un trineo que pesaba unos noventa kilos. La falta de agarre en la nieve era un obstáculo para todos, pero a mí lo que más problemas me daba eran unos tramos resbaladizos y llenos de ondulaciones creadas por el viento. «Sastrugi», era la palabra noruega con la que se conocía a ese terreno. ¿Caminar por los sastrugi con un dedo del pie roto? A lo mejor podíamos incluirlo como prueba en los International Warrior Games, pensé. Sin embargo, cada vez que sentía la tentación de quejarme —del pie, del cansancio o de lo que fuera— me bastaba con echar un vistazo a mis compañeros. Enfrente de mí iba un soldado escocés llamado Duncan que no tenía piernas. Detrás, uno estadounidense de nombre Ivan que era ciego. De manera que juré que no saldría de mis labios ni una queja.

Además, un experimentado guía polar me había aconsejado antes de partir de Gran Bretaña que aprovechase aquella expedición para «limpiar el disco duro». Esa fue su expresión. «Use» el movimiento repetitivo, «use» el frío atroz, «use» esa nada, la blancura única de ese paisaje, para ir concentrando su atención hasta que su cerebro entre en trance. Se convertirá en una meditación.

Seguí su consejo al dedillo. Me conminé a estar presente. Sé la nieve, sé el frío, sé cada paso; y funcionó. Entré en un trance delicioso en el que, incluso cuando mis pensamientos eran lúgubres, podía mirarlos a la cara y observar cómo se alejaban flotando. A veces sucedía que veía conectarse mis pensamientos unos con otros hasta formar una cadena que adquiría cierto significado. Por ejemplo, hice un repaso de todas las caminatas difíciles de mi vida —el Polo Norte, la instrucción militar, seguir el féretro de mi madre hasta la sepultura— y, por bien que los recuerdos resultaban dolorosos, también ofrecían continuidad, estructura, una especie de columna vertebral narrativa que nunca hubiese sospechado. La vida era una larga caminata. Tenía sentido; era maravilloso. Todo era interdependiente y estaba interconectado.

Entonces llegaron los mareos.

El Polo Sur, aunque parezca contraintuitivo, está muy por encima del nivel del mar, a unos tres mil metros más o menos, por lo que el mal de altura supone un peligro real. Un caminante ya había tenido que abandonar nuestra expedición; en ese momento entendí por qué. La sensación empezó poco a poco y le quité importancia. Después me noqueó. Empezó a darme vueltas la cabeza y luego sufrí una migraña espantosa, una presión que se iba acumulando en los dos hemisferios de mi cerebro. No quería parar, pero no dependía de mí. Mi cuerpo dijo: «Gracias, pero aquí nos apeamos». Las rodillas cedieron, y la parte superior del torso las siguió.

Caí a la nieve como un saco de patatas.

Los médicos levantaron una tienda, me tumbaron y me pusieron alguna clase de inyección contra la migraña. En las nalgas, creo. Esteroides, les oí decir. Cuando recuperé la consciencia me sentía más o menos revivido. Alcancé al grupo y me esforcé por recuperar el trance.

—Sé el frío, sé la nieve…

Cuando nos acercamos al Polo íbamos todos acompasados, llenos de euforia. Lo veíamos ante nuestros ojos, allí mismo, a través de los cristales de hielo que se nos habían formado en las pestañas. Arrancamos a correr hacia él.

—¡Alto!

Los guías nos dijeron que era el momento de acampar.

—¿Acampar? ¿Pero qué…? Si la línea de meta está justo allí.

—¡No está permitido acampar en el Polo! De modo que tendremos que hacer noche aquí todos y luego caminar hasta el polo por la mañana.

Acampados a la sombra del Polo Sur, ninguno podíamos pegar ojo, porque estábamos demasiado emocionados. En consecuencia, celebramos una fiesta. Hubo bebida y jolgorio. Nuestras carcajadas resonaron en el extremo inferior del mundo.

Por fin, al rayar el alba del 13 de diciembre de 2013, partimos y tomamos el Polo al asalto. En el punto exacto, o cerca de él, había un enorme círculo de banderas que representaban a los doce signatarios del tratado de la Antártida. Nos plantamos ante ellas, exhaustos, aliviados, desorientados. «¿Por qué hay una bandera del Reino Unido sobre el ataúd?». Entonces nos abrazamos. Algunas crónicas periodísticas cuentan que uno de los soldados se quitó la pierna y la usamos de jarra para beber champán, lo que suena bien, aunque no lo recuerdo. He bebido alcohol de múltiples piernas ortopédicas a lo largo de mi vida, y no puedo jurar que aquella no fuera una de las ocasiones.

Al otro lado de las banderas había un edificio enorme, uno de los más feos que había visto en mi vida. Una caja sin ventanas construida por los americanos como centro de investigación. El arquitecto que diseñó tamaña monstruosidad, pensé, debía de rebosar odio a sus congéneres, al planeta y al Polo. Me rompió el corazón ver que algo tan innoble dominaba una tierra que por lo demás era tan prístina. Aun así, yo y todos los demás entramos corriendo en el edificio feo para calentarnos, hacer un pis y beber chocolate.

Había una cafetería enorme y estábamos todos muertos de hambre, pero nos pidieron disculpas y nos informaron de que estaba cerrada.

—¿Les apetece un vaso de agua?

—¿Agua? Ah. Vale.

Nos dieron un vaso por cabeza.

Después, un recuerdo. Un tubo de ensayo.

Con un taponcito de corcho.

En un lado llevaba una etiqueta: EL AIRE MÁS LIMPIO DEL MUNDO.

69

Fui directo del Polo Sur a Sandringham.

Navidad en familia.

El «hotel» de la abuela estaba lleno hasta la bandera aquel año, tomado por la familia, de manera que me asignaron una habitación minúscula en un estrecho pasillo apartado de todo, entre los despachos del personal de la Casa Real. Nunca me había alojado allí; incluso casi ni había pisado esa parte del edificio (lo que no era tan raro: todas las residencias de la abuela eran inmensas; haría falta una vida para visitar hasta el último rincón). Me hacía gracia la idea de ver y explorar territorio ignoto —¡era un curtido explorador polar, a fin de cuentas!—, pero también me sentí un poco desairado. Como si no se me quisiera demasiado y se me hubiera relegado al extrarradio.

Me dispuse a ver el lado bueno de la situación y aprovechar aquel tiempo para proteger la serenidad que había alcanzado en el polo. Mi disco duro llegaba limpio.

Por desgracia, mi familia en aquel momento estaba infectada por un programa informático muy malicioso.

El motivo principal era la Circular de la Corte, que es el registro anual de los «compromisos oficiales» a los que ha asistido cada miembro de la familia real durante el año natural anterior. Un documento siniestro. A finales de año, cuando se echaban cuentas, la prensa empezaba con las comparaciones.

«Ajá, este está más ocupado que ese otro».

«Ajá, este es un vago de mierda».

La Circular de la Corte era un documento vetusto, pero últimamente se había metamorfoseado en un pelotón de fusilamiento circular. Sin ser el origen de los sentimientos de competitividad que imperaban en mi familia, sí los amplificó y los convirtió en un arma. Aunque ninguno comentábamos nunca la Circular de la Corte como tal ni la mencionábamos siquiera, eso no hacía sino crear más tensión bajo la superficie, donde se acumulaba invisible a medida que se aproximaba el último día del año. Ciertos miembros de la familia tenían una verdadera obsesión, que los llevaba a luchar enfebrecidos cada año por anotarse el mayor número de actos oficiales contabilizados por la Circular, con independencia de las circunstancias, y lo lograban en buena medida incluyendo entradas que no eran compromisos oficiales propiamente dichos, apuntándose apariciones públicas que eran meras anécdotas, la clase de acontecimiento que ni a Willy ni a mí se nos pasaría por la cabeza reivindicar. Por ese motivo, más que nada, la Circular de la Corte era un chiste. Toda la información provenía de los interesados y era cien por cien subjetiva. ¿Nueve visitas privadas a veteranos para ayudar con su salud mental? Cero puntos. ¿Viajar en helicóptero a un rancho de caballos para cortar una cinta? ¡Premio!

Sin embargo, el principal motivo por el que la Circular de la Corte resultaba un chiste, un timo, era que ninguno decidíamos por nuestra cuenta cuánto trabajo hacer. Lo decidían la abuela o mi padre, en función de cuánto apoyo (dinero) asignaban a nuestra labor. El dinero lo determinaba todo. En el caso de Willy y de mí, nuestro padre era el único con poder de decisión. Era él y solo él quien controlaba nuestros fondos; solo podíamos hacer lo que nos alcanzaba con los recursos y el presupuesto que recibíamos de él. Que hicieran escarnio público de nosotros por lo que nuestro padre nos permitía hacer se antojaba una gran injusticia, un tongo.

Tal vez el estrés que generaba todo este asunto derivaba de la tensión generalizada que rodeaba a la institución monárquica en sí. La familia empezaba a notar los temblores de un cambio global, a oír las voces críticas que decían que la monarquía estaba desfasada y era costosa. La familia toleraba, e incluso defendía, el absurdo que era la Circular de la Corte por el mismo motivo por el que aceptaba los zarpazos y acometidas de la prensa: por miedo. Miedo a la opinión pública; miedo al futuro; miedo a que un día la nación dijera: vale, se acabó. Así pues, para cuando llegó la Nochebuena de 2013, yo en realidad estaba la mar de satisfecho en mi pasillo remoto y mi microhabitación, mirando fotos del Polo Sur en el iPad.

Contemplando mi pequeño tubo de ensayo.

EL AIRE MÁS LIMPIO DEL MUNDO.

Quité el tapón de corcho y me lo tomé de un trago.

Ah.

70

Me mudé de la tejonera a Nottingham Cottage, también conocido como Nott Cott. Willy y Kate habían vivido allí, pero se les había quedado pequeño. Después de trasladarse a la antigua residencia de la princesa Margarita, que quedaba justo enfrente, me pasaron las llaves.

Era agradable salir de la tejonera, pero mejor aún me parecía vivir delante de Willy y Kate. Ya me veía pasando a verlos a todas horas.

—¡Mira! ¡Es el tío Harry!

—¡Holaaa! Solo pasaba a ver qué tal.

Con una botella en la mano y un montón de detallitos para el niño bajo el brazo. Tirarme al suelo para forcejear con el pequeño George.

—¿Te quedas a cenar, Harold?

—¡Encantado!

Pero la cosa no salió así.

Estaban a medio campo de fútbol de distancia, al otro lado mismo de un patio de piedra, tan cerca que veía pasar a su niñera con el cochecito a todas horas y oía las complejas obras de su reforma. Di por sentado que me invitarían a su casa en cualquier momento. El día menos pensado.

Pero los días se sucedieron y eso no ocurrió.

Lo comprendo, pensé. ¡Están ocupados! ¡Construyendo una familia!

«O a lo mejor… ¿tres son multitud?».

«A lo mejor si me caso la cosa cambia».

Los dos habían hecho repetidas alusiones a lo bien que les caía Cressida.

71

Marzo de 2014. Un concierto en el estadio de Wembley. Al subir al escenario sufrí el habitual ataque de pánico. Caminé hasta el centro, apreté los puños y balbucí el discurso. Había catorce mil jóvenes rostros pendientes de mí, congregados para celebrar el We Day. Tal vez me habría puesto menos nervioso si me hubiese concentrado más en ellos, pero estaba pendiente de mí, pensando en la última vez que había pronunciado un discurso en aquel recinto.

El décimo aniversario de la muerte de mi madre.

Entonces también me había puesto nervioso, pero no tanto.

Bajé del escenario a toda prisa. Me sequé el sudor de la cara y fui dando tumbos hasta mi asiento para unirme a Cress.

Me vio y se puso blanca.

—¿Estás bien?

—Sí, sí.

Pero se había dado cuenta.

Vimos al resto de intervinientes o, mejor dicho, Cress los vio mientras yo intentaba recobrar el aliento.

A la mañana siguiente nuestra foto apareció en todos los periódicos y en un sinfín de páginas web. Alguien había chivado a los cronistas de la realeza dónde estábamos sentados y, después de mucho tiempo, lo nuestro salió a la luz. Tras casi dos años de citas en secreto, se destapó que éramos pareja.

Qué raro, comentamos, que le den tanta bola. Ya nos habían sacado fotos antes, esquiando en Verbier, pero las del concierto tuvieron otra acogida, quizá por ser la primera vez que me acompañaba a un acto oficial al que yo acudía como miembro de la familia real.

El resultado fue que lo nuestro se volvió menos clandestino, lo que parecía una ventaja. Varios días más tarde, fuimos a Twickenham a ver el Inglaterra contra Gales de rugby, nos sacaron fotos y ni siquiera nos molestamos en hablar del tema. Al cabo de poco, nos fuimos de vacaciones a esquiar con unos amigos en Kazajistán, donde volvieron a pillarnos los paparazzi y ni siquiera nos enteramos. Estábamos demasiado distraídos. El esquí era sagrado para nosotros, muy simbólico, sobre todo después de nuestras anteriores vacaciones en la nieve, en Suiza, cuando ella había conseguido milagrosamente que me abriera.

Sucedió una noche, bastante tarde, después de un largo día en las pistas y un buen rato de aprés-ski. Nos habíamos retirado al chalet de mi primo, en el que nos alojábamos, y Cress se estaba lavando la cara y los dientes mientras yo estaba sentado en el borde de la bañera. No hablábamos de nada en especial, que yo recuerde, pero de pronto me preguntó por mi madre.

Novedad. Una novia que me preguntaba por mi madre. Pero también fue la manera de preguntarme: su tono presentaba la mezcla perfecta de curiosidad y compasión. Su modo de reaccionar a mi respuesta también fue ideal. Sorpresa y preocupación, sin juicio.

Quizá entraron en juego también otros factores, la alquimia del cansancio físico y la hospitalidad suiza. El aire fresco y el alcohol. Quizá fue la nieve que caía silenciosa al otro de las ventanas o la culminación de diecisiete años de pena reprimida. Quizá fuera la madurez. Cualquiera que fuese el motivo o la combinación de motivos, le respondí con franqueza y luego me eché a llorar.

Recuerdo que pensé: «Anda, estoy llorando».

Y que le dije:

—Es la primera vez que…

Cressida se inclinó hacia mí.

—¿A qué te refieres con eso de… la primera vez?

—Es la primera vez que he podido llorar por mi madre desde el entierro.

Me sequé los ojos y le di las gracias. Había sido la primera persona en ayudarme a cruzar aquella barrera y dar salida a las lágrimas. Fue una experiencia catártica que aceleró nuestro vínculo y aportó un elemento que había escaseado en anteriores relaciones: una gratitud inmensa. Estaba en deuda con Cress, y ese era el motivo por el que, al regresar de Kazajistán a casa, me sentía tan desdichado, porque en algún momento de aquellas vacaciones de esquí me había dado cuenta de que no estábamos hechos el uno para el otro.

Lo supe, sin más. Creo que Cress también se dio cuenta. Había un afecto enorme, una lealtad profunda y perdurable… pero no amor eterno. Ella siempre dejó muy claro que no deseaba cargar con el estrés asociado a formar parte de la realeza, y yo nunca estuve seguro de querer pedírselo, y este hecho inalterable, aunque llevase un tiempo acechando en segundo plano, adquirió una claridad innegable en aquellas montañas kazajas.

De repente, estaba claro. «Esto no puede funcionar».

Qué extraño, pensé. Cada vez que íbamos a esquiar, una revelación.

El día después de llegar de Kazajistán a casa, llamé a un amigo, que también conocía bien a Cress. Le puse al corriente de lo que sentía y le pedí consejo. Sin vacilar, mi amigo me dijo que, si aquello había terminado, no había que alargarlo. Así que cogí el coche y fui directo a ver a Cress.

Estaba en casa de una amiga y su dormitorio se encontraba en la planta baja, de modo que sus ventanas daban a la calle. Oí pasar coches y gente mientras me sentaba con cuidado en la cama y le explicaba lo que me rondaba por la cabeza.

Ella asintió. Nada de lo que dije pareció sorprenderla. Ella le había estado dando vueltas a lo mismo.

—He aprendido tanto de ti, Cress.

Asintió con la cabeza y bajó la vista al suelo, con lágrimas corriéndole por las mejillas.

«Maldición —pensé—. Ella me ayudó a llorar, y ahora yo la dejo llorando».

72

Mi amigo Guy se casaba.

No estaba de mucho humor para bodas, pero era Guy: un buen tío de la cabeza a los pies, amigo mío y de Willy desde hacía tiempo. Le quería y estaba en deuda con él. La prensa lo había arrastrado por el fango, más de una vez, en mi nombre.

La boda se celebraba en Estados Unidos, en el Sur Profundo.

Mi llegada desencadenó una avalancha de comentarios sobre… ¿qué si no?

Las Vegas.

Pensé: «¿Después de tanto tiempo? ¿En serio? ¿Tan memorable es mi culo desnudo?».

Qué le vamos a hacer, me dije. Que ellos den la lata con Las Vegas, que yo voy a centrarme en el Gran Día de Guy.

De camino a la despedida de soltero, unos cuantos hicimos una parada en Miami. Comimos de maravilla, fuimos a unos cuantos clubes y bailamos hasta pasada la medianoche y más. Brindamos por Guy. Al día siguiente, volamos todos a Tennessee. Recuerdo que, a pesar del apretado calendario de la boda, encontré un momento para visitar Graceland, la antigua casa de Elvis Presley (en realidad, en un principio la compró para su madre).

Todo el mundo decía:

—Bueno, bueno, conque aquí vivía el Rey.

—¿Cómo?

—El Rey. Elvis Presley.

—Ah. El Rey. Claro.

La gente oscilaba entre calificar la vivienda de castillo, mansión o palacio, pero a mí me recordaba a la tejonera: oscura, claustrofóbica. Yo me paseaba comentando:

—¿Decís que aquí vivía el Rey? ¿De verdad?

Entré en una habitación minúscula con muebles de colores chillones y alfombra de pelo largo y pensé que el diseñador de interiores del Rey debía de meterse ácido.

En honor a Elvis, todos los integrantes de la comitiva nupcial llevábamos zapatos de gamuza azul. En el cóctel le dimos mucha caña a esos zapatos: una panda de chicos y chicas británicos bailando con cuatro copas de más mientras cantaban alegremente sin entonar ni mostrar el menor sentido del ritmo. Fue un desparrame ridículo, y no había visto a Guy tan feliz en mi vida.

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